Capítulo VIII
Intensamente
InuYasha caminaba delante de mí a paso raudo y seguro, no podía negar el aura de profunda sensualidad que lo envolvía cuando estaba furioso, pero yo no podía comprender la razón de su enfado. Bueno, sí, un poco, había ido a las ruinas de aquella fábrica, aún a sabiendas que él no lo aprobaría, pero nada malo había pasado. No podía entender porqué estaba tan enfadado.
Él se detuvo y me miró.
- Te pedí expresamente, que no salieras ni recibieras a nadie sin mí – sus palabras estaba cargadas de rabia contenida.
- No sucedió nada – me atreví a responder. Sus ojos dorados se abrieron ante la sorpresa de mi respuesta, para luego entornarse con un gesto de impaciencia.
Volvió a caminar, lo seguí y nuevamente se detuvo.
- Los humanos no son de fiar, tú mejor que nadie debería saber eso – me increpó. Comprendí que apelaba al tiempo en el que bajábamos para ayudar a los humanos en sus debilidades.
- Sí, lo sé – respondí abocándome a aquel recuerdo - pero también sé que está dentro de nuestras enseñanzas tener esperanzas en que puedan ser mejores – le hablé con sinceridad.
Me miró intensamente. El corazón se me agitaba cada vez que sus ojos se clavaban en mí más de un segundo.
Era tan difícil estar día a día junto a InuYasha, deseando olvidarme de todo lo sucedido y simplemente rendirme ante el sentimiento que seguía vivo en mi alma, por él.
- Eres tan inconsciente del peligro que corres – dijo, mientras se giraba y continuaba avanzando a grandes zancadas. Yo lo seguía con cierta dificultad, apurando el paso para no quedarme atrás.
- No corría peligro – debatí.
Toda esa gente necesitaba ayuda, ¿qué peligro podía correr en realidad?, sólo quería ayudarlos.
Se detuvo y se giró. Yo tuve que frenar mi paso violentamente, para no tropezar con él.
- ¿No corrías peligro?... – me enfrentó, inclinándose sobre mí, utilizando su mayor estatura para intimidarme. Lo logró.
- Estaba con Kouga – dije intentando defenderme.
InuYasha respiró profundamente, mientras su mirada se intensificaba sobre mí. La luz de la farola que lo iluminaba desde atrás, hacía que se viera más imponente aún. Abrí los ojos con cierta turbación, por un momento pensé que sus alas negras se abrirían. Me sentí apabullada, con deseos de escapar. El corazón se agitó en mi pecho y el recuerdo de InuYasha arremetiendo con su espada contra mí, apareció como un relámpago. Claro, rápido, intenso, poderoso y extremadamente doloroso.
- Kouga – repitió el nombre en un susurro enérgico.
Nuestra casa estaba cerca. Sentí el impulso de escabullirme, un aura de agitación lo rodeaba, no podía verla, pero sí sentirla. Noté como el temor se instalaba en mi interior, necesitaba huir de él.
Intenté parecer segura, pasando a su lado con el movimiento más firme del que fui capaz. Me tomó por el brazo con fuerza, lo miré fijamente sondeando su mirada, ansiando no parecer amedrentada. Sus ojos parecían llamear.
- ¿Quieres vivir con ese humano? – me preguntó sin alzar la voz, lo que no lograba ocultar la consistencia de sus palabras. Había algo visceral en aquella pregunta, no ocultaba nada de lo que estaba experimentando.
Entonces comprendí lo que sucedía.
- Claro que no – le respondí de inmediato.
InuYasha estaba experimentando una de las mezclas de emociones humanas, más dolorosas y peligrosas que había. Celos.
Muchas veces habíamos tenido que bajar ángeles a la tierra, para intentar aplacar la fuerza de ese sentimiento, el dolor que ocasionaba, la furia y las horribles consecuencias, cuando no era contenido.
Nosotros jamás experimentamos algo como esto. Éramos esencias equivalentes, habíamos nacido para pertenecernos, pero ahora que nos habían enviado con los humanos, no estaba segura, ni él tampoco.
- ¿Te sientes unida a ese humano? – continuó preguntándome.
Comprendí de inmediato su pregunta, InuYasha hablaba de una unión como la que alguna vez, él y yo compartimos. No, eso era irrepetible. ¿Acaso no lo sabía?
- No puedes preguntarme eso – le dije, notando como mi propio malestar despertaba.
- No es difícil de responder – continúo aún sin soltarme, su voz cargada de sarcasmo.
Dejé de enfocar su mirada y tiré un poco de mi brazo, pero no me fue posible soltarme.
¿Qué fue de ti amor?
Aquella pregunta se retorcía en mi cabeza, una y otra vez, sin respuesta.
Volví a enfocar sus ojos dorados que continuaban mirándome con aquella intensidad que me destrozaba, obligándome a recoger los trozos de mi alma e intentar unirla.
- No estoy unida a él – le dije con frialdad. El pulgar de la mano que me sostenía, acaricio lentamente mi piel por encima de la delgada tela de la blusa. Sentí deseos de llorar – no estoy unida a nadie.
Terminé la frase con violencia, tirando de mi brazo nuevamente, logrando que me liberara. Sabía que estaba siendo cruel, pero él lo había sido conmigo y lo seguía siendo, me mostraba luces de las cosas que había amado de él y luego se escondía otra vez, tras una coraza que disfrazaba de orgullo herido.
¿Qué orgullo podía haber en renunciar a todo lo que has amado?
Eso era algo que InuYasha jamás me podría explicar.
Avancé hasta la casa, sumergida en mis propias miserias. Hundida en el amor que sentía por él y en la decepción de comprender que ya no lo conocía.
No esperé a que me siguiera, pero sabía que venía tras de mí. En cuanto entramos a la casa me volvió a hablar.
- No quiero que andes por ahí sola – insistió, yo suspiré agotada.
En mi mente se aglomeraban tantos recuerdos, tantos sentimientos que había logrado mantener a raya, pero que ahora se impulsaban desde mi interior gritando por su libertad.
Me giré hacia él y avancé la distancia que nos separaba.
- ¿Qué me puede pasar? – Le increpé - ¿te preocupa que algún humano me haga daño? – mi voz sonó irónica, mi rostro se contrajo ante ese descubrimiento, estaban aflorando en mí, demasiadas emociones humanas.
Se tardó un momento en responder, yo me di la vuelta en dirección a la habitación.
- Sí – aceptó, escuetamente como si aquel simple monosílabo le hubiese costado más que una batalla contra demonios.
Me giré y lo miré.
- Tú me has hecho más daño del que cualquier humano podría llegar a hacerme jamás - no supe si mi rostro había expresado el dolor que me causaban aquellas palabras, pero InuYasha se quedó en silencio y luego simplemente se fue, cerrando la puerta tras de él.
Me quedé ahí, con la casa silenciosa cerrándose a mí alrededor. En todos los días que llevábamos entre los humanos, no había extrañado con tanta fuerza, la luz y el afecto que tenía, en mi amada Ciudad de Cristal.
Me dejé caer y ahí me quedé, sentada en el piso, apoyada contra una pared, mientras las lágrimas comenzaban a caer.
Creo que me quedé dormida en aquel lugar, pero a la mañana siguiente estaba en la cama.
InuYasha no se encontraba cuando desperté. Las cortinas estaban cerradas, así que la luz del sol tampoco me despertó. No sabía qué hora sería, me levanté con mucha prisa y me cambié de ropa, salí corriendo sin siquiera desayunar, hacía la casa de Sango, debía de estar esperándome desde hacía largo rato.
Toqué a su puerta y me disculpé en cuanto ella apareció, sonriente como siempre.
- Lo siento Sango, me he dormido – le dije, afligida como me encontraba.
Sango traía a su bebé en los brazos, mientras las gemelas corrían a mi encuentro.
- Pasa Kagome – me respondió ella entrando y dejando paso, para que lo hiciera yo también – InuYasha estuvo aquí y me contó lo de anoche.
- ¿Te contó? – hablé con incredulidad. No creía que InuYasha le hablara de nuestra discusión y menos del tenor que había tenido.
- Sí – se giró ella, mientras dejaba al bebé en la sillita de comer, entonces me miró – me comentó de la mala noche que pasaste y que te dejaría dormir un poco más – mencionó.
Me quedé sin palabras, ¿InuYasha había hecho eso por mí? Quizás simplemente lo hacía para parecer un buen "esposo" a los ojos de Sango.
De todas maneras no pude evitar la sensación de tibieza que se instaló en mi pecho, una sensación agradable y en la que podía regocijarme.
- ¿Cuánto tiempo llevan tú e InuYasha juntos? – me preguntó de pronto Sango y la miré fijamente, buscando comprender sus palabras.
- Bastante – le respondí, ordenando un poco los juguetes de las niñas que estaban esparcidos por toda la sala – a veces me parecen siglos.
Ella sonrió, dando una cucharada de papilla a su bebé.
- Te comprendo – continuó hablando – a veces, siento lo mismo con Miroku.
- Quizás sea normal – intente responder algo que tuviera sentido.
- ¿Y no han pensado en tener hijos? – me preguntó.
Entonces la miré fijamente, me sentí tocada en una parte muy vulnerable y tuve deseos de ovillarme en el suelo de la tristeza que eso me producía.
- Lo siento – me dijo Sango, con la voz cargada de preocupación – igual te he preguntado algo inconveniente – seguramente mi rostro me había delatado.
Tragué con dificultad y le limpie la boca a ambas gemelas que se habían acercado comiendo una galleta.
- Pensamos en tener – le respondí con toda la sinceridad que la situación me permitía.
- No ha resultado – continuó ella.
- Algo así – respondí yo.
Mis pensamientos vagaron por aquella hermosa entrega en la que amos decidimos concebir un hijo. Un varón, había dicho InuYasha, a mí la verdad no me importaba lo que fuera, sólo ansiaba ver perpetuado nuestro amor en un alma limpia, a la que le ayudaríamos a volar. Literalmente.
Mis dedos jugaban con su cabello plateado, después de consumada nuestra petición, ambos sabíamos que quizás necesitaríamos más de una petición para que se nos concediera la bendición de un hijo, una nueva luz en el hogar que habíamos creado.
- Te divierte – me preguntó, aún acunándome entre sus brazos.
Comprendí que se refería al juego que hacían mis dedos entre las hebras de su cabello. El tacto era como seda pura, suave, delicado, acariciador. Amaba tocar su cabello y el siempre me lo había permitido como parte del amor que sentía por mí. Sabía perfectamente que para InuYasha aquello era parte de la intimidad que compartía conmigo y sólo conmigo.
- Un poco – sonreí al responder.
Ambos nos quedamos en silencio un momento más.
-¿Habremos creado un nuevo ser? – Le pregunté con cierta ansiedad.
- Así sea – sentenció, mirándome con sus hermosos ojos y en los labios, marcada la sonrisa más bella que podía regalarme.
- Así será – sellé su sentencia y le sonreí también.
Lo amaba tanto, deseaba que nuestro amor se fecundara y nos diera a un hermoso ser alado que un día nos llamaría padres.
Ahora mirando a los hijos de Sango, sentía lastima por todo aquello. Él no conocía la alegría de ser padre.
¿Habría cambiado eso en algo nuestro destino?
Esa noche no salí de casa, preparé de comer para al menos diez personas, esperaba que llegaran algunos de los visitantes que solíamos tener.
InuYasha llegó ese día algo más temprano de lo habitual. Su actitud no parecía agria, pero tampoco amena.
- ¿Cenarás? – le pregunté con amabilidad, pero sin adornos.
- No tengo hambre – me respondió.
Hacía días que notaba que él evitaba comer cuando no tenía hambre, aunque fuera la hora de alguna comida. No podía dejar de pensar en aquel relato que hizo del tiempo que pasó en el infierno. Nunca más hablé con él sobre eso, pero no lo olvidaba.
Se escucharon un par de golpes en la puerta.
Abrí y me encontré con un par de ojos de un intenso color celeste.
- Kouga… - dije con asombro.
- Hola – respondió él con una amplia sonrisa – le pedí a Giichi que me indicara tu casa – me explicó.
- Ahh – fue todo lo que salió de mi boca.
Escuché dentro de la casa los pasos de InuYasha acercándose a la puerta. No me moví ni un milímetro, intentando crear una barrera entre él y Kouga.
- ¿Vendrás esta noche con nosotros? – me preguntó él amablemente.
No supe que responderle. Ir a ayudar a las personas era algo que nacía en mí de forma natural, pero también sabía que los sentimientos de InuYasha estaban agazapados en su interior, esperando arrojarse sobre alguna presa.
- ¿Irás con ellos, Kagome? – me preguntó la voz de InuYasha tras el oído.
Su aliento movió ligeramente mi cabello y me produjo un escalofrío. Él debió notarlo, porque puso ambas manos sobre mis hombros.
- Tú debes ser Kouga – habló nuevamente y yo tragué con cierta dificultad.
¿Por qué me sentía tan nerviosa?, era como si me hubieran descubierto robando caramelos en algún sitio.
- Sí – respondió Kouga, extendiendo su mano.
Se me hizo un nudo en el estómago.
InuYasha respondió al saludo y estrechó la mano de Kouga con fuerza, ambos se miraron a los ojos, pero ninguno dijo nada. Estaba segura que aquel saludo estaba durando más de lo necesario.
- Iré Kouga – dije yo, intentando aligerar el ambiente, que de pronto se había vuelto muy denso – espérame.
Tomé a InuYasha de la mano rápidamente y me lo llevé dentro de casa.
- Por favor no quiero problemas – le dije en susurros, esperando que no me escucharan fuera de casa.
- ¿Por qué tendrían que haber problemas? – preguntó InuYasha con su normal tono irónico.
Yo suspiré y fui por una chaqueta que me sirviera de abrigo por la noche. Cuando volvía a la sala InuYasha seguía de pie en el mismo lugar, con la mirada puesta en la puerta que estaba medio abierta.
- Volveré en un par de horas – le dije, abotonando la chaqueta – si quieres cenar algo, hay suficiente comida – continué explicándole.
Me acerqué a la puerta y desde ahí le dije.
- Estaré bien.
No me respondió nada, solo se quedó mirándome inexpresivo, como si estuviera librando una extraña batalla en su interior. Me di la vuelta y quise cerrar la puerta, pero su mano se posó sobre la mía y la sostuvo.
- Yo iré contigo – me anunció.
Su voz sonaba calma, pero decidida, no me dejaba ningún espacio a negativas.
Caminamos tras el grupo con el que iba Kouga, tres personas más que también habían estado el día anterior, no dedicaban demasiadas horas a esto y según lo que me había explicado él, se distribuían la zona, para intentar llegar a la mayor cantidad de personas.
InuYasha caminaba junto a mí en completo silencio.
Cuando llegamos a la zona de la antigua fábrica, nos distribuimos el trabajo. InuYasha comenzó a ayudar también y de vez en cuando lo miraba. Lo veía acercarse a las personas, sonriéndoles con un afecto que no era habitual en él, conversaba e incluso sonreía.
Hubo un momento en que me distraje incluso de mi propia labor, observándolo. Sus pómulos se llenaban por la sonrisa que marcaban sus labios, cuando hablaba amenamente con un hombre que estaba sentado sobre unos cartones en un rincón que sería su cama esa noche.
De pronto se giró y me miró, aún con la sonrisa abierta en los labios. Un sentimiento vehemente me llenó el pecho, supe inmediatamente que era amor, no podía confundir aquella emoción, la había experimentado durante muchísimo tiempo a su lado. Sus ojos dorados se hundieron en mí como puñales y no pude escapar de ellos. Sus labios comenzaron a borrar la sonrisa, cambiando a una mucho más amenazante que la furia.
La pasión.
- Kagome – escuché la voz de Kouga tras de mí. Me costó reaccionar, los ojos de InuYasha se negaban a liberarme y yo no me sentía con fuerzas para hacerlo – Kagome… - insistió.
Entonces respiré profundamente y cerré los ojos antes de darme la vuelta.
- ¿Si? – pregunté. Sin poder mirar a Kouga, me sentía demasiado perturbada por la intensidad de la mirada de InuYasha, más aún, estaba profundamente aturdida por lo que sus ojos me anunciaban.
- Ya estamos por terminar – me anunció, yo asentí – mañana no vendremos, pero tenemos planeado salir y tomar algo por ahí.
¿Tomar algo por ahí?
No estaba muy segura de a lo que se refería, pero me parecían buenas personas, no debía ser nada malo.
- Esta bien – respondí.
- ¿Entonces irás? – preguntó con entusiasmo.
- Sí – afirmé mirándolo entonces.
Sus ojos celestes, eran claros como el cielo y pensé que una persona con esos ojos, no podía ser mala.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Una vez terminada nuestra labor, caminamos nuevamente el grupo de vuelta. Nuestra casa era la primera de regreso, así que nos despidieron con bastante afecto.
- ¿Vendrás mañana? – me preguntó Ayame, la chica con la que me había venido conversando todo el camino.
- Claro – respondí, una vez más.
- Bien – habló con alegría – vendremos por ustedes.
Ustedes.
No estaba muy segura de si InuYasha aprobara aquella reunión.
Lo miré rápidamente, pero él no estaba mirándome. Hizo un gesto despidiéndose sin mucho entusiasmo del grupo y entro en la casa.
- Nos vemos mañana entonces – dijo Kouga a mi lado. Noté como Ayame bajaba la mirada e intentaba disimular su nerviosismo. Ahí había algo.
- Mañana – aseveré – debo entrar – dije sin más, haciendo un gesto con la mano, antes de dirigirme a casa.
Empujé la puerta, que InuYasha había dejado sin cerrar y cuando entré, me encontré en la penumbra más absoluta. Cerré la puerta y extendí la mano, para alcanzar el interruptor de la luz. Entonces sentí su mano reteniendo la mía.
- InuYasha… - susurré intentando encontrar mi voz.
Continuará…
Un capítulo más chicas… ayer me entretuve viendo Corazón Salvaje, y hoy iba por las mismas… ainsss… soy una adicta, obsesiva, compulsiva… en fin.
Espero que la historia les vaya gustando, de momento está más centrada en cosas cotidianas, al fin y al cabo están entre o humanos, pero va teniendo matices de su vida como ángeles…
Les dejo mucho besitos y muchas gracias por leer… me he puesto cobradora con los reviews, porque a mí me cobran los capítulos a diario… jooo… y ya es trabajo actualizar cada día, "amor con amor se paga…" dice por ahí una canción.
Por lo tanto, recuerden, "su review es mi sueldo"…
Siempre en amor.
Anyara
