9

BPOV

No reaccionó de la forma que ella esperaba. Pero el supuesto señor Masen no era nunca como ella pensaba. No protestó, no se enfadó, lo único que hizo fue pestañear.

—Muy bien. ¿Quién soy? —preguntó en tono razonable.

El coche vibraba bajo ella con un sonido de terciopelo, y lo que más deseaba era cerrar los ojos, apoyarse en el respaldo y absorber todas las sensaciones que le provocaba.

Estaba claro que aquel hombre tenía muchas facetas ocultas, si poseía un coche como aquel. Pero incluso aquello no le hacía menos peligroso que una serpiente.

—Sabe tan bien como yo que es un periodista y que está investigando sobre los crímenes —se concentró en hacer pequeños pliegues con la tela de su jersey de flores—. La gente como usted no tiene compasión por las víctimas. ¿Por qué quiere ahondar en el dolor de otras personas?

Él no se molestó en negarlo.

—Creo que las víctimas ya no sufren.

—Las tres chicas no fueron las únicas víctimas. Sus familias y la ciudad entera sufrieron por ello —no pudo disimular la ira que había en su voz.

—Ni siquiera estaba aquí cuando ocurrió. ¿Por qué le importa tanto?

—¿Cómo sabía que yo no estaba aquí? —le preguntó ella con desconfianza.

—Si yo fuera periodista habría hecho mi trabajo y habría averiguado quién vivía aquí entonces y quién continúa viviendo, para poder interrogarlos. De hecho, usted me dijo que se acababa de mudar hace unos meses, ¿o es que se le había olvidado?

Ella no recordaba habérselo dicho, pero eso no probaba nada.

—Eso no significa que yo no veraneara aquí. Podría recordarlo todo perfectamente.

—En aquel tiempo no tendría más de diez años —dijo él—. Y no estaba aquí cuando ocurrió. No malgaste su tiempo intentando convencerme de lo contrario.

—Entonces, ¿qué está usted haciendo aquí? —insistió ella.

—Creía que ya se lo habría imaginado. Soy un periodista que está investigando sobre un crimen muy antiguo. Aunque no entiendo muy bien qué interés podría tener un periodista en un crimen antiguo.

La convicción de Bella empezó a resquebrajarse.

—Es un crimen sin resolver. A la gente le fascinan ese tipo de crímenes. Además, tiene todos los ingredientes: sexo, drogas y muerte.

—A la gente, normalmente, le gustan la fama y el dinero en una historia de asesinatos, y yo no he oído nada acerca de un tesoro escondido o de un político involucrado en todo el asunto. ¿Y quién ha dicho que está sin resolver? Que al final el chico fuera puesto en libertad por un tecnicismo jurídico no significa que todo el mundo piense que es inocente. Era un mal tipo, para empezar. Cualquiera que estuviera aquí podrá decírselo. Y a la buena gente de Colby le resulta más fácil creer que un intruso asesinó a las mujeres de su vecindad que no uno de los suyos —había algo de tristeza en el tono de su voz, algo que ella no podía definir.

—Bueno, tiene que querer algo, porque de lo contrario no estaría aquí —dijo Bella, sin querer rendirse.

—¿Y por qué ha deducido que soy periodista? ¿Por algo que he hecho o he dicho?

—Por sentido común. Vi los libros de su habitación. La gente normal no tiene libros sobre asesinatos reales para leer en vacaciones.

—A mucha gente le interesan ese tipo de novelas. Solo tiene que mirar las listas de libros más vendidos.

—Así que está escribiendo un libro —dijo ella—. Debería haberlo supuesto. Probablemente le han dado un anticipo de un millón de dólares y no le importa a quién vaya a hacer daño.

Él giró y se metió por una carretera secundaria que se alejaba del lago. Tenía en el rostro una expresión indescifrable. No lo miraba directamente porque no quería que él se diera cuenta; no conseguía averiguar qué le causaba tanta inquietud en aquel hombre.

—Parece que usted ya lo sabe todo —replicó él, concentrándose en la carretera estrecha y en mal estado—. Si usted es tan buena resolviendo misterios, quizá debiera estar escribiendo el libro.

—No me gustan las historias de crímenes reales —le dijo con frialdad—. No disfruto con el dolor de otras personas. Si hubiera sabido antes lo de los asesinatos de Colby, habría buscado otro lugar para mudarme.

—Pues habría tenido que buscar mucho para encontrar una ciudad que no tuviera ningún asunto sangriento que esconder —su voz no transmitía emoción alguna, pero Bella se estremeció al oír sus palabras—. Siempre hay problemas tras una atmósfera bucólica.

—La suya es una actitud bastante cínica. Si no es periodista ni escritor, ¿quién es usted? Y a propósito, ¿dónde vamos? —por primera vez notó una punzada de inseguridad en el estómago. ¿Qué demonios estaba haciendo con un completo extraño, que además le provocaba un recelo ilógico? Los Stanley debían de haberla visto marchar, podrían testificar si ella desaparecía...

—Dudo que vaya a creer nada de lo que yo le diga —dijo él, sacándola de sus pensamientos aterrorizados—. Estoy de vacaciones, y quería paz y tranquilidad. No ancianas vagando por mi cocina en mitad de la noche, ni ex esposas amas de casa que me traigan galletas.

—¿Ex esposas amas de casa? —dijo, notando cómo su pánico se transformaba en indignación—. Yo nunca he estado casada.

—Vaya sorpresa —murmuró él en voz baja.

Ella no podía golpearlo mientras conducía, porque no quería arriesgar el Jaguar.

—¿Adonde me lleva? —le preguntó.

—No la estoy llevando a ninguna parte. Usted insistió en venir conmigo, así que ahora tendrá que aguantarse. Y si es tan buena haciendo suposiciones, ya debería saber adonde vamos.

Bella miró por la ventanilla.

—No hay nada por esta carretera, excepto la granja del viejo Mackin y el... —se interrumpió.

—El cementerio.

A Bella se le hizo un nudo en la garganta.

—No ha hecho bien sus deberes —dijo después de un momento—. Las chicas no están enterradas en el viejo cementerio McLaren. Están en el cementerio del pueblo.

—No estoy buscando sus tumbas —dijo él. Detuvo el coche a un lado de la carretera. El cementerio estaba desierto. Había una valla blanca despintada y podrida, y la hierba crecía libremente entre las lápidas.

—Entonces, ¿por qué estamos aquí? No han enterrado a nadie en este cementerio desde hace treinta años. Ni siquiera se molestan en cortar la hierba. La mayoría de la gente ni siquiera se acuerda de que hay un cementerio aquí. Nadie viene nunca.

—Usted lo conocía —respondió él.

Salió del coche, pero Bella no se movió durante un instante. No confiaba en él. Podría encerrarse en el coche, deslizarse en el asiento del conductor y largarse. Aquello tenía dos ventajas. La primera era que dejaría de ponerla nerviosa. No creía que fuera a hacerle daño, realmente, pero todavía tenía un resquicio de duda. Y la segunda, que le daría la oportunidad de conducir aquel glorioso coche. Él se había dejado las llaves puestas, y solo tardaría un segundo en...

Él metió la cabeza y el brazo dentro del coche y sacó las llaves.

—Ni lo piense —dijo en un tono desprovisto de cualquier emoción—. No va a conducir este coche. ¿Viene o no?

No le quedaba otro remedio. Dejó el plato de galletas en el asiento de atrás y salió. Lo siguió dentro del cementerio. Parecía que él estaba buscando algo, pero no podía imaginarse qué. Caminaba relajadamente, leyendo las inscripciones de las tumbas, hasta que finalmente se paró en una.

—Me parece que no somos los únicos que venimos aquí —dijo—. Dígame, ¿quién cree que ha traído estas flores?

Ella miró hacia la lápida. Había un ramo de flores amarillas marchitándose al sol. Era la tumba de Adeline Percey, que había muerto en mil novecientos setenta y tres, a los diecinueve años. Bella procesó la información en el cerebro, intentando recordar quiénes eran los Perceys, y al final lo consiguió. Su hija había muerto en un accidente en una barca, durante su primer año de universidad.

—Lo más probable es que hayan sido sus padres. Los Percey todavía viven a las afueras de Colby.

—Quizá —dijo él—. ¿Qué clase de flores son esas?

—No lo sé.

—¿Qué quiere decir con «no lo sé»? Yo pensaba que lo sabía todo. Deben de ser muy comunes por estos parajes.

—Señor Masen —se detuvo, furiosa—. No voy a llamarle más con ese nombre falso.

—Puede llamarme como quiera.

—No uso esa clase de lenguaje. No sé qué flores son esas porque no son comunes por aquí. Las había visto antes, pero no me acuerdo dónde. ¿Es que es tan importante?

—No —respondió él.

—Entonces, ¿porqué estamos aquí, y porque me está haciendo estas preguntas, y qué tiene todo esto que ver con las tres chicas asesinadas?

Por un instante, él se quedó callado, mirando la tumba medio abandonada y el ramillete de flores moribundas.

—Estoy pensando que fueron cuatro —dijo—. Y quizá más.

—¿No cree que alguien ya lo habría averiguado antes? —le dijo cáusticamente.

—No, cuando las autoridades tuvieron la necesidad de encontrar un chivo expiatorio —se arrodilló al lado de la tumba, mirándola como si encerrara las respuestas de mil preguntas. Y por fin, Bella se permitió a sí misma mirarlo fijamente.

Llevaba una camisa y unos vaqueros, y las gafas se le habían oscurecido con el sol. Si los ojos eran una entrada hacia el alma, la suya estaba herméticamente cerrada.

Después de un rato, él se levantó y la miró.

—¿Alguna pregunta más? Supongo que no, porque usted ya habrá averiguado todas las respuestas.

—Mire, yo no quería venir aquí con usted, en primer lugar. Yo solo quería darle las gracias por traer a mi madre a casa.

—Y advertirme que mantenga las distancias en el futuro. ¿Qué piensa que hice? ¿Atraerla a mi cueva? No he venido aquí para que me invadan ancianas locas ni jóvenes en edad para casarse.

—¡Yo no tengo intención de casarme! —protestó ella.

—Me refería a su hermana.

—Oh —la idea era, de alguna forma, deprimente—. Bueno, me alegro de oír eso —dijo rápidamente, recuperándose—. Vigilaré a mi madre para que no le moleste más.

—¿Y qué pasa con la mocosa? —ya casi habían llegado al coche. El sol había desaparecido tras una nube, y hacía un poco de fresco.

—La mantendré tan lejos de usted como sea posible. Ella es tan joven y tan tonta como para pensar que usted está dispuesto, y no quiero que...

Ya estaban al lado del Jaguar, y ella estaba a punto de entrar en el asiento del pasajero cuando él puso el brazo entre ella y la puerta. Bella se volvió hacia el otro lado, pero él la atrapó por completo apoyando el otro brazo en el coche también. Estaban a kilómetros de distancia de cualquier sitio habitado, y nadie la oiría gritar. Tragó saliva, intentando lanzarle una mirada desafiante, y no atemorizada. No fue muy efectivo. No podía verle los ojos tras las lentes oscuras, pero tenía la boca curvada en una sonrisa vaga y fría.

—¿Tan joven y tan tonta como para creer que estoy dispuesto? —repitió él—. Supongo que usted no se considera joven y tonta.

—No, realmente no —le tembló un poco la voz, y pidió al cielo que él no lo hubiera notado. La única forma que tenía de escapar de aquella situación era no demostrar que tenía miedo. Notaba las piernas larguísimas de aquel hombre a través de su falda, y sentía el calor de su cuerpo. Estaba cerca. Demasiado cerca.

—Entonces, ¿por qué se muestra tan asustadiza conmigo? Podría llegar a creer que está completamente aterrorizada.

Ella no se movió. Si lo hubiera intentando, tampoco habría podido, porque él la tenía atrapada entre su cuerpo y el coche. Era demasiado como para no demostrar miedo, pensó desesperadamente. Sería una pérdida de tiempo negarlo.

—Usted me pone nerviosa —reconoció después de un momento.

—¿De verdad? ¿Solo yo, o todos los hombres en general?

Debería empujarlo. Pero empujarlo significaba tocarlo, y si él no se movía ¿qué haría ella con las manos sobre su cuerpo?

—No me gusta que me inmovilicen contra un coche en mitad de la nada —dijo en el tono más frío que pudo.

—Sí, pero es un Jaguar XJ6 clásico —se burló él—. Seguro que eso compensa la indignidad. Y además, se ha comportado así desde el primer día en que la vi. ¿Por qué la asusto? ¿Qué piensa que he hecho?

Aquella pregunta asombró a Bella.

—Absolutamente nada. Es solo que no me gustan...

—¿Los hombres en general? ¿O solo yo?

Su miedo se estaba desvaneciendo a medida que se ponía furiosa.

—Estoy segura de que usted no me gusta —le contestó—. Y ahora, déjeme en paz.

—Convénzame —dijo él en voz baja.

—¿Qué?

—Convénzame —repitió él. Y para su absoluto horror, ella vio cómo se inclinaba para besarla.

Resultó beneficioso tener el coche detrás de ella y sus brazos a ambos lados. De otro modo se habría caído al suelo de asombro. Intentó esquivarlo, pero él le tomó la cara entre las manos y la sujetó hasta que atrapó sus labios con la boca, y le dio un beso lento, húmedo, profundo.

Ella cerró los ojos. Se dijo que permitía aquello porque no podía hacer otra cosa y no podía escapar. No quería mirarlo. Él le rodeó la cintura y la atrajo hacia sí, y ella se dejó, sintiendo cómo la apretaba contra su cuerpo. El cuerpo duro, la boca húmeda y las manos que la sujetaban y no la dejaban escapar.

No quería irse. Quería que un hombre espectacular la besara a la luz del día. Ojalá hubiera sido cualquier otro hombre espectacular, y no aquel, que tenía más secretos de los que ella nunca podría imaginar.

Pero no importaba lo que le dijera su cerebro. Su cuerpo, su boca, su alma lo deseaban a él, y cuando oyó un suave sonido de ansia, supo que ella misma lo había emitido. Él había dejado de besarla, pero no se movió. Sus caderas la empujaban hacia el coche y todavía le sujetaba la cara con las manos. Ella abrió los ojos, aturdida, y miró su rostro inescrutable, protegido por las gafas oscuras, y se preguntó si haría el amor con las gafas puestas. Y entonces se dio cuenta de que se había abrazado a él. Tenía los brazos alrededor de su cintura. Los quitó rápidamente para empujarlo.

Él no se inmutó. Tan solo la miró.

—Así que no era cierto.

—Apártese de mí.

—En un minuto —su voz sonó perezosa, provocativa, y la besó de nuevo. Y ella le devolvió el beso.

Él deslizó las manos detrás de ella y la apretó contra su cuerpo para que sintiera toda su excitación. Aquello debería haberla asombrado, o por lo menos asustado. Sin embargo, arqueó las caderas contra él, frotándose, deseándolo.

—Entra al asiento de atrás —le dijo él con la voz ronca. Con una mano, empezó a subirle un lado de la falda al acariciarle la pierna.

Ella volvió a la realidad estrepitosamente. Él no se lo esperaba, y cuando Bella lo empujó hacia atrás, perdió el equilibrio y se separó de ella. Bella aprovechó para meterse al coche antes de que él pudiera agarrarla y cerró los pestillos. Se quedó allí sentada, jadeando, mirándolo con una expresión de triunfo.

Él respiraba normalmente. Ella no pudo evitar que la mirada se le desviara hacia su entrepierna, al nivel de sus ojos, preguntándose si se había imaginado su erección. No lo había hecho.

Esperó a que él le pidiera que abriera la puerta para poder mandarlo al infierno. En vez de eso, él se metió las manos al bolsillo, haciendo que los vaqueros marcaran más el bulto indiscreto, y sacó las llaves tranquilamente.

Ella intentó cerrar el pestillo otra vez, pero no pudo. Cullen abrió la puerta y se sentó en el asiento del conductor. Le tomó las muñecas con una mano y la obligó a volver a su asiento.

—Todo lo que tenías que hacer era decir «no» —dijo él suavemente.

—Lo hice.

—Yo no lo he oído.

—No —dijo, furiosa—. No se te ocurra volver a ponerme las manos encima.

—Sí, señora. Ni a su madre, ni a su hermana, ni a usted. ¿Tiene alguna otra orden que darme? —arrancó el coche mientras hablaba.

—Vete del pueblo.

—No creo que lo haga. Estoy de vacaciones y tengo intención de quedarme.

—Haré que tu vida sea un infierno —le dijo, más iracunda aún.

—Soy más fuerte de lo que crees —farfulló él. Salió de la carretera secundaria a la principal casi derrapando en la curva.

Condujo sobrepasando el límite de velocidad en bastantes kilómetros por hora, pero Bella no sintió pánico porque todavía estaba temblando por lo que había ocurrido. No dijo una sola palabra hasta que él paró enfrente del hotel. Renee estaba sentada en el porche, en la mecedora, con Doc. Los dos miraron al Jaguar sin disimular su curiosidad.

Ella empezó a salir del coche, pero se detuvo y le preguntó sin poder contenerse:

—¿Por qué lo has hecho?

—¿Qué? ¿Conducir tan deprisa?

—Besarme.

Su cara no expresó nada definible.

—Supongo que por curiosidad.

Ella se mordió el interior de la mejilla para no explotar.

—¿Y la has satisfecho? —le preguntó.

—Por el momento.

Ella dio el portazo más fuerte que pudo, con la esperanza de que el cristal se rompiera en mil pedazos. Pero un Jaguar XJ6 estaba demasiado bien hecho como para que aquello sucediera. Incluso con toda la fuerza que ella tenía, la puerta se cerró con elegancia mientras ella se dirigía al porche dando zancadas.

Cullen canturreaba suavemente mientras conducía hacia Whitten House. Había sido un día muy productivo. Había averiguado tres cosas de vital importancia.

La primera, que era posible que hubiera una víctima de mil novecientos setenta y tres. Él tenía once años en mil novecientos setenta y tres, y vivía con su padre en California. Y si él no mató a una de las víctimas, probablemente no había matado a ninguna otra.

La segunda, que Bella Swan era tan inocente como él había sospechado, o si no, no sabía nada acerca de besar. Quizá no debiera haber caído en la tentación, pero había sido irresistible, y él quería conocer el sabor de aquella boca exuberante.

Su boca sabía a miel, a deseo, a miedo. Y no sabía por qué estaba tan asustada de él.

Y la tercera, y aquel debería haber sido el descubrimiento menos importante, pero por algún motivo le hacía sentirse extrañamente alegre, la virginal señorita Bella Swan lo deseaba. Y no sabía qué hacer al respecto.

En otro momento y en otro lugar, él se lo habría enseñado, aunque ella no era su tipo. La inocencia, los volantes y las curvas suaves no eran su estilo. En el caso de Bella estaría más que dispuesto a hacer una excepción, si no fuera por el hecho de que había ido hasta allí para averiguar qué había ocurrido veinte años atrás, y no para acostarse con nadie.

Era un estúpido por dejar que ella lo distrajera. Ya llevaba allí dos días, y no se había acercado al antiguo hospital de la casa, ni había recordado lo que ocurrió aquella noche.

No, Bella Swan era el último de sus problemas, una atracción molesta que él tenía que resistir.

Al menos, por el momento.