Era fácil.
Una vez a la semana, más o menos, a Paul le surgía un asunto urgente y desaparecía una noche.
Él aparecía entonces, y ella se dejaba llevar por la ola de sentimientos y deseos que nublaban sus sentidos nada más verlo.
A la mañana siguiente, su marido se despertaba a su lado pensando que había dormido allí.
Y como una adolescente de nuevo, Jean se dormía cada día con una sonrisa en los labios. Tal vez esa iba a ser una de las noches que Lucius elegía para venir.
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Hermione notaba cambios en su relación con el profesor.
De pronto no parecía un adulto.
Reía continuamente, y una sombra de inocencia que no parecía pertenecer a él, asomaba a los ojos negros normalmente ausentes de sentimiento.
Ya no la ridiculizaba a cada frase que ella decía, es más, la miraba con una falsa admiración en la que sólo él creía.
La acompañaba a la torre de Griffindor después de verse por la noche. Y le hablaba con exagerada ilusión de sus sentimientos y de cosas que podían hacer juntos.
Estaba contenta con el cambio que parecía haberla situado en el centro de su mundo. Pero en el fondo, Hermione no podía evitar sentir que había perdido al hombre irónico, frío, misterioso y atrayente, que era él al principio.
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Lucius se sentía vivo de nuevo. Se veía más atractivo, más capaz de conseguir cosas.
Y por dentro de su bien ensayada y fría expresión, una sonrisa radiante adornaba su alma.
Porque no se había dado cuenta, de cuanta falta que le había hecho ella, hasta que no la tuvo delante.
Y ese era el momento perfecto. A ojos de la gente, estaba bien casado y con un hijo que seguiría sus pasos, y en su vida oculta, tenía a la mujer a la que no dejó nunca de amar.
Porque la amaba, y ese había sido su gran dolor y su gran alegría. La amaba aunque fuera una sucia muggle.
Pero al fin había llegado su momento, porque había encontrado la forma de estar con ella sin que los demás lo juzgaran.
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Severus estaba contento.
Había recuperado a Lily. Después de todo este tiempo.
Hasta se la había ganado a Potter, rió, porque estaba seguro de que Harry estaba enamorado de ella.
La chica más inteligente de Griffindor, la versión actual de aquella que la vida arrancó cruelmente de sus brazos.
Hermione le seguía el juego de ser estudiante de nuevo y él no se sentía con fuerzas ni quería disimular más su relación con ella.
La quería, estaba seguro de que la quería, y no se escondería, no señor.
De hecho iba a ir a buscarla en ese momento, tenía que contarle que quería hacerlo público.
Y si lo echaban por llevar estar con una alumna ¿qué?, ¿qué importaba su trabajo? ¡La había recuperado!
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Paul estaba últimamente muy despistado, se le olvidaban cosas, y había felicitado tres veces a Jean por su cumpleaños, para el cuál faltaban aún varios meses.
Ella estaba preocupada, y una noche se lo contó a Lucius.
-Eso es por los hechizos desmemorizantes que le echo una vez a la semana, no es nada grave, pero estará un poco confundido.- le explicó él, mirando brevemente hacia abajo, ya que Jean estaba tumbada en su pecho.
Ella cogió aire un poco más tranquila, aunque preocupada todavía. Tendría que preguntarle a Hermione de alguna forma sin que sospechara.
Lucius se estaba quedando medio dormido, pero había algo que daba vueltas en su mente desde que la volvió a ver. -¿Puedo preguntarte algo?- Jean asintió.
-¿Cómo es que te llamabas Granger cuando te conocí y te sigues apellidando igual ahora que estás casada?- la mujer enrojeció, aunque él no pudo advertirlo ya que no le veía la cara.
-Casualidad, Paul también se apellidaba Granger.- dijo ella procurando hablar con naturalidad.
-mmh.- murmuró él, antes de dormirse definitivamente.
Jean se quedó inmóvil para no despertarlo, pero estuvo despierta largo rato mientras pensaba.
Esta vez había colado, pero si seguía preguntando no sabía que se iba a inventar para salir del aprieto.
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Hermione abrió los ojos, Parvati la zarandeaba para despertarla.
-Hay un chico tirando piedrecitas en la ventana y gritando tu nombre.-
Hermione se levantó apresuradamente, todas sus compañeras de cuarto reían preguntándose quien tenía tanto interés en la chica.
Se asomó a la ventana y vio a un chico con el pelo castaño y largo, al que no había visto nunca antes. Abrió el cristal y se asomó.
-¡Hermione!- dijo él emocionado. Esa voz de emoción le era extrañamente familiar.
-¡Accio escoba!- cuando quiso darse cuenta, el joven estaba frente a su ventana.
-Ven conmigo.- le sonrió.
La chica miró a sus compañeras que la animaron riendo, pero ella desconfiaba.
-Soy yo…- le susurró él. Le miró a los ojos.
-¡Oh dios mío!- susurró ella antes de salir por la ventana y subirse detrás de Snape.
Se alejaron volando mientras las otras jóvenes de Griffindor aplaudían felices.
-Poción multijugos, ¿no es genial Herm?- rió él antes de que ella dijera nada.
¿Herm? Hermione agitó la cabeza para quitárselo de la mente.
-¿De quién es?- le preguntó.
-De un chico muggle que iba por la calle, acabo de aparecerme en Austria y le he arrancado unos pelos sin que me viera.- sonrió.
Aquello no tenía ningún sentido, ¿qué hacía el profesor de pociones apareciéndose en Austria, sólo para poder ir a visitarla por la noche?
-¿Ha pasado algo?- le preguntó preocupada.
-Sí- dijo él parándose al lado del lago. -He decidido que no quiero esconderme más. Voy a decirles a todos que estoy contigo.- sonrió.
-Pero profesor…-
-Dime Sev.- La miró con ojos brillantes.
-Sev…, es una locura, nos expulsarán del colegio, además no hace tanto que empezamos a conocernos más a fondo, yo no sé que siento por ti. ¿Por qué no esperamos un poco?- parecía que le estaba dando explicaciones a un niño.
Y cuando él la miró juraría que ponía un pequeño puchero.
-Herm… ¿no me quieres?- Era totalmente ilógico, ¿qué le ocurría? ¿Y si se había tomado alguna poción extraña, o había sufrido algún efecto secundario de algo?
-¿Has bebido algo raro últimamente?- le preguntó lo más delicadamente que pudo.
-¡No! La que está rara eres tú. Estás enamorada de Harry ¿verdad? Es eso.- Le dijo estúpidamente.
-¿Pero qué diablos…?-
-Va, reconócelo Herm.-
-¡Deja de llamarme Herm! ¡Y deja de comportarte como si tuvieras trece años! ¡Claro que no te quiero, y tú a mi tampoco! ¡Tienes treinta y nueve años, eres mi profesor, esto era solo una aventura, y nadie lo tenía más claro que tú hasta que empezaste a comportarte como un crío! ¿Qué demonios te pasa?- le gritó fuera de sí.
Esto pareció llegar al hombre, que repentinamente quitó la cara de tristeza y se puso serio.
-¿Y usted quién diablos se cree que es para habarme de esa forma? Cincuenta puntos menos para Griffindor.- Hermione abrió y cerró la boca sin emitir ningún sonido, y al final soltó un grito histérico y se fue.
Snape se quedó solo.
Cómo había podido engañarse tanto a si mismo. Hermione Granger no era Lily Evans. Y él no era un adolescente.
Tenía gracia que hubiera sido ella la más madura de los dos, la que le hubiera hecho entrar en razón.
Estaba claro cuál fue siempre su punto débil, y había dejado que una alumna lo viera sólo por no saber controlarse.
Se tumbó sobre su espalda en la hierba. Sentía vergüenza por haberse dejado perder así, menos mal que ella tuvo sentido común.
La única forma de sobrevivir a esto sería hablarle a la jovencita como si nada hubiera pasado, y si se atrevía a comentar lo ocurrido, hacerla sentirse inferior como sólo él sabía.
Aunque al menos esa noche debía estarle agradecido, pensó.
Y el marcador de Griffindor no solo no bajó los cincuenta puntos que acababa de descontarle, sino que subió diez más.
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