Le seco las lágrimas, dejándole un tierno beso en los labios, pasando mi brazo por encima de sus hombros, atrayéndola hacia mí. Sigue sollozando, pegándose a mi pecho, agarrando mi camiseta. Su respiración se agita, pero no para.
-Santana…-Pero no puede parar, y no voy a intentar detenerla porque sería mucho peor. Beso su cabeza y me echo hacia atrás con ella en la hamaca. Acaricio sus brazos, acaricio su mejilla, su mentón, y mi mano se sumerge por su cuello haciendo que se tranquilice.-Te quiero.-Le susurro. Aunque parece que no me escucha, calma su respiración. Poco a poco, sus lágrimas cesan de caer por su rostro, y la noche se cierne sobre nosotras, iluminadas únicamente por la luz de la piscina. Noto su respiración en mi pecho, y sus ojos se han cerrado por completo. Se lo merece, se merece ser querida por una vez. No ha hecho más que ayudarme a seguir con mi vida, alegrarme los días, sin ni siquiera saber quién es ella misma y cómo ha acabado así, sin saber nada de su vida. Agarra fuerte mi camiseta por un momento, y la vuelve a soltar. -Ojalá pudieras darte cuenta de que eres perfecta. Que no me importa ni qué seas, ni cómo seas, ni que hayas salido de un coma. Ojalá pudieras verte como yo te veo… Preciosa.-Digo susurrando y mirando hacia abajo, observando cómo duerme. No ha dormido, eso lo sé. Se pasa horas despierta, intentando recordar, pero… En vano. Quisiera poder decirle que no importa lo que fuera antes de su accidente, que la quiero así, tal y como es, sin que nada la cambie.
Mis ojos casi se cierran de nuevo, así que decido levantarme y coger a Santana en brazos. Ella se agarra a mi cuello, sumergiendo su cara entre éste y mi pelo, haciendo que un escalofrío recorra mi cuerpo al sentirlo. La tumbo en la cama con cuidado, y la tapo con las sábanas hasta la cintura. Ella se da la vuelta y yo me tumbo a su lado, abrazándola por detrás.
El dedo de Santana pasa por mi brazo, llegando hasta mi cuello y dejando un rastro con él que persigue con sus labios. De ahí, llega a mi oreja, de la que muerde él lóbulo, haciendo que a estas horas de la mañana me estremezca.
-Buenos días, doctora.-Me dice. Giro la cabeza y su sonrisa pícara, la de siempre, está ahí, esperándome. Retándome a que lo haga, a que le haga el amor en esa misma cama. Provocándome, para que no pueda resistirme más.-Te he hecho el desayuno.-Dice saltando de la cama con una simple camiseta y sin pantalón. La veo irse, y sin duda alguna, intenta provocarme. Me levanto y voy hacia la cocina, donde está ella, agachada y de espaldas, cogiendo el zumo de naranja del estante de abajo. Lo coge y lo pone en la mesa, esperando a que yo me siente.
-¿Cómo estás?-Pregunto acercándome a ella.
-Mal, por habértelo hecho pasar mal anoche.-Dice tomando un sorbo del zumo, y acercándose a mí para tendérmelo en la mano. Lo cojo, pero lo pongo en la mesa de nuevo.
-Te quiero.-Le digo en tono serio. Ella aparta la vista de la mesa, y su mirada se dirige a mí. No sé qué hay en su mirada, pero es seria y casi inexpresiva. Se acerca a mí, y sin esperarlo, comienza a besarme lentamente. Sólo juega conmigo, y con mi lengua, sobre todo con mi lengua. No sé cómo lo hace, no sé cómo besa, sólo sé que entre su boca y la mía hay una guerra para saber quién toma el control, y ella siempre gana. Hace que ponga mis manos sobre sus hombros, y ella me coge en brazos, sujetándome a ella con las piernas a su cintura. Me pone sobre la mesa de la cocina, en la parte donde no hay nada del desayuno.
-Contigo nunca se puede estar normal, Fabray. Siempre me estás… Excitando. Con cada movimiento, con cada palabra, con el simple hecho de estar frente a mí…
-Me reprocha la que me despierta mordiéndome el cuello y la oreja, no lleva pantalones en casa y es terriblemente sexy.
-Podría hacerte el amor ahora mismo, aquí, en la mesa.-Dice mordiéndome el labio, que de nuevo abre la pequeña herida que tenía desde ayer.
-¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué no me pruebas?-Digo susurrando encima de sus labios.
-Porque eso no lo hacen las buenas chicas…-Dice tumbándome encima de la mesa, continuando con el beso.
-Las buenas chicas saldrían con chicos médicos, abogados, notarios… Pero yo salgo con una de las chicas más poderosas de Los Ángeles.-Le digo. Ella sonríe.
-Quinn Fabray me está retando a que le haga el amor, quién lo diría. No soy una buena chica, precisamente.-Dice. Me agarro a su cuello, y vuelve a levantarme de la mesa.
-¿Santana López una chica mala?
-Sí…-Dice atrapando mi labio inferior entre los suyos.-Y las chicas buenas como tú, no se acuestan con chicas malas como yo.-Dice separándose de mí y dejándome en la mesa.
-Espera, ¿qué?-Digo levantándome de la mesa.-Me tienes donde quieres y después… ¿Me dejas con todo el calentón?-Digo acercándome a ella. Ella asiente con la sonrisa pícara e intenta besarme.
-Eh, ¿qué te pasa?
-¿Que qué me pasa?-Digo arqueando una ceja y poniendo mi mano en mi cintura.-¿Ahora qué hago yo? ¿Me doy descargas eléctricas a ver si se me pasa esto que me acabas de hacer?
-Quinnie… Quiero que sea especial.
-No importa dónde, cómo y cuando sea, es especial si estamos tú y yo.
Otro viernes más, otro viernes que paso revisando informes de pacientes y operaciones de urgencia. El calor de esta mañana aún me dura, y el pequeño cabreo también. Entro en mi despacho, y de pronto, alguien me tapa los ojos. Intento zafarme de esa persona, pero no puedo.
-Quinn, soy yo, Emily. Tranquila, no pasa nada.-Dice Emily.
-¿Pero tú qué haces aquí?
-¿Quieres parar de preguntar?-Me dice cogiéndome de la mano y sacándome de mi despacho. Bajamos en el ascensor, y por el cambio de temperatura, hemos salido a la calle. Entro un coche, pero esa persona no deja que vea dónde vamos, simplemente, me tapa los ojos. Nada, ninguna palabra entre el conductor y la persona que me lleva con los ojos tapados. El coche para de golpe, y se abre la puerta, sacándome del coche y metiéndome en un sitio cerrado, que obviamente, no sé cuál es. Me destapa los ojos, y veo a Zack salir corriendo hacia el taxi que me ha traído. Miro hacia delante, y veo a Santana sentada frente a un piano. Estamos en un bar vacío, sólo para nosotras. Las persianas están echadas, y sólo las luces verdes que alumbra el alcohol que está en las estanterías alumbra la sala.
-Sólo escucha.-Dice. Sus dedos se deslizan por el piano, y las notas se suceden una tras otra, creando una preciosa melodía.
"For you there'll be no more crying,
For you the sun will be shine.
To you, I'll give the world.
To you, I'll never be cold.
'Cause I feel that when I'm with you, it's alright,
I know it right.
And the songbird are singing like they know the score,
And I love you, I love you, I love you,
Like never before".
Las manos de Santana paran de tocar, y su voz, para de sonar. Nunca creí que una voz podía sonar tan dulce y delicada, pero tan poderosa a la vez. Tenía una voz simplemente perfecta, como ella, y sin duda, las lágrimas caían por mis mejillas al escuchar la letra de la canción. Ella sigue sentada ahí, en el piano, esperando alguna reacción verbal por mi parte. Me acerco al piano y limpio mis lágrimas, a la vez que sonrío.
-¿Qué piensas?-Pregunta Santana levantándose y viniendo hacia mí.
-Que te quiero.-Digo reiterándome en mi idea. Como hizo esta mañana, comienza la última batalla entre su boca y la mía. Y esta vez, Santana pega el piano contra la pared, y a mí con él. Su lengua deja su rastro por mi cuello, dejando varias marcas. Sigue bajando hacia la notable marca de los huesos de la clavícula, que pasa su lengua por ellos, disfrutándolos. Sus manos comienzan a desabrochar los botones de mi camisa, lentamente, dejándome sólo con el sujetador de encaje negro.
-¿Sabías que me encantan este tipo de sujetadores?-Dice bajando hacia mis pechos, y besando, lamiendo, mordiendo y acariciando la parte que queda sin tapar. Hago lo mismo con ella, y saco por su cabeza la camiseta blanca que llevaba puesta, dejándola en sujetador. Un sujetador de encaje rojo. Arqueo una ceja, y hago que caigan los tirantes de su sujetador. Ella sigue y mi pantalón casi ha caído al suelo, desabrochando a su vez mi sujetador, dejándome casi desnuda.
-¿Has hecho esto antes?-Le pregunto.
-Antes no lo sé, supongo que sí, es como montar en bicicleta, nunca se olvida. Pero… Ahora sí es mi primera vez.-Su mano se dirige hacia abajo, buscándome para jugar conmigo, y la dejo. El simple roce de sus dedos en mí, hace que suelte un jadeo en su boca, que no reprimo.
Mueve sus dedos sin llegar a estar dentro de mí del todo. Arriba y abajo, haciéndome sufrir. Saca su mano de mi sexo, y va bajando por todo mi cuerpo con sus labios hasta llegar a su destino. Comienza a succionar, a retarme, a hacer que me agarre al borde del piano, a que me muerda levemente el labio inferior.
-San, si no paras ahora…
-¿Estás bien?-Pregunta con una sonrisa, subiendo de nuevo hacia arriba, sumergiendo su mano en mí de nuevo.
-Demasiado.-Digo susurrando. Santana se sube encima del piano, sin dejar de caer todo su peso sobre mí. Sus finos dedos comienzan a introducirse lentamente en mí, mientras muerde mi mentón, mi cuello sufre las consecuencias de sus dientes, y mis pechos son un juego para su boca. Mientras ella hace lo que quiere conmigo, yo me retuerzo de placer bajo ella. Sus dedos se agilizan, el ritmo aumenta, y no tardan en salir a la luz fuertes gemidos de mi boca, que ella ahoga en la suya. Me agarro fuertemente a su espalda, en la que dejo el ADN de mis uñas. Me agarro al brazo que le queda libre, y mi cuerpo convulsiona bajo el suyo. Levanto la espalda del piano, me muerdo el labio casi arrancándomelo, cierro los ojos, queriendo besarla, pero no puedo. Mi boca se queda abierta, recibiendo mordiscos por parte de Santana en ellos, y derrumbándome bajo ella de placer.
Intento normalizar mi respiración, pero me es imposible. Santana retira sus dedos de mi interior, y comienza a besarme suavemente.
-No eres normal…-Digo aún con los ojos cerrados. Santana se pone debajo de mí, y comienzo a besarla. Esta vez soy yo la que toma el mando. Muerdo sus labios, los beso, los disfruto. Paso a su cuello, el que recorro dejando mis huellas en él, mis marcas, al igual que ella hace conmigo. Beso sus pechos, los desgarro levemente con los dientes, bajo por la línea de su vientre totalmente perfecto hasta llegar a su sexo. Comienzo a succionar, y su cuerpo se tensa. Un gemido sale de sus labios, mientras yo sigo estimulándola con mi boca. Me ayudo también con mi dedo pulgar, que hace que otro gemido salga de ella. Subo de nuevo a su boca, y se agarra a mi espalda al sentir que rodeo su centro con mis dedos. Ahora soy yo la que tiene su lengua y tiene su control. Mis dedos comienzan a hundirse en ella, y ella sigue besándome, ahogando sus gemidos en mi boca. La tengo bajo mi control, haciendo lo que quiero con ella. Mis dedos comienzan a aumentar el ritmo, y ella empieza a desgarrar mi espalda, lo que hace que un gemido salga también de mi boca. De pronto, paro de mover mis dedos en ella, y ella se queda quieta, con la respiración agitada. Los saco y me quedo mirándola, viendo qué reacción tiene.
-Quinn, sigue, por favor…-Dice con un tono que casi parece que está dolorida. Comienzo a estimularla por su exterior, sin llegar a entrar de nuevo. Voy a su boca y comienzo a besarla.-Por favor, sigue, no seas cruel…
-No soy una chica buena.-Digo mostrando una sonrisa pícara, e irrumpo con fuerza en su interior, lo que provoca otro gran gemido, que resuena en toda la sala. Sus gemidos aumentan a medida que la velocidad de mis dedos sube.
-Quinn…-Dice. Ella esconde su cara en mi cuello, y yo me aparto, quiero ver su rostro mientras estalla de placer debajo de mí. Sus ojos brillan, aunque pronto los vuelve a cerrar. Saco mis dedos de su interior, y la beso, por primera vez, puedo decir que Santana López es mía. Le he hecho el amor.
