DISCLAIMER: Los personajes le pertenecen a JK Rowling y a WB TM.
CAPÍTULO OCHO
"Feliz Navidad"
Por: TlalGalaxia
-¿Y te gusta Hogwarts?
Hermione asintió. Dentro de su abrigo grueso apenas había espacio para dejar salir las palabras con todo ese cabello dentro de la capucha así que esperó que el semigigante hubiera notado el movimiento de su cabeza.
-Seguro que sí,- continuó diciendo él mientras que avanzaba a paso lento para dale tiempo a la niña de que siguiera sus pasos. Era una tarea complicada con la nieve debajo de sus pies pero ella hacía todo lo posible por caminar desde el punto A al B de la mejor manera posible.- Tu tío abuelo es un gran hombre. Es una lástima que no lo conocieras antes, pero seguro ya lo sabes ¿No es así?
Hermione volvió a asentir. Hagrid también era agradable. O por lo menos una buena persona. Durante las pasadas semanas no había socializado con casi nadie que no fuera Harry o Ron, pero eso ya era algo considerando que hasta entonces solo había cohabitado con su soledad. No es que fueran amigos, claro que no. Luego del trato que habían hecho, Hermione había decidido portarse más cordial con el niño de las gafas y su amigo el pelirrojo por lo menos hasta el día en la prueba en la siguiente primavera. Aunque las última palabras antes de irse a casa para las vacaciones navideñas la habían desconcertado.
-Cuídate, Hermione,- le había dicho Harry dándole la mano para despedirse,- nos veremos en enero…
A Hermione le pareció que más que la complicidad que los unía, Harry se estaba despidiendo de una amiga ¿Y podía decir lo mismo de él? No podía aclarar su mente para llegar a la respuesta correcta. Harry seguía siendo, después de todo, el niño dorado de Gryffindor. Ganando su segundo partido de Quidditch antes de las vacaciones y luciéndose en el proceso; siendo el mejor en defensa contra las Artes Oscuras para variar; teniendo tan buenas notas como ella en encantamientos y transfiguraciones. No había día que no quisiera romperle la nariz y pedirle que se quitara de su camino. Pero tampoco había día que no quisiera ayudarle a mejorar sus habilidades conforme la primavera se acercaba.
Una vez en la cima de la colina, Hermione miró hacia abajo. Los terrenos de Hogwarts llenos de nieve le recordaban que estaba en pleno invierno y que justo después del invierno le seguía la estación que tanto esperaba y tanto temía. Desde el día del trato las pesadillas de gritos y oscuridad habían sido intercambiadas por las pesadillas de ese niño muerto en el pasillo. Y era ese miedo el que la motivaba a seguir frecuentando a ese niño y a su pelirrojo amigo por muy mal que le cayeran.
-¿Lista?
Hermione asintió y pronto empezó a deslizarse colina abajo con la velocidad de un bólido. El viento en la cara le congelaba la expresión pero al mismo tiempo la liberaba de toda presión. Era la primera vez en su vida que se le permitía disfrutar de la nieve. Cuando estaba en el orfanato solo era una molestia porque las hermanas ordenaban a los huérfanos quitarla con palitas. Allá, en ese mundo que ahora le parecía cada vez más lejano, la nieve era un trabajo, algo que con el tiempo había aprendido a odiar ¿Quién habría dicho que deslizar un trineo sobre ella sería tan divertido? Hermione se hizo acompañar de su risa y de sus gritos conforme se acercaba más al castillo.
-¡Otra vez!- le gritó a Hagrid cuando su transporte se detuvo varios metros después de la base de la colina. Hagrid sonrió y la llamó con un gesto.
Sabía que era su niñera de turno. A diferencia de los demás estudiantes, Hermione no tenía un hogar al cual volver durante las celebraciones. Pero en lugar de quedarse encerrada estudiando todo el invierno, su supuesto tío abuelo había encomendado a todos los profesores y habitantes del castillo que le hicieran compañía. Y esa mañana había sido el turno de Hagrid así como esa tarde el profesor Fitwick había accedido a darles clases de canto. Había mucho que Hermione no cantaba para nadie, ni siquiera para sí misma. Y esa tarde, cuando recibió las partituras que iba a practicar, sintió una calidez en el pecho. Y pensó que tal vez todos esos años en el orfanato no habían sido tan un infierno después de todo. ¿No habían sido las madres quienes le habían enseñado a apreciar la música?
-Tu sobrina es muy entonada,- dijo Flitwick en la cena de ese día provocando que Hermione se sonrojara.
-Tal vez un día deberíamos cantar juntos,- sonrió el director e incluso le pareció a Hermione que la profesora McGonagall lo hacía,- tengo un piano en mi recámara… veamos.
Dando unas cuantas florituras con su varita, el piano apareció a un costado de la mesa de los profesores donde todos se encontraban cenando.
-Parece el momento ideal,- agregó el director poniéndose de pie para sentarse frente al teclado de lo que parecía ser un viejo órgano de iglesia,- Ven, Hermione. Vamos a cantar un villancico.
Apareció unas partituras en el aire y se las entregó. Luego apareció un nuevo juego y lo colocó frente a sí. Sus dedos se deslizaron con delicadeza y habilidad extrayendo una melodía indudablemente navideña que Hermione conocía. Era noche buena y su público era pequeño. Luego de fallar las primeras notas, el director comenzó a cantar con ella como guiándola y entonces ella ganó la confianza necesaria para terminar la canción por sí sola. La mayoría de los profesores aplaudieron y sonrieron ante la interpretación del director y su sobrina.
Había crecido un lazo extraño, algo que Hermione no podía negar y fue por eso que antes de retirarse a su habitación, se acercó a él abrazándolo de la cintura (pues era lo más alto que podía alcanzarlo) y sin pensárselo mucho empezó a abrazar a los demás profesores. No era una familia de verdad, no era un papá y una mamá llenándola de besos antes de irse a dormir como siempre había anhelado, pero eran personas respetables, interesantes y esencialmente buenas. Incluso el profesor Snape parecía ser bueno (un poco gruñón, eso sí, pero bueno al final).
Esa noche, luego de tanto tiempo con los mismos sueños, Hermione por fin había podido dormir sin las pesadillas de Harry convertido en un cadáver o con la oscuridad con los gritos. Esa noche soñó más bien con una gran celebración con una hermosa cena navideña y una familia feliz cantando alrededor del piano y donde ella tenía a dos hermanos (un hermano y una hermana) y unos abuelos que le llevaban regalos absurdos y Hermione sonreía y cantaba cuando papá se sentaba al piano y su pequeña hermana bailaba al ritmo de la música.
Era difícil describir su sensación al despertar. Por supuesto que no era el terror que la despertaba de sus pesadillas regularmente, era más bien era tristeza infinita al haber contemplado eso que no tenía y que siempre había deseado.
Sacudiéndose ese sentimiento, se puso de pie con la intención de ir al invernadero por la mañana para ayudarle a madame Sprout y posiblemente más tarde ayudar a Madame Pomfrey a ordenar los utensilios de la enfermería. Le gustaba platicar con mayores, de pronto era mucho más entretenido que hablar con los chicos de su edad y al mismo tiempo aprendía muchísimas cosas. Pasando por la sala común en su camino de salida, contempló algo inusual en la chimenea. Colgado con su nombre estaba un calcetín azul y dentro de él asomaba un caramelo con forma de bastón. Pensó que era un gesto muy dulce por parte de alguno de los profesores, tal vez Dumbledore y se acercó a tomarlo.
Una vez ahí observó que el caramelo no era lo único dentro del calcetín y que al parecer le cabían más cosas que solo un bastón de caramelo que era, en efecto, el regalo de su supuesto tío abuelo con una nota que leía "nunca termina". Luego de eso extrajo una caja que contenía una bufanda y unas orejeras del color de la casa fe Gryffindor "de parte de Madame Pomfrey", a Hermione le había parecido verla tejerlo pero jamás se había imaginado que era para ella. Luego de eso, en un paquete más grande que el primero, encontró un vestido blanco con puntitos de muchos colores con la nota que leía "Minerva McGonagall". Otros regalos incluían libros de varias de las materias o útiles con calidad superior a los que tenía. Como el caldero de plata que Snape le había dado o el juego de pluma y tintero de la profesora Vector y finalmente, dentro de un paquete mal envuelto y una dedicatoria con terrible caligrafía estaba una muñeca de trapo que tan pronto la tuvo en sus manos no supo qué hacer con ella.
¿Cuántas veces había soñado con un regalo así? Los juguetes no eran comunes en el orfanato y solo había sabido de su existencia al verlos de pasada en los aparadores de las tiendas en el barrio donde cantaba con el coro. Pero fuera de eso, nunca había tenido nada parecido que pudiera llamar suyo. Se quedó sentada en el suelo contemplándola largamente ¿Qué se suponía que debía hacer con ella? Posiblemente ya era demasiado grande para jugar con ella, pero colocándola en sus brazos como si fuera un bebé de verdad empezó a cantar una canción que no recordaba que se sabía.
"brujita, hoy quiero desde este agujero decirte que muero por ti
Por tus manos frías, por las brujerías, por tu forma de toser
Tal vez está escrita mi vida, brujita
Tal vez te llegue a perder
Pero cuánto te quiero, mi amor verdadero
Sin ti está malhecho el mundo"
Terminó de cantar la canción y sus manos comenzaron a temblar. Sintió una gota de humedad recorrerle la mejilla y la puso en el suelo poniéndose de pie después. Luego empezó a recoger todos los regalos y los metió a su habitación antes de salir de la torre de Gryffindor.
-¿Te gustó mi regalo?
-Gracias, Madame Sprout, cuidaré esa flor muy bien. Creo que la luz que entra por mi ventana será suficiente para mantenerla bien allá.
-Sí, es mejor que la tengas cerca. Las plantas son como las personas, se apegan y sienten cuando están solas.
Hermione sonrió cordialmente. No estaba segura si lo creía, pero la idea era linda. Claro que eso no la hacía menos patética, teniendo como única a miga a una planta… Cuando terminaron de regar y abonar las plantas, Hermione se despidió agradeciendo una vez más por el regalo y prefirió ir a la enfermería antes del almuerzo. Sin querer se le había hecho más temprano de lo esperado.
-Gracias por la bufanda y las orejeras,- le dijo a Madame Pomfrey tan pronto cruzó la puerta. Traía puesta la bufanda en cuestión,- le quedó hermosa.
Madame Pomfrey le regaló entonces un abrazo como intercambio a sus cumplidos y continuaron la siguiente hora ordenando los frascos de una estantería con diferentes tipos de pociones. Una que otra vez Hermione le preguntaba lo que algunos hacían pero sin excederse en preguntas, tampoco quería hostigarla y para su suerte la enfermera parecía dispuesta a enseñarle.
-¿Quisieras algún día ser sanadora?
-No lo sé.
-Claro, claro… ese muy joven para decidir, pero una mente tan buena como la tuya siempre es útil en el campo.
No tuvo que verse en un espejo para darse cuenta que se había sonrojado. Era la primera vez que alguien le hacía un cumplido con respecto a sus logros académicos y no estaba acostumbrada ni habituada a tomar cumplidos, por lo que sonrió apenada y bajó la mirada.
-Antes de que te vayas, ¿Puedes llevarle éste frasco al profesor Snape? Seguro está en el laboratorio de los calabozos. Dile que necesito más poción desinfectante, pero no te molestes en traérmela, seguro me la mandará más tarde.
Camino a las mazmorras, Hermione se puso a pensar en el regalo de Snape y si él precisaba de un agradecimiento tan expresivo como el de Madame Pomfrey o Sprout. De entrada le parecía que no, pues si de algo parecía carecer el profesor de Pociones era de afecto para cualquier persona. Ya ni siquiera por Draco Malfoy, quien parecía ser su alumno preferido.
Cuando entró por fin al salón de pociones, se dio cuenta que estaba vacío. Sintiendo que no tenía caso buscarlo solo para darle un frasco, decidió escribir una nota en el escritorio con el recipiente. Abrió uno de los cajones buscando la pluma y el tintero y apenas se dispuso a escribir escuchó un ruido del otro lado de la puerta que regularmente el profesor cruzaba antes de iniciar su clase. ¿Era posiblemente la puerta de su habitación?
Guiada por la curiosidad, se dirigió en esa dirección silenciosamente. Se detuvo detrás de la puerta y pegó la oreja. Parecía como un sollozo, pero no era un fantasma o un niño. Parecía mas bien un hombre adulto. Incrédulo tocó la puerta.
-¿Profesor Snape?
El sollozo cesó de pronto y la voz del profesor respondió instantes después.
-Estoy ocupado.
-Solo… le traje un frasco para poción desinfectante para Madame Pomfrey… lo dejaré en su escritorio.
Ya no le volvió a contestar. Entonces Hermione se sintió culpable por haberlo escuchado pero al mismo tiempo su curiosidad creció ¿No había pensado antes que era una persona sin sentimientos? Y entonces recordando la razón por la que había pensado eso, volvió sobre sus pasos y habló desde el otro lado de la puerta.
-Gracias por el caldero, profesor… que esté bien…
Tampoco le contestó pero ¿Quién era ella para juzgarlo? Hasta entonces no se había puesto a pensar que era posible que ese hombre también cargara con una historia que ella desconocía ¿No era humano después de todo? Una persona con un odio tan profundo por un niño de once años posiblemente también tenía un enorme potencial de amar ¿No era eso lo que la una de las madres le había dicho una vez?
"Quien mucho te ama también puede odiarte mucho y a la inversa"
Claro que luego de eso Hermione había lanzado la pregunta.
"¿Entonces si Dios nos ama a todos… ¿También nos puede odiar un día a todos?"
Eso le había costado un mes limpiando los baños y su respuesta nunca se la habían dado, pero esa afirmación se le había quedado impregnada de alguna manera. Parecía una gran injusticia, por supuesto, especialmente si la teoría implicaba que la persona que ama puede odiar a la misma persona con la misma intensidad. Y siempre se había preguntado si se podía amar después de odiar o si era más bien que solo se odiaba a quien alguna vez se había amado. Y entones sus pensamientos había divagado sin querer en ese niño a quien había odiado desde el primer día y toda la idea había hecho corto circuito en su cabeza.
Por supuesto que eran tonterías, pensó.
Durante la hora de la cena, Hermione se dedicó a agradecerle al resto del personal por los regalos. Especialmente a Hagrid quien después de haberlo abrazado comenzó a gruñir felizmente una sarta de palabras cariñosas que ella no comprendía pues con su forma de hablar tan extraña y los sollozos apenas podía seguirle la pista. Como de costumbre, el profesor Snape no dijo gran cosa y cuando reventaron los "crackers", adornaron sus cabezas con sombreros ridículos que por un largo rato distrajeron a Hermione de las preocupaciones que antes había tenido.
-Hermione,- le dijo el director cuando la cena hubo terminado,- ¿Me acompañas un momento a mi despacho?
Habían entrado a una habitación circular llena de pequeños aparatos que hacían sonidos raros y expulsaban tiritas de humo plateado. Detrás del escritorio principal, estaban varios retratos de directores anteriores que se movía y platicaban entre ellos pero que guardaron silencio tan pronto Dumbledor y Hermione habían entrado.
-Todavía te falta un regalo más,- le dijo hurgando un cajón de su escritorio, Hermione esperó de pie casi en la entrada,- Shacklebolt es el jefe de Aurores en el Ministerio de Magia, un muy buen amigo mío y me ha estado ayudando a descifrar el caso de tus padres.
El corazón le dio un salto a Hermione al escuchar hablar de sus padres. Luego el director le extendió lo que parecía ser un trozo de papel, pero cuando la giró se dio cuenta que era una vieja foto de una pareja cargando a una niña. No era como las fotos o retratos que había visto en Hogwarts o en los periódicos del mundo mágico. Era una foto estática que tras unos pocos de vivir en ese mundo Hermione podía denominar como "foto muggle".
-¿Son…?
-Tus padres,- complementó el director indicándole que tomara asiento y en lugar de ocupar la silla detrás del escritorio se sentó a su lado mirándola de frente, estudiando su rostro mientras ella detectaba en los ojos de la mujer la misma mirada que ella veía todas las mañanas en el espejo, y en el cabello del hombre el mismo color castaño.
-Profesor…
-Tío, Hermione, dime tío.
-Tío, esta foto es de…
-Fue rescatada de tu casa al día que fuiste rescatada y puesta a disposición del consejo británico.
-Y ésta casa… ¿Sabe dónde es?- el director asintió pesadamente,- ¿Puedo ir?
-Me temo que no es posible… esa casa fue puesta en subasta puesto que nadie se hizo cargo de las hipotecas mientras eras pequeña. Hace poco pasó a ser propiedad del estado y ahora fue vendida a otra familia que vive ahí.
Hermione pensó en su sueño con la familia cantando con el piano en noche buena. Ese sueño que solo la noche anterior había sido suyo y de pronto ahora le pertenecía a alguien más. A alguna otra familia que cantaba las canciones que ella habría cantado y abría los regalos que ella habría recibido y dado. Comiendo su cena, disfrutando sus sonrisas y todas esas cosas que ella jamás tendría.
El corazón se le quebró. Durante sus años en el orfanato no se había preocupado mucho por la escena familiar porque no había manera de demostrar debilidad frente a sus compañeras de cuarto o nadie más. Ahí frente a ese hombre que había arriesgado tantas cosas por ella y cuya mirada compasiva le gestionaba confianza, se dejó caer sobre sus rodillas y las lágrimas pronto se convirtieron en sollozos y el llanto de la niña que por mucho tiempo se había negado a ser. Como esa mañana jugando con esa muñeca o con los profesores que la trataban como si fuera su sobrina. La mano cálida del director pronto acarició su cabello y se sintió cómoda estar ahí. Pero se forzó a terminar pronto comprendiendo que su supuesto tío tendría cosas más importantes que hacer que consolar niñas.
-Gracias por la foto… tío.
Dumbledore asintió dejándola retirarse sin agregar más. Era posible que él la conociera mejor de lo que ella misma creía pues Hermione sabía que si él hubiera hecho algún sermón, no habría tolerado mucho la situación antes de salir corriendo. Todavía no estaba lista para ser tan abierta con esas emociones y no estaba segura de querer hacerlo. Camino a su habitación en la torre de Gryffindor le pareció que la escena había sido un tanto vergonzosa. Y era por eso que pensaba dejar ese recuerdo en el fondo de sus memorias donde el recuerdo no la avergonzaría más.
Entró a su habitación y al colocar los regalos dentro de su baúl se dio cuenta que sobre su cama había un par de regalos más que no habían estado en el calcetín esa mañana. ¿Tal vez habían sido llevados ahí vía lechuza? Abrió la caja más grande primero y dentro estaba una tarta.
"Mi madre hizo tartas para navidad, Fred y George le dijeron que eras mi amiga y supongo que lo eres… Feliz Navidad, Hermione
Ron"
No se detuvo a pensar mucho en lo que acababa de leer, miró la tarta y notó que tenía una excelente pinta. Era una tarta casera, hecha por una madre… no era su madre pero tal vez eso sería lo más cercano a algo cocinado por una madre que tendría. Una sonrisa tenue se dibujó en su rostro sin que se diera cuenta. Luego procedió a abrir el segundo paquete que era más pequeño.
"Pensé en regalarte algo pero no se me ocurría nada. Luego pensé que no era justo no saber csai nada de ti puesto que ahora somos amigos. Mi madre me dijo que a las niñas les gusta llevar diarios, así que busqué uno bonito. Espero que te guste.
Feliz Navidad, Hermione
Harry"
Abrió el cuaderno con cuidado y pasó lentamente las hojas. Buscó en el bolsillo de su túnica y extrajo la foto que le había dado Dumbledore y la pegó en la contraportada de la pasta. Buscó dentro del baúl el nuevo juego de pluma y tintero que le había dado la profesora Vector y se puso a escribir lo que había pasado esas Navidades.
Escribió debajo de la foto en detalle ese sueño con la casa donde cantaba con ellos y celebraban la noche buena. En su primera página luego habló de los profesores de Hogwarts y lo que pensaba de ellos. Especialmente de McGonagall por quien sentía una admiración y una lealtad que nunca antes había experimentado. Y Dumbledore, por supuesto, a quien consideraba ahora más que nunca el mago más grande de todos los tiempos. Le dedicó a Snape un par de líneas y se volvió a preguntar qué sería aquello que podría poner a un hombre adulto a llorar a escondidas como un niño, pero rápidamente razonó que posiblemente no sería de su incumbencia saber esas cosas. Y por una extraña razón no creyó pertinente contarle a Harry o a Ron al respecto. No porque le tuviera alguna especie de respeto a Snape, pero no le parecía justo darle una manera de burlarse a Harry pues sabía que el odio de ese par era mutuo.
Y finalmente pensó en sus supuestas nuevas amistades. Tanto Harry como Ron habían mencionado en sus cartas que eran amigos ¿Podía ser eso cierto? Hermione nunca había tenido amigos y era bastante extraño pensar en alguien como tal. El caso de Dumbledore y Minerva era diferente pues a ellos los veía como sus mentores y como las personas que más admiraba en el mundo. Pero la amistad tenía que ser diferente ¿No era así? Recordó el juramento que compartía con Harry y pensó en lo irónico que era haberse unido a ese niño por medio de sus secretos ¿Le caía mejor ahora? No lo sabía… y posiblemente no lo sabría hasta que volviera a verlo. Pero de pronto la idea de tener a dos personas a las cuales llamar amigos no parecía una mala idea después de todo ¿Podría ser? Se durmió pensando ¿Podría ser que por primera vez en su vida por fin había tenido una feliz navidad?
Sé que dije que ya no escribiría éste fic pero la verdad me dieron muchas ganas de seguirlo y decidí mandar a freír espárragos a esos comentarios de personas que solo tienen ganas de joder y que aparte no tienen ni los pantalones para usar una cuenta propia para hacerlo y lo hacen en anónimo para que no les pueda contestar como se debe.
En fin… ya no le daré importancia. Solo espero que les guste el capítulo y creo que volveré pronto por lo menos a éste fic. Me disculpo por Las Crónicas del Fénix pero tengo un bloqueo terrible y no he podido avanzar tanto como quisiera. La buena noticia es que por lo menos ya avanzó más que los pasados meses y ahora que son vacaciones intentaré con más ganas adelantar la mayoría de mis fics (La ERA OSCURA, LAS CRÓNICAS DEL FÉNIX Y CONSECUENCIAS son mi prioridad).
Déjenme un review. Gracias por los que ya han dejado.
Gracias por leer
TLAL
