¡Otro Lunes de actu! :'D Jajaja, me siento muy orgullosa de actualizar cada semana. Bueno... ¡ARRIBA ARRIBA Y ADELANTE :v!

"Falconsito" xD jajaja, es un apodo chidori. Bueno ewe pues no como piensas, ya te lo había dicho, sorprendete :v

"GreenTunic" Intenta darle un poco de "realismo" a lo que Faith y Kain haría, en su caso, o el rubio se come un bufette entero, o se la pasa de vago. :'v Jajaja, no creo que veas algo más profundo de Edward por ahora, pero espera y valdrá la pena uwu

ewe y eso es todo. Vamos al capitulinsinsisnsin.


Capítulo V: Virtudes –Parte 2: Virtud de Templanza–

Nos miramos unos instantes. Sé que era él. Sus ojos color azul y su cabello rubio alborotado, eran de Kain. A pesar de la distancia, pude verlo bien.

¿Qué hacía ahí? ¿A caso me había seguido?

Lo único que hicieron mis piernas fue levantarme, apresurar el paso hasta la granja, y esconderme. No sabía por qué había hecho eso, pero lo hice. En lugar de ir a reclamarle, o a preguntar qué estaba haciendo, y por qué, sólo pude irme hacia la granja, tal y como haría un zorro asustado: "correr a su madriguera"

Mi corazón latía desbocado, y me sentía ansiosa. Mi respiración estaba agitada y no podía dejar de recordar su mirada. Había sido tan… embriagante ¡Maldita sea! ¡¿Qué había sido eso?! Sentí una inmensa intensidad al verlo, como me observaba tan sobria y decididamente.

Podía sentir las mejillas arder, era incontrolable. Y entre eso y aquello, olvidaba un pequeño detalle. Había visto mi debilidad por las flores. ¡Maldición! Una debilidad estúpida y femenina. Seguramente no me vería de la misma forma.

– ¿Sucede algo? – Me preguntó Lucy, la esposa del dueño del rancho.

– No, no es nada. Terminé todo el trabajo, señorita. – Le dije con un tono más sereno, intentando que le convencieran mis palabras.

Me di media vuelta, para dirigirme al cuarto de baño y volver a cambiarme de ropa. Sin embargo, la astucia de Lucy era mayor y se atrevió a hacerme una pregunta.

– ¿Fue por el joven que estaba hace un momento por aquí? – Cuestionó de manera perspicaz y con una sonrisa enorme.

Mi vello se erizó, seguí caminando como si nada. Estaba segura de que ella se había percatado, y pretendía en la medida de lo posible que no se diera cuenta de mi comportamiento. – ¿Qué muchacho?

–Había un joven de cabello rubio y un poco alto espiándote. Y creo que la única sin darse cuenta fuiste tú, supongo – Lucy dejó salir una pequeña risa. ¡Entonces tenía razón con esa sensación rara! Estúpido, ¿qué diablos hacía aquí?

– No lo sé. Hay muchos chicos rubios y altos en el reino. Quizá algún admirador. Después de todo soy una chica linda – Le dije, sonando como toda una burda señorita de sociedad. Seguramente eso la despistaría de pensar que le conocía.

– Bueno. En cualquier caso, ese muchacho estaba hecho y derecho. Ahora que lo pienso, a lo mejor era el hijo de Elina. Si, Elina Highwind. Estaba igualito a Arthur a su edad – Le miré sorprendida acercándome a ella.

– ¡¿Conoce a su madre?! – ¡Idiota! Me había delatado. Tapé mi rostro con vergüenza y observé a otro lado.

– Así que si lo conoces – Dijo de nuevo con picardía.

– ¡No! Bueno… sí – Lucy alzo una ceja con gozo.

Ya en este punto era inútil tratar de ocultar mi vergüenza. Mi rostro me delataba, y no dejaba de sentir las mejillas enardecidas. Y lo que más me hacía sentir nervios era que no sabía por qué, ¿por qué le daba tanta importancia? La señora de la casa me hizo volver en sí.

– Bueno, era de suponer. Después de todo dijiste que te reclutaron como caballero – Me dijo, con una sonrisa que se iba apagando un poco. Luego continuó – ¿Sabes? Desde que era un niño, Kain siempre entrenaba duro, casi día y noche, con tal de ser igual a su padre– Hizo una pequeña pausa, para observar a Romaní, su hija, jugando con los potrillos – La vida durante el Cataclismo resultó dura para el tipo de persona que era Arthur, y para Elina. Casi siempre daban demasiado a cambio y recibían poco, pero sus acciones los hacían felices, y a las demás personas. Creo que, la inspiración que le daban era suficiente para hacerlo un buen chico en la actualidad, especialmente por su padre.

Al escuchar las palabras de Lucy, pude suponer que una parte de la vida de Kain había sido tan dura como la mía. Aunque el parecía normal, y había hablado de su infancia tan simple que parecía poco creíble lo que Lucy decía.

Me quedé observando en dirección al castillo. Por alguna razón, en algún instante en mi cabeza, quise conocer más de ese chico. Ese idiota que actuaba como un tonto frente de todos, y que parecía más complejo en su soledad.

Me despedí de Romaní y de Lucy, partiendo de vuelta al castillo. Aunque estaba un poco exhausta, aún quería entrenar un poco. Por ello, luego de haber almorzado algo en la ciudadela, pasé al cuarto de la brigada, para cambiarme de ropa e ir a entrenar. Quizá me encontraría ahí a Kain, haciendo el vago, como de costumbre.

Eso esperaba, pero Kain no estaba al llegar. Su lado estaba ordenado, y no había rastro de él. De hecho, la brigada estaba a solas. No había ni un alma, y era lógico. Los últimos días habían resultado exhaustivos. Parecía haber mucho movimiento, y como principiantes, nos habían dejado todo el trabajo. Había escuchado rumores sobre ciertos movimientos anarquistas, que estaban causando revuelto en el suroeste.

No obstante, mis pensamientos tomaron otro rumbo al ver que tenía una canasta llena de ropa sucia que lavar. Me dirigí a la cocina, encontrándola hecha un desastre ¡A caso estaban locos! Podría ser que nosotros nos encargábamos de las tareas domésticas, pero esto ya resultaba ridículo. Quería dejarlo de lado, quería ir a entrenar, pero ver aquello me daba una sensación desagradable, por lo que decidí hacerme cargo de la limpieza, a duras penas y con una gran cólera.

Al terminar el sol ya estaba por ponerse. No pude evitar refunfuñar del coraje. Nadie llegaba, y seguramente había sido aposta. Malditos niños ricos. Me cambié de ropa y decidí ir hacia la sala de entrenamientos, que con suerte, a esa hora estaría vació.

Mientras deambulaba por los pasillos en camino a mi destino, preste atención a lo que me rodeaba por un segundo. Trate de imaginar cómo había quedado este sitio durante el cataclismo. Lo cierto es que de haber visto como era no me habría imaginado lo que es ahora. Tan sólo de recordar aquellas vistas de lejos en mi infancia se me erizaba el bello, tal como el día que vi aquella sombra horrenda en el castillo, que se arremolinaba, justo después de una terrible sacudida. Se notaba el gran trabajo de restauración que habían logrado, Su Majestad y la reina Zelda, y los grandes avances de la tecnología sheikah. Estaba tan ensimismada en darle vueltas al asunto que ya había llegado a la sala de adiestramiento.

Al acercarme lo suficiente escuché ruidos ¿A caso alguien se me adelantó? Trate de hacer caso omiso, pero conforme más me acercaba, más familiares me resultaban esos bufidos y quejidos.

Bajé las escalerillas, internándome un poco más en la sala y dejando atrás el exterior del castillo, y no pude evitar sentir una pequeña presión en el pecho al encontrarme con la sorpresa de que se trataba de Kain, que sólo vestía con el pantaloncillo de entrenamiento, y las botas, dejando al descubierto sus malditos músculos bien formados. Qué suerte la suya nacer con el cuerpo adecuado. A pesar de que su rostro se miraba estoico, tenía una energía muy basta. Su mirada era fría, calculadora. Cada golpe era fuerte y certero, inequívoco. No pude evitar quedarme parada, observando a secas sus movimientos, y de cierta forma, sentir algo de envidia. Era formidable. Jamás hubiera imaginado que se tomaría en serio algo como el entrenamiento.

– Hay que aceptar que tiene cabeza, no sólo de adorno, aunque sea un maleducado. – pensé en voz alta, antes de considerar retirarme de la sala.

De nada servía bajar para que se burlara de mí, y de la escena donde parecía más una estúpida niña pequeña que la chica que hacía cualquier cosa por conseguir sus objetivos a todo costo. Pero alguien me detuvo. Su mirada y su silencio hicieron que mis piernas se movieran solas, claro, con sigilo, para evitar llamar la atención de mi compañero.

Sus labios carnosos mantenían una sonrisa curiosa. Como si entendiera algo que yo no. Me observó luego de mirar hacia en dirección de Kain, y luego dio un largo suspiro.

– Esto me trae bastantes recuerdos. – Me dijo con aquella voz serena y amable. Luego continuó – Quedarte a observarlo te va a limitar conocer más de lo que crees saber. A veces puedes arrepentirte de no ir ahí, directo al meollo. ¿Qué piensas, Faith? – El rey Link hablaba con sabiduría. Su sonrisa denotaba un gusto secreto, como si aquella situación le fuera de lo más gracioso, pero también de lo más natural.

– ¿Yo, mi señor? Yo sólo creo que debería ser más como ahora. Sus bromas bobas solamente distraen a la mayoría, y aunque ya no hemos discutido, me parece que sigue sin madurar lo suficiente. – Le dije sincera. Después de todo pensaba esas cosas de Highwind.

Este arremetía con otra risilla, un tanto baja y también corta, pero en ningún momento insultante.

– Yo también estuve ciego, hasta que sucedió la tragedia. Me di cuenta que no servía de nada mantener un papel cuando ya había un lazo ¿Pero quién soy yo para manipular el destino que te trajo aquí, a conocer a los que hoy conoces? Conoce lo que quieras conocer, y evita lo que quieras evitar. – Su Majestad dio media vuelta, con un porte de caballero, justo como esperaba del antiguo campeón. Miré su ida con algo de anhelo. Quería alcanzar a ese hombre, aquel que venció a la mayor de las amenazas para la paz. Pero ahora se marchaba.

Sentí, de nueva cuenta, las mejillas arder. Me había hablado casualmente, el rey y mi ídolo. Había tenido un espació de su ocupado horario de trabajo, y me había dado un consejo. Aquello me daba aún más esperanzas de seguir mis sueños, y alcanzar lo inalcanzable.

Me acerqué hasta Kain, que aún no había notado mi presencia. Observé como daba unos cuantos tajos limpios. Luego de eso respiró hondo y se dio media vuelta, topándose conmigo y dando un pequeño salto, lo que me hizo gracia, si soy sincera.

– ¡Maldita sea, Faith! – Comentó con un tono alto, mientras sujetaba su pecho.

– Oh, no me digas que el gran Kain tiene miedo de fantasmas, ¿o sí? –Hice un pequeño gesto divertido, y posteriormente me hizo un puchero.

– Con esa cara, claro que me iba a dar miedo – Tapó su boca rápidamente, pensando que el comentario había hecho mella, no obstante me reí después de sus palabras, dejándolo con un gesto sorprendido.

– Bueno, no es como si parecieras muy valiente de enfrentar a alguien como yo – Conteste divertida y Kain sonrió alegre ante mi comentario. – Creo que me debes una explicación de por qué me seguiste al rancho de la llanura, ¿no crees? – Antes de articular palabra, le tapé la boca con dos de mis dedos – La dueña te conoce, y yo te vi, así que no te hagas el tonto.

– Yo… tenía curiosidad. Quería saber qué hacías en tu tiempo libre. Quizá entrenabas en secreto, o algo. – Claramente era mentira. Todo el tiempo junto a Kain me hizo aprender que cuando estaba nervioso o decía alguna cosa a medias, se rascaba la nuca y apartaba la mirada, como ahora mismo.

Lo miré directamente a los ojos y luego desvié la mirada. No podía mantenerla hacia él por mucho tiempo. Tomé aire y luego solté lo que quería desde que había llegado a la sala.

– Kain, me gustaría que me ayudaras a disciplinarme mejor en mi técnica. Me disculpo si te espié un poco, no pude evitarlo. Pero cada vez que entrenamos en equipo, no te veo haciendo las mismas cosas. – Su miraba me daba a entender que mis palabras lo llenaban de sorpresa, y de cierta manera, satisfacción.

Al contrario de lo que pensé, se pasó justo hacia atrás de mí y envolvió uno de sus brazos por mis hombros. Su otra mano quedo en su cadera y luego me soltó una sonrisa, una muy particular que me dejo tanto conmovida como helada.

– Curiosamente iba a pedirte que me ayudaras a pensar menos y actuar más, chica salvaje – Acarició mi cabeza suavemente.

En mucho tiempo no había sentido aquella emoción. Sus acciones me hicieron recordar a mi padre, envolviéndome de la misma forma, acariciando mi cabeza suavemente, como única muestra de cariño en su vida que yo pueda recordar, y diciéndome sus últimas palabras, un día antes de marcharse de este mundo para siempre:

"Recuerda que nuestra familia siempre ha poseído cuatro cualidades antiguas: Valor, para enfrentar la vida, Sabiduría, para llevarla a acabo, Poder, para sobrevivir, y Determinación, para seguir sin importar los retos. Algo me dice que tu destino y nuestros valores irán por un mismo rumbo, hija mía. Consérvalos como un legado"

– Supongo que tenías razón sobre lo caprichoso que es el destino. Somos como un complemento del otro, y espero que pasemos una larga vida juntos, tanto como se pueda.

Kain se separó de mi avergonzado, y yo… sólo pude sonreír.