Capítulo IX

El vampiro y las serpientes

El manglar en que se refugiaba Orochimaru estaba infestado de mosquitos. Sasuke no había parado de palmear, rascarse y maldecir desde que llegaron. Suigetsu no había parado de burlarse de él. El suelo era pantanoso, la navegación lenta, y había partes en que la cercanía de unos mangles con otros hacía muy difícil el avance. El joven Uchiha creyó que Juugo exageraba cuando dijo que el lugar estaba infestado de serpientes. Bastaba adentrarse un poco para confirmar sus palabras. Los susodichos reptiles se veían colgando como gruesas enredaderas en los árboles y otras pasaban rompiendo sinuosamente la superficie del agua. El hermano menor de Itachi las miraba con asco.

—Qué horrendo lugar—comentó cuando tuvo que agachar la cabeza para no rozar una especialmente gruesa que colgaba de una rama sobre su cabeza. El ofidio morado mostró los colmillos, parecía molesto.

—¿Qué hazzze él aquízz? —silbó, dirigiéndose a Karin. A Sasuke casi se le cae el remo que llevaba en las manos de la impresión.

—¿Qué cuentas, culebra? —saludó Suigetsu. El animal lo ignoró.

—Queremos ver a Orochimaru—explicó la pelirroja a la serpiente.

—¿Y qué pazzaría zi mi zeñor no quizziera admitir intruzozzz? —inquirió el reptil ladeando la cabeza con aire de suficiencia.

—Deja de hacerte el listo, Kabuto, esto no te concierne. Haz que nos reciba—ordenó Juugo.

La víbora bufó irritada y le dirigió una mirada de odio.

—¿Molestando a las visitas de nuevo, Kabuto? —siseó suavemente una voz ronca.

—Lord Orochimaruzzz—Kabuto bajó la cabeza, haciendo una reverencia al hombre que apareció rodeando el mangle del que colgaba la serpiente.

Orochimaru era un hombre pálido, de cara alargada e iris amarillos. Su cabello largo, negro y opaco caía a ambos lados de su cara dándole un aspecto sombrío. Tenía sombras purpúreas alrededor de los ojos, que se alargaban hasta casi la punta de la nariz. Sonreía de medio lado y sin alegría, dejando entrever un largo colmillo amarillento. Al hablar movía innecesariamente la lengua, extremadamente larga y bífida, alrededor de su boca.

—Pasen, son bienvenidos—invitó en tono adulador señalando el lugar de donde provenía.

Los Taka lo siguieron, Sasuke con ellos. Kabuto se apresuró a adelantárseles y entrar antes incluso que el vampiro.

Al rodear el árbol, Sasuke descubrió una maraña de raíces que bordeaban el tronco, demasiado ancho para un mangle normal, como si de una escalera se tratase. A cierta altura había un boquete estrecho en la corteza, por el cual era apenas posible pasar. El túnel subía ligeramente, dando paso a una estancia pequeña, una especie de lamentable intento de casa del árbol. Las paredes estaban conformadas únicamente por estanterías atiborradas de objetos de todo género, tamaño y forma. Sólo una de las cuatro paredes tenía una ventana, la única fuente de luz. Frente a ella había un sillón individual grande y torcido, tapizado con pieles de serpientes de distintas especies; el único mueble del recinto. Sobre él estaba enroscada una serpiente de un color morado intenso, tenía las mimas marcas que Orochimaru alrededor de los ojos, aunque las suyas eran negras. Apoyado al desvencijado mueble había un joven de cabello gris que llevaba gafas redondas. Le dirigió una mirada de superioridad a los Taka y a Sasuke mientras entraban.

Orochimaru esperó que todos hubieran entrado para levantar a la serpiente del sillón y sentarse. El ofidio subió por su brazo y se le enroscó en el cuello.

—¿En qué puedo ayudarles? —quiso saber Orochimaru. Su atención estaba fija en Sasuke.

—Este muchacho quiere negociar con usted—explicó Juugo, señalándolo.

Los ojos del vampiro brillaron con ambición mientras se relamía los labios.

—Escucho…—susurró.

—Quiero que me convierta en vampiro—manifestó Sasuke sin un ápice de nerviosismo o indecisión—¿Qué quiere a cambio?

Un gruñido muy suave llenó la habitación, se intensificó gradualmente hasta adoptar la tonalidad de una carcajada neurótica. El hombre de las serpientes miró intensamente a Sasuke sin dejar de reír.

—Nunca antes nadie me pidió algo como eso.

—Bien—comentó el Uchiha, como quien no quiere la cosa, mirando la estancia y a su dueño con aire crítico—. Ya buscaré a alguien más.

La risa de Orochimaru se apagó de golpe. Se puso de pie y sus ojos adoptaron un tono rojo brillante. Se acercó al muchacho y lo encaró amenazadoramente.

¿Cuándo? —su voz sonó ronca, grave y terrorífica.

—Ahora mismo.

-X-

Orochimaru sacó a todos los presentes de la estancia y cerró la trampilla del suelo. De uno de los estantes tomó una bolsa de cuero muy desgastada. La bolsa contenía una pequeña daga plateada. La miró con ensoñación un momento antes de deslizarla lentamente sobre el dorso de los dedos de su mano derecha. La sangre comenzó a brotar y el vampiro la lamió antes de volverse hacia el chico.

—Quítate la ropa—le ordenó. Él obedeció. No estaba asustado, no tenía dudas. Sentía como si todos los eventos de su vida hubieran sido sólo para llevarlo a ese momento—Acuéstate—el Uchiha no dijo nada. Se tumbó en el suelo, con las piernas y los brazos abiertos, formando una estrella con su cuerpo.

Vas a sentir mucho dolor—indicó roncamente el vampiro. El muchacho veía sus pupilas rojas brillando en la oscuridad de la habitación—. Vas a morir—continuó en tono muy suave—. Y renacer.

Sasuke oyó al hombre removiendo entre los objetos de alguna repisa y luego la luz de una vela arrancó sombras a los contornos de su rostro cetrino. Depositó la vela en el suelo junto a él y con la daga profundizó las heridas de su mano para que la sangre se siguiera escurriendo. Con ella dibujó líneas en los brazos y piernas del muchacho. Hizo una espiral en su vientre y esparció la sangre por toda la palma antes de pintarla sobre su corazón.

Sasuke cerró con fuerza los ojos cuando sintió la daga rompiendo la piel de sus tobillos y muñecas. Entonces Orochimaru se inclinó sobre él y lentamente hincó los colmillos sobre la piel de su cuello. Conforme el vampiro bebía su sangre, el muchacho sintió cómo las marcas dibujadas sobre su cuerpo le escocían como brasas. Gritó, siguió gritando hasta que se sintió débil y las sombras que proyectaban los objetos de las repisas empezaron a parecerle ilógicas y lejanas. Dos dedos húmedos se colaron entre sus labios, goteando la sustancia caliente y espesa.

Bebe… bebe—oyó a la distancia. No se sentía capaz de tragar. Repentinamente sintió la garganta seca, demasiado seca. Le ardía y entonces tragó y la sangre lo hizo sentir más fuerte, el dolor en su garganta se vio aplacado mientras la sustancia bajaba, espesa y pegajosa, llenando su boca del gusto oxidado, propio del líquido rojo. Pero cuando hubo llegado a su estómago el dolor volvió y sintió la necesidad de más. En un impulso impropio, alzó ambas manos, aferrando la que a su vez se mantenía dentro de su boca, y succionando la sangre con necesidad, hincando los dientes entre los dedos, buscando romper, liberar más de aquél fluido tan ansiado, tan deseado. Los dedos entonces cambiaron bruscamente de forma, se unieron, endurecieron y alargaron hasta convertirse en una especie de garfio que le rompió la lengua y amenazaba con atravesar su paladar si no los liberaba de la mordida. Como pudo, Sasuke sacó el garfio de su boca y volvió la cabeza hacia otro lado. Inmediatamente lo hubo hecho, un dolor agudo se le incrustó en cada hueso del cuerpo, obligándolo a arquear la espalda con un grito desgarrado que no le sonó como propio. Empezó a temblar violentamente y sintió que de su espalda brotaban huesos a la altura de los omóplatos, desgarrándole el tejido. Abrió desmesuradamente los ojos a tiempo para apreciar el oscurecimiento de su piel, que pasaba de su palidez habitual a un gris claro para luego oscurecerse gradualmente hasta casi alcanzar el negro. El dedo índice de sus manos se unió al corazón y el anular al meñique, dejándole sólo tres, que a su vez se alargaron y afilaron como lo hicieran momentos antes los de Orochimaru. En un espasmo de dolor insoportable, desesperado, Sasuke incrustó sus recién formadas garras en las tablas del piso. Su columna vertebral volvió a arquearse violentamente cuando un par de alas negras se extendieron en todo su esplendor. Cerrando los ojos con todas sus fuerzas, el recién formado vampiro inclinó la cabeza hacia atrás, soltando un último y destrozado lamento antes de que todo el dolor desapareciera, dejándole una sensación de alivio maravillosa. Su corazón se detuvo.

-X-

Suigetsu miraba de reojo a Kabuto cada vez que un rugido rompía la atmósfera inquietantemente espesa y silenciosa del manglar.

—¿Acaso piensa matarlo? —se quejó cuando Sasuke gritaba por sexta vez.

—Eso mismo—confirmó el muchacho de pelo gris con una gran tranquilidad. Parecía -y de hecho lo hacía- disfrutar la situación.

Karin, que se sentaba en el suelo del bote con brazos y piernas cruzados, asintió en silencio. Juugo miraba hacia arriba, como esperando que alguien se asomara por la ventana de la guarida. Tanto silencio iba a terminar por enloquecer al joven mitad sirena, ¿es que no escucharon que dijo que lo iban a matar?

—Qué bien—apuntó con sarcasmo—. Yo lo salvo para traerlo a morir, perdí mi tiempo, ya está.

Kabuto rió por lo bajo. El más alto de los cuatro se volvió hacia el chico semiacuático con tranquilidad.

—Los vampiros están muertos, Suigetsu, deberías saberlo. Parte de la transformación consiste en que pierdan toda su sangre—explicó.

El entendimiento no le pareció un consuelo, ni mucho menos. Juugo lo advirtió en su cara de indignación.

—No estarás preocupado por él, ¿o sí? —lo tentó.

—¡Claro que no! Pero sólo mírense, ahí, sentados como si tal cosa ¿cómo pueden estar tan tranquilos?

Nadie intentó discutir con él. Con el orgullo lastimado y cara de pocos amigos Suigetsu optó por hacerse el desentendido e ignorar las quejas del chico Uchiha. Alrededor de media hora después los lamentos cesaron y tras un par de minutos una figura negra, alada, salió volando por la ventana de la guarida. Los cuatro espectadores la vieron perderse en el cielo nocturno.

-X-

Aunque su corazón no palpitara, Sasuke nunca antes se había sentido tan vivo. No le costó nada controlar sus alas. Rápidamente se acostumbró a la forma en que podía enfocar un objetivo a voluntad con sus nuevos ojos. Inhalaba profundamente y de todas partes le llegaba el tenue aroma de la sangre que lo llamaba. Sediento y excitado, había matado ya a tres infortunados que, debido al estado en que quedaban sus cuerpos, serían difíciles de identificar. Hasta entonces no lo había pensado, pero se dio cuenta de que no podía imaginar mayor placer que el de volar. Pasaba como una saeta entre las personas, esquivándolas con agilidad y haciéndolas perder el equilibrio. La gente ahogaba gritos asustada, pero la corta capacidad de su visión les impedía dejar de preguntarse si no habría sido sólo su imaginación. Vio en el horizonte una luz blanca que le quemó los ojos. Concluyó que debía estar a punto de amanecer y emprendió el vuelo de regreso al manglar.

En el mismo lugar en que quedaran a su partida los encontró a todos, excepto que esta vez los acompañaba el vampiro. Decidió entrar por la ventana para efectuar la transformación lejos de la vista de los presentes. Le sorprendió lo fácil que fue y el hecho de que no sintiera dolor de ninguna categoría. Se vistió y salió. Todos parecían tranquilos, excepto Orochimaru, que sonreía con malicia mirándolo a los ojos.

-X-/-X-