Draco Malfoy y el corazón de un Slytherin
Capítulo 8 – Confianza
Harry nunca sonreía. Tampoco se reía.
Dos meses habían pasado desde el comienzo de las clases y todo y todos se habían asentado en la rutina habitual. Los estudiantes se quejaban de las tantas horas de clase y de las ingentes cantidades de deberes, los profesores se quejaban de los alumnos y de las ingentes cantidades de deberes que debían corregir.
Había, sin embargo, diferencias con otros años. Muchos de los alumnos todavía llevaban en el brazo bandas de luto por Cedric Diggory. Los fines de semana en Hogsmeade se habían suspendido. Las lechuzas que se enviaban entre padres y alumnos eran mucho más numerosas. Se dictaban clases adicionales voluntarias de Encantamientos y de Defensa.
Y Harry nunca sonreía, ni se reía. Y Draco tampoco.
En realidad, Draco no tenía ninguna razón que justificara sonreír o reír. Su padre estaba muerto. Sus amigos lo habían abandonado una vez que se hizo evidente que estaba trabajando con Harry. Con los OWLs ese año las clases demandaban mayor esfuerzo y les asignaban muchísima tarea. Las prácticas de quidditch se habían vuelto aburridas puesto que su destreza había crecido de manera fenomenal desde que jugaba con Harry. Además, casi todo el tiempo libre lo dedicaba a investigar pociones experimentales… y el resto para comer y dormir.
Pero no todo era tan deprimente. Estaba el quidditch de medianoche, casi todos los días. Era una actividad que lo distendía, el vuelo, el viento, la velocidad, la competencia, nada mejor para espantar toda pesadilla. Aprovechaban también para charlar sobre cómo les había ido durante el día.
Draco dirigió la vista a la mesa de Gryffindor. Potter, con sus cabellos negros eternamente desordenados, conversaba con Weasley y Granger. El almuerzo ya llegaba a su fin pero todavía quedaban algunos rezagados en el Gran Salón. Era jueves, así que una vez que todos se hubiesen ido, Draco y Harry comenzarían con sus clases.
Se reunían cuatro veces a la semana para practicar encantamientos, hechizos y cosas así. Ya habían cubierto más de las tres cuartas partes de los temas requeridos para los alumnos de quinto. No tenían deberes que escribir pero habían acordado que el profesor Dumbledore observaría las clases de tanto en tanto y que los examinaría oralmente sobre lo que habían aprendido y practicado.
—La verdad es que no te entiendo, Draco. —le llegó desde atrás la voz disgustada de Pansy Parkinson— Sinceramente… ¿con el maldito Harry Potter nada menos?
Draco se volvió y le clavó una mirada de fastidio. Ya no se juntaba con él —lo que no dejaba de ser una bendición si uno iba al caso— pero se daba el gusto de enrostrarle sus opiniones cuando se le cantaba la gana.
—¿De qué estás hablando?
—Yo creía que vos eras unos de los mejores de la escuela. —dijo Pansy— Pero has caído también, subyugado por el encanto del buenito y reverenciado, el Gran Harry Potter. Al principio creí que te obligaban a trabajar con él, pero después de dos meses es claro que vivís suspirando por él como el más adepto de sus fans.
—¡Yo no vivo suspirando por Potter! —replicó Draco escandalizado.
—Pero por favor… ¡tengo ojos, Draco! —insistió con una risa desdeñosa y altanera— Yo en tu lugar tendría mucho cuidado… puede que otros Slytherins no se muestren tan tolerantes como yo ante tus… vínculos con Potter.
Draco la observó marcharse, la velada amenaza no dejaba de ser inquietante. Probablemente no eran sino inventos de ella, nadie iba a ponerse en su contra por su asociación con Potter… ¡y él no suspiraba por Potter!
Más tarde Draco le contó a Harry lo que le había dicho Pansy.
—Qué notable, —comentó Harry distraídamente mientras iba pasando las hojas del libro que tenía en las manos para encontrar la página en la que habían quedado— Ron también piensa que vos me gustás.
Draco alzó las cejas. —Y… ¿es así?
—En mis pesadillas quizá. —respondió Harry, luego apoyó un codo sobre la mesa y la mejilla sobre el puño en alto— En realidad… creo que Ron está celoso de vos. Y en cierta medida me parece que Hermione también.
—Bueno… yo soy mejor que ellos en todos los aspectos. —alardeó Draco con desparpajo. En ese momento observó que la araña emergía de debajo de la manga de Harry y correteaba hacia la mano.
Harry revoleó los ojos. —Se te olvidó agregar que también sos mucho más modesto.
—¿Verdad que sí? —dijo abriendo el libro de Encantamientos en la página con el señalador, que era en la que habían quedado la última vez— ¿Y por qué está celoso Roniquín? Contame, así se lo puedo refregar bien en su pecosa cara.
Harry se encogió de hombros. —No sé bien por qué está tan molesto… probablemente porque ya no tenemos tiempo para divertirnos juntos… no hemos podido jugar al ajedrez ni siquiera una vez desde que empezaron las clases… mi trabajo con vos, el quidditch de noche, las prácticas regulares de quidditch, todos los deberes, las lecturas adicionales que tengo que hacer… no me queda tiempo…¡ah!, y las malditas sesiones de estudio para los OWLs de Hermione —suspiró fastidiado— ¡No puedo creer que insista en que tenemos que estudiar desde ahora! ¡Si los exámenes son en mayo… faltan siete meses!
—Los OWLs son extremadamente importantes. —declaró Draco— Determinan tu nivel de destreza básico en hechicería. Te abren puertas para los estudios de los dos últimos años. Cuantos más OWLs apruebes tanto mayor será tu libertad de elegir.
—Vos también… ya empezaste a estudiar, ¿no? —preguntó Harry intencionado.
—¿Y qué tiene de malo? Mi padre espera… —se interrumpió abruptamente, se le había formado un nudo en el estómago. Bajó la vista al libro y apretó la las mandíbulas con dolor y rabia.
Harry estiró la mano y le dio un suave apretón en el puño. La araña se deslizó danzando por los nudillos de Harry y cruzó a la mano de Draco.
Draco alzó la cabeza y lo miró directo a los ojos. —Enseñame la Maldición Mortal. —dijo con determinación.
En silencio, Harry le estudió el rostro unos instantes y finalmente asintió. —De acuerdo, vamos a tener que salir para juntar algunos insectos.
Dejaron los libros y las togas en el Gran Salón y salieron. Hacía un tibio día de otoño. Cuando pasaron cerca de la clase de Hagrid se ganaron muchas miradas extrañadas de los alumnos. Ya todos sabían que Draco y Harry tenían juntos clases de Estudios Independientes y arreciaban los rumores de lo que harían cuando desaparecerían durante los fines de semana. Algunos de los chismes se acercaban bastante a la verdad —decían que debían de estar practicando magia en alguna de las aulas vacías—, otros, no podrían haber estado más errados —decían que se escapaban para coger todo el tiempo hasta olvidarse de cómo se llamaban—. De una forma o de otra, a todos les sorprendía que los acérrimos rivales de otrora hubieran terminado frecuentándose con asiduidad y aparentemente muy amigos.
La mayoría no sabía de los partidos de quidditch a medianoche, de haberse enterado hubieran quedado aun más perplejos.
Caminaron bordeando el Bosque Prohibido hasta llegar al lago. Los árboles estaban cargados de vibrantes colores: rojos y naranjas, amarillos y marrones. En el aire danzaban muchas hojas que iban cayendo de las ramas. Harry usó un Petrificus sobre un tronco podrido, se sentaron sobre la hierba y lo partieron al medio, todos los insectos que lo habitaban habían quedado paralizados por el hechizo.
—Antes de que empecemos necesito que me des tu palabra de que nunca… jamás de los jamases… vas a usar la Maldición Mortal a menos que no te quede ninguna otra alternativa. —dijo Harry mirándolo fijamente y muy serio.
—¿Por qué no?
—Porque te transformarías en un asesino, Draco… igual que Voldemort.
Draco reflexionó unos instantes sobre esas palabras. —Entiendo. —dijo finalmente.
—Bien, adelante entonces. —Harry agarró un ciempiés paralizado y lo depositó sobre la rodilla de Draco— Finite incantatem.
—¡Esperá…! —Draco atrapó al bicho con la mano y luego miró inquisitivamente a Harry— ¿No me vas a hacer prometer que no voy a usar la Maldición? ¿Un voto o algo así?
Harry negó con la cabeza. —No es necesario, yo…
De pronto la máscara que llevaba casi siempre puesta pareció desdibujarse, Draco alcanzó a ver en su expresión miedo, tristeza, inquietud… y ¿esperanza?, las emociones se fueron sucediendo rápidamente una detrás de las otras. Harry bajó la cabeza para ocultar sus rasgos, no quería exponerse y sabía que en ese momento estaba dejando traslucir más de lo que quería. Con un hilo de voz dijo: —Confío en vos.
Era una buena cosa que Draco odiara a Harry… de lo contrario en ese momento hubiese sonreído muy complacido. —Es bueno oirlo… —lo siguiente que dijo le costó mucho pronunciarlo— Yo también confío en vos, Potter… lo cual quiere decir que probablemente somos los idiotas más insensatos de todo el planeta.
—Idiotas o insensatos… igual juntos vamos a derrotar a Voldemort. —dijo Harry y un atisbo de sonrisa le asomó a los labios, luego recuperó la máscara imperturbable habitual.
—Bien… dejémonos de mariconadas entonces y pongámonos a trabajar. —dijo Draco. Puso a continuación al ciempiés sobre el suelo, lo apuntó con la varita y formuló: —¡Avada Kedavra!
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