Disclaimer: ¡Nada me pertenece. Los personajes pertenecen a Yamane Ayano y la historia a thegreymoon! (Esta es una traducción).


Capítulo 9

Takaba estaba llamándole. Takaba tenía miedo y era su nombre el que llamaba.

Su Akihito.

El sonido del miedo en esos labios tan amados le heló desde la médula hasta los huesos, ya que ahora él también sabía lo que significaba tener miedo. Había estado cerca, tan peligrosamente cerca de nunca escuchar nuevamente esa voz, que incluso el mismo hecho de que pudiera ocurrir le aterrorizó en este momento, cuando ya no podía pretender que el perderlo significara nada.

Por todas las razones, Takaba debió haber muerto y esto habría sido su culpa. Lo había rechazado y lo había negado, porque había sido demasiado cobarde para reconocer cuánto lo necesitaba; cuánto anhelaba su compañía y cómo le hacía sentir pleno y completo tras haber estado vacío y solo durante tanto tiempo que ya ni siquiera podía recordarlo.

Si solo lo hubiera admitido antes y hubiera mantenido a Takaba a su lado en lugar de dejarlo ir solo ese terrible día cuando todo su mundo parecía haberse vuelto en su contra, el completo desastre que había sucedido más tarde se hubiera evitado.

Pero, había estado demasiado ocupado y abstraído en sus propios asuntos para ocuparse de él en ese entonces y el saber esto le asfixió, robándole el aliento cuando trataba de inhalarlo. Tuvo que detenerse un momento y apoyarse contra el marco de la puerta con sus temblorosas manos para recuperar su compostura, despejando sus pensamientos antes de salir de la habitación. Ya no le importaba en absoluto que su enemigo aún estuviera allí, a la vista, siendo testigo de su debilidad.

Solo Takaba importaba en este momento.

Vio a su muchacho e inmediatamente toda su rabia, violencia e instinto de protección se encendieron al notarlo tan desesperado y asustado. El muchacho estaba siendo inmovilizado por hombres del doble de su tamaño y aun así luchaba imprudentemente contra ellos, moviendo su desgreñado cabello y con lágrimas en su bonito rostro. Pateaba violentamente mientras luchaba por liberarse, fracasando rotundamente en cada uno de sus intentos.

—¡Suéltenlo! —ordenó Asami con más urgencia de la que le hubiera gustado y el estridente bulto de marrón y dorado dejó de retorcerse, sorprendido por el sonido de su voz.

Los grandes y expresivos ojos de Takaba estaban asustados y muy abiertos; parecía un poco impresionado y aliviado de verlo aparecer aun cuando había exigido la presencia del hombre con tan fuerte claridad. Con dolor, Asami se dio cuenta de que Akihito no esperaba volver a verlo cuando se había despertado y no lo había hallado a su lado.

—¡Suéltenlo! —repitió Asami con un tono más calmado, evidentemente molesto por la estupefacción reflejada en los rostros de sus hombres, quienes se congelaron en silencio por el tono de su voz. Inmediatamente, hicieron lo que se les ordenó y Akihito cayó al suelo delante de ellos, desconcertado, pero aún desenfrenado.

Asami avanzó hacia él, pero antes de dar siquiera dos pasos, Takaba estaba de pie nuevamente y echó sus brazos alrededor del hombre en una mancha de color y movimiento.

—Eres un maldito bastardo —sollozó el muchacho contra su pecho, apretándolo tan fuerte que su hombro lastimado le dolió demasiado para soportarlo sin dejar que el dolor se reflejara, pero no se atrevió a apartarlo—. ¡Me prometiste que nunca me dejarías otra vez!

—Akihito, ¿por qué estás aquí? —preguntó con severidad, besando su desordenado cabello—. ¿Qué pasó?

—Yo... yo... desperté y tú no estabas ahí —sollozó Takaba y frotó sus ojos con sus manos—. Estaba oscuro, hacía frío, estaba silencioso y yo... yo pensé...

De repente, sus grandes ojos marrones se estrecharon y observó el séquito oscuro de hombres de Asami reunidos a su alrededor de manera sospechosa.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el muchacho, alejándose de Asami con repentina desconfianza, sabiendo sin que se lo dijeran que algo extraño estaba ocurriendo. Asami frunció el ceño con disgusto, mientras lamentaba el hecho de que su normalmente distraído y crónicamente ingenuo muchacho eligiera convertirse decididamente en inteligente en los momentos equivocados.

—Vámonos, Takaba —dijo firmemente y agarró su muñeca para conducirlo de vuelta por donde había llegado.

—¡No! —protestó Takaba con vehemencia y le arrebató su brazo, frunciendo el ceño y gruñéndole a los hombres de Asami, quienes inmediatamente se precipitaron hacia adelante, listos para controlarlo una vez la orden fuera pronunciada—. ¡No! No me tratarás como a un niño, ¡maldita sea! ¡Me lo dirás! ¿Qué demonios está pasando?

—No seas ridículo —dijo Asami simplemente, la aburrida máscara de indiferencia apareció en su rostro como por costumbre—. ¡No está pasando nada!

—¡Estás mintiendo! —acusó Takaba, sabiendo bien que no debía confiar en él sobre el asunto. Sus ojos ardían y volteó hacia la puerta oscura y abierta de la cual Asami había salido hace unos momentos, con la intención de dirigirse a su interior. Asami suspiró con resignación, capturándolo una vez más antes de que pudiera entrar.

—¡Ven, Takaba! —le ordenó con una voz que claramente le decía que no soportaría sus alegatos y lo haló con violencia. El chico le siseó, luchando por liberar su brazo, pero fallando ya que incluso herido, Takaba no era rival para su fuerza. Su agarre era de hierro y Takaba le gritó de frustración, llamándolo por vistosos nombres.

—¡Hijo de puta! —gritó—. ¡Maldito bastardo! Es Fei Long otra vez, ¿cierto? Me mentiste, ¿no es así? ¡Mentiste como siempre lo haces, cuando dijiste que todo había terminado y que regresaríamos a casa!

Cerró el puño de su mano libre y golpeó con fuerza a Asami sobre el pecho, irritando su herida apenas curada, haciéndolo sisear de dolor. Sorprendido, Asami lo soltó para presionar su mano sobre la herida palpitante y Takaba jadeó de horror al darse cuenta de lo que había hecho. Con la oscura puerta y el misterio que escondía olvidado al instante, corrió a su lado y tomó el rostro de Asami entre sus temblorosas manos.

—¡Lo siento!... ¡Lo siento! —gritó asustado, besándolo en señal de súplica—. ¡No fue mi intención, por favor, no fue mi intención!

—Takaba, ven conmigo —dijo Asami firmemente y puso su brazo alrededor los delgados hombros del muchacho. Obligado a someterse por su propia imprudencia más que por cualquier otra cosa, Takaba hizo lo que se le dijo, sin dar más que una sola pesarosa mirada atrás.

Asami intencionalmente permaneció en silencio todo el camino para mantenerlo satisfecho, hasta que finalmente lo llevó al espacioso dormitorio. Cerró la puerta detrás de ellos y puso el seguro. La luz en el interior era tenue y relajante, ya que el fuego se había apagado dejando solo unas pocas brasas encendidas.

—Lo siento. —Takaba comenzó a hablar tristemente tan pronto como estuvieron solos—. Yo no... Yo...

—No fue tu intención. —Asami terminó la frase tiernamente en su lugar, acariciándole el rostro con ambas manos—. Lo sé.

Los grandes ojos de Takaba brillaban con tristeza y su amplia e hinchada boca temblaba completamente. Asami lo besó suavemente, amando su calidez y deseando simplemente estrecharlo entre sus brazos y hacerle el amor lentamente, tiernamente, como nunca antes lo había hecho. El muchacho se hundió en su abrazo con gratitud y envolvió sus brazos alrededor de su cintura. Presionó sus húmedos labios primero contra su pecho y luego, parándose en puntitas, tentativamente, con mucho cuidado, encima de su hombro vendado.

—Asami, por favor —le rogó—, regresemos a casa.

—Iremos a casa —le aseguró Asami, manteniéndolo cerca mientras el muchacho seguía temblando—. Lo haremos tan pronto como cese la lluvia.

—Sé... que algo está sucediendo —dijo Takaba suavemente—. Sé que hay algo que no me estás diciendo.

—Estás imaginando cosas —mintió Asami—. No está pasando nada. Al menos nada de lo que debas preocuparte.

—¿Sí? —Takaba frunció el ceño—. Entonces, ¿por qué tienes todo un ejército de matones ahí abajo, en tu sótano?

—Ellos se están haciendo cargo de la seguridad de la casa —contestó Asami de manera simple—. Solamente están haciendo su trabajo.

—¿Acaso hay alguna alteración en la seguridad? —preguntó Takaba alarmado, crispándose contra su pecho—. ¿Acaso, después de todo, Baishe nos ha encontrado? ¿Estamos en peligro?

Asami le acarició el cabello dulcemente, retirándolo de su frente, haciendo su mejor esfuerzo por sonreír, en lo cual no tuvo mucho éxito.

—No —dijo—. Nada de eso. Se ha producido un pequeño alboroto, eso es todo, pero ha sido una falsa alarma.

—Me estás diciendo la verdad, ¿cierto? —preguntó Takaba de manera sospechosa.

—Sí —mintió Asami nuevamente—. Te estoy diciendo la verdad.

—Me prometiste que dejarías a Fei Long en paz— dijo Takaba gravemente, demasiado intuitivo como para permitir que Asami tuviera la última palabra respecto a este asunto.

—¿Qué? —dijo Asami sorprendido.

—¡Prometiste que no tratarías de matarlo por esto!

—Takaba, él te lastimó —contestó Asami severamente—. ¡Te violó! ¿Cómo no quieres verlo muerto?

—¡No quiero que muera! —protestó Takaba desesperadamente—. ¡Por favor, Asami! ... Yo… ¡yo sé lo que eres y lo que haces! Yo... ¡sé lo que has hecho! Sé que has matado antes y que matarías de nuevo y yo... yo puedo vivir con eso, pero si tú tienes que matar por mí... Eso… eso sería algo que no podría soportar.

—Akihito...

—Por favor, solo escúchame —le exigió Takaba con lágrimas en los ojos. Apretó sus puños y todo su cuerpo temblaba de tensión y fuerza—. Si matas por mí… por mí culpa, sería peor que si lo hubiera hecho yo mismo y yo... no puedo hacer eso. Yo no soy tú, Asami. No puedo convertirme en eso que eres y sobrevivir. ¿No lo entiendes? ¡No podría vivir con la sangre de Fei Long en mi alma! ¡No me importa lo que le pase! Por favor, solo quiero regresar a Japón. Solo quiero volver a casa... contigo.

Lanzó sus brazos alrededor de la fuerte cintura de Asami y lloró con tristeza. Asami se inclinó lentamente para acariciar su temblorosa espalda, luchando contra un repentino y oscuro terror. Una aterradora visión, casi como una pesadilla, brilló ante sus ojos. Le pareció de pronto que si no cumplía la promesa que le había hecho a Akihito, esa promesa que no tenía intención de cumplir, que había realizado solo para mantener calmado a su angustiado y asustadizo muchacho, entonces esta brillante e inesperada luz que había encontrado moriría allí mismo, en sus narices y se quedaría solo en la oscuridad una vez más. Esta vez, por toda la eternidad.

Takaba debió haber muerto. Por todas las razones, debió haberlo perdido y solo tenía un poco de loca suerte a la cual agradecer el haberlo recuperado.

Yoh le había fallado; rehusándose a cometer la traición final cuando el momento había llegado y Asami se maldijo por esto, sabiendo que era el responsable de esto, porque había subestimado la profundidad del amor que el hombre sentía por Fei Long. No le quedaba casi nada por hacer. Casi. Ahora ni siquiera imaginaba a cuál de todos los dioses tenía que reverenciar por enviarle a Mikhail Arbatov, el tonto obsesivo.

Durante semanas, no se había permitido siquiera pensar en lo que le habría hecho a Takaba, si hubiera estado en el lugar de Fei Long y hubiera tenido el corazón de su enemigo a su merced, latiendo justo al alcance de su mano.

Solo al reconocer lo que Fei Long pudo haber hecho, lo que había esperado que hiciera, se dio cuenta de lo cerca que ambos habían estado del precipicio.

—Por favor, Asami —susurró Takaba y sus lágrimas eran calientes contra la piel desnuda de Asami—. Por favor, solo... llévame a casa.