Capítulo 9

Todos se encontraban reunidos en la entrada del castillo, mirando como los sirvientes se encargaban de subir al carruaje todo el equipaje que llevaría el Rey de Tenipuri en su viaje a Ponta. Tanto los caballeros reales como los Samurai permanecían de pie, escuchando las ordenes que le daba el ambarino de cuidar con su vida a la castaña de ojos carmesí, quien permanecía de pie junto a sus dos amigas que veían como todo ocurría.

—Sí sucede algo…ya sabes que hacer.—Le susurró Ryoma al chico de ojos violeta, quien no sólo era uno de los samurái más fuerte, sino también se había convertido en su único amigo en el castillo.

—Lo sé, haré todo lo que me ordenaste.

—Gracias, nos vemos dentro de unos días.

Luego de intercambiar miradas con Momo, le habló por última vez a los samurái y los caballeros reales, para finalmente cerciorarse de que todo estaba en orden.

—Todo listo para ponerse en marcha, señor. —Habló uno de los sirvientes.

—Ya veo, gracias. Iré enseguida, ya que aún me queda un asunto por resolver.

Dirigió su mirada hacia la castaña, quien lo miraba triste a la distancia, deseando no tener que despedirse de él, pero había llegado el momento y no podía evitarlo. Caminó hacia ella en silencio, notando como todos los sirvientes que estaban rodeándola se apartaban para darle paso al Rey de Tenipuri. Recordó la conversación que habían tenido la noche anterior, en que ella le pedía que la llevara con él, no obstante se había negado a acceder a su petición, ya que no deseaba arriesgarla a los peligros que podrían presentarse durante el trayecto a Ponta y no podría perdonarse si algo malo le pasaba. "¿Nos permiten?" Musitó el ambarino, dirigiéndose a las dos castañas que permanecían a su lado, sin notar su presencia. Ambas asintieron nerviosas sin decir una palabra, dado que rara vez el Rey de Tenipuri se percataba de sus existencias y les hablaba con tanta normalidad.

—Creí que te marcharías sin despedirte. —Susurró la castaña, fingiendo una sonrisa.

—No podría hacer eso.

—Es verdad, no debí pensar así. Lo siento.

—No es tu culpa, mi forma de actuar hace que las personas tengan una mala impresión de mí, lo que es normal. —Suspiró. —En fin, debo partir antes que sea más tarde.

—Lo sé…ojalá ella esté bien. —Lo miró a los ojos un momento, percibiendo en su rostro preocupación. —Qué tengas un buen viaje…si puedes, escríbeme cuando la veas.

—Lo haré. —Contestó, notando sorpresa en sus ojos.

—Está bien, nos vemos. —Desvió su mirada, no quería que notara la tristeza que había en sus ojos.

— ¿Estarás bien?

— ¿Eh? Por supuesto que lo estaré, todos cuidarán bien de mí. No deberías preocuparte por mí, sino más bien por ti…

—Yo estaré bien, conozco Ponta más que nadie, puedo cuidarme solo.

—Es verdad, olvidé ese pequeño detalle. —Sonrió. —Espero volver a verte pronto.

—Sólo me iré por unos días, estaré de vuelta pronto.

No sabía cómo despedirse de él, porque nunca antes habían vivido una despedida de ese tipo, además sabía que no podía expresar sus sentimientos, ya que aparentaría ser débil frente al Rey. Pero no podía evitarlo, sentía deseos de tomar sus manos una vez más, sentir la calidez que había en ellas y no soltarlas más. Al igual como deseaba acomodar ese cabello negro que desprendía de su peinado, besar esos labios que permanecían expectantes en su rostro. Pero aún con todos tus deseos, debía mantenerse firme y permitir que se marchara sin cumplir ninguno de ellos.

Era curioso como de repente un chico que no significaba nada para ella, en una par de meses se volviera todo lo contrario para ella, obligándola a sentir cosas que nunca antes había sentido. Lo miró una vez más y se despidió con una leve sonrisa, no esperaba que él la abrazara o le diera un beso, ya que lo conocía bien…él no era igual a otros que podían expresar su amor por sus esposas frente a todo el reino, aunque a veces prefería que así fuera. La única ocasión que lo había hecho, había sido para su boda, mientras que los otros días no se había atrevido a hacerlo más.

—Hasta pronto, Sakuno. —Le dijo por última vez y ella imitó su gesto, deslizando sus manos hacia su vestido para tirar de él y controlar lo que sentía.

—Te extrañaré. —Habló la castaña tan bajo que creía que no sería escuchada por nadie. Pero entonces, se percató que el ambarino se detuvo.

—Yo también…—Susurró, aunque estaba de espaldas podía notar como su boca se volvía un arco por un momento para finalmente marcharse.

El carruaje se marchó, dejando a la castaña con las mejillas de color carmín, no esperaba que le dijera algo así, ni mucho menos esperaba tener una respuesta a lo que había dicho en voz alta. "Ojalá vuelvas pronto, Ryoma" Pensó para sí, viendo como el carruaje desaparecía en medio de la neblina que había aquella mañana. Kintaro que había escuchado todo, quedó perplejo ante sus palabras, pero agradecía que no se hubieran besado, porque no soportaba verlos juntos. Ahora que el ambarino se había marchado, era su oportunidad investigar sobre su pasado y aprovechar la ocasión para acercarse más a la castaña. Incluso esa misma mañana, le había contratado a alguien para que lo siguiera en secreto y se hiciera cargo de dicha investigación.

Luego de unas horas de su partida, Sakuno se sentía tan cansada que decidió regresar a sus aposentos con el fin de dormir una siesta, no obstante una vez que se dejó caer sobre la suave almohada, el aroma del ambarino volvió a ella y se sintió extraña. No llevaba ni un día sin él y ya comenzaba a preguntarse cuando volvería. Suspiró, no lograría dormir teniendo esa clase de pensamientos, por lo que decidió abrir su libro favorito y retomar su lectura, esperando que ese modo pudiera pensar en la vida de los personajes de dicha historia y no en la suya. No obstante en lo único que podía pensar era en las últimas palabras que había oído de él, correspondiendo sus sentimientos. Sí en verdad la extrañaría de la misma forma que ella lo haría ¿Porqué se había ido sin ella? Se sentía abrumada, no quería pensar en eso. Por lo mismo, se levantó de la cama para buscar algo productivo qué hacer, quizás podría encargarse de prepararles algo de comer a los Samurai, después de todo estarían hambrientos a esas horas.

El carruaje se detuvo frente a una pequeña posada que ya había sido reservada por él, luego de haber sido recibido como merecía, se despidió de sus sirvientes y les pidió que se marcharan, ya que no necesitaba de sus servicios y prefería hacer lo que debía solo. Extrañados aceptaron la orden del ambarino, prometiendo regresar en los días que el Rey de Tenipuri había estimado que volvería. Tras haber dejado sus cosas en su habitación, comió un poco de lo que le habían traído unas mujeres, se vistió como correspondía para no ser percibido por nadie y salió por la puerta trasera de la posada para montar su caballo y marcharse.

Cruzó jardines desiertos, congelados por el frío que reinaba, incluso se atrevió a pasar por un puente viejo que le sorprendía que siguiera en pie después de tantas guerras con las que había tenido que lidiar. Sabía muy bien que ningún hombre perteneciente a la realeza recorrería esos caminos, al menos jamás en su sano juicio iría con tal determinación. Pero él no era como cualquier otro miembro de la realeza, porque era distinto a todos ellos. Aunque le agradaba la idea de vivir en Tenipuri, debía admitir lo complacido que se sentía de volver a sentir la fría brisa que Ponta solía tener cada día.

Al verlo pasar, muchos aldeanos lo miraron con temor, creyendo que se trataba de alguien de la realeza que venía a darles malas noticias, sin embargo apenas se encontraron con la mirada serena del ambarino, dejaron ir un suspiro y lo saludaron a la distancia. Ryoma no era alguien de temer en esa localidad de Ponta, sino más bien alguien a quien respetar.

Se detuvo frente a una casa de madera, no necesitaba leer el nombre de esa familia para poder identificarla, ya que conocía muy bien ese lugar. Se bajó con cuidado para dejar su caballo en un lugar seguro y atreverse a entrar. Quizás lo más educado sería tocar la puerta y esperar que alguien saliera a su mandato, pero no fue el caso de él, quien tenía la autorización de entrar cuando se le diera la gana. Giró la manilla con sigilo, esperando no importunarlos y entró a su interior.

—Hermano… ¿Eres tú?—Preguntó la voz de un pequeño en medio de la oscuridad.

—Sí, soy yo. He regresado.

La luz se encendió instantáneamente, mostrando a un pequeño chico que envolvía su cabello negro en una especie de cinta que solía llevar siempre, esperando que le diera buena suerte. A penas se encontró con los mismos ojos ámbar que él tenía al otro lado de la sala, corrió a aferrarse a los brazos de su hermano mayor que dibujaba una leve sonrisa en su rostro. Dan había crecido más de lo que esperaba, considerando que no lo veía desde que se había marchado a Tenipuri, ya no era el pequeño chico que solía gritar su nombre, ahora era más bien un chico alto que temía que lo alcanzara pronto en estatura, porque comenzaba a llegarle al hombro. Aunque ¿Qué podía esperar? ya tenía dieciséis años.

—Has crecido bastante.

—Sí, espero algún día poder alcanzarte.

—Aún te falta mucho.

—Siempre dices eso, Onii-chan. —Infló los pómulos manifestando su enfado. —Pero extrañaba oírlo… ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Un par de días, no puedo quedarme mucho…podría levantar sospechas, ya sabes.

—Lo sé. —Suspiró triste. —Desearía que algún día no tuvieras que preocuparte por eso y te quedarás las veces que quieras. Pero eso es imposible.

—No lo es, estoy planeando qué hacer al respecto para que todo cambie—Despeinó su cabello, para caminar con él en medio de la oscuridad. —Pero aún falta para eso.

—Ya veo, esperaré el tiempo que sea suficiente para que ocurra. Porque confío en ti, siempre cumples tus promesas.

—Por cierto ¿Dónde está?

—Está en su habitación ahora.

— ¿Está dormida?

—No, presentíamos que vendrías esta noche. Así que no ha sido capaz de dormir, esperando tu regreso.

Cruzaron la pequeña sala de estar para detenerse frente a una cortina que cumplía rol de puerta en su casa, "Mamá, onii-Chan ha regresado" Anunció Dan, escuchando como desde el interior de la habitación les indicaba que pasaran. Allí la encontró, sentada con su espalda apoyada en una almohada, dejando libre su largo cabello castaño que caía sobre sus hombros como seda.

—Me alegra verte, Ryoma-Kun. —Habló Rinko, una mujer de unos cuarenta años que esbozaba una gran sonrisa. — ¿Cómo has estado? ¿Te has alimentado bien?

—He estado bien, no te preocupes por ello.

— ¿De verdad? Me alegra oír eso, he leído cada una de tus cartas.

— ¿Y qué hay de ti? ¿Has visitado algún especialista?

—Sí, me ha dado reposo.

— ¿Cuál fue el diagnostico?

—No es nada de qué preocuparse. —Sonrió. —Sólo mencionó que debía descansar, quizás estoy un poco vieja para realizar ciertas actividades.

— ¿Es así? Dan—Lo interrogó Ryoma.

—P-Pues…no es verdad, mamá aún es joven y saludable. Es sólo que…el doctor dijo que a su edad debería dejar de trabajar plantando verduras, ya que ha tenido una lesión en la espalda que podría empeorar si no se cuida bien.

— ¡Dan, te dije que no le mencionaras nada! —Gruñó Rinko.

—Si te dijeron eso, deberías dejar de trabajar ahí. —Suspiró Ryoma, sabiendo que Rinko no solía escuchar a nadie.

—Lo sé, pero no puedo…si no tengo trabajo ¿Dé qué viviremos?

—Yo puedo seguir enviándoles dinero, como lo hago todos los meses.

—No puedo seguir aceptando ese dinero, no nos pertenece y nace de tu esfuerzo.

—Sí les pertenece, porque yo se los he dado. Deberías dejar de ser tan modesta y aceptar mi ayuda.

—No puedo…nos has ayudado demasiado. Además temo que te descubran y ese horrible hombre te haga algo. —Tocó su mejilla, no quería que le pasara nada. —Sí algo te pasara…no sé qué haría.

—No podrá luchar contra mí, estoy aprendiendo con los mejores Samurai de Tenipuri y puedo defenderme solo.

— ¿Eh? ¿Acaso…entraste a Seigaku?—Preguntó Dan emocionado, sorprendiendo a su hermano mayor que no sabía que estuviera al tanto de ello.

—Sí ¿Cómo lo conoces?

—Muchos hablan de ellos, dicen que superan a cualquier otro samurái. Me encantaría conocerlos ¿Cómo son? ¿Es cierto que son rápidos?

—Sí, además de ser muy fuertes. Quizás un día de estos, podrían ir a visitarme y conocerlos.

— ¿Son buenas personas? —Sonrió Rinko interesada. —Tengo el presentimiento de que has hecho amigos ¿O me equivoco?

—Puede que tengas razón.

— ¿Y qué hay de tu prometida?

— ¿Qué hay con ella?

— ¿Han aprendido a conocerse mejor? ¿Cómo es? He querido leer de ella en las cartas que nos escribes, pero no la mencionas mucho.

— ¿Por qué quieres saberlo?

—Porque quiero conocer a la mujer que está contigo, por supuesto.

—Pues…es una buena persona. —Vaciló, pensando en Sakuno, no sabía cómo describirla.

—Es la primera vez que veo a Onii-Chan nervioso. —Rió Dan.

—Sí, es verdad. —Rió Rinko.

—No estoy nervioso. —Gruñó avergonzado. —Sólo es que no sé como poder describirla…sólo puedo decir que lleva el cabello demasiado largo

— ¿Y de personalidad?

—Suele ser tímida e indecisa…sólo en ocasiones, porque cuando percibe una injusticia su carácter cambia radicalmente a costa de impedirlo.

—Se parece a mamá. —Se burló Dan.

— ¿Qué dijiste? Hijo. —Habló Rinko enfadada.

—Nada, madre. —Rió nervioso.

—Aunque si, se parece un poco. —Reflexionó Ryoma.

— ¿En qué sentido? —Gruñó Rinko.

—No en ese. —Suspiró Ryoma, no lo dejaban terminar. —Más bien por el hecho de que siempre vela por la seguridad de los demás, sea quien sea, llegando a ser despreocupada por su propio bienestar. —Enfatizó en eso, recordando que ahora mismo no cuidaba su bienestar. —Además el trato que tiene con los empleados es completamente distinto a otras sociedades…los trata de manera tan informal, que llega a inquietarme, como si fueran parte de su familia. Gracias a eso, es respetada y amada en Tenipuri por la mayoría de la gente.

—Eso significa que es una gran persona, después de todo. —Habló admirada Rinko. —Me alegra que puedas tener a una chica como ella a tu lado. Debe ser encantadora.

— ¿Y qué sientes por ella? Onii-Chan. —Preguntó con malicia.

— ¿De qué hablas?—Preguntó desconcertado.

— ¿La amas?

—No podría…nos conocemos hace tan sólo unos meses. Además no suelo interesarme en ese tipo de cosas.

—Aunque sea sólo en unos meses, puedo percibir la admiración que sientes por ella. —Habló la mujer de cabello castaño. —Es la primera vez que te oímos hablar de una chica de esa forma. Considerando que no sueles dudar mucho de tus pensamientos, siempre expresas todo claramente y en esta oportunidad te noté nervioso por unos momentos.

—Estoy de acuerdo con Mamá.

—Deben ser sólo ideas suyas, no estoy enamorado de ella…ni de nadie. —Susurró, desviando la mirada de ellos para dirigirse a la ventana. —Comienza a hacerse tarde, debo irme. —Se levantó sin pensarlo.

—Qué lástima, pensé que te quedarías a comer. Pero será para otra ocasión.

—Estoy quedándome en una posada cerca del pueblo, por lo que vendré a visitarlos mañana otra vez. Lamento no quedarme demasiado, pero no puedo ausentarme mucho tiempo para que nadie se entere de esto.

—Lo sabemos, no te preocupes. Mañana cuando vengas, prepararé algo delicioso para que cenes con nosotros.

—Gracias, pero no deberías molestarte. Debes descansar.

—No es ninguna molestia, lo haré encantada.

En ese tipo de cosas, se parecía a Sakuno. Tras haberse despedido de ambos, se marchó prometiendo volver al día siguiente. Una vez que le dio agua y comida a su caballo, volvió a montarlo para emprender su travesía de regreso a la posada. El cielo ya se tornaba oscuro, porque ya eran cerca de las ocho de la noche, por lo que debían irse lo antes posibles, no es que le temiera la oscuridad, pero esos lugares tenían oídos por todos lados y si cierta persona se enteraba que estaba de regreso, de seguro iría a visitarlo. Además, no sabía si eran ideas suyas, pero tenía la leve sospecha de que alguien los seguía.

Y no estaba equivocado con respecto a ello, ya que tras él caminaba un chico de alta estatura, cabello marrón plata que anotaba cuidadosamente cosas de dicho ambarino. Shiraishi Kuranosuke, era conocido por ser uno de los caza recompensas más exitoso de esos tiempos, perteneciendo además a una sociedad de samurái en Tenipuri no tan destacada como Seigaku, pero similares en valentía y agilidad.

Bajo la luna y las estrellas, se encontraba una castaña de larga cabellera castaña y ojos carmesí contemplando la oscuridad de la noche, había sido un día eterno para ella, ya que ni siquiera era capaz de disfrutar de una buena novela, sabiendo que el ambarino no estaba a su lado. Tal como se había propuesto, se había encargado de hacerle el almuerzo tanto a las caballeros reales, como a los samurái de elite Seigaku, quienes habían quedado complacidos con su gesto y les habían agradecido por ello. Creía que ayudándolos de ese modo, podría pasar una buena tarde, escuchando sus historias interesantes de batallas y entrenamientos, pero no fue el caso. Sólo pudo encontrarse con cierto pelirrojo que disfrutaba de su comida sobre la rama de un árbol, en un comienzo imaginó que deseaba estar sólo como cualquier otro empleado, pero para su sorpresa Kintaro la invitó a pasar la tarde con él. Hablaron sobre múltiples temas, jamás habría creído que tendrían tantas cosas de las que hablar. Kintaro le enseñó como robar manzanas de los árboles, sin necesidad de pedirle a alguien que fuera por ellas, ni esperar que el viento se encargara de atraerlas hacia ellos. Simplemente necesitó de un arco y una flecha para lanzarla directa a la rama para que cayeran miles. Imaginaba que haría su hazaña con su katana, pero después de pensarlo mejor, descartó esa posibilidad, era imposible.

Se dejó caer sobre la cama, para abrazar su almohada y mirar al cielo, se preguntaba qué estaría haciendo Ryoma en esos momentos ¿Estaría viendo el mismo cielo que ella? Se lo imaginaba con su familia adoptiva en esos minutos, quizás con ellos si era capaz de sonreír, de expresar sus sentimientos y mostrarse tal cual era. Tenía envidia de ellos, porque ella no podía verlo así. En cambio, Kintaro parecía ser de la misma forma con todos, amable y sonriente, no se lo imaginaba de una forma diferente. Parecía no importarle lo que los demás dijeran de él. Recordó cuando la ayudó a sostener el arco para lanzar la flecha, sus manos rodearon su cintura para enseñarle cómo hacerlo, provocando que su corazón latiera mucho por tanta cercanía, y se obligara a lanzarla sin piedad, aun si no estaba lista. El resultado fue que la flecha logró atravesar una manzana, pero no consiguió bajarla. No sabía por qué había reaccionado así, era Kintaro después de todo, no tendría motivo de haberse puesto nerviosa.

En otra parte, un chico de cabello negro miraba las estrellas desde su habitación, hace mucho tiempo que no percibía ese paisaje tan característico de Ponta, lo que le traía nostalgia. Se dejó caer sobre la almohada para descansar, no había tenido tiempo de hacerlo después del viaje, dado que había decidido ir enseguida a visitarlos. Las palabras de Dan revolotearon en su cabeza "¿La amas?", la pregunta de su pequeño hermano provocó que los recuerdos de la castaña entraran en su mente, tratando de encontrar la respuesta a ello. Ignorando la voz de Dan en él, se dejó llevar por los brazos de Morfeo para dormir de una vez por todas.

Al principio todo era claridad y belleza, estaba en un campo de flores contemplando las rosas que brotaban en el jardín, Sakuno estaba a su lado y le dedicaba una amplia sonrisa. Justo cuando iba a decirle algo, el cielo se tornó oscuro, como si se acercara una tormenta. "Todo este tiempo me has mentido ¿Verdad?" Escuchó decir a la castaña que tomó su vestido con sus manos y se alejó de él sin decir una palabra. "Espera" le gritó, intentando detenerla, pero la lluvia se apoderó del hermoso paisaje impidiéndole avanzar. En medio de la oscuridad del bosque, Nanjiro apareció sonriéndole maliciosamente con miles de guardias que se atrevieron a rodearlo una vez más. Se vio a sí mismo siendo pequeño, teniendo la misma apariencia que Dan tenía cuando lo encontró. "Te dije que no le dijeras a nadie sobre esto, ahora pagarás muy caro por ello" anunció. Sus ojos se cerraron de golpe, esperando que todo terminara pronto.

Se reincorporó en la cama de un salto, sentía como el sudor corría en su frente, se limpió con la manga de su pijama, para respirar profundo e intentar tranquilizarse. Era tan real…que su corazón latía frenéticamente en su pecho. Todas las noches era igual, solía tener pesadillas que no le permitían descansar como debía, por lo que prefería mantener su mente ocupada en otras cosas y no dormir. Se preguntaba cuando dejaría de atormentarse por su infancia.

A la mañana siguiente, se dio una ducha corta, esperando pasar más tiempo con ellos esta vez. Por ello, luego de haber comido, subió a su caballo para ponerse en marcha. Por suerte, aquel día era distinto al anterior, si bien Ponta era más oscuro, porque no poseía la diversidad climática de Tenipuri, aquel día estaba agradable.

De repente, el caballo se detuvo de golpe, ocasionando que el ambarino tuviera que tranquilizarlo con todas sus fuerzas, para no hacer que perdiera el control. Al parecer algo lo estaba atormentando y no sabía lo que era, porque no podía distinguirlo producto de la sombra de los árboles que evitaban el paso. Podía identificar ese ruido que sólo podía emitir una criatura "Debe tratarse de…".

Continuará….