Ya con nueve semanas, los lobeznos estaban preparados para acompañar a los adultos en el viaje al Paraíso. Como siempre, Kiba iba delante; Tsume de segundo; Hige y Rei iban a ambos lados; Cheza en el centro con los cachorros; y Toboe iba de último. De esta manera, ninguno de los pequeños se quedaría atrás o se separaría del grupo. Cuando llegó la noche, la luna llena brillaba en el cielo nocturno, haciéndolo muy hermoso. Esas noches, Cheza se llenaba de energía y se puso a cantar con unos aullidos suaves y tranquilizadores. Los lobos comenzaron a dar vueltas a su alrededor, incluidos los lobeznos quienes también sentían el mismo impulso que los mayores. A los pocos minutos se detuvieron y aullaron al unísono, aquella melodía nocturna rompió el silencio. Pronto apareció un camino repleto de flores lunares que brillaban: El camino al Paraíso. La manada galopó sobre él, locos de contentos. Pero de repente, escucharon el conocido sonido de una nave y también notaron el despreciable olor a noble. El camino desapareció en cuanto el enorme objeto aterrizó cerca de ellos, la puerta se abrió y vieron a un hombre vestido con una capa negra y que los miraba con maldad.

-Hola, lobos. ¿Habéis tenido un sueño bonito?- dijo fríamente el noble.

-¿Qué quieres?- preguntó Kiba, furioso.

-Quiero a la Mujer Flor, o en este caso, a la Loba Flor.

-¡Y una mierda!- el lobo blanco salió disparado hacia el humano, dispuesto a defender a su familia.

Un rayo rojo salió de la nave y alcanzó a Kiba, dejándole malherido.

-¡Kiba, no!- gritó Cheza, llorando.

-Hijo de puta- Tsume galopó hacia el noble seguido por los demás, llenos de furia hacia aquel humano que les había arruinado la felicidad.

-Je, estúpidos- dijo el humano con una sonrisa malvada.

Más rayos fueron disparados y el grupo fue reducido uno a uno, los lobos y el caballo estaban tan debilitados que habían perdido el sentido.

-¡Basta, por favor!- la loba rompía a llorar, al igual que los cachorros.

Kiba logró erguirse con dificultad y caminó hacia la nave, gruñendo.

-N… no pienso… dejar q… que los lleves.

-¿Aún quieres más, lobo?- el noble lanzó otro rayo y el animal salió por los aires, cayendo a los pies de Cheza.

-¡Papá!- los lobeznos comenzaron a lamer las heridas de Kiba, quien apenas podía mantenerse despierto.

-Basta, no más- la hembra no soportaba ver aquello, su esposo y sus compañeros estaban a punto de morir por su culpa.

Cheza dio un paso hacia el humano, pero Kiba se levantó como pudo y le miró con tristeza.

-No, cielo. No vayas con él.

-Debo hacerlo, amor. Por el bien de nuestros hijos y de los demás- la loba rosa lamió el hocico del macho.

-Los humanos no son de fiar.

-Es la única manera. Kiba, siempre estaré contigo.

El lobo blanco se desplomó, incapaz de aguantar más el dolor y el cansancio. Cheza se giró hacia los lobeznos y les lamió uno por uno.

-No te vayas, mamá- dijo Serena.

-Quédate, por favor- le pidió Tico.

-¿Ya no nos quieres?- preguntó Moonlight con lágrimas en los ojos.

-Sí que os quiero, cielo. Os quiero con toda mi alma, pero debo irme con el humano por un tiempo, volveremos a vernos. Os lo prometo- la loba no dejaba de sollozar a la vez que se abrazaba a sus pequeños.

-Espera un momento, ¿esos cachorros son tuyos, Cheza?- quiso saber el noble, sorprendido.

-Sí, ¿por qué lo preguntas?

-Interesante… tráemelos.

-¡Ni hablar!- por primera vez, Cheza enseñó los colmillos y gruñó. No pensaba dejar que aquel hombre les hiciera daño a sus lobeznos.

-Bueno, si no quieres hacerlo por las buenas…- el noble hizo una señal y de la nave salieron unos cuantos hombres armados.

Los humanos redujeron a Cheza y atraparon a los cachorros, metiéndolos a todos en una jaula y llevándolos dentro del vehículo volador.

-¿Cuántas crías son?- preguntó el noble.

-Son siete, Lord Darcia- le informó uno de sus hombres.

-Vaya, vaya. Parece que Cheza no perdió el tiempo con esos lobos.

La loba rosa besaba a los pequeños para tranquilizarlos, ya que estaban muertos de terror y se apiñaban contra su cuerpo, gimiendo. Cheza se sorprendió al oír que tan sólo habían contado siete lobeznos, pero era así: Faltaba Anyu.