«—(…) ¿No comprende el daño que ha hecho?

Lo comprende —dijo Mennis—. Nos lo advirtió, Tepper. Vino a crear problemas.

Pero ¿por qué?

Porque sabía que nunca nos rebelaríamos por nuestra cuenta, así que no nos ha dejado otra salida.»

Nacidos de la Bruma I: El Imperio Final de Brandon Sanderson


7. Origen


I

Atlanta, . 2012.

—Tiene una capacidad pulmonar envidiable —dando más una queja que un halago, Higashino masajeó su sien, la presionó y, pese a la distancia entre él y J. Otsuka, los alaridos de la vidente principal de la CIP rehusaban a desvanecerse de sus tímpanos.

—A mí lo que me sorprende es que Murakami no este sordo de tanto escucharla —convino Mull permitiendo que pasara por delante, hacia las escaleras que conducían del piso reservado para sus "invitados especiales" al área común de la naciente yakuza.

—Bueno —cambió el tema el recién nombrado padre, estirando los brazos y cruzándolos en su nuca. La acción descubrió sus muñecas marcadas. Al notarlas descobijadas regresó los brazos al frente, bajando las mangas con un disimulo que no pasó inadvertido para Mull, demasiado atento en su persona, el porqué de su atención era evidente y lamentaba no corresponderlo. El amor, más allá del odio, ya no tenía cabida en su presente o futuro—… ¿tenemos su predicción?

Mull asintió.

—Fue complicado con sus gritos, pero la tenemos. Si estuviera de nuestro lado por voluntad, su habilidad sería una de las mejores armas de la 893 —reconoció.

—Un lector del destino, en cualquiera de sus variantes, lo es —Higashino encausó a la sala de estar, y de ahí al mini-bar. Pasó de la selección de vinos de importación, eligiendo una hosca botella de sake común. Se sirvió en una taza—. En particular la habilidad de Otsuka es única.

La interrogante en el alegre rostro de a quien consideraba un amigo, siendo que este se movía y etiquetaba en el papel de seguidor, le dio a entender que debía explicarse. Apuró un trago, dejando la taza en la barra de caoba.

—La habilidad de Otsuka, según el archivo que sustrajo Miyabe al traicionar a la Interpol, abarca la visión de las distintas posibilidades entorno a un suceso, las más probables y favorecedoras, y da los pasos a seguirse para conseguir uno u otro.

Buddha in the Attic —nombró Mull con un tono de respeto que encubrió una súplica.

—Buda —separó Higashino en una negativa a la conmiseración que Mull pedía—… podríamos considerar que Otsuka es el punto de partida del bumerán kármico que pretendo regresarle a Hobb y a la Port Mafia.

Hizo un gesto para ordenar a Mull que permaneciera en su sitio. Necesitaba estar a solas un rato, pensar, planear.

1991, en ese año comenzó su conversión al despreciable ser que secuestraba y torturaba a una inocente por dañar a alguien, por obtener información y trazar un sinuoso y penoso camino de venganza. Sentado en el patio trasero, oculto en la noche, forzaba a los rastros de bondad que le quedaban del ayer, a dar sus alientos finales, a perecer con la esperanza y el amor.

Se detestaba por destruir a una mujer con una habilidad formidable y un futuro brillante, mas no se arrepentía. Ciertamente, como Mull pensaba, podía convencerla de unírseles, manipularla como hizo con Miyabe o Murakami, como hacía con cada uno de los que sumaba a su causa, pero no, por muy útil que fuera Otsuka y tentadora que resultara la idea de la compasión, su prioridad era arrebatarle a Hobb la tranquilidad.

Destruir a Otsuka, hundirla en la mierda y la locura, sería el aperitivo en su vendetta, el anuncio de que cada involucrado en su desgracia pagaría con sangre, con el alma.


II

Yokohama, Japón. Presente.

—Hola —saluda con una aparente seguridad que oculta timidez y curiosidad por el recién llegado, un niño de doce años, como él—. ¿Te sientes mal? —busca un tema al azar que aligere la nube aprensiva que el nuevo lleva a rastras consigo, y que se ha estancado, junto con él, en las escaleras de la mansión de la Port Mafia.

No hay una respuesta. Que falta de educación, piensa, recordando las lecciones sobre modales impartidas por Ozaki Kouyou.

—¿Eres mudo?, ¿te comió la lengua un ratón? —insiste, esta vez sin tambaleos, con un toque arisco provocado por el silencio de quien, sentado en uno de los peldaño, ni siquiera voltea a verlo.

Sigue sin haber respuesta. La corta mecha de su personalidad se va encendiendo. Quería ser amable y se acercó con las mejores intenciones al niño de cabello café cubierto de vendas, que el Dr. Mori trajo el día anterior. "Será el nuevo miembro de la familia", anunció a los presentes, tras obtener la autorización del jefe. Que alegre se había sentido Chuuya al pensar que no estaría solo, que tendría compañía en ese enorme y gélido edificio de mafiosos. Y vaya decepción se estaba llevando.

Chasqueó la lengua ladeando la mirada con la altanería de un infante. Si el nuevo tenía un problema para ser educado, él no estaba obligado a portarse bien, dijera lo que dijera Ozaki-neesan.

—Dazai Osamu —así lo llamó el médico—. Te encaja mejor Dazai Osamudo —insultó enseñando la lengua, dando media vuelta y echando a andar a la biblioteca. Se encerraría a leer un viejo libro que encontró ("The Symbolist Movement in Literature"), y se olvidaría de aquel tarado.

Estaba por desaparecer en el pasillo cuando lo sujetaron de la muñeca.

—Espeluznante…

No reconoció la voz, pues no lo había escuchado hablar, mas supo por lógica que se trababa de Dazai. Eso, aunado al calificativo, ameritó una explosión de molestia de su parte.

Giró airado, dispuesto a defenderse del agravio. No lo hizo.

Iluminado por la luz de los candelabros, de cerca, notó que la indiferencia que creyó percibir el día anterior en su semblante, era más bien una ausencia dolorosa, autoimpuesta, de emociones que eximían de características propias a su semblante. Ofrecía la impresión lúgubre de que estaba muriendo. Era… (1)

—Espeluznante —repitió Dazai.

Chuuya comprendió entonces que no se lo decía a él, sino que se refería a sí mismo.

—¿No te parezco espeluznante?

—¿Por qué lo harías? —frunció el ceño.

—Por qué lo soy.

En esos ojos carentes de cualquier brillo encontró un diminuto destello, un llanto comprimido. Eran parecidos. Ellos. Sobrantes. Despojos de la sociedad desechados peor que perros. Carroña para alimentar a las bestias del bajo mundo. Basura, así lo había llamado su madre cuando se cansó de él y lo vendió a la Port Mafia. Espeluznante, había sido el puñal que ocuparon para deshacerse de Dazai.

Movió los labios para hablar, para decir algo bueno. Su pequeño y gran orgullo interfirió y chasqueó la lengua soltando su muñeca.

—¡Un tonto!, eso pareces. No espeluznante. Sólo un tonto con cara de tonto que debería estar agradecido por tener un techo, y alguien que le dirija la palabra.

Por el rabillo del ojo aguardó la reacción del contrario. Esperó obtener una nimiedad, incluso un desaire. Lo que consiguió fue el inicio del fin.

Una sonrisa suave que mutó en risa.

Una amistad infantil que se convirtió en amor.

Un amor que se hizo sentencia.

Un recuerdo que un gato enmarañaba alrededor de su cuello para asfixiar su corazón, su razón, empujándolo a la desesperación.

Un recuerdo que lo hizo ahogarse en la añoranza, en el origen de los latidos acelerados y los besos.

Un recuerdo que Murakami no contempló. El octavo nudo.


III

Narita, Japón.

—¿Crees que hago lo correcto?

Yosano suspiró observando por la ventana del cuarto de hotel el paisaje que Narita ofrecía, con el sol revoloteando en la tercera hora tras el mediodía, sin yakuzas, mafiosos o agentes involucrando en sus conflictos a miles de inocentes; reteniéndolos en una paz obligada.

—¿Crees que haces lo correcto?

El detective infló las mejillas, sentado en la cama.

—Por eso te estoy preguntando, porque no estoy seguro —admitió a disgusto—. Como mi mejor amiga deberías decirme.

—No quieres que te diga —lo corrigió yendo a su lado—. Lo que quieres es que ayude a tu ego a sentirse mejor.

—¡Eso no es verdad! —repeló de inmediato.

—Higashino…

—¡Esta bien! —apuntó la vista a sus rodillas, presionando los puños encima—, es verdad.

—Hacer lo correcto no es lo importante. Lo importante es hacer lo mejor para todos, y en este caso lo has hecho, Rampo —le reconoció.

Fukuzawa entró en la habitación.

Estirando los brazos Yosano comprendiendo que esa era su señal para irse, no porque el par de tortolos lo pidiera, sino porque ella necesitaba unos tragos, y se despidió.

Rumbo al bar del hotel, en el elevador, trató de no pensar en Rampo y lo difícil que fue para él no ceder a sus impulsos. Apretó los puños luchando contra sus instintos y deseos. Conocer el futuro era un infierno. Saber lo que pasaría y lo frágil que era el destino como para trozarse con la mejor de sus intenciones; una tortura. Casi lamentaba haber escuchado la explicación del director, y ser amiga de la persona por la que Atsushi y Dazai serían movidos cual pizas de ajedrez.

Esa noche en que un encuentro predestinado llegaría a su conclusión, brindaría para nublar su mente y olvidar las cosas que sabía. Brindaría, porque en el libreto de esa noche, conociendo o no las tramas que urden al mundo y sus camino, su rol era ese. Era lo correcto, y era lo mejor.


IV

Yokohama. 10:40 pm.

No vayas, Patrick.

—Tengo que hacerlo —contrarió a la voz en su cabeza, moviéndose entre la multitud que atestaba las escaleras que ascendían al amplio corredor de la estación Kannai, yendo contra marea.

A esas horas Yokohama se vaciaba de un tercio de su población diurna, y los pasajeros peleaban cortésmente, no por un asiento, sino por un centímetro en el que apretujarse para el recorrido de vuelta a casa, tras un duro día de trabajo, olvidándose del concepto de espacio personal.

No lo hagas, por favor —imploró Hobb—. Si vas, Higashino no se medirá. Él ya no pelea por cumplir un destino o acabar con la CIP, ¡está tirando a matar!

—Y nosotros debemos hacer lo mismo — replicó con seguridad y un nudo en la garganta, bordeando un grupo de adolescentes cerca de la salida—, Margaret.

Cada letra de su nombre real forzó a la directora a sosegarse, a darle la razón.

Supongo que no puedo protegerlos por siempre.

Rothfuss se tapó el rostro simulando una tos, pese a las miradas llenas de reproche que le dedicaron algunos por la ausencia del cubrebocas.

—No tendrías que hacerlo. Somos agentes, por más que nos consideremos familia. Es normal que cosas como estás pasen al manipular el destino.

Aun así, no quisiera que fueras. Si en verdad deseas conocer a Atsushi, puedes hacerlo en otro momento.

—Este es el momento. Si no lo hago, tal vez no haya un después para nadie —el aire fresco de Yokohama lo abrazó, y de pie, bajo uno de los árboles que adornaban la acera, vio al chico, somnoliento y bostezando con pocas ganas de estar ahí pero muy comprometido con su deber.

Sonrió.

—¿Vive una buena vida?

Tendrás que preguntárselo —respondió Hobb, resignada y con una pizca de alegría por el reencuentro.

—Eso haré.

El agente cerró su mente, yendo hacia Atsushi Nakajima.

—Midori.

El repentino comentario sin presentación previa le valió una mirada cargada de confusión y desconfianza.

—En Midori hay un buen restaurante que me gustaría visitar —se explicó.

En la trama natural del destino no habría sido su primer encuentro, sino el tercero, después de solicitar el apoyo de la agencia y conducirlos a la infiltración en la Port Mafia, al rescate de Sanderson que había quedado atrapado en su habilidad. Rothfuss habría dudado varias veces en hablar con Atsushi para conocerlo, y la tercera vez, sería la vencida, una cena ajena a los monstruos que extendían las garras entorno al cuello de Japón para estrangularlo.

Sin un por qué real que justificara el compartir trayecto, Rothfuss aprovecharía los minutos que le quedaban para hablar, preguntar y saber que valió la pena el nudo en su hilo rojo, y así, sin remordimientos, enfrentarse con lo inevitable al convertirse en uno de los sucesos determinantes del futuro que Hobb y Higashino eligieron.


V

Narita

Besó la frente de Rampo, acurrucado en su pecho. Recorrió con la yema de los dedos la línea de su espalda, de la nuca a los glúteos, de la cintura a los omoplatos. El mejor detective Japón suspiró en sueños removiéndose en sus brazos, balbuceando sobre dulces, entrelazando sus piernas para asegurarse de que no se iría, de que era suyo. Fukuzawa sonrió, una expresión breve y privada, aspirando el aroma dulce que emanaba de la piel cálida y cubierta de sus caricias, de sus besos.

Rampo era tan transparente en sus celos, pese a la madurez con la que había tomado la difícil decisión de quedarse ahí, en Narita.

Dibujó círculos en su espalda, cariñoso y atento, rumiando respecto al plan de Hobb. El reloj colgado en la pared a su derecha marcaba cada vez menos para que el destino tirara de sus hilos, contrajera el tejido, y diera forma a uno de los tantos futuros posibles convirtiéndolo en presente. Un futuro que sería triunfo y derrota, aunque aún faltaba determinar para quiénes.

Sujetando el borde de la colcha, la subió, cubriendo la desnudes de ambos con la que se refugiaron de la impotencia y la frustración. No era lo suficientemente hipócrita para mentirse y fingir que el sacrificio que hacía, disponiendo de Atsushi y Dazai a voluntad de Hobb, era por el bien común. No. La verdad era egoísta, y estaba ahí, con él.

En el pasado había permitido que la razón guiara sus acciones, y eso no consiguió más que pesar. Esta vez, dejaría que el corazón decidiera. Protegería a Rampo, la Agencia que creó para verlo florecer, y cuanto amaba. Luego lidiaría con los arrepentimientos, que serían menos de los que alguna vez tuvo —y aún tenía— con Higashino.

El detective despertó y alcanzó su mejilla reconociendo su preocupación. No hubo diálogos, no hubo sino un mudo acompañamiento que se patinó a un beso. Rampo se colocó encima de sus caderas, con las rodillas a los costados hundidas en el colchón, y las manos apoyadas en su torso, invitándolo a hacer lo único que les queda hasta el alba: amarse.


VI

Yokohama

Estornudó dos veces. El aire fresco en esa parte de Yokohama soplaba en su espalda, y él, torpemente, apenas si vestía con un modesto cambio de ropa. Una decisión que excluyó los reportes del clima, por causa del sueño que tenía que ignorar por cumplir con su deber. Volvió a estornudar, y un pañuelo le fue ofrecido por P. Rothfuss, el gigante robusto que sobresalía en la multitud.

—Estoy bien, gracias —negó, pasando una mano por la nuca, incomodo por el exceso de atención, en la ausencia de conversación y el sobrante de miradas, del que se sentía objeto por parte del agente. No era desagradable, había que aclarar, pero sí más de lo esperado—. El restaurante queda por aquí, ¿cierto?

Rothfuss dio un vistazo a su entorno entrecerrando los ojos y asintió. Según le había comentado, hacía mucho que estuvo en Yokohama, por lo que le costaba ubicarse.

Que extraño, pensó, rememorando el recado que lo condujo a fungir de guía, entregado por Hunter al acudir a su habitación, con la supuesta autorización de Kunikida y Dazai. El agente parecía haber tomado el vuelo de improvisto desde ., no traía equipaje, ni se mostraba especialmente preocupado por la reunión que tendría tras la cena con el resto del equipo de la CIP y la Agencia. Estaba total y absurdamente absorto en su andar por Midori, como si nada más importara o valiera la pena.

—¿Cuál es tu comida favorita? —preguntó Rothfuss tras una larga duda que se dibujó en su rostro bonachón.

Con una pizca de recelo alargó la pausa en su plática casual, refugiándose en los hombros en alto, acostumbrado a la gracia que causaba el platillo.

Chazuke.

—¿El que se hace con los sobrantes y ciruela encurtida?

Asintió.

—Creo que a donde vamos podría pedirlo —dijo para sí el agente, mostrando verdadero interés en la comida preferida de un chico al que apenas si conocía.

Vaya que Dazai-san tenía razón, advirtió, todos aquellos dotados con poderes sobrenaturales eran… extraños.

—¿Y qué más te…?

Brave Story.

La voz vino de detrás, secundada por el sonido de un lanza perforando la espalda y las entrañas de Rothfuss, que cayó al suelo, siendo naciente de un charco de sangre que se desperdigó por la acera espantando a los transeúntes que gritaban, abriendo un espacio en el que Atsushi se giró encontrándose con Miyabe.

La yakuza juntó las manos en un gesto de agradecimiento.

—Ha sido maravilloso pelear contigo. Afortunadamente —tronó los dedos y varias espadas se lanzaron en su contra—… esto acaba aquí.

A esa distancia le fue imposible esquivarlas, y terminó con los brazos y las piernas perforadas y sujetas contra la pared, en una excelente vista del agente herido.

Atsushi transformó sus extremidades en las del tigre. Miyabe volvió a tronar los dedos y una nube de lanzas y espadas, de distintos países y tiempos, arremetieron, reteniéndolo y pintando de rojo el suelo, acompañado de desgarradores gritos y ramalazos punzantes.

—Me han dicho que una de las propiedades del tigre es la regeneración —la yakuza desclavó una cimitarra de su pierna, recorriendo el revés curvo y sin filo de la hoja con el índice—. Y por lo visto —señaló con la punta los sitios recuperados donde lo hirió durante su pelea en la madrugada— es muy rápida.

Alzó en ristre el arma.

—¿Crees que sea lo suficiente para que sobrevivas si se te corto la cabeza?

Tras las emboscadas anteriores debió imaginar que algo así ocurriría, estar a atento a su alrededor. Un reproche fugaz y tardío para el fin que se precipitaba sobre su cuello, con el silbido del sable trazando una curva descendente en la bruma de dolor que evitaba que pensara en huir.

The Kingkiller Chronicle —balbuceó entre borbotones de sangre Rothfuss, dirigiendo la diestra en línea diagonal a Miyabe. Con un alarido de su parte la temperatura del área descendió abruptamente, y de la palma de su mano brotó una furiosa lengua de fuego que la hizo retroceder de un salto.

Colocándose penosamente en pie, el agente tosió, escurriéndole por las comisuras de los labios ríos de sangre que se confundía con su barba. Apuntó a Atsushi con los dedos hacia el piso, cerró el puño, y este sintió que el aire le era arrebatado de los pulmones, y en la misma acción las lanzas y espadas se desclavaron, atraídas por un vórtice invisible que incluso lo proyectó sobre un auto.

—Lo siento —debido a sus heridas era obvio que no alcanzaba a medir la intensidad de su habilidad.

Tambaleante, Atsushi bajó del auto y se apresuró a recibir el peso del hombretón con un brazo sobre sus hombros.

—Todo está bien —cayó de rodillas, debilitado por el propio daño—. Tenemos que llamar a Yosano-san. Ella puede curarlo —sacó su celular del bolsillo, olvidando que perdieron contacto con el resto de la Agencia, e intentó marcar. Sus dedos, empapados de granita líquido, resbalaron en las teclas cubriendo los números.

El agobio de ver a la muerte a la cara lo dominó, trayendo a su mente cuando Tanizaki y Naomi fueron heridos de gravedad por Akutagawa. Desde entonces cada día, cada misión, significó un riesgo constante, pero quizás se enfrentó a los peligros con la certeza de que contaba con la Agencia, de que Yosano estaría ahí para curar a sus amigos, y de que él no necesitaba más que aguardar a que sus heridas sanaran. Tal vez había dependido demasiado de eso, y en una situación inesperada, sin Yosano, sin nadie, el miedo volvía en el estado puro en que lo experimentó la primera vez.

Miedo a la muerte.

Conmoción.


VII

El encargo con la policía local de Midori se alargó. La saña con que fue perpetrado el asesinato por parte de la 893, desató tal oleada de terror e indignación en el público, que el detective a cargo había sido particularmente quisquilloso con los detalles de la información que la Port Mafia proporcionó. No los culpaba, el caso resonaría en el ambiente internacional no sólo por los bajos índices de homicidios del país, sino por la revelación de una organización delictiva sobrenatural al nivel de la Port Mafia, y les urgía contar con la mayor cantidad de datos posibles. Si algo le molestó de lo ocurrido, fue que pese a ver el miedo reflejado en sus ojos por estar frente a él, la yakuza, en un día, había conseguido darles el coraje para recibirlo en pos de un mal que consideraban peor.

Aunque tenía que agradecer que la tarea despejó su mente de cierto… estorbo.

Iría directo a casa, se daría una ducha, y tal vez cenaría con Gin si es que Higuchi no la acaparaba como estaba haciendo desde hacía unos días. Gin lucía feliz con ella, pese a la diferencia de edades, por lo que esperaba que no tuviera que preocuparse más de lo necesario. Si su hermana era feliz, él lo sería.

Caminó de regreso por donde vino. Escuchó gritos del lado contrario, y enseguida varios impactos. La sensación aprensiva en su meñique regresó, estrangulando y halando en esa dirección, apagando su racionalidad.

Corre, le decía una voz en su interior, ¡apresúrate!

Yendo a contracorriente de un alud aterrorizado, Akutagawa hizo un esfuerzo por mantener el paso. Volvió a escuchar impactos, y al ver una explosión rojiza usó a Rashomon para impulsarse fuera de la histérica marabunta humana, clavando garras en los edificios cercanos, aterrizando a unos metros del epicentro del desastre.

Ahí lo vio, arrodillado con un desconocido moribundo, intentando usar su celular en medio de una batalla en la que su contrincante, una mujer dotada con una habilidad que la rodeaba de decenas de lanzas y espadas, tomaba ventaja de su pesadumbre, acercándose.

La mujer apuntó con el índice y el medio a Atsushi y el hombre. Su escolta de metal y filo se preparó reculando para tomar vuelo y precipitarse a la orden de su ama.

Instigado por el hilo en su meñique se arrojó a la batalla. Rashomon engulló el espacio y anuló el ataque al interponerse. Sin pensarlo, sin siquiera analizarlo, rendido al deseo de proteger a Atsushi, contraatacó.

¡Rashomon: Murakumo!

La bestia negra rodeó su brazo formando un apéndice alargado, de sus dedos hasta atravesar el pecho de la mujer.


VIII

—Miyabe ha muerto.

La noticia se propagó en eco por la habitación como una amarga sombra, interrumpida por el levantar de Yoshimoto. Al cerrarse la puerta tras la joven yakuza, Mull recogió el celular de la mesa de centro, alrededor de la cual esperaron el resultado del combate, apagando el altavoz y dando indicaciones a Katayama de volver a la base.

—Akutagawa, de la Port Mafia, intervino.

Tirando el puño contra el recargabrazos, Higashino dio muestra de emociones, de rabia y frustración.

—¡Esto no debía pasar! —estalló. Justo para eso había impedido que Yoshimoto fuera, obstaculizando su mandato inicial.

Enviar al dueto habría suprimido el elemento sorpresa. reduciendo a noventa y siete por ciento las posibilidades de vencer. Ese tres por ciento de incertidumbre disminuía a la mitad prescindiendo de Yoshimoto.

Akutagawa. Hobb apostó por él, a tirar de su destino para cumplir con el minúsculo porcentaje que evitó que asesinara al tigre también.

—Cierto es que no era el escenario ideal, pero era uno de los posibles, y Hobb logró que se diera.

—¡Su maldita tejedora!

—¿Qué hacemos ahora, padre?

Mordiendo la yema del pulgar, Higashino sopesó las opciones.

—Lo único que nos queda —le dedicó una mirada penetrante—. Empieza con los preparativos. Si Hobb aceptó sacrificar a Rothfuss permitiendo que viniera a Japón, y movió al perro de la Port Mafia para proteger al tigre, entonces enviará a Dazai por él, por Nakahara —sus labios temblaron de desprecio—. Tenemos que adelantarnos —se colocó en pie—. Ellos tienen una tejedora, nosotros tenemos un domador.

Mull inclinó la cabeza tomando la mano de Higashino para besar su dorso, aceptando su orden.

Era hora de hacer que los monstruos salieran a danzar y despedazarse.


IX

Seattle, .

"Dile a Deborah que nunca la culpé por nada, que fui feliz sabiendo que Atsushi es amado", la última voluntad de Rothfuss, transmitida por su manna, retumbaba en sus recuerdos junto con su calidez sin resentimientos, empujando un torrente de lágrimas que corrían por su semblante firme y cansado, más que por la edad, por la vida y la culpa.

Hobb inspiraba largo, esforzándose por mitigar el dolor de la perdida, pese a que este traía consigo el peso de las decisiones a lo largo de dos décadas.

El plan, rebelado un año atrás a Yukichi, sólo había sido manipular a Dazai y Atsushi para obtener una victoria sin bajas de parte de ellos, de los "buenos". Por terquedad había excluido uno de los elementos esenciales, a su mejor amigo y guardaespaldas, y al final eso había colocado la soga en su cuello, haciendo que Higashino optara por atacarlo antes de lo previsto, del restaurante, de permitir que conociera a Atsushi.

En ese amidakuji (2) gigantesco al que pretendía ganarle la partida, se le estaban acabando las líneas horizontales, y las que quedaban para la destrucción o la salvación, eran cada una más arriesgada que la otra. Sólo rogaba no tener que perder a nadie más, y no por su obstinación.

Al menos agradecía haber permitido que Yukichi y Higashino coincidiera. Ese acierto concedió una oportunidad al hacer que el padre de la yakuza no fuera, de inmediato, tras Chuuya Nakahara al enterarse que era el nudo principal. De haberlo hecho habría matado a Dazai antes de lo debido, y desatado la maldición de Mull.

Una elección correcta por tres erróneas que le costaron demasiado. No haber pedido el apoyo de Yukichi hacia tres años, y haber ocultado su papel a Rothfuss, fueron dos. La importante, el origen de todo, había sido negar compasión.


X

Yokohama, Japón. 1997.

—¡No debí haberte escuchado!

—¿Y qué hubieras hecho, Yukichi?, ¿ir a cada escondrijo de la Port Mafia blandiendo tu katana como un solitario y enloquecido samurái, buscando a Higashino?

—¡Hubiera hecho lo necesario para rescatarlo!

—¡Nada pudo haberlo salvado! —la verdad disparada por Hobb corta la discusión en el pasillo.

Ovillado en una esquina de la habitación japonesa, envuelto en una gruesa cobija, la radiante sonrisa que adornaba el rostro de Higashino se ha apagado. En vez de alegría contagiosa y despreocupada, una lóbrega oscuridad hunde sus ojos carentes de vida, sellando sus labios, forzando una respiración lenta que apenas si mueve las alas de su nariz.

Quieto en un sitio, confundiéndose con la media luz, inhala y exhala. Repite el proceso varias veces. Afuera, la discusión se traslada del grito a los reclamos sin sentido, a los "hubieras" y "hubiera". En esa calma sus dedos se sueltan de la cobijan y van a sus muñecas. Acaricia las venas. Presiona. Hunde las uñas. Rasca, cada vez más profundo. Se abre la piel, la sangre brota, no hay dolor, hay desesperación, hay deseos de morir, ¡y grita!

Fukuzawa entra y se queda petrificado. Hobb se arrodilla e intenta detenerlo.

Higashino pelea por seguir hurgando en la carne, por encontrar sus venas y arrancarlas. La cobija se aparta, y en el revuelo, el camisón, que ha sido con cuanto consiguieron vestirlo, descubre marcas de cortadas, de golpes, de mordidas, de besos, de rasguños, que van de sus pies, suben por sus rodillas, se internan en sus muslos, se pierden en su entrepierna y glúteos, reptan por su vientre y espalda hasta el cuello, los hombros, los brazos y manos.

El mensaje de la Port Mafia en su forma más cruenta: "no permitiremos la instauración de la CIP en Japón". Un mensaje entregado con la inocencia destruida de un agente, capturado y arrojado a los perros de la escoria que conformaban sus filas, convertido en su juguete por semanas.

La CIP había amenazado el territorio de la Port Mafia, y ellos habían ido tras la única debilidad que tenían: el amor.


XI

Yokohama, Japón. Presente.

El semblante de Hunter, apoyada en la pared del estudio a espaldas de sus compañeros, se ensombreció fugaz y se recompuso. Malas noticias, pensó Dazai de inmediato. La directora Hobb podría estar comunicándole alguna baja, sí, una importante por la manera en que, a pesar de mantener la entereza, sus ojos se humedecieron. Abercrombie y Harkness, por lo visto, aun no se esteraban y era probable que no estuviera planeado que supiera de inmediato, pues continuaban hablando sin inmutarse.

—Kunikida dormirá un buen rato más —Abercrombie acercó su silla a la de Harkness—, así que no debemos preocuparnos por él.

—Bien —respondió Dazai negándose a tomar asiento, permaneciendo de pie delante de los agentes—. Ya sé que mi compañero desafortunadamente seguirá quejándose de mis intensos de suicidio, y que su directora tiene la habilidad de mover, sin autorización del director Fukuzawa, a uno de los activos de Agencia —soltó, encaminándose presuroso al por qué se encontraba ahí, esperando, en lugar de buscar a Chuuya—…

El nombre bastó para secarle la garganta. Una mano pequeña y delgada, masculina pese al refinamiento de sus gestos y la cadencia de sus movimientos, recorrió su torso por debajo de la ropa, de la clavícula hasta el límite impuesto por el cinturón, liberando un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero. Una alucinación sensorial, tuvo que decirse para mantener la cordura. Presionó los dientes.

—¿Pasa de nuevo?

—¿Pasa qué? —le devolvió el cuestionamiento a Harkness y leyó la respuesta en su tranquilidad. Ella sabía.

Abrió la boca para exigir una explicación, y Harkness lo atajó.

—Eso que piensas que son pesadillas o alucinaciones —colocó sus dedos en la posición que adoptaría para sostener un par de agujas de tejer—, Dazai, son en realidad recuerdos —tomó aire—. All Souls.

La agente alargó una mano y cazó un hilo invisible en el aire, tiró, y miles, de diversos grosores y colores, aparecieron a su vista, revueltos, siguiendo todas direcciones en un sinsentido que lo rodeaba o conectaba con su persona. Enganchó uno rojo y haló. Dazai lo sintió en su meñique. Al levantarlo notó que varios se enmarañaban en su longitud. Quiso tocarlo. El hilo se disolvió.

—Ese es el problema contigo —Harkness suspiró—. Tu habilidad condenó a Chuuya Nakahara.

¿Condenar?, ¿recuerdos?, ¿qué estaba pasando ahí?, se preguntó con un dolor de cabeza creciente. Las sienes le palpitaban.

—Pasa el destino. Sólo eso —Abercrombie pareció leer su mente—. I held your hand through all of these years [T: Yo sostuve tu mano a través de todos estos años] (3)

La desgastante y repetitiva estrofa se reinició en respuesta… But you still have all of me [T: Pero tú aun tienes todo de mi] (3).


NA:

Primero una disculpa enorme por la tardanza. Pensé que podría publicar a tiempo, pero varias cosas pasaron y apenas hoy me es posible hacerlo. Aun así, ojalá que disfruten el capítulo (en el que creí conveniente aclarar más los sitios donde se desarrolla, para su comodidad), y prometo que el siguiente no tardará tanto. De hecho, ya tengo terminado el capítulo ocho, el preámbulo del fin, y sólo hace falta corregir.

Así pues, me despido, agradeciendo como siempre, y de todo corazón, sus mensajes, sus comentarios / reviews, el que me regalen un voto o un kudo, que compartan la historia, cada acción suya respecto a Insane Dream, porque es gracias a todo eso —a ustedes— que está loca idea sigue adelante. En verdad, mil gracias.

Que tengan una excelente semana, y no leemos la siguiente porque habrá actualización.

Agradecimiento especial a Azuki Tsukiyomi por apoyarme con la corrección de este capítulo.

Referencias:

1. Frase original de "Indigno de Ser Humano" de Osamu Dazai.

2. El amidakuji es un juego japonés de lotería utilizado para crear reparticiones justas. Se hace trazando líneas verticales, colocando en sus puntas superiores el nombre de los participantes, y en las inferiores lo que puede tocarles. Para saber qué toca a quién, se cubren los nombres y los objetos, y cada participante traza hasta tres líneas horizontales que unan dos verticales. El resultado se revela al descubrir la parte superior e inferior, siguiendo, una a una, las puntas superiores hacía las inferiores, desviándose hacía la derecha cuando se coincida con una línea horizontal hasta llegar al final.

Para mayor información: wiki/Amidakuji

3. My Immortal de Evanescence.