Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Los verdaderos amigos son aquellos que están ahí, cuando todos los demás se han ido.
Momoi tendrá que seguir adelante, en su peor momento, con el apoyo de la única persona a la que nunca consideró un amigo. Kagami x Momoi.
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Verdadera amistad.
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Capítulo nueve: Felicidades.
Las noches en cualquier urgencia hospitalaria parecen moverse a otro ritmo.
Es como si el resto de personas fueran conscientes de que en ese lugar, hay infinidad de pacientes durmiendo.
Unos un poco mas enfermos, otros … bueno, no tanto.
Las puertas se abren solas, a los lados.
Kise accede, en pijama, zapatillas de fresas de peluche en sus pies, pelos de la nuca en una extraña postura desafiando la gravedad propia del planeta.
Va a preguntar en la recepción, la enfermera que ahí está parece desganada, pero la visión de Murasakibara a través del cristal que separa la sala normal de la de espera, hace que cambie el rumbo de sus pasos hasta allí.
Akashi también está, perfectamente sentado, vestido y peinado. Incluso parece que se acaba de afeitar...
Un solo vistazo y la sala de espera está llena de rostros familiares, y todos por la misma causa.
El bebé de Momoi, a punto de llegar.
– ¿Alguien ha llamado a ..?. – La pregunta es lógica, incluso sin que Kise llegue a pronunciarla, todos la entienden perfectamente.
– Ha dicho que no es asunto suyo. – Akashi responde, mirando su móvil. Gira el aparato, enseña el mensaje... mandado un par de horas antes...
– ¡ah!... vaya. – Kise bosteza, se estira alzando los brazos al techo, abre la boca hasta su límite y la cierra lentamente. – ¿Sabes como le va a Momocchi?
– No, lo siento. –Regresa a su móvil, repasando noticias y artículos sobre cuidado de bebé y mamá indistintamente. – Hay que esperar.
Un suspiro general llena la sala de espera.
Y es justo como dice Akashi, solo les queda esperar... que sea una horita corta.
…...
Duele, duele mucho.
Y aún ni ha empezado.
Tiene que quedarse de costado, por que cada vez que intenta moverse el dolor se extiende por su cuerpo hasta la última terminación nerviosa.
Kagami da vueltas alrededor de la pequeña camilla, tan pequeña como la chica sobre ella, sin saber muy bien que hacer o decir.
Se siente tan inútil, tan fuera de lugar. Esa sensación de no poder hacer nada por ella le consume por completo.
Se arrodilla junto a ella, toma sus manos, evitando así que tenga que moverse.
– ¿Qué quieres que haga? –La angustia en su mirada es tan grande que Momoi se conmueve solo con verle. – ¿Quieres comer algo?, ¿Llamo al médico?... Mi padre está hablando con él, yo...
– Sólo quédate... – Suelta el aire, despacio, una mueca de dolor en su carita.
– Claro. – Besa su sien. – Eso es muy fácil.
No sabe donde poner las manos, se limita a acariciar las contrarias con la punta de los dedos; mil besos repartidos sin orden, por su cara, pelo, por cualquier parte de su persona que se cruza con su boca.
– Papá... – Tai aparta la cortina, aunque se queda un par de segundos solo mirándoles.
Sonríe, divertido.
– La buena noticia es que mi nieto está en camino... la mala es que aún nos queda un rato, y tengo hambre. – Aparta a Kagami para acariciarle el pelo a la chica. – Todo saldrá bien, solo piensa en tu bebé y verás que no es nada.
– Papá... – En su mirada puede ver que está muy perdido.
– Vamos, no pongas esa cara. – El atrae por la nuca, acaba revolviéndole el pelo, divertido. – Disfruta de esta parte, dentro de un rato querrá matarte... recuerda a tu madre.
– ¿Por eso te vas y me dejas aquí solo?. – Sigue nervioso, pero la mención de su madre le tranquiliza lo suficiente.
– Me voy por que tengo hambre. – Su estómago le da la razón rugiendo al instante. – ... y por que es mejor que mi nuera esté lo mas tranquila posible; con un Kagami en su habitación es mas que suficiente.
Un par de besos mas y sale del cubículo tarareando contento.
– Ha hecho algo, estoy seguro. – Kagami señala al sitio por el que se ha ido su padre. – Cuando tararea es que alguna ha liado...
– Me ha llamado nuera. – Momoi murmura en su dirección. Taiga asiente con la misma sonrisa que antes. – Ugh...
Sigue doliendo, aunque la felicidad hace que el impacto sea un poquito menos doloroso.
– Toc, toc. – Personal médico, sonrisas por todas partes. – Tu padre nos ha pedido que le echemos un vistazo a la princesa. ¿Puedes esperar fuera? Será un momento.
Es apenas un par de minutos, o media hora, para él el tiempo no es lo mas importante ahí, todos sus sentidos puestos en ella; si la escucha quejarse entrará en medio segundo y a ver quien es el guapo que se atreve a echarle de su lado.
– Todo está bien, no te preocupes. – El doctor se para a su lado en el pasillo. – Voy a mandar al anestesista; ya está lista para el fármaco. Después del pinchazo todo será mucho mas agradable.
– Gracias. – No necesita nada mas, solo verla ya.
– Hola de nuevo. – Estira la mano hacia él, aunque ahora le parece mas agotada y pequeña que nunca.
– Hola preciosa. – Aparta la silla, prefiere estar a su lado directamente. - Parece que van a darte algo para el dolor. – Esa frase suena a música celestial para ella.
– Creo que tu padre les ha pagado … – Hace una mueca. En este punto hasta hablar le duele.
– Espero que mucho, para que vengan pronto. – Quiere darle un beso, se nota por su postura, aunque se contiene para no dañarla mas.
Satsuki comprende, muy bien. Estando con él ha aprendido a leer entre líneas cada una de sus reacciones; y eso solo hace que sus sentimientos por él sean mas fuertes cada día.
El simple hecho de estar ahí, de acariciarle las manos como si fuera a romperse, de dar un respingo en respuesta a cada una de sus muestras de dolor le hace ver lo maravillosa persona que es.
En un pensamiento del todo egoísta, desea que ese pequeño bebé sea suyo. Sería tan perfecto que fuera así... aunque la realidad le dice que Kagami es mas padre de ese pequeño que el infame donante de esperma.
Desearía no recordar su nombre, ni que una vez le quiso lo suficiente como formar parte de su vida, una parte importante.
Pero todo eso quedó atrás.
Y no quería dedicarle ni un solo pensamiento mas a él y a su pasado.
El futuro se presentaba ante sus ojos de un modo brillante y perfecto.
Tenía un novio atento, y guapo. Una boda cercana, una familia política que la amaba, un bebé a punto de ver el mundo, su amigos, preciados amigos, en la sala de espera, atentos a cada nueva noticia sobre ella y el pequeño.
El dolor, en ese pensamiento, no es importante. Es una señal de que todo va como debería, de que la vida va despacio hacia su meta mas cercana.
– Perdón... – Un carrito de material médico aparece, seguido de una enfermera sonriente empujando.
– Si, ya sé... espero fuera.
–Mejor que te quedes. – Señala al otro lado de la camilla. – Necesito que se esté muy quieta y prefiero que la ayudes con eso.
– Por supuesto que si. – Por fin puede hacer algo útil aparte de estar ahí plantado como un pino.
– Vale cielo, escucha. – Mira a la mamá al mismo tiempo que prepara todo en una bandeja estéril. – Sé que ahora mismo es un poco difícil para ti, pero necesito que te quedes de costado y no te muevas nada. El papá tiene que distraerla para que no se centre en la sensación...¿Tienes alguna pregunta?
– ¿Dejará de doler tanto? – Hace un puchero y todo.
– Te lo prometo. – Levanta la mano y muestra la palma.
Kagami sigue sus movimientos con interés. Ve como pone sus guantes, carga la medicación y abre botes y paquetes de gasa.
Solo cuando se acerca y aparta la sábana y la bata de la espalda de Momoi se centra en ella, en quedar a su altura.
A esa distancia sus ojos son preciosos...
Momoi nota los dedos enguantados recorrer su columna, con una lentitud que la tranquiliza. Quizá es solo por el frío de esos dedos en su espalda, no lo sabe... o por la certeza de que pronto la sensación de dolor se irá en nada.
Kagami sigue perdido en sus ojos, queriendo mirar por encima de su cuerpo que pasa por ahí detrás, pero recuerda que tiene una misión, una importante.
Distraerla...
– Bien, notarás un pinchazo y un poco de presión en la zona. – Mira al chico. – Ahora es cuando quiero que esté muy quieta.
Kagami sonríe, con el cuerpo entero. Su rostro se ilumina como siempre que tiene una idea que sabe que a ella le va gustar.
Satsuki sonríe también, aunque no con tanto ánimo como pretende. Conoce esa sonrisa, es lo mismo que el tarareo de su padre al salir.
Acaba de tener una idea, que será buena para ella.
Nota la presión de la aguja abriéndose paso en su espalda... y unos labios cálidos sobre los suyos.
Un beso. Y no uno cualquiera, no. Uno de esos que hace que las rodillas se conviertan en gelatina y los ojos se queden en blanco incluso cuando ya han terminado.
Siente sus labios recorrer una de sus mejillas, el mentón, un reguero de besos hasta la zona curva bajo la oreja, y de vuelta a sus labios. De un modo tímido pide permiso con la punta de la lengua para hacer de ese beso algo un poco mas serio.
Momoi ya ni sabe donde está, ni mucho menos que está haciendo ahí. Su mente es incapaz de hilar un pensamiento con el siguiente mas allá de Kagami y lo que están haciendo.
– Bien, ya está. – La voz a su espalda rompe la magia del momento. Kagami sonríe triunfante. Su técnica de distracción ha sido muy efectiva... tanto que hasta él mismo a acabado olvidando lo que estaba haciendo ahí. – Ahora solo respira profundamente un par de veces y en un minuto todo será fantástico. – Recoge todo y va hasta la cortina para salir. – Volveré dentro de un rato para ver que tal va todo. Hasta luego.
De nuevo solos, aunque ahora los dos están rojos de vergüenza.
Ese beso era una declaración de intenciones. Ese beso le decía a Momoi que estaría en esa misma situación unas cuantas veces, que sería una inquilina de ese hospital hasta hacer de su familia una muy numerosa y escandalosa.
Y ese futuro le agradaba, le hacía ilusión.
– Lo siento, tenía que distraerte. – Solo mirándola puede notar como se relaja, como va espaciando sus respiraciones al tiempo que el dolor se difumina hasta convertirse en un ligero zumbido lejano, casi ajeno a ella.
– Me ha encantado... la distur... dis tr... el pedazo de morreo que me has dado... guauuuu. – Una risita entre dientes y su vista perdida en algún lugar entre ellos. – Uff, creo que esto se me está subiendo a la cabeza...
– Tranquila, solo quédate tumbada. – No puede evitar la risa, a juego con la de ella. – Creo que debería grabarte …
…...
Lleva dormida mas de una hora. El personal ha aprovechado ese momento para monitorizar al pequeño y a ella. Dos bolsas de suero penden de su soporte a un lado de la cama y una pinza en su dedo controla su pulso.
Tai aparece, tímidamente por una rendija en la cortina.
Una bolsa de papel en su mano, huele a hamburguesas. El cielo hecho comida, pero su hijo tiene el estómago cerrado del todo, hasta que todo termine.
– Supuse que necesitarías esto. – Kagami niega, y no hace falta nada mas, comprende y muy bien. – Los chicos siguen en la sala de espera. Alex ha traído las cosas del bebé y se empeña en venir a ver, pero la princesa necesita paz... ¿Qué tal va todo?
Tai deja a su hijo y se centra en la chica. Sigue de costado, dormida, con una tranquilidad en todo su cuerpo que se contagia.
– Está bien, muy tranquila. – una sonrisa tatuada en sus labios. – lleva dormida un buen rato, y la doctora se ha pasado y dice que todo va muy bien. Si sigue así, en una hora mas la moverán a la otra sala...
– … y serás padre... – Le mira, sonríe. – Y yo abuelo...
En ese momento los dos miran a la mamá dormir. Su vientre hinchado, cruzado por unas correas que sostienen los sensores para controlar al bebé, quieto, casi dormido con ella.
– Papá... ¿Crees en el destino?. – El mayor asiente. – No hago mas que pensar en lo que habría pasado si la noche que la encontré, no hubiese ido a comprar comida...
– Estoy seguro de que habría acabado ante ti de un modo u otro. – Vuelve a revolverle el cabello. – Sea lo que sea, tenéis que estar juntos... solo hay que miraros...
– pero hay tanto que hacer... – Piensa en el bebé, en el dolor de sus costillas, que le recuerdan en tiempo presente la existencia de un elemento discordante en su felicidad. Aunque diga que no le importa ni Momoi ni el mocoso, de un modo retorcida estará ahí, presente...
– Solo intenta parecerte un poco a mi, y tu hijo será tan genial como tu. – Momoi gime, en sueños.
– Papá, lo has hecho de pena. – Le da un codazo despacito. – Siempre estoy solo y tu, en cualquier parte del mundo menos en casa. He tenido que aprender a cocinar, a lavar mi ropa y mi casa...
– Eso es parte de lo que te hace tan genial. – Es la mamá quien responde, y quien les pide ayuda para sentarse. De ombligo para abajo no siente nada de nada. – Te ha enseñado a ser responsable, tu padre es genial.
– ¿Ves? Hasta mi nuera es mas agradecida que tu. – Chasquea la lengua y se acerca a ella. – ¿Cómo te sientes, cielo?
– Quiero … no sé... como una presión rara en la espalda... – Tai la sostiene por la espalda, sus pies colgando en la orilla.
– Ya viene. – Mira a su hijo. – Pulsa el botón y que empiecen los gritos.
Lo bueno del anestésico es que la había tenido dormida todo el tiempo, por lo que la vida propia de esa zona del hospital, ni la había notado.
Nada de gritos ni órdenes. Bebes llorando, mamás maldiciendo... nada.
Una enfermera acude al llamado. Tiene migas en la bata, seguro que estaba en su descanso.
Ciertamente, Momoi está lista, y el bebé colocado en su sitio, por lo que sale un momento a buscar al médico y dar orden de que preparen todo en el paritorio, y por si acaso, el quirófano.
– ¿Quién va a acompañarla?. – Tai se despide con la mano, y sale dejándoles la experiencia a ellos.
Casi al trote va hasta la sala de espera. Todos están ahí, Kise sigue en pijama y con pelos de loco, pero no se ha movido del sitio. Akashi es quien abandona la silla, esperando noticias.
– Ya viene, es cuestión de minutos, y todos seréis tíos. – Murasakibara aplaude, divertido.
Alex suelta el aire, mas tranquila.
…...
Como tiene el trasero dormido, la llevan hasta la camilla en silla de ruedas. Aunque Kagami se ofrece a subirla, no le dejan, por los aparatos que tiene conectados.
Es una extraña experiencia para ambos, todo está muy limpio, blanco. El personal sanitario, dos enfermeras y un médico, se mueven a su alrededor, preparando instrumental, colocándola sobre la curiosa camilla con asas, comprobando llaves y fichas de historiales para que todo esté listo.
Alguien entra, con una pequeña cuna que queda a un lado y es cuando todos los ojos se posan en ella.
Las últimas comprobaciones, y todo listo.
Es muy diferente cuando no hay dolor. Las contracciones se sienten como una ligera presión en los riñones, pero no hay esa necesidad de empujar que surge cuando no hay anestesia de por medio.
Las órdenes son concisas, sencillas, solo tiene que empujar cuando sienta el vientre tenso, esa es la señal de una contracción.
Para Kagami es una visión divina, esperar que salga.
No puede dejar de sonreír como un tontorrón.
Nadie le dice que hacer, se pone a su lado, para ayudarla a ella desde ahí.
Una contracción, arriba, sentada... las piernas abiertas, temblando por el esfuerzo.
No duele, pero el gasto de energía se nota, y mucho.
Jadeante se deja caer sobre el brazo de Kagami.
No parece haber servido de mucho, y eso la frustra un poco.
En los vídeos que habían visto, pelis incluidas, los bebés salían con el primer empujón...; el suyo no.
– Está bien, lo estás haciendo muy bien. – El médico entre sus piernas habla, sus manos y ojos puestos en la pequeña porción de cabecita que ya asoma. – Tu bebé está casi fuera. Venga, una vez mas, ahora mas fuerte.
La espera entre una contracción y la siguiente es corta, pero muy densa.
El silencio es solo roto por la respiración pesada de la mamá.
Otra contracción, mas intensa que la anterior, mas corta pero brutal que la hace apretar los dientes al tiempo que Kagami tira de ella para sentarla del todo.
En este punto agradece no sentir nada... es genial.
Aunque si nota el tirón, desde dentro. Calor y frío, y una mezcla extraña entre nervios y calma.
El médico sonríe, y le ven pedir cosas; gasas, desinfectante...
– Un último esfuerzo, te prometo que este será el último.
Momoi asiente, derrotada sobre el brazo de su chico. Prácticamente es Kagami quien la sostiene erguida, ya que ella parece guardar cada motita de fuerza para empujar cuando le digan.
No tiene que esperar mucho, es tan seguida que se sorprende un poco.
Si quiere terminar, es el momento.
Saca su genio, empuja con ganas desde lo mas alto del vientre. Aunque le encantaría mirar, decide esperar, y centra su visión en algún punto en la pared tras el médico.
Sus rodillas tiemblan, un poco mas de lo que puede controlar, y lo escucha perfectamente.
Es un sonido inolvidable, pero a la vez complicado de explicar a alguien que no lo ha vivido nunca. Acuoso, resbaladizo, constante...
La pequeña criaturita protesta, con ganas. Su llanto les pone a todos una sonrisa inmensa en la cara, salvo el médico, que se afana en terminar el parto con la mamá mientras el resto se ocupan del bebé.
– Es un niño. – Murmura una de las enfermeras antes de ponerlo sobre su pecho, para que lo vea un momento antes de llevarlo a limpiar y hacerle las primeras pruebas. – Un niño enfadado.
Su llanto sube de intensidad, lo suficiente como para que Momoi suelte una pequeña carcajada.
– Si que parece enfadado... que gruñón. – Momoi le habla, y el pequeño sigue con su protesta sonora.
– Yo también estaría enfadado si me obligaran a salir desnudo a la calle. – Kagami posa su mano en la cabecita, le acaricia. – Está bien enano, todos te entendemos...
Llora con mas ganas.
– Me parece que no le ha gustado que le llames enano. – La enfermera que lo ha traído se lo lleva para lavarlo ahí mismo. – ¿Habéis pensado un nombre?
– Si. – Satsuki mira a su chico, es solo un segundo por que sus ojos ya no pueden apartarse de esa pequeña criatura que protesta sin descanso en el mismo cuarto. – Taiga... como su padre, y su abuelo.
…...
Solo una persona en la habitación.
Eso rezaba el cartel del pasillo... al menos diez personas en el mismo, esperando que les dieran permiso para entrar.
– A ver... necesito pasar. – Una cunita con ruedas sostiene la preciada carga en su interior, dormidito... por poco tiempo. – Este caballerete necesita comer, y tiene muy malas pulgas para ser tan pequeño.
Esa simple mención hace que la cuna sea rodeada. El gorrito de gasa cubre su cabecita, pero no oculta los mechones azulados de su frente, que asoman apenas unos milímetros por el borde blanco de la tela.
Incluso ese diminuto ceño fruncido da mas pistas de las que a muchos de los presentes les gustaría.
– Joder... – Kise suelta lo que todos piensan en voz alta.
Por algún motivo, esperaban que no fuera de Aomine, pero solo había que echar un vistazo al pequeño para ver que era su padre, por mucho que lo negara...
– Entraré primero. – Akashi se adelanta, su mano en el tirador de la habitación a la que han trasladado a Momoi desde el paritorio.
– De eso nada, yo soy su abuelo. – Tai ignora a Akashi, y sobre todo las normas del hospital, y toma al niño en los brazos sin problema alguno. – Pero mira que guapo eres...
– Señor, no debería despertarle, me ha costado mas de media hora hacer que deje de llorar... – La enfermera le perdona la vida con la mirada. – y por favor, métale de nuevo en la cuna.
– Que grosera... no le consiento que hable mal de mi nieto. – Gira su cara al pequeño, que sigue a lo suyo ajeno a todo. – Y no hay sitio mejor que con su abuelo... abre de una maldita vez, que ese niño tiene comer y todos os morís de ganas de ver a mi nuera, ¿Verdad?
– Señor no creo que... – Una nueva protesta; ignorada.
– Venga, sea buena. – La sonríe. – Estos chicos llevan aquí un montón de horas y no armarán escándalo. Respondo por ellos. Deje que vean a su amiga y se irán a casa a descansar.
– Está bien. – Le deja ganar, pero solo por que sabe que es verdad que los chicos llevan horas ahí esperando.
Akashi sonríe, un poquito.
El resto no dice palabra... cualquiera se atreve con ese demonio ahí. Kagami tiene un padre que da miedo... a veces.
…...
Tendido sobre la cama, el pequeño sonríe.
Lleva un pequeño frac, y lo que simula una pajarita sobre una camisa en su babero.
Kagami a su lado, tumbado de la misma forma. La corbata en su mano, la camisa del traje puesta, aunque fuera del pantalón... descalzo.
Satsuki entra en la habitación, preocupada. Los rulos en su pelo, formando una corona redonda a su alrededor. El maquillaje suave, el perfume del baño en su piel. Solo le falta el vestido y soltar los rizos para estar lista... y esos dos sin vestir.
– Vamos a llegar tarde... y todo el mundo está esperando...
– Mmm... es que tenemos dudas. – Kagami toma la manita del bebé y la posa en su barbilla. – No sabemos si queremos casarnos contigo... y él no tiene muy claro si te quiere de mamá... dice que eres un muermo...
– Ahmmm vaya... – Se acerca al niño, besa su manita. – Y que puedo hacer para convenceros...
– Nada... nos gusta nuestro club solo de chicos... ya sabes, ver la tele en calzoncillos y comer patatas en el sofá con la boca abierta... casarnos contigo estropearía todo eso...
– Pues es una pena. – Señala su escote. – Ya que soy la que tiene la comida... y la diversión...
– Vale, me has convencido. Soy tuyo. – Una protesta interrumpe el beso que están a punto de darse. – Oh, vamos... ponte en mi lugar... – Se acerca, como si fuera a contarle un secreto. – Siempre podemos comer en la cama cuando mamá se duerma, ¿Qué me dices?... ¿Eso es un si?... Bien, tenemos trato.
– Momocchiiiiii... ¿Dónde estás?. – Pasos por toda la casa. Kagami hace el gesto al aire de echar el pestillo en la puerta. – ¿Qué hacéis aquí los tres?, ¿Y por qué estás todavía así?
– Estos dos me están …
– Si, que bien, no me importa. – La levanta en brazos sin esfuerzo alguno. – El novio y el chibi padrino, vestidos y fuera de aquí en dos minutos... La novia es cosa mía.
Momoi se deja arrastrar. Es su día, aunque no le importa compartirlo con todos.
Ha sido un año realmente complicado, aunque ahora mismo no se cambiaría por ninguna otra persona del mundo.
Escucha a sus amigos, sus risas, en el comedor.
El abuelo, siempre sonriente, consintiendo al pequeño en todos los caprichos que se le ocurren.
Sus padres, en ausente, ha aprendido que es lo que ella jamás le hará a sus hijos.
Y él... del que no sabe nada desde ese día, el que renegó de ella y su palabra.
Es una pena que se lo esté perdiendo, pero ha sido una decisión propia, que ella no va a cuestionar.
Le avisó, cuando nació, y al día siguiente, cuando por fin se instalaron en casa.
Nada.
Esa fue su respuesta.
Y ella no quiso volver a intentarlo mas. No mas rebajarse por alguien que no lo quería.
– ¿Mami?. – Kagami se asoma, la preciosa criaturita en su traje, culete relleno con el pañal. Mofletes redondos, ojitos azul océano puestos en su mamá, con una chispita divertida. – Nosotros estamos listos. Cuando quieras.
– Pues vamos. – De pie junto a su amigos, se coloca el vestido de gasa rosa pálido. – No me gustaría que cambiéis de opinión... y yo también quiero unos calzoncillos... para comer patatas en el sofá, los tres juntos...
– Mamá quiere unos calzoncillos. – Kagami hace una cara tan divertida que el niño está a punto de dejar caer el chupete por reírse.
Satsuki los mira, los venera.
Su familia.
¿Podría pedir mas?, seguramente sí... pero no lo necesitaba.
Ya tenía todo lo que podría desear...
O quizá no... una niña estaría bien para la próxima vez.
– Venga, que tengo hambre. – Su mano libre en la cintura, la otra sosteniendo al bebé en su pecho. – Kagami y su romanticismo.
Sonríe, hasta el límite de sus labios. Precisamente por eso lo quiere tanto...
y el futuro... pues que venga.
Le esperarán juntos, como una familia, con sus amigos … esos que han estado ahí, los verdaderos.
Fin
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Queda un pequeño clap, desde los ojos contrarios, una explicación que ha quedado colgada desde el inicio.
Gracias por leer, y espero que os guste
Besitos y mordiskitos
Shiga san
