JAMES DEAN & AUDREY HERPBURN
Sleeping with Sirens
Hacía dos meses que Megan estaba en el hospital. Demasiado tiempo había pasado ya de todo. Hoy, que ya se podía notar en el aire, el tufillo a verano, le habían dado el alta. Su memoria poco a poco había vuelto, y ya solo quedaba olvidar todo y volver a empezar, lo que el destino no nos había dejado.
Como le prometí a Helen, yo llevaría a Megan a su casa, porqué ella debía "trabajar". No sabía lo que se llevaba entre manos, pero a mí no me importaba pasar más tiempo con Megan.
La puerta de su habitación estaba abierta, y la encontré empaquetando cosas.
–Hola –me dijo sonriente, aunque algo triste.
–Sí... –me quedé pensativo unos instantes–. ¿Estás bien?
–Tengo miedo –me dijo avergonzada.
–¿Miedo? ¿Tú? –le dije, intentando restar importancia al asunto–. Pensaba que Megan Reeves no le temía a nada.
–Muero por salir de aquí.
–Pues vayámonos.
–No quiero volver a casa.
–Pues huyamos.
Le cogí de las manos, y la miré, feliz como unas pascuas. Ella me devolvió la sonrisa.
–Huyamos –afirmó ella.
Cogimos la bolsa y salimos corriendo, sin importarnos lo que nadie nos dijera. Y como si la vida nos fuera en ello, nos adentramos en el ascensor, ajenos a las miradas desaprobatorias que nos mandaba todo el mundo.
A la salida del edificio, la luz de un día radiante, nos cegó. Fuimos bajo los rayos del sol hasta donde estaba aparcada mi moto.
–Guay –me dijo–. Que yo recuerde nunca he ido en moto.
–¿Guay? –le pregunté sonriendo como un tonto.
–Sí, es guay. ¿Algún problema?
–Está bien, ponte el casco anda.
Lo cogió enfurruñada y se lo puso. Le quedaba enorme. Volví a reírme, y ella conmigo.
–¿A dónde huiremos? –me preguntó, mientras ponía en marcha el motor.
–A donde huya el viento –le dije, subiéndome a la moto.
–Muy poético –dijo a la vez, que se subía de paquete.
Nos pusimos en marcha, hacía donde iba el viento.
Megan ReevesIba agarradísima a él. Era verdad que nunca había ido en moto. Y estaba cagada de miedo. Pero aún así, era muy guay. Seth no corría demasiado, y tampoco se pasaba en las curvas. Para una primera vez, no había estado mal.
Habíamos llegado a donde huía el viento, o también llamado parking.
No había ni un coche, ni una bicicleta, ni una moto, nadie. No había nadie. El viento traía el olor a sal y a mar. Estábamos muy cerca de la playa, pero no se veía por ningún lado.
–Ya hemos llegado –me ayudó a bajar, y coloqué los pies en el suelo, era un alivio, después de todo, yo me seguía mareando demasiado.
Anduvimos por un caminito frondoso, lleno de árboles que tapaban el sol, hoy tan radiante. Ese camino me recordaba tanto al del sueño. En especial, me devolvió a la memoria nuestra primera cita, en mi mente claro, pero que no había llegado a hacerse real, ahora que recordaba.
–Oye Seth.
–Jmm –me dijo mientras ambos caminábamos a un paso lento.
–¿Recuerdas que teníamos una cita?
–Sí, lo recuerdo –dijo, pero no añadió nada más.
–Quizás –dudé algo temerosa– podríamos retomar esa cita…
Sé quedó en silencio, de espaldas a mí, justo cuando habíamos llegado a una bifurcación en el camino.
–¿Qué te parece ahora? –me dijo sonriente, girándose.
–Me parece perfecto.
Me cogió de la mano, y nos dirigimos por el sendero de la derecha, que tenía una ligera subida, algo empinada, hasta llegar a una explanada, sin apenas árboles.
Era un acantilado. Mi acantilado. El de mi sueño. ¿Era de verdad aquello real?
Corría mucho viento y olía a sal. Me entró frío.
–¿Te gusta? –Me preguntó, abrazándome por detrás, cosa que me quitó el frío de golpe–. Siento que haga frío, si lo hubiera sabido antes, habríamos ido a otro lugar…
–Seth, –le corté– me encanta. Es genial.
El corazón me latía con velocidad. Me apetecía tanto abrazarle, y estar así para siempre. ¿Qué era lo que me estaba pasando? Tenía ganas de pegarme aún más a él, aunque ya estábamos bien juntos. Tenía que admitirlo, Seth me gustaba, me gustaba mucho. Pero tenía que admitir que siempre pensaba lo peor de las personas. ¿Y si él solo jugaba conmigo?
Deseaba girarme y estamparle un beso en los labios. Pero, ¿por qué no lo hacía? Es más, iba a hacerlo.
Me giré despacito, y quedé enfrente de él, recogida entre sus grandes brazos. Y sin mirarle a los ojos, me puse de puntillas casi, y junté mis labios con los suyos.
Mi cabeza empezó a dar vueltas. Solo podía pensar en él, sus labios moviéndose junto los suyos. Todo eso fue perfecto, ocupó los recuerdos imborrables en mi mente, y olvidé por un instante lo estúpida y cobarde que había sido hacía unos segundos. Lo olvidé todo, e incluso mi nombre.
Quería sentirle mío. Lo quería todo, de él todo, absolutamente todo. Su lengua rozó la mía y corrientes eléctricas me recorrieron el cuerpo. Instintivamente pasé los brazos por su nuca y le agarré del pelo, atrayéndolo más hacia mí.
¿Qué iba a pasar a partir de ahora? Seth me gustaba, y mucho. Pero no eran mis sentimientos lo que me preocupaban, sino los suyos.
–Seth... –llegué a separarme.
–Mmm... –volvió a juntar nuestros labios, y tras un corto contacto los separé de nuevo.
–¿Qué esperas?
–¿Qué clase de pregunta es esa? –Me miró algo divertido.
–Es decir, de esto, de mi, de…
–¿De ti?
–Quizás tú esperas algo de mí que yo no te pueda dar.
–¿Cómo qué?
–No sé… Tú me gustas, pero no me conoces, no sabes cómo soy, ni lo que quiero, ni lo que espero, ni…
–Que no te conozco, mensaje captado –me interrumpió.
–Temo, que esto acabe mal…
–¿Y por qué tendría que hacerlo?
–Cuando estoy mucho tiempo con una persona, me agobio, y empiezo a cabrearme por gilipolleces.
–Megan, ¿por qué no le damos una oportunidad?
No le respondí, y me mordí el labio. ¿Iba a dejar que mis miedos y temores me impidieran ser completamente feliz? Le besé, ahora sin recelo. Quizá mi pesimismo era demasiado influyente en mí, y en mis decisiones. Sí, aquello se sentía bien. Es más, era como si fuera lo correcto, como que si no fuera así, sería una equivocación. Pensé que quizás, e incluso, a pesar de mi suerte, aquello podía acabar bien, o es más, no acabar jamás.
–Vale, démosle una oportunidad –dije, separándome muy pocos centímetros de él, para después volver a juntarnos.
Permanecimos juntos el resto del día. Hablando, de cada uno de nosotros, de otros, de eso, de aquello. Y lo que fueron horas, me parecieron segundos. Aunque ya se dice, que cuando disfrutas del tiempo, siempre pasa más rápido, aunque sea el mismo tiempo para una cosa que para la otra.
Vimos atardecer en el acantilado, hasta que la oscuridad se sumió por completo. Luego me llevó a casa, y llegó el momento de despedirnos, aunque a ninguno de los dos nos apeteciera. Nos dimos un beso, de los nuestros, de los que habíamos hecho nuestros y entré en la casa, regalándole una última sonrisa.
Y de pronto en mi casa, todo se volvió diferente, yo me volví diferente. Me faltaba algo. Como si este día lo hubiera cambiado todo por completo. Un rugido de mi barriga me sacó de mi ensimismamiento. Se me había olvidado comer.
Sonreí mientras me dirigía a la cocina. Algo en mí había cambiado, de repente, y sin preguntar.
