Capítulo VIII

Suerte - Ira Parte

Ron miró la herida en la pierna de Draco y tuvo una arcada. Ya no sangraba (gracias a la poción que Hermione llevaba en su bolso), pero la carne seguía abierta.

– ¿Qué te pasa? ¿Es demasiado para ti? –Ron tuvo la sensación de que iba a vomitar otra vez. – ¿Qué creíste que nos harían, petrificarnos? ¿¡Hacernos escupir caracoles?!

Tenía razón. ¿Qué es lo que esperaba encontrar?

La torpe lechuza de Hagrid había aterrizado violentamente sobre el tendedero encantado de los Weasley, con un ala y una pata rotas.

« Fuga en Azkaban ».

Fue una suerte que Ginny descubriera al animal primero, cuando Pigwidgeon salió volando despavorida gracias al recién adquirido interés de Fred y George en la pirotecnia mágica.

« ¡Si creen que un collar de perlas los va a salvar de esta, no tienen idea de quién es su madre! ¡Fred, George, regresen aquí enseguida! ».

Cuando el patronus de Remus se apareció en la madriguera para llevar la noticia a Molly y Arthur, fue demasiado tarde. No hubo tiempo de intentar detenerlos; Ginny, Ron y Harry se habían ido sin nada más que sus varitas.

Se aparecieron en Hogsmeade, que no se veía tan animado como en otras Navidades; se pasearon entre las tiendas vacías y procuraron pasar lo más alejado posible de La Cabeza de Puerco.

Harry, que no creía que la noticia de la fuga se hubiera esparcido tan pronto, estaba seguro de que, al menos, algunos magos y brujas que frecuentaban el bar tenían sospechas de que algo pasaría pronto y estarían alerta.

–Ya nadie cree que estás loco. –Ron le pasó una mano por el hombro. –Han pasado muchas cosas, Harry, aunque nadie lo diga, todos saben que Quién-tu-sabes ha regresado.

Ginny le dio la razón a Ron. Los únicos que se empeñaban a decir que el mundo mágico iba de maravilla eran El Profeta y el Ministerio.

–No olvides la mención de honor a Percy –la bruja se rió. –, el perro faldero estrella de Ministerio. ¡Quién-tu-sabes podría aparecerse justo frente a él y lo negaría de todas formas!

Se colocaron la capa invisible y entraron a Honeydukes sin que nadie los viera. Ron, que era el más alto, iba casi de cuclillas para evitar que se les vieran los pies, y fue el primero en alegrarse cuando vieron la estatua de la bruja tuerta dibujarse en la oscuridad. Nada le alegraba más que poder enderezar la espalda y saber que ningún dementor le succionaría el alma ese día.

« Nox ». El brillo en la varita de Harry se desvaneció a tiempo para no llamar la atención de la Señora Norris, que se paseaba por el pasillo del tercer piso en busca de alguna bruja o mago incauto.

–A Filch le encantaría encerrarnos en un calabozo durante las vacaciones. –Ron se quejó. – ¿Y ahora qué? ¿Dónde está Hermione?

–Busquemos a Hagrid, él envió la lechuza después de todo. –Propuso Ginny, y volvieron a ponerse la capa.


La cabaña de Hagrid se veía acogedora aún sepultada entre la nieve. Frente a la puerta y sobre una gran parcela blanca, los calabazos de los que tanto alardeaba seguían creciendo a un ritmo sospechoso. Pero no fue lo que llamó la atención de Harry, sino los dos magos que conversaban muy cerca de la chimenea con el guardabosque.

–Agáchate. –Ron lo empujó contra el suelo. –, son del Ministerio. –Harry hizo todo lo posible por no aterrizar sobre sus lentes, que habían salido volando. –Lo siento, amigo, es que no tengo idea de que puedan querer con Hagrid esos dos.

A pesar de las advertencias de Ron, Ginny desempañó con cuidado una de las ventanas y pegó las narices en el cristal para ver mejor.

«Magnifique, Hagrid. ¿Ya has visto, Jill? ¡Son obra de un agtista!».

Ginny encontró muy atractivo a Jillian, por lo que el mago más joven, decidió Harry, era el más desagradable de los dos.

– ¿De qué están hablando? –Preguntó Ron, a quien ya no le había quedado espacio en la ventana para fisgonear.

Harry torció los ojos: –El que parece un duende –empezó a decir de mala gana. « Oh, ese es Mos», explicó el pelirrojo. –, sí, el que parece un duende le está mostrando al otro unos dragones de madera. Al parecer a su hija..., hijas, les encantan los dragones.

«Sí señor, fueron tallados de la madera de un sauce boxeador como el que tenemos aquí en Hogwarts… Sí, las escamas son de verdad. Simplemente una obra de arte…. Por supuesto que puede llevarse un par para las niñas.»

–Creo que lo hemos importunando, monsieur Hagrid. –Jillian acarició la cabeza de Fangs, que finalmente decidió que podía ser amigable con los dos extraños. –Le ruego nos perdone por entrar a su casa de fogma tan irrespetuosa. Entenderá que ante cualquier situación sospechosa, tenemos el deber de actuag inmediatamente.

Mon erreur, Hagrid. Me he distraído con todos los agtefactos tan integesantes que tiene usted aquí. –Mos inspeccionó la cabaña por última vez. –Sabe, Hagrid, ese teggible problema de espacio y de acumulación…, y de orden, si me permite decirlo, que tiene en su cabaña tiene solución. –Jillian bajó la cabeza, apenado. Ginny creyó que sus ojos verdes se veían incluso más bonito ahora que tenía la cara colorada. –Si se deshiciera de los barriles y las cajas, por ejemplo, ya no tendría conejos intentando devorar sus calabazas. ¡Son un pagaíso para protegerse del frío!

Jillian sacó un pergamino y una vuelapluma del maletín y levantó un informe sin perder su habitual calma, aunque seguía teniendo las mejillas rojas de vergüenza.

– ¿Qué sabes de ellos, Ron? –Harry preguntó, aún oculto bajo la capa. Ginny insistió en que no tenía caso porque se le veían los pies en esa posición.

El pelirrojo conocía muy bien a Mos Allamand. Era un mago más bien chaparro, con apenas unos pocos años más que Arthur, casado y sin hijos.

–Tiene un chalé en las montañas –agregó, como si fuera un dato importantísimo. –, siempre invitaban a mis padres a cenar, aunque mi madre nunca dejó que ellos fueran a nuestra casa. Ya sabes…, él tiene una obsesión terrible con la limpieza y la madriguera parece un barco a punto de hundirse. Como sea, él y mi padre se conocieron cuando aún trabajaba como auror en el Ministerio. De hecho, no tenía idea de que ahora trabajara en Uso Indebido de la Magia.

– ¿Y el otro mago? –preguntó Ginny, que había cedido su espacio a Ron para que mirara también. –!No borramos nuestras pisadas! –se percató mientras cambiaba de lugar, y enseguida saco la varita.

–Seguramente estuvo en Slytherin. –apuró a decir Harry, que estaba tan cerca de donde Jillian redactaba pausadamente su informe, que podía ver la hora desde su reloj. –Ginny, estas haciendo mucho ruido.

Aunque Ron no conocía tan bien a Jillian, sabía, por Molly y Arthur, claro, que los los Chardin venían de una larga tradición de estudios mágicos en Beauxbatons.

–Lo siento, Harry – «No ves que habla como Fleeeeeeggg» –, no tengo nada malo que decir de él. Bill ha dicho en alguna ocasión que es un buen tipo, y también un gran mago, pero que no quiere involucrarse en nada peligroso. –Ron bajó la voz. –Su esposa es hija de muggles, y bueno, tenía más o menos nuestra edad cuando Quién-tú-sabes estaba en el poder. Y están sus hijas...

Ron no terminó de relatar la historia trágica de los Chardin cuando Jillian, precisamente, con un dragón en cada mano, caminó hacía la puerta.

Hagrid se despidió batiendo su enome palma en el aire, y se hizo a un lado para dejar pasar el curioso maletín que levitaba en línea recta detrás de su dueño y al señor Mos, que seguía insistiéndole que se deshiciera de todas las cajas y barriles cuanto antes.

–Levicorpus. –Harry se quitó la capa invisible y apuntó con su varita al techo de la cabaña, de donde Ginny y Ron descendieron suavemente.

– ¡Por Merlín! ¡Que susto me han dado! ¡¿Qué están haciendo aquí?! –Fangs se abalanzó sobre Harry y le empapó por lentes de baba. – ¿Cómo convencieron a Molly de que los dejara venir aquí con lo que está pasando?

Ron y Ginny se miraron el uno al otro y Hagrid comprendió enseguida que ellos no tenían idea de nada.

– ¿Tienen idea del peligro al que se están exponiendo? –el guardabosque meneó la cabeza, angustiado –Incluso los dementores se han puesto de su lado..., sí, así sucedió la fuga. Merlín, ¿qué dirían esos dos si descubren a nada más y nada menos que a Harry Potter fisgoneando desde la ventana? El Ministerio aún no se ha pronunciado, no quieren que nada se haga público hasta que se les salga de las manos, pero inculparte de cualquier cosa, Harry, desviaría la atención de lo que está sucediendo. Es muy grave lo que han hecho. ¡Les estan poniendo a su alcance la excusa perfecta!

– ¡¿Qué se supone qué debe pasar para que el Ministerio decida hacerle frente a Voldemort? –Preguntó, indignado. « ¡No digas su nombre!», exclamó Ron. –¡Bien! ¿Cuántas personas más tiene que morir para que el Ministerio decida hacerle frente a Quien-ustedes-saben?

Hagrid miró en todas las direcciones y los hizo entrar a la cabaña a empujones.

–Deben volver a la madriguera cuanto antes. –cerró las cortinas y los obligó a sentarse en el sofá antes de proseguir. –A estas alturas, es solo cuestión de tiempo hasta que Cornelius renuncie, ¿tienen idea del caos que habrá mientras se decida quien será el próximo ministro? No es buena idea que ustedes tres anden por ahí solos, no señor, no lo es.

– De acuerdo, nos iremos, Hagrid, pero solo si Hermione viene con nosotros. No pensaras que sigue siendo seguro que tenga a Malfoy pisándole los talones todo el tiempo, ¿o sí?

Harry necesitó de todas sus fuerzas para detener a Ron, que no supo muy bien cómo reaccionar cuando Hagrid le contó que se habían desaparecido frente a sus narices.

–Tenemos que ir por ella ahora, ¡tenemos que ir por ella! ¡No me importa si el propio Vvv-, si Quien-ustedes-saben se atraviesa en mi camino! – Harry continuó agarrándolo con todas sus fuerzas. – ¿Por qué están tan calmados? ¡Es Malfoy! ¡¿Tú también, Ginny!? ¿Qué tal si todo ha sido una trampa desde el principio? ¡Hasta Dumbledore puede ser engañado! Dumbledore puede ser engañado, ¿verdad, Hagrid? ¡Diles!

– ¡Ya cállate! –Ginny dijo, fastidiada. –Suéltalo, Harry. Malfoy no le va a hacer nada, ¿quedó claro?

Ron volvió a manotear en el aire y Fangs empezó a ladrar. «Tranquilo, amigo, solo está un poco alterado». Hagrid le acarició el lomo, pero no fue suficiente porque el torpe Ronald parecía haber perdido los estribos y ahora gritaba todavía con más fuerza.

Además, ¿cómo habían logrado desaparecerse tan cerca del castillo? ¡Incluso él sabía que no era posible hacerlo!

Finalmente, Ginny se atrevió a decir la verdad:

– ¡A Draco le gusta Hermione! –Ron se calló. –Sí, le gusta, por eso te digo que no le hará nada.

El pelirrojo se giró en busca de Harry. Esperaba que se riera con él y le diera la razón sobre lo ridícula que estaba siendo su hermanita, pero no, Harry solo se rascó la cabeza.

–Lo siento, sé que suena muy estúpido, pero…

Pero nada, no quería oírlo. ¿Draco Malfoy enamorado de Hermione? ¿Se habían vuelto locos todos?

Entonces Ginny continuó explicando su disparatada teoría:

–No significa que a Hermione le guste. –dijo. –A ella le encanta ayudar a todo el mundo, como a ustedes. En especial a ustedes. –Enfatizó. –Estoy segura que Malfoy no lo sabe aún. Y si es tan idiota como tú, le tomará años percatarse. Puedes usar ese tiempo a tu favor.

No, no, no, no.

– ¿Sabes qué, Ginny? ¡Ni siquiera voy a pensar en nada de lo que acabas de decir! ¿Por qué mejor, si eres tan inteligente, no encuentras una manera de averiguar a donde fue Hermione?

– Lamento interrumpirlos pero Percy también está aquí. Regresen a la madriguera antes de que los encuentren, ¡no se metan en más problemas! Estoy seguro que Hermione está bien, ¡es Hermione después de todo!

–No iremos ninguna parte sin ella, Hagrid, mucho menos a la madriguera, ¡deja de insistirnos! Y ya me gustaría ver si Percy sería capaz de entregar a su propia familia. –berreó Ron. – ¿A dónde podría haber ido? Hermione no es tan tonta como nosotros, ¡piensen en algo inteligente!

Harry respondió casi se inmediato:

–A ninguna parte, no habría ido a ninguna parte. –explicó, recordando todas las veces en que Hermione había tomado la decisión sensata en lugar de seguir sus estúpidos planes que siempre terminaban mal. –Si el Ministerio intentara llevársela a cualquier parte, habría acudido a Dumbledore. ¿Hay alguien más confiable en este castillo que él? No, y Hermione lo sabe. Si se fueron de aquí, fue cosa de Malfoy, él nunca ha creído en el profesor.

Hagrid no estaba muy seguro, pero le dio la razón a Harry, cualquier cosa era mejor que tenerlos ahí con tres magos del Ministerio cerca.

–Conozco a mi Hermione, y puedo decir con seguridad que es exactamente lo que habría hecho. Malfoy, por otro lado, se parece mucho a ustedes dos: piensa con los pies.

Le tomó un rato pero, finalmente, Ginny creyó haber dado con la respuesta.

–Se fueron porque pensaron que venían por ellos. Tuvo que ser eso... Hermione no lo habría dejado irse solo, ¡ella nunca los dejó a ustedes! –La bruja corrió una de las cortinas y asomó la cabeza para cerciorarse de que no había nadie cerca de la cabaña y prosiguió, esperando que ya todos supieran que iba a sugerir. – ¿No es obvio? ¿Cuál es el último lugar donde esperarían encontrar a Malfoy? ¡Rodeado de muggles!

–Entonces dices que Hermione y Malfoy están en alguna parte del mundo muggle. –Ron dijo, inconforme. –¡Será tan fácil encontrarlos! ¿Cómo no lo pensé antes?

Para Ginny estaba claro que los Malfoy no trataban con muggles sino para lo necesario (y para burlarse), y aquello acortaba la lista de los lugares a donde podría haber ido de manera significativa: Londres y París.

–Una vez escuché a Pansy hablando de una bufanda de cachemir que Draco le trajo de París. –explicó. –No habrá ido hasta París solo para traerle una bufanda, Harry. –añadió, aunque no bastó para convencerlo de su segunda opción.

–Vamos, Ginny, pasé toda mi vida ignorando que existían sitios como Gringotts o el Caldero Chorreante en la ciudad, o algo como un autobús mágico. Que Draco frecuente París, no es garantía de que frecuente también la parte muggle. –Harry tuvo la sensación de que debían sonar muy estúpidos en ese momento.

–Porque fueron diseñados precisamente para eso. En cambio, la mayoría de los magos que ignoran por completo su mundo, lo hacen por elección propia. No todos encuentran la vida sin magia tan interesante como papá.

Ron aprovechó para recordarles que no tenían autos voladores y que sus pinturas eran muy aburridas.

–Bien, Londres y París. ¿Tienes alguna idea de cómo podríamos dar con ellos más rápido, Hagrid? Hermione es la de los encantamientos, y la verdad es que, a menos que Ginny o Ron tengan algo más que aportar, no se me ocurre nada.

Afortunadamente, Hagird sí tenía algo en mente, un regalo para ser más exacto. Se sacó de uno de los bolsillos un juego de llaves diminutas y le pidió a Ginny abrir un cofre de madera que llevaba grabado la imagen de un dragón.

Con más cuidado del habitual, Hagrid retiró el frasco de poción del interior. Los ojos de Ron brillaron, mientras que Harry no dejaba de preguntarse cómo su amigo habría obtenido el frasco de felix felicis.

–Digamos que su profesor de Pociones no ha tenido que ir muy lejos para conseguir más de un ingrediente para sus clases. –dijo muy bajito. Ginny expresó que era la primera vez que veía un frasco tan grande. –Bueno, no soy tan pequeño como ustedes, necesito un poco más de suerte que el promedio. Adelante, tomen la mitad y encuentren a esos dos cuanto antes.

Ron no estaba seguro del porqué, pero Harry y Ginny decidieron que debía ser él quien bebiera la poción.

No sintió nada fuera de lo común pero, después de dejar Hogwarts y enviar un mensaje tan encriptado que parecía obra de la propia Hermione a la madriguera, una serie de de eventos aleatorios los llevó a Londres.

Primero fue Molly que, histérica después de recibir la carta en la que Ronald explicaba que había decidido ir a investigar sobre la fuga en Azkaban con ayuda de Harry y Ginny, decidió utilizar un hechizo localizador para encontrarlos y llevarlos de vuelta a casa.

Como era de esperarse, siendo Hermione quien se encargaba de los hechizos, como el que necesitaban para despistar a Molly, la bruja dio con ellos fácilmente, y así fue como fueron a parar a un viejo callejón en Tottenham Hale.

–¿Dices que ese tren extraño se llama metro?–Ron preguntó.

Harry asintió, preocupado. Ni siquiera él había estado en esa parte de la ciudad, ni mucho menos en ese lugar.

Un callejón que era en realidad la entrada al patio interior de un edificio abandonado.

Lumos». La luz de su varita iluminó las planchas de cartón y las mantas raídas que estaban esparcidas por todas partes.

–No tenía idea de que los muggles vivieran así. –Ginny se acongojó.

–Pues hay cosas peores que crecer con los Dursley. –afirmó Harry, que no terminaba de imaginarse porqué Draco o Hermione decidirían aparecerse en un sitio como ese.

Ron pensó que la próxima vez que sus padres le compraran un suéter de segunda mano, lo aceptaría sin chistar.

Continuaron caminando entre adoquines quebrados y basura hasta que, como cosa de suerte, Ron resbaló con un emparedado a medio comer. Harry le iluminó los pies y, por lo delicada de lo situación, hizo lo posible para no reírse.

–Al menos no venía descalzo. –dijo de mal humor, y como ya ninguno conversaba ni se reía, descubrieron que algo iba terriblemente mal.

–¿Hace cuanto dejamos de escuchar los autos? –preguntó Harry, y la luz de su varita se desvaneció. –¿Qué creen que sean sean, dementores o mortífagos?

Ron le aseguró que, con la suerte que tenían, probablemente ambos.

Ginny sacó su varita y se apuntó a sí misma. En seguida sintió que la mente se le despejaba, y el edificio abandonado cobró vida poco a poco. Voces, gritos y...

–Ginny, no mires. –pidió Harry, al ver el cuerpo de la mujer harapienta tendido varios metros más adelante. Estaba seguro de que le habían sacado las uñas, porque los dedos todavía le sangraban.

Harry se preguntó cuánto tiempo llevarían atontados por el hechizo que cubría el viejo edificio.

Ron apretó los labios:

–No van a creer lo que estoy a punto de sugerir... –Ginny y Harry lo miraron, esperanzados en que el efecto de la poción no se hubiera terminado sin que se dieran cuenta –Creo que debemos separarnos.

Poco convencidos (especialmente Harry), cada uno tomó su camino.

Ron fue el único que no sacó su varita, por lo que dedujo que no sería él quien se toparía con el enemigo.

Y así fue.

Un destello de luz se alzó en el cielo y Ron supo de inmediato que provenía de la varita de Harry.

Corrió con todas sus esfuerzas en la oscuridad, hasta que se dio de narices contra una pared y cayó de espaldas con el tabique roto. ¿Eso era todo? ¿Ya se había terminado su suerte?

Pensó tanto en Hermione que sintió que la cabeza le estallaba. ¿Y si era demasiado tarde? ¿Y si la estúpida poción no había resultado y estaban en el lugar equivocado?

Al menos Malfoy la cuidará... Se obligó a pensar, pero no se sintió mejor.

Recordó aquella vez que sorprendió a Ginny con las manos pegadas en la espalda desnuda de Harry. Por supuesto, no es que la espiara ni mucho menos, por el contrario, había aprendido que entre menos supiera de las actividades extracurriculares de su hermanita, era mejor. De todas maneras, ¿podía eso suceder entre ellos dos? Suponiendo, claro, que eso había sucedido entre Harry y su hermana.

Hermione, que se había enterado por él (ya que no podía contárselo a Fred o George porque no estaba seguro de cuál sería su reacción), muy nerviosa, le sugirió no volver a hablar del tema bajo ninguna circunstancia. ¿Significaba su reacción que ella nunca-?

– ¡Déjala en paz!

Ron escuchó a los lejos la voz de Harry y corrió dándose de tropezones en su dirección, sin poder decidir hacía donde apuntar su varita.

La figura del dementor se dibujó como una sombra frente a él y también la del mortífago que apretaba peligrosamente el cuello de Ginny.

– ¡Desmaius! –Ron apuntó al mago firmemente y el hombre cayó al suelo haciendo un ruido seco.

Ginny se llevó las manos al cuello, aliviada, y recuperó su varita del charco a donde había ido a parar después de ser desarmada: –¡Expecto Patronus!

El caballo de luz cabalgó en dirección a Ron, que a penas alcanzó a ver al dementor desvanecerse entre la oscuridad. ¿Qué tan cerca había estado de recibir el beso de la muerta?

–Había sangre por todas partes –Harry intervino–, el otro mortífago fue tras ellos... ¡Eran ellos, Ron, estoy seguro, eran ellos!


Ron no quiso recordar nada más así que se dedicó a cambiar las vendas de Malfoy en silencio.

–Ni se te ocurra darme las gracias. –Apuró a decir, aunque Draco nunca se mostró interesado en hacerlo.

El resto de la noche transcurrió en calma. Harry y Ron hicieron guardia en el recibidor de los Granger varias horas, aunque la verdad es que ninguno de los dos podía dormir.

–Hermione dice que logró borrar la memoria del mortifago que los atacó. –Harry hizo una pausa. –Pero Malfoy cree que en cuanto llegue con Voldemort – ¡No digas su nombre! –..., con Quien-tu-sabes, usará la legeremancia y descubrirá todo.

Ron suspiró con resignación. Como fuera, aún si Hermione y Malfoy no se hubieran topado con esos mortífagos, lo habrían hecho con otros. Nada había cambiado. ¿Cuantas veces habían intentado matarlos? En el Torneo de los Tres Magos, en el Departamento de Misterio, en la Camara de los Secretos...

–Debe haber una razón por la que huyó con Hermione, Harry, aunque ella no quiera decirnos.

–Tal vez no nos ha dicho porque no lo sabe, Ron. No es que de la noche a la mañana se hayan vuelto...

– ¿Íntimos?

Harry lo miró enseguida.

– ¿Qué? ¡No, quería decir mejores amigos! ¿Cómo, cómo... podría yo saber eso?

Ron sintió un calor que le trepó desde lo más profundo del estómago hasta la cabeza. Miro a Harry a los ojos, avergonzado, y Harry lo miró de vuelta, sin terminar de creer que estaban a punto de tener esa conversación.

De nuevo, Ron fue quien se apresuró a hablar primero, nervioso y con las manos sudorosas como si en vez de su mejor amigo, tuviera en frente a la propia Hermione.

–Ginny y tú...

– ¿Ginny y yo qué?

El pelirrojo se rascó la cabeza.

–Ya sabes, si Ginny y tú han... –Harry se dio la media vuelta y no lo dejó terminar.

Ron insistió, y aprovechó la ocasión para hacerle saber, no solo que se alegraba de que fuera él, sino que tampoco le había comentado a nadie sobre el incidente en el salón de menesteres.

– ¡Bien!¡No, Ginny y yo no... hemos llegado tan lejos! ¿Es lo que querías saber? Porque no veo como esto tiene algo que ver con Hermione y Malfoy, ¿sabes? –Ron fingió que su amigo no era tan estúpido, y Harry comprendió enseguida. –Si Hermione te escuchara...

–Pero no lo está haciendo. Vamos, Harry, Krum era mayor, ¿no? ¿Crees que se conformó con tomarla de la mano y darle besos de pajarito? Fred y George dicen...

Harry hizo una seña con las manos y Ron se tapo la boca con una de las manos, dejando a la imaginación los consejos de sus dos hermanos.

La chimenea de los Granger alargó la sombra de Hermione que bajaba por las escaleras, con la varita en una mano y su bolsita de cuentas en la otra.

Ron creyó que incluso en camisón Hermione se veía muy hermosa. ¡Incluso más que Lavender cuando se ondulaba el pelo y se maquillaba los cachetes!

– ¿Cómo te sientes? –Hermione le apartó el cabello de la frente para revisarle otro corte que se había ganado huyendo de los mortífagos.

Habían decidido no emplear ningún tipo de magia para curarlo. No sabían si necesitarían otro frasco de esencia de dictamo más adelante, cuando los atacaran de nuevo.

Draco no contestó.

–Al menos dime si los conocías.

–No insistas más, Granger…

Hermione ocupó el asiento vacío del sofá, para disgusto de Ron que veía desde lejos. Draco, sin embargo, no se inmutó en mirarla.

–Hubiera sucedido de todas formas… ¿Lo sabes, verdad? Pudo ser Ginny…, pudo ser Ron. Cualquiera que sirva para llegar a Harry está en peligro. Yo lo he aceptado, todos los que estamos de su lado lo hemos aceptado. –Harry deseó no haberla escuchado decir eso.

–Esto no se trata de Potter. –repitió. –Si mis padres tuvieran opción, no estarían detrás de un mago que ni siquiera tiene idea de cómo o porqué está vivo… –Draco se miró la herida de la pierna. –Esos mortífagos no iban usarte para llegar a Potter, Granger, iban a matarte porque eres una sangre sucia.

Ron sintió que la sangre le hervía. Ya no quería escuchar detrás de las paredes, solo le provocaba darle un puñetazo en la nariz a Malfoy para que no volviera a mencionar algo así en la cara de Hermione otra vez.

–Espera, Ron. –Aunque Harry se sentía igual, no lo dejó intervenir. –¿Y si lo que dice es cierto? –Ronald insistió en que solo era otra sucia trampa de Malfoy.

–No todos están en deuda como mis padres –Draco hizo una mueca. – …, o como yo. No creo que los sangre sucia deban tener acceso a la magia, Granger, no importa que sean tan prodigiosos como tú… –Harry sostuvo a Ron del brazo con fuerza. –No pongas esa cara, eso ya lo sabías.

– ¿Entonces piensas que todos los hijos de no magos merecemos que nos torturen hasta matarnos?

–No…, no creo que nadie merezca ser torturado hasta la muerte. –Pero Hermione ya no estuvo segura de lo que decía. – ¿Crees que quiero matar, Granger? ¿Crees… que puedo matar?

Harry creyó que la de Draco no era una simple pregunta retórica. Si llegara la oportunidad, ¿Draco Malfoy sería capaz de matar? Siempre había imaginado que sí, porque era el hijo de mortífago, porque estaba en Slytherin, porque creía que los sangre sucia y los mestizos no debían practicar ninguna clase de magia, porque siempre había sospechado que estaba de parte de Lord Voldemort, porque no le agradaba...

– ¡Te salvé de un maldito mortífago! Te salvé a pesar de lo que eres… Si no soy capaz de matar a lo que más odio, ¿entonces cómo podría…?

A pesar de que los ojos de Malfoy se llenaron de lágrimas, Ron no sintió lástima, solo el profundo desprecio de siempre. Harry, sin embargo, supo que estaban a punto de descubrir un importante secreto.

– ¿Entonces por qué no has dicho nada desde que llegamos aquí?

Draco le entregó su varita como si estuviera renunciando a algo muy importante.

–Porque la próxima vez, cuando tenga que elegir, no me importará sacrificarte para que me devuelva a mi madre, Granger. –Draco se remangó la camisa y le enseñó su brazo impoluto. –El Señor Tenebroso me encomendó una misión importante, pero Él y yo sabemos que no soy capaz de matar. Él sabe que nunca llevaré su marca en mi brazo.

Continuará...

De antemano, quiero darle las gracias a todos los que han seguido leyéndome a pesar de mis actualizaciones tan poco constantes. Este capítulo es muy especial para mi porque lo he escrito estando en Londres, TODO desde mi tablet, por lo que me parece que también debo disculparme por las faltas ortográficas que encuentren en el camino. Creí que sería especial subirlo estando aquí como una memoria extra de mis vacaciones, y no cuando regresara a casa.

En fin, después de haber conocido gente fantástica gracias a un taxista que me dejó en el lugar equivocado cuando intentaba llegar al London Eye, me pareció que no era necesario que Ron le diera un uso tan heroico a su sorbo de felix felicis. A veces las cosas salen bien sin mucho esfuerzo o sin planearlas.

Me encantaría leerlos y saber que les parece el rumbo que va tomando esta historia. Reconozco que ha sido un capítulo muy enredado, pero les aseguro que en la segunda parte aclararé mucho de lo que acaban de leer.

Me despido con la promesa de no tardar otro año en subir el siguiente.

Nos leemos.