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Adiós asesino

El aroma intoxicante del azufre, el sofocante hedor a muerte. El abrazador calor del fuego, el estruendo ensordecedor de las explosiones. La sonrisa siniestra.

Abrumadora, lo envolvió nuevamente la satisfacción de su poder. Se embriagó de su desmesurada maldad y un cosquilleo intenso se arremetió a su interior. Aún allí seguía presente el sanguinario saiyajin que un día, hace muchos años, llegó a la Tierra.

Y empuñó sus guantes, apretándolos con fuerza. Y observó al cielo, sonriendo con maldad, mientras escuchaba cómo los gritos de horror lo ensordecían.

Recordaba ese momento como expectándolo desde otro cuerpo. Se miraba a sí mismo sin la nostalgia que lo convirtió en ese ser, durante ese último torneo. Se preguntaba cómo había cambiado tanto y cómo era posible que ahora se sintiera tan ajeno a él. Recordó el odio que lo ahogaba, la envidia que lo cegaba y que, al mismo tiempo, lo había orillado a una de las decisiones más importantes de su vida.

Aún podía sentir en su piel cómo el fuego mismo de su energía lo consumía, hasta que no quedo rastro de su propio cuerpo. Hasta que se evaporó en la elección que lo cambió para siempre.

Jamás entendió cómo. Cómo podía ser que ese sólo acto lo redimiera de todo el horror que había causado durante toda su vida y su alma así se salvara del averno. Él ni siquiera creía tener eso que llamaban alma hasta convertirse en una.

Miró a su hija regresar de la escuela, junto con su esposa. La vio correr hasta la puerta y, en un latido, su corazón le entibió el pecho.

¿Acaso algún día sentiría que sus manos estaban lo suficientemente limpias para abrazarla? ¿Será que podría remediar todo el daño?, o la sangre que chorreaba de la palma de sus manos nunca desaparecería…