No tengo perdón de los dioses, lo sé, así que no diré ni me disculparé porque creo que no vale la pena.
Esta es una viñeta que tenía a medio terminar perdida en mi computadora y la encontré ahora que estoy depurando mi máquina, me gustó y decidí terminarla y publicarla. Me dio tanta pena ver el tiempo que ha pasado, que por un momento consideré no subirla, pero decidí que al menos podría hacerles pasar un lindo momento, claro, si aun me recuerdan, porque Odín sabe que ni yo misma recordaba esto...
Disclaimer.-Todo es de Dreamworks.
La nueva generación
"No quiero excusas" dijo Hipo en tono serio "Si Bocón me da la más mínima queja de ti…"
"Ya sé, ya sé, estaré castigado por un mes" respondió Blegild con un suspiro "Ya entendí"
Hipo hizo una mueca, viendo a su hijo con los hombros caídos en una actitud resignada, pero esto era más importante. Llegaron a la fragua, en donde Bocón estaba reparando una espada. El vikingo, ya algo más viejo, miró al hijo de Hipo, recordando el primer día que su antiguo pupilo pasó en la fragua ¡era como ver una escena del pasado! (Estoico sujetando con fuerza el hombro del muchacho para que no se fuera).
"Buenos días Hipo" saludó "Buenos días Blegild"
Blegild saludó, conocía a Bocón, pero no pasaba mucho tiempo con él. Blegild solía pasarse los días recorriendo el pueblo, buscando cosas que dibujar o cuidando de su hermana. Bocón estaba casi todo el día en la fragua, y aunque platicaba mucho con Hipo y a veces con Astrid, nunca se había acercado realmente a los nietos de su gran amigo Estoico,
Ah, Estoico, ese bribón llevaba ya poco más de un año en el Continente. Le mandaba algunas cartas donde explicaba sus nuevas y extrañas aventuras. Cuando se fue, le preguntó si quería acompañarlo, pero Bocón rechazó esa oferta. Él estaba a gusto en Berk, no se sentía con los ímpetus de un viaje tan largo, además Hipo ocuparía alguien a quien acudir si las cosas se complicaban, o eso dijo como excusa. La verdad era que Hipo se las arreglaba muy bien solo.
Si era honesto consigo mismo, Bocón se sentía viejo, y esa emoción sólo aumentó cuando vio al muchacho de Hipo. Parecía ayer cuando enseñó a un pequeñito Hipo a forjar una espada por primera vez ¡y ahora estaba ahí, llevándole a su propio hijo! Al ver a Blegild, Bocón sintió que sus huesos crujían por el desgaste ¿en qué momento habían pasado los años?
Blegild acababa de cumplir ocho años, y se parecía bastante a su padre. No era tan delgado como él a esa edad, pero tampoco tenía una complexión fornida. Llevaba el cabello desordenado, de un tono castaño claro, y sus ojos verdes miraban todo a su alrededor con curiosidad. Esa mirada era idéntica a la de Hipo cuando era niño, haciendo que Bocón sintiera otro pinchazo de melancolía típica de su edad.
Hipo colocó una mano sobre el hombro de su hijo, en un gesto de cariño, y volvió a hablar.
"Aquí está, listo para su primera lección"
Blegild se esforzó por mostrar una sonrisa, con poco éxito.
"Ya veremos qué tal resulta. Anda Blegild, ven acá, no voy a comerte… yo no, al menos"
Señaló a Grump, su dragón, recostado y dormitando como siempre, todo lo opuesto a una criatura amenazante.
"Recuerda poner atención y tender cuidado con…"
"Ya, ya, padre preocupado, vuelve a trabajar que Berk no se guiará solo" le reprendió Bocón con un gesto impaciente "Yo me encargo"
"Pero…"
"¿quién es el encargado de ésta fragua?"
"Tú" Hipo suspiró, era ridículo pensar que Bocón pudiera cambiar con el tiempo "Bueno, los veo más tarde"
Se despidió de ambos y se fue. Blegild miró a su padre alejarse, después a Bocón, y recorrió con los ojos el lugar. No era precisamente uno bonito que le llamara la atención.
Bocón miró al niño, que estaba lejos de lucir emocionado.
"¿Y bien? ¿qué te trae a la fragua?" preguntó.
Blegild, que conocía poco a Bocón, se sorprendió de que le preguntara algo así.
"Papá me trajo" dijo con un tono sarcástico que era en definitiva herencia de su padre.
"Sí, lo vi. Pero ¿por qué te trajo aquí?"
El niño resopló, recordando la conversación que había tenido la noche anterior.
"Papá y mamá piensan que debo aprender a hacer algo más aparte de dibujar" dijo algo fastidiado "Blegild, ya estás en edad de aprender un oficio. Te llevaré con Bocón para que te enseñe a ser herrero, al menos por ahora" imitó la voz de su padre, haciendo que Bocón sonriera "Hasta mamá se puso de su lado…"
Hipo y Astrid habían platicado respecto a sus hijos últimamente, debido al cumpleaños ocho de Blegild. A los ocho años era cuando los niños comenzaban a ser instruidos en habilidades más específicas, fue cuando Hipo se convirtió en aprendiz de Bocón, y Astrid recibió lecciones especiales de pelea por parte de su padre. Al principio consideraron la idea de entrenar también a Blegild, pero el niño aunque era relativamente bueno con la espada, carecía del carácter aguerrido necesario.
"Tiene talento, pero no espíritu" dijo Astrid, resumiendo la situación.
Así que Hipo habló con Bocón para pedirle que fuera maestro de su hijo. En la fragua Blegild debería usar su imaginación, aprendería a hacer cosas prácticas y desarrollaría destrezas físicas y mentales. Astrid no estaba del todo convencida, pero consideró que tampoco era mala idea.
Pero Blegild entendía más de lo que sus padres creían: sabía que lo mandaban a la fragua porque temían que no desarrollara habilidades prácticas, tan necesarias para vivir en el ajetreado mundo vikingo.
"Esa es una buena imitación de tu padre" halagó Bocón "Y bien ¿tú qué quieres aprender aquí?"
Intuía que, como buen hijo de Hipo, Blegild tendría su propia visión del mundo.
"Pensaba que hacías armas"
"También objetos de metal"
"¿Todo tipo de metal?"
"Prácticamente"
Bocón caminó hacia el muro donde tenía colgadas sus diferentes prótesis de mano, cambiándose el garfio por una martillo pequeño y plano. Blegild lo miró curioso, pues era la primera vez que observaba cómo Bocón usaba sus manos intercambiables.
Tras eso el vikingo se acercó a Grump y agitó la mano frente a él, para intentar despertarlo, pero el dragón se removió molesto por ser la interrupción y se dio la vuelta.
"El fuego se va a apagar" le reclamó "¿crees que te tengo aquí por bonito? ¡vamos, enciéndelo!"
El dragón resopló, pero hizo caso y lanzó una pequeña llama que mantuvo el horno caliente.
"¿Y qué hago yo?" preguntó Blegild, que sólo observaba la naturalidad con la que Bocón se desplazaba por el lugar.
"Pásame esa pinza" ordenó.
Blegild permaneció sentado en un banco por horas, observando a Bocón y pasándole los instrumentos que requería. Como Grump flojeaba, no podía jugar con él, así que el tiempo se le hizo eterno y aburrido.
"¿esto es lo único que haré todo el día, todos los días?" se quejó a mediodía.
"Al menos por el día de hoy, sí" respondió Bocón.
Era un vikingo viejo y necio, que había aprendido lo suficiente como para entender que la mejor manera de que un niño se interesara en algo, era negándoselo.
"¡Pero quiero aprender a hacer eso!" el niño señaló hacia la espada incandescente sobre la que Bocón martilleaba "¿cuándo aprenderé?"
"Estás aprendiendo justo ahora, al observarme y ayudarme" dijo "Presta mucha atención, niño, en este trabajo hay que ser muy observador"
Blegild suspiró, pero siguió observando. Una hora después, Bocón le dejó sujetar una pequeña daga cerca del fuego, para enseñarle a calentarla. Observó como la mirada del crío se llenó de emoción cuando notó el metal fuerte y pesado derretirse lentamente, haciéndose maleable como el agua. No había duda de que era hijo de Hipo.
"Nada mal, niño, nada mal"
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"Mamá, no encuentro mi muñeca" dijo Gilna, de cuatro años.
Astrid miró a su hija, que sólo reclamaba atención. Como Blegild no estaba en casa no tenía con qué entretenerse ni con quien jugar, así que la niña había seguido muy de cerca todas las faenas de su madre en la casa.
"Está encima de la mesa, tesoro" le dijo.
"Ah, gracias"
Gilna no era una niña distraía, al contrario, era demasiado inteligente. Aunque tenía cuatro, parecía ser una niña de ocho, tan bien hablaba, tan bien se comportaba y tan rápido aprendía. Sabía que sólo estaba aburrida y que intentaría llamar su atención todo el día, lo bueno era que precisamente esa mañana no había sido muy atareada, así que Astrid no estaba ni estresada ni cansada.
Temprano en la mañana había visto a su hijo mayor salir de la casa con su padre camino a la fragua, en donde empezaría a ser aprendiz de Bocón. Su corazón de madre sintió un latigazo causado por el entendimiento de que su bebé estaba creciendo, simplemente no entendía en qué momento aquella bolita rosada y chillona había crecido lo suficiente como para empezar a moldear metal.
Quizá era debido a esa añoranza que tomó asiento en la mesa con Gilna y jugó con ella a las muñecas. Ni cuando era pequeña disfrutó de ese juego, pero quería pasar tiempo con su niña ahora que podía.
Sin embargo, mientras pasaba el día, se daba cuenta que Gilna parecía ser todo menos una niña pequeña. Aunque tenía sólo cuatro años, realmente se veía y sentía como una niña mayor. No jugaba que su muñeca se casaba, como otras niñas, jugaba que su muñeca iba a la escuela y aprendía muchas cosas. Era la niña más curiosa e inteligente que Astrid nunca hubiera visto, y estaba segura que sería más inteligente que Hipo. Una semana atrás, Hipo había empezado a enseñarle a Blegild a leer y escribir, sorprendiéndose de que la pequeña se colara a las lecciones y aturdido al darse cuenta que Gilna entendía al mismo tiempo que Blegild sus explicaciones sobre las letras.
Astrid pensaba que sus hijos estaban creciendo mucho más rápido de lo que se había esperado, sentía que fue ayer cuando los cargó por primera vez en brazos.
"Vamos a hacer la cena" le dijo a su hija, quien asintió.
Quizá era por la melancolía que sentía, pero Astrid se puso a hacer pastelitos dulces de avellanas, los favoritos tanto de Hipo como de Blegild.
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La fragua resultó ser más entretenida de lo que Blegild había imaginado, a un ritmo lento pero constante, Bocón le instruía sobre las diferentes habilidades que necesitaba desarrollar. Sus cualidades como dibujante le ayudaban mucho a la hora de visualizar los diseños, y antes de percatarse, Blegild se encontró emocionado todas las mañanas ante la idea de ir con Bocón.
"Blegild, cuida que Grump no descuido el fuego" le pidió Bocón "No tardaré mucho"
Y se fue, dejándolo solo en el lugar por primera vez.
Blegild miró al dragón, recostado perezosamente como siempre, se encogió de hombros y se inclinó sobre su cuaderno de dibujo, cuando escuchó unos pasos acercarse.
"¿Y bien, ya estás cubierto de cenizas?"
Suspiró con fastidio.
"¿qué quieres, Rup?"
"Sólo vine a ver qué haces" respondió el niño de seis años "Papá dice que la fragua es el trabajo más fácil del mundo"
Rupilendro Jorgenson era el hijo mayor de Patán y Brutilda, tenía seis años y medio y casi siempre seguía a Blegild a todas partes. Adoptaba la actitud creída de su padre, pero en el fondo sentía aprecio y admiración por Blegild.
"Tu papá está equivocado" respondió el niño, molesto "Este trabajo es complicado"
Volteó a ver que el fuego estuviera encendido, y como no había disminuido la llama, regresó su atención a Rup (odiaba que lo llamaran por su nombre completo).
"Papá dice que cuando Hipo era niño, era un inútil, y por eso lo mandaron a la fragua" continuó hablando "Y que por eso también te trajeron a ti"
Su papá, el Jefe de Berk, ¿un inútil? ¿Pues de qué estaba hablando ese mocoso?
"¡Esas son mentiras!" gritó indignado.
"¡Que no lo son!"
"¡Si lo son!"
"¡Ay, que me dejan sorda!" Rapi, la hermana gemela de Rup, llegó con gesto de enfado "¿qué no saben hacer algo más que no sea pelear?"
"A ti nadie te habló" le dijo su hermano.
"Sólo vine porque mamá te está buscando" le dijo, cruzándose de brazos "Y no se veía contenta"
Rup tragó duro, pues había salido de casa porque en la mañana, intentando alcanzar la alacena llena de galletas, terminó rompiendo la mesa. Su hermana debía saberlo, porque tenía esa expresión de autosuficiencia que tanto detestaba.
Blegild los miró con una mueca. Los gemelos eran muy parecidos, ambos tenían el cabello negro, piel clara, ojos azules, barbillas pronunciadas y narices pequeñas. La única diferencia, al menos por ahora, eran sus peinados: Rup tenía cabello corto y Rapi largas trenzas. En carácter, los dos eran presumidos y bromistas, pero a pesar de eso eran buenas personas, llegando a ser ingenuos. Blegild se llevaba bien con ellos, excepto en días como esos que lo molestaban más de lo normal.
"¡Váyanse y déjenme trabajar!" dijo Blegild, que aún recordaba cómo Rup llamó a su papá inútil.
"Oye ¿no puedo mejor esconderme aquí?" y antes de que pudiera responder, Rup se deslizó al interior de la fragua, metiéndose bajo una mesa "Si mamá está molesta, papá se enojará, y eso no es bueno para mí"
"Pero es divertido para mí" rio Rapi.
"¡Tu calla!"
"¡Que no!" dijo Blegild "¡no puedes esconderte aquí!"
Se inclinó y le jaló el brazo, pero Rup le dio un manotazo para alejarlo.
"¡Vete y haz tus cosas tontas!" dijo el niño "Yo me quedaré aquí, ni notarás mi presencia"
"Este no es un juego, Rup"
"Pero papá dice que la fragua es cosa de niños" agregó Rapi con tono inocente, recordando lo que Patán les había dicho el día anterior "Y que por eso los inútiles trabajan aquí"
"¡Ni mi papá ni yo somos inútiles!" gritó, ahora muy molesto "¡Ustedes dos, váyanse de aquí!"
"¡Qué humor!" Rapi pateó el suelo y se fue, ofendida. Pero Rup seguía sin salir debajo de la mesa.
"¡No quiero, mamá me pegará!"
"Eso no me importa ¡sal de ahí!"
"¡Oblígame!"
Molesto, Blegild se abalanzó sobre él y le pegó en el hombro para tumbarlo y jalarlo, el ataque tomó desprevenido a Rup, pero apenas se compuso le regresó el golpe. Blegild le jaló el cabello y el otro pateó su costado, ambos niños terminaron en el suelo, rodando sobre la tierra y golpeando las patas de la mesa. Encima de la mesa estaba un martillo, el cual cayó al suelo y golpeó la cola de Grump. El dragón se despertó molesto y alarmado, lanzando una llamarada de fuego que afortunadamente golpeó el horno, pero encendió también todas las cosas que estaban ahí cerca.
"¡Mira lo que hiciste!" gritó Blegild, molesto.
"¡Pero si fuiste tú!"
"¡Ayúdame a apagarlo!"
"Pero, pero…"
Ambos niños se movían ansiosos sin saber qué hacer, el sonido de la explosión hizo que algunos vikingos que pasaban caminando se acercaran, preocupados. Bocón estaba cerca y corrió hacia la fragua, encontrando el incendio que comenzaba a crecer y a dos niños que buscaban como desesperados cubetas de agua.
Bocón jaló una soga que colgaba del techo, haciendo que una enorme cubeta de agua cayera encima del horno apagándolo. Aunque por dentro se reía, forzó una expresión severa con la cual miró a los dos niños. Más vikingos se reunieron alrededor de la fragua, pues llevaba años que no pasaba nada interesante por ahí.
"Fue culpa de él" dijeron ambos niños al mismo tiempo, señalándose mutuamente.
"¿Y tú que haces aquí?" le gritó a Rup.
"Pues… yo… mi papá dijo…"
"¡Mejor vete antes de que le diga a tu padre que mereces un par de golpes!" señaló su mano-garfio "¡No quiero verte cerca de aquí!"
Asustado, Rup se fue, de repente el regaño de su madre sonaba mejor a un regaño de Bocón.
Blegild miró a Bocón con cara de susto, sabía que le echaría la culpa de todo y que lo regañaría, y lo peor es que sentía que lo merecía. Después de todo él era el encargado de cuidar la fragua cuando Bocón no estaba. Bajó la cabeza resignado, esperando su regaño. Bocón sonrió de lado, recordando de repente tantas cosas de golpe. Se acercó, le dio un pequeño zape y agregó con tono duro:
"Este lugar puede ser peligroso si no pones atención. Ten más cuidado"
Se dio la vuelta y agregó:
"¡Ve y llena esa cubeta con más agua!"
Apenas Blegild se inclinó para recoger la cubeta, escuchó la inconfundible voz de su padre.
"¿qué pasó aquí?" preguntó Hipo, cuyo corazón se estrujo de angustia cuando vio el humo negro que salía de la fragua.
Blegild titubeó cosas sin sentido, siendo Bocón quien tomó la palabra.
"El chiquillo y el escuincle de Patán asustaron a Grump" explicó como si nada "No pasó a mayores"
Hipo miró a su hijo, con rostro de culpa pero entero, sin heridas, suspiró algo más tranquilo. Por su parte, aunque su papá no le estaba diciendo nada, Blegild sintió un profundo miedo de que se decepcionara de él.
"Ten más cuidado" fue lo único que dijo Hipo, mientras el niño salía corriendo con la cubeta en las manos "¡Vuelvan a sus trabajos!" agregó, haciendo que el grupo de adultos regresara a sus actividades.
"¿Sabes? Si no hubiera causado un destrozo, por más mínimo, en el primer mes, pensaría que no es hijo tuyo" agregó Bocón en tono de broma.
Hipo rio un poco, más relajado.
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Gilna estaba en el establo, jugando con Chimuelo y Torméntula, cuando alguien la llamó.
"Oye, vamos a jugar"
Al voltear miró a Greta Jorgerson, de cinco años, era una niña mona de cabello rubio cenizo, ojos azul intenso y rostro redondo, de facciones angelicales. Era la hija menor de Patán y Brutilda, y todo lo opuesto a sus padres y hermanos: una niña tranquila, segura y de carácter amable.
"Entra" Gilna abrió la puerta del establo, dejando que pasara su amiguita, bien recibida por ambos dragones.
Notó que Greta llevaba una muñeca en la mano, así que Gilna entró en su casa para ir por la suya. Ambas niñas se inclinaron para jugar, con los dragones cuidándolas y de vez en cuando llamando su atención. Astrid se asomó en un punto de la tarde, quedándose embelesada con esa escena tan adorable e infantil, sonrió y regresó a la casa a seguir con sus actividades.
Poco después de eso llegó Rapi, que estaba buscando a su hermana menor.
"¡Ahí estás!" dijo, cruzándose de brazos "Mamá nos busca, debemos irnos"
"No quiero" frunció la nariz, presintiendo que su hermana traía algo planeado.
"Sólo ven, que no ando paciente hoy"
"Nunca estás paciente"
Gilna reía, mientras Rapi hacía una mueca.
"Mamá está molesta con Rup, se enfadará con nosotras si no nos ve cerca" continuó.
"¿y dónde está Rup?"
"En la fragua, con Blegild"
Ante la mención de su hermano, Gilna dejó la muñeca de lado y puso más atención.
"Pero…"
El comentario quedó en el aire cuando se escuchó el ruido inconfundible de una explosión, las tres niñas se asomaron y vieron humo negro que venía del centro del pueblo, justo donde estaba la fragua. Gilna palideció ¿estaba su hermano bien?
"Ese fue Rup" suspiró Rapi con fastidio "Vámonos, Greta, no quiero que tengamos también problemas"
A regañadientes la niña tomó la mano de su hermana mayor y ambas caminaron a sus casas. Gilna entró a la casa buscando a su mamá.
"Mami, mami ¿escuchaste eso?"
Astrid estaba cocinando.
"Sí, pero no te preocupes. Seguro no pasó nada"
Si estuvieran en peligro, ya hubieran sonado un tambor anunciando que debían resguardarse y coger las armas. Gilna en cambio, todavía pequeña, miraba por la ventana angustiada.
"Ven, encanto" la llamó Astrid, sabiendo que su hija había crecido en tiempos de paz, ajena a cualquier sonido molesto, a cualquier peligro "Ayúdame con esto"
Intentó distraer a su hija, con éxito cabe destacar.
Sí, fue un final muy brusco, sí, no sé ponerle nombre a los niños, y sí, estuvo extraño jeje.
He tenido tiempo últimamente, ustedes díganme ¿creen que deba seguir escribiendo de estos niños?
