.~· Si la esperanza desaparece ·~.

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"El hecho que no combata, no significa que estoy derrotado, el no pelear no es sinónimo de rendirse, estar vivo ya es un inicio de lo que podemos ser capaces".

Luis Gabriel Carrillo Navas


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Capítulo 9

Océano de perdición

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Tai abrió la puerta de su casa y saludó a sus padres al entrar, Gatomon y Patamon lo acompañaban con el mismo semblante triste. Los señores Yagami trataron en vano de animarlos, y les pidieron que avisasen a Kari para la cenar. El castaño se dirigió hacia la habitación, abrió la puerta y se quedó quieto allí. El ligero desconcierto que adornó su rostro hizo que los digimons se asomaran también con curiosidad.

Allí estaba su hermana. Se encontraba de pie en medio de la habitación, con la luz apagada y mirando fijamente al frente. Aunque parecía que estaba observando atentamente algo que ellos no podían ver. No parecía que se hubiera dado cuenta de que la penumbra que la invadía había sido perturbada por la luz que entraba por la puerta.

-¿Kari? ¿Qué haces? -preguntó Patamon.

La chica se sobresaltó, como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de la repentina luminosidad que la bañaba. Sonrió con nerviosismo y salió del cuarto sin contestar. Lo sentía por su hermano, pero él no debía saber lo que se proponía. No es que creyera que se lo fuera a impedir, bueno él lo intentaría pero ella no le dejaría, lo que pasaba era que no quería preocuparlo aún más. Se sentó en la mesa y cenaron en un extraño silencio, sus padres no sabían qué decir ya que comprendían la tragedia que estaban viviendo sus hijos. Nada de lo que dijeran haría que se sintieran mejor.

Cuando terminó, Kari se levantó de la mesa sin decir nada y se fue a su habitación. Un rato después apareció en el salón con el pijama ya puesto.

-¿Te vas tan pronto a dormir? -preguntó Yuuko extrañada.

-Sí, estoy cansada, hasta mañana -se despidió la castaña.

Lo que más hizo que Tai sospechara que algo no iba bien fue el hecho de que su hermana no diera un beso de buenas noches a sus padres, como siempre hacía, que no le regalase una sonrisa a él ni que pidiera a Gatomon que la acompañara. Notaba algo raro en ella, algo había cambiado, pero no sabría decir el qué era.

La siguió por el pasillo, la vio detenerse ante el marco de la puerta del baño. Kari se miraba intensamente al espejo, como esperando que cobrara vida, como creyendo que hablaría. Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. Cuando su hermana cruzó sus ojos cobrizos con los suyos tuvo la certeza de que algo iba muy mal.

Porque en esa mirada no había luz.

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Sus pasos retumbaron en el inhóspito lugar. Las piedras ennegrecidas por el paso del tiempo lo rodeaban y sentía como si las paredes se fueran acercando. No era una sensación agradable, aunque creía que nunca había sido claustrofóbico parecía que ese temor estaba surgiendo en él. Notaba todo el cuerpo entumecido, tal vez era cansancio, tal vez el hecho de que sentía que se moría a cada minuto de inanición. No sabía cuánto tiempo llevaba sin comer o beber algo, pero debía ser bastante. También tenía un fuerte mareo y una sensación de vacío en el corazón. Una terrible angustia que lo acompañaba allí a donde iba.

Recorrió con gran esfuerzo los últimos metros que le quedaban y llegó al final del pasillo. Una gran puerta de madera podrida lo esperaba, parecía que llevaba mucho tiempo sin ser abierta. Con cuidado de no clavarse ninguna astilla, empujó la puerta. Primero no pasó nada pero después, centímetro a centímetro se fue moviendo lo suficiente para que se colase en el interior. En realidad no pesaba tanto, pero él no tenía ya fuerzas. Como si apenas le quedase un aliento de vida.

Con asombro, vio que lo recibió una habitación muy amplia con una gran mesa en el centro. Sobre ella había todo tipo de comida y, sin plantearse siquiera que se tratase de una trampa, se lanzó sobre los alimentos. Comió y bebió de todo, sintiendo como si llevara días sin probar bocado. Tal vez era cierto, tal vez no. Observó el lugar con curiosidad mientras devoraba todo tipo de cosas. Se encontraba en un sitio extraño y anticuado. Parecía un viejo castillo en ruinas, abandonado. Lo último que le vino a la mente fue un gran mar que se extendía hasta donde le daba la vista, perdiéndose entre un grisáceo horizonte. Aquel edificio parecía despedir un extraño halo de misterio, como si antaño hubiera tenido un gran esplendor y lo hubiera perdido con el paso del tiempo. Como si algo terrible hubiera sucedido allí.

Cuando terminó de comer no se sintió con más fuerza, parecía que jamás estaría bien del todo, aunque sí algo mejor. El mareo había desaparecido y podía pensar con más claridad. Y al pensar, lo primero que apareció en su mente fueron numerosas preguntas que se entremezclaban con confusas imágenes de lo último que había vivido. Porque no recordaba nada antes de aquella sensación de tristeza que se había instalado en su corazón pareciendo definitiva.

Se asomó a una ventana y allí lo vio, ese inmenso océano de perdición. En el que sentía que había dejado algo. Su esencia. Como si se hubiera abandonado a sí mismo.

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-Kari, ¿qué te pasa? -preguntó asustado.

Al instante los ojos de su hermana volvieron a su habitual tono cobrizo, con esa mirada cálida y luminosa que la caracterizaba. Aunque sin olvidar el brillo de la pérdida que la acompañaba desde que T.K había desaparecido.

-Nada, solo estoy cansada, hasta mañana -se despidió sonriéndole.

Cuando se metió a la habitación suspiró aliviada. Tai estaba sospechando más pronto de lo que se esperaba que tramaba algo. Pero no podía decírselo, sabía cómo se pondría. Se tumbó en la cama después de coger el acróstico que T.K había escrito, como si de esa forma pudiera hacer que ese vínculo que sentía que había perdido se recuperase, como si así hiciera que él se mantuviera con ella, como si así no fuera a dejar de existir. Pero su mejor amigo ya no estaba, se repitió eso una y otra vez en la cabeza con dureza. Tenía que ser consciente de ello, de que esa vez sería ella la que tendría que arriesgarse por él. Porque estaba dispuesta a lo que fuera con tal de que T.K estuviera a salvo. No le importaba lo que pudiera pasar.

Al día siguiente, como no tenían clase, estuvo tratando de fingir ante su hermano la más absoluta normalidad. Le ofreció ver una película, comieron helado hasta hartarse y luego se pelearon por a quién le tocaba poner la mesa. Un típico día en casa de los Yagami. No creía que lo estuviera engañando, pero al menos parecía más tranquilo.

Algo después de comer, Kari fue al baño y se encontró con la bañera llenándose. Su madre le gritó desde el salón que cerrase el grifo antes de que se desbordase porque se estaba preparando un baño. La chica aguardó un poco a que se llenara del todo y después hizo que dejara de salir agua. Pero, en el mismo momento en el que cerró el grifo, una gran gota de agua grisácea se formó en él. Notó que el ambiente se enrarecía, como si estuviera muy cargado de pronto, haciendo que le costase respirar.

Con asombro, la castaña observó que la gota se iba haciendo cada vez más voluminosa y después se estrelló contra el resto del líquido. Entonces todo el agua se volvió de un gris oscuro muy turbio. Su corazón empezó a latir dolorosamente mientras sentía que aquello era lo que había estado aguardando. Como para que se cerciorara de ello, el agua comenzó a ondear ligeramente, invitándola a tocarla, incitando a la portadora de la luz a acercarse. Se arrodilló junto a la bañera y aproximó una mano hacia el líquido mientras presentía que algo pasaría en cuando hiciera contacto. Algo escalofriante.

-¿Has cerrado el grifo? -preguntó su madre entrando al baño.

-¿Eh? -solo acertó a decir Kari mientras se volvía para mirar a su madre.

-Que si... Ah, ya lo has cerrado, gracias. Voy a darme ya el baño.

La joven volvió a mirar el agua y se sorprendió de que estuviera completamente cristalina. ¿Se lo habría imaginado todo? El ambiente volvía a estar normal, aunque su cabeza se había quedado algo embotada, como si le costara pensar con claridad. Salió de la habitación para que su madre de bañase y se fue al salón sintiéndose aún algo confundida. Se dirigió a su cuarto y se sentó en su silla mientras intentaba hacer unos ejercicios de matemáticas que se le habían atascado.

No supo cuándo su mente empezó a divagar, el caso fue que unos diez minutos más tarde sorprendió a Gatomon y Patamon mirándola muy de cerca y con gestos muy raros.

-¿Qué pasa? -les preguntó extrañada por su actitud.

-¿Qué estás dibujando? -preguntó su compañera digimon con cierto miedo.

La chica bajó la cabeza hacia su libreta y descubrió un montón de dibujos, aunque todos con el mismo símbolo: un sol con un rayo más grande que el resto encerrado en un círculo. Era el mismo dibujo que había hecho antes de que T.K desapareciera, cuando comenzaban los extraños sucesos que rondaban a su mejor amigo. Ahora comprendía lo que simbolizaba.

Lo que a ella le alumbraba el camino, la vida, estaba siendo encerrado. Tal vez para siempre.

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Retomó su camino, pensando que quizá encontraría una cama donde poder descansar sus doloridos huesos. Se examinó a la luz de una vela que había encendida en un rincón y se dio cuenta de que tenía multitud de heridas, algunas todavía sangraban. Las limpió como pudo con un paño que encontró y anduvo por los pasillos intentando abrir las puertas que allí había, aunque la mayoría estaban cerradas.

Al final de una gran galería, encontró una habitación enorme cubierta de polvo que al fondo tenía un colchón. Sin pensárselo más, sin importarle mancharse entero, se dejó caer sobre él. Se durmió al instante.

No supo cuánto había dormido porque cuando abrió los ojos seguía rodeado por la misma penumbra. Parecía que jamás era de día del todo, por lo encapotado que estaba el cielo siempre, pero tampoco de noche por completo. Salió de allí y buscó de nuevo la habitación donde había encontrado comida, parecía que había vuelto a ser abastecida.

Comió con un ansia que creía no poseer, mientras comenzaba a cuestionarse realmente su situación. Era raro que no recordase nada, ¿no? ¿O la existencia se resumía a eso? Tal vez en el mundo solo existía algo así, igual era normal que surgiera comida de la nada, tal vez los extraños conocimientos que creía tener sobre el mundo no fueran ciertos. En ese momento vio a su derecha un cuenco con fresas y algo hizo clic en su mente. La imagen de una joven castaña con unos bellos ojos cobrizos mientras comía esa fruta con entusiasmo apareció en su cabeza. Se sintió extrañamente reconfortado ante esa visión, como si con la simple presencia de esa chica él pudiera ser feliz, como si esos ojos fueran lo único que necesitaba para vivir, su luz.

Entonces la habitación se quedó completamente a oscuras porque la vela había sido apagada. Se giró para tratar de ver algo mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, pero un fuerte golpe en su cabeza lo dejó inconsciente.

Una pequeña silueta arrastró el cuerpo del joven hasta la playa. No tuvo cuidado alguno sobre si el chico se golpeaba contra algo, ni se inmutó cuando vio que se raspaba con una pequeña piedra que había en el suelo. Se detuvo en la orilla y aguardó unos instantes hasta que una gran silueta se observó en el horizonte. Se inclinó en una muestra de sometimiento y miró con temor hacia la figura.

-Mi señor, el chico estaba recordando otra vez.

-Divermon, eso es por algo que has hecho mal -recriminó el dueño de esa silueta con voz grave emergiendo de entre la niebla.

-Verá, se ha debido a uno de los alimentos que dejamos para él, al parecer le ha recordado a la chica de la Luz...

-¡Silencio! ¡Llévalo de nuevo al castillo! Que le borren de nuevo la memoria -ordenó el gran digimon con enfado, el plan estaba yendo más lento de lo que esperaba creía que a esas alturas ya tendría lo que quería pero no había sido así, el chico de la Esperanza era más fuerte de lo que creía.

Una sombra se acercó hacia él mientras el Divermon se alejaba a toda velocidad de allí, no queriendo sufrir la ira de su señor.

-Habrá que cambiar el plan -dijo el recién llegado.

-¿Por qué? -preguntó el gran digimon que gobernaba allí.

-Porque la chica está llamando a la oscuridad, debemos darnos prisa, Dragomon -su susurro se mezcló con el sonido de las olas perdiéndose con la brisa.

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Kari recorrió con la yema del dedo índice uno de los dibujos que había hecho, mientras sentía que las lágrimas recorrían sus mejillas. Aunque en realidad se notaba ajena a su propio cuerpo, como si ese llanto no le diese ningún consuelo, como si solo fuera otra función vital de su organismo como respirar. Se incorporó cuando las gotas empezaron a mojar la libreta. La cerró con fuerza, casi con rabia, y buscó un pañuelo para lavarse la cara. Gatomon y Patamon la siguieron tratando de darle ánimos pero ella no los escuchaba.

-Tienes que animarte, no sirve de nada estar así... -decía Gatomon.

-No pierdas la fe, acabaremos encontrando una solución a esto -la consolaba Patamon.

Pero la chica no sentía que fueran más que palabras vacías, porque los digimos no creían de verdad en ellas, porque, como todos sus amigos, ellos estaban a punto de tirar la toalla. Tal vez Patamon sí que creyera que volvería a encontrarse con T.K, o más bien necesitaba creer en ello para no derrumbarse. Al fin y al cabo era su compañero. Ella resopló, estaba harta de pensar tanto. Ojalá pudiera desconectar su mente para descansar al menos unos minutos.

-Por favor, dejadme sola -pidió dándoles la espalda.

Por alguna razón que no comprendió en ese momento, Gatomon la miró con dolor. Pensó que se debía al hecho de que no la dejaba participar de su tristeza, pero más adelante descubriría la verdadera razón de esa mirada. Los digimons salieron de la habitación y cerraron tras ellos. Kari miró unos instantes la puerta, sintiéndose culpable por su comportamiento pero diciéndose una y otra vez que era necesario. Cuanto más alejada estuviera de todos, más los protegería de la preocupación y del dolor, al menos durante un tiempo. Eso la llevó a cuestionarse cuánto duraría la espera, porque como siempre era lo peor de todo. Aguardar algo que sabías que te haría pasarlo mal. Y, lo peor de todo, saber que tendrías que recibirlo sin resistencia.

Pero valdría la pena. Por él.

¿Dónde estaría en ese momento? ¿Cómo se sentiría? ¿Pensaría en ella? En realidad sabía la contestación de la tercera pregunta y no le gustaba nada. Sabía que él había hecho que su vínculo se tambalease y, tal vez, se rompiese. No creía que pudiera vivir con ello.

Y fue en ese momento, en el que la desesperación era mayor en ella, cuando volvió a sentirlo. Una suave brisa meció su cabello a pesar de tener todo cerrado. Se acercó a la ventana, al otro lado del cristal Odaiba parecía un lugar tranquilo y sin preocupaciones. Abrió la ventana, notando que una densa neblina comenzaba a rodearla, y sintió que le temblaba el cuerpo entero al mirar al exterior. Porque sus acostumbradas vistas habían sido sustituidas por otras mucho más siniestras.

Ante ella se extendía el Mar Oscuro.

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Maimai: Yo también quiero un hermano mayor como Tai jajaja y bueno Davis en realidad sabe que no tiene posibilidades con Kari. Tienes razón en que hay muchos fics que merecen mucho la pena. Gracias por tu review!

Y muchas gracias a todos por leer y comentar, sois geniales :)