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Capítulo VIII: Agua intranquila.

Como guardián de la montaña de la muerte y jefe de los gorons, Darunia no debía inmiscuirse demasiado con los Hylianos, era casi una tradición mantenerse firmes e imperturbables como rocas ante las peticiones de cualquier otra raza, siendo los seres de piedra los más orgullosos que habitaban el reino. Sin embargo el estado de guerra que amenazaba a Hyrule era una situación especial y fuera de lo común, ya que en estas circunstancias todas las razas debían unirse para mantener la paz y el perfecto equilibrio en aquella tierra bendecida por las Diosas, la historia hablaba por sí sola, ya en otros conflictos cientos de años y milenios atrás, la unión de todos los habitantes había sido la clave que inclinase la balanza a favor de la vida y no de la aniquilación total.

Por los derechos y deberes que tenía por sangre y nacimiento el padecer de la raza hyliana no era de su más mínima incumbencia, más como sabio del fuego las cosas eran distintas, estaba absolutamente consternado por el semblante que tanto la princesa como Link llevaban justo antes de marcharse. Además, el muchacho era un viejo amigo de sí mismo y de su raza, no podía hacer menos que mostrar preocupación.

El que aquellos dos muchachos se amaban era evidente, incluso para su raza que tenía un concepto algo distinto sobre el amor, menos romántico y más práctico. Lo habían presagiado las Diosas al relatar por centurias el fuerte lazo que por siempre compartirían ambos elegidos, el héroe y la Diosa, pero también había visto en carne propia el inmenso amor que se profesaban el uno al otro, con pequeños actos, con sutiles miradas, pero condenados al fracaso por la inevitabilidad del destino. Sin embargo, cuando Link había llamado a su despacho aquella misma mañana se encontró de frente con el rostro más deprimido que había visto jamás, demacrado y melancólico el rubio le anunció que partirían hacia el dominio de los Zoras, y le dio gracias por la hospitalidad y la colaboración. Era como hablar con una marioneta autómata, más la situación no mejoró al cruzar palabras con Zelda: Aquella dulce muchacha con quien se había reunido a penas un día antes para charlar y afinar los últimos detalles de las estrategias referentes a la guerra parecía haberse transformado completamente en un témpano de hielo, como si otra mujer absolutamente distinta y antagónica la suplantara en su mismo cuerpo.

Si bien no comprendía del todo el típico carácter de los Hylianos, los cuáles parecían encontrar un problema en todo lo que los rodeaba, era obvio que algo muy grave había sucedido entre ellos en aquel corto lapso de tiempo. Casi podía sentir el ambiente espeso al estar ellos dos juntos, y ver esa conexión creada por las Diosas peligrosamente agrietada y lastimada, pendiendo de un delgado hilo.

Así es como el jefe goron se encontraba, carta en mano, esperando sobre una alta roca cercano al cráter de la montaña de la muerte. Se había asesorado con la gran hada que vivía allí mismo en el corazón del volcán, quien había sido categórica en afirmar que cuidar la relación entre la princesa y el héroe era prioritario, pues cualquier desequilibrio en los hilos del destino podría significar un fracaso en cualquier misión. Luego de unos minutos de esperar fuera, a los pies de un acantilado, la figura de un enorme búho surcó los cielos creando una sombra que tapaba los rayos del sol, agitando el aire circundante y llenando sus pabellones auditivos del típico aleteo de las aves aumentado en varias veces su potencia. El búho posó sus majestuosas patas sobre una roca unos cuantos centímetros más altos que Darunia, y giró su cabeza en varias ocasiones antes de comenzar a hablar.

-Oí tu llamado, Darunia.

-Siento molestar viejo amigo, pero es un asunto urgente.

Se hizo un silencio. Evidentemente el búho quería al menos una introducción del problema.

-Los elegidos por las Diosas están teniendo alguna clase de problema entre ellos - Dijo el jefe, dubitativo ante el hecho de que si un búho pudiese entender los sentimientos terrenales - Sé que probablemente no me incumbe, pero quedé tan perturbado que temo seriamente en el éxito de la misión encomendada por las Diosas si la relación entre ellos sigue así.

Kaepora se mantuvo otro instante más en silencio, mientras extendía su pata para que Darunia le atase la carta que llevaba.

-En resumidas cuentas, estás dejando el destino del reino a manos de Ruto... - Aseveró el búho.

Y así era, ni más ni menos. En esa carta el jefe goron expresaba todos sus pesares concernientes a la relación entre Link y Zelda, el desastre que podría acarrear un quiebre entre ellos dos, el desequilibrio que podría producirse en el orden natural de las cosas. Y sí, estaba confiando en la princesa Zora la tarea de asegurarse de que aquel maltrecho vínculo no siguiera desgastándose, y que dentro de lo posible tratase de fortalecer su confianza.

Había visto a la princesa Ruto una sola vez, hace unos doce años atrás. Decir que era una muchacha malcriada, haragana y sumamente caprichosa era poco, pero esperaba que la edad y su cargo la hiciesen madurar, al igual que la enorme responsabilidad que conllevaba despertar como sabia del agua.

-Entiendo que es importante - Dijo Kaepora antes de extender sus enormes alas - Trataré de que Ruto sea consciente también de ello.

Mientras su viejo amigo el gran búho se perdía en el horizonte, Darunia se preguntaba si realmente no había otra cosa más que estuviese pasando por alto.


Si bien no era un trayecto demasiado largo y mucho menos dificultoso, parecía que el silencio sepulcral que se había formado entre los dos hacía el tiempo más pesado, lento y tedioso. Cada paso que Link daba era como una cuchillada directa en el pecho, pues sabía que tras él caminaba la mujer que amaba, quien había construido un bloque de hielo impenetrable a su alrededor, tan vívido que hasta casi sentía el frío entre los dos. Zelda le seguía el paso en la semi oscuridad, pues la luz de la antorcha que llevaba él no alcanzaba a iluminarla por completo y la hacía ver tenebrosa, pero solemne y siempre elegante.

Era bien entrada la mañana de aquel mismo día cuando llegaron por fin al pequeño escondite donde habían dejado sus monturas y pertenencias, comprobando satisfactoriamente que todo estaba en su lugar, y los caballos se habían mantenido tibios y bien alimentados. El garañón los saludó con solemnidad, pero Epona relinchó con verdadera alegría al ver a su amo atravesar la caverna en compañía de la princesa. Con verdadero afecto, la yegua acercó su enorme hocico y olfateó al hyliano, quien con una sonrisa le acarició la crin y las orejas, sintiendo también cuánto había extrañado a su compañera.

A pesar de que llevaban el tiempo a su favor tardaron bastante en atravesar la explanada del campo de Hyrule por varias razones. Principalmente, porque Darunia les había alertado de movimientos de gente sospechosa en toda la pradera, de Este a Oeste y de Sur a Norte, no podían exponerse demasiado, así que avanzaban tras los árboles y el follaje, o camuflándose cuando sentían presencias extrañas. En efecto, dos veces en el mismo día observaron a lo lejos grupos a lomo de caballos cruzar en distintas direcciones, de aspecto evidentemente sospechoso por la sutileza que utilizaban. Al parecer grupos de espías se repartían por todo el reino para monitorear los posibles movimientos de la soldadesca real de Hyrule con una maestría casi profesional, así que no debían escatimar esfuerzos en ser el triple de cautos para evitar cualquier confrontación.

Es así como casi a hurtadillas habían logrado llegar a la entrada del dominio de los zoras en cuatro largos días. Dicho sea de paso, la relación entre los dos empeoraba a cada hora, en todo ese tiempo podía contar con los dedos de una mano las veces en que Zelda le había hablado, y solo un monosílabo y preguntas ocasionales. Tampoco es que él se esforzase por llevar la convivencia a un nivel agradable, puesto que estaba avergonzado y furioso consigo mismo y sus intentos por iniciar conversaciones eran poco más que nulos, por el día no era tanto el problema ya que entre el avanzar sin ser vistos y el largo y dificultoso tramo no existían los silencios incómodos que sí se apoderaban de sus noches.

Y allí se encontraba él, tratando de mantenerse caliente mientras el frío que emanaba del río le congelaba las extremidades. Había cogido la suficiente madera como para mantener encendida la hoguera hasta el alba, pero aún así el frío le calaba los huesos. Fue por una manta de lana que guardaba en las alforjas de Epona cuando vio a la princesa salir de la tienda con un libro entre las manos, algo sumamente raro pues antes de ponerse el sol ella entraba y no volvía a salir ni a dirigirle la palabra, pero en esta ocasión salió ataviada con el abrigo que le había regalado la señora de Kakariko, sin prestarle la más mínima mirada al hyliano. Tratando de ignorar los actos de la princesa centró su atención en mantenerse caliente al son del fulgor de la fogata, Epona se acostó tras él, brindándole un poco de su calor corporal.

-Gracias - Les susurró a su fiel potranca, mientras la regia Silver Bay resollaba alegremente - Es irónico que contigo cruce más palabras que con ella.

Acarició el pelaje de su yegua hasta sentir el reconfortante calor de la manta aliviar sus articulaciones entumidas. Se acomodó entre el lomo y comenzó a sentir como el sueño se apoderaba de él. En su poca lucidez, podía recordar la textura de la piel de la princesa, su olor, su sabor, y el tacto de sus besos, todas las noches su mente lo traicionaba y divagaba por aquel momento de intimidad en que se fundieron en uno solo, explorando sus cuerpos mutuamente, brindándose sensaciones nuevas para ambos. Podía recordar con dolorosa claridad los detalles de su anatomía, sus enormes pestañas, su sonrisa luminosa, sus clavículas marcadas, la curva de su espalda, sus acentuadas caderas. Sus sentidos le jugaban malas pasadas, pues al mover las manos creía que estaba allí, tocándola, haciéndola suya una vez más. Pero no era más que su imaginación, sus ganas de volver a tenerla a sabiendas de que nunca habían estado tan distanciados el uno del otro, ni siquiera cuando no se hablaron por cuatro años. Ante la etérea imagen de la chica suspirando entre sus brazos, permitiéndose por aquella vez divagar entre los recuerdos, el sueño y la calidez terminaron por vencerlo.

...

-Diez minutos antes de la media noche es preciso agregar el último ingrediente, debe beberse la segunda dósis de inmediato, para evitar cualquier efecto indeseado - leyó la princesa en un susurro, mientras dejaba el grueso libro a un lado. De un bolsillo interior de su capa extrajo una pequeña botellita con un líquido púrpura, mientras cortaba unas hierbas y las echaba dentro del menjunje. El líquido comenzó a tornarse de un color petróleo bastante denso y con un aspecto nauseabundo, la princesa hizo una mueca de desagrado y olfateó la mezcla, dándose cuenta inmediatamente de que no era buena idea. El olor era tan o más desagradable que el aspecto.

Decidiendo que no bebería eso bajo ninguna circunstancia, tapó la botellita con el corcho y la volvió a guardar en su capa. Suspiró con frustración, definitivamente la alquimia y la creación de pociones no eran lo suyo, pero al no poder elaborar la más sencilla de las recetas, un elixir para acelerar el flujo sanguíneo y aumentar el calor corporal, la molestaba bastante. Sabía que todo aquello tenía que ver con su estado de ánimo actual, aunque tratase todo el día era inútil pensar en otra cosa que no fuese su reciente desenlace amoroso.

Suspiró, sentándose a orillas del gélido río. Había estado muy molesta los primeros días, pero ya aquella mañana se había despertado con un sentimiento muy distinto. A pesar de que creía firmemente que Link se estaba comportando de forma cobarde podía entenderlo de cierta forma, si bien siempre se habían entendido y complementado, ambos vivían en mundos diametralmente distintos. Tal vez ella había sido bastante egoísta al no pensar que el joven no tenía prácticamente a nadie en este mundo, y no podía darse el lujo de ligar sus emociones con alguien a quien no podría retener a su lado aunque diese su vida en ello, la estructura elitista y clasista de la sociedad jamás lo permitiría. Era cierto que se había acobardado luego de haber consumado su amor, lo que agravaba la falta y hacía que su corazón se estremeciese ante el dolor, por ello lo mejor era alejarse el uno del otro, poner entre ellos todas las barreras con las que podía contar. Es por esto que el sentimiento que la albergaba en estos momentos ya no era el dolor y la ira, más bien la resignación de que no había absolutamente nada que hacer para salvar su relación.

-Si tan solo te hubiese hecho caso, Impa... - Alzó la vista, fijándose en el firmamento. Las estrellas titilantes se asomaban tímidamente entre una capa de cielo nublado - Ojalá existiera una pócima para olvidar.

Tratando de conservar su calor se agazapó al interior del abrigo y abrazó sus extremidades, las lágrimas comenzaron a brotar espontáneamente, mientras una vez más permitía que el dolor fluyera a través de sus ojos. Sólo esperaba que las Diosas le dieran la fuerza y la sabiduría para sobrellevar aquel pesar que inundaba su alma.

Luego de llorar por largos minutos se secó las lágrimas lo mejor que pudo, no quería que Link la viese con el rostro hinchado, quería salvaguardar la dignidad que le quedaba. Caminó directamente hacia la hoguera del campamento, sintiendo como sus articulaciones entumidas agradecían el calor que les brindaba el fuego. La figura de Epona le llamó la atención, la regia potranca se encontraba dormida enrollada casi como un felino, resguardando del frío a su fiel amo quien se refugiaba en el calor del animal. Su rostro denotaba paz, durante los últimos días el Hyliano apenas había podido dormir por las extensas guardias, así que la princesa decidió privarse un poco más del sueño para hacer de vigía y regalarle un poco de descanso al guerrero.

No quería mirarlo. El solo observar sus facciones acentuaban su nudo en la garganta, recordaba todos aquellos momentos que habían pasado juntos desde su niñez hasta hace unas cuantas noches, y todos aquellos recuerdos le pesaban dolorosamente.

No quería mirarlo pero aún así sus ojos se negaban a apartarse de él. Se imaginó a ella misma dentro de unos años casada con un frívolo monarca, ataviada de niños a quienes criar para ser futuros y sabios regentes, llena de responsabilidades, rodeada de lujos, vacía de aspiraciones. Ella siempre había anhelado vivir lejos del castillo, o al menos poder tener momentos de libertad, cabalgar por la pradera o perderse en el bosque espeso.

Y como si su mente fuese su peor enemiga, imaginó a Link al lado de Malon, riendo, encargándose del rancho, disfrutando de largas caminatas y paseos a lomo de yegua lejos de todas aquellas responsabilidades que otorgaba un palacio. Los imaginó amándose entre las sábanas, a él disfrutando del voluptuoso cuerpo de la chica, a ella gimiendo y suspirando entre los brazos del hombre que siempre había querido.

Cerró los ojos con fuerza. No se permitiría llorar de nuevo, no por un pensamiento que seguramente se terminaría volviendo una realidad.

-¿Será mucho pedir, Diosas, que en su infinita misericordia puedan darme el Don de olvidarlo? - Preguntó en una plegaria, en un susurro casi inaudible - ¿Será mucho pedir volverme a enamorar otra vez?

Las Diosas no respondieron, pero las estrellas brillaron con intensidad en la bóveda celeste.

...

Un suave resuello de Epona terminó por despertarlo. Pensó que no había pasado demasiado tiempo, pues seguía sintiendo el calor de la fogata, se restregó los ojos para desperezarse, y al abrirlos se dio cuenta de que el cielo ya no estaba tan oscuro, las tímidas luces del sol comenzaban a aclarar la mañana. No se movió de su posición, solo giró su cabeza y contempló, a unos metros de él, a la princesa sumida en un libro, agazapada entre gruesas mantas. Ya no tendría oportunidad para admitirlo, pero siempre le había encantado ver a la chica en sus momentos de concentración. Fijaba muy bien sus orbes cristalinos en su objetivo, hacía un mohín con la nariz, y cuando el problema era muy difícil se mordía el labio inferior o arrugaba la frente. Podía jactarse de conocer todos sus gestos, y por los que dominaban ahora su rostro, se daba cuenta de que era un libro de lectura sencilla, seguramente una novela o un tomo de historia. La luz que emanaba la fogata hacía que su cabello se viese menos castaño, resaltando aquellos tonos dorados que se entreveían a través de la falta de pigmentos, sus largas pestañas bajaban grácilmente al compás de su lento pestañear, y sus manos acariciaban el libro de una forma sutil y hermosa.

Quería aprovechar cada minuto para poder observarla. Sabía que tal vez este era su último día con ella, y muy probablemente no volvería a verla jamás. Trató de memorizar todos sus gestos por si el tiempo y la memoria erosionaban su percepción, al llegar a Kakariko tallaría mil veces su rostro para que aquellos recuerdos siguiesen intactos con el pasar de los años.

Una brisa particularmente fuerte removió las hojas del libro, y una de ellas se desprendió. El papel voló hacia él, posándose sobre su regazo. Link miró la hoja un instante antes de levantar la mirada y encontrarse con los ojos de la princesa, quien con un adorable gesto de sorpresa lo miraba a los ojos. Sin saber cómo actuar luego de haber sido descubierto observándola, tomó la página del libro y se levantó, caminó hacia la chica, y se la ofreció. Zelda extendió su mano para coger la página, y sin premeditación, sus dedos se rozaron por un breve instante, tan corto como un pestañeo, sutil y fugaz, pero lo suficientemente poderoso como para reactivar todas aquellas emociones viscerales que los llenaba a ambos.

Zelda apartó la mano rápidamente y metió la hoja suelta en el libro. Se sentía torpe ¿Por qué demonios estaba tan nerviosa?.

-¿Pasó la noche en vela, majestad? - Oyó al chico. Las palabras protocolares eran siempre tan frías y dolorosas.

-Pensé en daros unas horas de descanso.

-Debió despertarme. No es propio de su alcurnia hacer las de guardia, su deber es descansar.

Y aunque ella misma había puesto la condición de que el chico no la volviese a tratar con familiaridad, sus palabras dolían. El sentirse tan ajena a él era un sentimiento nuevo, el corazón se le apretaba con cada oración. El viento volvió a soplar, pero esta vez sostuvo con fuerza el libro, no quería volver a tener un contacto tan cercano con el muchacho o se desmoronaría. Por su parte, la fuerte brisa hizo que el olor corporal de la noble le llenara al chico las fosas nasales, disfrutando por un breve instante aquel aroma que añoraría toda su vida.

Desayunaron ligero sin decir una palabra, apenas un poco de pan, agua y queso, las provisiones estaban empezando a escasear luego de la marcha constantemente interrumpida. Cuando ya tuvieron todas sus pertenencias empacadas y en las alforjas de los caballos, ambos subieron a los regios animales para seguir el trayecto. No habían cabalgado siquiera una hora cuando el hyliano se detuvo, bajó de Epona y la condujo por las bridas hasta una cerca, la ató fuertemente y comenzó a sacar de las alforjas todo aquello que creía necesario.

-¿Qué sucede? - Preguntó la princesa, confundida por la actitud del joven.

-Siento deciros alteza que solo podemos seguir con monturas hasta este punto. Luego de acá el camino se pone demasiado accidentado, debemos ir a pie.

Con mal humor evidente, la chica se bajó del garañón e imitó al guerrero, atando a su fiel bestia a la valla, sacó algunas pertenencias y las colocó en su morral.

-¿Y bien? - Ella estaba lista, pero el chico la miraba, dubitativo.

-Con el debido respeto, ¿No tiene algo más cómodo para vestir?

La princesa observó su atuendo. Llevaba un vestido sencillo de algodón, unas calzas, sus botas de piel de ciervo y el abrigo que le habían regalado en kakariko. Definitivamente era más cómodo que cualquier cosa que solía llevar en el castillo, donde su vestimenta constaba de incómodos corsé, faldas voluptuosas y con telas pesadas, ornamentaciones y joyas molestas, sin contar las veces que debía llevar aquella corona en las ceremonias protocolares.

-Estoy perfectamente bien - Aseveró, testaruda.

Link suspiró resignado, en su relación actual no quería ni debía llevarle la contraria. Avanzaron por una senda delgada bordeando un monte luego de la verja, no tan estrecho para ellos pero sí para los caballos. La princesa seguía todo el tiempo los pasos del Hyliano, no quería dar un paso en falso en un terreno tan resbaloso y a ratos abrupto, luego del camino estrecho se encontraron con el cauce del río, el cual parecía realmente imposible cruzar a nado por la increíble velocidad de sus aguas. Link siguió caminando por el borde del río hasta que el mismo se hizo más estrecho de una orilla a la otra, debía reconocer que estaban ante la primera dificultad.

-No quiero arriesgarme a que os precipitéis al río y este os arrastre caudal abajo.

-¿Entonces?

-La única forma posible es saltar.

Zelda observó la distancia entre orillas, la fuerza de la rivera, y el rostro de Link como si estuviese mal de la cabeza. Sin esperar respuesta alguna de la noble, el guerrero tomó un poco de impulso y se precipitó ante la otra orilla, cayendo impecablemente al otro lado luego de una voltereta ágil. A la princesa le sudaban las manos, ¿Cómo esperaba que ella hiciese semejante pirueta?. Sopesando las alternativas que le quedaban, supo rápidamente que era la única opción que tenía para llegar al dominio de los zoras antes de envejecer, y por supuesto, antes de que la compañía del rubio terminase por volverla loca.

Tragó grueso, retrocedió unos cuantos pasos y cuando se sintió segura corrió con todas sus fuerzas hacia la orilla para saltar en el último segundo, alcanzó a divisar el otro lado del río, pero la caída inminente le dejaría unos cuantos golpes y rasmillones. Sin embargo, no contaba con que el brazo del Hyliano la sujetaría firmemente de la cintura, reduciendo la velocidad e impidiendo un lamentable tropezón en la enlodada rivera. Su corazón acelerado comenzó a disminuir de frecuencia cuando cayó en cuenta de que lo había logrado, esbozando una enorme y luminosa sonrisa llena de orgullo. Antes de que la monarca se diese cuenta de que él estaba tocándola, retiró con cuidado su brazo de la cintura de la chica, y se dio el lujo de disfrutar por un breve instante de aquel gesto que siempre extrañaría en ella.

Tratando de disipar cualquier pensamiento de su mente, el muchacho no dijo nada y giró sobre sus talones para continuar el viaje río arriba hacia el dominio de los anfibios. Cruzaron con dificultad varios obstáculos en las que nuevamente ambos tuvieron que reducir distancias para ayudarse mutuamente, lo que no hacía la situación menos incómoda. Mediante avanzaban la monarca tuvo que dejar de lado su orgullo e ir despojándose de la ropa que le estorbaba, quedando finalmente con sus calzas de algodón y una enagua ligera que alcanzaba a cubrir bastante. Luego de un largo trecho de caminata y un puente levadizo llegaron a un camino serpenteante que ascendía hacia una majestuosa cascada de agua furiosa y gruesa. Subieron con cuidado aquel camino, la audición se hacía difícil por lo que no podían comunicarse con eficacia, llegaron a la cima de cara a la afluente de agua sobre un grabado de piedra con el símbolo de la familia real, Zelda se agachó y tocó la loza con las yemas de sus dedos, seguramente aquella litografía era más antigua que varias de sus generaciones. Podía sentir como su ropa y su cabello estaban empapándose con las gotas que rebotaban por el efecto de la física.

-¡Zelda! - El grito de Link la sacó de sus pensamientos, el muchacho le hacía gestos, era difícil oírlo a través del ruido del agua. Estaba mojado al igual que ella, y había llevado las manos a su boca, haciendo una mímica de estar tocando algún instrumento. Rápidamente, Zelda sacó de su morral la reliquia de su familia, la ocarina del tiempo, y se la entregó a Link. El rubio se llevó el instrumento de viento a los labios, y comenzó a entonar aquella melodía que conocía tan bien desde sus más tempranos recuerdos.

Tal vez fue la imaginación de ambos, pero por un instante que pareció una eternidad el tiempo cesó su flujo normal. El ensordecedor ruido de la catarata cesó, Link ya había dejado de tocar la ocarina, pero podía sentirse el eco de la melodía. El agua que se arremolinaba por la acción de la caída generaba un efecto óptico sublime, como si estuviesen flotando en las nubes, con aquella canción de cuna resonando. Ambos se miraron a los ojos por aquel precioso momento, los ojos tan claros como ópalos de la princesa se conectaron con el zafiro duro e intenso de los orbes del hyliano, creando una conexión que atravesó las frágiles líneas del tiempo. Sin saber exactamente cómo reaccionar, Zelda extendió su mano solicitando al héroe que le devolviese su reliquia, éste la depositó en su mano, e inmediatamente después la princesa colocó su otra palma sobre el dorso de la mano del guerrero. Algo en la mente de los dos les gritaba a viva voz de que este era un momento ya vivido por ambos.

Lentamente la chica retiró sus manos que sostenían la ocarina y la guardó en su morral, rompiendo como un cristal aquel efímero instante en que los minutos parecían haberse vuelto pesados e interminables.

Link, saliendo de la estupefacción que le había causado la sensación de haber vivido un deja vu, le señaló a la princesa la cascada, para que la observara con mayor detenimiento. Si bien seguía cayendo, la cantidad de agua y la velocidad con la que se precipitaba al río había disminuido considerablemente, dejando a su paso una delgada capa de agua fácilmente franqueable, y tras ella una abertura oscura. Imitando uno de los tantos saltos que habían estado obligados a realizar durante todo el trayecto, ambos cruzaron la cortina de agua y se adentraron en la oscura abertura, era como estar en una cueva húmeda y rocosa, con olor a moho y con poca visibilidad. Zelda invocó una de sus esferas de luz esperando que el trayecto que debiesen caminar no fuese tanto como sí lo había sido el camino hacia ciudad goron.

Caminaron unos cuantos minutos a paso lento y cauteloso ya que el camino era bastante empinado y difícil, y a pesar de que hizo todo lo imposible por no tener contacto físico con el muchacho, las dificultades del camino sumado a la piedra resbaladiza de la caverna la hicieron tropezar en un recodo empinado, cayendo sobre el hyliano. Él alcanzó a darse la vuelta para ayudar a la chica, pero sus pies en mala posición cedieron ante la humedad y terminaron por caer uno encima del otro. La chica se torció levemente el tobillo pero amortiguó su caída sobre el cuerpo del chico, a quien aún le retumbaba la cabeza por el golpe en la fría piedra.

-¿Estás bien? - Escuchó la voz de Zelda, lo que le sirvió para espabilar de la impresión de la caída - ¿Link?

El aliento de la chica le chocaba contra el rostro, mientras su cuerpo lo aprisionaba tortuosamente. Tenía las manos en las caderas de ella, podía sentir bajo la delgada fibra del algodón aquella piel suave de la que se había deleitado hace apenas unas noches atrás, los pechos de la princesa se apretaban contra su torso, mandando el raciocinio bien lejos de Hyrule. Zelda pareció notarlo, pero por algún motivo no se movió, continuó respirándole en la cara como si no tuviese suficiente con sentir todo su cuerpo sobre él.

La chica pareció sentir el cambio en el chico, pues salió de su estupefacción y se levantó como un resorte pegando su espalda en la húmeda piedra de la gruta. Link suspiró tratando de calmar su acelerado pulso, y aún con la sensación del cuerpo de la princesa sobre él, se incorporó para seguir la senda. Con la caída, la esfera de luz se había disipado, pero alcanzaban a divisar un haz al final del túnel por lo que no fue necesario invocar otra. Era una fortuna que quedara un trecho corto pues la tensión entre ambos se había puesto aún más pesada y densa que en todos aquellos últimos días, si aquello era posible.

A penas cruzar la última estalactita que indicaba el final de la cueva y el inicio de la ciudad acuática, dos zoras altos y majestuosos armados con lanzas les cerraron el paso. Instintivamente Link puso a la princesa tras él mientras ceñía una mano al pomo de la espada. Se miraron unos instantes hasta que el zora de la izquierda bajó la lanza y su compañero lo imitó, ambos abriéndoles paso para que continuaran su trayecto.

El zora que bajó primero la guardia se acercó a ambos y les dirigió una cordial reverencia.

-Princesa Zelda, joven Link - vocalizó mientras mantenía su cabeza gacha - Lamentamos el agravio, pero en estos tiempos debemos ser precavidos.

-¿Cómo es que supo quienes somos? - Preguntó Link aflojando su agarre de la espada, el zora rió.

-Ha pasado mucho tiempo joven Link, pero aún recordamos la ayuda que nos brindó años atrás. No podríamos olvidarnos de aquello. Y los rasgos de la princesa son bien conocidos, además que su porte y elegancia la preceden - El zora se giró sobre sus talones - Por favor, acompáñenme.

Siguiendo a los zoras, ambos jovenes descendieron por el camino de piedra el cuál dejaba a la vista un magnífico lago interior alimentado por una enorme cascada que caía desde lo alto de los dominios. Zelda contempló maravillada como zafiros brillaban en los rincones escondidos de la gruta mientras el agua más clara y cristalina que jamás había visto reflejaba las tonalidades de las gemas y las antorchas que titilaban alrededor. Decenas de zoras disfrutaban del agua dando ágiles piruetas y demostraciones de nado, las escamas de los anfibios estaban iluminadas con magnificencia en aquel baile de colores y contrastes.

-Por cierto, me llamo Radim. Soy el capitán de la guardia zora - anunció el que los guiaba a través del camino. Zelda lo observó desde su posición y pudo notar que algunas escamas de las aletas de Radim eran de un color carmesí deslavado, algo que jamás había visto en aquella raza, así que supuso que se trataba por su rango en la milicia - La princesa Ruto nos anunció que llegarían, los está esperando en la sala del trono.

Al decir esto se detuvieron al pie de unas escaleras iluminadas por antorchas. El otro zora se quedó custodiando, mientras Radim los acompañó en el ascenso. Ya empezaba a sentir la falta de aire tras subir una serie de muchos peldaños resbalosos cuando la imagen de la princesa Ruto la sorprendió completamente. La última vez que la había visto era aún una adolescente malhumorada y caprichosa, pero ahora la reemplazaba una mujer majestuosa y elegante, con porte altivo, pero infinitamente más madura en apariencia que aquella chiquilla que inundaba sus recuerdos. Al verlos entrar, la princesa se acercó a ella y le dedicó una suave reverencia, a lo que se vio obligada a responder de la misma manera.

-Querida Zelda - anunció la princesa de los zoras, con una voz mucho más suave y jovial a la que recordaba - Estaba esperándoos con ansias. Tenemos mucho de que tratar y de qué hablar. Es un placer volver a verla luego de todos estos años.

-El placer es mío, Ruto.

La anfibio le regaló una sonrisa mientras sus ojos cambiaban inevitablemente de dirección hacia el chico tras ella. No sabía si era por el reflejo de las gemas en el agua que escurría libre por la habitación, pero los ojos de Ruto parecieron brillar con añoranza por un instante que solo ella creyó notar. La muchacha se acercó al hyliano y repitió la reverencia de una manera más acentuada y majestuosa, haciendo que sus zarcillos de amatistas se mecieran con gracia. Acto seguido, tomó las manos del joven entre las suyas, observándolas por un instante con infinita melancolía. La incomodidad de Link se notaba en su rostro de manera evidente.

-No os pongáis nervioso, Link. Después de todo, entre nosotros no debería existir incomodidad alguna - El hyliano miró a Zelda tratando de pedir auxilio, pero la joven ignoró su mirada fijando sus ojos en el suelo de piedra.

-Princesa Zelda, ¿Os importaría que la privase de la compañía de Link? - Preguntó Ruto, Zelda la miró confundida - Los menesteres de la guerra no me conciernen para nada, para ello está mi padre y el capitán Radim que entienden mejor estos asuntos. Es por ello que mientras hablan de aquellos asuntos, me gustaría un tiempo a solas con Link, si no os perturba.

Zelda miró a Ruto fijamente y aunque días atrás se habría desternillado de la risa al ver el rostro del rubio suplicándole misericordia, lo cierto es que un pesar se instaló en la boca de su estómago. Jamás lo reconocería en voz alta, pero nunca le había gustado compartir al chico, ni aun cuando su relación estaba irremediablemente destruida. Sin ninguna excusa plausible para que el chico se quedase en la reunión, la princesa Zelda simplemente asintió ante la petición de Ruto.

-Magnífico - dijo Ruto, mientras se ceñía delicadamente al brazo del hyliano - Link por favor acompáñame a la fuente de Jabu Jabu, allí estaremos a solas.

Cerrando los ojos con fuerza el muchacho se dejó llevar hacia la fuente, era como si lo obligaran a caminar hacia el cadalso.


A penas el capitán Dunham había entrado a la ciudadela Impa ensilló su regia yegua blanca y se precipitó a cumplir las órdenes de su rey, pero antes de partir en la búsqueda de la princesa debía hacer un alto obligado. Cabalgó todo el día río arriba hasta llegar al puente y cruzó hasta Kakariko en vez de seguir el tramo que conducía a la rivera de los zoras, siguió por la explanada hasta hallar el árbol que marcaba la entrada de su pueblo y, dejando a su yegua atada a una cerca, subió escaleras arriba. A penas entrar al pueblo supo que algo había sucedido, era evidente para cualquier persona en Kakariko, puesto que el gran hostal que recibía a los cansados viajeros había sido probablemente consumido por las llamas. Observó cautelosamente un momento, notando como los aldeanos ayudaban en las labores de reconstrucción, los carpinteros trotaban de un lado a otro llevando pesados materiales, y hasta aquellos quienes no conocían de albañilería aportaban con su trabajo.

Recordando su prisa, Impa comenzó a caminar rápidamente, subió otro entramado de escalones hasta llegar a una casa que servía como tienda. Entró y notó que no estaba el dependiente, por lo que siguió su camino hasta la puerta trasera que daba a un antejardín accidentado. Bajó una escalera manual y subió otros peldaños hasta llegar a una casa desvencijada y con un fuerte olor a químicos, el interior estaba oscuro y lúgubre, pero así lo recordaba desde que tenía memoria.

-¿Cómo se encuentra? - Preguntó la Sheikah a una figura entre las sombras, rodeada por unos calderos burbujeantes y humeantes en distintos colores y tonalidades.

La figura resultó ser una mujer, la bruja del pueblo, quien se encontraba machacando unas hierbas con un mortero de piedra. La anciana cerró los ojos con fuerza luego de dirigir a Impa una larga mirada y negó con la cabeza, denotando en sus actos una profunda tristeza e impotencia.

Preocupada, la institutriz de la princesa caminó hacia la primera habitación a mano derecha, encontrándose con un lugar a penas iluminado por unos tenues rayos de sol que se colaban entre las rendijas de la ventana. La silueta de una joven estaba de espaldas, mirando por aquella ventana que no evidenciaba más que polvo y persianas cerradas.

Con cautela, Impa caminó hacia la cama en la que se encontraba la muchacha, pero esta al sentir un ruido pequeño en los pasos de la mujer se encogió cual ovillo de lana y comenzó a temblar frenéticamente. Asolada, Impa se sentó al lado de la chica, quien no paraba de tiritar como una hoja.

-Lenna... - Impa trató de sonar suave y conciliadora. El estado de la muchacha era deplorable, pero necesitaba una pista o algún indicio de lo que se iba a enfrentar.

Al oír su nombre, Lenna tembló aún más y comenzó a sollozar como un animal herido.

Frustrada ante la incapacidad de hacer algo al respecto la Sheikah se levantó con la intención de salir de la habitación para no seguir perturbando la paz mental de la joven mucama. Sin embargo antes de abandonar la estancia un recuerdo que podría ser de utilidad invadió su mente. Lenna tenía la edad de Zelda, habían crecido juntas y la había acompañado desde su más tierna infancia, estando juntas ambas en muchas ocasiones. Impa llevó sus dedos a sus labios y comenzó a silbar una melodía, aquella que era capaz de calmar a la princesa y trasladarla a un descanso sereno.

Lenna se quedó quieta un momento, fue solo un instante pero pareció una eternidad, acto seguido se levantó muy lento y giró su cuerpo hacia Impa. Estaba delgada y demacrada por su estado mental, pero al menos en una casa cálida donde tenía comida y buenos cuidados, no en una celda en la que había sufrido tantos abusos y humillaciones. Lenna dirigió sus ojos oscuros y asustados como los de un cervatillo al acecho hacia la institutriz, e Impa pudo percibir cómo trataba de comunicarle algo importante a través de su mirada.

Inhalando con fuerza, la chica usó toda su energía para vocalizar lo que tanto quería transmitirle.

-No permita... que se aleje del elegido por Farore... -susurró la joven.

Tosiendo copiosamente, las rodillas de Lenna parecieron dejar de funcionar y si no fuese por los agudísimos reflejos de la Sheikah habría caído estrepitosamente al suelo. Desmayada, la chica no pudo seguir aportando información, así que la recostó delicadamente sobre la cama implorando a las Diosas que le diesen una nueva oportunidad para vivir su vida de forma plena. No tenía idea de a qué se refería, pero era imposible sobrecargarla con más información luego del nivel de trauma que habían sufrido su cuerpo y su mente.

Salió de la habitación, no sin antes dirigirse hacia la bruja que miraba fijamente el interior de uno de los calderos mientras lo removía con sumo cuidado.

-Cualquier cosa que ella diga, por favor hágamelo saber.

-Es magia muy oscura... ten cuidado.

-Lo sé, yo también lo presiento, pero no puedo dejar a la princesa a la deriva.

Sin decir más, abandonó la casa.


Link trataba de mirar hacia cualquier dirección para no hacer contacto visual con la princesa Ruto. No le caía mal, pero lo ponía en extremo nervioso, sobre todo por su personalidad caprichosa e impredecible. No sabía con qué fin ella lo había alejado de Zelda para estar "a solas" siendo que la misión con la que se encontraban allí era de incumbencia de la princesa y no de él en particular, de hecho el ya debería estar de regreso camino a Kakariko para planear una nueva vida o algo por el estilo.

Ruto se movía de un lado a otro a pasos lentos y elegantes, jugando con el agua entre sus pies, tocando con la yema de sus dedos las ornamentaciones de piedra del santuario de Jabu Jabu. La enorme criatura dormía plácidamente en su posición habitual.

-Debería estar feliz por tener al fin a mi prometido conmigo, pero sólo puedo decir que estoy molesta y decepcionada...

Las palabras de Ruto lo dejaron estupefacto. Al principio creyó que le estaba hablando a otra persona, pero por más que miró en todas direcciones sólo evidenció que estaban los dos solos. Asumiendo que se refería a él, el chico aclaró su garganta.

-No sé a qué se refiere, princesa Ruto.

-¿No habrás olvidado nuestra promesa, cierto? - Preguntó la chica acercándose peligrosamente a él.

Link retrocedió un par de pasos por instinto. La muchacha solo atinó a echarse a reír.

-Olvídalo querido, nuestra unión no tenía pies ni cabeza y sólo éramos niños, estoy tomándote el pelo. Además estoy prometida con un hombre de mi raza, espero que esta noticia no te parta el corazón.

A decir verdad, estaba más que aliviado.

-Sin embargo... - Ruto lo agarró fuertemente por los hombros y clavó sus ojos en los de él - Créeme que sí estoy molesta y decepcionada. No sé en qué clase de hombre te has convertido.

Pasmado primero, pero luego enfadado por las palabras acusatorias de Ruto, Link trató de defenderse.

-Debo insistir en que no sé a qué se refiere.

-No hay que ser demasiado observador para notar que trajiste a la princesa del reino quebrada en mil pedazos.

Link cerró la boca inmediatamente, ¿Qué tanto podía saber Ruto?.

-Somos distintas pero ambas somos princesas y respondemos a las mismas lógicas aristocráticas de nuestros cargos, y por ende debemos ponernos máscaras de cortesía y frialdad a cada hora, todo el tiempo. Cuando recibí a la princesa pude ver aquel reflejo en mi espejo cuando mi padre me dijo que no podía casarme con el hombre que yo amo por no pertenecer a mi misma clase social. Vi el rostro de una mujer quebrada, y peor aún, deshecha por quien ella más confiaba dentro de esta triada en la que no puede confiar ni en su propia sombra - Ruto se detuvo un momento para ver el arrepentimiento en los ojos de Link, probando finalmente su punto - Darunia recibió en su reino una princesa feliz, y yo recibí una princesa en pedazos.

-Con todo respeto princesa. Lo que haya ocurrido entre Zelda y yo no es de su incumbencia en absoluto.

-Estás equivocado. Pareces olvidar que el destino de Hyrule pende de un hilo delgado, no podemos dejar que la princesa pierda la estabilidad y...

-Usted es la que está equivocada - Por primera vez en días, la frustración dentro del cuerpo del hyliano parecía salir a flote - No importa cuánto me esfuerce, no importa cuánto trate de hacerla feliz, porque en este mundo no hay cabida para una relación entre un campesino y una dama de la realeza, no quiero lidiar con una relación destinada al fracaso.

-Siempre existe la manera de hacer que las cosas funcionen...

-¡No! ¿No lo entiende?, ¡Usted me lo acaba de decir!... También perdió a su amor por este absurdo juego del poder en que dos personas que se aman no pueden ser felices.

-Hay una diferencia sustancial entre mi historia y la tuya, Link. - La mirada de Ruto cambió, fue muy sutil, pero lo suficientemente visible para que el muchacho se diese cuenta - El hombre que yo amé era un cobarde, pues no quiso enfrentar a mi padre ni a la sociedad, no quiso esforzarse por hacer un cambio, no quiso luchar junto a mí por un futuro en común. Tú en cambio eres el hombre más valiente y con más coraje que jamás conocí, dispuesto a arriesgar tu vida por lo que creías justo, dispuesto a cruzar el mundo por hacerla feliz...

Link agachó la mirada, frustrado, desconociéndose a sí mismo.

-¿Qué te han hecho, Link?, ¿Por qué pareces otra persona completamente diferente?

-No lo sé... - lágrimas de frustración comenzar a surcar el rostro del guerrero, su voz se quebraba a medida de que vocalizaba su pesar - ...Hay momentos en que pareciese que todo es posible, pero inmediatamente después recuerdo... al rey Nohanssen y sus duras palabras, recuerdo a Ganondorf... y siento que no puedo continuar.

Una extraña energía invisible comenzó a invadir al rubio, Ruto no podía verla pero sí percibirla, era como si el peso de sus dudas nublara su raciocinio y lo acobardara como a un cachorro. Con temor, la princesa extendió una de sus escamosas manos hacia el hombro del chico y, como un chispazo que duró una fracción de segundo, pudo ver la trifuerza en el reino sagrado, agitándose convulsivamente. Impactada ante tal visión, la princesa cayó de rodillas con un ruido de chapoteo. Link salió de su estado de confusión y, preocupado, ayudó a la chica a ponerse nuevamente de pie. Ruto buscó en los ojos del hyliano parte de la extraña energía que había sentido hace solo unos segundos, pero solo pudo divisar aquellos ojos claros como el agua profunda.

-Algo está muy mal...

-¿Princesa?

-Algo le sucede a la trifuerza...


Bien. Sé que comparado con el capítulo anterior este no tiene tanta "acción"a como ya los tengo acostumbrados, pero se debe a que a veces son necesarios estos capítulos de transición para lograr explicar algunas cosas, aún así no creo (en mi humilde opinión) que sea un capítulo del todo aburrido, puesto que traté de incluir elementos interesantes. El fanfic está más o menos a la mitad, aunque puede que se extienda un poco dependiendo de como avance la historia. De este punto en adelante podrán notarse más tensiones, pero no quiero adelantar nada.

Respecto a mis cada vez más prolongadas tardanzas, créanme que todos los días pienso en ustedes y como deben estar maldiciéndome por no actualizar xD pero ando muy corta de tiempo y por lo demás muy cansada. Gracias a SakuraXD por la preocupación en su último review, sus comentarios y su constante cariño son fundamentales para que la historia siga en pie y yo no me desmorone ante la montaña de libros y trabajo que tengo pendientes u.u kill me please.

Como siempre les agradezco su fidelidad. Los quiero a todas y todos! Besos.