Capítulo 8.a: Memorias
El escalofriante silencio que lo sacudió de repente fue lo que lo instó a revisar la casa. En la cocina no había un alma.
Chequeó cada una de las habitaciones, desde la suya, la de su hermano, la de sus padres y la de los huéspedes. E incluso los baños
Cuando ya entraba a cabrearse, rumiando amargamente, la puerta del salón que se hallaba entreabierta cautivó su curiosidad. Entró sigilosamente.
Al menos había alguien en la casa, se dijo. Aunque fuera la persona menos indicada.
- ¿Dónde diablos están todos? - graznó.
Esperaba que se sobresaltara con el grito. Pero en vez de eso, Alicia se limitó a contestarle calmada y suavemente, sin dejar de hacer lo que hacía.
- Tonks, Kingsley y Arthur fueron al ministerio. Molly está de guardia y Remus ha salido a convencer a unos viejos compañeros. Los demás han tenido que encargarse de sus asuntos. - Sirius debía admitir que se sorprendió con la exacta información que manejaba la mujer.
- Tengo hambre. ¿Qué voy a comer? - reclamó. Alicia levantó los ojos del tapiz para mirarlo.
- Si quieres puedo preparar yo la cena. Molly no volverá hasta que Moody la releve.
Sirius no le contestó, mirándola desconfiadamente. Podría envenenarle la comida, pensó. No se fiaba del todo de ella. Necesitaba más pruebas que le confirmaran su lealtad a la Orden. Era la hija de Voldemort, por Merlín
Alicia depositaba los dedos delicadamente sobre la quemadura donde debía estar escrito su nombre.
- Yo estaba en la mansión Lestrange. - silbó muy bajo, aunque Sirius pudo oírla perfectamente. - Rodolphus me lo dijo.
Eso resultaba extrañamente interesante. Sabía muy bien a lo que se estaba refiriendo.
- Y lo primero que pensé, fue que Regulus estaría aún más insoportable al ser el único. Ya era ególatra, ahora que la atención estaría centrada en él sería peor. - continuó, sin despegar los ojos de su lugar en el árbol.
Sin saber por qué, se adentró a la habitación. Nunca se había tomado la molestia de escuchar a nadie hablar de las impresiones que provocó su fuga, excepto a James, Remus y la rata traidora.
- Conocía muy bien todo lo que habías dejado atrás. Familia, tradiciones, apellido, legado, sangre, posición social. "Prácticamente de la realeza" - Sirius soltó un pequeño bufido al escuchar la última frase. - Y pensé que era una lástima que yo no fuera lo suficientemente valiente como para hacer lo mismo.
Sirius se sentó sobre un sillón. La historia lo había estado envolviendo poco a poco.
- La única casa a la que hipotéticamente podría haber escapado estaba destruida, como la dueña. - musitó en un hilo de voz. Silbante y agudo. - Y así fue como me hice espía.
Se volteó a Sirius. Contrario a lo que suponía, su rostro estaba sereno y calmado.
- ¿Esa fue la razón por la que te cambiaste de bando? - la pregunta salió de su boca por sí sola.
Una sonrisa amarga manchó de cruel burla el rostro de la bruja.
- ¿Aún no confías en mí? -
- No. - se apoyó por completo del respaldo del sillón, soberbio. - Debo saber muy bien a quién le estoy confiando mi lealtad. Y que sepas toda mi melodramática historia no te hace alguien seguro.
La sonrisa de la mujer se ensanchó.
- Tú tenías quince años en ese entonces, ¿qué te iba a importar lo que yo estuviera haciendo en ese momento? - le espetó. Sirius arrugó el ceño.- Piensa, ¿no hay algo exageradamente desagradable que tengas que recordar de ésa época?
Muy a su pesar empezó a hacer memoria. Algo desagradable, algo desagradable... y llegó a la conclusión de que sólo había un hecho que encajaba en todas las características y en el contexto.
- ¿La...? - antes de terminar, Alicia le asintió. Sonriente, condenadamente parecida a su maldito padre.
- Tengo el presentimiento... de que tú y yo nos llevaremos muy bien, Sirius Black...-
- No confío en ti, Alicia Riddle. -
- ¿Y quién dice que no es por eso? -
Despertó, y al sentir el dolor del cual era víctima, se hizo una nota mental de recordarle a Remus que aflojara, tan sólo un poco, las ataduras.
El sofá donde dormía olía a chocolate. Encima de la mesa de centro, había un poco de comida y una copa con jugo de calabaza. Sonrió. De todos los torturadores que había tenido a lo largo de su vida, Remus era, sin comparación, el más atento y preocupado de todos.
Intentó correrse para agarrar la copa, y en eso estaba cuando su involuntario captor apareció abrochándose la capa.
- Tengo que salir. - anunció escuetamente. - Volveré en la noche. Ni se te ocurra hacer algo, lo que sea.
- Descuida, Remus. - murmuró, acercando los labios a la copa, contorsionándose asombrosamente para lograrlo. - No iría muy lejos.
El licántropo ni se inmutó ante el comentario.
- Hay un poco de chocolate en el caso de que aparezcan los dementores. - informó. Echó una mirada alrededor, y resopló - Eso es todo. Nos vemos.
- Adiós, Remus. - se despidió sumisamente. Tenía todo el día para aprender a comer sin usar las manos.
Alicia estaba en la cocina preparando la cena. Por lo que le había dicho de su vida, Sirius no podía saber cómo Alicia cocinaba tan bien, si toda su existencia fue servida por elfos domésticos. Supuso que lo había aprendido en todos esos años que estuvo sola paseando por el mundo, y ahora estaba ahí, cocinando lo que seguramente sería una cena contundente, no esas porquerías que preparaba Kreacher. La observó detenidamente; Alicia estaba cortando algo con un cuchillo muy rápidamente. Entonces..
- ¡Ah! - soltó el implemento como si éste la hubiese quemado, y se llevó el dedo a la boca. Se lo había cortado.
- ¿Estás bien? - preguntó Sirius, acercándose a ella. Alicia asintió con la cabeza. Pero no se quitó el dedo de la boca. Extrañado, Sirius vio que Alicia parecía succionar su propia sangre.
- ¿Qué haces? - inquirió. La bruja lo miró, sacándose el dedo de la boca.
- Mi sangre es venenosa, sólo yo debo intoxicarme con ella. - contestó, mirándose la herida.
- Si hablamos de sangre, la mía también es venenosa. Y bastante. - acotó el animago.
- No puedo decir nada. No la he probado. - rebatió la mujer. Sirius levantó una ceja ante lo surreal que estaba resultando la conversación.
- ¿Te gustaría? - Alicia detuvo el cuchillo y las verduras en el aire. Volteándose a Sirius, le preguntó
- ¿Hablas en serio? - el aludido se encogió de hombros. - Creo que estás... un poco loco, Sirius..
- Azkaban me quitó la poca y nada de cordura que tenía. No debes culparme. - comenzó a hacer girar otro cuchillo sobre su mango. - ¿Te atreverías o no? - lanzó la pregunta nuevamente, sin inmutarse.
La bruja lo observó por unos segundos. Luego se agachó, y continuó con su tarea.
- No nos faltarán las ocasiones para hacerlo. - fue lo que se limitó a decir.
