DEDICADO A: Flor, mi beta y amiga, a Sarai GN a la que aprecio mucho y a Jess Saldarriaga (diseñadoras FFAD)
Miles de gracias a Flor Carrizo, quien evita que aparezcan incoherencias y siempre me apoya :*, este trabajo también le pertenece. Capítulo beteado por ella.
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Disclaimer: Los nombres de los personajes y su creación le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia NO es mia y le pertenece a Carole Mortimer
Capítulo 9
Ella siguió sin confiar en él al día siguiente, aunque se ha bía propuesto mostrarse encantador tanto con ella como con los niños. Los llevó a todos de compras, después de almorzar en un restaurante y se sentó a Tommy en una rodilla para darle de comer.
Bella comprendió que cualquier persona que los viera pensa ría que formaban una familia normal que había salido de compras. Ese pensamiento la llenó de inquietud. Ella no quería tener mari do ni familia de nuevo. Sin embargo, Edward y los niños hacían que eso pareciera posible.
—Fue un bonito día, ¿verdad? —Sonrió Edward cuando descansa ban sentados, juntos, después de haber acostado a los niños.
—Eres muy bueno con ellos —comentó Bella en tono imper sonal.
—Los quiero mucho —asintió él.
—Lucy y Tommy son...
—No sólo a Lucy y a Tommy. —Esta vez movió la cabeza de un lado a otro—. Me encantan todos los niños.
—Ah, sí… —Sonrió ella con sarcasmo—. Le dijiste a Alice que íba mos a tener tres o cuatro.
—Y yo intento que así sea.
—Pero no conmigo,
—Con quien me case.
— ¿No crees que tendrías que discutir eso con ella primero? —protestó Bella, irritada por su arrogancia.
—A la mayor parte de las mujeres le gustan los niños.
—Pero, a la mayor parte de las mujeres, le gusta usar el derecho de decidir cuántos quiere tener.
—Si no me caso, eso no importará mucho, realmente —dijo él.
A ella le disgustaba sobremanera la idea de que Edward se casara o tuviera algún tipo de relación permanente con otra mujer. ¡El amor estuvo tanto tiempo fuera de su vida que ahora la estaba haciendo pedazos!
— ¿Qué me dices de ti? —La miró él con curiosidad—. ¿Realmen te no intentas casarte de nuevo?
—Tal vez, si apareciera el hombre adecuado, lo haría... —Se interrumpió al comprender lo que había dicho.
—Bella... ¡demonios! —Edward se dio cuenta con disgusto que el teléfono estaba sonando, interrumpiendo lo que iba a decir—. ¡Apuesto a que es Alice otra vez, para preguntarnos si acostamos a los niños como es debido! —To mó el auricular con un resignado encogimiento de hombros. Alice había telefoneado ya cuatro veces durante el fin de semana—. Sí, Alice... —Enarcó las cejas mirando a Bella y los dos compartie ron un momento de risa juntos.
Bella se dirigió a la cocina para empezar a preparar la cena, mientras Edward relataba a Alice todos los detalles del día. La co mida estaba casi lista, cuando Edward se reunió con ella diez minu tos más tarde.
—Estoy seguro de que no todas las madres son tan preocuponas —comento él con una mueca. Bella sonrió.
—Lo son. Yo recuerdo... —Se interrumpió de nuevo, llena de confusión. ¡Nunca hablaba de su amada hija, porque los re cuerdos eran demasiado dolorosos!
— ¿Si? —la alentó Edward con suavidad. Su mirada era suplican te—. Háblame de tu hija, Bella.
—No hay nada que decir —dijo con brusquedad y llevó la cena al comedor, aunque ella había perdido el apetito por completo.
—Ella era parte de ti —insistió Edward implacable—. Debe haber algo que decir.
Ella tragó saliva y las lágrimas le bordearon los ojos.
—Yo... era una hermosa niña, apenas empezaba a vivir... —La fu ria entró en su voz y su cuerpo se puso rígido de tensión—. Ese... ese bastardo...
— ¿James?
—Sí —siseó ella. No podía pensar ya. Todo el resentimiento y el dolor que había acumulado hacia James durante un año, salió a la superficie en un torrente de palabras—. Dijo que le diera Indus trias Swan-Dale —contó Bella, ya no veía a Edward, estaba metida en su pro pio infierno privado—, y que no pelearía por quedarse con Elizabeth. Pero yo no podía hacer eso —le dijo a Edward con voz suplicante—. Swan-Dale pertenecía a Elizabeth, era su herencia. Él quería divorciarse de mí y casarse con mi prima Victoria, pero si ellos te nían hijos, Elizabeth se habría quedado sin nada. Yo no podía permitir que la desheredara de ese modo —agregó con voz ahoga da.
—Así que él se la llevó…
—Sí. —Se estremeció al recordar la horrible escena cuando Ja mes se había llevado a Elizabeth—. Él la destruyó porque yo no quise aceptar lo que él deseaba.
—Yo pensé que habías dicho que no era deliberado.
—No lo fue, pero la mató de cualquier modo. Ella no habría estado con él ese día si no hubiera deseado castigarme.
—Sin duda tú habrías conseguido la custodia de Elizabeth si hubieras luchado en los tribunales por ella —dijo Edward.
—Yo no era una madre inadecuada...
—Ya lo sé —dijo él con voz tranquilizadora—. Lo sé muy bien.
—Es posible que yo hubiera logrado la custodia de ella… —Suspi ró—. Pero también que la hubiera perdido. James fue siempre un buen padre y los tribunales toman mucho en consideración eso en la actualidad. Pero nada de eso importaba, porque James sabía que yo no iba a correr un riesgo así, que era capaz de dar cualquier cosa por recobrar a Elizabeth. Y nunca tuve la oportunidad... —murmuró con voz ahogada.
—Bella, eso no fue tu culpa —dijo Edward con suavidad.
— ¿Qué quieres decir? ¡Por supuesto que no fue mi culpa!
—Tú te estás culpando de lo que sucedió...
— ¡Claro que no!
—Y es muy natural que sientas que es en parte tu responsabili dad —continuó él implacable—. Tú y James discutieron, él se llevo a Elizabeth...
—Yo no me culpo... —Se detuvo cuando su voz se quebró. Toda pretensión desapareció cuando convulsivos sollozos le sacudieron el esbelto cuerpo—. ¡Cielos, es verdad... sí, yo tengo la culpa! —ex clamó—. Debí haber aceptado lo que él quería, dejarle Swan-Dale, para que dejara en paz a Elizabeth.
Dejó escapar toda la culpa que la había estado abrumando durante el último año. No preguntó a Edward cómo sabía de esa culpa, ¡él parecía saber cosas que ella misma no se atrevía a reconocer!
—Bella, tienes que dejar de culparte. —La oprimió contra su pecho, alisándole el cabello con movimientos tranquilizadores.
— ¡Yo pude haberla salvado! —dijo con voz ahogada.
— ¡No podías hacerlo! —insistió él sin dejar de abrazarla—. Todo fue un accidente. James sólo trataba de castigarte un poco lleván dosela. Su intención no era que alguno de los dos se matara. ¡Tú sabes eso!
—Sí, pero...
—Nena, no puedes seguir castigándote sola. —La miró con ojos gentiles—. No puedes continuar viviendo detrás de ese muro que has construido, mediante el cual no permites que las emociones te toquen. Bella, tienes que permitirme tocarte.
Ella comprendió que no se refería a que quería tocarla física mente.
— ¡No! —protestó ella, retorciéndose para salir de sus brazos.
—Nena, yo entiendo por qué has estado actuando en esa forma, hasta comprendo por qué escogiste hombres como Jasper y McCarthy; ninguno de los dos constituye una amenaza para tus emocio nes, pero yo sí y voy a seguir siéndolo hasta que puedas aceptar que es a mí a quien quieres.
¡Él seguía pensando que estaba involucrada con Jasper y con Emmett! Había adivinado muchas cosas sobre ella, había comprendido que se culpaba del accidente que le costó la vida a Elizabeth. Y, sin em bargo, seguía sin darse cuenta de que ella mantenía a todos los hombres a distancia, menos a él.
Antes de que ella pudiera contestarle, se escuchó un grito en la parte de arriba.
— ¿Es Tommy? —preguntó Edward frunciendo el ceño.
— ¡Es Lucy! —contestó ella y subió corriendo la escalera.
La niña estaba sentada en la cama y lloraba. Su llanto pareció aumentar cuando vio a Bella entrar a su cuarto.
—Pequeña, ¿qué te pasa? —Acunó a la niñita contra ella y diri gió una mirada preocupada a Edward, que se había quedado de pie en el umbral—. ¿Lucy?
— ¿Cuándo van a venir mi mamá y mi papá? —Sollozó.
—Muy pronto —la consoló.
— ¿Cuándo?
—Mañana, Lucy...
—Quiero a mi mamá —lloró la niña.
—Ella estará aquí contigo mañana, mi amor. —Bella la tenía en sus brazos y la mecía—. Apuesto a que van a traerte un lindo re galo.
Los ojos azules de Lucy se agrandaron. Las lágrimas dejaron de brotar de ellos, aunque continuó sollozando con suavidad.
— ¿Tú crees que sí?
—Estoy segura de eso —dijo Bella sonriendo con cariño—. Aho ra cuéntame qué sucedió. ¿Tuviste una pesadilla?
—Sí —murmuró la niñita en el cuello de Bella—. ¿Te quedarás conmigo hasta que me duerma? —suplicó.
—Por supuesto —le aseguró Bella, mirando con tristeza a Edward.
Él asintió con la cabeza y se alejó en silencio antes de que Lucy se diera cuenta de su presencia.
Ella se quedó sentada en la cama de la niña por más de una hora. Lucy parecía decidida a no dormirse, pero Bella permane ció con ella pacientemente. Había hecho lo mismo muchas veces con Elizabeth. Siempre esperaba unos diez minutos más, para estar segura de que en verdad había conciliado el sueño.
Edward estaba en la sala cuando ella llegó abajo. Tenía un vaso de whisky en la mano.
— ¿Ya está todo tranquilo?
—Sí. —Ella evitó sus ojos—. Voy a retirar todo lo del comedor. ¿Te preparo algo o caliento lo que hice? —preguntó al recordar que ninguno de los dos había comido.
—Hice eso antes —contestó él con brusquedad—. Y no pude pro bar bocado... —La miró con ojos oscuros—. Debías tener hijos tu yos, Bella.
—No...
—Mis hijos —continuó él con decisión.
— ¿Estás hablando de matrimonio?
—Sí. —Él la miró con fijeza.
— ¿Me estás pidiendo que me case contigo?
—Sí.
— ¿Por qué?
— ¡Las razones usuales!
—Tendrías que explicármelas —dijo ella con voz llena de despre cio—. Mi matrimonio anterior fue hecho por codicia e interés. Nin guna de esas cosas por parte mía —agregó ella con dureza.
—Una vez dije eso de ti, porque resiento a cuanto hombre hay en tu vida, incluyendo a tu marido.
—James me usó, pero él no me amaba.
—Estoy aprendiendo eso —asintió Edward con la cabeza—. Estoy aprendiendo con lentitud todas las razones por las que has encerra do tus emociones bajo siete llaves, pero yo te amo, nena —dijo con intensidad—. Te amo y quiero casarme contigo.
—Tú no me conoces —dijo ella con voz inexpresiva.
—Conozco más de ti de lo que te imaginas. Sé que amas a los ni ños, que sientes compasión por otras personas, que eres leal a tus amigos. Sé también que cuando lo deseas, puedes arrojar todas las precauciones comerciales por la ventana —añadió en tono de bro ma.
—Si te refieres a la Casa Shevton...
—Por supuesto que me refiero a ella —asintió él—. Ambos sabe mos que pagaste un precio excesivo por lo que la mayor parte de la gente consideraría una monstruosidad.
—No lo es para mí —dijo ella con voz tensa.
—Ni para mí —reconoció él—. Pero la compra se convirtió en una vendetta personal, por lo que a ti se refería, y estabas decidi da a ganar.
—Y lo hice —dijo ella en tono desafiante.
—En parte, la casa es tuya ahora... pero no te has librado de mí. Esa era la idea, ¿verdad?
—No seas ridículo... —Lo miró con resentimiento.
—Confiésalo, Bella. Ahora que el fin de semana casi ha termi nado, y que lograste hacer esa operación, esperabas no volver a ver me.
—No voy a volver a verte —dijo ella con firmeza.
—Me vas a ver tanto que te preguntarás cómo pudiste vivir antes sin mí.
— ¿Vas a tratar de salvarme de mí y mi carácter impetuoso?
—No hay nada impetuoso en ti. —Él movió la cabeza.
—Te sorprenderías —dijo ella con amargura.
¡El amar a este hombre era una locura pura! Y ella no se atrevía a creer que él a su vez la amaba.
—Nena, sorpréndeme —la invitó él con voz ronca.
Ella sintió la tentación de hacerlo. Todos sus sentidos se estre mecieron sólo de pensar en estar en los brazos de este hombre. Y tal vez si sólo hubieran terminado juntos en la cama habría valido la pena. Pero Edward estaba pidiendo mucho más de ella y si se lo daba, temía que adivinaría lo que sentía por él:
— ¡Cómo quisiera que ese titubeo no significara no!
— ¿Y si significara sí? —dijo ella con atrevimiento. La fuerza de su necesidad pareció imponerse a la precaución.
Él clavó su mirada en la de ella.
—Te llevaría a la cama ahora mismo.
Ella se tambaleó con la fuerza de su deseo por este hombre.
—No significa que no, Edward —gimió Bella.
Los ojos de él se oscurecieron interrogadores, hasta que leyó en la expresión de ella que no podía seguir combatiéndolo. Dio un paso hacia adelante, sin tocarla todavía, pero lo bastante cer ca como para hacerla sentir la seducción de su calor masculino.
— ¿Estás segura? —murmuró.
— ¡Nunca preguntes a una mujer si está segura, sobre todo si está llena de confusión como yo! Ya no estoy segura de nada, Edward. —Se arrojó a sus brazos—. Pero sé que quiero que me hagas el amor.
—Ese es un principio —gimió él, inclinando la cabeza, para apo derarse de sus labios.
Bella bloqueó en forma deliberada todos sus demás pensa mientos y sólo se dejó en la mente este momento. Correspondió a la devoradora pasión del beso de él e imitó las invasiones de su len gua ronroneando en el fondo de su garganta, cuando él le tomó el cabello para introducirle los dedos en la nuca.
Por mutuo consentimiento se dieron la vuelta y subieron jun tos por la escalera. Edward empezó a desvestirla con lentitud una vez que llegaron al dormitorio. Mientras él se quitaba la ropa, su mirada no se separó de ella y no la tocó más que con sus magnéticos ojos verdes, pero los pezones de ella se endurecieron y un intenso calor surgió entre sus muslos.
—Yo sé que esta parte es en la que se supone que debo arrojar te a la cama y hacerte el amor hasta dejarte sin sentido —dijo él con voz lenta—. Pero no quiero apresurarlo… —Tomó entre su mano la de ella—. Tengo un deseo intenso de ver todo ese cabello castaño adherido a tu cuerpo, lamer las gotas de agua de tus senos...
—Si estás sugiriendo que tomemos una ducha juntos, hagámos lo.
Ella sentía que le faltaba la respiración a causa del deseo.
Él se echó a reír con suavidad cuando se colocaron bajo la cas cada de agua caliente. Empezó a enjabonar con lentitud cada cen tímetro del cuerpo de Bella, quien temblaba en forma incontro lable cuando él llegó a su torso. Todo el cuerpo de ella anhelaba esas caricias y su boca buscaba hambrienta la de él.
— ¡Edward! —gimió ella con la excitación ardiendo en sus ve nas—. ¡Te deseo!
—Lo sé, nena. —Él suspiró—. Salgamos de aquí.
Él cerró los grifos del agua con brusquedad y no hizo movimien to alguno para tomar una toalla. El calor interno de ellos secó sus cuerpos en cosa de minutos, cuando se tendieron sobre la cama.
— ¡Eres preciosa, nena! —Le tocó el cuerpo en forma casi reve rente.
—Ya tuve una hija.
—Eso sólo te hace más hermosa —Él se movió para besar las le ves rayas plateadas que había en su estómago—. ¿Tendrás también mis hijos?
—Edward, por favor... —gimió ella cuando él encontró y le ex ploró la parte más sensitiva del cuerpo—. Ahora no es el momen to de discutir la cuestión de los hijos.
—Tal vez no —concedió él, moviéndose sobre su cuerpo, hacia arriba, para besarla en la boca—. Pero hablaremos de eso maña na —le prometió.
Con el fuego extendiéndosele por el cuerpo y las caricias de él más febriles a cada momento, el mañana parecía una cosa muy le jana.
Edward la acarició y la tocó hasta que ella se sentía al borde mis mo de la locura.
Ella sentía que no podía más, cuando él acrecentó el fuego de sus caricias. La leve incomodidad inicial quedó pronto olvidada cuando Edward empezó a moverse con lentitud dentro de ella.
Él continuó moviéndose de forma lenta, aunque ella le implo raba ya el desahogo. Le clavó los dedos en la piel tensa de la espal da y su boca se encontró ansiosa con la de él cuando Edward bajó la cabeza hacia ella. Bella expresó con un gruñido su satisfacción cuando él intensificó el ritmo, mientras onda tras onda de placer le sacudían el cuerpo a ella. Sus gritos ahogados se convirtieron en exclamaciones de triunfo.
Edward la sostuvo mientras los temblores continuaban sacudién dola, él y sus pulmones hambrientos pedían aire. Se le aferró a los hombros y Bella ocultó el rostro contra el cuello de él.
—Tú no... Tú no...
—Voy a hacerlo ahora —le aseguró él con voz ronca—. Quería primero satisfacerte a ti.
Cuando él empezó a moverse con lentitud, Bella se entregó entonces a la sensación de complacerlo y subió otra vez a las nu bes con él.
No hablaron después. Se quedaron recostados, con Bella apo yando la cabeza en el hombro de Edward. Ya no había ninguna reserva entre ellos y se hundieron juntos en el sueño.
Bella se encontraba en la cocina dando de desayunar a los niños cuando Edward hizo su aparición a la mañana siguien te. Lo dejó durmiendo media hora antes y fue a atender a los pequeños sin despertarlo.
— ¿Café? —le preguntó él, acercándose a la cafetera.
—Ahora no, gracias. —Se volvió a dar de comer a Tommy que gol peaba la cubierta de su silla alta con impaciencia—. Tommy tiene hambre.
—Nos levantamos tarde —dijo Lucy en tono de desaprobación.
Bella miró a Edward de nuevo. Él se había apoyado en la estu fa y estaba bebiendo el café.
—Sí, así es —murmuró ella, sin poder descifrar algo de la expre sión de Edward. Necesitaba que él la tranquilizara, pero comprendió que él estaba dejando que el siguiente movimiento, ¡si había alguno!, lo hiciera ella.
—Tú te levantaste más tarde que nosotros —dijo Lucy mirando a Edward con expresión acusadora. Era evidente que el que él dur miera hasta las diez de la mañana no era del gusto de la niña.
—Yo soy más viejo que tú —contestó él sentándose a la mesa con ellos—. ¿Cómo te sientes esta mañana, Bella? —preguntó.
— ¿Estás enferma, tía Bella? —preguntó Lucy frunciendo el ceño.
Edward la miró con expresión interrogadora. Bella se humede ció los labios, con gesto nervioso, al comprender que él le estaba dando oportunidad para que hiciera el movimiento que le corres pondía.
—Me sentía un poco mal, Lucy —contestó a la niña, aunque estaba mirando a Edward—. Pero creo que ya me siento mejor.
Edward pareció relajarse de forma visible. Su mano cubrió la que ella tenía sobre la mesa.
—Espero que así sea —dijo con voz ronca.
Era verdad: había estado enferma, con una enfermedad del co razón. James la lastimó y humilló tanto, que ella se obligó a aislar se de la gente, pero el amar a Edward hizo que se vinieran abajo esas barreras.
—Tenemos que hablar —dijo Bella a Edward, cuando Lucy y Tommy se lo llevaban hacia el jardín, después del desayuno.
—Esta noche —prometió él antes de franquear la puerta.
Ella estaba enamorada, como nunca lo estuvo de James. Edward le había demostrado que la amaba, aun cuando la lastimaba impul sado por los celos. Ella tenía que dejar atrás sus incertidumbres irracionales y dejar de pensar en sí como en una persona indigna d ser amada, idea que había adquirido sólo porque James no pudo amarla. Ella y Edward tenían todavía muchas cosas de las cuales ha blar, antes de que pudieran tomar alguna decisión sobre un futuro juntos.
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Alice se veía radiante cuando bajó del coche. Rió llena de felicidad cuando Lucy y Tommy corrieron a su encuen tro. Se inclinó a abrazarlos y después dejó que corrieran hacia su padre.
— ¡Bella, es maravilloso! —Alice la abrazó, con lágrimas en los ojos—. No sé cómo vamos a poder agradecértelo alguna vez.
—Oye, yo también tuve algo que ver en el asunto. —Edward pre tendió mostrar indignación de ser excluido del agradecimiento de Alice.
— ¿Tú también? —Alice lo miró frunciendo el ceño—. ¿Jasper? —preguntó mirando a su esposo.
Este bajó con lentitud a sus hijos al suelo e hizo una mueca de disculpa a Bella, que se había quedado con el rostro rígido.
—Creo que Edward y tú estáis hablando de dos cosas distintas —murmuró.
— ¿De veras? ¡Oh! —El rostro de Alice se iluminó—. ¡Por su puesto! Estoy muy agradecida contigo por cuidarnos los niños este fin de semana, Edward. —Asintió con la cabeza—. Pero yo estaba ha blando de la casa que Bella compró para convertirla en un hos pital.
Bella miró a Edward llena de ansiedad. Se estremeció al ver la expresión enigmática que apareció en su rostro.
— ¡Oh!, ¿sí? —preguntó con indiferencia.
—Es la oportunidad más maravillosa que Jasper podía haber te nido en su vida —dijo Alice feliz, mirando a su esposo llena de orgullo.
Bella se obligó a hablar en tono normal, aunque percibía la mirada de los ojos entrecerrados de Edward.
—Supongo, entonces, que apruebas la idea, ¿verdad? —dijo en tono de broma a Alice.
—Por supuesto —contestó esta riendo—. Es lo que él deseó siem pre, pero jamás pensamos tener el dinero suficiente para un pro yecto así.
—Nos preocupaba que no pudieras hacer frente al cambio, con el nuevo bebé en camino —explicó Bella.
— ¡Claro que podré! —dijo Alice con decisión—. ¿No es maravi lloso, Edward?
— ¡Maravilloso! —reconoció él, avanzando para estrechar la ma no de Jasper—. Shevton House es muy adecuada para un hospital. Y resulta muy conveniente porque está a poca distancia de aquí. De esta forma podrás tener lo mejor de dos mundos.
Bella palideció al notar que él repetía todo lo que ella y Jasper habían dicho sobre la casa, cuando invitó a este a verla. Pero, ¿lo hacía con la misma inocencia con que lo hicieron ella y Jasper o todavía pensaba que trataba de comprar el cariño del otro?
Hola! Aquí les traigo el nuevo capi, espero que sea de su agrado, les pido mil disculpas a las que esperaban el capi desde el jueves, Sarai GN, Flor me paso tu recado jajajaja y aquí esta el capi por fin
Les pido disculpas por el retraso, pero es que comencé con un nuevo empleo aparte del que ya tenia y agreguémosle la escuela, las tareas y el que me han cambiado de profesor como por tercera vez en la semana… pfff
…gracias en serio por apoyo por cualquier medio, ya sean reviews, a esas personitas que me ponen en alertas, favoritos a las chicas del face, del wats "twilighters" que cada rato cambian el nombre XD
Agradecimiento especial por su apoyo:
Sarai GN, Rominaaaaaa, Rommyev, janalez, pili, Aimme 19, kimkim, Zujeyyane, loverobsten27, vale55, QUEEN, Lydia Zs Carlton, BellaNyxH, Saha Denali, antoooparamore…gracias, gracias, gracias :*
