Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Penúltimo capítulo, ya estaríamos terminando este alocado viaje a través del universo Oda... o del universo Zoro, para ser más precisos XP

Saludos para Guest, tus palabras son muy amables, muchas gracias por leer y dejarme tan bonito comentario :)

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


IX

Ahora sí, todo derecho

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Porque contar historias sobre viajes es más fácil que viajar.


El efusivo recibimiento de Sanji reubicó a la navegante en la sintonía apropiada con más eficacia que las quejas de Zoro, atiborrado de sus maletas. El abrazo de Robin y de Chopper también tuvo sus efectos, y entre los pervertidos requerimientos de Brook y el metálico pulgar en alto de Franky pronto se sintió en la más absoluta normalidad.

Sólo le faltó la clásica directiva insensata de Luffy y hubiera sido perfecto. A mayor número de nakamas recuperados, más rápido y espontáneo se volvía el período de readaptación. Así, ya nadie recordaba con pena la ausencia transitada ni echaba de menos la rutina relegada para volver.

Zoro lo percibió y se sintió interiormente gratificado. De algún modo se las había apañado para desenvolverse con acierto y prácticamente estaba en condiciones de asegurar el éxito de la misión. No obstante, pretendía sumar a Usopp antes de cantar victoria.

Una vez que lograron acomodar el equipaje de Nami, y después de saludar y festejar a todo trapo su regreso, levaron anclas y fijaron el rumbo según el nuevo destino que les aguardaba. Sólo quedaba por recuperar a uno de ellos y la ansiedad empezaba a acrecentarse. No veían la hora de regresar con Luffy para celebrar por fin el inicio de la nueva etapa.

Wicka buscó Villa Syrup en el mapa y descubrió que no estaba muy lejos. En los mares aledaños al Grand Line la navegación parecía más sencilla y, contando con Nami, cubrieron la distancia en el tiempo preciso. Entretanto, a su lado, la pequeña aprendió mucho. La navegante podía ser tacaña en lo monetario, pero siempre se mostraba muy desprendida como compañera.

El viaje empezaba su tramo final, el ciclo estaba a punto de completarse. Wicka pensó en eso y se llenó de melancolía. A pesar de lo duro que había sido, y aún sería, lidiar con la desorientación de Zoro, se había divertido mucho y se había emocionado con cada Mugiwara recuperado. Echaba de menos a los suyos, pero pronto añoraría también la increíble travesía por la que había conocido el resto del mundo. Se propuso disfrutar de cada último instante al máximo.

Zoro, sensible en el nivel necesario, algo percibió en sus frecuentes ensimismamientos, aunque no dijo nada. ¿Qué podría decirle? A veces resultaba peor cualquier intento de consuelo. Lo único que podía hacer por ella era notarlo, sentirlo y apoyarla con su compañía. Tenía que reconocer que a fin de cuentas se había comportado como una verdadera amiga.

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Villa Syrup asomó en el horizonte y la expectativa empezó a desbordar a la tripulación. Sólo Zoro se mantuvo en línea, aunque conciente de lo que esa fase del periplo representaba. Un nakama más y podría regresar junto a su capitán con el orgullo del deber cumplido.

Wicka suspendió momentáneamente su melancolía por un creciente e incontenible arrobo. Fue mucho más fuerte para ella la emoción de encontrarse en el lugar donde había nacido el Héroe, el Salvador, el Libertador de Dressrosa. Se estrujaba las manos de la ansiedad y Zoro, al advertirlo, puso los ojos en blanco, fastidiado con tamaña ingenuidad.

-Veré al Héroe, veré al Héroe, ¡veré al Héroe! –murmuraba continuamente para sí misma, como un mantra, y Villa Syrup adquirió ante sus maravillados ojos las dimensiones paradisíacas ajustadas a su fantasía. Y nada de lo que le dijeran modificaría ese embeleso.

La cuestión es que se acercaban, y para Zoro casi equivalía a alcanzar la meta. Usopp era el único que les quedaba por recoger y se aferró a la idea de que tal vez con él resultaría más sencillo, pues sus sueños eran de una naturaleza que sólo en el mar y junto a ellos podía concretarse. De hecho, la admiración de Wicka era la evidencia de que ya los estaba cumpliendo.

Una vez arrimados al muelle, ambos descendieron y el espadachín siguió pensando en ello. Tan enfrascado iba en sus convicciones, que se encaminó hacia la pequeña población sin pensar en uno solo de los pasos que daba, cosa que a Wicka, acomodada en su hombro, al principio la alarmó sobremanera. Sin embargo, al poco andar, notó una irregularidad que, al parecer, tendría la deferencia de repetirse.

Zoro se dirigió al lugar siguiendo la dirección correcta, al igual que había ocurrido cuando fueron a la casa de Nami. Wicka había creído que aquella vez se había tratado de una mera casualidad, una simple anomalía en el enroscado continuum que constituía el fluir existencial del pirata. Pero he ahí que el prodigio volvía a acontecer, sumiéndola en el más contrariado estupor. Insólito.

Pasmada, la joven se limitó a observar aquel fenómeno sin osar siquiera respirar por temor a que el hechizo, o lo que fuera, se quebrase con su intervención. Tampoco se atrevió a analizarlo, por si sus reflexiones incidían en la voluntad divina que los guiaba. Estaba tan perpleja que ni siquiera se arriesgó a volver a mirar.

Aun así lo hizo, contempló con creciente anonadamiento aquel exótico milagro. Y comprendió finalmente que era Zoro el que no debía pensar ni estar atento, era Zoro el que podía proseguir la complicada ruta de su destino en forma bastante acertada sólo si no se detenía a meditarlo. Vaya ironía más cruel. El espadachín terminó por transformarse de pronto en la representación misma del acontecer humano, y en su más básica expresión.

Pero Wicka no podía conformarse con eso, no podía ser posible que la única forma de orientarse en esta vida fuese haciendo a un lado el aspecto racional. ¿Cómo prevenirse de las eventualidades, entonces? ¿Cómo afrontar los reveses? ¿Cómo manejar la influencia de las acciones ajenas? ¿Cómo alcanzar los objetivos propuestos? Nada podía ser posible sin un ápice, al menos un ápice, de saludable racionalidad.

Y entonces Zoro se detuvo.

-¿Dónde estamos? –preguntó, oteando a uno y otro lado con ceñudo talante.

La muchacha se lo temía.

-Parece que ya llegamos al pueblo –respondió, aún en el limbo de las contrariedades.

-Ni siquiera me di cuenta –comentó él.

-Ni que lo digas.

-Habrá sido suerte.

-Borbotones de suerte, sí –murmuró ella, precavida, pues no quería proferir ninguna palabra que pudiera romper el encantamiento.

Pero ya era demasiado tarde.

-¿Ahora por dónde? –se preguntó él, que no tenía idea de dónde buscar a Usopp.

Wicka suspiró con desaliento. Había sido demasiado bueno para durar. Entendió que Zoro había recuperado la noción de sí mismo y de allí en adelante volverían a depender del azar.

-¿No tienes la menor idea de dónde pueda estar? –indagó, preocupada ahora por el paradero del Héroe que tanto ansiaba ver.

Zoro lo sopesó con detenimiento.

-Puede que esté con cierta persona.

-¿Con quién?

-Empecemos a movernos, te lo contaré en el camino –determinó él-. Espero acordarme de cómo llegar hasta allí.

La pequeña, desde luego, no se hizo ninguna ilusión, toda época de bienaventuranza llegaba a su final. Aunque el tipo recordase con pelos y señales el rumbo a seguir, de todas formas se perdería. Como en la fábula del sapo y el escorpión, esa inefable cualidad estaba en su naturaleza y no había modo de modificarla. Quizás en su propio ADN radicase el problema.

Avanzaron por el sendero que probablemente los conduciría hasta la casa de Kaya, donde Zoro estimaba que el tirador se hallaría. Mientras tanto, le contó a Wicka la historia de su amistad. Sin embargo, la facilidad del desplazamiento empezó a chicanearle los sentidos, como era habitual.

Sin saber cuándo ni cómo, de pronto se vieron en el medio del bosque. Se habían desviado, y por más que intentasen desandar lo recorrido, lo único que consiguieron fue adentrarse todavía más en la espesura. Wicka le propinó los coscorrones de costumbre, aunque por dentro se sintió culpable. Había estado tan pendiente de la historia del Héroe que también ella se había distraído.

Así que continuaron a ciegas, a pura especulación, a los tumbos, a tontas y a locas… Lo usual. Tratándose de Zoro, las vueltas sin sentido podían ser la única forma posible de alcanzar cierta esperanza de ubicación.

Tenían la experiencia de circular por el bosque desde la búsqueda de Robin, pero a esa hora era de día y no podían contar con el auxilio de ninguna estrella salvadora. Esta vez dependían exclusivamente de sí mismos, y que el cielo los perdonase por ello. Tanto para conseguir rumbearse de nuevo como para meterse más y más en el abigarrado bucle dimensional para el que parecían estar predestinados, sólo si ellos ponían lo mejor de su voluntad podrían afrontar la dificultad con honor.

Las dudas comenzaron a atenazarlos. ¿Hacia la izquierda o hacia la derecha? ¿Deberían cruzar por encima del árbol caído, o deberían proseguir a través de los arbustos? ¿No habían visto antes esa piedra? ¿No habían pasado ya junto a aquella madriguera?

Las palabras fatales asomaron a los labios de Wicka como una sentencia divina.

-Estamos perdidos.

Pero Zoro era absolutamente incapaz de reconocer semejante apotegma.

-Perdidos mis calzones –bufó.

A su compañera no le interesó imaginar tal percance, en cambio le propinó los consabidos coscorrones en la cabeza, al menos para desahogarse. A esas alturas de la vida sabía bien que era imposible tallar –y hallar- un poco de lógica allí.

La cuestión es que durante un lapso de tiempo indeterminado (e interminable) erraron de un lugar a otro sin detectar indicios alentadores. Sin embargo, por alguna clase de razón que Wicka jamás podría entender, ni siquiera cuando evocase aquellas enrevesadas aventuras en su vejez, de pronto se vieron en los lindes del bosque y, más allá, divisaron una imponente y lujosa mansión de donde entraba y salía gente en forma constante. Zoro suspiró, satisfecho.

-Ahí está.

-¿Esa es la casa? –indagó la pequeña, como siempre incrédula de su tamaña buena suerte.

-Sí, no cabe duda. Es la casa de Kaya.

Wicka lo pensó con detenimiento. Volvió a mirar al bosque y volvió a meditar en lo sucedido, hasta que un rayo de lucidez la atravesó de parte a parte, sacudiéndole los sentidos.

-Eso quiere decir que… que… ¿nos hemos perdido en su jardín? –La sola idea de que así hubiera ocurrido la embargó de una perplejidad y una amargura muy difíciles de explicar.

Zoro chasqueó la lengua, restándole importancia al asunto.

-Tonterías. Vayamos allá y busquemos a Usopp de una buena vez.

La joven, atravesada aún por la desazón, fue incapaz de articular palabra durante el trayecto. Se habían perdido en el jardín, ¡se habían perdido en el maldito jardín! Las repercusiones que podría acarrear la revelación de tal siniestro dato anecdótico serían bochornosas. Debía guardárselo para sí misma, silenciarlo para siempre, amenazar de muerte a cualquier testigo ocasional…

¿Por qué a ella? ¿Por qué a una humilde integrante del gran ejército de los Tontatta?

Sin superar del todo el mal trago, pero con un objetivo aún por concretar, al rato descubrieron que la continua circulación de gente se debía a que la mansión funcionaba como hospital. Zoro sonrió para sus adentros. Kaya estaba cumpliendo sus propios sueños y eso era motivo de respeto y admiración para cualquiera de los Mugiwara.

Una vez adentro, no obstante, poco le duró la satisfacción y obviamente recayó en sus desatinos direccionales. Había tanto corredor para transitar y tanto cuarto donde buscar que el lugar se convirtió en un inabarcable tablero de pac-man.

Wicka volvió en sí y de nuevo se dio a la inútil tarea de tratar de orientarlo. El único éxito que logró, sin embargo, fue que se detuviera en el rellano de una escalera para descansar después de media hora de rodeos y estupidez.

Una vez recuperado el ritmo cardíaco normal, reemprendieron la búsqueda y reincidieron irremediablemente en la fatigosa práctica del desvío. Zoro entró a cada habitación de cada planta en numerosas ocasiones, no vaya a ser cosa que se le estuviera escapando algún maldito detalle.

El esfuerzo y la paciencia de Wicka estaban a punto de naufragar, cuando un sujeto vestido de payaso salió de la sala donde los niños internados se reunían para jugar. Su larga nariz, desafiante y roja, parecía apuntar proverbialmente hacia la tierra prometida.

-¿Zoro? –indagó al verlos allí de súbito, incrédulo.

Los ojos de Wicka se iluminaron al reconocerlo, al comprender que el milagro finalmente había sido posible. Sin escrúpulos ni miramientos se lanzó hacia su pecho, hacia el corazón mismo del Salvador de su pueblo, el único bálsamo que podría depararle aquella demencial aventura.

-Usoland, Usoland, ¡Usoland! –exclamó entre alegre, aliviada e infinitamente emocionada.

Él, todavía asombrado, la miró con desconcierto, aunque su vanidad aceptó sin ambages aquella muestra de cariño. Reconoció a Wicka y levantó la vista hacia su compañero, interrogante. Estaba hecho un lío por la maraña de sentimientos que se agitaba en su interior.

-Tiempo sin vernos –saludó el espadachín, indiferente a la escena anterior.

-Zoro… –Usopp apenas si pudo articular algo más. Un incontenible manantial de mocos comenzó a anegar sus canales respiratorios y un nudo en la garganta anuló toda capacidad de reacción.

Sabía lo que la presencia de Zoro significaba, lo sabía y se dejó ganar por aquel ingobernable caudal de emociones que se había desencadenado en su corazón. Habían venido por él, ¡al fin habían reaparecido los Mugiwara!

El pirata le dio tiempo a recuperarse mientras Wicka permanecía adherida a él como una desahuciada. Observó su disfraz y se preguntó de qué demonios se trataría esta vez para incurrir en esas imposturas. Usopp era una ficción ambulante. Lo único que esperaba era que no se tratase de algo muy serio, de algo que lo atase y lo retuviera allí.

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-Entonces Kaya ha convertido su casa en un hospital –comentó Zoro.

-Siempre ha sido su sueño –explicó Usopp alegremente-. Además, se ha hecho tan conocido que todos los días concurre gente de todos los mares. Ella misma lo dirige y, como médico, también atiende a sus pacientes.

-Ha alcanzado sus metas.

-No es para decirlo con tanta seriedad.

-¿Y tú? –preguntó Zoro, pasando por alto la burla-. ¿Has alcanzado tú las tuyas?

Usopp se le quedó mirando con cierto asombro. Además de su innecesaria solemnidad y de sus desusadas palabras emocionales (¿estaría haciéndose viejo, acaso?), al verlo allí todavía le agitaba los sentimientos. Después de tanto tiempo de espera, parecía un sueño.

Superado el estupor del encuentro, el tirador los llevó a su propia oficina, un lugar atiborrado de trajes y disfraces muy poco verosímiles para tratarse de un hospital. Al ver la cara de extrañeza de Zoro y la de maravilla que fácilmente se le hacía a Wicka en todo lo relacionado con él, le contó sobre sus verdaderas funciones en el lugar.

Básicamente, se había convertido en un narrador de historias. El espadachín le hizo notar que incluso antes de volverse un pirata eso era lo que había sido, pero Usopp le aclaró que en la actualidad lo desarrollaba de manera oficial, es decir, profesionalmente. Zoro hizo un mohín, no muy seguro de notar la diferencia, y el otro se ofendió.

Después de algunos reclamos al respecto, se ufanó del rol que desempeñaba en el hospital, un rol fundamental que revestía su notable actividad de profesionalismo. Formaba parte de la terapia de los niños, y gracias a él muchos se recuperaban antes de lo estipulado. Se señaló a sí mismo con orgullo mientras enumeraba sus proezas como "terapista literario".

Ahí Zoro tuvo que callarse, pues comprendía la importancia de la labor. Lo único que pudo hacer entonces fue sacar a colación el asunto de las metas, por si algo de eso aún le interesaba. Y por el intercambio sostenido, parecía que había acertado.

Fue un alivio para él advertirlo, porque todavía contaba con un arma para recuperarlo.

-Pues… de alguna manera las he alcanzado, ¿no? –respondió el tirador.

Zoro, contrariado con esa salida, tuvo que rumiar que hasta él mismo hacía poco había llegado a una conclusión similar. Maldita sea su suerte. Usopp siempre había querido trascender como un guerrero de leyenda, y a las claras, de algún modo, ya lo había conseguido. Wicka, aferrada aún a su humanidad heroica con las tenazas de sus manos, así lo demostraba. Decidió, entonces, jugarse el todo por el todo.

-¿Y por eso nos dejarás de lado?

A Usopp la sola idea lo llenó de enojo y conmoción. Para él los Mugiwara constituían su hogar, no sólo un medio de correr aventuras. Gracias a ellos había adquirido fama en todos los mares, tanto bajo el alias de Sogeking como con el de Dios-Usopp, pero eso no significaba que estuviese en posición de desentenderse. El Sunny era su barco y sus nakamas, su familia.

-Oye, Zoro, ¿qué bicho te ha picado? –se impacientó-. Jamás preguntarías una tontería como esa a menos que estés inseguro de mi reincorporación.

El otro se ofuscó con su clarividencia.

-Entonces sólo di que vuelves, así ya no diré más estupideces –gruñó.

-Deberías saber que es imposible engañar a un maestro del engaño –se burló Usopp.

-¡Y tú deberías saber que no trae nada bueno provocar a un espadachín enojado!

-¿Tanto te ha costado con los demás? –indagó aquél, interesado-. ¿Has tenido que recurrir a muchas trampas verbales? Tendrías que haber venido por mí primero, idiota. Hubiera podido convencerlos con mis propios artilugios expresivos sin ninguna dificultad.

Al oír esa sarta de vanidades Zoro ya no supo si envalentonarse, ofenderse o reír. Su compañero seguía siendo el mismo de siempre, para el disfrute y para el hartazgo. Sería bueno tenerlo de vuelta y seguir edificando la desatinada cotidianidad que distinguía a su tripulación.

-Hice lo que pude –admitió, relajándose por fin después de esas apoteóticas semanas. De todas formas necesitaba tener esa conversación, recién entonces cayó en la cuenta de la magnitud del compromiso que había asumido.

-Wicka también –suspiró Usopp, entendiendo el rol de la pequeña. Zoro lo miró con amenaza, pero él desestimó el peligro-. Me los imagino a ambos de un extremo a otro de esta geografía, tú tratando de persuadir a nuestros nakamas para regresar y ella tratando de persuadirte a ti sobre la conveniencia de seguir por el camino correcto… Demencial.

-Eres tú el único demente aquí –se irritó él.

-Si hasta podría escribir una novela con sus aventuras –sopesó Usopp, ignorándolo de nuevo-. Desde luego, tendría que ponerme de protagonista para que resulte más soberbia y entretenida, pero sería un cambio muy sencillo de efectuar. –Y acto seguido, enfocándose en el cielo, trazó con la mano en alto el título sagrado-: Se llamaría Dios-Usopp en la búsqueda de sus legionarios, o algo por el estilo.

-¡No somos legionarios!

-No creo que a Kaya le moleste que me tome algunos ratos libres para escribirla...

Aquí Zoro se inquietó.

-¿De qué diablos estás hablando?

-Escribir una novela demanda tiempo, es una labor que requiere mucha dedicación.

-En el supuesto caso de que lo hicieras.

-¿Debería ponerme en ello? ¿Debería planificar ya mismo el contenido? –Usopp hablaba más para sí mismo que para el otro, y Zoro se impacientó.

-¡Ya deja de fantasear y dime si volverás con nosotros o no!

El tirador se echó a reír.

-Era broma, Zoro, ¡era broma! –aclaró, riéndose de su enojo.

-No tengo tiempo para esto, idiota.

-Más vale que recuerdes quién es el verdadero ilusionista aquí –repuso Usopp con impostada suficiencia-. ¿Eso responde a tu pregunta?

El alivio que embargó automáticamente a Zoro neutralizó por completo cualquier asomo de resentimiento. A fin de cuentas se trataba de Usopp, uno de los más apegados a la tripulación. Al igual que Robin, al igual que todos tal vez, había encontrado entre los Mugiwara mucho más que un simple grupo de pertenencia.

-Supongo que necesitarás tiempo para hacer tus arreglos –comentó, y tironeó de Wicka para ver si se despegaba, sin éxito alguno.

-Tendré que contárselo a Kaya, aunque no se sorprenderá –estimó el tirador, pensando en sus momentos de depresión. Él también había añorado hasta la desesperación a sus compañeros y le había contrariado profundamente la prolongada falta de noticias. Su amiga había tenido que obrar como una balsa salvadora en esos frecuentes naufragios anímicos-. Ella nunca se rindió con nosotros, menos que menos con Luffy.

-Eso porque nunca lo vio dormir –ironizó Zoro, haciendo una mueca.

-¿Fue por eso que no venía a buscarnos? –se asombró Usopp, aunque no debería extrañarle tanto-. El muy idiota… Creí que demoraban porque tú liderabas la búsqueda.

-¿Qué estás insinuando? –se exaltó el otro.

-¿No es obvio?

-No, maldita sea, ¡no lo es!

Usopp pestañeó repetidas veces, incrédulo. Ninguno de sus nakamas tenía remedio.

-Creo que mejor voy a hablar con Kaya ahora mismo –decidió, poniéndose de pie-. Espérame aquí, no tardaré. –Pero antes de salir por la puerta, sintió la necesidad de volverse e insistir-. No te muevas de aquí, ¿me oyes?

-¡Ya entendí! –exclamó Zoro, irritado. ¡Siempre lo trataban como a un bebé!

Y Usopp salió de la habitación con Wicka aún adherida a sus ropas como el huérfano a la teta. Cuando se halla a la única persona que puede salvarnos en esta problemática vida, lo más natural del mundo es aferrarse a ella con devoción.

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Algunos días después en el Sunny todo era diversión. Por fin se había sumado Usopp al grupo y ya sólo quedaba reencontrarse con el capitán. Oficialmente, estaban completos.

Navegando de regreso, poco antes de pasar por el Calm Belt, los Mugiwara no hicieron más que festejar y brindar por el éxito de Zoro en la única misión por la que nadie hubiera apostado un céntimo. Con el atrofiado sentido de la orientación que lo caracterizaba, lo más lógico hubiera sido que el prodigio jamás se hubiese concretado, y sin embargo lo había conseguido. Por el momento, los cuatro puntos cardinales podían sentirse orgullosos de él.

Y de la pequeña Wicka, por supuesto. A la larga terminaron celebrando más por ella que por él, porque había obrado como la verdadera brújula de la tripulación. Había tenido que guiar, ordenar, encarrilar, gritar, aporrear y seguir sobrellevando por las buenas y por las malas a una de las mentes más tercas y zigzagueantes del universo, así que bien merecía todos los homenajes. Zoro, en cambio, nunca se daría por enterado de nada.

La desorientación y la impuntualidad son dos de los defectos más exasperantes para quienes los padecen y de los más desestimados por quienes los ejercen. Pero no estamos aquí para analizar la conducta humana –o para hacer catarsis-, sino para entender adecuadamente los méritos de cada uno de ellos en esta significativa aventura.

-Brindo por Wicka, la joven más determinada que se haya visto en el mar –propuso Franky con la jarra de cerveza en alto.

-Brindo por Wicka, la joven más mandona con la que haya tenido que toparme –profirió Zoro con sequedad.

Ella le propinó un oportuno coscorrón y todos rieron de buena gana al ver la mueca de disgusto del espadachín. La pequeña realmente golpeaba duro.

-Brindo por Wicka, la joven más audaz que haya conocido –dijo Nami, y le guiñó un ojo.

Robin sonrió y alzó su jarra, sumándose a la intención.

-Brindo por la bella Wicka, la única joven capaz de doblegar el adoquinado corazón del marimo insensible –aportó Sanji con malicia.

Aquí el aludido se enfrentó con rostro amenazante al cocinero y luego miró desafiante al resto de los nakamas que no habían brindado aún, por si alguien más pretendía burlarse a su costa. Como toda respuesta, los Mugiwara volvieron a carcajearse y Zoro concluyó que sí, al final se burlarían a su costa. Tendría que haberse quedado bebiendo tranquilamente en Dressrosa y dejarlos agonizar de incertidumbre.

Cuando se repusieron de las risas, Usoppp alzó su jarra y agregó:

-Brindo por Wicka, la joven guerrera que se convertirá en una verdadera leyenda de los mares después de haber acometido la hazaña de ubicarnos.

Aquí Zoro se indignó.

-¡Ni que lo hubiera hecho sola!

-Pues no fue gracias a ti precisamente el que nos hayan hallado con relativa celeridad.

-No permitiré que me juzgue un sujeto que encontré vestido de payaso.

-¿Qué dijiste? –se exaltó Usopp, ofendido, y ahora eran ellos los envalentonados.

Una vez calmados, brindaron por fin, y Chopper se unió a una ronda improvisada mientras Brook ejecutaba una simpática melodía en el violín. A Zoro poco a poco se le fue pasando el enojo y se quedó contemplando a sus compañeros, algo apartado y meditabundo, aunque sonriente. Los había echado de menos.

El epicentro de la celebración, la tontatta en cuestión, no había podido emitir vocablo a lo largo de la desatinada escena. Sólo fue capaz de ruborizarse progresivamente, cohibida y conmovida ante tan súbito halago. Era ella la que tenía mucho que agradecer, pensaba, y sin embargo le caló hasta lo más profundo la magnitud del agradecimiento expresado por los Mugiwara. Se le formó tal nudo en la garganta que fue incapaz de manifestar sus verdaderos sentimientos.

Era cierto, había sido difícil influir en la conciencia de Zoro para orientarlo en los enrevesados caminos del Señor. Se había ofuscado, enojado, indignado, desesperado, chillado y reclamado como loca cada vez que el tipo se empeñaba en seguir la dirección incorrecta. Sin embargo, viendo a los Mugiwara en pleno de regreso hacia su capitán, no podía menos que sentirse gratificada. Había valido la pena.

Tanto Zoro como ella conocían el valor del esfuerzo, el de la voluntad y el de la decisión. Nada se conseguía mirando pasar las nubes o creyéndose que el universo se encierra en el propio ombligo. Hay mucho para ver y entender en este complejo y agitado mundo, y nunca los caminos han sido fáciles para hacerlo.

En principio se requiere saberlo y luego se necesita dedicación. Wicka sabía que Zoro era un desastre y que tendría que poner todo de sí para ayudarlo, pero él también sabía que ella era confiable y que cumplía una función. Aceptar al otro, tomar la mano que nos ofrece, también es una forma de salirse de los propios muros y descubrir lo que hay alrededor.