Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese, Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD
Capítulo IX
Noviembre fue un mes muy frío. Pocos días después de aquella tenebrosa noche de Halloween, Harry e despertó un día y descubrió que un manto de blanca y esponjosa nieve había caído sobre los terrenos de Hogwarts. Las copas de las elevadas torres resplandecían como piedras preciosas en contraste con el pálido Sol de la mañana y, aunque todavía quedaban dos semanas para Navidad, existía cierta magia especial que bañaba el ambiente.
Habían transcurrido tres meses desde el inicio del curso, por lo que la vida de los estudiantes estaba sumergida ahora en una exquisita cotidianeidad que, sorprendentemente, no resultaba pesada, sino que evitaba un mayor desorden. La Sala Común de Slytherin se hallaba desierta, los alumnos que no dormían, que eran la mayoría, se habían retirado hacia tiempo a desayunar. Sentado frente a un elegante sillón próximo al fuego, Harry se sintió lo suficientemente confiado para descubrir el Diario de su escondite y sostenerlo entre sus manos. Sus dedos acariciaron las tapas.
Harry se maravillo con su textura, la cual tenía muy poco que ver con el tacto del cuero viejo y corroído. Resultaba suave y delicada, y sumamente embriagadora. La ventana a algo mucho más grande. A un poder inimaginable. Harry sentía, y estaba casi convencido de que no eran alucinaciones suyas, que el Diario vibraba ante su toque, como si estuviera respondiendo a él. Únicamente a él.
La necesidad de hablar con Ton se hizo demasiado grande, lo suficiente para olvidar, incluso, dónde se encontraba o quién podría verlo.
Buenos días, Tom.
~ Hola, pequeño. ¿Qué tal has descansado? ¿Has asistido ya a tu primera clase de Historia? ~
Sí, y ha sido emocionante. Brenda Flint es muy buena profesora, aunque todavía no puedo creer que conceptos tan básicos y necesarios estén excluidos del programa de la escuela.
~ Ten esto siempre en mente, Harry. Resulta mucho más fácil dominar a las mentes dormidas que aquellas que alcanzan la sabiduría. No es para nada de extrañar que se os quiera mantener en la ignorancia. ~
Lo sé. Pero aun así…
Costaba mucho resignarse.
Aquel sábado por la mañana, tanto él como Draco se había despertado temprano para acudir a la primera clase de Historia de las Familias Antigua, impartida por los prefectos de sexto años, Brenda Flint y George Morrigan, en una privada dentro de su Sala Común unas horas antes del desayuno. La lección había superado las expectativas de Harry.
Habían aprendido como, durante milenios ajenos a los dos últimas, los magos no ocultaban su identidad a los muggles, sino que aprovechaban sus dones para dirigirlos, siendo venerados por estos. Sacerdotes, Oraculos, Videntes, Vestales, Druidas, Chamanes… Tras la llegada de Cristo y su Dios Único, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. Lentamente, al ritmo en que se desmoronaba el grandioso imperio romano, la magia comenzó a ser mal vista en la sociedad, y los magos comenzaron a ocultarse.
Incluso con el anonimato al que se veían obligados a someter sus poderes, la gran mayoría continuó ocupando puestos de poder y de alcurnia en las cortes más importantes de los países de Europa. Algunos, como la familia Malfoy, se convirtieron en consejeros de reyes autoritarios, como la monarquía francesa. Otros, como la extinta línea Boleyn, llegaron a formar parte de la familia real de Inglaterra.
Fatalmente, al cabo de los siglos, el secreto consiguió filtrarse en la sociedad. Los magos de la actualidad achacan la culpa los muggleborn, quienes comúnmente eran detectados y adoptados por familias sangre-pura para educarlos y desarrollar sus poderes. Estos debieron compartir el secreto con sus familias de origen, o tal vez éste fuese declarado por algunos a curas o sacerdotes en secreto de confesión, o en umbral de la muerte. De cualquier modo, así comenzó la caza de brujas. Y en 1689, después de sufrir grandes bajas y pérdidas, los distintos Ministerio de los países del mundo occidental firmaron el Estatuto Internacional del Secreto.
En la actualidad, había afirmado Morrigan, ganándose la aprobación de Harry, era más necesario que nunca el cumplimiento de dicha cláusula. En su locura por la dominación, los muggles habían inventado diversas y efectivas armas de destrucción que, indudablemente, serían dirigidas contra los magos al conocer su existencia. Por desgracia, había añadido, el Ministerio se había vuelto más inconsciente que nunca en ese ámbito, y sobre los hijos de muggles que campaban por Hogwarts con libertad no existía ninguna restricción que les impidiera revelar el secreto a sus familias, y el propio Ministro Mágico se revelaba a sí mismo ante su homologo muggle, despreciando las consecuencias.
El tiempo había volado literalmente para Harry, que escuchaba sin pestañear, con los ojos brillantes por la codicia, todo cuando contaban los prefectos, una confirmación añorada para sus propias creencias y convicciones personales. Ahora estaba más convencido que nunca de que sus planes eran correctos, y de que necesitaría a Tom para llevarlos a cabos.
~ Realmente te ha afectado la lección. ~
Si. Creo que sí. El mundo te necesita Tom. Nuestro mundo. Necesita que lo guíes antes de que sea demasiado tarde.
~ De eso estoy convencido, Harry. Y no lo defraudaremos. Ni tú no yo lo defraudaremos. ~
Sus palabras se mantuvieron brillantes durante unos momentos sobre el cuaderno, imperecederas y eternas, antes de desparecer en un borrón claro como siempre lo hacían.
La emoción inundaba el pecho de Harry como cada vez que hablaban del futuro, pero a veces deseaba con tanta fuerza que ese futuro se convirtiera en presente para comenzar a vivirlo, que la impaciencia le vencía. Prefirió cambiar de tema.
Anoche acudimos al bosque de nuevo. Era el último día del ciclo de la luna llena, pero no apareció.
~ Era de suponer. La nieve es ahora demasiado espesa y cubre las piedras. Si sigues mi consejo, aguardarás a que transcurra Enero antes de intentarlo de nuevo. ~
Hermione y Draco no lo permitirán. Están incluso más obsesionados que yo en descubrir la identidad del encapuchado. No imaginas lo que me costo convencerlos para acudir sólo a vigilar las noches de luna llena.
~ Todavía sigue conmoviéndome tu inocencia, Harry. No conozco a tus amigos tanto como tú lo haces, pero dudo que sea la identidad del encapuchado lo que les atraiga. El joven Malfoy, por ejemplo, proviene de dos prominentes líneas de magia oscura, Malfoy y Black. El poder que conlleva ese ritual, que en sí mismo podría abarcarlo todo, la realización de todos sus deseos, la Magia sin límites en su estado más puro y a un alto precio, debe resultar algo hipnotizante para él. Y en lo referente a tu amiga, Granger, si su sed de conocimiento es tan grande como la has descrito, ocurrirá algo semejante con ella. Se sentirá fascinada. Tú eres quien me sorprende, por el poco interés que muestran en comparación. ~
Tú dijiste que todavía no soy lo suficientemente fuerte para traerte de regreso con la ayuda de un ritual, por lo que carece de cualquier incentivo útil para mí.
~ Lo comprendo, Harry. Aunque no deje de asombrarme. Sin embargo, no te equivoques. El que puedas hacer uso o no de un ritual que me conceda un cuerpo no tiene que ver con tu fuerza. Será algo que descubras más adelante. ~
Harry deslizó la pluma sobre la página para contestar, pero se detuvo en el último momento. Estaba siendo vigilado. La percepción llegó hasta él como un eco lejano. Unos ojos lo observaban, no había duda. Harry garabateó una rápida despedida en el Diario y cerro sus tapas, sumergiéndolo de nuevo en el hechizo que lo protegía bajo su pecho.
Examinó a su alrededor. La Sala Común estaba vacía, no quedaba ni un alma. ¿Entonces? Cerró los ojos y se concentró en el escalofrío que ascendía por su nuca, advirtiéndole. Giró el cuello con un movimiento brusco de cabeza que le causó algo de daño, pero ignoró el dolor. Sus ojos no se habían topado con una persona, sino con un cuadro. El retrato del joven Salazar Slytherin.
Permanecía inmóvil, como siempre. Debía ser el único de los cuadros del colegio que no visitaba a otros retratos. Su serpiente, en cambio, se había enroscado alrededor de su cuello y sus fauces abiertas permanecían muy próximas a su rostro, sin que a él pareciera incomodarle. Harry clavó la vista en esos colmillos que lagrimeaban gotas de veneno y recordó el día que había atravesado su cuello, para la selección. Un ardor muy caliente ascendió desde sus pies hasta su rostro, formando un nudo en su estómago y aún más abajo, en algún punto intermedio de sus pelvis. Las pupilas negruzcas del hombre, bañadas por ese río de esmeralda fundida, se clavaron en él y parecían burlarse. Sus labios también se habían torcido en lo que, sin duda, era una burla.
Permanecía estático, cada músculo de su rostro inmóvil e indiferente, pero de alguna manera, en su inmovilidad, no había duda de que se estaba riendo de él, de Harry. Y sus ojos deseaban pronunciar tantas palabras, mientras que sus labios no se movían. Estaba seguro de que había sido él quien había alertado sus sentidos. No era la primera vez que Harry sentía que aquel cuadro lo observaba.
- ¿Quién eres? – preguntó, de forma algo estúpida. Hubiese sido más acorde a sus deseos el decir "¿Qué escondes?" –.
- ¿Harry?
El corazón del muchacho brincó; olvidó cómo latir, lo recordó, y comenzó a bombear acelerado. Harry tardó exactamente tres segundos en comprender que no había sido el cuadro quien hablara, sino que la voz había surgido desde su espalda. Se giró hacía su origen, todavía tratando de normalizar sus latidos. Unos ojos muy dulces que parecían ocultar una herida y rostro delicado en formación de corazón lo estaban observando.
- ¿Anne? – efectivamente, se trataba de la niña. ¿Había sido ella y no el cuadro quien disparara sus alarmas? ¿La había pasado por alto mientras escudriñaba la habitación? ¿Habría visto el Diario? –. No te había visto. ¿Llevas aquí mucho tiempo?
La muchacha abrazó sus libros con fuerza y negó con la cabeza.
- Acabo de llegar – alegó; su voz era tan suave que parecía casi una disculpa –. Pensé que no habría nadie, que estarías todos en la inauguración del club de Duelo.
Harry creyó que su voz era sincera. ¿Debía dejar de sospechar? Anne siempre evitaba a sus compañeros, por lo que sus palabras guardaban sentido. Entonces, ¿su percepción había sido correcta desde el principio? ¿Había sido Salazar?
- Ahora iba a reunirme con ellos – aclaró informalmente –. Puedes venir conmigo, si quieres…
El ofrecimiento era sincero, pero a que sabía de antemano que ella lo iba a rechazar. Olvidando sus anteriores sospechas, Harry deseó que aceptara. Anne ocultaba tantos misterios… No, no era ese el motivo, se dijo. Caminaba siempre tan sola, y parecía siempre tan desprotegida. De algún rincón de su mente, surgió el extraño deseo de reconfortarla. Ella había cuidado de Sky. Y le había ayudado a él a superar su pérdida.
- Gracias, Harry. Pero de verdad me gustaría acabar este libro.
Su sonrisa fue triste al rechazar su oferta, pero sus ojos brillaban ahora con un poco más de vida que antes. Harry se sintió feliz de haber contribuido a ese cambio, al menos. Le sonrió con cariño y se despidió de ella, antes de desaparecer por el lienzo de camino a las mazmorras.
Sus pasos hicieron eco en las estrechas paredes de piedra. Harry examinó el reloj y aceleró el paso. Le había prometido a Draco que llegaría puntual y que formaría pareja con él, y deseaba cumplir su palabra. Hacía un par de semanas que la escuela se había cubierto de coloridos carteles que anunciaban la apertura de un nuevo Club de Duelo, y tanto Hermione como Draco habían insistido en acudir a la inauguración. Pese a sus reservas iniciales, el propio Harry se sentía excitado con la idea.
Tal como el curso anterior, los tres amigos habían encontrado la forma de extender el temario de las clases con nuevos hechizos que practicaban en su dormitorio por las tardes. También practicaban diversas modalidades de duelo entre ellos, pero Harry sospechaba que sus sentimientos por sus amigos, y los de ellos por él – jamás había permitido que Draco y Hermione compitieran –, impedían que su potencial se desarrollara al máximo. La propia magia sentía que se hallaba frente a dos personas queridas, y se negaba a arriesgarse a dañarles seriamente. Competir con otras personas, especialmente si pertenecían a cursos superiores o a su propia casa, sería… interesante.
Sus pies dejaron atrás las mazmorras y Harry se introdujo en el vestíbulo, inundado de estudiantes. La mayoría se dirigían con sus compañeros al Gran Comedor, por lo que Harry dedujo que la propaganda para el Club de Duelo había sido un éxito. Él mismo atravesó con entusiasmo las puestas de roble que franqueaban la entrada, y se detuvo para buscar sus amigos.
Los halló a los pocos segundos, pero sus alarmas se dispararon de inmediato; algo no funcionaba bien entre ellos. Theo, Blaise, Pansy y Daphne franqueaban a Draco, el cual se estaba enfrentado de forma directa con la única Gryffindor del grupo. Theo y Pansy no deberían estar ahí, Harry hubiera jurado que ninguno de los dos se sentía atraído por ese tipo de actividades. Y ninguno de ellos se hubiera conformado, usualmente, con un lugar tan apartado, en el extremo opuesto de la plataforma de duelo y semi oculto por unas columnas. Indudablemente, algo sucedía. Temiéndose lo peor, Harry comenzó a andar hacía ellos.
- ¡Eres una estúpida entrometida, Granger!
- ¡Y tú un inconsciente! Dumbledore estaba presente, ¿qué crees que habría sucedido? No sólo te habrían expulsado a ti, habrías metido en problemas a Harry.
Sus voces iracundas fue lo primero que escuchó al acercase. Harry recorrió el camino que lo separaba de ellos en un pocos y rápidos pasos e irrumpió en la discusión sin advertencia previa, confiando en que la sorpresa y la vergüenza fueran suficientes para frenar su enfrentamiento.
- ¿Qué ocurre aquí?
Su plan fracasó. Ni Draco ni Hermione prestaron atención a su pregunta, ni a su presencia. A decir verdad, fue como si no lo estuviesen viendo fruncir el ceño hacia ellos, como su fuera una presencia transparente. Continuaron taladrándose los ojos con furia, mientras sus mentes discurrían diversas maldiciones con las que someter el uno al otro.
Dado que ningún otro parecía dispuesto a hacerlo, Blaise tomó la acción por su mano y le tendió a Harry una página cuidadosamente doblada del periódico. Éste la desdoblo rápidamente, sin prestar atención, y clavó los ojos en las brillantes letras del título.
Ilícita colección de objetos oscuros hallada en la Mansión Malfoy.
Tras la repentina redada de ayer por la noche a su mansión, tanto el Señor como la Señora Malfoy serán llamados próximamente a declarar ante el Wizengamot. De acuerdo con la nueva ley de Protección a los Muggle redactada por el reconocido Arthur Weasley, el patriarca de la familia, Lucius Malfoy, podría ser condenado a una pena en Azkaban que abarque entre los seis meses a los dos años, si es declarado culpable de los cargos.
Harry no necesitó ninguna otra explicación para comprender lo que estaba ocurriendo. Sus ojos brillaban furiosos cuando se levantaron del papel para contemplar a Draco. Todavía le costaba creer la falta de respeto de ese sucio traidor a la sangre, y aun más que el ministerio hubiera autorizado tal redada. Un simple obrero como él nunca podría haberlo conseguido. La firma de Dumbledore quedaba impresa tras éstos sucesos.
- ¡Y ese estúpido e inmundo Weasley se atrevió a reírse en mi cara!– cada palabra dicha destilaba veneno –. ¿Puedes creerlo? ¡Y Granger me impidió maldecirlo!
Draco, sin duda, se refería a Ronald. El gusano pobretón se sentiría muy ufano y lo suficientemente confiando después de que su padre pescara una presa tan grande.
- ¡Iba a hacerlo delante del todo el Gran Comedor! – la aguda voz de Hermione surgió para defenderse –. ¡Con Dumbledore presente! ¡Hubiera acabado expulsado!
- ¡Mi padre puede ser condenado a Azkaban, Granger! ¿De verdad crees que esa minucia me importa?
Harry condujo sus manos a su cabeza, resentida por los gritos de la pelea, mientras el resto de los Slytherin no hacían nada para detenerlos. Se mantenían completamente neutrales. Sin duda, compartían el razonamiento de Hermione y veían lógicos sus motivos, pero comprendían la ofensa hecha a la familia Malfoy de un modo mucho más profundo que ella, y tampoco considerarían negarle a Draco su venganza. O tal vez, simplemente, no se atrevieran.
Él cerró los ojos y apretó los párpados. Nunca había escuchado a Hermione gritar tan indignada, y jamás había contemplado tanta ira en los ojos de Draco. Más que ira. La ira sólo servía para ocultar un profundo y desgarrador temor.
Debía existir algún modo para calmarlos.
- Muchachos, muchachos… ¿Qué está ocurriendo aquí?
Harry abrió los párpados y giró el cuello para contemplar el origen de aquella empalagosa voz. Su ridículo profesor de Defensa, Gilderoy Lockart, se había acercado hasta ellos y aguardaba por una explicación.
- ¿Y a usted qué mierda le importa? – Harry dudaba que la iracunda respuesta de Draco contara como una –.
Los ojos azules del hombre se entrecerraron.
- Más respeto, jovencito. Dado que yo estoy soy el encargado de este Club de Duelo, tengo todo el derecho a saber porque este pequeño grupo no estaba prestando atención a mis lecciones.
Harry se dispuso a contestar educadamente antes de que Draco lo hiciera, pero otra voz, fría y deslizante, se le adelanto.
- Cinco puntos menos para Slytherin por esa falta de respeto, señor Malfoy. Y agradece que no sean más.
Severus Snape se había introducido en la escena sin que ninguno de los presentes se percatara. Gilderoy giró el rostro hacía él, con una profunda sonrisa.
- ¡Severus, mi querido ayudante! Tampoco quiero que seas demasiado severo con tus chicos… – si las miradas matasen, pensó Harry, Gilderoy estaría muerto –. A decir verdad, se me ocurre una excelente idea. Ya que le cuesta tanto mantener su atención, ¿por qué no permitimos que sea el joven Malfoy quien nos haga una demostración?
El rostro de Snape forzó una sonrisa.
- Excelente idea, Gilderoy. Malfoy, Potter, al escenario.
Harry asintió, satisfecho con el arreglo. No había prestado atención a ninguno de los hechizos que ellos hubieran practicado, de hecho, ni siquiera sabía si habían practicado alguno, pero un duelo contra él ayudaría a Malfoy a liberar adrenalina y lograría calmarlo.
No obstante, antes de que pudiese efectuar un único paso hacía el estrado, una mano en su hombro lo detuvo. Gilderoy sonría, pero también había algo escalofriante en sus ojos que a Harry no le gusto nada.
- Vamos, Severus – alentó a su compañero con su empalagosidad habitual –. No seamos tan crueles para obligar a dos amigos a enfrentarse. ¿Por qué no, mejor, elegimos a Malfoy y Granger?
Hijo de puta. Fueron las primeras tres palabras que cruzaron la mente de Harry. Inmediatamente después, abrió la boca para asegurar que a él no le molestaba en absoluto pelear contra Draco, es más, que le hacía mucha ilusión. Pero, de nuevo, otra voz se le adelanto.
- Esa es una excelente idea profesor. Será un honor enfrentarme en un duelo contra Granger – los labios del adolescente rubio de curvaron con crueldad.
No, Draco, joder.
- Estoy de acuerdo con él – Harry giró el cuello desesperado para contemplar a Hermione, que lucía en su rostro la misma expresión decidida del rubio –. Creo que hay un par de lecciones que Malfoy debería aprender, y me encantaría ayudarlo con ello.
Gilderoy ensanchó su sonrisa. El muy hijo de puta. Lo había planeado desde el principio, Harry estaba seguro. Esta era su venganza por todas las veces que lo desautorizó y se burlo de él durante sus clases. Pero nada bueno saldría de ese duelo. Draco estaba demasiado asustado y enfurecido para controlar sus emociones, y Hermione estaba demasiado ofendida para no defenderse y contraatacar.
Sin ninguna oportunidad para frenar el desastre que se avecinaba, Harry giró el cuello hacía quien se había convertido en su última esperanza. Contempló a Snape suplicante. Pero el profesor de pociones simplemente se encogió de hombros, incitándolo a seguir a sus amigos hasta el estrado. No había nada que él pudiera hacer.
- ¿Varitas preparadas? – Draco y Hermione adaptaron sus posturas para el inicio del duelo, como tantas habían practicado con él –. En mi cuenta de tres. Uno, dos…
Draco no aguardó al número tres. Apuntó con su varita a Hermione y exclamó:
- ¡Expelliarmus!
Harry se sintió aliviado de que, al menos, hubiese empleado un hechizo de desarme en vez de otro más potente. Pero la bruja esperaba ese desacato a las reglas y esquivó el rayo carmesí con un elegante giró del cuerpo hacía la derecha. La capa oscura ondeó alrededor de ella dotándola de un aspecto espectral y fue levemente sacudida por el hechizo. Sin prestar tiempo a un nuevo ataque, Hermione apuntó a Draco con la varita y exclamó:
- ¡Flipendo!
El hechizo se estrelló de pleno contra el torso de Draco, quien, tomado por sorpresa ante el veloz contraataque, fue elevado por los aires y empujado hacía atrás. Aterrizó en la plataforma con un golpe seco y gimió, pero su mano todavía sostenía la varita con firmeza. Harry contempló con horror como de su labio inferior comenzaba a discurrir una pequeña hiñera de sangre, pero el adolescente rubio paso su mano por encima del líquido carmesí sin prestar atención, preparándose para un nuevo ataque.
Desde lejos, podía escucharse el eco de la voz de Lockart: "¡Sólo desarmar! ¡He dicho sólo desarmar!". Con la emoción de un auténtico duelo frente a sus ojos, nadie le estaba prestando atención.
- ¡Rictusempra! – Hermione hubo de arrojarse contra el suelo para evitar que el hechizo la impulsara fuera de la plataforma. Percibió como algunos cabellos de su cabeza se alborotaban sacudidos por la corriente de energía, que acabo estrellándose contra la pared. Su intento por pronunciar un nuevo conjuro se vio frustrado. Draco había previsto sus intenciones y no le permitió tiempo. Apenas surgió de sus labios el primero hechizo ya estaba formulando el segundo – ¡Desmaius!
La bruja supo al instante que si ese hechizo la alcanzaba supondría el final del duelo, y ella habría perdido. Pero en su posición actual apenas le permitía espacio para maniobrar y esquivarlo. Esa había sido la estrategia de Draco desde el principio.
Pues bien, la había infravalorado.
- ¡Protego!
Un escudo se creo alrededor de la bruja y devolvió el conjuro ha su contrincante. Hermione había practicado durante meses el encantamiento de defensa, primordial en cualquier enfrentamiento, y lo había perfeccionado tanto que no sólo repelió los hechizos sino que los devolvía reforzados.
- ¡Protego! – el propio Draco fue forzado a levantar un escudo frente a él con algo menos de pericia que la bruja, por lo que el desmaius fue finalmente disuelto –.
- ¡Confundus! – Hermione aprovechó el momento de debilidad para atacar velozmente a su contrincante. Esta vez, fue Draco quien se arrojó al suelo para esquivarlo –. ¡Petrificus totalus!
No alcanzó a Draco por poco. La bruja maldijo entre dientes. Éste, apenas recuperado del confundus, tuvo que rodas sobre sí mismo en la plataforma hacía el lado contrario para esquivarlo. Algunas risas se alzaron desde la multitud. Los Gryffindor, encabezados por el imbécil de Ronald Weasley, se estaba riendo de él. La furia nubló su visión y emborronó sus pensamientos. Actuó por instinto.
- ¡Arrows Statum!
Paralizada, Hermione contempló con temor y con los párpados muy abiertos como una combinación de seis o siete flechas mortíferas atravesaban el aire silbando para dirigirse contra ella. ¡Hermione! El grito surgido de la multitud fue lo que la hizo despertar. Reaccionó ante el pánico.
- ¡Wingadium Leviosa!
En un acto reflejo, la bruja convocó frente a sí los objetos más gruesos que estaban dentro de su alcance, algunas mochilas y dos libros viejos que saltaron de los brazos de un estudiante. Actuando como escudo frente a su cuerpo, cuatro fechas fueron interceptadas por ellos, una atravesó el espacio varios centímetros por encima de su cabeza y otra silbó muy próxima a su cuerpo, en la parte derecha, y le rasguñó el brazo. No pudo contener un gemido de dolor, pero no permitió que éste la distrajera. Señaló a Draco con la varita y exclamó:
- ¡Opugno!
Los objetos que habían servido antes para su protección, emergieron disparados contra el muchacho. Draco lo vio venir, pero no fue lo suficientemente rápido para esquivarlo. Uno lo golpeó en el estómago y otro en el rostro. Salió disparado hacía atrás y se estrelló contra el suelo. La victoria que había sentido al contemplar la herida el brazo de su oponente, se tornó amarga al percibir el sabor de la sangre en su boca. No se lo pondría tan fácil. No pensaba rendirse tan fácilmente.
En su mente, Draco ya no relacionaba a Granger con el contrincante que se mantenía tozudamente de pie ante sí. En su desequilibrada mente, pues la posible condena de su padre en Azkaban había nublado su racionalidad totalmente y la adrenalina del duelo había perfeccionado el proceso, no estaba enfrentándose a esa pequeña y fea arpía a la que tanto había odiado en un primer momento, no sólo por inmunda sangre muggle, sino porque intentara hacerle competencia con Harry. No luchaba contra esa sabihonda repelente, cuya fragilidad oculta lo afectaba en algunos momento más que lo que a él le gustaría reconocer, ni contra esa bruja muerta del miedo del bosque que, pese a todo, había elegido quedarse a su lado y arrastrarlo a un lugar a salvo, en vez de huir para salvarse a sí misma y abandonarlo a él a su suerte.
Draco se estaba enfrentado a todos sus demonios. Se enfrentaba al temor que le inspiraba el destino de su padre, la condena a la terrible prisión de Azkaban, a la ira que traía el conocimiento de saber su noble apellido mancillado, a la furia que lo embargaba imaginando a su pobre madre siendo obligada a declarar, sentada en esa silla y rodeada por esas horribles cadenas; a la debilidad que se escondía dentro de sí mismo, pues Draco sabía que era débil, lo veía escrito en los ojos de su padre cada vez que lo sorprendía observándolo con esa mirada oculta tan decepcionada, o cuando se negaba a entrenarlo personalmente por no considerarlo digno de su tiempo. Si ganaba ahora, si vencía a este adversario, tal vez las cosas cambiaran y todo volviera a ser como debía ser, con su familia de nuevo a salvo, e, incluso, como mucha suerte, con su padre replanteándose su juicio hacía él.
Por eso Draco no podía perder. Por eso Draco no planeaba perder.
- ¡Finite Incantatem! – los objetos cayeron al suelo inertes y dejaron de golpearle por un momento; entonces, Draco volvió a animarlos y los empujó contra ella, regados por un río de fuego –. ¡Flipendo! ¡Incendio!
Hermione los contempló atravesar el espacio sobrecogida por un momento, impresionada por la estela de las llamas que se difuminaban en un amasijo de colores entre naranja y el rojo, pero el instinto fue más fuerte. Hielo contra fuego.
- ¡Glacius! – la ráfaga de aire helado logró apagar las llamas y Hermione se apresuro a poner fin al flipendo, con el mismo hechizo que Draco había empleado un par de turnos atrás –. ¡Finite Incantatem!
Su victoria fue breve.
- ¡Everte Statum!
Esta vez, el hechizo de Draco sí logró golpearla. Su cuerpo fue impulsado hacía atrás y rodó por la plataforma. El adolescente levantó su varita y se preparó para el ataque final. Hermione fue más rápida.
- ¡Fumus! – de la varita de la bruja emergió una corriente de humo, impidiendo a su oponente localizarla correctamente, lo que le otorgó algo de tiempo para recuperarse del golpe. Dos haces de luz, uno carmesí y el otro casi transparente atravesó el aire varios centímetros a su derecha, fallando en su objetivo –. ¡Demaius!
El hechizo surgió por sorpresa de entre la niebla y se dirigió velozmente contra Draco, quien aún tuvo tiempo de conjurar un escudo. Ella misma había revelado entupidamente su posición, un fallo tonto que Draco se aseguraría de que pagase muy caro.
- ¡Protego! ¡Impedimenta! ¡Inmovilus!
- ¡Protego! ¡Diffindo!
Harry observaba con preocupación como el número de heridas ascendía en los cuerpos de sus amigos, y como cada vez éstos se valían de hechizos más peligrosos para atacarse. Los estudiantes que rodeaban la plataforma contemplaban el duelo con algo más que interés, hipnotizados por los rápidos movimientos y el resultado incierto; cada casa apoyaba a un oponente e incluso los alumnos más mayores parecían sorprendidos por la destreza con la que se estaba llevando a cabo.
En ese momento, Draco volvió a emerger de estrellarse contra el suelo y Harry pudo ver que al levantarse cojeaba. Su labio todavía estaba manchado de sangre y su ceja se había abierto en un corte con muy mala pinta. Hermione no sangraba en el rostro, pero su brazo izquierdo permanecía inerte en un costado, como si se lo hubiese roto o le doliera mucho moverlo, y el derecho estaba atravesado por la herida de la flecha que había intentado sanar torpemente. Estaban empatados, uno empuñaba el ataque y la otra era una maestra en la defensa. Los resultados de ese duelo ya habían superado por mucho lo que debía estar autorizado en un colegio; ridículamente, aunque por distintos motivos, ninguno de los dos profesores parecía verdaderamente interesado en hacer algo para detenerlo.
Harry intentó acercarse a Snape, su única esperanza. Lockart estaba, sin duda, demasiado asustado para intentar algo.
- Profesor, por favor – no le molestó suplicar; si inclinaría de rodillas si con eso conseguía frenarlo antes de que acabase en desastre –. Ya ha sido suficiente. Deténgalo.
Snape lo taladró un momento con sus orbes tan profundamente azabaches; después giró el cuello para concentrarse de nuevo en la plataforma. Sus labios se curvaron involuntariamente en una imperceptible sonrisa. Harry supo que su lado más cruel, por no llamarlo sádico, estaba disfrutando con esa demostración de magia virulenta que componía el duelo. Sin embargo, sus ojos fueron atrapados de nuevo en Harry, y asintió una única vez con resignación.
Se complaciese o no de su profesión, Snape era un maestro de la escuela, y sería una falta terrible en su expediente que no interviniera antes de que dos alumnos acabaran cortándose en pedazos. Tentado por la posibilidad de semejante espectáculo, pero recordándose a sí mismo su deber – no admitiría ante nadie, ni siquiera ante sí mismo, que quizá se preocupara por el destino de, al menos, uno de esos dos alumnos –, el profesor de pociones preparó para finalizar el duelo.
A su derecha, el muchacho que le había rogado anteriormente adivinó sus intenciones y suspiró con alivio, integrando en su rostro una sonrisa bobalicona que le recordaba insoportablemente a su estúpido padre. A continuación, todos los eventos sucedieron de forma muy rápida.
- ¡Serpensortia! – había gritado Draco –.
Su intención no era otra que la de asustar a su oponente para ganar tiempo y vencerle con otro hechizo más certero. Había practicado varias veces esa invocación en compañía de Harry con excelentes resultados: víboras, cobras, corales, serpientes albinas…
Quedo tan sorprendido como el resto cuando una mortífera mamba negra de cuatro metros de longitud y pocos centímetros de ancho, la serpiente considerada más peligrosa en el mundo muggle, emergió de su varita y se lanzó velozmente contra la primera presa que se antepuso a sus ojos.
- ¡Hermione! – aquella exclamación provino de la garganta de Harry –.
La bruja no lo escuchó; estaba paralizada, como el resto de los presentes. La terrible serpiente alcanzó su altura en el tiempo que ocupa un parpadeo y alzó la parte posterior de su cuerpo, quedando sus fauces en paralelo a su cuello. Su cuello retrocedió unos pocos centímetros, sus colmillos gotearon veneno y…
- Detente – de nuevo, fue Harry quien hablara; sólo que ésta vez no lo hizo en el idioma común, sino que entonó la susurrante legua de las serpientes –. Detente, no le hagas daño. Por favor.
La mamba giró imperceptiblemente el cuello hacía él, pero sus mortíferos colmillos continuaba demasiado cerca del cuello Hermione para que cualquiera se arriesgara a destruirla.
- Tú… Humano… Hablas nuestra lengua pero, ¿por qué iba yo a obedecerte? Mi especie jamás cerró ningún trato con el Encatador de Serpientes. A diferencia de mis hermanas del otro continente… ¿por qué habría yo de profesarte lealtad?
Harry se devanó los sesos. Hermione estaba muy pálida, lo contemplaba con ojos suplicantes y parecía a punto de llorar. Draco tampoco presentaba mejor aspecto. Cualquier pizca de rubor había abandonado sus mejillas, que brillaban ahora tan pálidas como mortecinas. Sus ojos reflejaban un profundo conocimiento de culpa y también reflejaban temor.
Trató de apelar a su bondad.
- Ella no te invocado. Nunca te ha herido, ni…
- ¡Se ha convertido en mi presa! – lo interrumpió la serpiente; su viperina lengua emergió de su boca y con ella rozó casi la piel caliente del cuello de Hermione. La bruja cerró los ojos aterrorizada, pero continuaba inmóvil.
Que siguiera así, trató de trasmitirle Harry. Hasta ahora, dicha inmovilidad era lo único que le había salvado.
- Observa a tu alrededor – indicó; Snape y Lockart la apuntaba con la varita, el primero con mano izquierda elevada impidiendo que el otro hiciese cualquier movimiento; algunos prefectos de los cursos superiores imitaban sus posturas –. Si la matas a ella, ¿a cuántos más podrás? ¿Uno, dos, tres? A lo sumo. Inmediatamente después, estarás muerta. Si le perdonas la vida, te doy mi palabra de que se hará lo mismo contigo.
- ¿Y confiar en ti, mago? ¿Qué validez me ofreces?
Harry sospesó sus opciones con resignación. Suspiró profundamente y comenzó a ascender, muy despacio, sin presentar ninguna amenaza, las escaleras que conducían al estrado. La mano izquierda de Snape se posó sobre su cuello como si deseara retenerlo, pero él insistió y finalmente le permitió ir. Sin romper en ningún momento el contacto visual con la serpiente, se aproximo hasta quedar a escasos centímetros de distancia.
- Déjala a ella – ofreció –. Enróscate alrededor de mi cuello. Te ofrezco mi vida como prueba de mi palabra.
La serpiente dudó. Harry contempló la duda corroyendo su mente a través de sus ojos ambarinos. Pero el deseó de preservar la vida fue más fuerte que el de conservar a su presa. Lentamente, su cuerpo serpentino comenzó a abrazar el cuello de Harry precursado por sus colmillos, que aún mantenía abiertos y filosos, alerta ante cualquier súbito ataque.
Harry escuchó como los murmullos se extendían entre los espectadores, tensando el cuerpo de la desconfiada serpiente. Deseó maldecirlos. Por un segundo, su mente trajo a su memoria el recuerdo de Sky – ella jamás habría atacado a un humano sin su permiso, y jamás habría enfocado sus peligrosos colmillos contra él – pero lo desechó en seguida; no era el momento para la nostalgia. A escasos centímetros de él, Hermione estaba muy pálida, más aún que cuando era su vida la amenazada; la valiente bruja parecía a punto de desmayarse. El aspecto de Draco no era mucho mejor. Bueno, se lo merecía.
- ¿Qué diablo cree usted que está haciendo, Potter?
Harry giró su cuello muy lentamente para encontrarse con la turbada mirada de su profesor de pociones. Había hablado en un susurro, tan frío como deslizante, pero no bastó aquella máscara para evitar que Harry percibiese su miedo. Por él. Por su seguridad.
Mientras meditaba qué contestar, la mamba negra concluyó de enroscarse cómodamente alrededor de su cuerpo.
- Es un trato – explicó el voz alta, retornando a la lengua común –. Mi vida por la suya. Si la envío de regreso a donde se encontraba antes de que Malfoy la llamara – pronunció el apellido con rabia –, no me morderá.
Snape asintió, aunque todavía parecía sumido en un shock. No era nada si se comparaba con el resto de los presentes. Si Harry no hubiese percibido la tibia piel de la serpiente presionar contra su cuello en un movimiento impaciente, se había sentido ofendido por los que lo contemplaban como si fuera un monstruo de feria muy peligroso.
No tenía tiempo para molestarse. Alzó la varita y se concentró con fuerza. Aquel era un hechizo muy complicado y difícil, cuya complejidad se incrementaba aún más debido a la distancia. El año anterior lo había empleado una única vez, pocas semanas antes de que acabase el curso, para transportar una pequeña piedra desde el tercer piso hasta su dormitorio y se había desmayado por el agotamiento. Auque también es cierto que entonces acaba de superar un duelo a muerte. Esta vez, las condiciones eran algo mejores.
Sacudió la varita, pronunció las palabras y se concentró, permitiendo que la magia emergiese de dentro de sí. La serpiente se sacudió un momento y su cuerpo brilló, Harry temió que había fallado; pero al segundo siguiendo, su estela se desvaneció. Como si nunca hubiese estado allí. Ya no existía presión en su cuello. No tuvo tiempo siquiera para respirar tranquilo.
Harry percibió como un material muy sólido apresaba su brazo y lo arrastraba fuera del Gran Comedor. Intentó protestar – aún debía verificar el estado de salud de Hermione, y de Draco, admitió a regañadientes, y acompañar a la muchacha a la enfermería –, pero sus protestas fueron inútiles. La estela de una capa oscura ondeando tras sus veloces pasos fue todo lo que quedó tras de sí.
Hasta que Snape lo soltó. Habían llegado a su despacho.
- ¡Ay! – la presión en su brazo se desvaneció, pero dejó un sordo eco de dolor tras ella; Harry se acaricio la zona herida con resentimiento –. Me ha hecho daño – se quejó, sin importar que sonase infantil –. Eso no era necesario.
- Me trae sin cuidado, Potter – el hombre desechó sus protestas –. ¿Qué entiende usted por no llamar la atención? Creo que la última vez que estuvo aquí le deje muy claro cuál era su condición. Realizar encantamientos de séptimo grado y entonar la lengua de las serpientes delante de todos sus compañeros no entra dentro del contrato.
- ¡No tenía otra opción! Iba a matarla. Hice lo que tenía que hacer.
- Fue un movimiento tan arriesgado como presuntuoso, digno hijo de padre.
Snape era un maestro en mantener su fría y presunta calma pese a la ira que centelleaba en sus ojos negros. Harry pudo ver que realmente creía lo afirmado. Estúpidamente, aquel reproché le hirió; aunque no se hiciese consciente de tal hecho hasta mucho tiempo después.
- ¿Presuntuoso? – la palabra se tornó amarga en sus labios; su mejor amiga había estado a punto de morir envenenada y lo acusaba de ¿presuntuoso? –. En tal caso, ¿qué se puede decir de usted? Tan sádico como infantil. Si hubiese detenido ese duelo cuando debió hacerlo, nada de esto habría ocurrido.
- ¡Suficiente! – Snape se irguió en toda su estatura, varios decímetros por encima de Harry –. ¡No olvide con quién está hablando, Potter! – sonó más a amenaza que advertencia –.
- Usted parece olvidar que es de la vida de mi mejor amiga de quien estamos hablado – Harry se obligó a replicar, manteniendo la mente fría; un enfrentamiento directo con Snape era lo último que necesitaba y no le convenía –. Pensé que, usted mejor que nadie, lo comprendería.
Tal vez él no amara a Hermione del mismo modo que Snape había amado a su madre, pero el hecho de que su amor por ella fuera totalmente fraternal no lo hacía menos profundo. Un pequeño cambio se produjo en los orbes del profesor, tan pequeño que otro menos observador, o que lo conociese un poco menos, no lo habría notado. Fue como su un iceberg de hielo se desquebrajara y dejara entrever una chispa del profundo dolor que se ocultaba en lo más profundo de sus entrañas.
- Es su elección, Potter. Usted enfrentara las consecuencias – la voz de Snape sonaba extrañamente serena, comparada con la agitación anterior; había dado la espalda a Harry y éste adivinó que huía su mirada; no soportaba sentirse vulnerable frente a nadie, menos frente a él –. Ahora váyase a su dormitorio y quédese allí el resto del fin de la tarde – ordenó con sequedad –. Y rece – añadió en el último momento –, porque a los oídos de Dumbledore no llegue palabra sobre el incidente, o porque éste decida no mostrar interés sobre él.
Harry asintió y abandonó el despacho con paso seguro, auque, desobedeciendo las órdenes, no tomó la dirección hacía su dormitorio, sino aquella que lo conduciría hasta la enfermería. Tomó varios atajos y se oculto de los pocos alumnos que hubiera podido encontrarse con él. Cuchicheaban. Y no necesitaba ser un genio para adivinar el tema de conversación. Él. Él y su "maligna" demostración de la lengua pársel.
Por suerte, logró evitarlos a todos hasta llegar a la enfermería. Un cubículo de paredes muy blancas, separadas entre sí por cortinas del mismo color y varias camas entre ellas, que apestaba a pociones curativas y desinfectante, le traía varios recuerdos. Y en su mayoría, no muy gratos. Harry comprendió que no había vuelto a pisar el hospital desde su larga convalecencia a finales del año pasado.
Golpeó la puerta con los nudillos antes de entrar y fue alivio cuando Madame Pomfrey, pese a su usual reprobación a las visitas, lo recibió con solemnidad y lo condujo en seguida a la cama donde se hallaba descansando su amiga, como si hubiese estado esperando su visita desde el principio. Harry se preguntó cuánto habría escuchado sobre el accidente. ¿Sabría ya que él era un parselmouth? Si así era, no connotaba ninguna diferencia en su trato.
Hermione no presentaba muy buen aspecto. Continuaba extremadamente pálida y su melena de rizos estaba tan enredada que ofrecía el aspecto de una fregona vieja. Había un pequeño corte surcando su mejilla, que comenzaba a desaparecer, y lo mismo ocurría con la herida de su brazo derecho. El izquierdo permanecía inmóvil sobre el colchón, sujeto por un cabestrillo, y la bruja se mordía los labios para contener un gemido de dolor cada vez que sin querer lo movía.
Harry se colocó a su lado en la cabecera.
- ¿Cómo te encuentras? – preguntó con suavidad –.
- No es nada grave – los ojos de la niña centellearon durante segundo, culpables, antes de desviar la mirada al cabestrillo –. Lo peor es este brazo, me lo he torcido. Pero Madame Pomfrey afirma que tardará sólo unas horas en sanar, y que no será necesario que me quede aquí esta noche. Lo siento mucho, Harry – concluyó, a punto de llorar –.
- ¿Qué? No seas tonta. Nada de estos es culpa tuya. Tú sólo te defendiste.
- Pero la serpiente, si hubiera… Por mi culpa…
Sus balbuceos eran prácticamente inteligibles, pero la herida de sus ojos centellaba profunda. De verdad se sentía culpable. Y aterrada. Aterrada no por su seguridad, sino porque a él hubiese podido ocurrirle algo. Harry sintió un agudo dolor en su pecho. El sufrimiento de Hermione se materializaba como propio.
Siempre se había sentido reacio al contacto físico. Tal vez debido a que se crío con una familia que lo odiaba, que jamás lo había abrazado ni hecho sentir protegido, o que las únicas veces que sentía su tacto iban acompañadas del severo dolor de la paliza, pero el contacto humano lo hacía sentir vulnerable. Sin embargo, en aquel momento, su mano se alzó voluntariamente y sus dedos acariciaron el rostro de Hermione con completa complicidad, en un toque muy íntimo que no conllevaba ninguna emoción negativa. La bruja cerró los ojos y suspiró con alivio.
- Yo estoy a salvo, ¿de acuerdo? Se necesita mucho más que una serpiente para hacerme daño – prometió, ante esos ojos castaños que volvía a contemplarlo –. Ahora tienes que recuperarte tú. Eso es lo único importante.
Hermione asintió y Harry se sintió más relajado. Lo suficiente para percibir como unos ojos grises lo espiaban con emociones contrariadas. No giró el rostro para encontrarse con ellos.
Desde que entró en la enfermería, supo que Hermione no estaba sola. Draco también descansaba a unas pocas camas de distancia. Pero Harry no había querido ir a verlo. El enfado con él era lo suficientemente fuerte para no saber si deseaba su recuperación, o si prefería maldecirlo. E intuía que si esos ojos grises atrapaban los suyos y se clavaban en su alma, tan asustados como arrepentidos, la furia no sobreviviría mucho tiempo. Pero tenía motivos para estar enfadado.
Harry sabía, tan bien como lo sabía Snape, que no existía manera humano ni infrahumana de que Dumbledore no llegase a descubrir incidente, así como las escasas posibilidades de que no llegase a interesarse por él.
Dado que Hermione estaba más o menos a salvo, y dados los graves motivos que habían desencadenado el enfado de Draco, hubiese sido fácil perdonar su conducta infantil y violenta al iniciar ese estúpido duelo –duelo que, tozudamente, Hermione había continuado –. No obstante, habían sido sus acciones egoístas y desprovistas de control las que habían obligado a Harry a revelar uno de sus más preciados secretos frente a toda la escuela y, prácticamente, a convertirse en un blanco de investigación e injurias por parte de la luz. Resultaba un poco más difícil perdonarlo por ello.
Harry meditó sobre ello mientras regresaba a la soledad de su dormitorio, pero se sentía demasiado cansado para trabajar en la solución del problema justo ahora. En vez de eso, prefirió sustraer el diario de su pecho y confió en que una larga y profunda conversación con Tom sirviera para relajarlo. Después de todo, su compañía siempre servía para incrementar positivamente su estado de ánimo.
El tiempo transcurrió con extraordinaria rapidez mientras hablaba con él. Faltaban sólo unos minutos para el toque de queda, cuando la figura de Draco se escurrió dentro de la habitación. Su rostro estaba bastante demacrado y en sus manos sostenía un sobre abierto y un pergamino de aspecto caro. Aunque Harry seguía oficialmente enfadado con él, su preocupación se extendió ante su estado y temió que la carta pudiese traer malas noticias.
- ¿Qué ha ocurrido?
Draco giró el cuello hacía él con sobresalto, como si estuviese sorprendido de que Harry le hablara. Su rostro se contrajo con culpa.
- Es mi padre. Dice que ha hablado con el Ministro y que está tan disgustado como él por la redada; que no había dado permiso, y que todo se está solucionando. Me pide que no haga ninguna tontería.
Un poco tarde para eso, ¿no crees? Harry se mordió el labio con fuerza para que no se le escaparan las palabras. Aunque fuesen ciertas, Draco parecía ya por sí mismo suficientemente destrozado para que él añadiera más carga. Se giró de espaldas y se dirigió de nuevo hasta su cama, para cerrar las cortinas de terciopelo.
Su rostro desencajado, sin rastro del ego o el engreimiento habitual, totalmente hundido en sus defectos, cruzó de nuevo su mente. Aquel no era Draco. Aquel nunca había sido su amigo. Y algo en su férrea defensa se ablandó. Tuvo que añadir algo más, unas pocas palabras insustanciales que le demostraran a él y, también a sí mismo, que, aunque ahora mismo se hubiese roto, su amistad siempre perduraría en el tiempo.
- Me alegro de que tus padres estén a salvo.
Aquellas fueron las últimas palabras que dirigió a su mejor amigo en una larga temporada.
S
Hermione escupía fuego cuando entró en la Biblioteca. Harry lo supone en seguida, sin necesidad de que ella arrojara su mochila de mala manera sobre la mesa, y bufara demasiado alto.
- Ese estúpido, Weasley. ¡No lo soporto! – exclamó con ira -. Han pasado tres semanas desde ese ridículo duelo, y aún no se la ha metido en la cabeza que aunque yo me pelara con públicamente con Malfoy, eso no me convierte en su amiga. Cada vez estoy más convencida de que sufre un retraso mental, ¡ni sus propios hermanos lo soportan!
- Creo que el hecho de yo hablara en pársel delante de él también aliente ese comportamiento – determinó Harry, muy poco sorprendido por la explosión de su mejor amiga -. Ahora está más convencido que nunca de que yo soy un ser maligno o algo así.
Y no era el único. Desde que revelara públicamente su condición de parselmouth, las cosas habían cambiado mucho en la escuela, especialmente, en la opinión de los demás estudiantes sobre él. Los de su propia casa, con la obvia excepción de los de su mismo curso, con quienes la relación era lo suficientemente estrecha para obviar esa reacción, lo observaban ahora como si el fuera un especie de precursor, o algo así. La mayoría lo admiraba, los prefectos lo colocaban como ejemplo durante sus clases de Historia y lo saturaban a preguntas como si creyesen que él poseía todas las respuestas. Ya no había miradas de desconfianza, ni cuchicheos sobre él aunque lo vieran compartir el tiempo con Hermione. La posibilidad de que un parselmouth fuera traidor era inimaginable.
Los Ravenclaw compartían en su mayoría esa concepción, aunque también se mostraban algo más cautos a la hora de demostrarlo. Los Huflepuff estaban divididos, muchos los temían, otros lo admiraban, y había algunos que lo temían, aunque también reconocían que en ningún momento hizo otra cosa que proteger la vida de Hermione y que había sido muy valiente arriesgando la suya propia en el proceso.
Sorprendentemente para Harry, según le había jurado Hermione, existía una sorprendente cantidad de Gryffindor que compartían esa postura. Por supuesto, Ronald Weasley no formaba parte de los moderados, pero sus hermanos no habían variado en nada su comportamiento hacia Harry, aunque ahora tendía a llamarlo "nuestro domador de serpientes favorito" cada vez que se cruzaban por los pasillos. Neville también le había ofrecido su apoyo, y esa chica rubia… Parvati, seguía sonrojándose cada vez que coincidían juntos en algún aula.
- ¡Pero lo hiciste para protegerme! – la efusiva voz de Hermione lo distrajo de sus cavilaciones. Harry parpadeó e intentó centrar su atención en ella aunque fuera difícil; se sentía muy cansado -. No entiendo como no pueden ver eso.
- Que más da – el muchacho se encogió de hombros con desgana -. Me importa una mierda lo que ellos piensen.
La bruja a su lado entrecerró los párpados e intentó olvidarse de su propio enfado para examinarlo con objetividad. Estaba paliducho y profundas ojeras azules afeaban sus párpados. Sus ojos verdes habían perdido también parte de ese brillo que los hacía especiales.
El aspecto del idiota de Draco, aún cuando apenas se hubiese cruzado con él por los pasillos, no era mucho mejor. Era obvio que ambos se echaban de menos y que sobrevivían a duras penas sin el otro. Hermione frunció el ceño y se odió a sí misma por ser tan buena amiga.
- ¿Has hablado con él? – preguntó distraídamente -.
Los hombros de Harry se tensaron de inmediato, aunque no dio otra señal de que sentirse incomodado.
- Ya sabes que no.
- Deberías.
Harry suspiró y apartó de mala gana la vista de sus libros para observar a su amiga. Sabía que ella se preocupaba por él y que no debía enfadarse, pero odiaba que tocara aquel tema.
- ¿No se supone que deberías estar contenta de que no le hable? Os odiabais. No había día que no quisierais mataros el uno al otro. ¿Qué te ha hecho cambiar de idea?
Hermione se modio el labio.
- No me preocupo por él, me preocupo por ti. Estás siempre tenso y estresado y te excusas detrás de los estudios y de las reacciones de la gente, pero lo que en realidad pase es que le echas de menos.
- Muy observadora. Estuvo a punto de matarte.
- Esa no fue su intención. Perdió el control de sus nervios, igual que lo hice yo. Además, él se disculpo conmigo…
Hermione todavía recordaba la sorpresa que sintió cuando Malfoy se había acercado a ella pocos días después de que le dieran el alta en la enfermería, con la vista clavada en las baldosas del suelo y sin mirarle, susurró una breve disculpa, seguida de un torpe tartamudeo en el que juraba, textualmente, que aunque ella no le gustaba mucho, nunca había sido su intención causarle verdadero daño. Él era sincero en esa disculpa y, lo que es más, estaba avergonzado por sus acciones.
— Y yo lo perdone — continuó la bruja, agitando la cabeza para disipar los recuerdos —. Seamos sinceros, Harry. Estoy bien. Y ambos sabemos que ese no es el motivo por el que dejaste de hablarle.
Harry suspiró con desgana Hermione tenía razón, como siempre. Cuando Draco había provocado aquello, después de las veces que le suplicó que se detuviera… Se sintió traicionado. Y muy asustado. Su amigo había puesto en peligro a Tom sin saberlo. A causa única de su estupidez. Por lo menos, en las semanas posteriores al accidente, Dumbledore no había dado muestras de interesarse. Su desconfiada curiosidad hacia él no se había incrementado. O eso parecía…
- Simplemente piénsalo, ¿de acuerdo? – insistió Hermione -. Eso es todo lo que pido. Me he dado cuenta de que os necesitáis el uno al otro y, lo reconozcas o no, tú también lo sabes.
- De acuerdo — accedió de mala gana —. Lo pensaré.
Odiaba tener una amiga tan tozuda, pero se sentía feliz en cierta manera de que ella se preocupara tanto con él. Había acertado en cada una de sus suposiciones. Lo echaba de menos. Muchísimo. Y, después de todo, el incidente había acabado bien. Hermione estaba a salvo y Tom continuaba siendo un secreto. Tal vez ya fuera hora de perdonar. Por el bien de ambos.
Aquella noche, en su cuarto, aguardó sentado en uno de los sillones situados frente a la puerta hasta que Draco apareciese. Y unas pocas palabras fue todo lo que necesito para sabe que todo iban bien. Volvía a ser amigos y, en su sangre, de nuevo sentía que todo volvía a ir bien.
¡Buenos días! Sé que a pasado bastante tiempo desde la última vez, lo cierto es que no tengo excusa. Me supero la universidad. El año pasado apenas pasé por clase y las notas se resintieron, y éste intento mantener una media de sobresaliente en la mayoría de las asignaturas para compensar.
Pero no toda la culpa es de la uni. Lo cierto es que me sentía algo cansada de la historia. Casi un año trabajando con Harry Potter, y los que aún quedan... No sé, digamos que voló la inspiración y el cariño a los personajes. Necesitaba tomarme un tiempo para indagar por otros rincones, espero que lo entendais. Aun así fui escribiendo, sólo que no estaba segura de que me gustara o de querer publicarlo todavía. Pero aquí estoy, así que confi oen que lo hayais disfrutado.
Este capítulo va dedicado a vosotros, ya sabeis quienes, las maravillosas personas que me dejais un reviews tras otro en cada capi, mandandome vuestros animos de manera incansable, y a Johan, que sin su PM preguntando por mí no se me habría actividado el ansia de escribir y este capi no estaria aquí.
No voy a a mentiros, no sé para cuándo será el siguiente. Confio que para Navidades, y ahí Harry y compañía llegarán a la Mansión Malfoy. Tengo algunas ideas interesantes... XD
Un saludo mientras tanto, y de nuevo disculpas por mi tardanza.
Anzu Brief.
