Luna de miel
Asi que, ya estaba en la villa donde pasaría su luna de miel; esos días románticos de descubrimientos que, a veces, eran de alegría y otros, de desilusión para los recién casados que estuvieran muy enamorados.
Merlín refrescó su piel con colonia y por el espejo del tocador vio la cama enmarcada por un transparente velo de punto, que adornaba las maderas incrustadas con nácar. Una cama turca, le había informado su esposo; una mirada burlona brilló en los ojos de Arthuro, cuando Merlín no pudo controlar el impulso de mirar a otro sitio.
—Traída directamente de un harén, supongo —comentó Merlín, desdeñoso.
En la fiesta a honor del nuevo matrimonio. Arthuro había vuelto a hacer uso de su galantería, colocándole una cadena de oro en el cuello, con las insignia "Pendragon" en un circulo pequeño, sostenida por las garras de un dragón de oro italiano.
Los kilates era mejor no decirlos, para qué Merlín no se desmayara.
Él collar era puro formalismo; daba a entender lo predispuesta qué estaba la familia para lo que su pareja necesitara. Aceptándolo, como un miembro más y, también era lo único que conservo su cuerpo, después de que Arthuro le había quitado la ropa mojada en la fiesta.
Lo llevaba esa noche, casi como un gesto de fatalismo.
Sofia, la doncel, entró en la habitación con la taza de té que Merlín había ordenado. El mismo había puesto un paquete de té en la maleta, sintiendo que no podía sobrevivir dos semanas sin su bebida favorita. Había tomado esa única costumbre al mudarse a Londres con sus padres. El café le gustaba, pero siempre lo dejaba sediento, y por eso prefería una buena taza de té. Aceptó la taza humeante, expresando su agradecimiento en un murmullo.
Había descubierto que Sofía hablaba un poco de inglés, así podían charlar, con un poco de dificultad. La joven le había dicho que ella normalmente trabajaba con las hermanas del señorito Arthuro, pero que en las próximas semanas atendería a Merlín.
Era muy atractiva, tenía el cabello rubio, trenzado y sujeto en lo alto de la cabeza; llevaba un vestido con mangas anchas y un delantal blanco, escarolado.
Allí, en el baño que parecía una gruta de mármol ella entraba y salía mientras Merlín se relajaba en la bañera, y tal vez lo hacía con la intención de ver al griego de piel blanca cuando saliera del agua, cubierto de aromáticas burbujas, color melocotón.
Merlín la había engañado. Le pidió el té, sabiendo perfectamente que, en una casa tan grande, no sería fácil para el cocinero encontrar un recipiente adecuado para prepararlo. Sonrió mientras bebía el líquido. Como era una persona que trabajaba, estaba acostumbrado a bañarse y vestirse con rapidez, para poder alcanzar el autobús, cada mañana.
Notó que Sofía lo miraba. Su atuendo clásico, como el resto de su guardarropa, sus camisas y camisetas tenían un corte perfecto, en el estilo y color que acentuaban la palidez de Merlín.
Disfrutó de la libertad del baño. Arthuro le había informado que tenía un sauna propio y una cancha de squash, donde sería bienvenido si deseaba reunirse con él, por las mañanas. Había dado unas palmadas a su vientre plano al hablar, dando a entender que pretendía permanecer así.
—Tiene ropa muy bonita, joven — Sofia revisaba el armario empotrado y las telas crujían al mover las camisetas, jeans y trajes.
Por supuesto qué sí, Arturo se había encargado de vaciar las tiendas departamentales de los centros comerciales de Argentina, los días qué estuvieron organizando la boda.
Sofía se volvió de nuevo para mirar a Merlín, y sus ojos oscuros se entrecerraron, pensativos.
— Nadie sabía que el señorito iba a casarse, fue una gran sorpresa para sus hermanas, en especial para la señorita Morgana — Sofia pronunciaba cada palabra en inglés, de forma deliberada, lo que parecía añadir un significado que Merlín no dejó de notar.
—Espero... que lady Pendragón no estuviera muy disgustada —contestó.
Sofia encogió los hombros y se llevó una mano a su cabello trenzado.
—Él es todo lo que tienen, dada su complicada relación con su padre y, con el resto de la familia. Lloró esa noche, cuando recibió la noticia que traía el caique, que hace viajes constantes para traer las provisiones y la correspondencia.
— ¿Ah, sí? —Merlín removió las hojas de té en el fondo de su taza y deseo poder leerlas, como Sir Gaius, y encontrar algún mensaje de esperanza en relación con este matrimonio que Arthuro obligaba a aceptar, tanto a sus hermanas, como a él.
—Siento mucho que esa noticia le haya causado un disgusto.— dijo refiriéndose a Morgana — Me doy cuenta de que debió ser inesperado, pero ambas fueron muy gentiles conmigo en la iglesia. Morgaus tiene un alma salvaje y la señorita Morgana es toda una Madame. Tengo la impresión de que es buena mujer y no me guarda rencor alguno.
—Es una mujer muy católica y formal — Sofia dijo deliberadamente.
—Eso quiere decir que hubiera preferido que su hermano se casara con una señorita qué le llegara a los talones —observó Merlín, esperando que sus rasgos estuvieran más serenos que sus sentimientos, los cuales lo habían mantenido en un estado de gran inquietud todo el día—. Entiendo cómo deben sentirse las Señoritas Pendragón. Se enteraron de la noticia de manera muy brusca.
Ahora lo sabía y deseaba con fervor no haber juzgado tan rápido a Arthuro durante su entrevista en el Club Camelot, cuando el incesante ruido de la lluvia parecía haber alterado sus nervios, tan tensos desde que Gwain le informara lo que había estado haciendo en los libros del club, hundiéndose cada vez más en la deuda, al tratar de recuperar lo perdido, hasta que la suma del fraude alcanzó tales dimensiones, que Gwain ya no podía seguir alterando las cifras.
Gwain estaba tan seguro de que Arturo lo haría arrestar. Le pidió a Merlín que hiciera algo, cualquier cosa que detuviera la implacable furia de Arturo.
Y luego, su estupido hermano se había arrepentido de haberlo echo.
Merlín miró su mano derecha, donde brillaba el anillo de oro; era tan nuevo y tan ancho, como si estuviera destinado a exhibirse.
La voz de Sofia interrumpió sus pensamientos.
—Sabemos que en algunos países las personas se casan sin que la duración del compromiso sea muy prolongada.
—Sí —Merlín miró a la doncel y, de pronto comprendió lo que quería decir... Arthuro era una tentación andante, tan apuesto como rico, un hombre muy codiciado como marido para vivir bien, tener mucha ropa bonita, sin mencionar las costosas joyas.
La suposición provocó que un relámpago de ira iluminara sus ojos, que brillaron como zafiros; una respuesta con tantas palabras iracundas temblaba en sus labios, cuando se abrieron las altas puertas de la habitación y apareció Arthuro, alto e imponente con un traje de etiqueta, la camisa reluciendo y acentuando su tez bronceada.
—Vine por ti para ir a cenar... ah, veo que ya estás vestido y listo.
Sus ojos examinaron a Merlín desde el oscuro cabello ondulado hasta las puntas de sus zapatos.
—Espléndido —le tendió una mano—. Eres todo un afrodisíaco…
El relámpago de ira había animado a Merlín. Se dio cuenta de ello al cruzar la habitación para reunirse con Arthuro. La cadena de oro lanzaba destellos, al bajar por la escalera junto a él, sintió un temblor en su cuerpo y piernas.
Sin duda, Sofia estimaba a madame Pendragón y estaba acostumbrada a su compañía, pero Merlín se dijo que no tenía por qué defender su derecho a estar en esta casa. No quería enemistarse con Sofia, pero tenía que darle a entender que no quería que fuera su doncel personal.
Era verdad que Merlín había crecido en un hogar donde no había sirvientes, pero eso era parte del pasado y tenia que aprender a convivir con esta jovencita. Se lo había pedido Arthuro en nombre de su hermana. Pero, sólo le permitiría cierta libertad para expresarse.
—Arthuro —le dijo—, no necesito una doncel. ¿Por qué no le das unas vacaciones a Sofia, para que vaya a ver a su familia?
—Eso ofendería a Morgana —lo miró con curiosidad, deteniéndose junto a la gran piedra angular en el centro del pasillo, sobre la cual pendía una enorme lámpara que los bañaba con su luz—. Sofia se quedó para servirte y, como puedo verlo en tu apariencia, lo ha hecho muy bien.
—Yo me vestí solo —dijo Merlín, agriamente—. No necesito una doncel y, además.
Él frunció el entrecejo cuando Merlín se interrumpió, mordiéndose el labio inferior.
— ¿Sofia ha dicho algo fuera de lugar? —preguntó Arthuro.
—No me gustan las habladurías —Merlín irguió la barbilla, y un relámpago de ira resplandeció en sus ojos—. Tu gente piensa que me he casado contigo por tu dinero. ¡Si supieran la verdad!
— ¿Eso es todo? —sugirió burlón—. ¡Qué golpe para mi orgullo! Yo había esperado que la gente pensara que te casaste conmigo por mis encantos.
— Arthuro, está bien que tú lo tomes en broma, pero a mí no me gusta que me crean un cazafortunas.
—No importa por qué te tomen, amor mio, tu apariencia compensaría cualquier molestia —tomó una de sus manos con la presión justa para que comprendiera que allí acababa la conversación—. Ven, cuando hayas cenado, te vas a sentir más relajado y darás menos importancia a lo que la gente diga sobre cualquiera de los dos.
—Sofia me dijo que tu hermana, Morgana, tuvo un gran disgusto cuando se enteró de que te ibas a casar conmigo...
—Sin duda —lo condujo al comedor— Veras, Morgana esta ofendida conmigo, no contigo. Con el tiempo olvidara…, además, se mostró amable contigo en la iglesia, ¿no es así? Mi hermana es muy conservadora, pero soñadora, por lo tanto, es fatalista y acepta lo que el destino le depare.
—Lo que ocurre ahora, Arthuro, es lo que tú mismo provocaste —replicó-. Estoy aquí, porque así lo ordenas, y tú lo sabes muy bien.
—Tal vez —retiró una silla de respaldo alto de la mesa que estaba preparada para dos y lo invitó a sentarse. Al obedecerlo, Arthuro inclinó la cabeza y rozó su perfil con los labios. —Tienes unos pómulos obsesionantes, ¿lo sabes? —su aliento tibio acarició la piel de Merlín; El trató de permanecer en calma, fijando su mirada en un hermoso ramo de flores, en el centro de la mesa. — ¿No te gusta que te halague? —añadió y se sentó en una silla frente a Merlin ; el arreglo de flores no le impedía mirarlo directamente.
—Me parece que tú consideras que debes hacerlo —replicó, con voz baja y distante—. Creo que tienes mucha práctica en el arte de conquistar.
— ¡Ah! ¿Es eso lo que estoy haciendo, Mer? Creí estarme portando como cualquier hombre lo haría en su luna de miel.
Sintió que el rubor le recorría la piel, haciendo resplandecer sus mejillas, pero eso no se reflejaba en su interior. No pudo evitar mirar a Arthuro; no había duda de que poseía esa cualidad indefinida llamada presencia. Dominaba el arte del mundo sofisticado. Nadie podría reconocer en él al niño miserable del que otros chicos se habían burlado, y al que incluso le habían arrojado piedras. Merlín trató de pensar en ese chico delgado, de cabello claro y ojos tristes. Esta noche, era el hombre el que estaba sentado allí, mirándolo con ojos posesivos.
—Mañana —dijo—, te enseñaré Albión. Los venecianos dejaron sus huellas en todas estas islas, eran cruzados y piratas, comerciantes e invasores. Se puede decir que dejaron más que sus huellas durante casi trescientos años. En todos nosotros hay rastros de razas olvidadas, si te pones a pensar en eso, un momento.
Durante la cena, Arthuro habló sin cesar y Merlín lo escuchaba con interés. Se dio cuenta de que era un hombre que había leído mucho, alimentando su astuta mente con sabiduría. Conocía la historia de la antigua religión y todos los rincones donde hubo luchas y batallas qué no llegaron a estar en libros pero hicieron historia. Conocía todo acerca de El catedral adonde, a veces, fue a escuchar la misa de la tarde, lo que también Merlín había hecho en muchas ocasiones.
El vino servido en la cena tenía un color rojo oscuro. Su efecto hizo que Merlín se sintiera más relajado. Reconocía que Arthuro lograba capturar su imaginación, aunque no podía comprender el motivo. Cuando terminaron el postre, un delicioso helado de café, servido con nueces tostadas, fueron a tomar el café al salón dorado y blanco que Merlín no pudo dejar de admirar. El suelo estaba cubierto con una alfombra con delicadas flores y en el techo, había candiles de cristal en forma de flores y frágiles ramas. Los muebles eran de madera dorada, en tono claro, los sillones tapizados con terciopelo marrón y ricas cortinas de color marfil, revestían las ventanas por las cuales penetraba un aroma muy familiar para Merlín.
Respiró profundo y se sintió transportado a su antiguo hogar, donde muchas nicocianas crecían bajo las ventanas del salón, impregnándolo con su aroma cuando las noches eran templadas y las ventanas permanecían abiertas.
—No puede ser —murmuró—. ¿Las nicocianas crecen aquí?
—Ahora sí —replicó Arthuro—. Mandé traer algunas del jardín donde vivías con tus padres y las plantamos aquí, en estas fértiles tierras , detrás de esos árboles cercanos a las ventanas, para que el sol no quemara las raíces. Parece que resultó, ¿no?
Merlin lo miró asombrado.
— ¡Es sorprendente!
— ¿Sorprendente? —arqueó una ceja—. ¿Me crees tan duro y con tan poca imaginación?
—Pues das esa impresión —se sentó casi de espaldas a él. Su nariz aspiraba ese aroma que le recordaba su hogar, su perfil, se proyectaba en el respaldo alado del sillón.
— ¿También doy esa impresión esta noche? —preguntó. Tenía las largas piernas estiradas sobre la alfombra de lana gruesa, con diseño de flores de distintos colores y formas; era una obra maestra del sutil arte oriental.
Merlín rehusó mirarle aunque podía sentir los ojos de Arthuro demandando su atención.
—Es parte de tu personalidad... no serías Arthuro Pendragón si permitieras que tu corazón dominara tu cabeza.
—Así que, por fin admites que tengo corazón.
— ¿No lo tenemos todos? —hizo un esfuerzo por dar un tono frío y desapasionado a su voz; quería conservar la apariencia de hielo que siempre había mantenido alejadas a las "amigas" de su hermano, esas jóvenes alocadas que iban a la casa de sus padres, sin dejar muestra de tener un corazón. Prefería montar en su caballo favorito y cabalgar solo por el campo. No, esas jóvenes no lo inquietaban... a diferencia del Ingles alto y rubio que lo había convertido en su propiedad, en esa iglesia dorada, donde humeaba el incienso y las llamas de las velas resplandecían en los iconos de plata.
El exótico ritual de su matrimonio, todavía estaba adherido a sus sentidos; ni siquiera el aroma de las flores de nicociana lo había podido disipar... esas flores que echaron raíces en esta isla, donde él se sentía aislado, a pesar de las personas que trabajaban en la propiedad.
Para ellos, su hermosa palidez era extraña y ajena... El era un hielo que debía derretirse en los brazos de aquel rubio de piel ardiente, qué era su jefe.
De pronto Merlín se dio cuenta de que Arthuro había cruzado la habitación y estaba de pie detrás de su silla. Tenía la agilidad silenciosa y casi invisible de los felinos; probablemente la adquirió en su niñez, cuando corría por los montes y se acurrucaba junto a las cabras para compartir su calor, bajo las estrellas.
Se puso tenso cuando Arthuro acariciaba su cuello y tocó, luego, la fina cadena de oro con los dedos.
—Me alegro de que lo lleves puesto esta noche —se inclinó sobre Merlin y su aliento hizo flotar su cabello —. Me recuerdan tu brillo, esa mañana, en la iglesia, ¿te sientes como un joven casado, amado mio?
El pulso en su cuello latió con rapidez bajo la presión de sus manos... la presión posesiva de un marido.
— No hagas eso —sin poder controlar su pánico, Merlín se puso de pie de un salto y apartándose de él, como si fuera un animal el que lo amenazara. Las pupilas de sus ojos estaban dilatadas, llenas de esa sombra amenazante que proyectaba Arthuro.
— ¿Me estás diciendo que no me acerque a ti? —habló con un tono de decepción y permaneció allí, callado, desilusionado, con la mirada fija en un rostro tan claro como la cadena que rodeaban su cuello—. Vamos, Merlín, ¿no te parece que es pedir demasiado a un recién casado?
—Tú sabes lo que siento por ti —no quería suplicar, ni humillarse, así que hizo lo único que podía y eso era huir, cruzando las puertas que permanecían abiertas para dejar entrar la brisa de la noche, bañada de luna y el fuerte aroma de las flores de nicociana. Atravesó de prisa la terraza de piedra, teniendo cuidado de no resbalar al bajar los escalones que conducían al jardín. No tenía posibilidad de escapar, pero, por lo menos, le podía demostrar que no quería estar cerca de él. Si tenía algo de orgullo, entonces tal vez no lo forzaría a aceptar su presencia.
Sin conocer el jardín, no sabía adónde se dirigía y de pronto se encontró en una especie de patio, donde las pálidas sombras de estatuas rotas se dibujaban entre los árboles. Parecía como si estuviera en un jardín poblado de fantasmas y en otras circunstancias, tal vez habría estado fascinado.
Se detuvo un momento frente a la estatua de un hombre, casi sin rostro, y eso permitió que Arthuro lo alcanzara; lanzó un grito ahogado cuando sus manos se posaron en sus hombros y lo hizo girar para enfrentarlo. Los rayos de luna iluminaban su cabello, pero hacían palidecer aún más su piel; allí permaneció atrapado en sus manos, esperando que ejerciera sus derechos conyugales en ese sitio, entre las frías figuras de piedra.
Sus dedos lo apretaron como si leyera el temor en sus ojos.
— ¿Me odias tanto? —preguntó—. Soy demasiado orgulloso y no tengo la intención de pasar mi noche de bodas en una cama solitaria. Cuando un hombre se casa, sus noches de soledad se terminan y aquí, a la luz de la luna, tus ojos son un libro que yo leo y tus labios un pozo de agua del cual quiero beber. Ven, amor, ven a mis brazos y seamos una sola persona. Olvídate de todo y sólo sé mío.
Olvidar... No podía hacerlo, eran hombres, por todos los Dioses. Además,¿cómo podría olvidar algún día que lo había comprado, que era su dueño, que era parte de sus posesiones, igual que esta isla y Camelot, cobijado entre sus muros de piedra en una campiña hermosa y salvaje?
Un suspiro surgió en su garganta, convirtiéndose en un grito ahogado cuando Arthuro lo tomó en sus brazos, para cruzar el jardín y subir por la escalera; no era un hombre de piedra como esas figuras, sino un ser humano, sensual, tibio y determinado.
Sentía la necesidad de luchar contra él, pero era demasiado fuerte y decidió que la mejor defensa, sería permanecer pasivo. Un hombre tan apasionado querría una pareja que respondiera a sus caricias, no alguien que lo aceptara con indiferencia.
Llegaron a la habitación y allí lo depositó en el suelo. Una rápida mirada mostró a Merlín que las sábanas habían sido desdobladas, las lámparas sobre las mesas de noche iluminaban suavemente la alcoba y su piyama y bata, con bordados árabes, estaban dispuestos sobre el lecho.
Merlín sentía los violentos latidos de su corazón. Advirtió que, por primera vez desde que llegó a la pubertad, no tendría y no volvería a tener intimidad en su dormitorio. Arthuro tenía el derecho de entrar y salir a su antojo. Podía mirarlo desvestirse, si quería hacerlo. Podía entrar al cuarto de baño mientras se bañaba... era la persona con la que tendría más intimidad... era Arthuro, su marido.
Quedaron frente a frente, mirándose en silencio, totalmente solos después de las emociones del día de su boda. Merlín no se dio cuenta de que sus ojos parecían suplicantes y que en el temblor de sus labios, se formaban silenciosas palabras, pidiendo la clemencia que él no iba a concederle. En ese momento, el ingles, conservador se había esfumado y era un verdadero semental Italiano, de la cabeza a los pies, para quien un esposo como Merlin era carne de su carne.
—Sé que te sientes muy tímido frente a mí —Arthuro rompió el silencio con su profunda voz, señaló una puerta que comunicaba con otra habitación—. Te voy a dejar un momento, para que te prepares para ir a la cama. No te duermas, Merlín, porque te despertaré.
Sin moverse observó cómo él se dirigía hacia la puerta arqueada, empotrada en el muro como todas las puertas de esta casa; cuando la abrió, Merlín pudo ver una habitación de paredes blancas, muy sobria, con un sofá bajo cubierto con una manta negra y blanca y con alfombras viejas sobre el suelo de madera. Luego se cerró la puerta, detrás de él; Merlín se quedó solo, las palabras flotaban en el aire que aspiró con desesperación.
Miró a su alrededor, como buscando alguna manera de escapar de él; pero ésta era una casa en una isla, había un inmenso mar, cubierto por la noche, bordada de estrellas, entre Merlin y tierra firme.
No podía hacer nada, sólo aceptar que era un recién casado en su noche de bodas.
Sintió que una gran inquietud recorría su cuerpo. Era una chico que había protegido sus sentimientos, que nunca se permitió esos manoseos y locuras, que daban a otros chicos más seguridad frente a sus parejas, en la primera ocasión.
Sin olvidar que de no ser por Arturo él jamás, hubiera pensado en ser besado por un hombre. Imaginarse algo mas, lo asustaba terriblemente.
Al ritmo de los latidos tempestuosos de su corazón, se preparó para acostarse. La bata de noche, con bordados árabes, tenía un sinfín de botones por la parte frontal.
La piyama consistía en un pantaloncillo corto y una camisa de seda blanca.
Merlín los sujetó, deliberadamente, con dedos temblorosos; uno por uno, hasta que se sintió encerrado en el conjunto. Luego fue al espejo y se observó... un pobre chico esbelto envuelto en ropa fina, la luz de las lamparitas del tocador brilló sobre su pelo, convirtiendo sus ojos en estanques de zafiros.
Que suceda lo que debe suceder, pensó, manteniendo su cuerpo muy quieto y erguido. Arthuro volvió a la habitación... una figura alta, envuelta en ropa de color negro, la bata entreabierta que dejaba ver su fuerte pecho, cubierto con vello rizado y rubio.
Al acercarse, sus ojos miraban la cara de Merlín. Indiscutiblemente, tenía una gracia felina. Merlín sabía que él no percibía ni su miedo ni su inseguridad, que no sabía nada de su ignorancia en cuanto a las delicias de la sensualidad.
Bajo la luz de las lámparas, Merlin tenía una pureza casi hechizante, su piel y cabello poseían destellos de magia a su alrededor y, a través de los ojos de su esposo, la mirada en los ojos de Merlin era la de una novicia a punto de enfrentar los misterios más ocultos de la vida.
— ¡Qué hermoso eres!
Durante un momento de sorpresa, Merlin creyó oír una nota de ternura en su voz... pero pronto se disipó cuando comenzó a desabotonar la bata con manos firmes y precisas, empezando por arriba; su mirada estaba fija en la de Merlin, mientras sus dedos se movían lentamente hacia abajo hasta que llegó al sitio donde su corazón latía apresuradamente.
—Estas prendas te sientan muy bien —murmuró—, pero quiero admirar tu blanca piel. Quiero tocarte, Merlín. Quiero tu suave sedosidad en mis brazos, derretirte en su calor, mi niño, aunque me odies por la mañana, aunque me veas como un degenerado y no como un amante.
Cuando llegó al nivel de sus caderas, lo derribó sobre la cama, inmovilizándolo con una pierna mientras que, con rapidez, acabó de desabotonar la bata por completo.
Se quedó tendido allí, envuelto en el delicado piyama y de pronto, Arthuro se inclinó sobre él y atrapó con sus labios la tibia y sedosa piel de su cuello
— ¿Me vas a obligar a tomarte? —preguntó agitado—. ¿Es así como quieres pasar nuestra noche de bodas?
Lo miró a los ojos, que eran tan penetrantes en el rostro tostado por el sol. Sintió sus manos resbalando sobre la tersura sedosa de su cuerpo, por debajo de la envoltura de tela que era su única defensa.
Con una especie de desesperación trató de no sentir nada. Volvió la cara a un lado, hundiendo los dientes en su labio inferior cuando sintió que le quitaba la camisa y después él se despojó de su bata dejándola a un costado. Merlin percibió el calor de su piel tibia sobre la de él, sus labios acariciando las partes sensibles de sus pezones. Le dolía la garganta y desesperado, ahogó un gemido de placer que quería escapar.
Merlín no se imaginaba que su propio cuerpo pudiera traicionarlo de esta manera, haciéndolo desear las manos y la boca tibia y sensual que lo acariciaban. Sentía su cuerpo arder. La mano de Arthuro rozaba, ligeramente la suave curva de su vientre y la yema de un dedo tocaba el ombligo, haciéndolo enloquecer.
Quería odiar lo que le hacía y despreciarse por sentir la dulce y agobiante necesidad de abandonarse al cuerpo y a la voluntad de Arthuro.
Sus ojos felinos lo contemplaron con ardor. No había apagado las lámparas, así que Merlin pudo ver la pasión y el placer en su cara, mientras lo acariciaba hasta hacer que cada fibra de su ser se encendiera con la llama del deseo. Él creía… esperaba que, al permanecer pasivo en sus brazos podría aparecer indiferente a su posesión, pero Arthuro conocía muy bien su sensibilidad y lo obligaba a cruzar el límite entre el control y el desenfreno.
Lo mantuvo cautivo... cautivo de sus ojos y sus manos, durante un momento largo y sensual y después posó su boca tibia sobre la suya ahogando así un gemido involuntario que nacía en lo más profundo de la garganta de Merlín, reaccionando al toque lascivo de las manos expertas de su esposo, qué se adentran en sus pantaloncillos, acariciándole tortuosamente, para luego quitárselos.
–No –gritó Merlín mientras intentaba soltarse, pero Arthuro, sonrió cómplice empujándolo contra el colchón, cuando Colin intento erguirse y escapar…
Arthuro le mostró el pañuelo que traía en el bolsillo de su bata, era rojo y casi idéntico al que merlín usaba el día que se conocieron. El corazón de merlín se tambaleo en su interior, a la vez que era sujetado, colocando sus manos por encima de su cabeza. –Resístete –rugió él–. Vamos. ¡Resístete! Así resultará más placentero someterte o, relájate; deja esta lucha inútil y demuéstrame cuanto te gustan mis caricias.
–Por favor.– Arthuro solo necesito una de sus mano para sujetar el pañuelo qué mantenía las muñecas de merlín unidas una sobre la otra.
Su mano libre…, se ubico en su cuello y descendió con la yema de sus dedos, tomando un camino sensual sobre la piel de su amante. Merlin se arqueo, cuando los dedos de Arturo acariciaron su vientre dibujando formas imaginarias hasta llegar a su cadera, desviándose hasta ubicarse entre sus muslos, para luego subir, quitándole el aire en el proceso.
Arthuro siguió explorándole con deleite y una vez que sintió que Merlín, ya no intentaría huir. Invito a su otra mano a la expedición.
Entonces Arthur lo toco ahí, en su sitio mas privado. donde había estado yendo en círculos como un depredador. La palma de la mano se ahueco con audacia sujetándole del miembro sensible y luego sus dedos comenzaron a tejer su magia. sabia bien donde acariciar y frotar y cuanta presión ejercer. Merlin se ruborizo y cerro sus manos sujetando las sabanas debajo de ellas .
Volvió a ahogar un gemido, excitado por completo, dado el perfecto trabajo que la boca de esposo realizaba al adentrar su miembro, en su boca, acariciándolo eróticamente con sus dientes.
Arthuro sonrío al escucharlo Maldecir entre susurros, ante el toque de la larga y atrevida legua de su esposo, saboreando el largo de su pene hasta la punta; como si, le estuviese dando una nueva y mejorada forma.
Cuando Arturo dejo momentáneamente su tarea, busco su boca con desesperación y merlín sintió su propio sabor através de los labios de su amante.
Luego de susurrar estas palabras en su oído. — eso es…, disfrútalo, disfrútalo, amor mío. — mordió el lóbulo de su oreja con tenacidad.
Excitado por las nuevas sensaciones, se dejo hacer a voluntad.
Arthuro lo desato y tomo una de sus manos, dirigiéndola hasta su miembro erecto. Sus ojos azules brillaron con fuera al sentir el contacto de sus pieles.
En cambio, Merlín se exalto al sentir como su mano tocaba el miembro duro de piel sedosa y caliente de su esposo.
Se sobresalto e intento soltarlo. Arthuro volvió a tomarlo con delicadeza y, manteniendo su mano, sobre la de merlín, siguió un movimiento ascendente y descendente; una y otra vez, Merlin absorbió mil emociones, erizándole la piel mientras qué Arthuro saboreo cada roce de su amado.
A pesar de no mirarlo, merlín era conciente del abultado miembro de su esposo. Arthuro era grande y para nada pequeño, en todos los sentidos. Merlin temía sufrir un infarto ante tal revelación.
Cuando Arturo sintió que ya no soportaría más.-tócate para mi- le ordeno. Merlin no era muy conciente de lo que sucedía apesar de ser parte de aquel fogoso acto.
Con gran fuerza de voluntad, soltó el agarre que su esposo tenia sobre su miembro, y tomo la mano de Merlin y la poso sobre su propio erección. Merlin estaba sorprendido de lo excitado que se había puesto. Hasta podía sentir el dolor mezclado con el placer al tocarse.
Arthuro lo giro, suavemente, sobre la cama prohibiéndole dejar de tocarse y enterró su nariz entre medio de las pálidas nalgas de Merlín. Colin estaba perdido en el placer que experimentaba y solo se asusto, cuando Arturo paso su lengua acariciando su entrada.
Se sonrojo e intento alejarse, pero Arthuro lo sujeto de las caderas y lo mantuvo en la posición mas cómoda para ambos. Arthuro disfruto cada gemido de su amante sintiendo que el pecho se le hinchaba de orgullo y felicidad al ver que no le era del todo desagradable para su pareja.
Merlin tuvo una segunda y ultima revelación increíble: "Nunca volveré a ser yo mismo... Arthuro se ha apoderado de mí". pensó, mientras la lengua de su esposo se colaba dentro de los pliegues de su ano.
Él éxtasis que exhalaba cada uno de los poros de sus cuerpos, parecía no acabar, hasta qué su esposo volvió a girarlo y tras besarlo con desesperación. Elevo sus caderas y busco con sus dedos, la entrada, metiendo uno, dos y por ultimo tres dedos. Dejando a un Merlin bastante sensible debajo de su cuerpo.
Entonces…
Él lo invadía... lo lastimaba. Trató de apartarlo lejos de sí.
—Quieto, no hagas eso —suspiró, agitado y atrapándolo en la tibia fuerza de sus manos, logró de Merlin el abandono completo que había buscado desde el principio del acto de amor.
Permaneció tendido entre sus brazos, sintiendo su increíble fuerza viril. Las envestidas iban subiendo en fuerza y velocidad a medida que su cuerpo se iba adaptando al tamaño de su esposo. Sus lagrimas habían sido absorbidas por los labios cariñosos mientras, sus oídos escuchaban palabras en Italiano y en inglés, sus cuerpo se arquearon buscando los músculos de él y los dedos se hundieron, enredándose entre sus cabellos rubios. No había nada más en el mundo excepto la unión tumultuosa y ardiente de sus cuerpos.
Arthuro no se durmió hasta el amanecer, que se asomó suave y fresco a través de las ventanas. Un fuerte brazo y una larga pierna se cruzaban sobre el cuerpo mas pequeño que abrazaba.
Merlín yacía, lánguido, escuchando la respiración de Arthuro, sintiendo los pequeños movimientos que hacía en su sueño. Se atrevió a tocar su piel tibia, tenía curiosidad por aquel cuerpo bronceado y atlético que lo había sometido y, al final llevado a la cima del placer y la excitación. Un placer más grande que el dolor inicial de la posesión. Su cuerpo joven y flexible fue despertado por él de tal manera, que un extraño y agradable calor se encendió en el centro de su ser, a pesar de que había permanecido virgen, de muchas formas, hasta ese momento.
Su mente aún había estado vacía de las imágenes de hombres con mujeres y, sólo fugazmente había pensado en cómo la gente podía lograr ese abandono en el amor que compartían. Le parecía más bien, una manera poco digna de expresar afecto y llegó a la conclusión de que las mujeres se sometían, con pasividad, a los deseos de sus maridos, sin compartir la sensualidad que no toma en consideración ni la dignidad ni el pudor, sino una salvaje grandeza... como el mar tempestuoso... como una tormenta… como algo muy primitivo e indómito.
Merlín sabía que Arthuro lo había disfrutado desde lo más profundo de su naturaleza y, al hacerlo, de un inocente joven, lo había convertido en alguien completamente suyo. Con cuidado, deslizó sus dedos de su pecho sintiendo latir su corazón bajo el sensual vello rubio. Un estremecimiento de emoción recorrió su cuerpo, haciéndolo sentir un extraño vacío en su vientre. Arthuro era dueño de si mismo y, durante toda la noche, lo había sido de Merlin. Durmiendo parecía muy distante aunque sus tibios cuerpos se tocaban, los párpados cerrados escondían el fuego que se había encendido y ardió en sus ojos. Arthuro le enseñó esa noche, que las pasiones del cuerpo no eran nada de lo que debía estar avergonzado y, al final, sin vergüenza ni inhibiciones, ni el triste recuerdo del motivo de su matrimonio, habían impedido que Merlín se entregara a él sin reservas.
Una suave sonrisa se dibujó en sus labios, antes de dormirse, con el fuerte brazo que lo rodeaba, atándolo a él. Ahora era la propiedad de Arthuro Pendragón y, lo que le pertenecía, él lo tornaba y lo conservaba, con la tenacidad de un hombre acostumbrado a usar el ingenio y los músculos para construir su vida sobre las rocas de pasada pobreza.
Merlín, el del cabello castaño, casi oscuro, con una boca casi femenina pero temeraria y un cuerpo desprovistos de grandes músculos, pertenecía al único hombre en el mundo al que trató de evitar y él lo atraía hacia si, como si el sueño fuera algo peligroso... como si, mientras durmiera Merlín pudiera escapar de su posesión.
