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Sin castigos, malcriamos a los bandidos
Era mas de las tres de la madrugada cuando Cid llegó a Moses luego de un tedioso día. Había descansado en Mentocanica y se había quedado allí a jugar al juego del `cuchillo´ en donde ganó mas de treinta dólares.
Pensó en irse a dormir a su habitación de la taberna del pueblo pero vio los caballos del comisario y sus respectivos ayudantes atados en el poste de la comisaría. Sería un buen momento para aparecerse entonces a reclamar nuevamente su petición de ir a buscar de una vez y por todas a Sisifo.
Entró en la comisaría y vio a Fenix armando a sus ayudantes con rifles mientras que él mismo terminaba de cargar el suyo.
—Ah. Ya que está aquí, ¿quiere hacer algo de utilidad? —preguntó el férreo alguacil al recién llegado.
—No en particular. —le respondió sin más el español.
—Mire, hijo, sé que tiene una misión. —rodeó la mesa de la pequeña oficina y se le acercó—. Pero ahora mismo toda la ayuda cuenta.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Un grupo de bandidos lleva meses creando problemas. Se emborrachan y asesinan a colonos. Anoche, fueron a un sitio grande, cerca de Ridgewood.
—Lo quemaron y mataron a los hombres. —dijo Jabu—. Quemaron vivos a casi todos y violaron a las mujeres. Luego los degollaron. —Ichi que se encontraba detrás se pasó el dedo por el cuello haciendo entender la palabra "degollaron" —. Una de ellas sobrevivió y llegó esta mañana.
—En fin… —Ikki alzó una mano para que su ayudante se callará—. Hemos reunido una cuadrilla cerca de Ridgewood. ¿Se apunta?
El Cid llevaba sus manos en su cinto y la luz de la lampara de aceite le daba una imagen heroica. —Hecho.
—Gracias, El Cid. Va a ser una sangría.
—Justo mi especialidad, señor.
Salieron de la comisaría y enlistaron los caballos. La noche estaba fresca y el único sonido que les acompañaba era el canto de los grillos.
—¡Nos marchamos, chicos! –anunció el comisario y salieron a galope del pueblo. El aullido de los coyotes se oyó en la lejanía.
—Cid, he oído que conoció al Sr. West Dickens. –dijo Fenix mirándole.
—Sí. —sonrió—. Para saberse el remedio a cualquier enfermedad, como asegura, estaba muy deteriorado.
—Su tónico ha ayudado a mucha gente. —dijo Jabu desde detrás—. Es un gran avance procedente del este, el resultado de años de investigación.
—Si pudiese curarle esa diarrea verbal… —todos comenzaron a reír menos el ofendido Jabu.
—Yo en su lugar tendría más respeto a la ciencia. Los tiempos cambian rápido.
—Si él es científico, yo soy cura. Pero la gente puede gastarse el fruto de su trabajo en lo que quiera.
—Es todo un personaje ese West Dickens. —dijo sin emoción el comisario.
—Yo no entiendo una palabra de lo que dice. —entró Ichi a la charla.
—No he conocido a nadie más embaucador. —negó Cid mientras prendía un pitillo sobre su montura.
Avanzaron unos metros bajo la luz de los astros y notaron unos buitres volando sobre un humo blanco.
—Miren a esos buitres volando. —dijo Jabu señalando hacia el frente.
—Puede que sea un bicho muerto. Cid, vaya a mirar. Y usted, Jabu.
Se desviaron del camino y fueron a investigar la zona. No estaba a mas de 7 metros de distancia del camino. Cuando llegaron los buitres que estaban en tierra se alejaron por si solos.
Observaron un carro vacío y destruido junto con los caballos muertos y dos colonos asesinados a un costado de un fuego apagado.
—Aquí no hay sobrevivientes, comisario. —gritó Jabu.
Cid se bajó de su montura y rodeó el pequeño fuego apagado que aún despedía humo.
—Alguien estaba tan ocupado asesinando que perdió el arma. —se agachó y levantó un rifle plateado, mucho mejor del que Sasha Kido le había dado en el rancho. Un Winchester de repetición, lo último en el condado. Ajustó la correa del nuevo rifle en su espalda y dejó el que Sasha le había dado en el lugar. Montó nuevamente y se unió al resto.
—¿Qué clase de hombre hace eso? —preguntó Jabu una vez que comenzaron a alejarse para seguir el camino.
—Un puñado de enclenques. Los cobardes son los más peligrosos. —dijo un acertado Fenix.
—Hay gente despiadada. — Ichi desde la retaguardia de la cuadrilla.
—Creo que esta tierra condiciona a los hombres tanto como los hombres a ella. Los hombres nacen y luego se forman: al menos eso es lo que yo creo. —dijo el hispano aspirando humo de su cigarro.
—¿Quién puede hacer algo así? —siguió el afligido Jabu.
—Mucha gente. Y más ahora, que todos saben que queremos limpiar el condado. —argumentó Ichi con su voz chistosa.
—Entre los hombres de Julian Solo y los cuatreros, hemos derramado mucha sangre. —dijo Fenix—. Y un hombre asustado es aún más peligroso.
—¡Mire, comisario! ¡Más buitres! —señaló Ichi con su brazo hacia un costado del camino.
—Será mejor investigar.
Los cuatro hombres salieron del camino y esquivando varios cactus y algún que otro armadillo que cruzaba por la tierra hacía su refugio, llegaron a la escena.
Tres hombres yacían tumbados boca abajo con sangre saliendo por su cuerpo. Las moscas zumbaban a su alrededor y una pequeña fogata ardía entre ellos.
—Dios. Más cadáveres. Y aún hay humo. ¡Esa escoria debe de andar cerca! —gritó Cid.
—Vamos. —dijo Ikki y los cuatro espolearon a sus monturas y avanzaron aprisa.
—¡El rastro conduce a Ridgewood! ¡Venga, deprisa!
—¡Hijos de perra! —furioso el hispano soltó su cigarro y este voló por el aire. Había estado en el día en aquel lugar a donde se dirigían.
—¿Usted no lideraba una banda de forajidos, Cid? —la pregunta vino de su costado y se encontró con el horrible rostro de Ichi masticando coca.
—Sí, pero no así. No era nuestro estilo. Al menos, no el mío.
—Matar y robar nunca está bien, hijo, sea como sea. —dijo Fenix mirándole.
—A menos que lo ordene un tribunal, imagino. —le contestó el español.
Entraron en el pueblo ranchero y un silencio espectral invadía la zona. Eso nunca parecía bueno. Ni los grillos cantaban en esos momentos y hasta les pareció que ligeramente se nublaba.
—Demasiado silencio. Me da mala espina. —dijo el comisario.
Lo único iluminado era el enorme hotel en medio del rancho. Las cercas en donde había caballos estaba tumbada y la letrina vacía y con la puerta golpeándose por el viento.
Dejaron los caballos atados y caminaron al granero con sus armas enfundadas. El viento ululando y arrastrando pajas rodantes daba una escena escalofriante.
La puerta del granero estaba trabada por cuatro tablones de madera que impedían que algo salga o algo entre.
—No tiene sentido que cierren a cal y canto. —observó el comisario—. Vamos, Cid. Vuele esa puerta.
El español retiró su Winchester de repetición de su espalda y disparó a los tablones de madera mientras el resto apuntaba preparados y listos para lo que pudiera salir de allí adentro.
Ichi y Jabu abrieron las puertas y dejaron a la vista el interior del horror. Lo que más realzaba era un cuerpo colgando del cuello, ahorcado. Debajo restos de ropas y personas yacían regados por todo el granero.
—¡Santa Madre de Dios! —exclamó Jabu conteniendo las ganas de vomitar.
—¡Por favor! —el gritó fue tan sorpresivo que casi la derriban a tiros. Una mujer se alzó entre el horror—. No me dispare. Unos bandidos nos secuestraron. —sus ropas tenían rastros de sangre y barro. Su rostro estaba golpeado—. Están atrincherados en el hotel. Hay familiares míos retenidos ahí dentro. —la mujer no pudo aguantar más y se quebró en un llanto.
—Bien, chicos, ¡hay que entrar en la casa ya! —ordenó Fenix y los cuatro se lanzaron a la carga.
Unos disparos casi derriban a Jabu pero Cid le empujó y éste quedó a resguardo detrás de la letrina. El español rodó y se cubrió contra la cerca derribada. Fenix e Ichi se abrieron paso entre los disparos y Cid les siguió, saliendo de su escondite.
Los bandidos salieron por la puerta principal para intentar detener el avance de la ley pero fue inútil. Cayeron como moscas ante la letal precisión del español e Ikki. Los disparos de los ayudantes solo agujereaban la casa.
Cid abrió de una patada la puerta y junto con el comisario ingresaron. Escucharon gritos de mujer en el piso de arriba y se apresuraron mientras que Jabu e Ichi les cubrían las espaldas.
Uno de los gritos provenía del primer cuarto a su derecha. Abrieron y encontraron a dos hombres intentando violar a una mujer. Cid los derribó con varios disparos en el cuerpo y estos cayeron con gemidos de dolor hasta que se silenciaron.
La mujer salió corriendo de la habitación y Jabu la escoltó hasta fuera.
Otro grito de la habitación del fondo les hizo calar los huesos de furia. No había nada más que odiaba que tipos golpeando a mujeres o tocándolas.
Derribó la puerta con su hombro y el hombre agarró a la mujer y la usó de escudo humano mientras le apuntaba a la cien.
—¿Qué harás ahora, vaquero? —le dijo despectivamente el bandido.
Cid le apuntó y un disparo al cuello fue más que suficiente. El bandido disparó pero la bala cayo en el techo cuando su cuerpo cayó hacia atrás. La mujer llorando se retiro del cuarto e Ichi la llevó hacia abajo.
El hispano se acercó al hombre que se ahogaba con su propia sangre mientras se sujetaba en vano el cuello. Intentaba decir algo pero solo burbujas rojas salían de sus labios. Ver como moría en agonía tranquilizo un poco la sed de sangre del ex forajido.
—Todo despejado, chicos. Vamos con los granjeros. —oyó la voz del comisario y Cid volteó el rostro para verle parado en el marco de la puerta. Ambos se miraron y asintieron en silencio.
Salieron de la casa y se reagruparon a un costado de la entrada al rancho. Tres mujeres golpeadas, sucias de sangre y lodo, con sus vestidos rotos, estaban señalando con desesperación.
—Algunos intentaron huir al sur. —dijo una—. Pero unos ladrones los abatieron, como a perros. —la chica tragó saliva y a la escasa luz de la noche su rostro parecía terrorífico, estaba deforme—. Pensaba que tenía que protegernos, comisario. Ustedes no son hombres. No son nada. ¡No son más que alfeñiques a sueldo del gobierno, que cobran los que los demás pagamos por vivir! ¿Qué le pasa a este país? —la mujer mientras les gritaba parecía que en cualquier momento lloraría.
Los cuatro hombres se quedaron en silencio sin saber muy bien que decir. Fenix fue el que rompió el incomodo momento.
—Arriba, muchachos. El que mate al jefe de esos sinvergüenzas, se lleva cincuenta dólares.
—No se trata de dinero, comisario. Hablamos de vidas. ¡Hogares!
Cid e Ikki intercambiaron miradas y con una simple señal los cuatro hombres corrieron a sus caballos.
—¡Monten! Hay que perseguir a esos bandidos.
A toda prisa salieron del pueblo aniquilado y comenzaron su viaje hacia el sur.
—¿Cree que dirigirán a Fort Old, comisario? —preguntó Jabu desde su montura.
—¿Qué? ¿La banda de Sisifo? —ahora Cid estaba sorprendido.
—Puede. Todo esto parece cosa suya. —dijo sin más el alguacil.
—Tiene sentido si eligieron este camino. —agregó Ichi.
—Vamos, comisario. Puede ser nuestra ocasión. —Cid espoleó más fuerte a su equino.
Avanzaron entre la oscuridad y el camino se volvía sorprendentemente más largo.
—¿Y a usted qué le pasa con Sisifo, Cid? —le preguntó Ichi.
—Digamos que es moneda de cambio de una complicada transacción.
—¿De qué diablos habla? —preguntó nuevamente el peliblanco.
—Cierta gente que por desgracia conozco lo quiere muerto.
—¿Y a usted qué le importa? —nuevamente Ichi.
—Juntos liderábamos una banda. Era como un hermano.
—Pues si así trata a su hermano, no quisiera ver lo que le hace a un enemigo. —dijo Jabu.
—Eso fue hace mucho. Y teniendo en cuenta que me dejó medio muerto las dos últimas veces que lo he visto, creo que hemos superado esa fase familiar.
Ya amanecía en el horizonte. Un color violeta azulado se extendía por el cielo despejado de nubes y el frío se hizo intenso.
Cabalgaron hasta que una colina se hizo a un lado del camino. Era la colina más conocida del condado por qué en ella florecían flores que curaban heridas si se las trituraba bien.
—Esperen, ¿Quién hay ahí arriba? —señaló Ikki hacía la colina en donde siluetas negras se extendían en todo lo largo de la misma.
Detuvieron sus caballos y observaron desde abajo.
—Lárgate ya, Cid. —dijo Sisifo desde la altura con su rifle en mano—. ¡No te maté en su día, pero ahora no dudaré!
—Baja aquí, Sisifo. —le dijo sin emoción el español—. No tienes lo que hay que tener para detenerme. —sonrió para si mismo, ya que sabía que el arquero le odiaba cuando llevaba aires de superioridad—. Y sabes que no quiero matarte, pero lo haré.
—Siempre te tuviste en muy alta estima, Cid. —lanzó una risa—. Sage siempre dijo que eras un cabronazo arrogante. Tenía toda la razón. ¡A por ellos!
—¡Todos a cubierto, a la cabaña! —ordenó el comisario y cabalgaron unos metros hasta refugiarse en una destruida cabaña pero era más que suficiente para evitar los disparos a mansalva—. ¡Nos apostaremos aquí! ¡Sigan a cubierto y mucho cuidado!
De la colina comenzaron a bajar jinetes como hormigas. Jabu estaba rezando en silencio e Ichi cortando un poco mas de coca para masticar. Cid apuntó y derribó al primer jinete. Luego los disparos se volvieron frenéticos. Golpeando cuerpos y tumbándolos, algunos acertaban en los caballos y los bandidos caían de golpe, quebrándose los cuellos o alguna que otra pierna.
Poco a poco los agentes de ley fueron ganando la batalla, ya que su posición les permitía derribarlos desde lejos antes de llegar a una distancia prudente en donde pudieran salir lastimados. Rápidamente se retiraron.
Salieron de la cabaña y fueron a registrar los cuerpos. Ninguno de ellos era de la banda de Sisifo según las palabras de Cid. Sino que seguro bandidos de la zona que se unieron.
—¡Eh, miren lo que tengo! —gritó Ichi pateando a un hombre en el piso que se quejaba—. ¡Este hijo de perra sigue respirando!
El bandido llevaba el cabello azul y revuelto, estaba con la ropa sucia y ensangrentada en el muslo derecho, por lo que se arrastraba penosamente.
Cid se le acercó y con una mano descansando en su cinturón le habló: —Kardia Escorpio. —le pateó la cara y lo tumbó al polvo de la tierra—. Un placer volver a verlo, socio. Gracias por la ayuda, comisario. Kardia viene a ayudarnos a capturar a Sisifo. ¿Verdad, Kardia?
—Gracias, Sr. Kardia. Muy amable. —sonrió Fenix.
—Que les den. —dijo el bandido herido.
—Atenlo, vamos a encerrarlo.
Los ayudantes ataron al ex compañero de Cid y lo subieron al caballo de Ikki. El español le dijo que le haga hablar y cuando diga algo importante que le avise. Kardia ni le miró cuando los agentes se alejaron nuevamente a Moses. Cid tampoco quería mirarle, no era necesario palabras entre ellos. A él le habían traicionado y no iba a tener compasión con ninguno.
Uno menos, faltaban diez.
Notas del autor: Bueno, al fin cayó uno de los 11! ¿Ahora podra reunir informacion? Uhhhhmmm... veremos, veremos que sucede jaja.
Muchas gracias nuevamente a mis lectores habituales! :) sin ustedes no seria nada!
