Capítulo 8

-Hay dos tipos de hacedores de pociones.-Explicaba Eileen con calma mientras su hijo la miraba con tanta atención que ni pestañeaba.- Hay técnicos en fórmulas que realizan pociones siguiendo las instrucciones y los hay creadores. Estos son los que son capaces de inventarlas.

-Los segundos son los grandes magos...

-No minusvalores a los buenos técnicos, Severus. Existen algunas fórmulas extremadamente complejas que requieren una gran habilidad para que el resultado final no sea un desastre.

-Pero los otros crean magia nueva.

-Cierto. Para llegar a eso es necesario tener una formación mágica muy completa. Hay que ser un buen herbólogo, tener sólidos conocimientos de las propiedades mágicas de los animales fantásticos, de lapidación mágica y de todo aquello que pueda ser un potencial ingrediente. Y hasta un buen astrónomo. Los efectos de algunas pociones están influenciados por la posición de los astros en el momento de su elaboración.

-Eso es la Espagyria.

Eileen sonrió a su hijo.

-Ese es el summun. Pero sin llegar a tanto hay otras pociones que también se ven influenciadas, sobre todo por las fases lunares.

-Yo quiero ser un creador.

-Tendrás que estudiar mucho.

-Lo haré.

-Pero, sobre todo... tienes en primer lugar que dominar la técnica. Y eso es lo que vamos a empezar a hacer. Coge esa daga de plata...

Eileen había decidido emplear el tiempo libre adicional que ahora poseía en darle un buen empujón a la educación mágica de su hijo. Mientras Severus cortaba el asfódalo en pedacitos increíblemente idénticos en forma y tamaño, la bruja repasó mentalmente la situación. Aunque Jigger hubiera perdido su establecimiento principal, seguía en el mercado. Estaba Pippin, que suministraba algunas pociones sencillas pero sobre todo se había especializado en el suministro de productos básicos para su elaboración. El tercero en el sector era Rubens Winikus, que había creado una compañía mercantil al estilo de las muggles la cual ostentaba la producción y distribución en exclusiva de la poción Crecehuesos. En realidad, concluyó Eileen, no había competencia real entre ellos, pues cada uno tenía su segmento de mercado. Tres minimonopolios en tres áreas distintas.

Había hablado con Horace Slughorn solicitándole algún contacto para encontrar empleo en semejante mercado tan reducido. Descartado Jigger, que ya había rechazado su oferta, su antiguo profesor de pociones tampoco aconsejó Winikus. Al parecer, el mago tenía por norma seleccionar personalmente a quién trabajaba para él, y jamás había seguido una recomendación del profesor. Pippin, por otra parte, no necesitaba a nadie para sus sencillas pociones.

Pensaron entonces en los creadores de pociones. Por lo general eran gente un tanto estrafalaria que pasaba horas y horas entre vapores mágicos. Hesper Starky, la conferenciante de la última conferencia de la Society, era desde el punto de vista de Eileen una señora la mar de extravagante, amiga íntima de Sacharissa Tugwood, una anciana pintarrajeada que se había dedicado a las pociones de belleza hasta que murió con 92 años en 1966. Y Regulus Moonshine, que compartió pupitre con ella en Hogwarts, estaba tan empeñado en inventar un bebedizo que hiciera desaparecer el ansia de carne humana de las arpías que ya había perdido dos dedos, que ella supiera. No, tampoco podía encontrar un buen trabajo de ayudante entre ellos. La única recomendación que pudo hacerle Slughorn fue Libatius Borage. Este mago estaba empeñado en elaborar una Gran Enciclopedia de las Pociones, para lo cual necesitaba a alguien que revisara sus textos y le señalara posibles erratas. Eileen aceptó el trabajo porque no tenía otra cosa, y se marchó de la casa de Borage con un montón de pergaminos en los que se describían diversas pociones. Tras haber leído los dos primeros había escrito para cada uno de ellos el doble de su contenido en erratas, lo cual ponía en evidencia la pobreza del trabajo de Borage. Y la bruja no estaba segura de que aquello le fuera a gustar.

-¿Está bien así, mamá?

Severus la devolvió a la realidad. Sus ojos oscuros como carbones se clavaban en ella expectantes. Eileen sonrió.

-Perfecto, Severus. Lo has hecho muy bien.

Eileen se sintió orgullosa. El niño demostraba una capacidad innata para la magia y mucho interés. Sería un buen mago, estaba segura. Y ese pensamiento aparcó en su mente la inquietud que tenía sobre qué estaría haciendo su padre.

Tobías Snape intentaba comprar tabaco y bebida en el modesto ultramarinos de John Doggers.

-Lo siento, Snape. El jefe me ha prohibido fiarte. A ti y a todos los obreros de Morton's.- Decía el empleado de Doggers.

-Oye, Evans...

-No, no.- El tendero negó con la cabeza.- No me repitas cómo es la situación porque ya lo se. Y no creas que no me gustaría ayudaros. Pero el boss ya se ha cansado y me ha advertido muy seriamente de que si fío una sola vez mas me pondrá de patitas en la calle. Yo también soy un padre de familia, Snape.

Tobías Snape frunció el ceño. Si, Evans tenía dos niñas. La pequeña era una monada de pelirroja mientras que la mayor le recordaba un poco a un caballo, con el cuello excesivamente largo y una quijada un tanto pronunciada.

-Si liquidas la cuenta, entonces tal vez Doggers me permita fiarte otra vez...- Dijo Evans esperanzado.

-Ya... bueno, gracias.

Tobías Snape abandonó Dogger's con las manos en los bolsillos y renegando mentalmente de Eileen. ¡Maldita manía! Si ella usara su magia desaparecerían todos los problemas.

Marzo no había traído ninguna mejora significativa del tiempo londinense, pensaba Ana, muchos kilómetros al sur, con las solapas del cuello de su capa bien subidas mientras avanzaba por Diagon Alley. Mulpepper seguía "missing"; Jigger, que había salido mucho en los medios lamentándose de su suerte y proclamando a los cuatro vientos que estaba al borde de la indigencia, paradójicamente reconstruía su establecimiento de Londres, y lo hacía, en opinión de la joven bruja española, de manera mucho mas ostentosa que antes; y al menos se habían producido otro par de incidentes con magos hijos de muggles, que ella supiera, aunque ninguno había tenido ecos en la prensa.

La prensa... pensó al pasar delante de la sede del Daily Prophet. En el tiempo transcurrido Ana se había enterado de alguna cosita un tanto singular sobre el periódico de los magos ingleses. Por ejemplo, ahora sabía que los propietarios eran los Lestrange, aunque no tenía idea de que, además de empresarios de comunicación, simpatizaban con ciertas corrientes. Su opinión sobre el diario mágico era mala. Había notado que voceaba las consignas oficiales del Ministerio con demasiada frecuencia y que la tal Rita Skeeter, que al parecer era mas o menos de su edad, era una maestra de la insidia capaz de no dejar títere con cabeza a base de insinuaciones dejadas caer debidamente. Un tanto asqueada porque ese no era su concepto de lo que debía ser el periodismo, caminó presurosa hacia el muro trasero del Leaky. Antes de llegar a su siguiente destino, que no era otro que una biblioteca muggle, tenía que cambiar su vestimenta. Una hora mas tarde, estaba pasando microfilms.

Ana preparaba un trabajo sobre la historia del periodismo muggle en Inglaterra, tarea que formaba parte de su programa de formación y que debía remitir a Madrid para finales de mes. Su tutor, al parecer, lo haría llegar a la facultad muggle de Ciencias de la Información, como si fuera una alumna muggle, para ser calificado por un profesor muggle. Era el plan de estudios, una mezcolanza de asignaturas muggles y mágicas comprimidas en tres años. Se frotó los ojos, cansada y un poco aburrida. Estaba pensando tomarse un descanso para ir por café cuando se fijó en la pantalla.

-¡L'Estrange! – Dijo en voz alta. Y hubiera seguido hablando sola si no hubiera tenido a otra persona en el monitor de al lado, la cual le dirigió una severa mirada reprobadora.

-Sorry...- Murmuró disculpándose. Totalmente espabilada, Ana se puso a leer...

... Sir RogerL'Estrange (1616-1704), Censor de la prensa durante el periodo de la Restauración, principalmente destacado por ser el primer hombre de letras inglés que hizo del periodismo su profesión. En 1644, durante la guerra civil, dirigió una conspiración para apoderarse de la ciudad de Lynn en nombre del rey. Fue capturado y condenado a muerte por el cargo de espía. La sentencia, sin embargo, no se ejecutó, y después de cuatro años de prisión consiguió escapar al continente. En 1653 consiguió el perdón de Cromwell y llevó una vida tranquila hasta que en la Restauración se premiaron sus sufrimientos concediéndole el cargo de Censor de la Prensa, así como una licencia para publicar periódicos. Alcanzó notoriedad tanto por la censura que imponía contra todo escrito aparentemente disidente o crítico con la actuación del gobierno y del rey, así como por el celo que puso en la eliminación de la prensa clandestina. En 1663 comenzó a publicar el "Public Intelligencer and the News", que después se convertiría en el famoso "London Gazette"..."

¡Vaya! ¿Sería posible que este L'Estrange muggle tuviera algo que ver con los Lestrange mágicos? Era demasiada casualidad que se llamaran igual, aunque lo escribieran distinto, y que además, a pesar de los siglos que los distanciaban, operaran de manera sospechosamente semejante.

Ana sintió que el corazón se le aceleraba. Ahora en lugar de café, casi necesitaría una tila. O una poción tranquilizadora. Y de repente el mero pensamiento le hizo sentir una oleada de tristeza, porque las pociones le recordaban, invariablemente, a su primo. Durante el último mes poco había sabido de él. Seguramente José Ignacio la odiaba por haberle hecho pasar el trago del recrecimiento de dientes en lugar de haberlo llevado a San Mungo. Diría, se lo imaginaba, que tanta suspicacia era propia de personas un tanto perturbadas y desequilibradas. Vamos, que se lo podía imaginar perfectamente llamándola loca de atar. Lo mas desesperante era que así no había forma de mostrarle sus sentimientos mas profundos. Ana respiró hondo sintiéndose desolada. Quizás debería quitárselo de la cabeza porque lo mas probable era que con él no llegara nunca a nada de nada.

-Time's over.

Dio un respingo al escuchar la voz de la bibliotecaria. Detrás de ella un hombre de mediana edad que aferraba un portafolios se veía ansioso por ocupar su sitio. Los monitores para repasar microfilms eran pocos y por tanto tenían tiempo limitado. Ana recogió sus cosas con diligencia y salió a la fría tarde londinense. Había caminado varias manzanas cuando pasó por delante de un Tea Room. Tras dudar unos segundos, se metió dentro. Un té caliente la reconfortaría. Por alguna misteriosa razón, acabó pidiendo también unos scones con nata y mermelada que comió sin poder evitar pensar en José Ignacio.