VII: Nueva determinación
"Hay una vieja (o no tan vieja) profecía que dice que la corrupción de los alquirianos llegará a tal punto, que del cielo descenderán dos Erinias furiosas a limpiar la tierra de todo el mal esparcido. Su venida será anunciada, supuestamente, por tres eventos astrales, de los cuales el tercero marcará la hora señalada para los impíos. El primero es la desaparición del Rostro de la Luna, lo cual ha ocurrido hace no mucho, y ha iniciado como consecuencia intensos y avinagrados debates. El segundo, que echó más leña al fuego, fue el día en que también hubo noche, es decir, el Sol y la Luna ocupaban cada uno un hemisferio del cielo. Fueron fenómenos relativamente breves, pero que produjeron mucho pánico y temor, dado que entre uno y otro no ha transcurrido un lapso muy largo de tiempo, por lo que muchos están ahora especulando que se encuentra cerca el tercer evento astral, el Eclipse. Y tanto el Instituto Volkerball como la Academia StrAsser están preparándose para ese momento…"
A nuestro regreso del Museo, estuve pensando largo y tendido acerca de estas palabras de Doodley, quien se había arriesgado a dar su sincero punto de vista (en un tono de voz muy recatado) sobre cómo iba el gobierno de la República. Sin embargo, lady Amalthea no se veía molesta, o no lo demostró, por la sutil crítica al mando de su padre. Frunció un poco el ceño y negó algunas cosas, pero no profirió ninguna amenaza de acusar al guía de que sería despedido si no se retractaba de lo dicho. No sé, me pareció un poco raro. Doodley se disculpó con ella muy cortésmente, diciendo que su intención no era hablar mal de su familia, sino que se refería a todos los ministerios por igual. Mi ama lo reflexionó por unos segundos, y sólo asintió con la cabeza. Luego estudió los pasillos y salas contiguos, como para asegurarse de que no había nadie que nos hubiera oído.
¿Revelaría Amalthea esta conversación a su padre? ¿O intentaría convencerlo una vez más de dejarla participar en algo? Mientras nos retirábamos, eché una mirada hacia atrás, hacia Doodley. Yo ardía en ganas de ir a decirle que yo había estado más que presente en los acontecimientos que había mencionado. Hubiera querido decirle y preguntarle tantas cosas, pero no podía hacerlo estando ella delante, y en un lugar como ése, donde nuestras palabras producían ecos en los pasillos. Descubrí, sin embargo, que el alquiriano sin cuerno nos miraba con detenimiento, y no se preocupó en disimular cuando yo me giré. Los dos nos guardábamos algo para decir, yo tenía plena certeza de eso.
—Buenas tardes nuevamente, lady Amalthea. ¿Cómo ha estado la exposición? ¿Ha sido de su agrado?
La voz de Van Hayding interrumpió mis pensamientos, y me obligó a concentrar mi atención en mi ama y el curador del museo. Se notaba que ella estaba un poco cansada, pero ni el cansancio de todo un día de escuchar un milenio de historia encarnada en antigüedades y viejos objetos, pinturas y documentos, podía distraerla de su admiración hacia el corcel. Aunque debo decirles que no se engañen: el suyo parecía más un "amor intelectual" que romántico. Amundsen podría tener esperanzas… ¡Rarity, sal de mi cabeza!
—Oh… sí — farfulló la señorita, como despertando de repente —. Ha estado todo muy claro, aunque lamento mucho que no pudiera acompañarnos. Quizá en otra ocasión tengamos la oportunidad de reunirnos y charlar más animadamente sobre los hechos. Es decir… — las mejillas blancas se sonrosaron —, cuando usted tenga un tiempo…
La sonrisa del curador tenía esa mezcla de galanura y de sobriedad característica de esos profesores por los que suspiran alumnas, profesoras y directoras por igual. La timidez de Amalthea me tomó un poco por sorpresa, y reforzó mi teoría del "amor intelectual".
—No hay inconvenientes en ello. Sólo escríbame con tiempo, y veré si puedo hacer un espacio en mi agenda. Por lo menos, si no le molesta que la reunión sea aquí.
Yo entendía hasta cierto punto la situación de mi señora como para comprender el mensaje velado en las palabras y los claros ojos del semental. Probablemente el Museo del Capitolio fuera el único punto de encuentro "seguro" para los dos, tal vez porque de lo contrario, el Sumo Minister no consentiría que su hija saliera. Sólo espero que no haya nada más allá, no quisiera imaginarme que lady Amalthea no fuera tan honrada como me había parecido.
Aunque, siendo sincera, no soy la poni más indicada para hablar del asunto.
—Bueno, veré las posibilidades. Pero desde ya, muchas gracias por recibirnos, ha sido un día muy grato y placentero. Me ha servido de mucho. Por el momento, debemos retirarnos, ya que pronto atardecerá y estarán esperándome en la residencia.
—El placer es mío, señorita Amalthea. Muchas gracias a usted por habernos honrado con su visita. Le deseo muy buenas noches, y envíe saludos a su padre de mi parte.
Tras una despedida medio sosa, nos encaminamos a la salida. El horizonte comenzaba a teñirse de un rosa pálido mientras el sol se encaminaba lentamente a su reposo. Pensé en las princesas, pensé en Equestria, y pensé en el espíritu noble de lady Amalthea, digno de una buena regente. Me sentía bien, de alguna forma, a pesar de la nostalgia por pensar en mi querida Ponyville y en todos los amigos que tengo allí, en los grandes momentos que hemos pasado juntos. También pienso en mi familia, y en lo que ellos deben estar pasando por mi desaparición.
De a poco estoy entendiendo la historia de esta sociedad, y a los alquirianos que la conforman. No voy a negar que mi cerebro está sobrecargado por tanta información recibida en un solo día, y que lo que quisiera más que nada ahora es pegarme un descanso; pero… a pesar de todas las cosas horribles que pasé antes de llegar aquí, y estar, sin embargo, casi en una pieza, siento que soy más fuerte y madura que antes. Y es como si… como si yo fuera necesaria aquí. Como ese día en que Twilight llegó a Ponyville por primera vez, enviada por la princesa Celestia. ¿Quién iba a saber que justo esa noche, la milésima más larga del verano, ella nos conocería nosotras, y cambiaría su vida para siempre? Eso es lo que siento ahora: de otra forma, no habría terminado al lado de la hija del regente más poderoso de una nación lejana (pero hermana) a Equestria. Es más que obvio que aquí no hay armonía ni amistad, ¿y si esto fuera un llamado de atención para traer los Elementos de la Armonía a Alquirión?
El transporte nos esperaba en la puerta. El chofer nos preguntó, muy tímida y respetuosamente, si deseábamos caminar, como al principio del día, pero Amalthea negó suavemente, y a una indicación suya ocupamos los asientos. No dejé de agradecerle, tanto recorrido histórico se hacía sentir en mis cascos. Ninguna dijo una palabra en todo el trayecto de regreso a la Residencia.
Yo no sé si esa Oma será bruja o adivina, pero al rato que llegamos y nos topamos, por desgracia, con ella, le hizo todo un cuestionario a la potranca, y hasta se tomó el atrevimiento de hacer ciertos comentarios referentes a su cercanía con el curador del Museo. Como si la vieja malandrina intuyera lo mismo que yo, y tirara hilos como pretendiendo forzar una relación que acabara luego en un enlace de bodas. Para mí, nadie debe ser obligado a elegir pareja, y mucho menos a casarse por fuerza. En Equestria los matrimonios son sinceros: Si dos ponis se casan, lo hacen de mutuo acuerdo y porque de verdad se aman. A menos, claro, que pertenezcas a ciertas familias de la nobleza.
Fue un alivio poder librarnos pronto de la anciana ama de llaves.
Acompañé a mi lady a su habitación. Me dio un rato libre mientras ella se aseaba y acondicionaba para la cena. Decidí usar ese descanso para darme un rápido baño y visitar a Samantha. La mayoría de las criadas se hallaba ocupada en los preparativos de la cena, y no pude hallar a la celadora.
Salí al patio de servicio para tomar un poco de aire fresco. Sentía mis fuerzas totalmente renovadas, como si nada de lo que me sucediera esa noche pudiera quitarme la sonrisa del rostro. Ese sentimiento de renuevo y bienestar me vino bien, ya que mi paseo solitario estaba por finalizar. Como por capricho del azar, llegué hasta los cobertizos, que se encontraban desiertos a esa hora, o eso creía. Oí unos ruidos dentro de uno de ellos, y como me sentía más curiosa que otros días, fui a investigar.
Me asusté cuando un par de cascos me arrastraron hacia la penumbra, al traspasar el umbral de la puerta. Al reconocer el olor de la colonia del secretario renegado, dejé de forcejear. Debía tener un problema serio como para seguirme y esconderse en un cobertizo sucio y oscuro sólo para… Ah, rayos, qué va… Hacía dos días que no nos encontrábamos, seguro le andaba urgiendo.
Pero mejor así, porque yo había decidido hacerle frente. Si pude antes vencer dragones, monstruos y tener el valor de reírme en la cara de árboles tenebrosos, ¿por qué no iba a poder pararle el casco a Lebrero? Estaba con los ánimos óptimos para ello, y de ninguna manera iba a permitir que Pinkamena aprovechara para obligarme a hacer algo desagradable… aún tengo problemas con ella. Me atormenta en mis pesadillas. Pero será allí donde se quedará. Además, he visto a la princesa Luna, aunque no fuera en el mejor sueño, pero eso también me da esperanzas.
Así que no, lo siento Pinkamena, pero no habrá cuchillos ni sangre para ti.
Antes de permitirle hacer nada, pegué un salto y me liberé de Lebrero. Puse la mirada más enérgica y reprobadora que he puesto en mi vida.
—¿Qué haces? — masculló el secretario, enfadado como un potrillo al que le quitan su pastel sin casi haberlo mordido.
—Estoy cansada de ésto. Así no es como se hacen las cosas: Si uno quiere algo bien, no debe tomarlo por la fuerza. — le dije. El valor crecía en mi pecho. No tenía más miedo, ni vergüenza, pero tampoco rencor, porque iba a hacer lo que era correcto. O por lo menos, lo que me parecía correcto.
—Cállate, y ven aquí, golfilla.
—No.
—¿Cómo dices?
Lebrero se levantó, con el ceño fruncido. Eso no me intimidó. No iba a ser más fuerte que yo, pues no era más fuerte que los villanos de Equestria a los que mis amigas y yo vencimos. Sólo era alguien a quien no le enseñaron cómo tratar a una potranca.
—Dije que "no" — repuse, mi rostro le hacía competencia en ferocidad —. Ya me cansé de ésto. Si tanto te gusto, ¿por qué no puedes encararme como un poni normal? ¿Qué tan diferente soy de las demás como para obligarme a verte a escondidas?
—Cierra la boca. Las cosas se hacen como yo digo, estúpida pigmea.
—¿Qué, te da vergüenza haberte enamorado de una criada? — lo corté, con un tono mordaz. Creo que, inconscientemente, Pinkamena empezaba a emerger detrás de mi voz — ¿O las de tu condición te han rechazado por feo y fracasado?
Definitivamente, Pinkie no diría eso. Pero cuando un casco polvoriento por el suelo del cobertizo voló hacia mi cara, mi propio casco acudió en defensa, bloqueando el golpe. No tuve tiempo de sorprenderme por mi reflejo, porque el secretario pasó a la violencia verbal y las amenazas y de ahí otra vez a la violencia física. Su segunda ofensiva llegó a darme en la nariz, pero ignorando mi dolor me mantuve firme, con mi mirada ceñuda, y detuve su tercer golpe, dejando nuestros cascos en el aire. Eso lo paró instantáneamente, porque no se esperaba que yo demostrara tener más fuerza que él.
—Tengo muchos buenos amigos y amigas. He pasado por horrores que ni te imaginas; sin embargo, no estoy tratando a todos como si tuvieran la culpa de lo que me ocurrió. Yo he intentado ser buena amiga con todos, y me he planteado como misión sonreír y hacer felices a todos. Si realmente quieres a alguien, no tienes necesidad de arrastrarlo a un asqueroso escondite en mitad de la noche para hacer lo que te venga en gana.
Oía claramente su respiración entrecortada, saliendo por entre sus dientes apretados. Bajó su casco bruscamente, impotente por no lograr someterme. Una mueca medio trocada en sonrisa y el brillo de sus ojos daban una impresión como si mi acto de rebeldía le gustara, aunque a mí me había parecido de que le gustaban más las "sumisas".
—No sabes nada de mí, no puedes hablarme así. ¡No eres mi madre, no eres nadie! ¿Quién te crees que eres, poni? Te daré una sola oportunidad de retractarte y de portarte como una niña buena, ya que no nos queda mucho tiempo. De lo contrario, cuando yo pase esa puerta, de nada valdrá la protección de lady Amalthea, y esa actitud inadecuada te costará muy caro.
—La verdad, me importa un bledo lo que hagan conmigo, porque no puede perjudicarme a mí más que a usted, "señor secretario lamebotas de Ulster".
Se puede sentir el veneno en mis palabras, ¿no?
—¿Cómo te atreves…? — masculló Lebrero entre dientes. Debía tener la presión a mil, porque se le veía una vena saltada en la frente.
Presentí que Pinkamena me estaba llevando para un lado que yo no quería. Por eso, traté de aliviar mi expresión, pues yo en realidad no quería dañarlo. No creo poder ganarme su amistad, pero siquiera me gustaría hacer las paces con él. En lo poco que pude observar de su trabajo, no lo pasaba muy bien que digamos, y se notaba su fastidio y su hastío por estar siempre detrás de Herr Ulster cargando pilas y pilas de papeles y sin tiempo siquiera de respirar. Se veía que despreciaba a su superior y a la mayoría de los altos cargos, deseaba no ser mandado sino mandar. Y entendí a último instante que, de alguna forma, proyectaba esa frustración en el mal hábito que tenía conmigo. Sin embargo, no iba a retractarme de mis palabras, porque de alguna forma tenía que vencer su prepotencia.
—Escucha, los dos somos víctimas de un sistema cruel, en diferentes niveles. Nos dan órdenes y todo eso, pero somos casi invisibles para el mundo. Tienes razón, no sé cómo es tu vida, pero, ¿es un buen modo de vida abusar de alguien que está en menor escala? ¿Se siente tan bien hacerlo? ¿Realmente? ¿No es mejor sentirse bien por algo bien hecho?
Lebrero me miraba como si le hablara en otro idioma. Me adelanté unos pasos, con cautela. Su cara era como un enigma abstracto. Le temblaban los labios, parecía estar entre resistirse a mi plática de conciliación o tratar de entender su derrota. Porque yo no dudaba de que eso lo tomaba como una derrota, específicamente, a su orgullo varonil. Desde fuera se colaba una brisa fresca, un aire de ocaso, y pronto habría que volver a entrar al palacio de gobierno de manera sutil, sin que nadie sospechase de nuestra ausencia.
—Tú no puedes juzgarme.
—No lo hago, de verdad. Tampoco me corresponde, ni me interesa. Sé que tu vida es triste, puedo sentirlo, porque ya lo he detectado en otros. Necesitas un amigo, alguien que te dé su confianza y te preste un oído de vez en cuando. Alguien con quien no sentirte tan solo.
"Eso es", pensé, al ver cómo pasaba de la confusión a algo que parecía arrepentimiento o vergüenza. Así que esto debía sentir Fluttershy cuando echaba la mirada a sus animales: el placer de contemplar cómo ceden y empiezan a escucharnos. Lebrero apartó el rostro, respiraba más normal. Yo me acerqué y, por primera vez desde que llegué, puse mi casco en el hombro de un alquiriano, en plan de amistad.
—No me toques. — dijo, quitando mi casco de un hombrazo. La típica actitud de "No quiero tu amistad", pero eso no es problema para Pinkie Pie, la poni más alegre, fiestera y amistosa de Equestria.
—Yo no creo que seas malo, sólo incomprendido. He conocido a muchos como tú, aunque sé que eres diferente. Por ahora no puedo ofrecerte más que mi amistad, pero si de verdad quieres amor, hay un camino mejor para obtenerlo. Hoy puedo decir que he madurado mucho y veo la vida de otra manera, y quizá es lo que necesitas: alguien que pueda mostrarte el otro lado de la vida. Te ofrezco la oportunidad de empezar de nuevo, aunque sea difícil… bueno, es muy difícil superar lo que ha pasado, pero veré quién eres realmente según lo que decidas hacer ahora.
Otra vez coloqué mi pata en su hombro. Aquello no produjo ninguna reacción en Lebrero, pero no importaba. Yo quería probar qué tan miserable podía ser al mostrarle compasión, porque seguramente ninguna otra criada le hablaría así, teniendo en cuenta lo que había hecho en el pasado. Claro que una parte de mí le tenía cierto desprecio, porque me hizo mucho más daño del que me hubiera hecho, por ejemplo, Gilda la grifo. Eran cosas diferentes, sí, pero yo lo tomaba diferente. No por nada soy, al fin y al cabo, un Elemento de la Armonía, ya que a través de mi elemento debo ser capaz de darle armonía a quien lo necesite.
—Eres rara. — dijo el secretario, que se había sentado y ahora me miraba recto, pero se veía que mi comportamiento lo había afectado. Estaba menos… estructurado.
—¿Y qué? Me han dicho eso muchas veces. Venga, podemos ser amigos. Sólo necesitas un… gran… ¡ABRAZO!
Esa era mi alta final, el Crescendo que sellaba mi indiscutida victoria. Por mucha aversión que le tuviera, para mí era cien veces mejor un abrazo que un golpe bajo. Y siempre funcionaba.
El alquiriano se apartó bruscamente de mí, viéndome como si fuera un animal apestado. Salió, presuroso y asustado, a una noche ya caída, meneando la cabeza y susurrando cosas inentendibles. Yo lo vi alejarse hacia el portón de servicio, con pasos muy nerviosos…
Oh, vamos, y eso que tuvo suerte de no conocer a la verdadera Pinkamena...
-.-.-.-
"Muy bien hecho, Pinkie, le fundiste el cerebro. Ahora sólo queda esperar la catástrofe" me decía burlonamente Pinkamena, "y déjame decirte, estuviste realmente patética hace un rato. ¿En serio le ofreciste amistad a ese estropajo de oficina? Lamentable, muy lamentable…"
—No me importa lo que tú digas. Yo sé que hice bien.
"Más bien parece que desarrollaste el síndrome de Estocolmo. Ese tiempo con los esclavistas te ha dejado la cabeza trastornada, ¿eh? Yo que tú le habría dado una buena patada en los…"
—¿No tienes nada mejor que hacer? Ya no me molestes, yo sé lo que hago.
"Quiero verte cuando ese cobarde hable y deje en evidencia su 'romance'" se burló Pinkamena, soltando una risa macabra y procediendo a cantar de manera muy desagradable.
Yo la ignoré, me sentía muy ufana por haber enfrentado a Lebrero, y mucho más tranquila que si lo hubiera apuñalado con un cuchillo. La certeza de que mañana se portaría más frío que el hielo rondaba en mi mente. Sinceramente, no estaba tan interesada en ser su amiga, sólo quería que me dejara en paz. No obstante, si venía a pedirme disculpas y mejoraba su actitud conmigo, lo consideraría.
Esa noche, luego de la cena, acompañé a lady Amalthea a su glorieta en el patio. Habíamos salido casi a escondidas, pero vi que afuera rondaban varios centinelas. Ella no podía dormir y se hallaba ajena a todo lo que pasaba a su alrededor. Algo la preocupaba, ya que no se concentraba mucho pintando o leyendo. A veces ponía los ojos en mí y me examinaba como si yo tuviera un enigma que ella quisiera resolver. Me inquietaba bastante, debo admitirlo. No me preguntó por qué llegué tan tarde, luego de la batalla que yo había librado en los cobertizos (pero sí me gané muchas reprimendas de Oma por mi tardanza).
—¿Señorita? — pregunté, preocupada por su inusual comportamiento — ¿Qué le ocurre? ¿Quiere que le traiga algo?
Las dos perlas color café se enfocaron en mí. Un vientecillo que entraba por la ventana mecía los rizados cabellos, sueltos sin problemas. Bajo el vestido sencillo de tonos floreados, y una capa fina para protegerse del frío, latía el cuerpo de una alquiriana inquieta, siempre curiosa y dispuesta a aprender.
—No, Pinkamena, estoy bien. Muchas gracias. — respondió, sin mucha gana.
—Bueno… ¿puedo pedirle algo?
—Sí, adelante.
—¿Podría llamarme simplemente… "Pinkie"? Es… un nombre más agradable.
—De acuerdo… Pinkie. La verdad es que, también quisiera hacerte una pregunta. He estado pensando mucho… me ha intrigado saber sobre los pigmeos. Y como tú eres una de ellos, y… pareces muy diferente de los que he visto, simplemente quería preguntar sobre ti. Especialmente sobre el lugar del que vienes, si no te incomoda.
Así que eso era lo que la ponía tan inquieta. No sé muy bien cuánto se sabe de los ponis aquí, o cuánto sabe Amalthea de los ponis, o pigmeos, como los llama. Recordé que, cuando el carro iba por el borde de una barranca desde la que podían verse los barrios ocupados por los ponis, ella los observaba con fruición. Y, tal vez, con todo lo que oyó en el Museo, más lo que yo comenté ese día que realizó sus experimentos de botánica, se haya encendido la chispa de la curiosidad en su mente. ¿Qué debía hacer yo?
—Entiendo si no tienes mucha confianza en mí para hablar de eso. — dijo, levantándose y dirigiéndose a la puerta.
—¡Espere! — la detuve. Si era verdadero mi presentimiento de que yo estaba ahí para cambiar Alquirión, lady Amalthea era un pilar más que importante para poner en marcha mi misión — En realidad… no hay problema. No sé si usted vaya a creerme, pero si quiere saber, se lo contaré. Tome asiento, si quiere.
Así fue como me vi envuelta en una interesante conversación con la hija del Sumo Minister acerca de Equestria. El sitio era diáfano y reservado, pero hablábamos bajo para no ser molestadas por nadie.
—¿Cómo es tu hogar? ¿Qué tan lejos queda de aquí?
—Uhm, bueno… Equestria está hacia el este, al otro lado del mar.
Los ojos de la joven yegua se iluminaron con la mención de ese nombre, pues era como la puerta abierta a un nuevo mundo.
—¿Equestria? ¿Así se llama tu pueblo?
—Más que pueblo, es un reino. Un gran reino, debo decir.
—Pero, ¿cómo? ¿Quiénes son sus reyes? Tendría que haber leído de los reyes de Equestria en algún lado… — dijo Amalthea, poniendo su casco frente a su boca, como siempre hacía ante algo de lo que no tenía mucha información. — Sólo sé de un lugar llamado "Etruria", ¿es lo mismo?
¿Cómo es que ella ni siquiera había leído algo acerca de Equestria? No puedo aceptar que no sepan nada, es imposible que ningún reino en el planeta sepa sobre Equestria. A menos que… alguien lo ocultara deliberadamente.
—No lo creo. Pero no hay reyes allí, sino dos princesas.
La respuesta provocó que ella se enderezara repentinamente. De todas las formas posibles en las que podría empezar a hablarle de las princesas alicornio, esta no era la más indicada.
—¿Sólo dos princesas? ¿y no están casadas, ni nada? ¿cómo puede ser?
—Verá, la historia de Solaria y Selena… es en parte verdadera.
—¿En serio? Eso es… extraño. Pensé que eran una mera leyenda. ¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque yo… bueno, tendré que empezar desde el principio...
Relaté todo desde la caída de Nightmare Moon hasta la Fiesta de la Celebración del Verano, aportando detalles concretos que dejaron admirada a mi ama. Comenzó a hacerme todo tipo de preguntas sobre Equestria, sobre las princesas Celestia y Luna, sobre los alicornios en general. Ella estaba fascinada, a pesar de que le costaba creer algunas cosas. Especialmente, que el sol y la luna no se movían por voluntad propia.
—Vaya… Selena mil años desterrada en la luna... y Solaria no fue encerrada en las montañas. Y Urano no tuvo nada que ver. Es curioso que todo eso estuviera disfrazado como un cuento para niños.
—Pues, para los ponis de Equestria también era un mito. Pobre princesa Luna, le costó tanto adaptarse… sobre todo en la Nightmare Night.
—¿La Nightmare Night?
—Sí, es la noche en que la princesa Luna se transformó en Nightmare Moon, donde tenemos que darle todos nuestros dulces y nos disfrazamos para que ella no venga a comernos. Es como una tradición.
—Cielos, curiosa tradición.
—¿Aquí tienen alguna noche parecida a la Nightmare Night?
Lady Amalthea no pudo responderme enseguida.
—Pues… hay una celebración pagana que algunos alquirianos celebran el 2 de noviembre. No está relacionada a un monstruo en concreto ni se fomenta el miedo y la obligación de dar ofrendas para no ser comido, sino que tiene que ver con el recuerdo y el respeto a los muertos. Consiste básicamente en que, durante la noche se haga una vigilia y se dejen las puertas abiertas y las chimeneas encendidas, para que los muertos de la familia pudieran visitar la casa.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Entonces, ¿es como una celebración del día… o más bien noche, de los muertos? Me parece bastante espeluznante.
—No es tan aterrador como parece. Se celebra el honor de la familia y de sus miembros. Se comparten recuerdos y anécdotas con los difuntos. Aunque ha decaído como tradición obligatoria, ya que muchos lo consideran una superchería, una superstición.
—¿Y eso no se celebra aquí en el palacio?
—No, la verdad que no. Sin embargo, yo… lo hago en secreto.
—¿Y no tiene miedo de que la descubran?
—Sí, pero no dejaría de hacerlo - dijo Amalthea, bajando la cabeza, en sus ojos nació el brillo de la nostalgia -. Alguien debe honrar la memoria de mi madre. Ella murió el primero de noviembre, un día antes de la Celebración del Honor de los Muertos. No llegué a conocerla tanto como hubiera querido, yo era muy pequeña cuando enfermó. No me separé de su cama… ella era tan dulce y sabia, y le prometí que cuando creciera, sería como ella. Siempre que veo su retrato, me inspira a buscar más, a salir y descubrir el mundo que me rodea… pero ya ves que me la paso entre estos muros, encerrada. Cuando mi madre vivía, tenía cierta influencia en mi padre y en sus decisiones de gobierno. Lo sé porque yo estaba ahí, la mayoría de las veces, y he retenido muchos de sus consejos. Pero mi padre no quiere que me mezcle en esos asuntos… ¿y en qué me diferencio yo de mi madre?
"Mi madre no fue un adorno real como lo fueron las reinas de antaño. Ella hubiera sido una excelente sub-ministra, porque era justa y sobria. Era muy culta, y me enseñó a ver las bondades de la magia, aunque fuera a escondidas. Los ministros y las comisiones, y toda esa jerarquía, eran más bien un obstáculo para el gobierno. Porque para tomar medidas que beneficiaran a todos, pigmeos y bajos alquirianos incluidos, no se ponían de acuerdo, pero para hacer la vista gorda en las cuestiones que realmente ameritaban su intervención, eran una sola mente. Sin mencionar que hay muchos que sólo están por el cargo, y nada más.
"Sospecho que su enfermedad… no fue del todo natural. Ella era la dama aclamada por los más desposeídos. No se amedrentaba por poner sus cascos en las entradas de los barrios bajos, y tenía cierta amistad con dirigentes de sindicatos. Cuando me hablabas de tu princesa Celestia, era como si me hablaras de mi madre…
"Siento que su muerte debió ser cosa de los ministros, o de grupos de poder que están íntimamente ligados a varios de ellos. Mi padre no sabe que yo sé de los negocios que traen. Nunca quiso creer que la muerte de su esposa fuera una treta de esos enemigos invisibles de los que tanto habla. Pero no es eso lo que más me duele, sino que parece tan insensible a su falta… Yo la extraño tanto, y tal vez sólo era la única en el Palacio de Gobierno que entendía su valor."
Su monólogo, lleno de angustia y de melancolía, me hizo lagrimear. No de esa forma exagerada en la que yo lloraba, pero era un llanto sincero y respetuoso. Me senté a su lado y toqué su hombro. Cuando se volvió hacia mí, vi que también estaba al borde de las lágrimas. La tristeza agrandaba y embellecía sus ojos aún más. Yo entendía lo que le pasaba: me ocurrió con mi abuelita Pie. Cómo la extraño… amor de abuelita no encuentras en cualquier parte. Y amor de madre, eso depende.
—¿Cómo se llamaba su madre?
—Evelia — contestó, en un hilo de voz —. Su nombre era Evelia. — repitió, para sus adentros.
—Es un hermoso nombre.
—Sí, lo es.
Amalthea cerró sus ojos, de éstos cayeron lágrimas como gotas de cristal. Fui a la mesa y busqué una caja de pañuelos, lo cual ella agradeció muy amablemente. Pronto pudo serenarse para continuar su interrogatorio.
—La princesa Luna… ¿Cómo pudo ella resistir un destierro tan largo, y al volver, encontrarse con que era una mera figura del folklore? Sin dudas recibió un castigo severo, y debió ser casi desesperante soportarlo.
—Sí, pero ahora es una princesa mucho mejor. Ella cuida de los sueños de los ponis, y los ayuda cuando tienen pesadillas, para que enfrenten sus miedos.
—Entiendo. Pero ella no puede entrar en los sueños de todas las criaturas, ¿o sí?
—No estoy segura…
—Ya veo. Supongamos que ella sólo entra en los sueños de los ponis de Equestria.
—Claro. A pesar de lo que ella hizo en el pasado, nosotros la perdonamos, al igual que su hermana. Y sé que la princesa Luna nos perdonó a mí y a mis amigas, porque aunque no pudo esparcir la noche eterna, al menos puede estar de vuelta en el trono.
—Su historia ha tenido un final feliz, sin dudas. Lástima que los conflictos entre príncipes no se hayan resuelto de la misma manera en los reinos alquirianos. Nunca he tenido una hermana o un hermano, pero me sería muy difícil aceptar ser traicionada por alguien de mi misma sangre, sólo para acceder al poder. Los últimos príncipes de Alquiria… Nereus y Ulises, no puedo decir que sean iguales a las princesas de Equestria. Hasta el día de hoy, las corrientes historiográficas críticas no comprenden por qué el hijo mayor se rebelaría de esa forma contra la familia real.
—Y ellos jamás se reconciliaron… ¿Cree que Ulises o el rey Laertes pudieron volver aquí alguna vez?
—Lo dudo mucho, Pinkie. Cuando alguien te destierra de Alquirión, es para siempre. Temo que han muerto en otras tierras, probablemente en la miseria. No se sabe adónde fueron, sólo que cruzaron el mar… y quizá el mar es su sepulcro.
—Qué forma tan terrible de morir… Me pregunto si habrán llegado a Equestria. Tendría que preguntarle a Twilight.
—¿Ella tiene hermanos?
—Sí, ella tiene un hermano mayor llamado Shining Armor, que se casó con la princesa Cadance, y ahora tienen su propio reino. Además es Capitán de la Guardia Real.
—Espera, ¿hay otra princesa en Equestria? ¿Y ella qué astro mueve? ¿Cuál es su reino? No creí que las princesas alicornio sí pudieran casarse...
—Oh, no, ella no mueve ningún astro. Es la princesa del Amor, y es muy, muy joven.
—Ya veo. ¿Y cómo es su reino? Supongo que tampoco es conocido aquí…
—La princesa Cadence gobierna el Imperio de Cristal, que está hecho todo de cristal, ¡incluso los ponis! Pero estuvo desaparecido por más de mil años, ya que cayó en cascos de un unicornio oscuro, el rey Sombra, que maldijo el imperio y lo hizo desaparecer. Y cuando regresó, recuperamos el Corazón de Cristal, la reliquia más preciada de esos ponis, y lo derrotamos.
—Hmmm… Sombra. No lo reconozco por ese nombre, pero creo que leí algo sobre él en unas crónicas de historia antigua en la Biblioteca. Se lo consideraba un mito, pero se conservan en el Museo cristales que bien pudieron provenir de ese lugar, ya que no son nada que se haya encontrado aquí antes.
—¡Genial, algo que usted conoce!
—Así que la princesa Cadance con el hermano de tu amiga, que tiene un alto cargo militar. Suena a un enlace muy conveniente…
—Sí, jeje. Pero ellos se casaron por amor verdadero. ¡No se imagina lo que fue el día de su boda! Canterlot casi cae en el control de la reina Chrysalis, que suplantó a Cadence y...
—¿La quién? - preguntó lady Amalthea, incrédula. Cuesta creer cómo su ánimo había cambiado, cuando instantes atrás estaba muy triste por recordar a su madre.
—La reina Chrysalis, la reina de los changelings, que son criaturas que pueden cambiar de forma para alimentarse del amor de los ponis. Parecen un híbrido entre poni y mosca, y se mueven en enjambre.
—¿Sólo tienen una reina? Bueno… eso es común entre los enjambres de insectos. Pero, ¿cómo procrea?
—No tengo ni la menor idea. Tampoco sé si han estado antes.
—No lo sé, pero recuerdo que en el inventario criptozoológico del famoso investigador antiguo Deruder se describen unas criaturas negras, con alas de libélula y ojos sin pupilas. Son llamados de otra manera, pero según Deruder, tienen el hábito de secuestrar a otras criaturas para su alimento.
—¡Increíble, parece que Equestria y Alquirión están conectados, después de todo!
—Sí, pero el pobre fue denostado y desmentido con los siglos, porque nadie ha visto ninguna de las criaturas de las que él habla. Y se cree poco en el itinerario de sus viajes.
—¿Y por qué nadie ha salido a corroborarlos?
—No lo sé. Pero cuéntame más sobre la princesa Cadance, ¿quiénes son sus padres?
—No los tiene, pero la princesa Celestia la tomó como su sobrina. Además, ella se ganó sus alas de alicornio…
—¿De verdad? ¿Ser alicornio es algo que se hace, y no se nace?
—Técnicamente, sí. La princesa Cadence realizó una gran hazaña, y como recompensa, fue convertida en alicornio. Como mi amiga Twilight, ella es una princesa de Equestria también.
La cara de lady Amalthea no tenía precio. Después de escuchar todo el día sobre la genealogía de los reyes alquirianos y todas las intrigas palaciegas que se fueron dando mientras Alquiria era un reino, ahora enterarse de que había otro reino llamado Equestria y escuchar sobre quienes lo gobiernan, temo que le vaya a dar algo y yo tenga que salir corriendo a buscar ayuda. ¿Recordará todo lo que le dije cuando despierte mañana por la mañana?
—¿Y las princesas Twilight y Cadence son inmortales como los son las princesas mayores?
Esa pregunta me tomó desprevenida. No me sentía en posición de responder, y Amalthea entendió mi silencio.
—Es sorprendente, Pinkie. No puedo creer que no haya sabido de esto antes.
—¿En serio no cree que estoy mintiendo?
—¿Por qué mentirías?
—Bueno, no sé… esperaba que usted no quisiera creerme.
—Pues, sí, hay muchas cosas casi inverosímiles en esto que me cuentas. Pero la desaparición de la sombra de la luna y el evento en que hubo día y noche al mismo tiempo tienen sentido ahora… entre muchas cosas.
Lady Amalthea calló de repente. Aún no le había hablado de Discord, por eso pensé que me preguntaría a continuación sobre el día en el que tuvimos que devolver los Elementos de la Armonía al Árbol en el bosque Everfree. Personalmente, todavía no entiendo cómo haría para procesar toda esa información, ya que hacía no muchas horas que volvimos del Museo. ¿Cómo podía retener tanta información sin que se le mezclara?
—Pinkie — me dijo, muy seria —, ¿cómo llegaste aquí, entonces?
Tragué saliva antes de responder:
—Me vendieron como esclava.
Eso la dejó muy chocada. Me sorprendió que no supiera que existía la esclavitud, o quizá la conversación que había tenido conmigo la hizo cambiar de parecer sobre ello. Se paró y caminó hacia la ventana, mirando al oscuro y desierto patio. Cuando se dio la vuelta y me miró fijamente, había una nueva expresión en su rostro. Una nueva determinación.
-Ulster me dijo que te había contratado… Se suponía que el veto a la esclavitud sería aprobado por mi padre…. Pues ya no más. Tú serás libre mañana, Pinkie. No mereces ser esclava de nadie.
-.-.-.-
A lo largo de este fic he dicho cosas que ahora me gustaría quitar, por ser irrelevantes. Los lectores podrán recordar que dije, hace como tres o cuatro capítulos, que la revolución de los ponis en Alquirion no iba a ser objeto de este fanfic, pero ahora me doy cuenta de que eso es una total estupidez, porque hay mucho potencial para ello en esta historia. Y porque tengo pensado cómo continuará. Sí pienso hacer algunos cambios cuando supere el primer punto de inflexión, relacionado a Pinkie y lady Amalthea, y luego entrarán en acción el resto de sus amigas y la propia princesa Celestia. No puedo decir mucho por ahora, sólo que este mes me he propuesto tratar de continuar y/o finalizar "La Vida es Risa". Por lo menos, para que sea el primer fic largo que culmino en dos años de estar en FanFiction.
