Capítulo 9:
"Solo existen dos días en el año en los que no se puede hacer nada.
Uno se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal
para amar, creer, hacer y principalmente vivir"
Dalai Lama
El juicio contra el senador William H. Bracken, era la principal noticia de todas las cadenas de televisión. Bracken, había sido un político muy popular y mediático. Además de tener ideas novedosas y progresistas en cuestión de política, era un hombre que salía bien en televisión, tenía atractivo y siempre que era entrevistado se comportaba de manera amable y educada. Tenía muchos seguidores. Por eso, cuando fue detenido y se empezó a filtrar en prensa y televisión la cantidad de delitos en los que estaba implicado y de los que era culpable, la opinión pública se le echó encima, fueron muchos los que se sintieron estafados y desengañados por las sucias artimañas del político.
En el tiempo que había estado en la cárcel, su posterior hospitalización y su vuelta a prisión, muchos ciudadanos empezaron campañas de protesta y crearon foros y plataformas en internet entre otras cosas, para apoyar a las víctimas de Bracken, que eran varias. Algunos más osados se habían dedicado a insultar y hostigar a la familia del senador, teniendo que intervenir la policía en varias ocasiones. Estas acciones habían sido noticia más de una vez y ahora que sería el juicio, se temía que en las inmediaciones de la corte suprema de la ciudad, se formaran tumultos y alborotos entre los allí presentes.
La última noticia que se tenía es que el juicio sería público y con jurado popular, que había sido elegido entre distintos ciudadanos, así que Castle ya le había dicho a los chicos, que en el momento que empezara este, dejaría de ir por la 12th pues no quería perdérselo. No podía evitar sentirse triste y ansioso a la vez. Sobre todo triste porque Kate no estaba allí con él, para disfrutar juntos de lo que iba a ser sin ninguna duda, el fin de la carrera de Bracken y vengar así y de una vez por todas la muerte de Johanna Becket. Ella se merecía haber sido testigo de la vergüenza pública del senador y poder estar allí cuando se lo llevaran a la cárcel de por vida para mirarlo a los ojos y decirle quien había ganado al final.
Pero Kate no estaba y en su lugar iría él, a estar pendiente de todo para que no se olvidasen de nada de las barbaridades que había cometido. En prensa solo había salido los caso más llamativos en los que se había visto envuelto, de Johanna Becket, y los policías corruptos no se decía nada, a pesar de saber Castle que Kate iba a ser llamada como testigo de la acusación, por lo que imaginaba que la fiscalía del estado había tenido más que tiempo de investigar toda la basura que rodeaba al senador.
Al final nadie se había puesto en contacto con él, pero a pesar de todo, si no trataban ese tema tan importante, ya se las apañaría para declarar y si no le dejaban convocaría una rueda de prensa, pero el mundo tenía que saber por fin que entre los crímenes de Bracken estaba el de haber matado a Kate, a su madre y al hijo de ambos.
Castle se dedicó en esos días a revisar todo el material que había ido recopilando, tanto de lo que había en casa de ella, como lo que él había averiguado, lamentando que los papeles custodiados por el señor Smith, se hubiesen perdido en aquella explosión, en previsión de que pudiese necesitarlo, no sabía si al final lo buscarían para declarar o no, pero por si acaso quería estar preparado.
Esa mañana llegó al cementerio, con las dos rosas como de costumbre. Las cambió por las del día anterior y se sentó a hablar con ella y contarle que el juicio contra Bracken sería en muy poco tiempo, que por fin se haría justicia con Johanna Becket y las otras víctimas y que estaba deseando que el mundo supiese que fue él quien la mató. También volvió a lamentarse de que no pudiese estar presente para ver que toda su lucha y esfuerzo iban a ser recompensados por fin.
Más de tres horas estuvo allí sentado hablando con ella de mil y una cosas, diciéndole lo que la quería y la echaba de menos y lo feliz que hubiese sido de haber conocido a su hijo, para terminar pidiéndole que esperaba que no se cansase de oírle hablar siempre de lo mismo.
Más de una vez se había dicho que era absurdo que fuese allí cada día a hablar con alguien que no podía escucharle, incluso le había llegado a preguntar a su madre si estaba loco por hacerlo, a lo que ésta le contesto, que de ninguna manera, que era una forma como otra cualquiera de sobrellevar su dolor, y debía ser así porque los ratos que pasaba en el cementerio hablando con ella, le iban aliviando poco a poco su pena y ayudándolo a superarla.
Salió del cementerio y aprovechó el buen tiempo que hacía para dar un largo paseo. Pasó por un quiosco y compró un comic y una revista que le llamó la atención. Llegó a Central Park y se sentó en un banco a leer tranquilamente. Aquel día no le apeteció ir a la comisaría, aunque llamó a su madre para decirle donde estaba y que estaba bien. Cuando le empezó a entrar hambre compró un perrito caliente y siguió leyendo otro rato, hasta que se cansó de estar sentado y decidió seguir caminando.
Cuando empezó a oscurecer y casi sin darse cuenta sus pasos le llevaron hasta el antiguo apartamento de Kate, donde no había vuelto desde que estuvo con Lanie. Después de recoger todas sus cosas, había alquilado un trastero y las había guardado allí junto con sus muebles y todas las pertenencias de su padre. Ella había ido amueblando su nuevo piso con tanto cariño y dedicación que él se sintió incapaz de deshacerse de ninguna de sus cosas. Miró hacia arriba y vio luz en las ventanas, lo que le hizo suspirar pensando en quien estaría ahora viviendo en su casa.
Siguió andando por esa zona de la ciudad que tan familiar se le había hecho y a la que no había vuelto, al no sentirse capaz de enfrentar los recuerdos y sorprendiéndose al recordar muchas vivencias que había tenido allí con Kate y ser capaz de hacerlo sin la angustia que antes le embargaba.
Fue evocando todos los momentos que había pasado con ella, en el italiano de la esquina de su calle, donde hacían la mejor pizza de cuatro quesos del mundo, según palabras textuales de Kate, o cuando comían en el restaurante chino favorito de ella y se daban de comer el uno al otro, con los palillos, como dos adolescentes.
Paseó también por el parque cercano donde ella salía a correr y él la había acompañado más de una vez. Dio un largo paseo por todos y cada uno de los lugares que tanto habían frecuentado en el barrio de ella y después de mucho andar, empezó a notar el agotamiento y volvió a su casa. Estaba solo, se sirvió un vaso de zumo y se dirigió a su estudio, donde encendió la televisión. Estaban hablando de Bracken, como era habitual en los últimos días, y anunciaron que el juicio comenzaría el próximo lunes.
Sintió renovarse sus fuerzas, empezaba la cuenta atrás, para que todo acabase por fin. Por primera vez, después de haber terminado la saga de Nikki Heat se sintió en paz consigo mismo y sacó el ordenador para volver a escribir.
Se le había ocurrido que podría escribir un libro contando todo el caso Bracken, él no era periodista de investigación, pero había leído tanto sobre este y todo lo que le rodeaba, que pensó que el mundo debía conocer la verdadera cara de uno de los políticos más conocidos del país. No sabía como quedaría el libro, ni si llegaría a publicarlo alguna vez, pero estaba decidido a hacerlo, aunque fuese para su propio disfrute.
Al día siguiente decidió volver a la comisaría, de momento no tenía nada que hacer allí, pero le apetecía charlar un poco con los chicos, por si pudiera servirles de ayuda, y si no estaban, se acercaría hasta la morgue a hablar con Lanie. Últimamente hablaban mucho, más de lo que lo hicieron nunca, y siempre tenían el mismo tema de conversación, pues hablaban de Kate, recordándola en cualquier momento o situación que se les ocurriera.
Esposito y Ryan estaban cada uno sentado en sus respectivas mesas, enfrascados en algunos informes.
¡Hola chicos!, ¿Qué tal todo?
¡Hola Castle! – contestó Ryan levantando la cabeza – ¿Vienes a echarnos una manos con todo este papeleo? – le dijo con una sonrisa sabiendo lo que el escritor odiaba hacer eso.
Bueno, ya sabes que no es mi tarea favorita, pero es este último año, no he tenido más remedio que hacerme un experto en estos temas, ¿en qué puedo ayudarte? – preguntó solidario y dispuesto a ayudarlo.
No hace falta, de verdad – dijo Ryan conmovido por su interés – tampoco vamos tan atrasados, es que de momento no hay ningún caso, así que algo hay que hacer.
Pues a mí no me importaría que me echases una mano – dijo Esposito con una sonrisilla – ya que te has ofrecido – y se levantó para cederle su sitio a Castle, con la clara intención de endilgarle a este su trabajo, que él no tenía ganas de hacer.
Gates salió en ese momento de manera apresurada de su despacho, lo que hizo que Esposito volviese a sentarse como si se tratase de un niño pillado en falta en la escuela.
Señor Castle – dijo sorprendida por su presencia, aunque sin poder disimular la sonrisa – no esperaba verlo por aquí.
Iba de paso – mintió el escritor, pensando que lo echaría ahora que había terminado de revisar todos los antiguos casos de Kate y allí ya no tenía nada que hacer – solo subí a saludar.
Usted siempre será bienvenido en esta comisaría – dijo Gates pensando que más pronto que tarde volvería a tenerlo por allí alrededor de su mejor inspectora, que en breve y con toda seguridad volvería a reintegrase en la comisaria.
¡Vaya, gracias! – dijo realmente sorprendido.
Tengo que salir a ocuparme de algo urgentemente – les dijo a los chicos – si alguien quiere hablar conmigo que tomen el recado, porque no estaré disponible hasta después del almuerzo – y volviendo a sonreír a Castle, ante la extrañeza de este, salió apresuradamente de allí.
¿Será que se nos ha echado un amante? – se preguntó Esposito con malicia.
Pues si es así, le está cambiando el carácter para bien – dijo Castle – me ha sonreído, dos veces – dijo con asombro.
Lo que ninguno de los tres podía imaginar es que Gates acababa de ser informada de que Kate Becket acababa de volver a la ciudad y ella había preguntado si podía visitarla. Cuando le dijeron que si no lo dudó. Tenía que reconocer que había echado de menos a su mejor inspectora y sabía con certeza que ella querría saber como había transcurrido la vida en la 12th durante el tiempo que ella tuvo que ausentarse.
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
"No hay nada como volver a un lugar
que permanece sin cambios,
para descubrir cómo has cambiado tú."
Nelson Mandela
Como le dijeron los abogados, Kate empezó a recoger sus cosas y a preparar el equipaje. Le sugirieron que viajara a Nueva York, en compañía de otros agentes y dejara a Ricky en Santa María con Pam y Jim, pero ella no se sintió capaz de separarse de su hijo y dejarlo allí. No porque no confiase plenamente en su padre y su amiga para cuidarlo, sabía que no podría estar mejor atendido, sino porque no quería pasar ni un instante lejos de él y menos para irse a la otra punta del país, sin saber cuánto tiempo tardaría en volver a verlo.
Así que al final y ante su rotunda negativa, decidieron que todos viajarían a la gran manzana. Se instalarían en otro de los muchos pisos francos con los que contaba el FBI en la ciudad, y Jim cuidaría de su nieto, mientras Kate iba a declarar.
No tenía mucha ropa, se había apañado todo el tiempo con lo que Pam le proporcionó para empezar su nueva vida. Solo había comprado alguna prenda, cuando estaba embarazada, pero por lo demás era poco lo que tenía que llevarse. En cuanto a objetos personales, solo tenía la cámara de fotos, el libro electrónico que le regalara su padre y que tanta compañía le había hecho, el ordenador portátil que le proporcionaron y que ni siquiera era suyo y el último libro de Castle, que compró en el pueblo en papel, aunque también lo tenía ya en versión digital.
En cambio el equipaje de Ricky si iba a ser más voluminoso, aunque solo se llevaría su ropa y algunos juguetes, ya que le dijeron que en el momento que se reintegrase a su vida de siempre, le harían llegar todos los objetos personales que dejase en la casita azul que había sido su hogar durante el último año.
Todavía no sabía con certeza la fecha del juicio, pero ella empezó poco a poco a despedirse de Santa María Beach, al final le había tomado mucho cariño al pintoresco pueblecito. A los más allegados, solo les dirían que tenían que irse por un asunto familiar sin entrar en más explicaciones, no es que hubieran hecho muchas amistades pero al ser gente sencilla y agradable y aquel un lugar pequeño, todo el mundo los conocía.
Mark y Kendra, que si sabían de su situación en el programa de protección de testigos, con el que ellos mismos colaboraban, también estaban al tanto de su próxima partida. El doctor Lester también ejercía de pediatra de Ricky, así que las visitas a su consulta habían sido continuadas.
Los últimos días que Kate pasó en aquel pequeño pueblecito, los dedicó a pasear por la playa, por las alegres calles y plazas y a fotografiar cada detalle, por pequeño que fuese para mostrarle a Castle, cuando se reencontrase con él, lo que había sido su vida durante el tiempo que tuvieron que estar separados.
Cuando Pam le comunicó que en dos días salían para Nueva York, pues el juicio empezaba al siguiente lunes, le entró un ataque de angustia, al pensar que tendría que enfrentarse no solo a Bracken, sino a toda la vida que había dejado allí. Aunque no sabía cuándo la llamarían a declarar, era conveniente, que estuviese allí desde el comienzo del mismo, preparada para cuando llegase el momento.
Como casi un año antes, metieron el equipaje en la furgoneta y se dirigieron al aeródromo de Santa Catalina. Conducía Pam, y Jim ocupaba el asiento del copiloto. Kate iba detrás con Ricky sentado en su silla adaptada. Estaba nerviosa y en un vano intento de calmarse iba hablando con su hijo. Le cogía la manita al niño y mirando por la ventanilla le decía:
Despídete de la playa cariño, dile adiós a la arena y al mar.
Abababababa – decía Ricky por toda respuesta.
Mira Ricky, mira esas vaquitas – le decía – dile adiós, cariño, dile que vas a conocer a tu papá.
Papapa – decía el niño haciendo que a su madre se le cayese la baba y le diese un beso en el cachete.
Kate le había enseñado a su hijo multitud de fotos y videos donde Castle aparecía, en un esfuerzo de que el niño supiese quien era su padre, aunque Pam, le decía que el niño era demasiado pequeño para asociar las imágenes que ella le enseñaba, con la figura paterna, y también le decía más de una vez y con cierto temor, que no debía arriesgarse con sus comentarios, a descubrir quien era el padre de Ricky.
Anochecía cuando llegaron al aeródromo. Ya había gente esperándolos y unos oficiales se encargaron de descargar la furgoneta y cargar todas sus pertenecías en el avión privado que los llevaría a Nueva York.
Se instalaron en sus asientos y esperaron pacientemente hasta que llegó la hora de despegar. El comandante se presentó y les comunicó la duración prevista del vuelo, y el tiempo que hacía en la localidad de destino. El viaje duraría varias horas, afortunadamente tenían todas las comodidades. Jim observaba a su hija, que en todo momento llevaba al niño en brazos, aunque habían subido a la cabina su silla del coche que habían amarrado con el cinturón de seguridad, a uno de los asientos, para que estuviese más cómodo durante las largas horas que duraría el vuelo.
Kate hablaba poco, solo lo que le decía al niño, para entretenerlo. Estaba muy nerviosa, no sabía cuando tendría que declarar ni cuando podría ver a Castle. Pam le había dicho que con toda seguridad, tendría que quedarse en el piso franco hasta que terminase todo el proceso, que debería tener paciencia pues sería largo y que lo más seguro es que no pudiese salir de allí, hasta que se dictara sentencia, pero realmente ella tampoco estaba muy informada y solo eran conjeturas.
No le hacía nada de gracia tener que volver a permanecer encerrada, y le preocupaba que Ricky también tuviese que estar prisionero, pero Pam le aseguró que ella misma se encargaría de salir a pasear con el niño todos los días, aunque ella no pudiese acompañarlos, que no se preocupase, porque le habían comunicado que la casa donde estarían esta vez, tenía un pequeño jardín privado, fuera de la vista de los curiosos, pues habían pensado en que tanto ella como su hijo , necesitarían que les diese el sol y el aire de vez en cuando.
Terminó de darle de comer y cuando se le quedó dormido en los brazos lo colocó en su sillita y lo tapó. Le dijo a su padre que estuviese pendiente mientras ella iba al baño. Entró y cerró la puerta. Se miró al espejo. Aunque tenía el pelo un poco más largo que antes, aun lo llevaba corto, solo le llegaba a los hombros. Había seguido manteniendo el rubio platino, casi decolorado y aunque se había bronceado un poco, producto de sus diarios paseos por la playa, sabía que ahora que tendría que volver a estar encerrada, lo perdería más pronto que tarde. Además seguía estando muy delgada. En definitiva y a pesar de todo, no tenía mucho mejor aspecto que cuando tuvo que salir tan precipitadamente de Nueva York.
"¿Iría a declarar con ese look?" – no pudo evitar preguntarse.
Y es que no se imaginaba entrando a la sala de audiencias vestida con una falda larga de flores o esos pantalones anchos que llevaba puestos en ese momento.
"¿Le seguiré gustando a Rick con estas pintas?" – era otra de las preguntas que se hacía con más frecuencia, incluso le había preguntado a su padre si le parecía que estaba atractiva, o si por el contrario estaba muy rara.
Su padre sonreía diciéndole que lo principal era que estaba viva, y que para él era la más guapa de todas las chicas, tuviese el pelo como lo tuviese, pero que claro, que eso era amor de padre, aunque estaba más que seguro que a los ojos de Castle, una vez que se repusiera de la sorpresa de su reaparición, que era lo que más le interesaba a ella, también estaría bellísima.
Seguía mirándose y absorta en sus pensamientos, cuando sintió que tocaban a la puerta y a su padre preguntándole si se encontraba bien. Abrió la puerta y salió al exterior.
Nos han servido ya la cena – le dijo Jim – deberías comer algo.
De acuerdo – dijo volviendo a sentarse en su asiento al lado de su hijo.
Comió sin ganas. Nunca le había gustado la comida de los aviones, y ese aunque era privado, no era distinto de los demás. Después de comer, encendió su libro electrónico y empezó a releer por enésima vez uno de los libros de Castle, hasta que se quedó dormida con el libro en la manos.
El balbuceo de Ricky la despertó, aún era muy temprano, aunque el día empezaba a clarear. Se desperezó mientras besaba al niño, que estaba un poco inquieto, supuso que habría que cambiarlo. Cogió la bolsa del portaequipajes y lo sacó de su silla para ponérselo sobre el regazo y cambiarle el pañal, aprovechando que todos los demás dormían. Después de cambiarlo se lo puso al pecho, ya le prepararía un biberón si se quedaba con hambre.
De momento se quedó satisfecho, con la toma que le dio y sentada junto a la ventana, empezó a enseñarle las nubes, como las de su habitación y a cantarle flojito una canción de un autobús que le encantaba.
Pam y Jim, se despertaron a tiempo para tomar el desayuno que ya estaban preparando. Después de desayunar, el comandante anunció que en poco menos de una hora aterrizarían en el mismo aeródromo militar de Nueva Jersey desde donde salió para California.
Sentía un nudo en el estómago, iba a volver a verlo en unos días, no sabía cuantos, pero estaba claro que iba a verlo. Por ella se pondría en contacto con él en cuanto aterrizase, pero lógicamente tendría que esperar a que la llamasen a declarar, mientras, seguía muerta para el resto del mundo. Pensó también en Lanie, Esposito y Ryan, intuía que sus amigos estarían muy tristes y esperaba que entre todos hubiesen ayudado a Castle, porque estaba más que segura, que era él quien peor lo habría pasado.
Pensó también en Gates y no pudo evitar sonreír al hacerlo. La gran dama de hierro, había terminado siendo una gran aliada, ella se encargó de tramitarlo todo para evitar que la mataran, cosa que tendría que agradecerle siempre. Además ella era la única que sabía que seguía con vida. Pam le comentó en varias ocasiones, que se comunicaba con ellos con la mayor discreción posible y a través de sus contactos, para interesarse por ella y su familia, incluso le habían hecho llegar su sincera felicitación cuando dio a luz.
El auxiliar de vuelo, anunció por el altavoz que debían prepararse, pues aterrizarían en unos minutos. Se sentaron todos y abrocharon sus cinturones. Kate tomó la manita de Ricky que gorjeaba feliz, agitando una sonaja que hacía ruido. El avión aterrizó con suavidad y en menos de media hora estaban en una furgoneta negra de cristales tintados, con todo su equipaje de camino al que sería su nuevo hogar en los próximos días.
Amanecía en Nueva York, cuando la furgoneta entro en el garaje de un edificio. No se pudo fijar muy bien en que zona de la ciudad estaban. Bajaron del coche y entraron a un ascensor que solo subió dos pisos, por lo visto su nueva casa estaba en la planta baja de la finca. El agente que les acompañaba abrió la puerta y los invitó a pasar. Era un apartamento amplio, y bastante sobrio en la decoración, aunque con todas las comodidades, lo mismo que el otro que ocupó antes de irse. El salón tenía una gran cristalera que daba a un pequeño jardín trasero. Le enseñaron su habitación donde también había una cuna y un cambiador para el bebé. La habitación al lado de la suya sería ocupada por su padre y Pam, que la acompañaría durante todo el proceso, ocuparía la del fondo del pasillo. Ella dejó a Ricky en un corralito que había en el salón, con varios juguetes, donde el niño empezó a entretenerse, mientras ayudaba a organizar todas las cosas que traían.
Al cabo de un rato, Ricky empezó a protestar porque tenía hambre, y mientras ella lo sacaba para consolarlo, Jim se dirigió a la cocina a prepararle su biberón de cereales, que se tomó de un tirón y casi sin respirar ante los comentarios jocosos de los adultos, que no pudieron evitar echarse a reír al verlo comer con tanta desesperación.
Es increíble, como traga este enano – dijo Jim con una carcajada – come como si hiciera un siglo que no lo hace.
Si – corroboró Kate – cualquiera diría que lo mato de hambre – y retirando el biberón de la boquita del niño que empezó a protestar – respira hijo, que te vas a ahogar – pero viendo que se enfurruñaba y protestaba le volvió a ponerle la tetina en la boca, que el niño aceptó encantado y siguió comiendo con ansia.
Mientras terminaba de darle de comer se acercó Pam y encendió la televisión del salón que era donde estaban en ese momento. Estuvo buscando entre los canales hasta que dio con uno de noticias, del país y la ciudad, para estar pendiente de si salía alguna información interesante sobre el juicio.
He hablado con una de las agentes – dijo Pam – aún no saben qué día te llamarán para declarar, así que es probable que los abogados vuelvan a hablar contigo, seguramente vendrán mañana.
Estoy deseando que acabe todo esto ya y volver a llevar una vida normal – suspiró Kate – claro si eso es posible, porque me cuesta verme de nuevo ejerciendo de detective de homicidios.
Y como si la hubiesen oído, un oficial encargado de la vigilancia, les anunció que tenían una visita. Al preguntar quién era, Kate se impresionó al escuchar que Victoria Gates estaba allí, era la última persona que esperaba ver en ese momento, se levantó con el niño en brazos, esperando su entrada. Llamaron a la puerta y fue Pam quien abrió, invitando a pasar al capitán hasta el salón donde estaban todos. En un principio se mostró un tanto sorprendida ante el cambio de look y ese nuevo color de cabello, pero cuando esta le sonrió como saludo, la mujer se acercó a ella y ante el asombro de Kate le dio un abrazo cariñoso.
Me alegro mucho de verla en tan buen estado – y mirando a un asombrado Ricky que no perdía detalle de aquella mujer – y este debe ser el pequeño Castle – y mientras le hacía una carantoña – no puede negarlo, es igualito a su padre.
A Ricky le cayó bien esa señora que le hacía monerías, y tan sociable y cumplido como era, se vio en la obligación de echarle los brazos para que lo cogiera, cosa que el capitán hizo con una amplia sonrisa.
Veo que también ha salido a su padre en lo adulador, es increíble, con lo pequeño que es.
Yo también me alegro de verla, capitán – dijo Kate sincera – ¿Quiere sentarse?
Gates se sentó con el bebé en el regazo. Saludó a Pam y a Jim y estuvieron hablando un largo rato. Kate le contó un poco de lo que había sido su vida durante esos meses y Gates le correspondió contándole, ante su enorme curiosidad, como había seguido la vida en la comisaría 12th, sin ella, sobre todo, el trabajo que le había costado permanecer callada siendo testigo mudo, de la desesperación y tristeza de todos, principalmente de Castle.
Le contó como le había echado en cara, que no le dijeran nada cuando sufrió las amenazas, y como había dedicado meses, a revisar todos y cada uno de los casos que ella había llevado, intentando buscar un posible culpable, aunque al final y debido al desarrollo de los últimos acontecimientos, ya todos sospechaban de Bracken, aunque ella insistía en negarlo por tenerlos lo más alejados posible de toda la investigación.
Kate no pudo controlar las lágrimas en más de una ocasión, cuando escuchaba lo que Gates le contaba, sobre todo cuando le hablaba de lo mal que lo había pasado Castle, pues no podía evitar sentirse culpable. Ahora solo quedaba esperar a que todo acabase y a que su vida volviese a ser el paraíso que era cuando tuvo que salir huyendo.
CONTINUARÁ…
