Hola, aquí les traigo el nuevo capítulo. Gracias a quienes siguen la historia y quienes la han agregado a sus favoritos; y a los lectores silenciosos.

Les recuerdo que ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo Ocho

Edward estaba sentado en el vestíbulo del banco. Hacía calor aquella mañana, pero no tanto como para justificar el sudor que le caía por la espalda y le humedecía el bigote. Sacó un pañuelo que había metido en su mejor chaqueta de lana y se secó la cara con la esperanza de que nadie se diera cuenta.

Nunca había hecho algo así. Jamás había acudido al banco a pedir dinero. Se había construido el establo por el método más duro, el más honrado, con sudor y trabajo, dólar a dólar, caballo a caballo, tabla a tabla, hasta dar forma a su sueño.

Quizás en el fondo de su cabeza, había confiado en no tener que pasar nunca por aquella situación. En no tener que ir jamás a pedir un crédito. Pero Bella significaba para él más que su orgullo.

El hombre que atendía la única ventanilla lo miró desde detrás de los barrotes. El hombre calvo sentado a la mesa que había delante del despacho de Charlie Swan había estado calibrándolo con la mirada desde que llegó, cuarenta y cinco minutos antes. Edward nunca había estado en aquel banco. No les había confiado su dinero, y jamás había dudado de lo acertado de aquella decisión.

Como si se tratase de una conjura del destino, Emmet entró en aquel instante en el banco, lo miró primero de pasada y después con evidente sorpresa, y luego entró sin llamar en el despacho de su padre.

El tipo calvo arrancó su mirada de Edward y la puso en un montón de papeles. Era evidente que Swan le estaba haciendo esperar deliberadamente.

Por fin, después de que se hubiera visto en la necesidad de sacar el pañuelo en varias ocasiones más, Emmet abrió la puerta.

—Pase, señor Cullen.

Edward entró en la guarida del león. Emmet entró tras él y le señaló una silla.

Edward miró a su alrededor. El despacho estaba muy bien amueblado, desde la preciosa mesa de caoba con accesorios de cobre hasta las sillas de cuero, pasando por un cuadro en el que se representaba la cacería del zorro.

Charlie Swan estaba sentado al otro lado de la mesa, fumándose un cigarro con toda parsimonia. Habían hablado en los meses que habían transcurrido desde que Edward abriese el establo. El propietario del anterior se había marchado a Nebraska a vivir con su hijo, y los Swan se habían visto obligados a tratar con él si querían alquilar un coche, pero eso no los obligaba a ser cordiales. Utilizaban sus coches y sus caballos, le pagaban por su alquiler y se marchaban.

—Debe tener una buena razón para estar aquí —dijo Charlie, entrelazando las manos sobre el vientre.

Emmet se sentó en una silla y cruzó las piernas, dispuesto a contemplar la escena.

Aún no lo habían linchado, de modo que Edward encontró consuelo en aquel hecho.

—Es por cuestión de negocios.

—Yo no tengo ningún negocio con usted —replicó Charlie.

Quizás debería volver a empezar.

—Gracias por recibirme.

Swan no contestó.

—He venido a pedir un préstamo. Quiero construirme una casa.

Swan enarcó las cejas, miró a su hijo y luego a Edward.

—No ha necesitado antes mi ayuda.

Se refería al establo. Edward no había querido pedirle dinero prestado, lo mismo que tampoco podía hacerlo en aquel momento, pero las cosas habían cambiado.

—Para construir el establo me las arreglé solo, pero ahora necesito un préstamo.

—Hace falta mucho dinero para construir una casa.

Edward asintió.

—Creo que puede ver que soy un hombre trabajador, de confianza. Sé administrar bien el dinero.

—Para pedir un préstamo hay que tener con qué avalarlo.

—Tengo el establo, ya lo sabe.

—¿Está limpio?

—Pagué en efectivo hasta el último clavo.

—Supongo que espera impresionarme.

—En absoluto. Pero sabe que soy de fiar.

—Eso no lo sé. Podría dejar de pagar las letras.

—No lo haré.

—Esas cosas pasan.

—En ese caso, se quedaría con el establo.

Había tenido que tragar saliva para poder contestar así.

—Yo no quiero un establo para nada.

—Podría venderlo. Es un negocio rentable.

—Entonces, ¿por qué no paga en efectivo la construcción de su casa?

—Pues porque todavía no he ganado el dinero suficiente. Pero lo haré. Soy el único herrero en cien kilómetros a la redonda.

Charlie se recostó en la silla y fumó hasta que una nube de humo rodeó su cabeza.

—Un trabajo sucio —contestó, y se quitó una mota de polvo de la chaqueta del traje con un dedo de manicura impecable.

Emmet se examinó también ostensiblemente las suyas y Edward no tuvo duda alguna de que no habría una sola mancha en ellas.

El calor de la rabia empezó a subirle por el cuello, pero no retiró de encima de las perneras del pantalón sus manos endurecidas por el trabajo cuyas uñas había cepillado durante diez minutos aquella mañana.

—Un trabajo honrado.

El hombre frunció el ceño, y volvió a hacer una pausa deliberada antes de volver a hablar.

—¿Tiene algo más que ofrecer como garantía? ¿Joyas? ¿Oro?

—Caballos.

—Tampoco me sirven de mucho los caballos.

Su rabia creció. Los caballos podrían convertirse sin dificultad en dinero mediante subasta, y todos lo sabían. Lo estaba desafiando. Respiró hondo e intentó calmarse.

—Le estoy pidiendo un préstamo, señor Swan, porque necesito el dinero, pero usted puede negarse a concedérmelo por la razón que le parezca.

—Pienso que una casa es un lujo para un hombre de su posición.

—¿Es que juzga a todos los que vienen a pedir un préstamo?

—Necesito juzgar la capacidad de un hombre de devolverme mi inversión. Los bancos no se mantienen en el mercado perdiendo dinero.

—Puedo pagar las letras.

Charlie dejó su cigarro en el borde de un cenicero de bronce y se levantó.

—No me convence. Demasiado arriesgado. Esta reunión ha concluido.

Edward miró a Emmet, y se sorprendió de encontrar en ellos sólo un leve interés, en lugar de regocijo o al menos, superioridad.

Charlie le había dado con la puerta en las narices.

La verdad es que se lo esperaba, así que la humillación no fue insoportable. Aquel hombre era el padre de Bella, y aunque no creía deberle un respeto especial, se sentía en la obligación de mantener la calma. Le tendió la mano.

—Bueno, gracias por su tiempo.

Charlie actuó como si no hubiese visto el gesto ni oído sus palabras.

—¿Tienes esos documentos preparados? —le preguntó a su hijo.

Emmet se levantó y recogió unos cuantos libros de cuentas de un armario.

Edward dejó caer el brazo y, sin perder la compostura, salió del despacho. El hombre calvo sentado junto a la puerta lo miró, y el de la ventanilla hizo una leve inclinación de cabeza.

De pie en el polvo de la calle, se aflojó la corbata, desabrochó el botón del cuello de su camisa blanca y se miró las uñas. El banco Swan habría sido el más conveniente, pero no era el único banco del país. Recogería la escritura de su negocio y lo intentaría en Fort Clearwater.

Después de hablar con Sam y dejarlo todo organizado, preparó unas cuantas provisiones para la noche y ensilló un caballo.

Durante el tiempo que duró el viaje, tuvo más que de sobra para lamentar haber ido al banco de la familia Swan. Padre e hijo debían estar pasándose un buen rato a su costa. ¿Qué había creído que iba a ocurrir? ¿Que el padre de Bella hubiese cambiado de pronto de opinión? Si supiera que la casa era para Bella, ¿habría supuesto alguna diferencia, o se lo habría puesto todo aún más difícil? Seguramente lo segundo.

Un pretendiente debía presentarse al padre de la chica para pedirle su mano, y la forma en que había conducido aquel asunto le hacía sentirse incómodo. ¿Pero qué otra opción tenía? Los Swan no estarían dispuestos a concederle ni un solo respiro.

Pero él quería a Bella, y estaba dispuesto a pelear.

A la sombra de una pérgola cubierta con las flores amarillas y rojas de una capuchina, Bella estaba sentada en el paseo de ladrillo que discurría por el jardín delantero de los Swan. Junio había llegado con una tremenda profusión de flores, pero con tan sólo unas cuantas notas de Edward. Menos mal que el tiempo se le hacía más corto con la presencia de un tutor todas las mañanas.

Arrancó la flor de una petunia blanca e hizo girar entre los dedos la flor blanca de terciopelo. En el buen tiempo, disfrutaba mucho del jardín. El ruido de un carro llamó su atención. No podía ver la calle desde allí, pero el ruido se detuvo. Varios minutos después, Alice la encontró.

—¿El tío Aro te ha dejado venir sola? —le preguntó.

—No, mamá ha venido conmigo. Está dentro.

—Ah —Bella arrugó la nariz—. Supongo que mi madre querrá que tomemos el té con ellas.

Alice suspiró.

—Supongo —empujó la silla de Bella hasta el banco de piedra sobre el que trepaba la hiedra en una pequeña pérgola en forma de arco—. Traigo algo para ti.

—¿Qué es?

Alice sacó un pequeño papel de su bolso.

—¡Ay! —exclamó Bella, y se lazó sobre la misiva.

Su prima se echó a reír.

No puedo esperar más, decía la nota. Esta noche. En el mismo sitio.

Bella se llevó la nota al pecho.

—¿Qué dice?

—¿La has leído?

Alice hizo un mohín.

—Claro que no.

—Dice que tiene que verme.

—¡Qué romántico!

—Quiere casarse conmigo.

—¿Y cómo lo va a conseguir? Tus padres no lo permitirán.

Bella movió la cabeza con tristeza.

—No sé cómo. Sólo sé que tiene que ser así. Cuando hablo de esta situación así, o cuando me la planteo con frialdad, me parece imposible. Pero cuando estoy con él… ay, Alice, cuando estamos juntos, soy capaz de creer cualquier cosa.

—Es una tragedia que no te permitan verlo. Como Romeo y Julieta, ¿no te parece?

—¡En absoluto! Nosotros no somos niños, y Edward no tiene una familia que lo defienda frente a la mía. Y desde luego, ninguno de los dos va a tomar veneno porque no podamos estar juntos. Qué comparación tan horrible.

—Mujer, ya sé que no es exactamente igual, pero vuestra historia es tan romántica como la de ellos dos —dijo, llevándose las manos unidas sobre el pecho.

Bella no tuvo más remedio que reírse.

Alice tomó su brazo.

—¡El cuatro de julio está a la vuelta de la esquina! Las chicas no dejan de hablar de la fiesta y el baile. El padre de Jane Dempsey nos va a prestar su carro y sus caballos para la carroza. Contamos contigo para que vengas a su casa para decorar la carroza con nosotras. Tenemos sólo tres semanas para hacerlo todo.

—Estupendo —contestó Bella, aunque ya no le parecía tan divertido como lo era antes. Pero era una buena excusa para alejarse de allí. Incluso cabía la posibilidad de que pudiera ver a Edward en una de aquellas salidas—. ¡Estupendo! —repitió con mucho más entusiasmo.

La visita de Alice hizo que el día transcurriera antes. Bella cenó con sus padres y se despidió de ellos. En su habitación se puso a leer, consultando el reloj cada dos páginas.

Al final llegó la media noche y salió en silencio para tomar el camino hasta las espíreas.

La estaba esperando ya, con el caballo pastando en el borde del césped del vecino.

—¡Edward! —exclamó, y se levantó de la silla para abrazarlo.

Él la besó largamente, y fue un beso hambriento, codicioso, que intentaba recuperar el tiempo perdido. Bella apoyó la cara sobre su pecho, respiró su olor y se empapó de su fuerza. Él enterró los dedos en su pelo y apretó su cabeza contra el pecho.

—Te he echado de menos —dijo ella.

—Y yo a ti.

—Apenas he recibido notas tuyas —dijo, separándose para mirarlo.

—He estado muy ocupado, trabajando hasta muy tarde.

—¿Y eso?

—Tengo noticias, Bella.

—¿Ah, sí? ¿De qué se trata?

Él la sujetó por los hombros.

—Estoy construyendo una casa.

Ella tardó un instante en asimilar las palabras.

—¿Una… una casa? ¿De dónde has sacado el dinero?

—Lo he pedido prestado.

¿Un préstamo?

—¿Mi padre te ha prestado dinero para una casa?

—No. Lo he pedido en un banco de Fort Clearwater.

—¿Pero se lo pediste primero a él?

Edward asintió. Parecía incómodo con el tema.

—¿Mi padre te lo negó, y el otro banco te lo prestó, así, sin más?

—No. Han venido a ver mi negocio para asegurarse de que era una buena inversión. Sólo entonces me prestaron el dinero.

—Lo siento —dijo ella, y la desilusión por el comportamiento de su padre le pesó en el pecho—. Ha debido ser un montón de dinero.

—No va a ser una mansión —dijo, casi disculpándose—. No tan bonita como la casa en la que vives ahora.

—¿Dónde? —preguntó, olvidándose de lo demás.

—No he podido permitirme comprar una parcela en la ciudad. Además, tu padre controla la mayor parte, así que he encontrado una tierra fuera de la ciudad y he comprado lo suficiente para poder tener caballos, construir un granero y tener un jardín y un huerto. De todos modos, esta propiedad es mejor.

Bella sujetó sus brazos.

—¿Me vas a llevar a verla?

—¿Ahora?

—¡Sí, ahora! ¡Quiero verla! Quiero ver dónde vamos a vivir.

—Es peligroso —dijo él, mirando hacia su casa.

—Están dormidos —lo tranquilizó—. Nadie nos verá.

—No sé, Bella.

—Por favor, Edward. Los días se me hacen tan largos —dijo, acariciando su mejilla—. Si puedo verla, tendré esa imagen para ayudarme a soportar los días y las noches sin ti. Por favor…

El pelo le brillaba a la luz plateada de la luna y se inclinó sobre ella para besarla.

—Está bien —dijo, con voz ahogada—. Está bien.

Tras ayudarla a subir a Wrangler, se subió él a la grupa y puso el caballo a galope, evitando pasar junto a las casas.

—¿Está lejos? —preguntó ella.

—No. A unos ocho kilómetros. Llevaban cabalgando varios minutos cuando guió el caballo a través de un arroyo.

—Es el camino más corto.

Wrangler los llevó a la otra orilla, coronaron una pequeña colina y llegaron a una zona de pinos.

—Es allí —dijo.

La zona que señalaba tenía el esqueleto de una casa, apenas visible en la oscuridad.

—¿Es esa nuestra casa?

—Lo será —Edward detuvo el caballo, bajó y la ayudó a bajar a ella—. El terreno es desigual. Ten cuidado.

Bella se agarró a su brazo sin apartar la mirada del esqueleto de madera.

—Ojalá hubiese luz para poder verla de verdad.

—Aún no hay mucho que ver.

—¿Esta es la puerta?

—Sí.

—¿Sólo una?

—Ya te construiré una casa más grande dentro de un tiempo.

—No era una crítica —protestó, mirándolo—. Ya te he dicho que viviría en cualquier parte contigo, y lo digo en serio. Creo que esta va a ser la casa más bonita del mundo.

—Eres muy fácil de complacer —dijo él, sonriendo y acariciando su pelo.

Bella se sujetó a su brazo y se dirigió a la abertura que aparecía en el frontal.

—¿Suelo de madera? Eso está bien.

—¿Es que pensabas que iba a dejarte dormir con gusanos y serpientes.

—Y una chimenea.

—No es de ladrillo. Las piedras del campo salen gratis.

—Me encantan las piedras. ¿Lo has hecho tú solo?

—No, Eleazar me ha ayudado. Y un par de amigos más.

—¿Es que le has hablado a Eleazar de… lo nuestro?

Él negó con la cabeza.

—Pero creo que sospecha algo —añadió—. Un hombre soltero preparando una casa resulta sospechoso.

—Bueno —dijo, mirando a su alrededor. Ojalá hubiese más luz—. ¿Esto es… el salón?

—La cocina está al fondo a la derecha. En realidad la casa es sólo una habitación larga.

El espacio le pareció adecuado. Otra puerta conducía a una habitación aparte.

—¿El dormitorio?

—Sí.

Bella soltó su mano y se colocó en el centro de la casa. Aquel iba a ser pronto su hogar. Viviría allí con Edward, Podrían estar solos y disfrutar de todo el tiempo para hablar, besarse y lo que quisieran hacer.

—Nadie controlará mi tiempo ni mis actividades aquí. Nadie me dirá lo que puedo o no puedo hacer en nuestra casa. Es casi demasiado bueno para ser cierto.

—Es más que eso —contestó él en voz baja—. ¿Me equivoco?

Ella tomó sus manos.

—¡Claro que no te equivocas! Es muchísimo más. Siento haberte parecido tan egoísta. Poder estar juntos me parece imposible. No puedo esperar a que no tengamos que separarnos.

Edward la abrazó con fuerza. Su entusiasmo le proporcionaba la energía suficiente para otra semana de trabajo desde el amanecer hasta la noche. Ella merecía cada minuto, cara hora de ese trabajo, cada dolor de los músculos agotados. No quería desilusionarla. Quería ser él quien le diera todo el amor y la felicidad que se merecía.

Cada golpe con el martillo, cada piedra, cada clavo, eran un paso más para poder estar juntos. Había trabajado toda su vida por aquella meta, aunque no se había dado cuenta hasta hacía poco. El colegio, su trabajo en el rancho, su negocio, todo ello habían sido pasos hacia Bella. En sus brazos parecía tan femenina y frágil, pero tan real por fin.

De todos los hombres que podían haberse ganado sus favores, lo había elegido a él, y estaba dispuesto a hacer lo que fuese por ella, cualquier cosa para verla sonreír, oírla reír, ganarse un beso de sus labios.

Bajo el telón de las estrellas, la tomó en brazos y dio una vuelta sobre sí mismo al tiempo que su risa volaba hacia las montañas. Siguió girando hasta que el cielo no fue más que un borrón de rastros de luz y Bella apoyó las manos en su pecho.

Apoyó la rodilla en la madera del suelo y ella le rodeó el cuello con los brazos mientras que el mundo iba perdiendo poco a poco velocidad.

—Gracias, Edward —susurró ella.

—Gracias, Bella —contestó él.

—Me gustaría que volviéramos a hacer esto en nuestra noche de bodas. Y en todos los aniversarios del resto de nuestras vidas. Seamos felices.

—Te lo prometo.

—Puede que te canses de llevarme en brazos.

—Nunca.

—También es posible que me vuelva gorda y no puedas conmigo.

—Fíjate, soy por lo menos dos veces más grande que tú —contestó—. Podría llevar a dos.

Ella apoyó la mano en su mejilla.

—Pienso pedirte cuentas de esa promesa.

—Y yo espero que lo hagas.

En las semanas que quedaban para la fiesta del cuatro de julio, Bella solo vio a Edward en dos ocasiones. Una cuando sus padres alquilaron un coche para dar un paseo en domingo y otra noche como aquella, en la que le enseñó los progresos que estaba haciendo con la casa.

—Yo debería ayudarte en algo —dijo ella.

—Ya me das la fuerza que necesito —la tranquilizó—. Además habrá mucho que hacer cuando esté terminada, y serán cosas que necesiten la mano de una mujer.

La mano de una mujer, se repitió, y llevó aquella frase en el corazón. El único hombre que la había considerado una mujer, era el hombre al que sus padres detestaban.

Ayudó a las chicas con la decoración de la carroza para la fiesta, pero cuando llegó el momento del desfile y las chicas tenían que subir a la carroza de flores de papel, le pidió a Alice que la bajase por la rampa y que salieran sin ella.

—De eso, nada —se negó su prima—. ¡Fíjate en lo que las chicas han preparado para ti!

Leah Clearwater y Emily Young le ofrecieron un delantal de rosas de fieltro rojas, blancas y azules.

—Es para ti, Bella —le dijeron—. El puesto de honor en nuestra carroza es tuyo.

Bella no había salido nunca en una carroza. Siempre había tenido que limitarse a verlas pasar desde la acera.

—¿Estáis seguras?

—Por supuesto. ¡Arriba!

Con la ayuda de Alice y Emily, subió por los escalones improvisados con cajas de madera y se colocó en la parte trasera de la carroza, que ya no parecía un carro de heno, sino un manojo de papel de múltiples colores.

Se sentó donde le dijeron y las demás chicas, charlando y revisándose el peinado y los guantes, se sentaron a su alrededor.

La banda de voluntarios de los bomberos parecían estar calentando los instrumentos más que tocando una pieza de aire patriótico, pero con toda energía animaron a la procesión de carrozas a ponerse en marcha.

Las primeras ya estaban siendo animadas por la gente congregada en las acercas y la excitación de las chicas creció. Bella sentía el corazón alborotado, aunque se lo estaba pasando de maravilla. Un perro negro y pequeño ladró desesperado a la carroza que precedía a la suya y un hombre lo metió en una maceta vacía a la puerta de la heladería de Miss Stanley.

Bella se echó a reír y entonces su carroza apareció a la vista de todos. Los espectadores aplaudían y las animaban a rabiar y Bella los saludaba moviendo con entusiasmo las manos.

Intentaba encontrar entre la gente aquel cabello cobrizo y cuando por fin lo encontró fue por su deslumbrante sonrisa, ya que llevaba un sombrero de paja. Bella le devolvió la sonrisa y le lanzó un beso, que él recogió y se llevó al corazón.

El desfile siguió avanzando y la siguiente persona a la que vio fue a su hermano. Henry estaba sentado en sus hombros, saludando frenéticamente a su carroza, pero Emmy fruncía el ceño como en un día de tormenta. A su lado, Rose lo miró con preocupación.

Junto a la familia de su hermano estaban sus padres, su madre con un ligero vestido color crema y guantes blancos, y su padre con un traje de color claro y corbata.

Vio que su madre se llevaba una mano a la boca y que su padre se apresuraba a sostenerla, sin dejar de mirar a Bella muy enfadado.

¿Habrían visto el saludo que le había dirigido a Edward? ¿Sería Emmy capaz de abrirse paso entre la gente para agarrarlo por el cuello? Podría decir que el saludo había ido dirigido a un niño… o a las hermanas pequeñas de Angela, por ejemplo.

El desfile tenía que continuar unas cuantas manzanas más, así que se esforzó en sonreír y en seguir saludando.

Las carrozas se detuvieron en una explanada al final de la ciudad, y unos cuantos propietarios se presentaron para hacerse cargo de sus carros y sus animales.

—Esta tiene que ir al establo —dijo una mujer de las que se ocupaban de organizar el desfile—. ¿Necesitáis que os lleven, niñas?

Las chicas llevaron a Bella con ellas, y mientras Alice se quedase a su lado, a ella no le importó. Edward había vuelto al establo y las recibió para meter las carrozas, desenganchar a los animales y meterlos en el corral que tenía junto al edificio.

Estaba muy ocupado y Bella no se atrevía a acercarse a él en público, de modo que se sentó junto a su prima en un banco que había dentro del establo. Las demás chicas se fueron yendo poco a poco, pero ella no podría hacerlo sin ayuda. Tan entusiasmada había estado con participar en el desfile que no lo había pensado.

—¿Te pasa algo? —preguntó Alice.

Ella contestó que no con la cabeza para no preocuparla.

—La carroza de la Liga Femenina era preciosa, ¿no crees? Pero espero que gane la nuestra. Hemos trabajado más que ellas y nos merecemos ganar.

Tras varios minutos más de charla, Edward se presentó ante ellas. El sombrero de paja le proporcionaba sombra a los ojos.

—¿Necesitan que las lleve a alguna parte?

—Pues no nos vendría mal —contestó Alice, poniéndose de pie—. ¿Podemos montar alguno de sus caballos?

—Alice, a mis padres les daría un ataque si me vieran montando a caballo.

—Ah —bajó la mirada—. Lo había olvidado. Perdona.

—Los del coro acaban de devolver el coche que les habían prestado y ya está limpio, así que puedo llevarlas en él —ofreció Edward.

—Estupendo.

Y las dos salieron al sol.

—Lleva un vestido precioso —dijo Edward.

—Me lo he hecho yo —declaró Bella orgullosa—. Bueno, la tía Didyme me ha ayudado, pero la mayor parte lo he hecho yo sola.

—El color hace que sus ojos parezcan la hierba de primavera —dijo, y ella enrojeció.

Edward las ayudó a subir a la parte trasera del coche y él se sentó delante. Bella reconoció enseguida el vehículo como uno de los mejores que solía alquilar su padre.

—Ha debido ganar mucho dinero hoy con el alquiler de todo esto —dijo Alice.

—No, los he prestado.

—¿Gratis?

—Sí. Al fin y al cabo, era para la celebración de la ciudad.

Alice miró a Bella enarcando las cejas.

—Ha sido un gesto muy desinteresado por su parte —dijo Bella.

—¿Dónde vamos?

Las calles estaban llenas de gente y de puestos improvisados en los que se vendían palomitas, limonada y dulces.

—La silla de Bella está en la escuela, donde empezamos —contestó Alice.

Cuanto más se acercaban a la escuela, más rápido latía el corazón. Y allí, de pie en el jardín, estaba su familia.