Atención: Todo es de J.K. Rowling y sus millonarios asociados.

Notas del fic: ¡Slash! Y aunque pueda haber retazos de Dramione, me reitero, ¡SÍ, ESTO ES UN DRARRY!

Notas de la autora: Bueno, tengo una mala noticia, mala sólo para vosotros: no, no he dejado de escribir. Sin embargo, me marcho de vacaciones mañana y no puedo asegurar si allá donde voy vaya a tener posibilidad de subir algún capítulo. Lo intentaré por todos los medios, porque no quiero que esperéis mucho tiempo, así que también tardaré en contestar vuestros reviews. Serán 3 semanas, pero como ya he dicho trataré de subir alguno. Me voy con la mochila al hombro y no sé ni dónde voy a dormir... ya os contaré.

Dedico este episodio a Alfy Malfoy, por seguirlo desde el principio y haber llegado hasta aquí.

Un abrazo, encanto.

Resumen: Tras la derrota de Voldemort, Snape ha escondido a Draco en la taberna Cabeza de Puerco. Encapuchado, sin poder mostrarse y con su marca oscura, no puede hacer magia para no ser detectado. Después de vivir allí en no muy buenas condiciones y aguantar la humillación de algunos compañeros, Hermione Granger ofrece ayuda a Draco a través de La Orden del Fénix para ponerlo a salvo. Como es rechazada, utiliza el cuerpo de Potter para llevarlo consigo. Pero Draco lo descubre, volviendo a Cabeza de Puerco para descubrir que no puede volver a la taberna porque ha sido incendiada. Tras improvisar un escondite en Hogsmeade, Draco es encontrado por Remus Lupin y llevado a Grimmauld Place, donde también vive Harry Potter. Ahora que Draco no tiene adónde ir, ¿se quedará en la casa de los Black junto a su enemigo?

POR AMOR A UN MORTÍFAGO

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PARTE II: GRIMMAULD PLACE

CAPÍTULO 8: QUEDARSE EN GRIMMAULD


En cuanto Draco descubrió, de manos de "El Profeta", la identidad de la otra persona muerta en Cabeza de Puerco por el ataque de aquella mañana, su ánimo no mejoró. Draco repasó nuevamente el artículo:

"(…) Dos personas muertas por inhalación de humos, identificadas como Anthony B. Ross y Baldonur W. Prat. En el momento del incidente la posada estaba vacía, por lo que no hay que lamentar otras muertes salvo las de los camareros, pues el dueño, Aberforth, tampoco se encontraba allí, lo que hace sospechar al Ministerio si fue un acto urdido a propósito. Podríamos pensar que ha sido una venganza de los mortífagos, ya que Ross llevaba la marca oscura. Sin embargo, no hubo señales en el cielo de la Marca Tenebrosa, modo que usan los mortífagos para firmar sus muertes. Por lo tanto, se barajan otras hipótesis. (…). Hogsmeade está en señal de alerta y sus comercios no abrirán hasta que la situación no se aclare. El Ministerio ya trabaja para una concienzuda investigación del siniestro."

Draco sabía, mejor que nadie, que los mortífagos usaban la Marca como símbolo de orgullo por las muertes producidas. Sin embargo, también podrían no hacerla aparecer debido a algún plan urdido por ellos.

"Lo que es impresionante es que hayan atacado sabiéndose perseguidos. Con tanto auror suelto, ¿cómo se les ocurriría haber hecho algo así? Y algo era seguro, quien lo hubiera hecho debería haber llegado a pie a Hogsmeade si se trataba del bando enemigo, porque cualquier aparición o utilización de traslador de aquel que tuviera la marca se registraba en el acto en aquellos días en Hogsmeade, gracias a varios dispositivos mágicos establecidos por aurores del Ministerio"

Eso le ponía las cosas más difíciles para salir de Grimmauld Place. Claro que, no iba a arrastrarse ante Potter, quien, mira por dónde, había bajado, riendo, junto a Lupin.

Después de despertarse, Lupin le había hecho un tour de la casa al joven. Grimmauld era vieja y destilaba nostalgia. Apenas llegaba la luz natural a las estancias, cuyo suelo era de madera y las pisadas se oían al caminar, por no hablar de algunas paredes, ajadas por el tiempo. Muchos accesorios como lámparas o armarios llevaban décadas ahí, algunos incluso descoloridos. Un olor a humedad y a madera quemada rodeaba el lugar; en algunas habitaciones se adivinaba un aroma a naftalina. Draco se instaló temporalmente en la segunda planta, en una habitación doble con un armario desgastado. A Draco le encantaban los pomos de las puertas, porque todos tenían forma de serpiente retorcida. Después, éste se duchó y se cambió cubriéndose con un elegante albornoz verde pistacho con sinuosos símbolos negros alrededor de cada brazo. En el comedor se encontró el periódico y lo estaba leyendo en uno de los sillones, sentado como si realmente fuese él el dueño de la casa, y no ese mestizo de Potter.

A la hora del té, la puerta principal se abrió, dando paso a dos jóvenes brujas ataviadas con túnicas de auror. Charlaban mientras subían a la primera planta.

—¡En serio, Tonks! ¡Deberías enseñarme a hacerlo!

—Oh, no, hay efectos secundarios –rió la chica que Draco reconoció como la mujer que fue con Lupin a Cabeza de Puerco. Aunque su cabello estaba… extraño. Ya no tenía el color rosa, sino uno azul brillante que te deslumbraba.

Al principio no supo quién era la otra porque iba muy tapada, pero una figura pequeña y llena de ropa se inclinó ante las jóvenes recogiendo sus túnicas y les entregó sus zapatillas de estar por casa.

Draco observó que la joven del pelo azul subió enseguida la escalera para besar a Lupin.

—Bienvenidas a casa –sonrió él.

Harry, por su parte, bajó a saludar a su amiga Hermione, quien parecía muy cansada.

—Hola, Hermione, Dikki.

—Saludos, Harry –dijo la elfina haciéndole una reverencia.

Malfoy pensó en el cruciatus que su padre le habría lanzado a la elfina si se le hubiera ocurrido llamarle Lucius, y rió. Esto despistó a las parejas, que volvieron la vista hacia él. Todos lo miraron como si fuera un bicho raro, y extrañados de verlo tan relajado en una casa que no era la suya.

—¿Nadie va a decir hola?

—Buenas tardes, señor Malfoy –se inclinó la elfina en un intento de modales absolutamente impoluto.

Draco sonrió y dijo a la elfina:

—Es bueno ver que algunos tienen modales, aunque no sean seres respetables.

Tonks se acercó al chico, ya sin su túnica, y se arrodilló.

—Remus nos lo dijo. ¿Cómo te encuentras?

Draco miró a la chica más de cerca y la reconoció: era su prima, y aunque no habían tenido mucho trato la recordaba de cuando eran pequeños. En su familia no se solía hablar demasiado de los Black.

—Mejor… gracias.

Se hizo un silencio incómodo. Lupin lo resolvió diciendo:

—Vamos todos a la cocina a tomar bizcocho y té.

—¡Yo lo prepararé! –dijo Tonks muy animada.

—Yo te ayudaré –indicó Harry, y se fueron ambos por la escalera.

—Malfoy, me alegra verte –dijo Hermione con una extraña emoción en los ojos—. Me preocupé mucho cuando oí la noticia. Tonks y yo trabajábamos en el Ministerio cuando nos notificaron el incendio en Hogsmeade. ¿Pudiste esconderte?

—Si me hubieras dejado más dinero al menos habría dormido en una cama digna –dijo Malfoy con desprecio, y se alejó con los otros.

A Hermione se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No le hagas caso, ya sabes cómo es –dijo Lupin animándola mientras bajaban la escalera.

—¿Se quedará?

—Depende de él y de Harry. Mejor si no lo presionamos, ¿no crees?

—Sí. A veces me dan ganas de pegarlo hasta dejarlo inconsciente, Remus. Su impertinencia…

El licántropo sonrió, pasándole el brazo por los hombros.

—Creo que esa sensación la tenemos algunos todavía.

Mientras la elfina colocaba todos los cubiertos y las tazas además de los platos en la mesa con su magia y servía el té, el resto se acomodó en la mesa; Remus frente a Tonks y Hermione frente a Harry. Malfoy, sin embargo, eligió el sitio más alejado de la mesa, de modo que les daba la cara a todos. Aunque hubo intercambio de miradas, nadie pronunció una palabra.

—Servíos, chicos –sonrió Lupin poniendo en mitad de la mesa el bizcocho, y todos cogieron su porción. Draco tuvo que levantarse del sitio, pero no se quejó, a pesar de que la elfina se había sentado junto a Hermione, ayudada por unos cojines que la elevaban de la silla, y se dispuso a tomar exactamente lo mismo. Draco pestañeó al ver la insolencia de la elfina. Iba a decir algo cuando se cruzó con una mirada de advertencia de Lupin. El chico entornó los ojos y decidió no hablar. Aún tenía el pelo mojado de habérselo lavado y le llegaba por los hombros, y odiaba que los hombros se le mojaran, aunque el albornoz lo cubriera. Era incómodo no poderse secar el pelo con magia.

Mientras todos charlaban animadamente, evitando nombrar cualquier cosa sobre el ataque, contando sus experiencias en el Ministerio, Malfoy y Potter comían silenciosamente. De cuando en cuando, el moreno miraba a su izquierda sin perder de vista al chico, sintiéndose raro porque Malfoy estuviera con ellos. Parecía irreal. Comiendo en la misma mesa. Pero al rato, Harry volvió a posar su mirada en el chico de pelo rubio mojado. Sus modales eran tan finos y comía con tanta exquisitez que se le antojó curioso, y estuvo observándolo más de la cuenta. Pasó un tiempo en el que Harry no dejó de mirar el modo en cómo Draco cogía el tenedor y cortaba en trozos el bizcocho, sin que ninguno de ellos cayese al plato desordenado, sino que se quedaban en vertical. Además, usaba cubiertos con iniciales de la familia Malfoy, y un vaso con los bordes plateados, exquisitamente decorado. Draco, sin parar su maniobra ni alzar la mirada, dijo:

—¿Qué estás mirando, Potter?

Harry se avergonzó y siguió con su tarea. Draco no volvió a decir nada, y Harry, incómodo, fingió que escuchaba todo lo que Hermione y Tonks contaban.

—Y fue muy divertido… ella me lo contó todo.

—Draco, puedes servirte más si te apetece –dijo Lupin al ver que el chico había consumido su ración de bizcocho.

—Oh, disculpe, señor, creí que había un elfo doméstico que nos servía –sonrió Malfoy, muy inocente.

Ambas chicas interrumpieron la conversación. Nueva tensión.

—Entiendo. Pero, verás, Dikki no sólo obedece a Hermione, sino que también piensa por sí misma, así que si te gusta que te sirvan, deberás ganarte su confianza.

Harry le oyó murmurar algo así como "hasta dónde hemos llegado, lo próximo será limpiarles el culo" mientras se levantaba para coger un poco más de té.

—¿Harry quiere más bizcocho?

Una voz chillona frente a él lo sacó de sus pensamientos. El joven contempló su plato, vacío.

—Ya me sirvo yo, gracias –y alargó el brazo para coger más.

Todo terminó sin más incidentes. Mientras Dikki recogía la cocina, Lupin y Tonks subieron al vestíbulo. Hermione entró a su cuarto a estudiar, en la primera planta, y Harry decidió dar un paseo por la casa. Desde que venció en la batalla final, se había vuelto muy pensativo y reservado, incluso su rostro parecía reflejar todas las obligaciones cargadas en sus hombros desde muy pronta edad. Harry solía pararse frente al tapiz de la familia Black. Ahí, al igual que en su vida, faltaba Sirius. Cuando Sirius cayó tras el velo, siempre tuvo una ligera esperanza de que hubiera algún modo de hacerlo volver; todo se derrumbó cuando su padrino se le apareció para ayudarlo en la batalla final, junto a sus padres y a Cedric. El joven acarició las finas líneas del árbol genealógico. Era una suerte que sobre el cuadro de la Señora Black se hubiera puesto un hechizo silenciador, o estaría gritando vilmente toda clase de improperios por ahí.

—Potter… ésta podría ser mi casa –dijo una voz tras él.

Harry se volvió para contemplar un rostro cansado y unos ojos sin brillo. Malfoy no parecía haberlo pasado mejor que él. Su tez seguía pálida, pero su cara muy delgada. ¿Cuánto hambre habría pasado en aquel sucio lugar?

—Mira –dijo Malfoy señalando la línea donde aparecía un nombre muy conocido para ambos—. Tu nombre no está, y el mío sí.

Harry lo ignoró; en su lugar, su vista se posó en otro nombre.

—¿Cómo está?

—¿De quién hablas, Potter?

—Tu madre. ¿Está mejor?

El rostro del rubio platino se contrajo de odio y rencor.

—¿Y a ti qué te importa?

Harry lo miró a los ojos, cansado.

—Contigo no se puede ser amable –dijo, alejándose hacia la escalera.

—¡Eh! ¡Oye, Potter! ¡No me has escuchado! ¡Ésta es mi casa! ¡Así que me quedaré!

Harry se encogió de hombros, pero enseguida supo que su vida iba a dar otro cambio tan grande como el que dio cuando debió esconderse de todo el mundo, tras derrotar a Voldemort.


La cena transcurrió sin consecuencias. Harry evitó mirar a Draco durante el proceso, y para ello estuvo inmerso en una discusión sobre música muggle con Hermione, mientras Tonks y Lupin se hacían carantoñas. La elfina parecía muy ocupada observando a Draco, y éste le echó varias miradas asesinas que ella interpretó de otra manera, y estuvo sonriéndole todo el rato. Draco decidió ignorarla, al igual que hacían todos con él. ¿Cómo es que le prestaban tan poca atención? Desde hacía unas horas había un miembro nuevo en la casa y nadie parecía interesado en entablar conversación o hacerle sentir bien en una casa extraña, con una metamorfomaga, un licántropo, una sangre sucia, una elfina impertinente y el héroe del mundo mágico.

Harry, por su parte, había observado que Malfoy se recogía su plato y su vaso, y no parecía molestarle. Aunque nunca lo guardaba en su sitio, sólo lo dejaba amontonado sobre la repisa junto al fregadero y nada más. Dejando a un lado ese tema, volvió a mirar a Hermione y sugirió, animado:

—Hermione, ¿quieres venir a mi cuarto un rato?

Harry notó la ardiente mirada de Malfoy sobre su cogote.

—Oh, no, Harry, estoy muy cansada, creo que iré a acostarme enseguida. Y lo mismo deberías hacer tú –dijo, en plan madre.

—Ya sabes que tardaré en dormirme –discutió el otro, para nada contento con el consejo.

—Oh, no importa, Harry, yo jugaré contigo. ¿Un ajedrez mágico?

Harry sonrió a Tonks, asintió, y ambos subieron las escaleras. Hermione también se marchó, mientras Dikki fregaba todos los platos y recogía la cocina. Draco se arrimó a la chimenea y Lupin no tardó en unirse a él.

—Draco. Es mi deber preguntarte si sospechas de algo o alguien que hayan querido, deliberadamente, matar a alguien en Cabeza de Puerco.

—No lo sé, señor, quizá debería preguntárselo a los aurores del Ministerio. Aquí tiene varios, ¿no?

Remus Lupin hizo una pausa, no sin antes mostrar una observación:

—Veo que tu descaro no ha cambiado nada.

—Se llama sinceridad, señor, aunque, acostumbrado a esta gente, puedo parecerle brusco.

—¿Has hablado con Harry sobre quedarte aquí?

—Lo hice, señor, pero no quiso escucharme.

—¿Por qué será que no creo que lo hayas intentado lo suficiente?

—¿Por qué le interesa tanto que me quede o me vaya? ¿Tan importante es mi decisión para usted? Explíqueme qué intereses tiene para conmigo –dijo Draco algo irritado.

—La decisión es tu privilegio. Por tanto, no la cuestionaremos. Te puedo decir, sin embargo, que miembros de esta casa estarían aliviados si te quedaras.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo yo. Y me atrevería a asegurar que el resto también. Todos hemos pasado un mal rato, y especialmente tú. ¿Resulté para ti una amenaza cuando me viste en Cabeza de Puerco?

Como Draco no contestara, Remus prosiguió:

—Creo, sinceramente, que si lo hubiera sido, no habrías tenido el coraje de hacerte notar e insinuar quién eras. Y si hubiéramos tenido intención de entregarte al Ministerio, ¿por qué ibas a seguir aquí ahora? Han atrapado a varios mortífagos, y han ido directos a Azkaban, sin juicio. Ahora son las reglas, por eso ellos se esconden. Saben que no tienen nada que ganar y sí mucho que perder, y con el tiempo acabarán todos en Azkabán. Quiero decirte, Draco, que las cosas están muy mal ahora para que andes por ahí. Creo que conoces los modos en que los aurores atrapan a los mortífagos. Elevan el brazo y, si hay marca, se lo llevan a Azkaban, ponen una cruz en su lista, y siguen. No queremos eso para ti, esa es la razón por la que Hermione estuvo vigilando tus pasos. Ella misma se aseguró de que ningún auror te encontraría antes.

Interesantes declaraciones: aurores trabajando a espaldas de otros aurores. ¿Sabría el Ministro de la transparencia de su Ministerio? Aunque bien pensado, el Ministerio siempre ha estado teñido de cualquier otro color.

—Pero me dejó tirado finalmente –dijo Draco, quien seguía mirando las llamas.

—Ella te dio la oportunidad de elegir, y la rechazaste.

—¡Usó el cuerpo de Potter! –dijo Draco, recordando su enfado cuando lo descubrió.

Una pausa se hizo en la cocina. Remus parecía desconocer esto, se leía todo en su rostro.

—¿Y realmente eso importa? Si hubiera sido Harry quien lo hubiese hecho, ¿habría una diferencia?

Era una pregunta que jamás Draco se había planteado. Porque él, realmente iba a seguir a Potter adonde quiera que lo llevase, pero cambió de idea cuando Potter resultó ser Hermione. ¿Habría una diferencia? Sí, él jamás hubiera ido a San Mungo, poniendo en peligro su vida, y quizá no hubiera vuelto a Hogsmeade, y el incidente de la nieve no habría ocurrido, y ahora… estaría en el mismo sitio donde se encontraba sentado.

—¿Ves que, finalmente, has ido a parar donde el destino quería, Draco? Por eso las decisiones son un privilegio; hubieras sufrido mucho menos de haber elegido la primera opción. Eso no me ocurrió a mí, Draco. Yo no pude elegir entre ser o no licántropo. Mi condición no me lo permitió. Y me condenó de por vida.

—No me da ninguna pena, señor –dijo Draco aún irritado.

—Oh, no –rió Lupin—. Pena ninguna, por favor. Soy muy afortunado. Tengo una mujer que me quiere, y amigos que se preocupan por mí.

—Yo tenía todo eso antes de que Potter decidiera jugar a ser un héroe…

Lupin puso una mano sobre el hombro del joven.

—¿Sabes qué diferencia hay entre él y tú? Que cada uno de vosotros nació en dos bandos enfrentados.

Draco torció la boca en un gesto ya conocido.

—Es usted poético, señor. ¿Ha pensado en dedicarse a la poesía?

—Está bien. Sé que no te gusta que te hablen de Potter.

—Ni un poco.

—No obstante, si le llegaras a conocer realmente, verías que no sois tan distintos.

—Oiga, no me insulte –pidió Draco retirándose un mechón de pelo.

—Sabemos que tu madre sigue ingresada en San Mungo. ¿Alguna mejoría?

Draco, pensativo, bajó la cabeza.

—Ya veo. De cualquier modo, podemos ir a visitarla cuando quieras. Si yo no estoy, Harry o Hermione pueden acompañarte. Pero no vayas solo, por favor.

—Ya he estado ahí solo y no me ha ocurrido nada –dijo, alzando la barbilla en un gesto altivo—. En San Mungo tienen un juramento de no revelar quién visita a los enfermos.

—Eso está muy bien, pero quienes visitan San Mungo no tienen ningún juramento y pueden esperarte a la salida. Si sales de aquí tú solo y te ocurre algo, no sólo nos traerás problemas, sino que además perjudicarás a aquellos que se están sacrificando por ti.

Draco alzó la cabeza.

—¿Sabe algo de Severus? ¿Ha contactado con usted? ¿Están buscándolo en el Ministerio?

Lupin hizo una pausa, para el gusto del chico, demasiado larga.

—Dígame lo que sepa, por favor.

—Me temo que no puedo responderte. No lo he vuelto a ver. Sabemos que tiene la marca oscura, y ya conoces el destino de cualquiera con marca tenebrosa si se le atrapa. Aunque con él quizá pudiéramos conseguir algún juicio…

—Pensaba que ustedes sabrían algo…

—Pensábamos que él estaría escondido contigo en alguna parte. No esperábamos que estuvieras solo. Nos extrañó verte en Cabeza de Puerco.

—¡Lo hizo para protegerme!

—Es posible. A nosotros nos despistó. Jamás hubiéramos buscado allí. Unos gigantes le dijeron a Hagrid que había un chico de la edad de Harry allí. Por eso pudimos enterarnos, y fuimos.

—Estará preocupado si se entera del incendio. Quizá vuelva enseguida a por mí.

—Eso es algo que no sabemos. Pero si es así, él querría que tú estuvieras a salvo. Severus es fuerte, ten fe. Si hay alguien que sabe sobrevivir en un bando y en otro, es él. Es un mago muy poderoso.

—Más que ningún otro –aclaró Draco, con un nudo en la garganta.

—Claro.

—Usted le odia –Lupin esbozó un gesto de resignación.

—No es verdad. Él me preparó la poción que me permitió enseñar en Hogwarts, y le estaré eternamente agradecido.

Se hizo el silencio. Lupin observó la piel apagada del chico; sus ojos llenos de ojeras; su rostro cansado; su aire de madurez obligada. Jugaba con los vendajes de las manos.

—Creo que mañana ya estarán bien, usé pasta mágica, estaban un poco magulladas. ¿Te han tratado bien en ese sitio?

Draco se giró y juntó sus cejas.

—¿Para qué pregunta algo que ya sabe? Me marcho a dormir.

—Sí, buenas noches –susurró la voz cansada del licántropo, mientras contemplaba cómo las llamas se extinguían entre las cenizas.

No recordaba haber dormido tan bien desde su estancia en la mansión. No quería salir de la cama; pero sentía muy caliente su cuerpo y quería refrescarse un poco.

"Uh, hace tanto que no duermo bien que ya me mareo cuando he pasado una buena noche", pensó, mientras se desperezaba y deslizaba sus dos pies fuera de la cama. Se levantó demasiado rápido, y todo giraba a su alrededor. Consciente de su pérdida de equilibrio inminente, buscó un apoyo, en vano.

Harry se volvió, sobresaltado por un golpe en la segunda planta. Había desayunado y estaba hojeando "El Profeta" mientras Dikki, abajo, limpiaba los muebles. Hermione y Tonks habían ido al Ministerio mientras Remus acudía a comprar. La elfina no tardó en aparecerse frente a él, muy apurada.

—Harry… el señor Malfoy se ha desmayado.

El joven bajó las escaleras rápidamente y vio a un chico rubio y muy delgado cubierto por su pijama de raso negro tirado sobre el piso, boca abajo.

—¡Malfoy! ¡Malfoy, despierta! –se acercó a él intentando levantarlo, inútilmente—. Oh, está muy caliente. Dikki, por favor, elévalo hacia la cama.

Dikki pronunció un hechizo de levitación mientras Harry apartaba el edredón. Lo tapó con él y al notarlo demasiado sudoroso le tocó la frente.

—Tiene fiebre… trae paños y un cuenco con agua fría.

La elfina trajo un barreño vacío y varios paños viejos. Harry pronunció "aguamenti" e introdujo uno de los paños.

En cuanto el joven aplicó la compresa fría sobre la frente de Draco, éste se despertó.

—Aaaaahh… Potterrrr…

En la borrosa mirada del chico apenas se distinguía una figura vestida de verde que le ponía algo en la cabeza, y un aroma a cilantro que llenó sus fosas nasales.

—¿Estás despierto? Bien.

Malfoy cerró los ojos y produjo varios quejidos lastimeros.

—Aaaaaaaaaah… me duele el cuerpo… llama a Lupin.

Harry entrecerró los ojos. ¿Desde cuándo le había cogido simpatía a Remus?

—Lupin no está.

—Uuuh! Estoy ardiendooo.

—Tienes fiebre –dijo Harry apartándole el pelo de la cara y sentándose junto a él.

—Aaaaah, me muero, dame una poción pimentónica…

—No hay poción que te cure, Malfoy. Tienes gripe.

—Q… qué listo, Potter, y eso… ¿qué es?

—Una enfermedad muggle.

Draco trató de incorporarse, pero Harry se lo impidió.

—No te levantes, te volverás a caer.

—Me duele la cabeza, quiero morirmeeeee… Potteerr...

—No seas dramático, se te pasará.

Dikki entregó otro paño húmedo a Harry, quien lo cambió enseguida.

—¿Cómo lo sabes?

—Yo la he tenido a veces.

Harry recordó cuando era pequeño, él debía cuidar de su primo Dudley cuando éste tenía gripe, y siempre se le acababa contagiando.

—¿Se contagia? –preguntó Malfoy preocupado.

Por un momento, Harry pensó que le echaría para no contagiarlo, pero cuando asintió, Draco dijo, entre lamentos:

—Has sido tú, me la has pegado… tú y esa sangre sucia… sólo tenéis virus y bacterias… viviendo con un lobo pulgoso. Aaaaaaaaaah, me duele. ¡Me dueleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee! Mi… cabeza…

—Oh, genial, ahora tengo que cuidar de Draco nenaza Malfoy –dijo entre dientes, y añadió algo como "hubiera preferido pelear contra el Señor Tenebroso".

—Dikki, haz un desayuno blando y súbelo.

La elfina desapareció. Draco cerraba y abría los ojos, todo era borroso y doloroso. Y para colmo, Potter estaba sentado junto a él. Harry observó un momento a su rival, tendido en la cama, sudoroso y con las mejillas encendidas, y su pelo pegado a la piel. Se le veía gracioso y vulnerable.

—Ugh. ¿De qué te ríes, Potter?

Por un momento el otro estuvo tentado de responderle la verdad.

—De que eres un quejica. Esta enfermedad es muy común y tú haces un teatro, como si estuvieras agonizando. No seas exagerado.

—¡Ooh, Potter el valiente no tiene miedo a los muggles! Debiste haberte… quedado con ellos y no haber venido nunca a Hogwarts… Nos hubieras ahorrado muchas muertes.

Harry se levantó de la cama, ofendido. Agarró los hombros de su enemigo y los presionó hasta que sus caras quedaron a la misma altura.

—Escucha, me tragaré las ganas de darte un puñetazo sólo porque no me gusta aprovecharme de los enfermos que no pueden defenderse.

Draco echó rayos por los ojos. De no haber sido por Dikki, quien traía el desayuno en una bandeja, quizá hubiera habido una confrontación entre ambos.

—Gracias, Dikki, vigila que este idiota se lo coma todo, y después puedes seguir con tus tareas.

—Sí, Harry.

Con sólo ver el desayuno se le agitaban las tripas. Cuando Harry salió por la puerta, Dikki se arrimó a él.

—Señor Malfoy, debe comer.

—No me des órdenes –contestó, muy malhumorado.

—Dikki no se irá hasta que usted haya comido. Si no come, no se curará.

Draco le echó una mirada de odio.

—Y se supone que debo creer lo que dice un esclavo del mundo mágico…

—Haga lo que quiera, pero coma –dijo Dikki, para nada ofendida.

Draco se incorporó a duras penas, dejando a un lado la compresa que cubría su frente. Dikki había movido la mesa que servía de escritorio para que Draco comiera a gusto. El joven observó las papas hervidas y el jugo de calabaza. Tenía hambre, y mucho, pero su estómago se revolvía. Poco a poco, engulló todo hasta quedarse harto. Al rato, le dijo a Dikki:

—Necesito ir al baño. Llama a Potter para que me acompañe.

Dikki le sonrió, echando hacia atrás y hacia delante su cuerpo menudo, con las manos en la espalda.

—¿Has oído?

La elfina volvió a sonreír. Entonces Draco recordó las palabras de Lupin.

"Sólo obedece a esa sangre sucia"

—¡Eeeeeeeeeeeeeh! ¡! ¡Eeeeeeeeeeeeeeh! –gritó todo lo alto que pudo.

Evidentemente, Harry vino a los diez minutos.

—¿Estás sordo? –le espetó el otro, molesto.

—Esa no es una bonita manera de llamarme. Hubiera tardado menos si usaras el vocabulario adecuado.

—¿A quién le importa? Necesito ir al baño y darme una ducha.

Harry lo vio incorporarse.

—No esperarás que te desnude yo.

—Ja, sigue soñando, cara rajada. Sólo quiero que me acompañes porque me mareo.

Harry se sintió extraño cuando su rival se apoyó contra él. Malfoy no paró de quejarse en su viaje hacia el baño, pero lo ignoró. En cuanto dejó al joven dentro del habitáculo, oyó un ruido en el vestíbulo.

"Remus ha vuelto", y corrió escaleras abajo para darle la bienvenida.

—Harry, ¿cómo estás? –dijo el licántropo quitándose la gabardina—. Hace mucho frío fuera.

—Yo estoy bien, pero Malfoy no. Creo que tiene gripe.

Hermione subió corriendo las escaleras, dejó la túnica en su cuarto y subió una planta. Ahí, un chico rubio dormía de forma agitada. Parecía tener una pesadilla.

—Buenas tardes, ama –se apareció Dikki frente a ella.

—Hola. Harry me dijo que Draco está enfermo. ¿Lo habéis cuidado bien?

—Le puse paños húmedos, pero su temperatura sigue alta.

—Oh –la chica se acercó a la cama de Malfoy y se sentó en la silla que había junto a él. Le retiró el pelo rubio pegado a la cara por el sudor y murmuró algo. En lo que se le antojaron segundos, Dikki la despertó con su voz chillona.

—Ama, la comida está lista. Hoy, pasta, su plato favorito.

—Ah, gracias, diles a los demás que ahora mismo bajo.

Dikki se quedó arriba cuidando del chico caprichoso, mientras la joven se reunió con los demás en la cocina al poco rato.

—¿Tiene la fiebre alta? —preguntó Remus.

—Dikki acaba de tomarle la temperatura, y dice que no ha mejorado –dijo ella, sentándose con resignación frente a su plato.

—Oh, no te preocupes, seguro que se pone bien. Le gusta exagerar para llamar la atención –terció Harry, metiéndose el primer tenedor.

—Debió cogerla cuando estuvo escondido entre la nieve –indicó Tonks apretando la mano de Hermione—. Se pondrá bien, ya verás.

Hermione se quedó toda la tarde sentada frente a la cama de Malfoy, mientras leía un libro. Al rato, el joven despertó.

—¿Mmmm? –trató de incorporarse y enfocó la silueta de la joven auror junto a él.

—Hola, Draco, ¿cómo te encuentras?

—Estaría mejor si no estuvieras aquí —dijo el otro.

—Eres un ingrato –dijo la chica—. Voy a tomarte la temperatura.

—Ya sé hacerlo yo –y se puso el termómetro bajo el brazo—. Tengo hambre.

—Le diré a Dikki que te traiga comida.

Todo transcurrió en silencio hasta que Draco tuvo frente a él el plato de pasta.

—No sabe a nada –dijo tras probar—. ¿Quién ha cocinado hoy, Potter?

—Oh, no. Es uno de los efectos de la enfermedad. No saboreas la comida.

—Genial, comer sin saber lo que estoy comiendo –dijo, fastidiado.

—¿Has tenido tos?

—No.

—¿Y dolor de cabeza?

—¿Por qué debo responderte? Lupin ya me ha hecho todas esas preguntas –indicó Malfoy, molesto.


Odiaba estar enfermo. Y esa enfermedad muggle, gripe, era muy mala. Su cabeza quería estallar, y su cuerpo ardía. Sin embargo, tenía escalofríos. Lupin dijo que era normal, y que lo estaba pagando por su imprudencia de haberse escondido en la nieve.

"Blah, blah, blah. Los adultos siempre están dispuestos a regañarte. Nadie reconoce las brillantes ideas, ni los planes perfectos. Mi padre me hubiera premiado por haberme escondido así."

Ignoró a todo el mundo, porque la enfermedad le ponía de mal humor. Cenó muy poco, y evitó dormir, porque en su segundo sueño tuvo unas pesadillas horribles. Soñaba que le apretaban con una tenaza que llevaba la marca tenebrosa, hasta que sus huesos se rompían. Luego, su padre los recogía y los llevaba a Azkaban. La escena se repetía una y otra vez. Y lo hizo esa misma noche.

Hermione se levantó, alterada por los gritos del cuarto de arriba. Se puso una bata y corrió hasta la cama de Malfoy, quien se revolvía empapado en sudor.

—¡Ah, ah! ¡Me duele! ¡Madre! ¡Madre!

Hermione lanzó un hechizo congelador al agua del barreño y partió el hielo para meterlo en un paño y ponérselo en la cabeza al chico, haciendo que Draco se despertase en el proceso.

—¡Ugh! Aah…

Confuso, miró a uno y otro lado. ¿Eso era… Grimmauld Place? Sí, podía distinguir el pomo de la puerta en forma de serpiente.

—Era una pesadilla, tranquilo –dijo una suave voz a su lado.

—Era… horrible –dijo Draco tratando de calmarse, se incorporó con el paño ya atado a su cabeza.

—Sí, cuando estás con gripe los sueños se convierten en pesadillas. Y seguro que llevas soñando lo mismo toda la noche, o, al menos, te da esa impresión.

Draco observó el reflejo de Hermione entre las ventanas. Fuera hacía viento y parecía una noche muy fría. Preguntó, con voz trémula:

—Eh… Granger… ¿cuánto tarda en curarse esto?

—Depende de tu fortaleza física y de tu tolerancia al tratamiento. ¿Tomaste las medicinas?

Draco asintió.

—Cuando yo tengo gripe, tardo una semana en curarme. Harry tarda cuatro días, pero una vez me dijo que estuvo diez días con ella. Depende de cómo te ataque el virus.

—¿Cada vez que duerma será así?

—Puede. Mira, lo mejor es que estés todo el tiempo sudando. Al sudar, liberarás toxinas y el cuerpo volverá a estar como antes.

Hermione sonrió. Draco, a pesar de su exterior vanidoso y altanero, escondía un miedo similar al de cualquier joven de su edad.

—¿Has estado aquí todo el rato? –dijo el chico, mirando sus manos sobre el edredón.

—No, acabo de venir. Me despertaste con tus gritos.

Malfoy miró a Hermione, asustado.

—¿Qué gritaba?

—Pues… cosas sin sentido. También llamabas a tu madre.

Draco espiró y tomó agua del vaso sobre la mesita de al lado. Hermione apretó la mano fría y temblorosa del joven y sonrió.

—¿Quieres que me quede aquí contigo?

Draco la miró con estupefacción.

—Puedo quedarme un rato si tienes miedo.

Draco volvió a taparse, anulando todo contacto con la chica y dándole la espalda.

—Un Malfoy no tiene miedo.

Hermione lo miró, divertida.

—Bien, como quieras, me marcho entonces –dijo la voz tras él.

—Espera. ¿Podrías echar las cortinas?

—Ya está.

—Gracias –murmuró el muchacho, y cerró los ojos. Aunque no volvería a dormir, trataría de mantenerse despierto.

—Descansa, Draco. Y cámbiate el paño cuando te acuerdes. Mañana traeré poción de Ashwinder para que baje la fiebre.


CONTINUARÁ

Notas finales: Obviamente, en el mundo Harry Potter para curar la gripe existe la poción pimentónica, pero me he reservado el derecho de hacer que fuera una enfermedad muggle para darle más juego al capítulo. No me matéis.

Enviad review que aunque tarde, os contesto. ¡Feliz verano!