Título: Cosas para hacer antes de morir (Parte 2)
Para Navidad, Mattsun y Makki volvían a ser el dúo que yo conocía y que a veces odiaba. Makki se encargó de anunciármelo una semana antes de las festividades navideñas, a eso de las dos de la mañana. Resulta que esos dos no aprenden, y me mandaron una seguidilla de fotos en varios bares de la ciudad, cada una los mostraba más borrachos que la anterior. Quizá, no era cuestión de aprender o no, quizá era cuestión de aceptar lo que había pasado, y continuar a partir de allí. Algo similar a lo que me había tomado tanto esfuerzo hacer con Iwa-chan.
—Fue de lo más fácil —me comentó Makki, sin hacer caso de mis bostezos—. Ah, y vamos a pasar el año nuevo en Brasil —agregó, como si estuviera hablando del clima. No comprendería la magnitud de sus palabras hasta unas cuantas horas después. En ese momento, sin embargo, sólo pude contestar una cosa:
—Que bien. Saluda al abuelo de Mattsun de mi parte.
—Es su tío. Y no vive en Brasil, vive en las Filipinas.
—Lo que sea. Déjame dormir.
Y había colgado. Más tarde, me levanté de un salto de la cama y entré corriendo al cuarto de Kuroo. En retrospectiva, debía haber tocado la puerta o ni siquiera debí entrar, en ese momento no me importó mucho. Seis horas después de la llamada de Makki, comprendí que iba a Brasil, a pasar el fin de año con Mattsun. Iban a viajar al otro lado del mundo, como si nada hubiera pasado.
Había gritado el nombre de Kuroo a todo pulmón y lo primero que vi revolviéndose entre las sábanas fue a Tsukishima. Se levantó con cara de pocos amigos.
Estás en problemas, Tooru, pensé al ver a Kuroo levantarse también.
—¿Acaso dejaste tus modales con Bokuto? —me dijo.
—Lo siento —le respondí—. Y para que sepas, Bokuto tiene mejores modales que nosotros tres juntos.
Tsukishima resopló y soltó una carcajada, Kuroo no me respondió y optó por mirarlo sorprendido, como si nunca lo hubiera visto reírse. Estaba seguro que lo había visto varias veces aquel día de mi conversación con Iwa-chan, recordaba haber escuchado sus risitas esa vez.
Cuando al fin Tsukishima dejó de reírse, me senté en el borde de la cama y le conté los planes de Makki a Kuroo. Éste se quedó pensativo y después de un rato, sólo se le ocurrió decir una cosa.
—Kei, deberíamos ir a Francia algún día.
Para mi sorpresa, Tsukishima se mostró de acuerdo.
. . . .
Makki y Mattsun partieron hacia Brasil en el vuelo de las cuatro y media de la mañana. Y aunque los aprecio y son muy buenos amigos, no me sentí capaz de levantarme tan temprano para ir a despedirlos. Ambos lo comprendieron y me prometieron que me enviarían algún regalo. Complementaron su amable mensaje de la manera en que lo esperaba: una foto de los dos haciendo gestos obscenos.
Mientras buscaba una respuesta adecuada, me pregunté si Makki habría hecho una lista de cosas que hacer en Brasil y qué tan larga sería. La respuesta obvia, era que sí, la había hecho. En cuanto a la segunda parte de mi pregunta, recibí respuesta un par de días después, cuando Makki me envió una foto que contenía unos treinta o cuarenta puntos. Creo que estaba orgulloso de él. Un poco. Bueno, quizá bastante.
Una vez arreglado lo de Makki, estaba el "asunto Iwa-chan".
Y el "asunto Iwa-chan" estaba en stand-by.
Había repetido durante toda la semana, gracias a Kuroo, que Iwa-chan se había enfermado. No sabía si había sido mi culpa o no, en cualquier caso, tenía unos síntomas similares a los míos: fiebre, vómito, dolor en todo el cuerpo y escalofríos. Había pasado el día anterior postrado en la cama, solo tomando sopa y medicamentos, su hermana mayor había pasado la mayor parte del día anterior con él, sin embargo, cuando se fue a trabajar por la mañana, Iwa-chan había quedado solo.
Lamentablemente, la enfermera Makki se encontraba de vacaciones y no podía cuidarlo como lo había hecho conmigo.
Yo podía visitarlo hoy. Más bien, quería visitarlo hoy. Aunque no tenía mucha experiencia en cuidar personas enfermas, quizá podía acompañarlo un rato, porque no tener compañía durante una enfermedad es lo peor. Le conté mis planes a Kuroo y a Tsukishima, para mi sorpresa, el primero se lo tomó con bastante seriedad.
—Me parece bien —dijo—, deberías llevarle algo de comer.
—¿Cómo qué? —le pregunté—. No soy exactamente el mejor cocinero.
—Tetsuro, ¿recuerdas esa sopa que hiciste la otra vez? —preguntó Tsukishima. Kuroo asintió después de unos segundos—. Puedes hacerla y darle un poco a Oikawa-san para que la lleve a Iwaizumi-san.
Kuroo asintió y se levantó de la mesa. Volví a prometerme que le regalaría algo a Tsukishima, como agradecimiento.
. . . .
Me planté frente a la puerta de Iwa-chan, pensando en la mejor manera de anunciar mi llegada sin problemas; tenía ambas manos ocupadas con varios paquetes y no me veía capaz de soltar ninguno, era como si estuviese liberando algo de tensión con el simple hecho de sostenerlos. Suspiré, preparado para gritar el nombre de mi compañero, y justo antes de hacerlo, éste abrió la puerta. Como si me hubiera leído la mente, arrugó el ceño y me señaló:
—Donde se te ocurra gritar… —Su amenaza fue interrumpida por un ataque de tos. Así que, con paquetes y todo, me las arreglé para empujarlo dentro.
Iwa-chan vivía solo, pero tenía visitas la mayor parte del tiempo. Siempre estaba acompañado por alguien de su familia, ya fuera su hermana mayor, que trabajaba cerca de su universidad o sus hermanos menores, un par de inquietos mellizos que insistían a sus padres cada fin de semana para que los llevaran a visitar a su hermano. Más de una vez me había encontrado a Kindaichi allí sentado, a Mattsun o a Makki, a veces a los tres. Tuve también el placer de encontrarme varias veces a un tipo de Dateko, Kamasaki o algo así, otro gorila más para hacerle compañía a Iwa-chan.
Y cuando no estaba acompañado por su compañero gorila, o nuestros compañeros de escuela o su propia familia; estaba conmigo. Creo que llegué a un punto en que conocía el apartamento de Iwa-chan mejor de lo que conocía el mío; sabía dónde guardaba cada cosa, desde las sábanas extra, hasta los platos de Hello Kitty que su hermana menor le había dado de recuerdo antes de que se mudara.
Hace un par de años, cuando Iwa-chan estaba recién llegado a la ciudad y su apartamento estaba lleno de cajas y muebles sin armar, nos habíamos acostado en medio de la sala, con el sol que entraba por la amplia ventana lateral entibiándonos. Estuvimos allí un buen rato, en silencio, recuerdo haber imaginado que ambos íbamos a vivir allí y estuve fantaseando un rato sobre cómo sería nuestra vida juntos. Afortunadamente, Iwa-chan interrumpió mis pensamientos antes de que llegaran demasiado lejos, hablando de alguna cosa trivial.
Al final de la tarde, caí en la cuenta del paquete que me había entregado mi madre: una pequeña bolsa de plástico con semillas que llevaba en mi bolsillo más tiempo del que yo me atrevía a admitir. No las había podido plantar en mi casa, pues Kuroo era alérgico y no teníamos espacio.
Iwa-chan, por el contrario, si tenía espacio: su apartamento estaba ubicado en un primer piso y justo al frente, tenía un pequeño jardín y el propietario había mencionado que podía plantar lo que quisiera allí siempre y cuando se hiciera responsable de su cuidado. De manera que le había dado las semillas a Iwa-chan y, hasta ahora lo notaba, él las había plantado y había cuidado de ellas sin falta.
—Plantaste las semillas —le dije.
—Claro que sí —contestó éste. Entró a su cuarto y se envolvió en sus cobijas, como en un capullo. Con todo y la nariz roja y los ojos hinchados, era lo más tierno que había visto en años.
—Eso está bien —comenté. Estaba sorprendido de mis propios pensamientos, sin embargo, me había propuesto no evitarlos, me sentía más feliz así, como más liviano. Era agradable.
—Y bien, ¿qué te trae acá, Oikawa?
—Nada, sólo quería visitarte. Es todo.
—Sabes que puedo contagiarte de lo que sea que tengo, ¿cierto?
—Y tú sabes que soy inmune a lo que sea que tienes, ¿cierto?
—Cierto. Porque tú fuiste el que me contagió —contestó—. Oye, traías algo que olía bien, ¿qué era?
—La sopa de Kuro-chan hace milagros. Incluso con tu nariz congestionada puedes sentir el olor, ¿no? Es lo mejor del mundo.
—Cásate con Kuroo, entonces —me dijo, después de hacer una mueca.
—Ah, Iwa-chan, estás celoso —contesté, sonriendo. Es cierto, los celos pueden llegar a ser de lo peor. Pero por alguna razón, escuchar el tono de Iwa-chan me hizo sonreír.
—Quería ir a tu casa —dijo Iwa-chan, quería ir al grano, de manera que evitó contestarme o enojarse respecto a mi comentario sobre sus celos—. Hablar. Pero de repente me dio esto. Es tu culpa.
Eso se me hacía familiar. Me había pasado exactamente lo mismo, aunque no se lo mencioné. Me limité a asentir y a recordar que aún seguía de pie, sintiéndome extraño en un lugar que era como mi segundo hogar, así que me senté en el borde de la cama. Iwa-chan se sentó, dobló las rodillas y apoyó el mentón en ellas.
—¿Qué quieres hacer? —me preguntó. Cerré los ojos, un poco frustrado. No quería que nos pusiéramos a dar vueltas con este asunto de nuevo. Quería que acabáramos esto de una vez, sea cual fuese el final.
—Quiero decirte una cosa, Iwa-chan. Aunque creo que ya lo sabes, dado lo que pasó la otra vez —. Tomé aliento, esta vez no podía simplemente lanzarme a besarlo—. Iwa-chan… No, Hajime, me gusta la forma en que sonríes como de medio lado de vez en cuando, o cuando gritas de alegría después de un partido de vóley. Me gusta cuando haces pucheros porque te va mal en matemáticas y no entiendes ni cuando te explico. Me gusta cuando me abrazas, aunque no lo haces muy seguido, pero me gusta de todas maneras, porque es fuerte y cálido, y firme y me gustaría que nos quedáramos así para siempre.
—Oikawa… —empezó Iwa-chan, le hice una señal para que se detuviera.
—Hay un montón de cosas más, siempre pensé que eran cosas que simplemente me hacían feliz porque así debe ser, porque así son los amigos. Y, bueno, sí, eres mi mejor amigo, eso es cierto. Pero… Iwa-chan, la cosa es que me gustas —. Iwa-chan no parecía comprender, o bien estaba haciendo de cuenta que no entendía. Así que decidí pasar una vergüenza y decírselo aún más directamente—: Me gustas. Me gusta todo, absolutamente todo de ti. Excepto la parte en que eres violento, claro está…
—Para, Oikawa, para; ¿estás consciente de lo que estás diciendo?
—Cien por ciento. Estoy sobrio, no consumo drogas, no estoy hipnotizado, ni Kuro-chan me ha hecho brujería. Él no es capaz de eso, le aterrorizan los espíritus.
—Oikawa, dime, ¿qué harías si te dijera que eres de lo peor?
—¿Perdón? ¿Qué quieres decir con eso?
—Quería decir que quería hacer esto de una forma diferente. Cuando estuviera sano y pudiéramos ir a alguna parte.
—Como una cita.
—Algo así. Pero viniste y lo dañaste todo.
—No te imaginaba como un romántico, Iwa-chan —le contesté. Decidí cambiar de sitio y sentarme a su lado, lo más cerca posible a él.
Como estuvimos un rato sin hablar, opté por contarle los planes de Makki y Mattsun. Me gustó verlo sonreír a medida que hablaba. Cuando terminé, le pregunté si había algún lugar al que quería ir antes de morir, me dijo que no, pero que quería hacer algunas cosas. Traté de imaginar alguna, pero no tuve que pensar mucho, porque lo que sucedió a continuación fue tan rápido que casi me pareció habérmelo imaginado. Iwa-chan se volteó hacia mí y me dio un beso en la mejilla. Volvió a su sitio como si nada, aunque sin dejar de mirarme.
—¿Qué? Iwa-chan… ¡Iwa-chan!
—Eso era lo primero que quería hacer —contestó éste, con una sonrisa de satisfacción—. Ver al Gran Rey Oikawa Tooru sonrojado.
Oculté el rostro entre las cobijas, mientras escuchaba a Iwa-chan riendo. Me removí hasta quedar acostado y lo abracé, él dejó la lista a un lado y dejó caer su mano sobre mi cabeza.
—Lo segundo —le dije yo—, pasar una tarde así, abrazados, viendo televisión. Lo de la televisión no importa.
—Está bien, puedes quitarlo de tu lista, ¿algo más?
—Darte de comer, hacer bungee jumping, ir al museo del OVNI, ir a los Juegos Olímpicos, tener un perro…
—¿Cuántas cosas quieres hacer, Oikawa?
—Cien… No, un millón.
—Un millón. Se nos va a ir la vida en eso.
—Que se nos vaya.
—Estás loco.
—Te gusta que esté loco.
—No puedo decir que no. Pero espera a que esté mejor y empezamos. Una cada día, ¿qué te parece?
Asentí y me pegué más a él. Iwa-chan tosió y se acomodó en la cama, un rato después, estaba dormido. Todavía nos quedaban más de novecientas mil cosas. Más de novecientos mil días de lo que sea que se nos ocurriera. Sentía incertidumbre y curiosidad, pensando qué vendría mañana y el día después.
Quería ver lo que sucedía, todos y cada uno de esos novecientos mil días, y pensé que, siempre y cuando no hubiese un exceso de alcohol de por medio, estaba dispuesto a hacer lo que Iwa-chan quisiera y él también estaba dispuesto a hacer lo que yo quisiera.
Novecientos mil días no sonaban tan mal, sabiendo que no iba a estar solo, y que si me caía, Iwa-chan siempre iba a estar ahí, para ayudarme a levantar.
[ Fin ]
Notas: - Y bien, este fue el final. Aún queda un epílogo, que vendrá pronto. Cuando lo publique me dedicaré a las lágrimas, agradecimientos y esas cosas.
- Lo siento por la demora, estuve a punto de derretirme del calor. Aunque estuve publicando un par de cosas, pero bueno, lo importante es que estoy viva y el calor no me ganó.
- Nos vemos a la próxima. Un abrazo.
