Glitter Freezer
Disclaimer: Haikyuu pertenece a Furudate Haruichi
Anteriormente: Iwaizumi ha terminado los parciales. Oikawa, luego de una serie de flashes, recupera la conciencia en el momento que lo volverá todo de revés.
VIII
No tengo mucha experiencia en esto de despertar al lado de alguien más. He tenido mis citas, amanecido al lado de alguna que otra chica, pero ellas siguen durmiendo cuando yo despierto, y antes que lo hagan, recojo mi ropa y me marcho en silencio.
Pero Bokuto lleva dibujando círculos sobre mi pecho desde antes que abriese mis ojos. Se ha encajado bajo mi brazo, haciéndome su prisionero, y yo al bajar la mirada, vi los rastros de lágrimas secas sobre sus mejillas. Ni a Dalí se le habría ocurrido cuadro más surrealista.
¿Seré una persona muy egoísta? A estas alturas, ya no importa: está hecho.
—¿Qué piensas, Chico Kawaii? —susurró. Su aliento cálido revolvió los pocos vellos de mi tórax.
Pienso, que esta situación se dio ya que yo estaba caliente como un mono en celo, y que tú, Boku-chan, triste y vulnerable cual doncella en apuros. Y que el alcohol no es excusa, pero lo hecho, pues hecho está. Me he aprovechado de la situación, para variar.
—Que deberíamos ponernos en marcha —dije—. En estos lugares cobran por hora.
Bokuto se deslizó mantas abajo, recogió sus prendas del suelo, y me guiñó un ojo antes de encaminarse hasta el baño.
Repasé mi cuero cabelludo con los dedos.
En mi cabeza, se sucedían las imágenes de lo que fue el día anterior. El bar, los pistachos, la cazadora amarilla, el aliento a coca-cola, mis piernas sobre los hombros de Bokuto.
Qué habrá sido de Hajime. Y qué de Kuroo. Hajime siempre está diciendo que pienso mucho en mí, y poco en otros, y que en algún momento dañaré a alguien sin proponérmelo, porque interpongo mi felicidad ante la de los demás. En realidad no hace falta que me lo diga porque soy de la misma idea, pero hasta ahora, había preferido ignorarlo.
Estrujé mis ojos, estaba pensando demasiado.
¡Ah! Qué dolor de cabeza. Soberana resaca. Nota mental: comer más pistachos la próxima vez. Segunda nota: no más Whisky con soda, gracias.
¿Y si me vestía y me iba?
Intenté hacer un rápido pros y contras de lo ocurrido y cuales eran mis opciones, pero todo lo que hice, fue repasar mis labios con mis dedos. Con los ojos cerrados, era más fácil omitir el malestar físico. Incluso las piernas dolían, pero me era vergonzoso incluso pensarlo. Si podía evitar el golpe de la realidad, aunque fuesen diez minutos, entonces…
Me amodorré. Qué bonitos son los sueños. Los labios de Bokuto siguen impregnados sobre los míos.
·
·
Bokuto no estaba ni ojeroso, ni resacoso. Se desplazaba por el comedor del love hotel con los movimientos lánguidos típicos de quien ha pasado una buena noche. Al menos, había desistido con las gafas.
—¿Siempre comes tan poco para el desayuno? —me preguntó al notar que volví de la mesa bufet con nada más que un café y un pastel de mochi.
Me encogí de hombros.
—No soy el mejor ejemplo de vida saludable, qué te digo. Cuando vives solo, hay aspectos que descuidas. No tengo mucha paciencia en la cocina, y preparar café o comprar jugo de naranja es lo más fácil. Al final, mi organismo terminó acostumbrándose a comer poco durante la mañana. Lo que no entiendo, es cómo pese a la resaca, puedes comer todo eso que estás comiendo.
Bokuto había llegado con un cuenco rebosante de yogur, granola, y frutas de la contraestación. Me daban ganas de vomitar de solo ver tanta fruta fresca junta.
—¿Resaca? Nada. Bokuto-san no bebe. A Bokuto-san le gusta estar consciente toda la noche o no tiene gracia.
Esa respuesta ya la había escuchado en otra ocasión. Y estaba casi seguro que el hipócrita había bebido más que yo. Pero me llamó la atención una cosa que podía desprenderse de lo que dijo:
—¿Recuerdas todo lo que pasó?
—¿Tú no?
Bokuto me mantuvo la mirada mientras yo abría y vaciaba en mi taza los sobres de azúcar. Seis sobres uno tras otro.
—Sí claro —mentí rápido.
No tenía idea de cómo comenzó, pero no me sorprendería si fui yo quien tomó la iniciativa. Lo que sucedió en la habitación del hotel, por otro lado, abundaba en detalles vívidos en sensaciones. No es mucho mejor a no recordar nada. Entre la duda, y la vergüenza, es mejor cambiar de tema.
Bokuto soltó un suspiro.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
A mi pregunta, rascó el lóbulo de la oreja luego que se le escapara una risa nerviosa. Podía comprenderlo.
—Descuida —y añadí—, yo tampoco sé muy bien cómo actuar. No es una situación… común.
Elegí la última palabra con mucho cuidado. Me pareció que Bokuto me quería decir algo, pero cerró la boca. Luego volvió a abrirla, y boqueó como un pez fuera del agua. Al final, se tironeó los cabellos y gritó:
—¡Gah! ¡Nunca sé qué decir! En tan frustrante no hallar las palabras…
—No digamos nada entonces.
—Kawaii-kun, debería ser capaz. Me… me paso la carrera redactando ensayos e informes ¿cierto? Pero al momento de hablar… ¡Ah! ¡Es tan difícil!
—No es lo mismo escribir que hablar. Al escribir, te escudas tras un papel. Podrán rebatirte tus ideas, y estar en franco desacuerdo, pero no lo sabrás hasta después, probablemente comunicado mediante otro papel. No tienes que lidiar con reacciones directas, y te da tiempo a pensar lo que sientes, lo que piensas, y lo que quieres comunicar.
—Parece que a ti sí se te dan bien las palabras —dijo impresionado.
—No, no realmente. Pero conviviendo con Iwa-chan tarde, mal, y nunca, no puedo darme el lujo de no pensar rápido. Claro que, lo mío suelen ser las bromas. Al momento de sincerarme o ser serio, puedo llegar a ser un desastre si estoy nervioso.
Observé a Bokuto sobre mi taza de café y tuve el impulso de alargar una mano para desordenar su flequillo. No podía evitar sentirme intranquilo. Tan fanático del gel como decía no era, o tal vez, no se había imaginado pasar la noche en un love hotel. Su cabello mojado por la ducha mañanera, se movía igual de lánguido que el resto de su cuerpo.
¿Dónde vivirá Kuroo? Seguro allí guardaba un bote de gel.
No pude callármelo:
—¿Qué hacías ayer con Kuroo? Pensé que habías dicho que querías guardar distancia.
Me arrepentí apenas lo dije, pero era necesario mantenerse serio.
Bokuto se encogió de hombros.
—Te dije que soy malo hablando, y me haces esa pregunta.
—Me gustaría saberlo.
—Quería bailar, eso es todo.
—¿Por qué?
Bokuto limpió la comisura de los labios con la servilleta se volvió a encoger de hombros. No me cupo duda que si estaba con Kuroo era porque se sentía deprimido. Y me pregunto, si es realmente aprovecharse si no se está consciente, y que si es suficiente excusa que el alcohol ha nublado el juicio.
Seguramente, es la excusa más pobre. En realidad, no soy tan ágil con las palabras.
Me había vuelto a salir con la mía. Hajime nunca me dijo que mi egoísmo podía no solo dañar a otros, sino que a mí mismo.
·
·
Las cons de Hajime reposaban en el genkan quien sabe hace cuánto. Mi reloj indicaba que todavía no eran las diez de la mañana. Como sea. Dejé mis zapatillas alineadas al lado de las suyas, pasé de saludar, y dejé que mis pasos me llevaran directamente hasta mi habitación. Seguramente Hajime dormitaba en su pieza, y me odiaba.
Me desplomé sobre el futón sin siquiera quitarme el abrigo.
Lo único que podía pensar, el único pensamiento posible en mi cabeza, es que tenía que ser del gusto de Bokuto, aunque sea un poco. Y me preguntaba qué sería. Mi indudable atractivo es, justamente, indudable. Esperaba que no se tratara de algo así de superficial y frío.
No soy una persona muy interesante, a decir. No me han hospitalizado, nunca he tenido mascotas, ni he ido al estadio a ver algún partido de béisbol. Fui al planetario un día. Puedo identificar veinte constelaciones en el cielo, pero aquí en Tokio, con la contaminación lumínica y los días nublados, difícilmente puedo demostrar mi talento.
Necesitaba dormir para no seguir pensando. La resaca me estaba matando. Y con solo desearlo, caí redondo en los placeres oníricos.
Soñé con los labios de Bokuto y su aliento a coca-cola. Desperté al cabo de ocho horas, con la garganta seca, transpirado, y sin sueño pero tampoco enérgico. Mierda. Me iba a desvelar toda la noche, qué tragedia. De momento, me apremiaba un galón de agua y el calor.
Al asomarme hacia el pasillo, vi el torso de Hajime metido en la parte del cuarto de baño que tiene el retrete y la regadera. Debía estar fregando. Me quité el abrigo y dudé un momento. Tenía un mal presentimiento. ¿Cómo carajo te diriges a la persona a la que abandonaste en una fiesta por seguir a un tío que te obsesiona? Y tampoco era cosa de plantearlo de aquella forma.
Me aclaré la garganta. Improvisaría en el camino.
—Iwa-chan —entoné con precaución.
Hajime levantó la cabeza.
—Tú… —La ira opacaba sus ojos grises. Me examinó de abajo hacia arriba, entonces, decidió que yo no valía su tiempo. Siguió raspando los rastros del moho que se acumulaba en las junturas de las baldosas con mucho más vigor.
—¿Estás enojado?
La pregunta estúpida. Lo peor que se le puede decir a una persona con los nervios alterados, es preguntarle si está enojado. En ese aspecto, Hajime era muy simple.
—Hijoputa, eso es lo que eres Oikawa. Me abandonaste en esa disco electro… punk… loquesea. Eso ¡eso! no se hace. Se suponía que estábamos celebrando que al fin terminé los exámenes.
Se volvió hacia mí amenazándome con el cincel. Vi el final de nuestra amistad ante mis ojos.
—Iwa…
—¡No! No me interesa. Lo que sea, ya te digo: ¡no! Tuviste la noche que querías, genial, seguro te follaste a cuánta zorra fácil te hallaste. Al final, todo se reduce a ti. Que Iwa-chan vuelva a casa solo, a quién le importa.
—Lo siento —murmuré apenas.
—Lo siento —repitió con tono amargo—. Sí, mira… vas a tener que esforzarte un poco más.
—Hice algo malo ayer.
No se me ocurrió qué más decir. Hajime siguió cincelando las junturas de las baldosas.
Pude imaginarme el panorama por un momento. Hajime buscándome entre la multitud sin hallarme, resignándose a volver a casa, huyendo de las putas de la esquina, viendo E.T. por décima vez, o escuchando Radiohead hasta caer dormido. Pudo incluso haberle pasado algo, andando a deshoras por esos barrios. Y recién me planteaba tal alternativa.
Sentí la garganta muy seca. Me dejé resbalar por la pared del pasillo hasta el piso y apoyé la frente en mis rodillas.
—Es solo… ese estúpido de Kuroo…
—Que no me cuentes, que no quiero saber nada. Tus excusas continuarán siendo excusas.
Hajime siguió cincelando un buen rato, y yo seguí con la frente apoyada sobre mis rodillas. La sed era muy intensa, pero era incapaz de mover los huesos. La parte concienzuda de mí, esa que recrimina todo lo que digo o hago, me decía «si quieres demostrar algún punto, levántate. Esa no es la actitud». Pero yo, qué podía hacer.
Y ocurrió, Hajime acabó resignándose a la situación. Dejó el cincel sobre la taza del baño y rabiando, se fue a la cocina. Volvió con el bidón de jugo de naranja que dejó sobre mí.
—¿Resaca? —preguntó y se sentó a mi lado.
—Un poco —respondí desenroscando la tapa. Bebí lo poco que quedaba en la botella sin medirme.
—Si ya te he dicho que no tienes resistencia —continuó Hajime—. Cuándo vas a aprender.
—Ese es el problema, soy de los que ni a porrazos.
—Ya veo, no te fue bien ayer. Es gracioso, la justicia poética.
Ojalá fuera algo así. Hajime, tú que siempre has dicho cosas sobre lo egoísta que soy, seguramente me lo repites porque sabes que soy de la misma idea, pero no era algo que me preocupase. Sentía, que era un defecto inevitable. Para ganar y destacar, se necesita pensar no solo en el equipo, sino que también en uno mismo. Pero ayer, pensé demasiado en mí, a instinto. Y ahora, seguía comportándome de la misma manera.
Una putada, ya te digo.
Y no supe por qué, pero me embargó la pena y sentí cómo se tensaba mi garganta. No se trataba de Bokuto, ni de Hajime, ni siquiera de Kuroo. Se trataba, como siempre, de mí arruinando la felicidad ajena, aprovechándome de la infelicidad, preocupándome de ser el centro del universo. Un mal bicho.
Hajime me quitó la botella vacía. Sentí su brazo cruzar mi espalda y estrecharme a su lado. Las predicciones de mi conciencia se cumplían. Me acurruqué en su hombro.
¡Ah! Debo ser Iwa-chan-dependiente. Quería que Hajime, sin necesidad que yo abriese la boca, me leyera, descubriera qué me pasaba, y me dijera qué hacer. O mintiera y dijese que todo iba a ir bien. Le creería. Pero no, Hajime cómo iba a adivinarlo. Era mi mejor amigo y podía intuir mi estado de ánimo. Mas no un síquico.
—Mira… he quedado —empezó Hajime rascándose la nariz—. Pero si quieres, me puedes acompañar. Plan tranquilo: comer, ver películas, volver a casa tipo diez ¿qué dices? Es a unas quince calles de aquí, no puede ser más cerca.
—No estoy de ánimos.
—Eso es lo que me preocupa. Cuando te pones así, al final del día tiendes a romper cosas. No es un compromiso que quiera romper, pero tampoco quiero volver y encontrarme con que un tifón ha arrasado con todo el piso.
Asentí apenas.
Hajime exhaló largo y volvió a su tarea por raspar el moho de las junturas de las baldosas. Terminó sin demasiados progresos, con la gota gorda cruzando su frente, algo aliviado que se le haya hecho la hora.
Anunció que se cambiaría de ropa, y volvió con una camiseta manga larga a rayas, unos tejanos oscuros, y la cazadora negra, la bonita. Cuando me miró todavía en el suelo, me tomó del jersey y me arrastró hasta la habitación ropero.
—Ponte decente ¿sí? Y apúrate, que no quiero llegar tarde.
Me arreglé rápido. Una camisa blanca, un chaleco sin mangas, y el abrigo gris largo. Me sorprendió que Hajime se echara del perfume que le regalé por su cumpleaños, el año pasado. Solo lo había usado dos veces antes: para el funeral de su abuela, y para la graduación.
Incluso los drogados de la esquina se percataron.
—¡Iwa-chan-kun! ¡Qué nivel! —gritaron.
Hajime apretó los puños pero no respondió. Los drogos habían escuchado el «Iwa-chan» de mí, y Hajime ya se cansó de echarme la madre. Solo le quedaba aguantarse y caminar rápido.
Era una hora con poco tráfico con casi nada de gente en las calles. Hajime retrocedió cuando pasamos por fuera de una florería que estaba abierta, y compró un ramo de girasoles modesto. Perfume, flores, ropa bonita… todo empezaba a apuntar a una dirección, pero no iba a creerlo hasta escucharlo de sus labios.
—¿A dónde vamos exactamente?
Hajime se rascó la nariz.
—Donde Yoko. Una compañera con la que estudio de vez en cuando. Ella… vive arriba de un local de pool. Estamos cerca.
—¿Es tu novia?
—No todavía.
—¡Vaya! —no podía decir otra cosa. Estaba sorprendido, lo había preguntado en plan broma.
—¿En serio? ¿Vaya? ¿Eso es todo? —preguntó Hajime sorprendido—, sí que estás mal hoy.
—Me tomó desprevenido, eso es todo.
—Empiezas a dar miedo ¿sabes?
Llegamos al edificio en poco tiempo. Era una de estas calles bohemias con todo tipo de negocios. Una tienda de discos de la que se escuchaba la canción Judy is a Punk, una cantina oscura, un sushi-bar con luces de neón en la entrada, y el salón de pool, eran algunas de las tiendas abiertas en ese momento. Al lado del salón de pool había una cancela bronce que restringía el acceso a un edificio de aspecto antiguo. Hajime apretó en el panel que había a un costado de la cancela, el número 2B.
—¿Hajime-kun? —resonó una voz femenina a través del intercomunicador.
—Ehh —respondió Hajime-kun.
Luego se oyó un chirrido. Hajime empujó la cancela con el hombro.
No alcancé a cuestionarme cómo sería la tal Yoko. Luego de subir dos tramos de escalera, una chica ataviada en un delantal de cocina nos aguardaba. Podría ser considerada bonita, pero era muy poco tradicional para mi gusto. Llevaba el cabello corto a lo Hanamaki, y un parche bajo el labio. Aún y todo, la aprobé apenas cruzamos una mirada.
Pero los ojos de ella se dilataron al notar que Hajime venía acompañado.
—¿Oikawa-kun?
Me quedé de piedra. Yo a ella no la conocía. Recordaría a alguien con ese corte de cabello.
—Lo siento, está algo deprimido —se adelantó Hajime—. Y cuando está deprimido, no es buena idea dejarlo solo porque empieza a lanzar cosas por las ventanas o a pegarle a la gente. ¿Te molesta?
—No, no, me he sorprendido, eso es todo. Y mejor: se me fue la mano con las proporciones e hice demasiado katsudon. Gracias por las flores.
Hajime le entregó el ramo de girasoles a la chica y juntos entraron al piso. Los seguí con cierto recato.
Era un loft pequeño. Con adornos innecesarios, muebles baratos decorados con telas también baratas, pero que la combinación de ellas, le daba un aire acogedor al piso. Lámparas chasconas, pinturas colgando de las paredes, alfombras peludas. La presencia femenina era evidente, y sentí envidia de cómo tenía montado el piso. No debía tener más metros cuadrados que la pocilga donde nosotros vivíamos, sin embargo, nadie usaría «pocilga» para describirlo. Era un lugar que daba gusto.
El aire era tibio, y un sutil aroma a katsudon despertó a mi tripa. Solo había comido aquel insípido desayuno del love hotel, y con la resaca dominada, el hambre rugió en mis entrañas. Después de descalzarnos y dejar nuestros abrigos en el perchero, Hajime me empujó a un canapé añejo color morado a rebosar de cojines todos diferentes unos de otros.
Tomé una revista de la mesita de centro y me oculté tras ella.
Hajime ayudó a la tal Yoko en la cocina. Parecía conocer bien el piso. Observé a Hajime. Actuaba con tanta naturalidad, como cuando hablaba conmigo. Cuando Bokuto y yo hablábamos… ¿nos veríamos así? Hoy sería el día más surrealista, he decidido.
Seguro que Hajime haría las cosas bien, a diferencia mía. Se daría con Yoko su primer beso a la luz de las estrellas si es que no se lo habían dado ya, y algo me decía que no, que aguardaba el momento preciso. Harían el amor sin ayuda del alcohol, en un sitio cómodo, no en un love hotel barato, y a la mañana siguiente volverían a besarse, llegarían tarde a los sitios a los que debían llegar.
Qué envidia.
Yo… ni siquiera sabía demasiado de Bokuto. De su familia, de sus gustos, de su vida durante la prepa. Recordando las noches que pasábamos a comer al izakaya, era normalmente yo quien hablaba. De mis clases actuales, de Aobajousai, de mi propia familia. Le conté incluso de Hajime, como la vez que se peleó con Hanamaki, en primer año, y Hajime perdió un diente por ello; o cuando le picó una abeja, y descubrimos que era alérgico.
—Pudo haber muerto —dijo Bokuto impresionado.
—Eso dicen. En toda mi vida, nunca había visto a alguien hincharse de aquella forma. Afortunadamente estaba mi madre en casa, así que nos llevó al hospital más cercano.
Me preguntaba si Hajime le habría contado aquellas cosas a la tal Yoko. Entonces comprendí, que al menos sí habían hablado de mí, y tuvo que mostrarle una foto mía, por eso es que me hubo reconocido cuando me vio.
¿Sería que cuando uno está enamorado habla de sus mejores amigos a la otra persona? Supe que era la teoría más ridícula que había planteado en mucho tiempo, pero eso no evitó que me bajara la temperatura de solo pensarlo.
—¿No te ha gustado el katsudon? —preguntó la chica al notar mi rostro descompuesto.
—¡Ah! ¡Yoko-chan! Está riquísimo. Solo un poco magro —me apresuré a inventar.
—¿Yoko-chan?
—¡Imbécil! —interrumpió Hajime plantándome un golpe en la cabeza—, que esté magro es algo bueno.
Sonreí y junté mis manos en señal de disculpa.
Después de comer volvimos al sillón. Había un televisor pantalla plana colgando de una pared. No se veían los rastros de los cables por ningún lado, Hajime se lo tuvo que haber instalado. Yoko me entregó un vaso de soda de limón con una pajilla, y Hajime me pasó una manta. Ambos cuidaban de mí. No supe cómo tomármelo. Hajime se había convertido en mi padre, y Yoko la aspirante a madrastra que espera agradarle a su nuevo hijo postizo.
Era un día surrealista. Definitivo.
La película, para mi sorpresa, resultó ser Star Wars.
—Creo que es tu película favorita —me dijo ella. Tenía una bonita sonrisa—, Hajime-kun dijo que era inaceptable que no la haya visto.
—Iwa-chan cree que muchas cosas son inaceptables. Pero esto Yoko-chan, es lo más inaceptable de todo lo inaceptable.
Hajime ni se molestó en decirme algo.
Me pregunté si realmente esa era la película que habían quedado de ver. Pero, poco podía importarme en ese momento. Star Wars me subió el humor, siempre lo hace. Y por un leve momento, me olvidé de Bokuto, de mis preocupaciones absurdas, los dilemas sobre mi egoísmo, y me centré en la película.
Yoko me sirvió más soda de limón cuando me hube terminado lo que había en mi vaso, y los dedos de Hajime entrelazaron los de ella para el final de la película. Así que pregunté donde quedaba el baño, y me quedé un buen tiempo curioseando las cremas y los cosméticos que pueden encontrarse en un baño de chica. Eso les daría tiempo suficiente para que hicieran lo que quisieran.
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Volvimos al piso, como bien pronosticó Hajime, a eso de las diez, un poco pasadas. Yo no tenía ni pizca de sueño. Busqué mis libros de texto y volví al kotatsu. Estudiaría toda la noche, no me quedaba otra.
Hajime se apareció en su pijama de polar y se sentó frente a mí. Quería mi opinión, ni hacía falta que lo dijera.
—Siento haberte arruinado la cita —empecé.
—Ah, tanto da. Si te dejaba aquí, me la habrías arruinado más porque no dejaría de pensar que arrojaste el kotatsu por el balcón. Eso habría definitivamente terminado con nuestra amistad.
Esbocé una sonrisa. Hajime era un buen amigo.
—Es una buena chica, ¡y le gustó Star Wars! ¿Qué más se le puede pedir a la vida?
Hajime clavó sus ojos en mí.
—Tú… no sabes quién es Yoko ¿cierto?
—Mira, lo siento, a tus amigos veterinarios nunca les he puesto demasiada atención. La mayoría me parecen un montón de veganos adictos al hachís, no se me ocurrió que también los había carnisaurios.
Hajime pareció que no entender qué hablaba, pero su expresión cambió drásticamente.
—Bueno, tampoco importa eso ahora. ¿Estás mejor?
—Un poco.
—Mira… sea lo que sea… todos cometemos errores. Lo importante es no dejarse vencer por el orgullo y tener ganas de mejorar. Sabes que siempre tienes mi apoyo.
—Gracias.
—Por otro lado, somos estudiantes que viven solos en un piso que se cae: ya tenemos suficientes problemas en la cabeza. Intenta echarle huevos.
—Sí, supongo. Todavía me quedan dos parciales, ni modo.
Estrechamos nuestros puños y nos dimos un largo abrazo.
Hajime siempre sabe qué decir. No le gusta forzar situaciones ni obligarme a hablar. Sus puños son los más reconfortantes de todo. Eso, es ser un buen amigo.
Hoy soy un estropajo de lágrimas. Capítulos 147-148 del manga, pueden llevarse mi alma.
Gracias por leer y/o comentar. Yo de paso, seguiré llorando. ¡Hasta el viernes!
