9. Clandestinidad

Su plan estaba saliendo a la perfección.

El mundo cada vez estaba menos infestado de gente descarriada e irrespetuosa. Los que habían traicionado las leyes de la decencia y las tradiciones ancestrales estaban siendo castigados de la peor de las maneras.

Y todo gracias a él.

Se sentía muy, muy orgulloso. No podía dejarse ver a la luz del día, pero aquello era lo de menos. "Es el precio a pagar", se repetía siempre.

Además, el salir únicamente de noche tenía sus ventajas.

Mucha gente regresaba a casa a las tantas de la madrugada. A solas. Sin vigilar por dónde iban. En ocasiones, incluso, totalmente borrachos. Y ésas eran las oportunidades que él aprovechaba sin dudar ni un instante…

No sólo para matar a sangre fría, cosa que el hombre amaba y disfrutaba como nunca había amado y disfrutado ninguna otra cosa; también robaba. Ya que no podía salir a comprar como cualquier persona, entraba en los establecimientos en mitad de la noche, ya fuera para buscar algo de comida, ropa de abrigo o un paraguas, si es que la lluvia apretaba. E incluso complementos para ocultarse y no ser reconocido si alguna vez se veía obligado a salir a la luz del día.

Lo extraño era que el tiempo había cambiado. El sol había decidido instalarse en las Islas Británicas durante aquel mes de abril y él estaba convencido de que lo había hecho como muestra de que su padre, allá donde estuviera, le enviaba señales de estar contento con su trabajo. "Lo estás haciendo bien, hijo", decía. "Sigue así. Estoy orgulloso de ti".

Palabras que nunca, jamás, había dicho en vida. No a él… pero sí a su hermano.

Perdido en sus pensamientos mientras vagaba en mitad de la noche, el hombre rechinó los dientes al recordar a su hermano. Aquel enano malnacido… Le había robado el puesto en su habitación, en su mesa y hasta en el corazón de sus padres, por no hablar de la sagrada misión que su progenitor le había estado enseñando hasta entonces, a pesar de la oposición de su religiosa y siempre temerosa madre.

Él había respondido bien a las enseñanzas. Él había captado enseguida el mensaje que su padre pretendía transmitirle. Él era un buen discípulo… pero su hermano resultó ser mejor. Aprendía más rápido, asimilaba las cosas inmediatamente y no dudaba en ponerlas en práctica cuando se le requería que lo hiciera. Sí, el endiablado crío lo había superado en el pasado.

Pero ahora, su hermano estaba más que muerto desde hacía años y sólo quedaba él para cumplir la voluntad de su padre.

Antes siempre vacilaba cuando debía llevar a cabo ciertas misiones que su progenitor le encomendaba para ponerlo a prueba. Aquel había sido su gran fallo, aquello en lo que su hermano lo había superado, y él lo sabía; motivo por el cual ahora jamás titubeaba cuando de asesinar a algún irrespetuoso transeúnte se trataba.

Además, le encantaba.

Le encantaba sorprenderlos en mitad de la oscuridad. Le encantaba inmovilizarlos y sentir sus forcejeos. Le encantaba leer el terror en sus gestos y en sus movimientos, ya que jamás los atacaba de frente, aunque le gustaría ver el miedo bailando en sus ojos, sin duda. Le encantaba percibir cómo intentaban gritar cuando el brillo de su cuchillo relucía en la penumbra nocturna.

Pero, sobre todo, le encantaba hundir el arma en sus cuerpos y sentir cómo la vida los abandonaba lentamente…

Era en aquellos instantes cuando se daba cuenta de que él había nacido para matar.

IIIIIIIIIII

Disclaimer: Estas palabras y estos personajes los tome prestados. Gracias