DISCLAIMER: Los personajes de Ouran Highschool Host Club no me pertenecen, pertenecen a Bisco Hatori, la autora del manga.

La historia no es de mi propiedad, es una traducción autorizada de Hel-14


Capítulo 8: Mujer de casa


NOTAS DE LA TRADUCTORA: Hola a todos! les adelanto que el próximo capi -que seguramente será uno de los que más amarán y/o/u odiarán XD, está ya por la mitad, así que apenas termine se los subo!

Además, el capi anterior, ahora que tengo compu renovada completamente y el internet está funcionando más o menos bien, va a ser corregido de acuerdo a las sugerencias de mi beta, a quien deseo lo mejor del mundo en este nuevo período de clases =)

Después de mi vasta explicación, les dejo ¡Por fin! con el nuevo capítulo, con la promesa que el que vendrá "Al corazón de la tormenta" estará más bueno aún... así que ¡A leer!


Un niño.

Haruhi esperaba un niño.

Él no habría estado decepcionado si hubiera sido una niña, no, siendo absolutamente sincero. Pero un niño era simplemente… Perfecto.

Perfectoel brillo en la mirada de Yoshio Ootori.

Perfecto el fruncimiento en los labios de Akito.

Perfecto.

Kyoya estiró sus piernas bajo su espléndido escritorio de madera, característico de uno de los tres directores financieros del Grupo Ootori, puesto que su padre le había confiado desde la obtención de su MBA. Disfrutó de su corta pausa, la primera desde las siete horas y treinta de la mañana –era más de la una de la tarde–. Pidió que se le trajera un almuerzo y, durante la espera, giró su majestuoso sillón de cuero hacia la ventana para dejar su mirada vagar sobre la inmensidad de la ciudad.

La segunda ecografía había tenido lugar dos días antes y todo iba muy bien. Haruhi estaba embarazada de cerca de cinco meses y ahora su estómago se veía dulcemente redondeado. Fuyumi había hecho maravillas ayudando a su cuñada a buscar un guardarropa adecuado, clásico y sobrio. Los trabajos de la casa estaban terminados y tenían previsto mudarse dentro de una semana. Kyoya prometió a Haruhi que todo sería hecho en un solo día, que ella no debería hacer más que ocuparse de sus actividades personales cotidianas. Él sabía que el apartamento que ella ocupaba con Tamaki había sido revendido, a pesar que Yuzuruh había propuesto a la joven conservarlo. Pero Haruhi no quería, ni el apartamento, ni el dinero de la venta. Ella no quería nada ahora, ni el más mínimo inmueble, ni el gran piano silencioso, ni los utensilios de cocina regalados por Tamaki, nada. Lo poco que guardó de Tamaki se encontraba en un pequeño cartón que ella conservaba en el armario de su habitación, y que había recuperado justo después de los funerales, al mismo tiempo que sus libros y objetos personales.

Únicamente eso.

Ah, sí, y Antoinette.

Haruhi la había llevado consigo poco después de las exequias, a pesar de la proposición del personal de la mansión de conservar allí a la perra, con el objetivo de que ella tenga el espacio suficiente para correr y pasear en la inmensidad de la mansión. Pero, sorpresa, Antoinette ya no corría más, Antoinette ya no paseaba más. Kyoya había encontrado extraña la decisión de tener cerca de ella un perro, en el bastante pequeño departamento que ocupaba con Ranka. Pero cuando la había visitado después de la llegada de Antoinette, Kyoya lo entendió. Si bien la perra se había acercado y había rozado su nariz en la mano del joven cuando había llegado, como para avisarle que reconocía en él a un amigo de su amo, enseguida había regresado cerca de Haruhi y, colocando su cabeza sobre las piernas de la chica sentada, no se había movido más. Si bien la raza animal no fue jamás un sujeto de interés de Kyoya, se dio cuenta sin embargo del cambio radical de actitud de ese perro que era antes, un poco casi tan bulliciosa y enérgica como su amo.

-¡Pero Kyoya, es porque ella te ama que hace eso! ¿A que sí? ¿Antoinette, tú amas a mamá Kyoya? ¡Vamos, Kyoya!, no es más que un poco de tierra sobre tu pantalón, ¡no es grave! ¡Eres tan gruñón! ¿Verdad, mi Antoinette, que mamá Kyoya es gruñona?

El teléfono personal de Kyoya sonó y éste le lanzó una ojeada a la pantalla antes de contestar.

- ¿Sí Tachibana?

- Tengo la información que me pidió, Señor.

- Perfecto. ¿Hay alguna novedad del Señor Suoh?

- Nada notable, Señor. El señor Suoh viajó a Francia por una semana, volverá a Tokio enseguida, pero parece tener una agenda bastante cargada.

- Ya veo –murmuró Kyoya.

Yuzuruh Suoh se abrumaba de trabajo. Parecía tratar de olvidar la muerte de su único hijo y de su madre con un empleo de tiempo inhumano. Después de algunas informaciones que Kyoya había podido obtener, Anne-Sophie, la madre de Tamaki, había puesto fin a su tratamiento y se encontraba aislada en la casa de Barbizón donde Kyoya la había encontrado. Kyoya no le había hablado a Haruhi de ello, ya que ella no tenía ningún contacto con los Suoh, no deseando construir relaciones que la harían sufrir y respetando su decisión de no informarles de su embarazo.

La última ocasión en que Haruhi había visto a Yuzuruh había sido en las obsequias de la matriarca de la familia y abuela de Tamaki. Kyoya y los demás habían ido igualmente, saludando a ese hombre, más digno y más solo que nunca, de pie cerca del féretro de su madre como había estado, algunas semanas antes, cerca del de su hijo.

Kyoya continuó:

- Tachibana, ¿cómo está ella en la universidad?

- No… tan bien como antes, señor.

El joven hombre frunció el entrecejo y se enderezó en su sillón:

- Explíquese.

- La señori… Señora Ootori tiene resultados irreprochables, como siempre. Pero su… integración, digamos, al seno de su promoción parece menos evidente que en los años anteriores, según nuestros informes. Parece que su embarazo ha sido un gran escándalo, tanto entre los estudiantes, como entre los profesores.

Kyoya suspiró:

- Evidentemente, ella no ha dicho que está casada.

- No, señor, ella parece haber rechazado hablar de cualquier cosa que ella juzgue como personal, aún con sus maestros.

- ¿Sus maestros?

- Dos de sus profesores, los que dirigen su tesis, le han hecho saber de su… sorpresa... –"de su decepción", corrigió interiormente Kyoya– … cuando constataron el estado de la señora. Su situación ha sido juzgada como poco adecuada para sus clases y para las prioridades que ella parecía seguir hasta ahora.

Haruhi jamás había ventilado su relación con Tamaki. Siempre había separado su vida privada de su vida profesional, sobretodo sabiendo que el ilustre apellido de su compañero alteraría su desempeño. Era una brillante estudiante becada, salida de un medio poco favorecido, humilde y discreto. Debía haber aparecido ante todos entonces como una madre soltera que no era capaz de manejar su vida privada, que había cometido un error de descerebrados antes de comenzar realmente su carrera.

Era inadmisible que cualquiera pensara aquello de una Ootori, y de su propia esposa menos que de nadie.

- Buen trabajo, Tachibana. Tomaré un descanso.

- Gracias, Señor. Que su jornada acabe bien.

Kyoya sopesó los pros y los contras durante algunos instantes con la mirada perdida en la lejanía de los altos edificios de Tokio. Ella estaría furiosa, evidentemente, pero era un riesgo que debía correr. Tomó el teléfono y llamó a su asistente:

- Al final del año pasado, si mi memoria no me falla, mi padre recibió una proposición del decano de la Todai [*], a la cual él no asistió. Encuéntrela y transmítamela.

- Sí, Señor.


Ranka se mordió el labio, su mirada fija en su única hija. Haruhi estaba sentada frente al kotatsu, saboreando una última taza de té, con su pequeña valija cerca de ella. Antoinette estaba sentada no muy lejos, alerta; ella presentía algo, notablemente tal vez debido a que Haruhi le había puesto su collar a una hora inhabitual sin sacarla enseguida. Ranka se preguntó si, finalmente, él podría guardar el kotatsu que no se había movido del centro de la pieza desde algunos años atrás, cualquiera que fuera la estación.

Desde que ese imbécil rubio se pusiera a llorar lamentablemente el día en el cual había hecho la pregunta sobre guardar el mueble en el verano.

-¡Haruhiii! ¡Te lo suplico! ¡No! ¡No eso! ¡No puedes hacer eso! ¡No puedes pretender desaparecer, en la profundidad de un armario que huele a humedad, este símbolo japonés de relación familiar! ¡Y estoy seguro que el verano será fresco! ¡Haruhi! ¡Tú que dices siempre tener fríos los pies! ¿Dónde vamos ahora a acurrucarnos los tres en esta cálida armonía? ¿Eh, papá Ranka?

Ese imbécil.

Ranka suspiró. Debería de estar feliz en realidad. Hace tiempo habría dado todo por esto. Le murmuraba entonces a la foto de Kotoko, en secreto, con la más grande esperanza que tenía para su hija: que no lo dejara por un hombre que no fuera como él. Como Kyoya Ootori. Un hombre serio, inteligente, rico, trabajador ¡y condenadamente guapo!

Un adolescente responsable, que velaba por su hija, que se puso en contacto inmediatamente con Ranka y le trataba con el más grande respeto.

Sí, Ranka había creído que ese hombre sería perfecto para Haruhi. Cualquier padre vería en Kyoya Ootori un hombre perfecto para su hija.

Pero así eran las cosas, los padres debían ceder al deseo de sus hijas. Aun cuando ese deseo pareciera, al principio, carente de buen sentido, irracional y totalmente opuesto a lo que cualquier padre habría creído. Solo ese deseo importaba. Y cualquier otra posibilidad había finalmente desaparecido cuando, por primera vez, él había descubierto ese brillo en la mirada de Haruhi. Cuando, por primera vez, desde ese día en el que Kotoko había muerto, esa sonrisa había vuelto a iluminar el rostro serio de Haruhi.

Poco importaba ya que, finalmente, todo se debía a ese imbécil.

Y entonces, Haruhi partía hoy a vivir con Kyoya Ootori, en una casa magnífica. Sí, Haruhi sería una gran abogada y se desenvolvería en un mundo apasionante.

Pero la realización de ese sueño egoísta de padre tenía un sabor amargo y Ranka sorbió su taza de té verde.

Todo estaba listo, evidentemente. Kyoya había previsto todo, había pensado en todo, evidentemente. Dos miembros del personal de los Ootori habían pasado la velada tomando las cosas de Haruhi: el baúl y los armarios de los Hitachin que contenían toda la ropa que los gemelos le habían regalado regularmente todos esos años, y las cajas de cartón que contenían sus libros. Todo lo que Haruhi había recuperado apuradamente, algunas semanas atrás, en el apartamento que ocupaba con Tamaki, y que jamás había verdaderamente desempacado después.

Y el último pequeño cartón, el pequeño cartón siempre cerrado que contenía tantos recuerdos.

Habían llevado todo discretamente para instalarlo en la nueva casa, la casa del Señor y la Señora Ootori.

No le quedaba a Haruhi nada más que sus artículos personales, sus cuadernos de la semana, los dos libros con los que había trabajado durante el día y sus artículos de aseo. Todo aquello se encontraba en la pequeña valija de color beige junto a ella, cerca al kotatsu.

Ella parecía minúscula, una niña con los ojos tristes, a pesar de su vientre redondeado que sobresalía dulcemente bajo el tejido de la camisa veraniega. Ranka abrió la boca para decir algo, preguntar, sugerir… sin saber verdaderamente qué. ¿Qué tenía él para decir?

Unos golpes secos y precisos se escucharon en la puerta. Era Kyoya.

Haruhi colocó su taza y siguió a su padre con la mirada cuando fue a abrir la puerta.

- Buenos días, Ranka.

- Kyoya.

El joven percibió inmediatamente la tristeza sobre los rasgos de Ranka, pero no dijo nada. Arregló sus gafas, acarició a Antoinette quien avanzó hacia él y siguió a su suegro hacia el apartamento; Haruhi volteó al tiempo que reposaba la taza vacía para saludar a Kyoya con un asentimiento de cabeza. Ella hizo un gesto dirigiéndose hacia su valija, pero el joven llegó a ella en un solo paso y tomó el objeto sin esfuerzo. Ella le agradeció con una sonrisa sin vida.

Entonces la garganta de Ranka se cerró, ante la brutal consideración del hecho que ella iba a partir. Que Haruhi iba verdaderamente a partir. Partir con esa tristeza en la mirada, partir con ese hombre perfecto, pero que no amaba, partir y sufrir, sola, sin que su propio padre pudiera estar cerca de ella. Ranka se pasó febrilmente la mano por sus cabellos, preso de un pánico extremo. Eso no era posible, no hacía falta que ella se vaya, sólo hacía falta encontrar alguna excusa, la que sea, ¡no importaba qué!

- Kyoya, ¿vas a irte así como así? ¿No tomarás un té? ¿O te quedarás a cenar? ¡Aún es temprano! ¡Quédense aquí esta noche, llamaré al bar, después de todo, ellos pueden prescindir de mí una noche! Vamos, vengan, siéntate aquí, quedémonos, Haruhi nos va a preparar algo y…

- Papá.

Ranka se calló, desamparado, y miró la mano de Haruhi que se había posado en su brazo. Él levanto la cabeza y su mirada se encontró con la de su hija, esa mirada triste y a la vez decidida. Ella no buscó una sonrisa y dijo simplemente:

- Papá, debemos irnos. Quiero instalarme rápidamente, tengo todavía bastante trabajo esta noche.

- Pero…

- Papá, basta.

La voz de Haruhi, firme, triste.

- Todo estará bien, papá.

Una sonrisa tembló en los labios de Ranka:

- Si tú lo dices, querida. Si tú lo dices.

Él volvió mecánicamente la cabeza hacia Kyoya, quien, a su vez, no se movió. El joven sólo asintió, sintiéndose mal y con la mirada baja, evitando la suplicante de Ranka, porque no se trataba más de cuidar vagamente a una adolescente muy lista, no se trataba más de intercambiar fotos tontas. Se trataba de la vida de una mujer, de la que ahora era su mujer. Del hijo de ella. Del hijo de ambos.

Entonces Kyoya no pudo hacer más que asentir porque no se sentía verdaderamente en el derecho y la legitimidad de poder mostrarse más tranquilizador.

Pero Haruhi, ella estaba decidida. Ella fue a colocar su taza en el fregadero, se colocó rápidamente sus zapatos, tomó a Antoinette por el collar y depositó un beso en la mejilla de su petrificado padre; cuando abrió la puerta del apartamento, dijo simplemente:

- Kyoya, estoy lista, vámonos.

- Te sigo, el auto está abajo.

Ranka les acompañó hasta la salida, las manos crispadas la una contra la otra, y miró a los dos jóvenes descender las escaleras hacia el sedán negro cuya puerta estaba abierta por Tachibana.

Ranka quedó inmóvil al observar la escena desde la balaustrada: Kyoya que deslizaba la valija en el maletero, Haruhi que montaba a Antoinette y se apresuraba a su vez hacia el interior del auto, la mano sobre lo alto de la puerta.

Y de repente el rostro de Haruhi, levantado hacia su padre, sus inmensos ojos cafés tan parecidos a los de su madre, su voz clara y decidida:

- Te llamaré esta noche o mañana papá. Dejé tu dinero sobre el refrigerador. No te preocupes por mí, todo estará bien.

Y desapareció en el auto. Kyoya le siguió, y el imponente vehículo arrancó, girando un instante más tarde por la esquina de la calle.

Ranka se encontró nuevamente en el apartamento sin saber verdaderamente cómo había entrado. Se encontró en el interior, de cara al kotatsu que nadie tenía afuera en esa época.

A causa de ese imbécil.

Ese maldito, estúpido incluso para sobrevivir.

Ranka se arrodilló mecánicamente delante del kotatsu y decidió dejarlo donde estaba.


- ¿Vamos a conocer la casa?

Haruhi se esforzó por sonreír a Kyoya. Estaba perfectamente consciente de los esfuerzos de su amigo –ahora esposo– para amenizar la atmósfera. No sabía qué era, de hecho, lo más incómodo, pero sabía que, contrario a lo que pensó, él había obrado mucho para hacer de esa casa, algo habitable para ambos: Ranka confesó ante su hija que Kyoya lo había visitado para pedirle su opinión sobre tal o cual diseño, preguntando si lo que él pensaba sobre tal o cual color, tal o cual material le gustaría a Haruhi. Ella estaba fuertemente sorprendida y había admirado el esfuerzo de Kyoya para respetar su compromiso hacia ella: encargarse de todo y dejarla concentrarse en sus estudios y en la defensa de la tesis que se acercaba.

- Será un placer, te sigo.

De seguro, Kyoya tenía cosas más importantes que hacer en vez de guiarla en la casa de ambos. Haruhi no sentía un gran placer de instalarse en un medio donde debía vivir con un hombre que no era el que ella amaba, pero cada uno hacía grandes sacrificios por dejarse estar en el juego durante un pequeño momento en esta primera tarde de su vida en común.

El jardín delantero de la casa había sido modificado un poco, no lo suficiente como para que Haruhi note la diferencia a primera vista. Desató el collar de Antoinette y la perra fue hacia allí con paso tranquilo, la nariz al viento, lista para descubrir también su nuevo domicilio.

Kyoya sostuvo la puerta abierta y Haruhi le agradeció con una sonrisa al pasar delante de él antes de inmovilizarse, estupefacta.

Todo parecía bañado en luz, una luminosidad intensa y a la vez dulce. Los muros blancos de la entrada eran aclarados por dos puertas de armarios de colores pastel, y una doble puerta de vidrio con arreglos de hierro forjado se abría hacia la sala sobre la que Haruhi se dirigió automáticamente, hipnotizada.

Ella se dejó envolver en la sensación de calor, de claridad y de distinción que emanaba del más mínimo detalle de la decoración. Muros pálidos cuyos colores vivos estaban esparcidos de manera que daban una ilusión de bellas y enormes cortinas colgar de ellas. La sala amatista dispuesta para unos profundos y grandes sofás, acomodados en paralelo y en torno a una mesa de café, delante de una chimenea simple y moderna. La preciosa madera clara del nuevo parqué combinaba perfectamente con la del elegante mobiliario: una consola, un largo buffet, un bar discreto y una gran biblioteca ya llena de libros y objetos que Haruhi supuso fueron recolectados por Kyoya durante sus muchos viajes. Sobre la mesa del comedor florecía un ramo de lilas que atrajo su mirada hacia el vitral que daba al gran jardín detrás de la casa. Algunos árboles habían desaparecido, otros habían aparecido, dividiendo el espacio sin romperlo, todos convergiendo hacia la hermosísima terraza de madera oscura que brillaba bajo el sol. Haruhi reparó inmediatamente en las dos sillas hermosas que se prometió probaría muy pronto.

Detrás de ella, Kyoya se aclaró la garganta recordándole de pronto su presencia; pero antes que pudiera abrir la boca, él le puso entre las manos algo que semejaba una pantalla táctil y que se reveló como un tele comando intuitivo que regía la mayor parte de la casa: alarmas, aberturas, calefacción, climatización, wi-fi, y algunas otras cosas que la chica fue incapaz de retener de golpe. Kyoya sonrió y condujo a la absorta joven hacia el otro piso.

La pendiente de las escaleras, de madera de un tono algo más claro, fue rediseñada y suavizada, además ahora se encontraba iluminada por una claraboya en el techo. Kyoya comenzó la visita por la propia habitación de Haruhi y esperó en la puerta, mientras que la chica recorría ese espacio inmenso. El conjunto fue, otra vez, simple y cálido. El parqué, magnífico y sobrio, no ensombrecía de ninguna manera una habitación decorada de sutiles tonalidades de amarillo. Una vasta cama y una pequeña mesa de noche se encontraban en la parte inferior, mientras que en el centro de la parte elevada se asentaba una amplia oficina obviamente vieja, pero funcional. Una pared entera estaba cubierta con una biblioteca perfectamente diseñada y donde Haruhi reconoció las cosas que los empleados de Kyoya habían mudado durante el día anterior de la casa de Ranka. Abrió la puerta del vestidor para descubrir toda su ropa perfectamente ordenada y varias cajas de almacenamiento diverso. En el cuarto de baño con mosaicos de colores brillantes, se encontraba un gran espejo sobre un pedestal traslúcido, frente a una inmensa bañera de diseño futurista. Se notaba una ducha detrás de una pared de vidrio esmerilado.

Haruhi no quería entrar en la intimidad de Kyoya y se contentó, a la invitación de él, de husmear con la cabeza desde la puerta de su despacho y sonrió al encontrar un conjunto bastante bien diseñado, en un elegante degradado de gris perla. La habitación de huéspedes también había sido rehecha enteramente en materiales sencillos, pero refinados.

La garganta de Haruhi se cerró cuando Kyoya la condujo al fin hacia la habitación del bebé; ella reparó entonces que también esa, él había debido decorarla. Sintió un aguijón en el corazón por no haber podido hacerlo ella misma, pero no podía tomarlo como algo personal: no había precisado a Kyoya que la dejara ocuparse de ello.

- Me permití adecuar esta habitación también. No hay necesidad de repetir que, si aquello no te agrada o si prefieres otra cosa, puedes efectuar todas las modificaciones que estimes necesarias. Es válido, obviamente, para todo el resto de la casa.

Haruhi asintió con una sonrisa ausente, concentrada en la puerta que se abría delante de ella. Pasó delante de Kyoya, quien no la perdía de vista. No pudo reprimir una sonrisa cuando la joven levantó una mano hacia su boca para ahogar un grito de sorpresa.

Haruhi recorrió todo el espacio con la mirada, aturdida.

Un fresco. Un gigantesco fresco recubría el techo y los muros de la habitación, introduciendo a los ocupantes en un mundo caballeresco con colores resplandecientes. El techo estaba compartido por los colores del alba entre una mitad límpida como un cielo de verano y otro donde, el azul noche, estaba salpicado de estrellas. Esos tintes se fundían sobre los muros con un paisaje de múltiples facetas: los picos nevados rodeados por una cadena de montañas, un lago reluciente bajo el sol, las cintas de plata de los ríos que corrían en las verdes praderas. Más lejos se veía el humo de las chimeneas de una villa, y de cerca las altas y majestuosas torres de un castillo de cuento de hadas. Y en todas partes se desplegaba una multitud de personajes: niños divertidos, campesinos humildes, duendes traviesos, tropas de caballeros valerosos. Asimismo, las escamas radiantes de un dragón que sonreía picarescamente. Porque todo en el fresco no exudaba más que la alegría, el ímpetu simpático y el ritmo de un mundo de niño. El tono verde claro de los muebles, una pequeña cama, una cómoda pequeña y una silla mecedora, se podía confundir con la hierba de la pradera en las paredes. Algunas cajas de mimbre tejido esperaban los múltiples juguetes y peluches que no faltarían para venir a completar este universo.

- Había también la posibilidad de tomar el tema de piratas, científicos o trabajadores del sector público. Pero yo, egoístamente, pensé que la caballería sería más… decorativa, por así decirlo. Lo repito Haruhi, si aquello no te…

Él se calló. Haruhi había levantado una mano temblorosa y, mientras recorría con la mirada ese medio improbable, murmuró:

- Es… es perfecto, Kyoya. Es magnífico. Todo, este fresco, esta habitación… Toda la casa. Es perfecta.

Giró hacia él y el reconocimiento en su mirada tocó a Kyoya más profundamente de lo que hubiera querido. Porque Haruhi no estaba siendo cortés, no. Haruhi estaba siendo desesperadamente sincera.

Kyoya debió de haber pasado un tiempo de locos, a pesar de sus obligaciones personales, pensando en ese lugar, no como un lugar para él, sino para ellos, y sobre todo, para un niño. Porque si bien la mirada de Haruhi sabía reconocer la elegancia, ella tenía una visión práctica de las cosas y había descubierto, a lo largo de la visita, un entorno magnífico, ciertamente, pero sobre todo, un entorno para vivir. Los materiales eran suaves, los ángulos se encontraban redondeados, la escalera asegurada, los espacios prácticos y bien pensados, los colores claros y cálidos.

Y la cereza en el pastel de la realización: esta alcoba de niño que jamás ella misma habría pensado más bella y más adaptada a la vez. Entonces fue de todo corazón que sonrió largamente y dijo:

- Gracias, Kyoya. Gracias por todo.

Él asintió sobriamente y respondió:

- Bien, me alegro. Tachibana depositó tu valija en tu alcoba, asique te dejo instalarte. Ah, sí, una última cosa.

Se acercó a Haruhi y le extendió una tarjeta gris metalizada sobre la cual una sola inscripción, en letras negras, se leía, "Sra. Haruhi Ootori". Ella tomó el objeto y con una expresión confundida, preguntó:

- ¿Y esto?

- Tu tarjeta de crédito. Ahora tienes una cuenta en el mismo banco que yo.

- ¿Qué banco?

Kyoya arregló sus gafas con una sonrisa:

- El nombre no te dirá nada, es un banco de ocupaciones bastante… confidenciales. Todos los papeles están depositados sobre tu oficina. Con las llaves de la casa y los códigos del sistema de alarma, claro está.

Haruhi frunció el entrecejo y examinó el objeto en su mano:

- Pero yo no tengo dinero.

- Ahora sí. Hice un giro. Sé bien que en poco tiempo ganarás bien en tu empleo, pero desde hoy hasta ese día quiero que puedas tranquilamente disponer de lo que desees… digamos, preparar la llegada del bebé, o darle un toque personal a la decoración, o comprarte un auto. Lo que mejor te parezca, de hecho.

La joven mujer abrió los ojos con sorpresa:

- ¿Comprarme un auto? ¿Con esta… tarjeta de crédito, puedo ir a un concesionario y comprar un auto?

Kyoya sonrió:

- De hecho, pienso que puedes comprar cuatro o cinco, todo depende del modelo. Te dejo, regreso a trabajar en mi oficina, no dudes si necesitas lo que sea.

Giró sobre sus talones y salió tranquilamente de la pieza, dejando detrás de él a una Haruhi estupefacta, inmóvil en la habitación de bebé, la tarjeta de crédito en la mano.


CRÉDITOS: A LA BETA FRACTALS, QUIEN HIZO UN SÚPER TRABAJO DE RE-LECTORA DE NUESTRA QUERIDA AUTORA


[*] Todai significa « Tokyo Daigaku » o « Universidad de Tokio", dicho en nuestro lenguaje.

PD: Editado y revisado: 31/12/2016

PD2: ¡Feliz año nuevo 2017 a todos!