30 días.
Disclaimer: Naruto no es mío.
Beteado por: HinataWeasley789
Día 12: Huecos inamovibles.
Hanabi observó el cielo despejado desde su lugar en un árbol. Era el último descanso antes de terminar el tramo de regreso a la Aldea. Habían pasado cuatro largos días desde que había dejado su lugar de nacimiento. La muchacha amarró su cabello antes de sorber agua de su cantimplora. Estaba extenuada, pero no iba demostrarlo. Con su típico porte de dama cruzó las piernas estando equilibrada en una rama a doce metros de altura.
Sus compañeros de equipo habían logrado fastidiarla, en especial Konohamaru; ese idiota. No había parado de molestarla durante todo el viaje de regreso. Era insistente con respecto a una única temática: si estaba, o no, "juntada" con Kiba Inuzuka.
Y ella quería destrozarlo contra un árbol para perder su cadáver en un río cercano. Pero no había un río cerca, una completa lástima.
—¡Hanabi! —Exclamó el joven, cruzando su brazo sobre los hombros femeninos.
Quizá no necesitara un río.
—Primero, quita tu brazo —le gruñó— y segundo, llámame Hyuuga. ¿Fui clara?
—Bueno, tranquila. —Respondió, sonriendo— Pero ya, dinos, nos morimos de curiosidad. ¿Sales o no con Kiba Inuzuka?
Hanabi clavó sus orbes opalinos en los oscuros del chico a su lado, que sin pedir permiso se había sentado pegado a ella. Agradeció tener una mirada firme y penetrante, que intimidó al joven luego de unos segundos de mirarse a los ojos. Konohamaru notó que Hanabi distaba mucho de ser como la novia de su maestro Naruto: la adorable Hinata. Tenían los mismos ojos, pero Hanabi le inspiraba miedo.
—He dicho antes que no es asunto tuyo. —La voz de ella sonó baja, amenazante— ¿Me vas a obligar a seguirme repitiendo?
Konohamaru no se dejó intimidar.
—La gente dice eso, que estás juntada con él. Quería oírlo de tu boca o desmentirlo. —Le confesó, encogiéndose de hombros— Pero si me preguntas, te veías más bonita con ese vestido azul. Sí, creo que salir con él te hizo bien.
Konohamaru se bajó de la rama sin saber que acababa de huir de la furia de Hanabi. Pero ella no lo persiguió para azotarlo por su osadía. Se quedó sentada allí, altiva, con su orgullo casi intacto. Realmente no se llevaba particularmente bien con los chicos de su edad y no estaba complacida de realizar misiones con ellos. Por eso se mantenía apartada, tanto como le era posible.
—Sigamos avanzando. —Ordenó ella, recogiendo sus cosas luego de un tiempo prudencial sentada en la rama.
Konohamaru la observó atentamente; sí, se veía diferente. Un poco más… controlada. O más fuera de sí, dependiendo de cómo se lo viera.
¿Qué había visto Kiba en ella?
:-:
Extrañaba a Hanabi. Más bien, extrañaba que ella hiciera todo por él. Desde que se había ido no había probado un bocado de su deliciosa comida, y sus reservas se habían agotado prontamente. Quería una tarta de manzana con jugo de ananá. Pero estaba demasiado ocupado como para hacerse una. Extrañaba la atención, sí, pero en esos momentos la odiaba.
Kiba abrió la puerta de su departamento, cuando notó que no tenía llave. Él recordaba a la perfección haberle puesto seguro al salir. Con precaución tomó un arma de uno de los bolsillos de su pantalón y la empuñó antes de introducirse en el lugar. Se vio como un idiota, admitió, ante todo el comité de remodelación.
Un comité de remodelación que él, claramente, no había ordenado.
Entonces miró a su alrededor. Las paredes habían sido pintadas de un verde claro, había manteles sobre las mesas tejidos a mano delicadamente, cuadros de frutas y flores colgados estratégicamente y no quedaba nada de lo que él recordaba haber dejado esa mañana.
—¿Qué mierda creen que hacen en mi departamento?
El comité que hasta entonces estaba organizando un par de almohadones sobre un sofá que Kiba no había pedido retapizar, se giró encarando a un shinobi enfadado y con un aura de odio a su alrededor. El comité terminó de "patitas en la calle" en lo que a Kiba le tomó rugir una orden de "¡Fuera de aquí!".
Él se encontró a sí mismo hiperventilando mientras trataba de controlar su arranque de ira. Rugió para dejar salir la emoción y maldijo al ver su departamento. Se veía abismalmente distinto, y él no soportaba esa clase de invasión a su espacio personal. Bien, aceptaba que ella lo había hecho lucir un poco más como un hogar, pero eso era extremista.
Furibundo tomó uno de los almohadones que el comité, aterrado, había dejado cerca de sus pies. Lo lanzó con furia contra una pared golpeando en el trayecto un cuadro de naturaleza muerta que se desplomó contra el suelo en un estruendoso golpe. Kiba se dejó caer en el sofá, ahora rojo, y echó su cabeza hacia atrás. Debía calmarse.
Estiró sus dedos y los retrajo varias veces tratando de apaciguar esa conocida sensación de desear golpear algo. Entonces reparó en que el comité había dejado olvidado sobre una mesa ratona, nueva por cierto, un copilado de papeles. Y un nombre llamó su atención entre las firmas; Hanabi Hyuuga.
Entonces sencillamente se levantó rápidamente y con brusquedad arrancó el papel de entre los demás. Allí estaba, claramente, escrito ese nombre con su delicada y simétrica caligrafía. Iba a matarla. Se encaminó a la cocina, encontrándose con decoración nueva, y se preguntó cuánto le habría costado a su "esposita" todo eso. Ignorándolo se sirvió el último pedazo de pastel que quedaba de lo que ella le había dejado preparado y sentado en la mesada de la cocina trató de recobrar su paz.
Normalmente se consideraría alguien animado pero no agresivo, lo opuesto de cómo se sentía en aquellos momentos. Suspiró y trató de concentrarse en respirar. Le tomó su buen poco de tiempo calmarse, pero finalmente lo hizo. Una vez recuperó su carácter usual volvió a la sala y contempló el lugar. Dentro de términos generales no estaba tan mal. Prefería su versión anterior, pero esta tampoco le fastidiaba demasiado en el momento en que lo veía detenidamente.
Sacando los manteles, y las cortinas, el resto no tenía mucho arreglo. De modo que recuperó el cuadro que en su molestia había tirado al suelo y lo reacomodó en su sitio original en la pared. Exhaló y se decidió a darle una lección. Si ella no quería salir de su rol de esposa, debía encontrar una manera de molestarla dentro de su rol.
¿Qué cosas podrían molestarla, por más que no lo manifestara?
Bien, ella era una orgullosa remilgada. Supuso que no habría nada que la ofendiera más que recibir órdenes y verse obligada a acatarlas. Pero Hanabi no cedía, y él estaba perdiendo la paciencia con ella. Eso no funcionaba, aunque lo potenciaría. Otra cosa que la humillaría sería exhibirla, pero eso le traería más problemas que otra cosa.
Debía ser algo dentro de sus departamentos…
¡Sus! Allí estaba la respuesta; ella aún mantenía un espacio al cual regresar cuando no pudiera más. Después de todo, nadie podía mantener una farsa todo el tiempo de forma absolutamente perfecta. Le exigiría permanecer en su departamento por lo que durara el acuerdo. ¿Qué esposa perfecta no convive con su esposo? No, más bien, cuál esposa perfecta no duerme con su esposo.
Kiba se levantó y rogó que el comité hubiera comprado una cama de dos plazas. Para su molestia no tuvo tal suerte. Se apoyó en el umbral de la puerta de su cuarto y supuso que tendría que comprar una. Giró sobre su eje y se fue derecho a la tienda; la inversión valía la pena.
:-:
Hanabi llegó exhausta, completamente malhumorada. Sacó las llaves de su departamento de debajo de la maceta y la puso en la cerradura. Grande fue su sorpresa cuando la llave no giraba. Bufó, sacándola de la cerradura y volviendo a intentar abrir la puerta. Era imposible. Lanzó un gruñido de molestia y se propuso entrar por las malas cuando sintió unos pasos tras de ella.
Ni siquiera necesitó voltear ya que conocía los andares de Kiba de memoria. Estaba descalzo como le era usual y ella trató de componer su mejor sonrisa antes de girarse y encararlo. Ese rostro de dulzura y complacencia no encajaba con su ropa maltrecha por la misión y sus ojos cansados, pero era lo mejor que podía hacer en aquel momento.
—Hola, cariñito —se burló Kiba—. En agradecimiento por la remodelación, trasladé todas tus cosas a nuestro hogar para ahorrarte las molestias.
Ella sintió como algo se rompía dentro de ella, pero agradeció que no fuera su paciencia.
—¿Todo, cachorrito?
Kiba sonrió, burlesco.
—Todo, absolutamente todo.
Y él no bromeaba, para nada. Hanabi lo descubrió cuando entró en el cuarto que, adivinó, compartirían y encontró un armario repleto de sus cosas. No manifestó el sonido ahogado de enfado que luchaba por trepar su garganta, y mucho menos permitió a la ira afectar su ceño. Se giró, tan delicadamente como su cuerpo agarrotado le permitía, y le sonrió al hombre que con atrevimiento había osado tocar sus pertenencias.
¿Acaso ella no le había hecho lo mismo? Hanabi no quiso pensar en ello.
Por otra parte no deseaba bañarse allí, mucho menos compartir el lecho con él. No, eso estaba muy fuera de sus límites usuales.
Kiba estaba apoyado en una pared dentro de la habitación observándola, analizando su accionar y atisbó su lucha interna. ¿Hasta dónde estaba ella dispuesta a llegar para tener la razón, para humillarlo? ¿Sacrificaría su reputación, su moralidad? Él no la tocaría, porque lo consideraba casi forzar a una mujer, pero eso ella no lo sabía. Hanabi podía suponer que eso era una aclaración, algo así como "tienes otros aspectos de esposa por cumplir". Y eso era exactamente lo que ella pensaba.
Hanabi se giró a verlo, y Kiba casi pudo sentir la furia atizándose en sus ojos opalinos. Pero para su sorpresa ella sonrió y emitió una risa cantarina atípica a la reacción esperada. Se acercó en apariencia contenta y le estampó un beso en los labios. Esta vez, contrario al primer contacto de ese tipo, Kiba sí sintió algo. Pero fue algo curioso, un nudo en el estómago. Esa sensación que le daba cada vez que estaba haciendo algo malo y lo sentía como si traicionara a alguien.
Y, por otro lado, sus labios estaban fríos.
Hanabi tomó una toalla que estaba colgada en la ventana —ella supuso que estaba allí para secarse en algún momento previo— y la dejó en la cama. Frente a los ojos de Kiba, quien estaba quieto en su lugar hacía minutos, ella se quitó los zapatos. Luego tomó los bordes de su blusa y sin mayores miramientos se la levantó quitándosela por arriba de su cabeza. El Inuzuka estaba sorprendido como mínimo, y confuso.
Ella ni siquiera esperó a que él se volteara para retirar su pantalón y juntarlo en una esquina con su blusa.
—¡Oye, ¿qué haces?! —Le reprochó él.
—Me desvisto, amor; estoy por ducharme. —Informó, sonriente.
Él pensaba que podía intimidarla, pero ella era una bendita kunoichi entrenada que no se echaría para atrás solo porque él pretendiera sacarle provecho a la situación. La muchacha se envolvió con la toalla que había separado y contempló al joven de espaldas a ella con las manos en los bolsillos.
Ella debía decir que, al menos, él si era un poco educado. Más de lo que se habría atrevido a conjeturar en un pasado. Kiba se volteaba aun cuando podía haberse quedado mirando fingiendo ser un esposo. Si ellos estuvieran realmente casados la desnudez tendría que ser algo común para ambos. Pero no lo estaban. Y aunque ella no sentía pudor alguno, la moral lo tachaba de inapropiado. Hanabi caminó hasta él, de espaldas, y besó sus omoplatos desnudos antes de apoyar su frente en aquella espalda trabajada a base de esfuerzo.
—Prepararé la cena cuando salga de bañarme —le dijo, pero Kiba negó.
—Duerme, ya cené.
Era una mentira, por supuesto, pero la dejó dormir temprano. Se sentía una basura orillándola a esa clase de situaciones. Aunque no entendía del todo esa calidez, esa intimidad, que ella creaba con un contacto tan nimio. Él le escuchó caminar descalza hasta el baño y encender la ducha. La puerta se cerró y Kiba, aunque quieto, sintió un vacío aparecer dentro de él, y en el lugar de su espalda donde Hanabi había tocado sentía un cosquilleo.
Aquella sensación conocida de un calor que se extravió en el camino.
Se dijo que no debía permitir que ella creara tibieza y llenura donde nunca la necesitó, era todo un teatro innecesario que causaba sensaciones de nada que no se trasladaban fuera de él. Era como si la Hyuuga fuera capaz de ver sus sombras, aquellas que no se irían nunca, haciéndolo vulnerable a su mirada.
Mantén la distancia, se recordó, antes de salir en busca de comida rápida en algún lugar.
Disculpen el enorme retraso. Sé que el capítulo no es especialmente largo, pero le puse ganas y me costó terminarlo. Un beso enorme para todos. Gracias por leer.
