- CAPÍTULO 7. APRIL -

Fue un chispazo.

Donatello estaba esperando sentado en la mesa de su dormitorio a la llegada de Kirby. La puerta se abrió, apareciendo el mismo con un gesto de mano a modo de saludo. El joven iba a responderlo cuando su vista fue a parar a la pequeña figura cabizbaja que se escondía tímidamente detrás de la chaqueta del psicólogo. Reconoció en ella los mismos ojos azules y el cabello pelirrojo, que le llegaba hasta el cuello. Lo que a la tortuga le llamó más la atención fueron sus mejillas, moteadas de pecas.

—¡Buenos días! —Kirby interrumpió sus pensamientos— Quería presentarte a cierta personita de la que ya te hablé —Se dirigió a la niña y le dio una pequeña palmada en el hombro—. Vamos April, ¿qué se dice a alguien que acabas de conocer?

La chica seguía sin levantar la mirada. Se removió nerviosa mientras se subía la mochila amarilla que llevaba a sus espaldas. Cuando habló su voz apenas era audible.

—Encantada.

Más que aprehensión parecía avergonzada por algo. Sus dedos se aferraron un poco más a la chaqueta de su padre. Abrió la boca, pero no dijo nada. Por alguna razón sintió una oleada de amabilidad hacia ella.

—Muy buenas, April. Soy Donatello, pero puedes llamarme Donnie —respondió todo lo naturalmente que pudo mientras se levantaba. Quedó frente a la chica.

Sus ojos se encontraron.

Fue un chispazo.

Se decía que una mirada podía valer más que mil palabras. Aquellos pozos de agua desencadenaron una cascada de sensaciones. Sus pulmones se ensancharon mientras su corazón palpitaba con mayor frecuencia, dándole más sangre. Su cerebro se activó hasta límites insospechados, grabando en su memoria cada ángulo, cada milímetro, cada porción de su cuerpo.

Pero iba más allá. Era ilógico. Era impensable; pero desde ese preciso instante notó que ambos compartían cierta conexión. Un entendimiento extraño, carente de palabras. Lo más desconcertante era una sensación de familiaridad que le invadió.

¿De dónde provenía?

La boca de April estaba medio abierta. Donatello no podía deducir en su expresión si su apariencia le impresionaba en un sentido o en otro. En un abrir y cerrar de ojos recorrió la distancia que los separaba con una sonrisa de oreja a oreja:

—¡Pero qué adorable!

Empezó a andar en torno a él, observándolo desde todos los lados. Hubo un momento en el que le cogió de la muñeca y levantó la manga del camisón blanco, mostrando su brazo verde.

—¡Tu piel es muy suave! —exclamó con ojos brillantes mientras pasaba los dedos levemente.

—Le has caído bien —comentó Kirby tras una leve carcajada. La expresión de desconcierto de Donatello era realmente graciosa—. En fin, tengo que pasar planta. Volveré dentro de un rato para ver si os estáis portando como es debido. Podrías mostrarle tus dibujos, April. Seguro que le gustarán.

La chica asintió enérgicamente. Antes de que Donatello pudiera reaccionar tiró de él hacia la mesa. Ninguno de los chicos se dio cuenta de la última mirada que les lanzó el psicólogo antes de cerrar la puerta.

—Tengo muchos muchos muchos dibujos que enseñarte —comenzó a hablar mientras rebuscaba en la mochila. Acto seguido esparció un sinfín de papeles por toda la mesa. Donatello abrió los ojos y se olvidó de parpadear. No esperaba tantos dibujos. April cogió uno al azar y se lo mostró. Se trataba de un girasol; o eso parecía a primera vista, porque al segundo se fijó que en realidad era la misma April, rodeada de pétalos amarillos—. Éste fue mi primer dibujo. Mi padre siempre estaba diciendo que parecía un girasol, ya que me encantan las habitaciones iluminadas. «Pero papá, ¿cómo puedo ser un girasol? ¡No soy así!», le dije mientras se lo enseñaba. No paró de reír por el resto del día.

Uno a uno, April fue mostrando sus obras. A diferencia de su padre, tranquilo, agradable y sosegado, la chica era un torbellino de emociones y alegría. Sus dibujos no hacían más que corroborar aquella impresión. Los trazos, rotulados o a lápiz, los colores, en todos y cada uno de los elementos de sus dibujos se notaba un intenso amor y entusiasmo. Azul. Rojo. Verde. Morado. Naranja. Amarillo. Sobre todo amarillo.

Algunos más detallados, otros menos, pero todos y cada uno de ellos iban acompañados de una pequeña anécdota. Aviones, pájaros, flores, animales... y otras cosas que jamás había concebido. Edificios tan altos que llegaban a la estratosfera. Árboles de cristal bajo un cielo rosáceo. Le llamó la atención una escena en la que una April mayor se veía caminando a un portal con forma de triángulo del mismo color.

—Fue un sueño —se apresuró a añadir, ligeramente ruborizada—. Sin embargo, parecía tan real...

Aquella familiaridad seguía presente. No sabía si era por los gestos, por el modo de ladear la cabeza, o bien por el tono enérgico de su voz. Pero por primera vez en mucho tiempo se sentía alegre y feliz.

Como en casa.

—Y este...este...

Por un momento la expresión de April se tornó pensativa. Volteó el dibujo y lo alejó un poco de sí, como queriendo verlo en su totalidad.

Tres figuras tan sólo aparecían en el folio. En él, una niña pequeña se balanceaba, cogida de la mano de dos adultos. No había que pensar mucho para saber de quiénes se trataban.

El corazón de Donatello se encogió. Miró a April, temeroso de ver en ella algún signo de tristeza. Recordó que Kirby no le había llegado a contar las circunstancias exactas en las que su madre había desaparecido.

—Eh... —murmuró Donatello, extendiendo una mano hacia ella.

Quería decirle algo, ¿pero qué?

—Mamá desapareció hace cinco años —Con una mano acarició la parte del dibujo donde estaba su figura y se quedó ahí—. Se lo hice a papá para que dejara de estar triste —Se mordió el labio inferior—. No lo quiso. Prefería que me lo quedara yo.

Dejó el papel sobre la mesa, para que Donatello pudiera verlo mejor. Los padres miraban a la niña con cariño. Ésta, por su parte, sonreía de oreja a oreja. Parecían una familia feliz.

—Todos a mi alrededor estaban tristes. Tía Agatha no paraba de mirarme con cara de pena. Vinieron amigos de mi padre, todos vestidos de negro. Decían que había que aceptarlo, que había que olvidarla. Yo no estaba de acuerdo.

—¿Por qué no?

Los hombros de April se sacudieron en una carcajada.

—¿Olvidarme de su beso de buenas noches? ¿Las mañanas en las que me peinaba con mi cepillo favorito? ¿Su cara cuando le regalé uno de mis dibujos? No. Me niego a aceptar eso. No estoy dispuesta a hacer como si nada de eso hubiera pasado. Papá apenas habla de ella, y no puedo entenderlo. Estoy orgullosa de mi madre, ¿por qué el no? —Poco a poco iba hablando más alto— Pienso que la vida es una búsqueda del tesoro, como en los cuentos de piratas. Llegas al final y resulta ser que no hay monedas ni nada. En realidad el premio no es eso, es todo lo que has aprendido y conocido para poder llegar hasta donde estás.

»Mamá ya no está, pero la sigo recordando. Y eso ya es un tesoro. Quiero que mi botín pirata sea el más grande que las personas hayan visto jamás. Y ella estará en lo alto, brillando más que todos...

Repentinamente calló y miró a otro lado. Una fina rojez recorrió sus mejillas y difuminó sus pecas. Parecía haberse arrepentido de haber hablado más de la cuenta.

—Lo siento. Seguro que piensas que soy una tonta, ¿verdad?

Sacudió la cabeza.

—Para nada, April. De hecho te admiro.

La chica le volvió a mirar, con los ojos abiertos de la sorpresa. Donatello apretó los puños y los puso en la mesa. Se removió nervioso en la silla cuando retomó la palabra:

—No sé dónde están mis hermanos. Nos separamos hace semanas y no he vuelto a verlos desde entonces. Podrían estar en la calle, solos, muriéndose de frío. Cada vez que los recuerdo tengo miedo por ellos. Tengo miedo de que les haya pasado lo peor. Tengo miedo de no volver a verles...

Tengo miedo de estar solo.


Día cero

Llegó tarde. Demasiado tarde.

Lo supo desde el mismo instante en que llegó a la salida de la línea de metro. Un viento helado sacudió todo su cuerpo, haciéndolo temblar. En otras circunstancias se habría alegrado de ver nieve por primera vez; pero ésta caía a montones, impidiéndole ver con normalidad.

—¡Raph! ¡Mikey! —gritó. Nadie respondió.

Una ráfaga estuvo a punto de hacerle caer de espaldas. Apretó los dientes, intentando resistir. Dar un paso era una verdadera odisea, sobre todo con los pies descalzos. El frío parecía clavarse en su piel como un millar de agujas.

Miró a su alrededor, pero no vio a su hermanos por ninguna parte. El corazón le dio un vuelco.

«No», pensó, inclinando la cabeza. No había motivos para pensar eso. Confiaba en ellos. Eran más fuertes que él. Si él pudo salir sin que le vieran, ellos también.

Miró un poco a su izquierda y por un momento dejó de respirar.

En dos zancadas recorrió la distancia que lo separaba de aquel hallazgo. Cayó de rodillas mientras intentaba luchar con todas sus fuerzas por no derrumbarse ahí mismo. Las manos le temblaron cuando las posó a escasos centímetros de aquella nieve roja.

Antes de darse cuenta estaba sumergiendo sus dedos en el frío. En cuestión de poco dejó de sentirlos, pero le daba igual. Lo único que le preocupaba en aquellos momentos era escarbar hasta que su cuerpo aguantara. A medida que los segundos pasaban su mente iba preparándose para lo peor.

¿De quién era la sangre? ¿De Raphael? ¿De Mikey?

¿De los dos?

Dejó de escarbar. No había ningún cuerpo ahí. Apretó el puño y golpeó con todas sus fuerzas contra el suelo. Sintió en su pecho una punzada de dolor. Mientras tanto, la nieve seguía cayendo.

Una profunda tristeza convulsionó su cuerpo impotente. Se levantó de nuevo y volvió a gritar:

—¡MIKEY! ¡RAPH! ¿DÓNDE ESTÁIS?

Pero el viento habló en su lugar.

Estaba expuesto. Debía irse de allí cuanto antes si no quería que le descubrieran.

—¡RESPONDED! —Un sollozo quebró su voz— Por favor...

A lo lejos oyó la sirena de un coche policía. No sabía si se acercaba, se alejaba o si en realidad lo estaba imaginando. Tiritó mientras miraba hacia la gran ciudad. Ésta parecía tener vida propia con tantas luces de colores.

—No quiero...no quiero...

Se enjuagó las lágrimas con el dorso de sus manos, pero estas no paraban de salir. Era irónico. Cuando era pequeño se propuso abordarlo todo de manera sensata, distanciándose de las emociones dañinas.

Pero sus sentimientos, esos sentimientos, eran lo único que le quedaba.

Porque estaba solo.

Solo.


Tragó saliva y apretó los labios. No quería volver a llorar. Le daba vergüenza mostrarse así ante alguien. Se rascó la nuca mientras pensaba en cualquier cosa para desviar el tema...

Y April se inclinó hacia él de manera que entró en su campo visual. Donatello miró a la chica, cuyos ojos azules parecían brillar con luz propia.

—No estás sólo —respondió con calma—. Yo estoy aquí. Contigo.

Por alguna razón sintió que sus preocupaciones y dudas desaparecían. Tan sólo quedaban aquellas mejillas pecosas que se tensaban en una sonrisa amigable.

—Gracias.

Se quedaron mirándose en silencio unos segundos, hasta que April chasqueó los dedos y centró su atención en la mochila. Sacó unos folios en blanco, lápices de colores y otros utensilios de dibujo. Deslizó un papel hacia la tortuga.

—Siempre podemos dibujar juntos —propuso ofreciéndole un rotulador morado—. ¿Qué me dices? ¿Te gustaría ser mi compañero de dibujos? Eres el primero a quién se lo propongo, así que ten cuidado con tu respuesta.

Donatello se quedó mirándola con una cara rara. Un segundo más tarde estaba desternillándose de la risa.

—¡Eh!

—¡No es por nada, no es por nada! —exclamó, parando un momento— Es que habías puesto una cara... ¡y la sigues teniendo!—Se llevó los brazos al estómago y continuó riéndose.

Al principio frunció el ceño, causando más risas por parte de la tortuga. No tardó mucho en contagiarse de aquellas carcajadas.

No era alguien muy dado a la alegría. Cuando veía a Mikey haciendo tonterías deseaba en su fuero interno que dejara de ser tan infantil.

Pero nunca había pensado que reírse por la cosa más nimia podía ser tan... curativo.

—Está bien, está bien, me has convencido —aceptó cuando estaban más tranquilos—. Acepto tu oferta.

—¿A qué esperamos entonces? ¡Que solo tenemos la mañana! A este ritmo no nos dará tiempo ni a un dibujo.

Donatello asintió, decidido. Los dos se miraron a los ojos mientras el chico tomaba aquel rotulador morado.

Sus manos se rozaron.


El resto de la mañana se les pasó volando entre papeles, lápices y colores. Echaba de menos hacer algo durante los ratos en los que estaba sin la compañía de Kirby o Tyler.

—Caray. Dibujas muy bien —comentó April, mirándole por encima del hombro—. No sé cómo podría mover el boli con tres dedos.

Sonrió nervioso, sin saber cómo reaccionar ante el halago. Desde pequeño gustaba de hacer croquis de algún mecanismo simple que tenía en mente. De hecho, lo que estaba haciendo era uno. ¿De qué? No lo sabía con certeza. Todo se reducía a una serie de líneas sucesivas con multitud de posibilidades. Una corazonada en su interior le dictaminaba si debía trazar un círculo, o bien una diagonal ligeramente curva en su porción central. Era cuando llevaba gran parte del trabajo hecho cuando descubría lo que tenía en mente y lo completaba con esmero.

¿Así pensarían los demás inventores? No lo sabía. Se quedarían mirándole como un bicho raro o lo explorarían a fondo antes de que pudiera decir nada.

La puerta de la habitación volvió a abrirse. Kirby entró, acompañado de Tyler.

—...entrometido. Hablaré con Falco y veré lo que puedo hacer —murmuró para el neurólogo antes de dirigirse a los pequeños— ¿Cómo ha ido la mañana? Veo que estáis muy entretenidos. ¿También te has puesto a dibujar, Donnie? Déjame ver... —Cogió el papel. Tras unos segundos de observación asintió, sorprendido— Vaya detallismo. Es cierto que te gusta la mecánica. ¿De qué se trata?

—Parece un robot —observó Tyler, frunciendo el ceño ligeramente.

—De todas formas, ya lo sabremos cuando termines —le tendió el papel con suavidad. Donatello agradeció el cuidado que prestó— April, es hora de irnos. Tengo que llevarte a la escuela de tarde.

La tortuga parpadeó. Sintió cómo dentro de él un globo se desinflaba. Permaneció impasible, pero en su interior deseaba que aquella mañana se hubiera dilatado en el tiempo por toda la eternidad.

April también parecía triste. Ésta levantaba la cabeza hacia su padre, para volver a mirar a Donatello. Suspiró y comenzó a recoger sus dibujos. Tras un momento de duda volvió a sacar unos pocos folios y rotuladores.

—Para ti —aclaró—. Un dibujo nunca debe dejarse a la mitad.

Kirby posó una mano sobre la cabeza de la chica y le revolvió el cabello.

—¿Pero a qué viene esas caras largas? Qué dramáticos sois. ¿No te he dicho que si quieres puedes venir conmigo al hospital todas las mañanas? Así tía Agatha tiene un tiempo de descanso...

Pero ni Donatello ni April escucharon de tía Agatha. Los dos dieron un pequeño grito de emoción mientras se fundieron en un abrazo. Por un momento la tortuga parecía que iba a caerse, ya que ella era ligeramente más baja que él y tenía que dar saltitos para rodear su cuello.

—¡¿Has oído, Donnie?! —exclamó con voz muy aguda mientras apretaba la cabeza en su hombro. Fue la primera vez que lo llamó por su nombre— ¡Podrás ser mi compañero de dibujos todos los días!

Kirby y Tyler intercambiaron una mirada, como si mantuvieran una conversación sin palabras. El más joven puso los ojos en blanco y se dirigió a la salida ligeramente exasperado.

—Está bien, está bien. Usted tenía razón. Voy a por un café.

Cuando April y Kirby también abandonaron la habitación, Donatello dio una vuelta sobre sí mismo y se tumbó en la cama, con una sonrisa en los labios.

Parecía que la vida empezaba a sonreírle.


Pronto se convirtió en un ritual bastante más agradable que el anterior. Donde antes había horas vacías, leyendo el periódico o preguntándose qué sería de su vida, ahora estaban llenas de colores y risas. Muchas risas. No había días en los que no esperaba con ilusión la llegada de April, frotándose los nudillos o andando de un lado a otro de la habitación.

Kirby y ella llegaban entonces, y los tres desayunaban. De vez en cuando Tyler también se unía, aunque sólo tomaba un café negro bien cargado.

—Tyler y yo hemos estado hablando de ti —comenzó en una ocasión—. Una vez me dijiste que tenías interés en la Medicina. Me ha costado convencerlo, pero un día de estos te traerá algunos libros básicos para que los leas cuando estés solo. Así no te aburrirás.

—¿En serio? —Donatello, agradecido, inclinó la cabeza.

—Más vale que los cuide. Atesoro todos mis libros con mucho cariño —pidió a tiempo que daba un sorbo de su café humeante. Por un momento pareció que sonreía, pero si fue así tan sólo duró una milésima de segundo.

El psicólogo también le tenía al tanto acerca de la búsqueda de su familia. Cada vez que sacudía la cabeza era una decepción, pero aquello era mejor que estar en la inopia. Y en cada ocasión agradecía en su fuero interno el esfuerzo que el señor O´Neil estaba haciendo por él.

Lo mejor era, sin dudas, las sesiones de dibujo con April. Con el paso de los días pudo ver cómo dibujaba aquellas maravillas. Fruncía el ceño en señal de concentración mientras cambiaba rápidamente de lápiz, trazando líneas rectas y decididas. A veces relajaba su muñeca, delimitando bordes más difuminados. Había ocasiones en las que podía quedarse mirándola un largo rato. Era entonces cuando ella levantaba la cabeza y el corazón le daba un vuelco. Bajaba la vista rápidamente al papel, deseando que April no se diera cuenta de sus miradas. Si alguna vez lo hizo nunca lo dijo.

Pero no sólo dibujaban.

—Dame la mano.

Aquello le pilló desprevenido. Se la tendió con cautela. Antes de decir nada la chica la tomó con suavidad y la abrió, mostrando su palma verde.

—Vamos a jugar a un juego que han comentado hoy en clase. Voy a pasar mi dedo por la palma de tu mano, y tienes que adivinar qué palabra es la que estoy escribiendo. ¿Te apetece probar? ¡Será divertido!

—Bueno, vale —aceptó con algo de duda.

—Cierra los ojos. Y no los abras, ¿eh? Estaré muy atenta por si haces trampa.

Su vista se tornó negra mientras se ponía en tensión. Un segundo de silencio más tarde notó el tacto de aquel dedo suave.

—¡Me haces cosquillas!

—Venga, vamos. Aguanta un poco.

Apretó los labios y se concentró en sentir cómo aquel pequeño dedo se desplazaba por el relieve de su mano. Lo hizo con lentitud, cerciorándose de que escribía con claridad.

H...

O...

L...

A...

—Hola —respondió con decisión.

—¡Muy bien! —alentó apretándole cariñosamente el brazo— Ahora te toca a ti.

Poco a poco fueron cogiendo mayor destreza y velocidad. Ya no sólo se atrevían con palabras, sino con frases e incluso dibujos simples. Se entretuvieron tanto que no se dieron cuenta de cuando Kirby volvió para recogerla quien encontró a los dos pequeños intentando hacerse cosquillas.

—¿Qué estás dibujando, D? —Le preguntó April al día siguiente. A partir de cierta ocasión de vez en cuando lo llamaba de esa manera. No supo por qué, simplemente lo hacía—. Es como tú, pero más...aplastado.

Con entusiasmo le pasó el dibujo.

—¡Un robot! Me encanta dibujarlos. Desde que era pequeño siempre quise hacer uno.

La chica ladeó la cabeza y lo observó más de cerca.

—¿Qué es lo que tiene en la boca?

—Un pequeño altavoz. Así, si tiene algo que decir, me aseguraría de que todos lo escuchen.

Asintió, satisfecha.

—¿Cómo lo llamarías?

—¿Qué?

—¿No piensas ponerle un nombre?

Donatello se llevó una mano a la barbilla mientras miraba al robot. Algo le decía que se llamaría...

¿Metalhead?

—¡Guay! —exclamó dando una pequeña palmada.

Volvió a mirar el dibujo. La mano izquierda estaba levantada con el pulgar en alto, en señal de que todo iba bien. Aquel gesto le recordaba a alguien.

—A Mikey le encantaba poner nombres. Seguro que se le habría ocurrido otro mejor —murmuró para sí.

La sonrisa de April se apagó un poco, pero no tardó en levantarse y sentarse al lado de la tortuga. Apoyó los codos en la mesa, acercándose aún más hacia él.

—Nunca antes habías comentado nada de tus hermanos... —preguntó con suavidad. Donatello dirigió la vista hacia ella. Aquellos ojos azules le hicieron apartarse un poco. Brillaban con una tenue amabilidad.

—No me apetece hablar de ellos.

—¿Por qué no? Quiero conocerte mejor —Al ver que no lo convencía cruzó los brazos y miró a otro lado. Parecía ofendida—. Oh, venga, yo te hablé de mi madre. No puedo creer que seas un desconsiderado...

—Esta bien, está bien —concedió la tortuga. Puso los ojos en blanco mientras soltaba un gruñido por lo bajo—. ¿Por dónde empezar...?

—Por el principio —sentenció la humana, recuperando el tono alegre.

Tras un momento de duda tomó aire y comenzó.

April mostró ser una excelente oyente. Asentía entusiasmada con cada explicación, preguntando cualquier detalle que le llamaba la atención.

—¿Entonces vuestra "madre" es una...sustancia verde?

—Bueno, no sabemos lo que era exactamente. Mi padre descubrió aquellos hombres de negro con ese fluido. Pero gracias a él es lo que somos ahora. Tendrías que ver a Mikey abrazando el recipiente roto en todos nuestros cumpleaños. Es gracioso, y a la vez tierno —La simple imagen de su hermano pequeño tensó sus mejillas en una sonrisa.

Se dio cuenta de que era la primera vez que hablaba de sus hermanos. A través de sus palabras parecía como si estuvieran delante de él, reviviendo algunos de los más bonitos recuerdos que guardaba. Leo, repitiendo las mismas frases y posturas de su serie de televisión favorita. La voz cantarina de Mikey mientras les preparaba el desayuno. Los brazos de Raph, sujetándole con firmeza el día que se hizo daño en la rodilla. Las sesiones de meditación con su padre.

Pero aquella alegría iba más allá. El hecho de que alguien mostrara interés en él, no sólo compasión o cariño, le llenaba de algún modo. Era algo nuevo, algo que como mutante jamás había llegado a concebir.

Paró un momento a tomar aire. Notaba la garganta seca. No sabía por cuánto tiempo había estado hablando.

—Eres muy afortunado —confesó April. Se puso una mano en su pecho y la otra en el de Donnie—. Ojalá hubiera tenido una familia como la tuya. Tus hermanos, tu padre, son unos seres maravillosos —Hizo una pausa—. ¿Entiendes a lo que me refería? Esos recuerdos que has compartido conmigo, esas sensaciones, son un gran tesoro que podrás llevar siempre contigo. Y yo... —Apartó la mano y encogió los hombros, algo azorada—, bueno, me alegro de que me los contaras.

Donatello desvió la mirada, sin saber muy bien qué decir ante aquella sinceridad. Justo cuando iba a responder Kirby entró por la puerta. Al parecer iba algo apresurado porque se había demorado e iban a llegar con retraso a la escuela de tarde.

—Hasta mañana, Donnie —April se despidió con una mueca graciosa.

Permaneció con la mano levantada, mirando donde unos segundos antes estaba la pelirroja. Se levantó y dirigió al cuarto de baño. Cuando su cuerpo quedó envuelto por el vapor y el agua comenzaba a reptar por su cuerpo apoyó la frente contra el mármol. Cerró los ojos mientras revivía aquellas palabras de April.

Cuando estaba a solas solía recordar a su familia con temor, con furia, o bien una profunda pena.

Aquella vez estaba en paz.


Oscuridad. Otra vez aquella oscuridad.

Estaba en su cama. Lo sabía. Sentía que estaba ahí. Ordenaba a sus músculos que se movieran, pero estos no respondían. Parecía como si el cuerpo le pesara mil toneladas. De hecho, no podía mover siquiera sus dedos. Comenzó a ponerse nervioso.

¿Qué ha pasado? —Oyó una voz distante.

Kirby.

Con dificultad abrió los ojos, pero su vista estaba borrosa. Efectivamente estaba en su habitación, tumbado en la cama; pero algo no iba bien. No iba nada bien.

Lo encontré así. Suele estar despierto cuando vengo a hacerle el chequeo —habló una figura que estaba inclinada hacia él (¿Tyler?). Le metió la mano bajo la axila. Ni se había dado cuenta de cuándo le habían puesto un termómetro—. 39ºC. Peligroso.

¿Cómo es posible? —Kirby sonaba preocupado.

No tiene sentido que sea una fiebre medicamentosa. Le retiramos los antibióticos hace tiempo. Una infección... —Rockwell dejó caer los brazos—. Maldita sea, podría ser cualquier cosa. Su fisiología no tiene que ser exactamente igual a la nuestra.

Notó la mano de Kirby en su frente, aunque se sentía más bien como una placa de hielo. Comenzó a temblar.

¿Donnie?

Una tercera voz se unió. Su vista se enfocó un momento a la entrada. Una pequeña figura estaba paralizada en la puerta.

«April...».

Está regular. Por hoy tendremos que dejarlo pasar —Kirby pareció acercarse hacia ella.

¿Se pondrá bien?

«No. No te vayas».

¡No me mientas! —exclamó. Tras una pausa añadió— Quiero quedarme con él.

No, April. No sabemos lo que le pasa. Deja que nos encarguemos nosotros.

¡¿Por qué siempre me tratas como si fuera una niña pequeña?!

Pero no escuchó la respuesta. Se encontraba demasiado débil para seguir teniendo los ojos medio abiertos. Sus músculos se sintieron menos agarrotados cuando se entregó a aquella sensación de pesadez y sueño...


Donnie.

Una voz le llamaba a lo lejos. No podía localizarla en la negrura que lo rodeaba, pero podría ubicarla si avanzaba hacia delante.

Conforme dio un paso vio una luz a lo lejos.

Donnie.

Un recodo de su mente recordó algo que leyó hace tiempo. Aquellas personas que se encontraban a las puertas de la muerte veían una luz en la oscuridad. Y una llamada desconocida, y a la vez familiar, les incitaba a ir hacia ella.

Donnie.

No quería ir. No. Pero sus piernas parecían actuar por inercia propia.

Donnie.

La luz se iba haciendo más grande. Sintió como si algo en su pecho se abriera al exterior...

—¡Donnie!

Despertó. Lo primero que vio fueron los ojos de April, que lo miraban con preocupación. Ésta espiró profundamente, como si llevara soportando una carga por mucho tiempo. Inspiró y se frotó levemente los ojos. Cuando bajó los brazos volvió a centrar su atención en él.

—¿Cómo te encuentras? ¿Tienes frío?

—No —respondió con lentitud mientras se incorporaba. En ese momento notó que tenía el camisón pegado a su cuerpo. Su piel estaba cubierta por una fina capa de sudor—. Eso sí, la cabeza me da vueltas.

La habitación estaba a oscuras, salvo por una lamparita blanca que se encontraba en la mesita de noche. Ésta resaltaba aún más el brillo de la chica, sentada en una silla al lado de la cama.

—Llevas tres días durmiendo. La fiebre te bajó después de la primera noche, pero no despertabas... Papá dijo que lo peor había pasado, pero no podía estar tranquila sin verlo con mis propios ojos.

Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos. El dolor de cabeza fue disipándose paulatinamente.

—¿Qué hora es? —preguntó en voz baja.

April miró a otro lado, avergonzada.

—Es tarde. Casi nadie está despierto.

Donatello tardó un poco en procesar lo que implicaba aquello.

—¿Entonces cómo es que tú...?

Tensó los brazos y apretó los puños, recogidos en su regazo.

—Las enfermeras me conocen. Les dije que tenía que recoger unos papeles de mi padre, ya que le dolía la espalda. Me dejaron en su escritorio y volvieron a hacer guardia. Ya puedes imaginarte el resto—habló rápidamente, con nerviosismo. Un mechón le cubrió los ojos.

—April, no debes hacer estas cosas. Tu padre se puede enfadar —Con suavidad le puso el mechón detrás de la oreja—. Ya estoy bien, ¿ves? No hay nada de qué preocuparse...

—¡Sí lo hay! —saltó bruscamente. Donatello apartó la mano, sorprendido. Era la primera vez que la oía tan cabreada, como si la hubiera llegado a ofender— Eres mi mejor amigo. El único que tengo.

Aquello le impresionó. Era la primera vez que alguien, sobre la faz de la tierra, lo consideraba su mejor amigo. En las alcantarillas no podía aprender lo que era algo como eso. Alguien en quien confiar, alguien a quien querer y con quien compartir buenos momentos. Un amigo.

—Lo siento, no quería enfadarte... —Miró a su alrededor, con la esperanza de ver si se le ocurría algo para calmarla. Finalmente se hizo a un lado y palmeó el hueco que había dejado en la cama—. Anda, siéntate conmigo.

April se calló y lo miró con indecisión. Tras unos segundos de silencio asintió mientras apoyaba la espalda en el cabecero. Antes de que dijera nada, la chica estaba apoyando la cabeza en su hombro.

Donatello no supo por cuánto tiempo permanecieron en esa postura. Quizá fueron unos minutos, quizá horas. Poco a poco el cuerpo de su amiga se fue relajando.

—¿Por qué dijiste que soy tu único amigo? No puedo creer que alguien tan amable no tenga un séquito detrás —preguntó con cariño.

Se volvió a erguir. Donatello la miró. Su expresión dibujaba una mueca seria. Ladeó la cabeza, como si pensara lo que iba a decir. La tortuga supo entonces que había tocado un tema delicado, si bien desconocía el motivo.

—Donatello, ¿me prometes que lo que te voy a contar no se lo dirás a nadie?

—Lo prometo —juró, algo sorprendido ante aquel cambio de tono.

La chica gateó por la cama hasta ponerse frente a él. Tomó aire y comenzó a hablar:

—No me llevo demasiado bien con mis compañeros de clase; o mejor dicho, ellos conmigo. Nadie quiere compartir mesa conmigo, y siempre que me acerco a ellos se alejan en dirección contraria. Me llaman loca, y se ríen de mi por mis pecas. Ya no me importa tanto, pero al principio me iba a los cuartos de baño a llorar. Al menos siempre tendría mi cuaderno de dibujos. Había días en los que me sentía demasiado sola...

Donatello frunció el ceño. Se imaginó a April, la alegre y enérgica April, sentada en silencio en una esquina, sola, llenando sus dibujos de la vida y el color que sus compañeros de clase se empeñaban en arrebatarle. E intentaba por todos los medios pensar en alguna razón lógica para que los demás la rechazaran; pero no la había. No pudo evitar sentirse identificado con ella.

—No tiene sentido. ¿Por qué te iban a tratar de esa manera?

Chascó la lengua. Ahí comenzaba el punto de la cuestión. Continuó hablando sin mirarle a la cara.

—Piensan que soy una bruja. Una vez pintaron mi mesa con palabras como «Monstruo», «Te odiamos» o «Muérete». La maestra habló con todos para hacerles entender que no había razón para tratarme de esa manera, que yo era como ellos. Sin embargo, ellos seguían pensándolo. Lo sentía en el modo en el que me ignoraban, la manera en la que me miraban...

El quelonio sacudió la cabeza. Seguía sin tener sentido.

—¿Una bruja? ¿Por qué iban a pensar eso? Tú no tienes nada de...

—Te equivocas —Fue entonces cuando lo penetró con aquellos ojos azules férreos— Tienen razón. Soy una bruja. Un bicho.

Parpadeó, sorprendido. Antes de que abriera la boca April tomó la iniciativa.

—Fue hace un año. Unos chicos de último curso estaban metiéndose con una niña que tendría mi edad. No sabía muy bien por qué, creo que era porque se había chivado a los profesores de alguna gamberrada que habrían hecho. Ya los conocía de antes. Los había visto fumar a la salida del colegio y tirando piedras a la ventana de la sala de profesores. Incluso a mí me daban miedo. Pero verlos ahí, riéndose de ella, empujándola al suelo, quitándole las gafas que llevaba para luego aplastarlas... los demás no hacían nada por evitar aquella injusticia. Simplemente estaban ahí quietos, formando un corro. "No", pensé entonces; "No puedo permitir esto".

»Entré en el círculo y les interrumpí. Al principio les sorprendí: No estaban acostumbrados a que alguien se metiese en su camino, y menos una niña de la mitad de tamaño. Le dije a la chica que se fuera y avisara a los profesores, cosa que hizo.

»Se enfadaron. Empezaron a gritarme que quién era yo para hacer lo que me viniera en gana mientras me rodeaban. Me reí en sus caras. "Sois patéticos", les dije.

»Me dieron un puñetazo, tirándome al suelo. Antes de poder incorporarme uno de los mayores me pisó la cabeza. Comencé a gritar. Por más que les pedía que pararan no paraban de reír.

»Cada vez apretaba más y más. Empecé a llorar, pero no hicieron caso. Sentía que mi cabeza iba a explotar en cualquier momento...

»Y algo cambió en mí. De repente no sentía nada de dolor, tan sólo una rabia y un enfado inimaginable. Esos sentimientos no eran míos; salían de mi, pero parecían provenir de...otro lugar. "¡Parad ya!" grité. Pero no era mi voz. Lo era y no lo era al mismo tiempo. El chico que me estaba aprisionando la cabeza salió despedido hacia atrás, cayendo estrepitosamente.

»Uno de ellos se acercó a él. Estaba inconsciente. "¡¿Qué le has hecho?!", me gritó el otro mientras me cogía de la camiseta. Lo miré directamente a los ojos. Sentía como si estuviera por encima de ellos, como si fueran nada más que moscas que podía aplastar en cualquier momento.

»Dejó de aprisionarme y se llevó la mano al cuello. "¡Jim! ¿Qué te pasa?", se acercó el otro. Jim no respondió, pero sí comenzó a toser. Su cara se iba poniendo cada vez más azul.

»Yo me había levantado. Estaba fuera de mí. Apretaba los puños, y parecía que a Jim le iba faltando más el aire. Mostré los dientes y empecé a gruñir. Di un paso hacia ellos, impulsada por esa fuerza extraña... "¡Se está ahogando!" gritó el chico. "¡Se está ahogando! ¡Ayuda!"

»Aquello me hizo reaccionar. El impulso me abandonó tal y como había venido. Me sentía muy mareada mientras me llevaba las manos a la cabeza. La luz, cualquier ruido, todo de repente me parecía muy molesto. Jim comenzó a respirar, a tiempo que el color de su piel volvía a la normalidad. "¡Bruja!", gritó cuando recuperó la voz. "¡Bruja! ¡Querías matarme! ¡Querías matarme!"

»Miré a mi alrededor. Todos me observaban con espanto o repugnancia. Comprendí entonces que había hecho algo horrendo. No podía ser yo, no tenía ni la fuerza ni la intención. Pero lo había sido. Lo sabía en el fondo de mi corazón. Algo en mi interior había despertado. Algo que no podía controlar.

»Los chicos fueron expulsados, y los padres de la niña se la llevaron a otro instituto en la otra punta de Nueva York. Ni siquiera pude hablar con ella por ver si estaba bien; todo ocurrió muy deprisa el resto de ese día. Recuerdo a mi padre preocupado, los chicos mirándome como si fuera un bicho raro. Bruja, bruja, bruja...

»Desde entonces siento que algunos objetos se mueven a mi alrededor. A veces veo...cosas. Cuando vuelvo a mirar no están ahí. Pronto aprendí que aquello ocurría casi siempre cuando estaba enfadada o alterada, así que me refugié en mis dibujos. Era lo único que me consolaba y me hacía feliz, ya que desde entonces todos piensan que voy a atacarles en cualquier momento...

April paró de hablar. Se miró las manos, que comenzaron a temblar.

—No quiero volver a descontrolarme —se sorbió los mocos. Parecía al borde del llanto—. Pero tienen razón. Soy una bruja. Un monstruo. Estoy loca —en aquel punto perdió el control. Su voz se quebró en un sollozo. Dos lágrimas recorrieron sus mejillas y mancharon las sábanas—. Eres mi mejor amigo, Donnie. ¿Cómo no voy a preocuparme por ti? —Levantó la cabeza y miró el techo, tomando aire—. Qué mentirosa soy. Finjo que no me importan los demás cuando no quiero estar sola...

No continuó hablando. Abrió la boca cuando Donatello acercó lentamente hacia ella, envolviéndola en un suave abrazo sin que se diera cuenta. El quelonio sonreía con los ojos cerrados, rozando levemente su cara. Olía a canela.

—No estás sola. Yo estoy aquí. Contigo —Le susurró al oído.

—¿Incluso sabiendo esta parte de mi? —preguntó con temor. La tortuga respondió estrechándola más contra sí.

—¿Acaso tú me rechazaste? ¿Te importaron en algo mi piel verde o mis tres dedos? —respondió con otra pregunta—. Sigues siendo April. Una chica encantadora y valiente; pero lo más importante es que eres mi primera y mejor amiga.

Notó que la niña dejó de respirar un instante. Lentamente, como si fuera algo muy frágil, fue levantando los brazos hasta rodearle el cuello. Frotó con suavidad su mejilla contra la suya, mientras movía su cuerpo ligeramente para acomodarse mejor.

—Gracias, Donnie —susurró en un suspiro agudo. Se relajó repentinamente, liberando toda la tensión que había acumulado en mucho tiempo—. Muchas gracias.

April le pidió a Donatello quedarse a dormir con él esa noche. El quelonio protestó porque Kirby probablemente se preocuparía, pero a la chica le daba igual. «Si no me encuentra en casa sabrá que estoy aquí contigo», argumentó encogiéndose de hombros.

Los dos se tumbaron en la cama, frente a frente. Estaban tan cerca que podían notar la respiración tranquila del otro.

—Donnie —susurró mientras cerraba los ojos—. ¿Prometes que jamás me dejarás sola?

—Lo prometo.

April sonrió, pero no habló más. Al parecer se había quedado dormida.

Donatello tardó algo más en conciliar el sueño. Una parte de él seguía dándole vueltas a aquella revelación de April. No dudaba de que lo que había dicho era verdad...

¿Pero cómo era posible? Poderes como la telequinesis o las visiones paranormales siempre habían quedado parcelados en relatos de ciencia ficción.

Volvió a observarla. Incluso en la oscuridad podía seguir apreciando las pecas de sus mejillas. Parecía tan dulce y vulnerable...

Sacudió la cabeza. ¿En qué estaba pensando? Para empezar, él no era precisamente alguien normal. La vida estaba llena de preguntas sin respuesta. Donatello y sus hermanos, April... Quizá algún día llegaría el momento en el que descubrirían la verdad sobre ellos mismos.

Pero no ahora. No esa noche. Aquella noche era de los dos y de nadie más.

Acercó la frente hasta tocar la de su amiga. Cerró los ojos y se sumió en un agradable sueño.


—¿...y la encontró durmiendo con Donatello? —Tyler Rockwell enarcó una ceja. Era una de las pocas veces en las que Kirby llegaba a ver algo de emoción en sus facciones. Estaba demasiado acostumbrado a su pose analítica.

—Le he hecho prometer que no volverá a hacer algo como eso. Desaparecer a esas horas de la noche... —Ambos médicos se encontraban andando por el pasillo de la planta baja. Miraban de soslayo a todo personal que pasaba cerca de ellos, por si debían bajar la voz—. Estoy sorprendido. Supuse que a los dos les vendría bien conocerse. April no tiene ningún amigo, y era beneficioso para el tratamiento que Donnie tratara con alguien de su edad. Lo que no esperaba es que conectaran de esa manera tan espectacular.

—Curioso —murmuró Tyler, más para sí que para el psicólogo—. Me pregunto qué pasaría sí...

—¿Qué pasaría sí...? —repitió al ver que se había quedado en silencio, con la mirada perdida.

—Disculpe, señor O´Neil. Cavilaciones mías, nada más.

Llegaron al lugar de siempre, la sala de espera. Aquel era su lugar de reunión para cuestiones no tan profesionales. Kirby al menos le tenía cierto apego, ya que fue allí donde encontró a Tyler. Sonrió al recordarle hecho un manojo de nervios como residente de primer año de Neurología. Sus manos temblaban tanto que apenas podía darle a los botones de la máquina de café. Decía que el café le causaba un efecto tranquilizante, cosa bastante infrecuente en la población general.

—Cambiando de tema —comentó en un tono más grave mientras le servía un café de la máquina—. Falco ha vuelto a llamarme. Dice que en una semana llegará un paciente que requerirá de la sala de Donatello para su atención debida.

—Ya revisamos su historia clínica —Frunció el ceño—. No hay motivos para trasladarlo allí.

—Y eso respondí, pero sigue insistiendo. Por el modo en el que lo dijo... era como si supiera que ocultamos algo.

Kirby tensó los hombros.

—Tranquilícese, mantuve la compostura. Lleva un tiempo portándose de manera sospechosa —suspiró—. El caso es que se nos agota el tiempo. Tarde o temprano le descubrirán. No quiero ni pensar en lo que pasará después.

—Al final va a ser que le has tomado aprecio, ¿eh? —Le dio un golpe en el hombro. Tyler se apartó un poco y se subió las gafas—. Si ya sabía que en el fondo eras un sentimental.

—No me malinterprete, doctor. Como buen médico me preocupo por mis pacientes.

Hicieron una pausa, intentando encontrar una solución al problema que se les presentaba. Se imaginó a April intentando alcanzar a Donatello, retenido por unos científicos que se cernían sobre él sobre él con jeringas, mascarillas, guantes de látex y a saber qué más. Conocía a algunos científicos que llegarían aún más lejos. Había muchos momentos en los que el psicólogo echaba de menos algo de calor humano...

Dio un respingo. ¡Claro! ¿Cómo no había pensado en eso? Era una idea descabellada que podía conllevarle muchos riesgos. Pero si salía bien...

—Tyler, se me ha ocurrido algo, aunque antes te tengo que pedir dos cosas —El más joven se inclinó a un lado, en señal de interés— Primero, tienes que escucharme con mucha atención. Voy a necesitar tu ayuda sí o sí, e incluso en esas nos veremos con falta de tiempo.

—¿Y la segunda?

No respondió de inmediato. Cuando lo hizo esbozó aquella media sonrisa de «quebrantemos las reglas, arriesguémonos por la causa».

—Cuando termine de contártelo no quiero que te pongas a gritar ni decirme que estoy loco de atar.


Nota de autor: ¡Muy buenas a todos! ¿Cómo estáis? Yo bien, casi casi acabando ya los exámenes.

Os estaréis preguntando cómo es que he vuelto antes de tiempo si ya dije que retornaba en Marzo, ¿verdad? Pues bien, he ido encontrando momentos aquí y allá para escribir y acabé el capítulo antes de la fecha esperada. De esta manera lo publico como mi regalo para vosotros en este día tan especial como San Valentín.

Me ha costado mucho más de la cuenta escribirlo (más de lo que podéis pensar). Los niños son mucho más difíciles de plantear de lo que parecen, sobre todo porque tienes que recurrir a palabras mucho más simples para que suenen creíbles. Siento mucho si ha sido tan largo, pero realmente no encontraba la manera de dividirlo.

Aclaraciones: Ya habréis visto que por fin April ha aparecido en escena. No obstante, he añadido algunos matices de mi cosecha para complementar un poco la visión del personaje. ¿Por qué este asunto del dibujo? Soy un firme creyente de que los hobbies contribuyen a darle al personaje esa profundidad que necesita (entre otros elementos), ya que los hace más cercanos a los lectores. Después de cavilar sobre eso me decanté por el arte. Cuando vi en el primer capítulo de la tercera temporada lo bien que dibujaba pensé que sería lo más adecuado. No me gusta mucho la visión de April en la serie. Pero reconozco que he disfrutado escribiendo sobre ella, tomando todas las referencias y dándole un enfoque a mi manera. Espero que os haya gustado también. Los que lleven al día la serie habrán visto que he metido ciertos "detalles" aquí y allá, pero creo que eso no hace más que darle algo de intriga al asunto, ¿no creéis? XD

He decidido añadir a April a los filtros, ya que en la primera parte va a salir más que el cuarto superviviente (que aún queda un poco para ser confirmado). Otro motivo es que será alguien determinante en el arco argumental de Donnie. Vaya a ser en un sentido en otro (ojo con eso), tengo claro que la relación entre él y la chica será especial.

Paso a los agradecimientos. Me encantaría ser tan expresivo como siempre, pero tendré que ser breve esta vez ya que sois muchos y la publicación de por sí ya es larga. Pero eso no quita que os siga queriendo muchísimo y os agradezca de corazón vuestras palabras. Me motivan a seguir adelante con esta historia, en serio:

Jamizell Wolf Blood Amatista: He de admitir que he disfrutado mucho escribiendo sobre Raph y Mikey. Es el primer bromance que planteo y la verdad es que es más gratificante de lo que parece. No sé si te diste cuenta o no, pero la escena del abrazo intentó ser una analogía al gran momento entre ellos dos al final de la segunda temporada. No es exactamente igual pero me inspiré en ella.

marita: Espero que este capítulo haya compensado en parte la tragedia del anterior. Como siempre, saludos desde España.

Rose Black Dragon: Me encanta la sinceridad de tus reviews, comentando tanto las cosas que te han gustado como las que no. Sobre que lo de Raph fuera una ilusión o no supongo que depende de la interpretación de cada uno. La muerte del tigre puede ser una coincidencia...o no. Al menos ya sabes dónde quedó Donnie. Parece ser que llegó tarde...

Bilbogirl: Sí, en el summary dije eso; pero hay matices de por medio. No hablo de cuatro personas, sino de almas. Cada uno puede darle la interpretación que desee ;). Siento mucho no haber podido leer tus historias antes, pero ahora que me encuentro más libre quizá les eche un vistazo.

lovemikey23: Colega, eres una de estas personas que me tenían atormentado por si les había dejado de gustar la historia (no veía tus comentarios, no podía saberlo). Tarde o temprano puede que sepan lo que ha sido de los otros... ¿cuándo? Eso tendrás que descubrirlo.

Leona NTF 01: No te preocupes por no hacer reviews largos. Con que comentes la parte que más te ha gustado me es suficiente. ¿A que soy malo? XD. En fin, espero que este capítulo me exima algo de culpa (no me lo niegues, es muy cuqui todo)

Schwarzblau: Me alegra que te gustara el capítulo. Yo también soy un fan de ver a Raph de esa manera. Es precisamente porque es un personaje duro que sus momentos de debilidad son más impactantes. Igualmente deseo que este capítulo te haya gustado. Vaya a ir la relación en un sentido o en otro, tu shipping finalmente ha zarpado.

Crazy Jazzy: Me gusta que los lectores experimenten los mismos sentimientos que yo al escribir. Eso demuestra que estoy haciendo un buen trabajo. No, no sabía eso de Hey Arnold! Simplemente estaba buscando una canción emotiva para la escena y encontré esa. Ha sido una coincidencia XD. Por cierto, me alegra ver que sigues leyendo mi historia :)

I Love Kittens too: A quien tengo ganas de abrazar más es a Raph. Mikey, al menos, está descansando en paz... (?)

¡Eso es todo, mis queridos lectores! Por último decir que en una o dos semanas vendré con la siguiente actualización (que ya está en proceso, yay). Os prometo que esta vez será más corta. Reconozco que los capítulos largos a veces pueden ser extenuantes.

¡Hasta la próxima!

Con mucho cariño.

Jomagaher.