9. En otro mundo.

Nunca me había considerado una aficionada a la música. Lo mío siempre fue la literatura. Sin embargo, bastaron tan sólo tres meses de clases con él para entender a los melómanos y su pasión por cada nota.

Tocar un instrumento era sentirse parte de otro mundo, transportarse a otra realidad. Una donde los vibratos agregaban sabor a la melodía, y las escalas eran el primer paso para lograr una libertad desconocida, donde no existía nada más que uno y la música, unidos por un vínculo intangible y poderoso.

Draco era un maestro estricto y a veces gruñón en su perfeccionismo, pero poco me importaba, mientras pudiera compartir sus intereses como míos y aprender algo nuevo a la vez. Realmente me sorprendió. Podía pasar horas enseñándome sin cansancio y su profesionalismo era intachable. Cuando pasábamos a una nueva pieza musical dentro del repertorio que él había seleccionado para "principiantes como yo", me contaba del proceso de su composición, los eventos históricos que la rodearon y un poco de la vida de su creador, transportándome a épocas lejanas y, porqué no decirlo, románticas. A veces podía imaginarnos a los dos vestidos de corte para agasajar al Rey, y tenía que reprimir una risa. No quería que se enfadase conmigo, cuando él se tomaba las clases tan en serio.

En ocasiones, solía equivocarme a propósito para que él se levantara de su silla y me rodeara por la espalda, enseñándome la correcta posición de los dedos y la forma adecuada de tomar el arco. El breve contacto de sus frías manos me bastaba para dominar a mi yo interno que aún no se resignaba a quererlo desde lejos.

Era extraño, enfermizo, ajeno, irreal, impropio, pero cierto.

Sin embargo, en otras ocasiones me esforzaba al máximo para sorprenderlo. Practicaba sola hasta que los dedos me quedaran marcados con líneas, y me iba a la cama con las partituras, memorizando las notas y el compás de la próxima clase. Me gustaba ver su expresión de satisfacción cuando notaba mis progresos. Para mí valía como si me estuviera dando doscientos puntos para Gryffindor.

En algunas noches, mi imaginación me jugaba una mala pasada y me planteaba un panorama muy distinto, en el cual mandaba a volar todas mis creencias, valores y principios, e irrumpía su habitación a medianoche, diciéndole algo así como "Hey, aquí me tienes, y ya me cansé de aparentar. Tú, yo, ahora. No tenemos que decirle a nadie" para luego lanzarme a sus brazos, derritiéndome a lo que tuviera que pasar.

Pero desechaba esa alucinación de inmediato. Ni con veinte whiskey de fuego en el cuerpo me atrevería, y de sólo pensarlo, me sentía hundida en el mar durante una odiosa tormenta. ¿En qué monstruo inmoral me había convertido? habían mañanas en las que sencillamente no podía mirarme al espejo de la vergüenza. Estaba sucia de pensamiento. Muy sucia.

Y no era mi único problema. La sensación de constante calor no dejaba de atormentarme todo el tiempo. Mis encuentros con Ron progresivamente se iban tornando más fogosos, logrando con esfuerzo sobrehumano un poco de racionalidad entre cada caricia, para detenerme antes de que fuera demasiado tarde. Sería injusto para él que en esos momentos la imagen de otro hombre se cruzara por mi cabeza, y estaba segura de que era una horrorosa probabilidad.

No. Mi primera vez tenía que ser un momento agradable, sin remordimientos, sin culpabilidad.

–Hermione, ¿en que planeta andas? –preguntó una voz que parecía demasiado lejana.

–Oh, en nada, Alexander, mil disculpas, estoy muy desconcentrada el día de hoy.

Él asintió y volvió la atención a su lectura.

–No te preocupes. Es natural, considerando que estudias dos carreras a la vez –esbozó pasando una página.

Estaba en la biblioteca pensando de sexo… ¡Que horror! Había profanado mi templo sagrado del saber, y no sólo eso, sino que la muy descarada lo estaba haciendo acompañada por alguien más, realizando una investigación, en la cual afortunadamente se me asignó por compañero a alguien igual de responsable que yo. Aunque eso ahora estaba sujeto a debate, pues mientras él trabajaba, yo no podía evitar pensar estupideces, esperando impaciente la llegada de mis otras clases.

Aquellas que tenía con un profesor que me robaba el aliento.

–¿Te puedo hacer una pregunta? –soltó él mientras comenzaba a escribir en un pergamino.

–Claro, adelante.

–Es una pregunta hipotética, tú sabes, no tiene ninguna similitud con la realidad. Ni siquiera sé porqué te lo pregunto.

Aún no levantaba su mirada del pergamino y noté que se sonrojaba un poco en las mejillas. Estaba segura de que Alexander no tenía la más mínima idea de lo que estaba escribiendo, pero le dejé que siguiera con los rodeos, después de todo, necesitaba despejar la mente un rato.

–Es que a veces me viene la curiosidad de saber "qué pasaría si", y bueno, prefiero estar preparado con antelación, al igual que en los exámenes.

–Aja –solté apoyando la cara en la palma de la mano–. Continúa.

–El asunto es que, supongamos que existe una chica, ¿ya?, de mucha personalidad y carácter…

–¿Es bonita? –interrumpí sin evitar sonreír. Parecía un niño de doce años, ¿Cómo podía ser tan tímido en ese tema? Contrarrestaba con su habitual personalidad seria y confiada.

–Preciosa… ¡qué digo!, supongamos que es bonita, después de todo es imaginada, ¿no? –asentí para darle en el gusto–. Bueno, ella al parecer está interesada en otro muchacho imaginario, pero en vez de decírselo, hace cosas extrañas.

–¿Cómo qué?

–Como pulular al frente de él sin la intención de acercarse, lanzarle miradas significativas y rozar de vez en cuando su brazo "accidentalmente". Cosas así. Pero el punto es que luego de eso, va a pasearse del brazo de otro hombre acarameladamente.

–Esas son técnicas para llamar tu atención, Alex –sentencié de inmediato.

–¡Hey! ¿Quién ha hablado de mí? –reclamó ceñudo.

–Está bien, está bien. Esas son técnicas para llamar la atención del muchacho "hipotético" –rectifiqué rodando los ojos–. En fin, todavía no veo el meollo del asunto.

Alexander dejó de escribir y suspiró hondamente.

–Que ahora sí que empezó a ignorarlo de verdad. La chica "imaginaría" se olvidó del chico "hipotético".

–Y supongo que el chico "hipotético" está encandilado con ella y no quiere que lo ignoren, ¿o me equivoco? –él se mantuvo en silencio como respuesta–. Mira, Alex, hay mujeres que sencillamente se resisten a demostrar interés directo por alguien, les gusta sentirse deseadas, que las pretendan y que planeen maniobras para conquistarlas. Pero cuando el susodicho no lo hace, comienzan con las tácticas femeninas para generarles celos, y así, que se animen a dar el paso de una buena vez.

–¿Por qué son tan complicadas? –bufó frustrado–. Hasta imaginadas son todo un lío.

Me reí con su insistencia en el punto de la suposición, y por la apariencia de niño malcriado que había adoptado. ¿Quién lo pensaría? jamás me habría imaginado que Alexander tendría una personalidad así, tan contraria a lo que por fuera se veía.

–Yo creo que también es complicado el chico hipotético –solté aparentando indiferencia–. Si tanto le interesaba ella que hasta había notado sus maniobras, debería haber hecho algo al respecto y no quedarse sentado. Es hora de que asuma su torpeza y trate de conquistarla de vuelta.

–¿Entonces tú opinión es que debería intentarlo?

Asentí divertida.

–No tiene nada que perder, después de todo, es hipotético.

Alexander me sonrió ampliamente y luego regresó su vista al pergamino. Leyó lo que llevaba escrito y negando con la cabeza, lo hizo una bolita. Al parecer, mi suposición de que había escrito puras incoherencias no estaba tan lejana a la realidad. "Curioso" pensé para mi. Con él no había cruzado más de dos palabras, fuera de los saludos cordiales y un par de intercambio de opiniones en clases, y ahora hablábamos como si fuésemos verdaderos amigos desde hace años, compatibilizábamos muy bien.

Entonces, me empecé a sentir algo ansiosa. No tenía nadie con quien pudiera compartir mis problemas, y necesitaba exteriorizarlos antes de volverme oficialmente loca.

–Yo también tengo una pregunta hipotética –solté, y por un instante, experimenté lo que se sentía apretar el botón de una bomba nuclear.

–Lánzala.

–Digamos que existe un muchacho, al parecer, interesado en una chica, pero ella está comprometida…

–¿Para casarse? –interrumpió enarcando una ceja.

–No, no. Sólo noviazgo –aclaré azorada.

–Continúa.

–Bueno. El punto es que al parecer esta chica corresponde sus sentimientos, sin embargo, no ha dejado de amar a su novio.

–Ouch.

–Lo sé –suspiré–. Y ella está muy confundida, porque no sabe qué hacer y los quiere a ambos con igual intensidad pero por distintas razones. En ese caso, ¿Qué pasaría por la mente del chico? ¿El que no es su novio? ¿Cómo actuarías tú?

Él se quedó callado, observándome en silencio, pensativo. Golpeaba los dedos contra la mesa, y yo me ponía cada vez más nerviosa. Para ese tipo de situaciones no tenía la más mínima paciencia. Quería gritar, arrancarme los pelos de la cabeza como una salvaje, pero no fue necesario. Él finalmente se decidió a hablar, con una honestidad que resultó chocante.

–Hermione, ¿sinceramente? Espero que la chica no seas tú.

–¡Quién te dijo que era yo! –reclamé esta vez yo nerviosa–. Es una pregunta hipotética. Con gente imaginada.

–Bueno –concedió incrédulo–. En ese caso, ojala que la chica "hipotética" nunca se vea en una situación "real" como esa. No sé si será posible estar enamorado de dos personas a la vez, es una situación que desconozco, pero lo que sí sé es que en el mundo real eso es sinónimo de problemas y sufrimiento para todos, no está de más agregar –tragué grueso, ¿era mi idea o todo daba vueltas a mi alrededor?–. Ella tiene que elegir y ser consecuente con su decisión. Si no lo hace, sólo terminará hiriendo a diestra y siniestra. Eso es egoísta y masoquista, ¿no crees?. Si elige, sólo dañará a uno, sino, dañará a los dos, o a los tres si te cuentas, ¡perdón!, si cuentas a la chica imaginaria.

Exhalé todo el aire de mis pulmones. Tenía razón. Pero ¿Cómo elegir? ni tenía la certeza de lo que significaba para Malfoy, y Ron… ¡por Merlín!, jamás me perdonaría hacerle daño a él. ¿Por qué no podía volver a esos gloriosos días dónde todo estaba claro? ¿cuando podía distinguir perfectamente el bien del mal, los héroes de los villanos, y lo correcto de lo incorrecto? a medida que cumplía años, cada vez era más difícil. Todo se tornaba cuestionable. Incluyendo mis sentimientos.

–Suerte –me dijo de pronto Alex, con una sonrisa que buscaba reconfortarme–. No era mi intención ser tan duro, pero de verdad pienso todo lo que te dije, es mi sincera opinión y tú verás que haces con ella. Por otro lado, no te he dicho que será fácil, así que date un tiempo y piénsalo bien, pues una vez que decidas no hay vuelta atrás.

Le sonreí de vuelta, pero a penas fue un gesto que quizás ni siquiera se exteriorizó en mi rostro. Tomé mis cosas y comencé a guardarlas en mi bolso, para luego levantarme con intenciones de volver a mi departamento. Ya no tenía ánimos de ninguna investigación.

–Gracias, Alexander por tu honestidad –le dije–. No sé porqué, pero confío en ti, ¡Y eso que a penas te conozco!

–Quizás, entre sabelotodos nos entendemos –bromeó él.

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–¿Soy fea?

Pansy casi escupe su café cuando la escuchó decir esas palabras. Dejó la taza con estupefacción en el plato y la observó ceñuda. ¿Qué si era fea? Daphne era una de las pocas rubias en la Academia de Leyes Mágicas que no sólo tenía cerebro, sino también curvas. La mayoría de las muchachitas eran unas tablas sin gracia, paliduchas, bulímicas y con neuronas enfocadas sólo en su vestuario, en verse bien y parecer sensual. A Daphne esas características le salían con naturalidad, y por eso era más bien odiada por el sexo femenino y deseada por el otro.

–¿Esta es la parte dónde te digo que eres preciosa y después tú me devuelves el cumplido? –le soltó burlona.

–No. Te hago una pregunta bien concreta. ¿Soy fea? –insistió con un semblante preocupado–. Sé sincera, por favor.

–¿A qué se debe este arranque de inseguridad? –preguntó extrañada la pelinegra.

Daphne se mordió el labio indecisa, y jugaba con una bolsita de azúcar entre los dedos con un dejo de nerviosismo. El ruido del restaurante cobró fuerza ante su silencio, mientras su interlocutora la miraba expectante.

–¿Puedo confesarte algo? –esbozó en un murmullo–. Pero no se lo digas a nadie, o sino, te juro que te asesino.

–Trato.

Daphne aspiró hondo como si tratara de infundirse el valor necesario para hablar y luego cerró los ojos, buscando las palabras precisas. Pansy comenzó a impacientarse con tanta demora y empezó a golpear el plato con la cucharita aburrida.

–Hace tres meses atrás, cuando sólo llevaba un mes de noviazgo con Draco, hice algo que nunca había hecho –ella le alzó la ceja interrogativamente, ante lo cual, prosiguió–. Traté de seducirlo para que se acostara conmigo.

–¡Oh, pero que gran crimen! Eres toda una perra, Greengrass, ¡te violaste a mi mejor amigo! –bromeó atragantada de la risa, debiendo toser un poco antes de continuar–. ¿Esa es tu gran confesión? ¿Para eso tanto show? Demonios, si que eres una mojigata, aunque ahora que lo pienso, mi querido rubio oxigenado te lo quitó.

–No te burles o sino no sigo –advirtió su compañera, arrugando la frente.

–¿La historia continúa? Que bien, ya me parecía algo insulsa tu confesión.

–Eres insoportable, Parkinson –masculló lanzándole dagas con la mirada–. Pero de todas maneras, necesito desahogarme… Tú sabes que lo quiero, ¿no? Que desde el colegio me encantaba. Pues ese día no pude aguantarlo más, ya no me bastaban sus besos, quería ver si todo lo que decían de él en el colegio era verdad, una curiosidad enfermiza que fue alentada por todo lo que lo deseo. ¡Lo dije y qué!, y no me vengas con tu lengua venenosa a decirme "la señorita que quería llegar intacta al matrimonio se fue a la mierda" porque no me importa, deseché esa idea desde que estoy con él, y no me avergüenzo de ello. Y… bueno, sencillamente comprobé que todo lo que decían de él no era una mentira.

–Claro que no lo es –soltó despreocupadamente Pansy, a la vez que encendía un cigarrillo y le daba una calada.

Daphne la observó suspicaz y Pansy maldijo interiormente su bocaza. No podía irse de lengua y decir que, cuando eran más jóvenes, habían hecho un par de locuras, ni que juntos habían descubierto lo que era el sexo. Siempre se habían tenido un cariño especial, pero cuando trataron de convertirse en pareja, algo no funcionó, y prefirieron dejarlo hasta ahí antes de perder la amistad.

–Aún no veo el problema –continuó, tratando de desviar su atención.

La muchacha bajó la mirada apenada.

–Es que, no todo ocurrió como yo esperaba…

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"Draco la recorría con destreza, haciéndola tocar el paraíso sólo con sus manos y sus labios. Ella sentía que todo giraba vertiginosamente, y el calor que se había instalado en su vientre la estaba enloqueciendo.

Hazlo jadeó, abriendo un hueco entre sus piernas.

Y a penas pronunció esa palabra, esas cinco letras, las caricias cesaron. Abrió los ojos desconcertada, ansiosa y algo frustrada, ¿Qué ocurría? Draco estaba encima de ella, observándola con sus bellos ojos grises que parecían ausentes, y su cabello caía tapando una porción de su rostro.

Draco… ¿Qué ocurre? indagó preocupada.

Él esbozó un gran suspiro y rodó para acostarse a su lado de espaldas. Ella se incorporó apoyándose en su antebrazo izquierdo para poder mirarlo interrogante.

Lo siento, no puedo ahora dijo tapándose el rostro con ambas manos–. Lo siento.

Pero…

Lo siento dijo nuevamente, interrumpiéndola como si no quisiera escucharla, a la vez que se levantaba y volvía a colocarse las ropas con torpeza–. Es muy pronto para dar ese paso, Daphne, no quiero que hagas nada de lo que te vayas a arrepentir.

¡Pero no me arrepentiré de nada, lo prometo! soltó desesperada, y se golpeó mentalmente por sonar así.

Daphne. De verdad. Más tarde me lo agradecerás.

Draco le dio un último y fugaz beso en los labios, y desapareció, dejándola atónita en su cama, y con unas incontrolables ganas de llorar".

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–Y desde entonces, siempre se detiene antes de que podamos llegar más allá. Comienza a conversarme de cualquier cosa o dice que tiene algo que hacer. Excusas baratas, miente muy mal. Sin contar las ocasiones en que lo encuentro solo discutiendo consigo mismo, como si hubiera alguien más.

Pansy se removió en su asiento incómoda, pues sabía a la perfección de qué se trataba. Primero, Draco aún seguía enganchado de Granger, y eso se había hecho más que obvio cuando supo que le estaba enseñando a tocar el cello, algo que le había negado al resto de sus amigos e incluso a la misma Daphne. Segundo, Draco seguía alucinando… y eso ya se estaba volviendo preocupante. ¿Qué le costaba ir a San Mungo para tratar su problema?

–Querida, no te angusties. Si bien, me parece rara su actitud, no es un problema tuyo, sino de él –le dio otra calada a su cigarrillo antes de seguir–. No te lo voy a negar, el Draco que yo solía conocer jamás podía resistirse a una buena oferta de sexo, y le daba lo mismo los arrepentimientos matutinos. Sin embargo, desde que tía Narcissa está en Azkaban, él cambió radicalmente, sumado a que tiene que compartir su espacio vital con el trío de oro y cursar una carrera que le es indiferente. No lo tomes a mal, no tiene nada que ver con lo que eres o lo que has hecho, lo que sucede es que está pasando por un mal momento. Dale tiempo, compréndelo. Y si habla sólo, déjalo, no le preguntes porqué. En estos momentos lo único que necesita es apoyo, no otra carga.

Daphne asintió enérgicamente, prometiéndose a sí misma que lo sacaría del hoyo en el cual se había sumergido. Lograría que la amara tanto como ella lo amaba a él. Estaba decidida a hacerlo feliz sin importar las consecuencias.

Dando el tema por cerrado, le esbozó una sonrisa a su amiga y tomó un sorbo de su taza de té.

–Demonios, está frío –reclamó.

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Un sentimiento parecido a la felicidad se estaba albergando en tu pecho. Los reparos que tenías respecto a tu cercanía a Granger se estaban esfumando, ¿Qué más daba sentir cosquilleos en el estómago por ella? podías ignorarlo y seguir disfrutando de su compañía, estabas convencido de que tenías la madurez suficiente para ello.

Enseñarle a tocar el cello se estaba convirtiendo en todo un placer, jamás ningún músico tuvo mejor estudiante. Era talentosa y aplicada, sin contar el precioso cuadro que era verla tocar, algo realmente sublime. A veces no entendías cómo cometía errores de afinación tan estúpidos, pero luego su interpretación alzaba el vuelo con elegancia propia de cualquier cisne.

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"¿Pensando en ella, otra vez?"

Draco se encontraba recostado en su cama de ojos cerrados, más al sentir la voz se vio obligado a abrirlos otra vez. Al lado de él, sentado en el marco de la ventana, se encontraba un hombre mayor, vestido a la antigua. En sus manos llevaba pergamino y una pluma, y sus ojos denotaban melancolía. Tenía una leve calvicie que agrandaba su frente, y su cabello caía a ambos lados hasta un poco más debajo de las orejas.

–Sí –confesaste–. No vale la pena que le mienta a una alucinación. Pero no pienso en ella en el sentido que insinúas. Pensaba en que me agrada su compañía, sólo eso.

"¿Ya descartaste conquistarla como tu damisela?" preguntó con un dejo de asombro "No pensé que un caballero como tú desertara de sus anhelos".

–No tenía sentido. Era algo imposible. Y aunque estoy seguro de que en cierta medida ella sentía algo por mí, jamás habríamos pasado a algo más, ella tiene a alguien y yo también. ¿Sabes? Me agrada mucho, y aunque nunca se lo diga, no me gustaría perderla. Creo que por ahora, nos va bien la "enemistad" que tenemos.

"El hombre rió suavemente y luego negó con la cabeza "Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras. Lo que sientes por ella no puedes controlarlo ni desecharlo con la facilidad que deseas, y podría apostar que en cualquier momento la situación se te escapará de las manos… ¿Qué harás en ese momento? ¿Cómo lo manejarás? ¿Enloquecerás más aún? ¿Recuperarás tu racionalidad? Si bien la conciencia es la voz del alma, la voz del cuerpo son las pasiones, ¿podrás resistirlas o sucumbirás?. Podría escribir una digna historia de ustedes, mas aún es desconocido su final para mí. No sabría dónde clasificarla, si tragedia o comedia, ¿Qué opinas tú, mi gran protagonista?"

–Yo opino que estás mal de la cabeza –terció el rubio, restándole importancia con un movimiento de mano–. No soy protagonista de nada, ni siquiera de mi propia vida.

"Oh, eso es lo que tú crees, pero estás completamente equivocado. Sientes eso porque eres joven, y la juventud, aún cuando nadie la combata, halla en sí misma su propio enemigo. Tú eres tu peor enemigo, Draco Malfoy, y aunque no lo demuestres, eres la persona más insegura del mundo".

El toc toc de la puerta interrumpió sus palabras, y aunque no te agradara en lo más mínimo lo que estaba diciendo, querías seguir escuchándolo. "Para otra" pensaste.

–Ya, ándate, que ya llegó –ordenaste apresurado, mientras te quitabas las arrugas de la ropa, y te levantabas para abrirle la puerta.

"El hombre esbozó una sonrisa cansada, y dejó de lado sus cosas para sentenciar "El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen".

–Sí, sí, lo que tu quieras –dijo rodando los ojos, haciéndole señas para que se fuera–. ¡Hey! Antes que te vayas… ¿Cuál es tu nombre?

"Muchos me dicen por mi apellido, pero prefiero que me llames por mi nombre. William. Sólo llámame William" y desapareció".

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Negaste con la cabeza y emitiste un bufido. Lo que le faltaba ahora, ¡un escritor! ¿qué saben ellos? te dijiste algo molesto. Tenías la teoría de que los escritores solían escribir de cosas que desconocían, ocupando palabras bellas para ocultar su ignorancia de la vida real.

Avanzaste hasta la puerta espantando las palabras del hombre de tu cerebro, y respiraste hondo antes de abrirla. Del otro lado se encontraba Granger, sosteniendo el cello entre sus manos. Traía el pelo trenzado y vestía un buzo blanco.

–¿Practicaste las partituras que te dí? –le soltaste a penas la viste, tratando de desviar la mirada de su atuendo.

Era sencillo, muy sencillo, pero aquel buzo casual le sentaba tan bien que no querías demostrar cuánto te turbaba… ¡Y que decir de su peinado!, esa trenza infantil logró acalorarte como la mejor lencería. "Estoy mal" razonaste, "muy mal".

–Claro, ¿por quién me tomas? No soy una Slytherin, yo hago mis tareas –te respondió, sacándote la lengua traviesamente.

–Entonces, a tocar. No hay tiempo que perder.

Acercaste dos sillas, ofreciéndole una a ella primero y luego tomando asiento tú. Era casi un proceso religioso lo que venía después. Colocabas el oído cerca de las cuerdas y las tocabas para comprobar la afinación. Hermione hacía lo mismo ya por costumbre, y te daba mucha risa ver su cara en esos momentos. Ponía una mueca bastante graciosa cuando se concentraba. Una vez hecho esto, compartían un trozo de pecantilla para deslizarlo por el arco; y finalmente, extendían las partituras de la clase en el atril y se miraban entre sí, contando mentalmente para comenzar.

Siempre estaban dos horas, no más ni menos. Cuando llegaba el tiempo de dar por finalizado el día, ella siempre te rogaba que tocaras una pieza para ella, y como te gustaba complacerla, nunca te negabas. Esa noche en particular, tocaste una melodía corta pero con una dificultad increíble, pues tu mano se movía con una rapidez inhumana, acertando la afinación de cada nota con una precisión exacta, digna de un cirujano plástico.

–Impresionante –musitó ella para sí misma cuando terminaste, y sonreíste al verla tan fascinada–. Eres increíble, Malfoy. Nunca te he preguntado como aprendiste tú a tocar el cello, ¿tuviste un instructor particular desde pequeño?

–No. O sea, sí. Mi madre me enseñó –confesaste y se te revolvió el estómago con ello.

Inconscientemente contabas los días, las horas, los segundos para volver a verla, y parecía que cada vez el tiempo pasaba más lentamente, sólo con la intención de fastidiarte. Hermione notó tu sutil cambio de ánimo y se mordió el labio inferior incómoda. Ya veías que se daba un cabezazo contra el instrumento como un elfo doméstico con síntoma de culpabilidad.

–Lo siento, no quería ser imprudente –murmuró bajando la mirada–. ¿Cómo puedo compensarte?

Se veía extremadamente atractiva con esa expresión de cachorrito arrepentido en el rostro. Y se te ocurrieron mil y una formas para sentirte recompensado, mas sólo dijiste.

–No te preocupes, no tenías porqué saberlo.

–No, no, no. Igual quiero hacer algo por ti –insistió ella, colocándose en una posición pensativa–. ¡Ya sé! –exclamó de pronto, sobresaltándote–. Te llevaré a una calle de Londres Muggle que te encantará. Es un barrio bohemio bastante interesante, donde hay muchos locales relacionados con la literatura, las artes y la música. Además, hay una gran tienda de películas para que actualicemos mi videoteca, ¿no crees? Ya debes estar aburrido de ver siempre lo mismo. Te aseguro que podemos estar todo el día allá sin darnos cuenta.

–Por Salazar, ¿me vas a secuestrar? –bromeaste ladeando la sonrisa.

La muchacha se sonrojó instantáneamente, pero trató de mantenerse impasible.

–Quizás –respondió, jugando con su trenza–. Si te portas bien.

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Ese día, Hermione se levantó con una sonrisa plasmada en la cara. Miró a su lado y Ron ya se había marchado a su juego. "Perfecto" pensó, ignorando el sentimiento de culpabilidad que ya comenzaba a atacar su conciencia, pues había elegido para su "secuestro" un día en que él estaría toda la tarde afuera. Entre cantitos comenzó a hurgar en su ropa buscando algo apropiado para ponerse, decidiéndose por unos pantalones oscuros y una blusa blanca. Tomó su pelo en una cola y se miró en el espejo del baño.

"Deja de sonreír, te ves ridícula" se regañó, dándose unas palmaditas en las mejillas, y luego, pellizcándolas al darse cuenta que ni con eso se desvanecía su felicidad. Salió de su habitación algo nerviosa, y tragó grueso antes de decidirse a tocar la puerta de él. A los pocos segundos, Draco apareció del otro lado, esbozando su clásica sonrisa de lado a penas la vio.

–Sé que me admiras, pero no era necesario que me imitaras para demostrar tu devoción –dijo, apuntándole el vestuario.

Ella lo miró confundida… ¡pero claro! Al estar absorta en sus ojos grises, no se había percatado que él también vestía pantalones oscuros y una camisa blanca.

–¡Demonios! Vuelvo al tiro –murmuró dispuesta a cambiarse, pero él no la dejó, deteniéndola por la muñeca.

–No te preocupes, yo me cambio.

Draco giró y volvió a entrar a su habitación, dejando la puerta abierta detrás de él. Se quitó la camisa sin desabrocharla por encima de la cabeza, y la dejó en su cama. Luego, caminó hasta su armario y sacó de ahí una polera negra, colocándosela de inmediato junto con una chaqueta gris oscuro.

–Listo –dijo volviendo hasta donde ella se encontraba–. ¿Nos vamos?

Hermione estaba tan roja como un tomate. Él, como si nada, se había cambiado de ropa en frente de ella, y ella, embobada por la visión privilegiada, dejó la boca tanto tiempo abierta que casi comienza a babear. Sacudió fuertemente la cabeza y asintió.

Salieron al lugar que ella tenía planificado, y tal como lo esperaba, Draco quedó encantado. Parecía un niño en navidad caminando por las calles del barrio Egelforth, y se detenía en cada vitrina a admirar lo que ahí ofrecían. Miró absorto como una pareja cantaba ópera en plena calle, y como el arte se ofrecía en las esquinas. Sin embargo, lo que fue apoteósico para él, fue descubrir la tienda de películas, Movie Adict. Sus ojos grises se abrieron tanto que Hermione pensó que podría estar teniendo un ataque cardiaco, pero luego, cuando lo vio abalanzarse sobre una de las estanterías, se percató que sólo estaba eufórico.

Por supuesto, no tenía dinero muggle, así que hicieron una transacción de cambio de moneda donde salió muy beneficiada, a pesar de que no lo quería. Para él, el valor del dinero era lo de menos, lo importante eran los veinte títulos que había elegido. Desde clásicos como west side story, la naranja mecánica y el resplandor hasta cine más contemporáneo, con películas como fight club, amelie y good bye lenin.

Cuando la muchacha logró sacarlo a rastras de la tienda, él se la llevó de la misma manera a la casa. Estaba desesperado por ver alguna de sus nuevas pertenencias, así que tan pronto entró al departamento, se llevó el equipo de televisión con el reproductor a su pieza, y con una mano, la invitó a pasar. Hermione entró dudosa y se sentó en la silla de su escritorio, mientras Draco se recostaba en la cama.

–Ven acá, Granger, no te voy a morder –dijo él rodando los ojos, mientras ponía play.

Hermione se sonrojó completamente, y con las piernas hechas gelatina, se levantó y avanzó hasta él, recostándose a su lado. Por más que trataba de concentrarse en la película, no podía lograrlo, era una misión imposible, digna de Tom Cruise. El aroma del perfume de Draco le impactaba directamente en la nariz, y la aturdía como el mejor de los golpes.

K.O. aparecía en su mente, como un juego de flipper, junto con un "You Lose".

Sus ojos se desviaban a cada rato para verlo, tan solo por un segundo, y luego volvían a la pantalla, una y otra vez. Las ganas de acurrucarse en su pecho la estaban volviendo loca. Sólo eso. No pedía nada más. Y como si Draco hubiera escuchado sus pensamientos, la atrajo hacia él, posicionándola ahí, justo a la altura de su corazón. El cuerpo de la muchacha se paralizó en el lugar, pero no tardó en recobrar su movilidad, y cerró los ojos para disfrutar el momento. ¿Para qué ver una ficción cuando podía regocijarse con sus latidos?

Los minutos pasaron sin piedad, y pronto los créditos de la película comenzaron a aparecer. Hermione levantó la cabeza con desgano, pues ya no había motivo para estar ahí, sin embargo, cuando lo vio, no pudo evitar sonreír de ternura. Draco se había quedado dormido, y respiraba acompasadamente con una mano debajo de la cabeza y otra en la espalda de ella. Se quedó un tiempo observándolo, delineando con los ojos su rostro tranquilo. "¿Hace cuánto que no dormías así, Draco?" se preguntó la castaña. Ella tenía muy en claro que el insomnio seguía siendo uno de sus graves problemas, sino el único, ya que su inapetencia había cesado.

Se levantó con cuidado y lo tapó con una frazada, despejando los cabellos rubios de su cara. Se atrevió a depositar un suave beso en su frente, y con un último suspiro, abandonó la habitación, dispuesta a pasar horas bajo el agua fría de su ducha. Primero, para calmarse y recobrar la racionalidad, y segundo, para quitarse el olor del perfume de Draco, que se le había impregnado en cada molécula del cuerpo.

Esa noche, más tarde aún, Ron llegó feliz. Al parecer, había atrapado cada tiro ganándose la admiración del público. La apretó en un fuerte abrazo cuando iba saliendo de la ducha y le entregó un pequeño recuerdo. Un marca libros de plata, con una inscripción al reverso. "Por siempre juntos". Hermione esbozó una sonrisa forzada y tuvo que reprimir una lágrima de culpabilidad, ¿cómo era posible quererlo tanto y a la vez pensar en engañarlo? en un arranque emocional, lo agarró de la cara con ambas manos y le estampó un apasionado beso, que casi logra que se le cayera la toalla que rodeaba su cuerpo.

–¡Demonios! Si lo hubiera sabido, te traigo cientos –bromeó el pelirrojo sonriente, ajeno a sus tormentos.

"No has hecho nada malo" se dijo ella entonces. "Era como estar acostada con Harry" se mintió a si misma, teniendo una convicción tan prefabricada, que terminó por lograr ignorar el asunto. Se tumbó junto con su novio e intercambiaron impresiones de lo que habían hecho en el día. A pesar de que estaba oscuro, pudo notar cómo la expresión de Ron cambiaba al saber que había pasado toda la tarde con Malfoy, así que decidió omitir la parte de la película y todo lo demás.

Se durmió entre sus brazos sintiéndose protegida por ellos, aunque en sus sueños aquellos no le pertenecían a él.

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–¿Por qué se toquetean tanto? –preguntó la Hermione en tono de broma, al ver como Ron y Harry estaban abrazándose.

La muchacha estiró los brazos al cielo, acompañada de un gran bostezo. Era muy temprano para levantarse un día sábado.

Ron la observó dirigirse a la cocina para desayunar con una sonrisa en el rostro. Una sonrisa que no había sido provocada por él ni por nada que lo rodeara. Se preparaba un emparedado silbando una melodía que probablemente había aprendido del hurón, ensimismada en sus propios pensamientos, que tampoco, por supuesto, le pertenecían.

Una opresión en el pecho le impedía respirar. La realidad se había tornado demasiado evidente y ya no la podía ignorar. Hermione se estaba perdiendo, y ya no sabía como recuperarla. Ya no.

–No te preocupes, amigo, de seguro te tiene preparado algo sorpresa –le dijo el pelinegro, dándole unas palmaditas de consuelo en la espalda.

–No lo creo, Harry –esbozó con tristeza el muchacho–. Ella simplemente se olvidó. Hermione se olvidó de mi cumpleaños.

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