Capítulo 8: Todo era diminuto en la casita
Recién había anochecido cuando vimos a Edward tambalearse al entrar en la cocina.
Carlisle se apuró a ponerse en pie y lo tomó del brazo para ayudarlo a acomodarse en un taburete de la isla central. Dejé la cocina para mirarlo también, esperando.
"Gracias" susurró con un hilo de voz. "Gracias por curarme, por la ropa y por su amabilidad"
Carlisle le sonrió, pero Edward nunca pudo verlo. Sus ojos estaban clavados en su pecho, su brazo derecho cruzado sobre su torso como si pudiera detener algún tipo de dolor.
"No tienes nada que agradecer" dijo mi marido. "A propósito, yo soy Carlisle y esta es mi esposa, Esme"
Edward levantó los ojos para mirarme durante una fracción de segundo y luego los devolvió a su regazo. Me pareció ver una pizca de temor en sus pupilas, pero borré el pensamiento instantáneamente.
"Ahora que estás despierto, quisiera chequear tus heridas" apuntó Carlisle.
Edward asintió y yo decidí volver a mis labores mientras mi marido le levantaba la camiseta para inspeccionar su evolución. Un segundo después lo escuché murmurar:
"Deberías tomar algún analgésico. Debes sentir mucho dolor"
Me giré para mirarlos a ambos. "Antes de tomar cualquier medicamento, necesitas comer algo. Debes estar hambriento" agregué.
Carlisle asintió, dándome la razón, y alcancé a ver un imperceptible movimiento de cabeza de Edward.
Diez minutos más tarde puse delante de él un plato de fideos, y serví idénticas porciones para nosotros.
Aunque era evidente que estaba famélico, Edward comió con lentitud y elegancia, como quien ha sido propiamente educado. Y aún cuando podíamos percibir el sufrimiento que le suponía masticar con su boca herida, no hizo ningún sonido de queja. Me oprimió el corazón pensar que estaba acostumbrado a reprimir su dolor y sus lamentos.
Carlisle le alcanzó una píldora analgésica en cuanto Edward terminó su plato, y él la aceptó obedientemente.
"Ahora deberías descansar un poco más" agregó mi marido.
Di la vuelta a la mesada y me paré junto a nuestro invitado, tratando de hacerlo sentir cómodo y ser cortés.
"He preparado la pieza de huéspedes para ti. Puse sábanas limpias en la cama y toallas en el baño adyacente. ¿Te gustaría que te acompañara?" en un gesto totalmente afectuoso puse mi mano en su brazo.
Nada podría haberme preparado para su reacción.
Como si el contacto de mi piel fuera ardiente, se desprendió de mi, haciéndome perder el equilibrio en la acción; y tiró la silla en donde se sentaba mientras trataba frenéticamente de poner la mayor distancia posible entre él y yo.
Carlisle reaccionó casi inmediatamente, sosteniéndome y colocando su cuerpo entre Edward y yo para protegerme. Leí en las facciones de mi marido el instinto natural de protegerme, la resolución de atacar si era necesario. Cegado por su afán de cuidarme, estaba obviando lo más importante.
Puse mi mano con ternura en el brazo de Carlisle y le devolví una intensa mirada cuando sus ojos buscaron los míos. Sentí que su cuerpo se relajaba entonces, abandonando la postura de ataque.
"Lo siento" escuchamos la voz de Edward entonces. "No quise hacerte daño. Por favor, perdóname"
"Esta bien Edward" le dije con ternura. Miré como su cuerpo se encogía en si mismo contra la pared de la cocina, sus brazos cruzados sobre su pecho en su acto defensivo, y sus ojos cerrados con fuerza como si estuviera esperando un golpe.
"Y te pido disculpas" agregué. "No debí tocarte sin tu permiso"
Vi sus tímidos ojos abrirse y fijarse en mi un segundo, para luego volverlos al piso, como si temiera sostener mi mirada.
"Carlisle, ¿por qué no acompañas a Edward a su cuarto mientras yo limpio la vajilla?" le sonreí a mi marido.
Los miré dejar la cocina, observando la dificultad en los movimientos de Edward y el peso de la vergüenza en sus hombros.
Me dolía el pecho de la angustia y las lágrimas amenazaban derramarse de mis ojos, pero me mantuve erguida y recurrí a cada vestigio de fuerza en mi cuerpo. Me forcé a interpretar su rechazo como lo que yo sabía que era: una reacción natural al tipo de maltrato al que había sido sometido. Edward llevaba en si una marca mucho más profunda que las muchas que le habían inflingido en su cuerpo. Y nunca había tenido nadie que lo defendiera y lo protegiera.
Yo no iba a dejar que nada de eso me detuviera. Ni iba a permitir que las secuelas de su tragedia se pusieran en el camino de mi decisión. Porque yo sabía que era él. Y quería mostrarle que había otra manera de existir y otra forma de vivir.
Durante los días que siguieron, la existencia se tornó tranquila, aunque algo tensa. La mayor parte del tiempo Edward dormía, todavía tratando de recuperarse de sus heridas y a causa de la medicación que Carlisle le suministraba para alivianar su dolor. Sus únicos contactos conmigo eran durante las comidas y, en ese tiempo, apenas si decía palabra o levantaba los ojos para mirarme.
Nunca experimenté su evidente evasión como un signo de hostilidad o de desagrado. Era lo suficientemente perspicaz como para comprender que había mucho más detrás de su actitud. Y siempre pude apreciar lo muy agradecido que estaba por todo lo que hacíamos, aunque no pudiera expresarlo con palabras adecuadas.
A medida que Edward comenzó a mejorar y estaba más tiempo despierto, notamos que se inclinaba a pasar las horas encerrado en el cuarto de huéspedes, evidentemente tratando de no molestarnos con su presencia.
Me estaba oprimiendo el corazón verlo de esa manera, y le expresé a Carlisle mi modo de sentir. Como era de esperar, mi marido era completamente conciente de mi dolor. Pero estaba preocupado por mi seguridad, porque no estaba del todo convencido de la estabilidad emocional de Edward.
Sin embargo, yo quería arriesgarme. Quería darle una chance a Edward y darnos una a nosotros mismos. Quería probar que estaba en lo cierto al creer que era él. Y finalmente, logré que Carlisle escuchara mis ruegos.
A la mañana siguiente, cuando Edward bajó a desayunar con nosotros, Carlisle me dio una sonrisa cómplice antes de comenzar a hablar.
"Edward, hay algo que quisiera pedirte" le dijo. Edward levantó sus ojos a mi marido y asintió, con gesto solícito e intrigado a la vez.
"Dado que estás sintiéndote mejor, quisiera que nos ayudaras en la casa" le explicó. "No quiero que hagas grandes esfuerzos, pero dado que yo estoy fuera en el trabajo la mayor parte del tiempo, me gustaría que auxiliaras a Esme con algunas tareas"
Edward bajó la cabeza un segundo, como meditando. Pude adivinar que al escuchar mi nombre su actitud cambiaba. No estaba del todo segura aún de a qué se debía la reacción, pero no estaba dispuesta a rendirme sin pelear.
"No serían labores complicadas" le dije entonces. "Alcanzarme algunas cosas dado que eres más alto que yo, arreglar algunos desperfectos, ayudarme con las tareas del jardín"
Los ojos de Edward buscaron los míos un segundo, y traté de que encontrara en ellos toda la calidez que fuera posible. Entonces, bajó la mirada cautelosamente y asintió.
"Claro" dijo con una tenue voz. "Estaré más que feliz de ayudar"
No había total convencimiento en su tono, pero decidí ignorarlo y, en cuanto Carlisle salió hacia el hospital, me dediqué a la tarea de encontrarnos actividades. Tenía la esperanza que, al verse obligado a pasar tiempo conmigo, pudiera forzarlo abandonar su coraza y abrirse a mi. Era una medida desesperada, pero la única que podía imaginar en ese momento.
Esa tarde, mientras yo limpiaba, Edward cambió las lámparas de la cocina, aseó el candelabro del living que yo no podía alcanzar y aceitó algunas puertas. No eran grandes actividades y bien podríamos haber seguido viviendo en la casa sin que nadie las realizara, pero sirvió para mantenerlo a mi lado todo el día y para compelerlo a que al menos me mirara a los ojos un par de veces.
Al final del día, cuando logré que me diera las buenas noches mirándome por primera vez desde su llegada, me sentí satisfecha.
Durante la semana siguiente, inventé actividades todo el tiempo. La casa nunca estuvo tan primorosa ni tan cuidada. Y de a poco sentí que lograba que me viera de otra manera, incluso que me dirigiera un par de palabras al día.
Noté que trabajar en el jardín lo apasionaba. Y cuando le pregunté por ello, me confesó que adoraba las actividades al aire libre. Como nuestra propiedad tenía un enorme parque, casi todos los días fui capaz de proponerle tareas en él, y pude observar como se sentía más a gusto a cada minuto.
El día que saqué una radio portátil para escuchar música mientras trabajábamos, vi su rostro contorsionarse en la primera sonrisa real que le viera. Fue como si su semblante se iluminara de golpe con un rayo de sol. La imagen de su felicidad fue casi cegadora en mis ojos. Desde el primer momento en que lo había visto, pálido y demacrado al bajar del autobús, había creído que Edward era uno de los jóvenes más hermosos que había visto en mi vida. Pero la visión de su cara colmada por una sonrisa hizo que todo lo que había pensado palideciera ante la verdadera magnitud de su belleza.
Saber que la música le gustaba, algo que para mi era uno de los mayores placeres de la vida, hizo que encontrara una forma de acercarme a él sin intimidarlo. Esa mañana hablamos de nuestras preferencias musicales y, aunque no pudiera mirarme del todo, al menos tuve el placer de escuchar el sonido de su voz.
Me llamó la atención descubrir que elegante era la cadencia de su hablar y lo refinado de su modo de expresarse. Era evidente que era un joven educado y culto, y sus gustos musicales eran igualmente refinados y clásicos.
Al mediodía de ese día puse una manta en el jardín y lo invité a sentarse a mi lado, no demasiado cerca como para incomodarlo, y compartimos unos sándwiches mientras dejábamos que el sol nos acariciara. Los días de la primavera ya casi tocaban a su fin y el verano se comenzaba a vislumbrar en la temperatura, haciendo que las jornadas fueran más largas y más agradables.
Esa noche, después de cenar, Edward se despidió de nosotros y, antes de irse, murmuró: "Gracias Esme".
Fue suficiente como para que mi corazón se detuviera en mi pecho.
