VIII
En la sala de la casa se había hecho un silencio absoluto; pero Damon no había sugestionado a nadie esta vez; sólo estaban callados porque no sabían qué decir. Entonces Margaret se levantó y fue a pararse frente a él, mirándolo a los ojos: de azul límpido a azul límpido. Luego le ofreció su mano.
—Yo soy Margaret Gilbert; ya tengo 5 años.
—Ah, tu hermana siempre habla de ti, pequeña belleza rubia —sonrió él, devolviendo el saludo.
—Lo sé. Yo sé muchas cosas, ¿sabes? —Miró a Elena—. Él me cae bien —sin decir más, se sentó en medio de los dos.
Elena acarició la cabeza rubia de su hermanita y la tía Judith al fin reaccionó, parándose de su asiento.
—No entiendo nada, Elena, de verdad. No sé qué pasa. Hasta anteayer tu novio era Stefan; vas a pasarte el fin de semana con Bonnie y regresas siendo la novia de su hermano. ¿Y dónde está Stefan?
—Stefan se fue para siempre, tía. Él ya sabía de lo mío con Damon; hace unos meses que Stefan y yo… no éramos una verdadera pareja —estaba diciendo verdades a medias, pequeñas mentiras necesarias— pero sentíamos vergüenza de admitir lo que estaba pasando ante todos.
—¿Y ahora ya no sienten vergüenza?
—Stefan se ha ido, y no creemos que debamos seguirnos escondiendo. Damon y yo nos amamos y…
—Y queremos casarnos —Damon miró a Elena, quien parecía sorprendida. Ella lo tomó de la mano y se paró.
— ¿Nos disculpan? Damon, ¿podemos hablar un momento a solas?
Él asintió y ella se lo llevó al comedor, cerrando la puerta tras ellos.
—¿Por qué has dicho eso?
—Porque es lo que deseo, y pensé que tú también…
Ella se abrazó a su cuello, emocionada.
—Por supuesto que quiero; pero no debes sentirte presionado.
—No me siento así. No creo que haya deseado tanto algo en mi vida, en mi larga vida, antes. Cuando no tenía esperanzas pero sí desfachatez para soñar con que fueras mi princesa de la oscuridad, creía que lo que más deseaba era hacerte mía. Como fuera, hacerte mía. Ganarle a Stefan. Satisfacer mi ego y mi placer. Pero tú sabes cuánto me engañaba. No soy el monstruo que quería ser: nunca lo fui. Tú eres… la otra parte de mí, y yo no puedo imaginar un futuro que no sea contigo. Ya ves, soy un sentimental: todo eso de una boda, una casa y una familia de verdad me hace mucha ilusión.
—Como una chiquilla recién graduada del High School.
—Más o menos; sin lo de chiquilla —la agarró virilmente subiéndola a sus caderas. La depositó luego sobre la mesa mientras besaba su pecho, su cuello, sus labios, y ella reía feliz; olvidada de que a unos metros su familia los esperaba.
Al fin, ella reaccionó y lo hizo mirarla. La mirada azul llena de deseo y amor la estremeció hasta lo más profundo.
—Volvamos a la sala, y digámosles que nos casaremos… ¿cuándo?
—Espera. Antes hay una ceremonia que debí haber hecho —se arrodilló—. Tal vez no es el anillo tradicional pero es el que más significado tiene para mí —puso en el dedo anular de Elena el anillo de lapislázuli de Stefan. Una lágrima silenciosa corrió por la mejilla de ella.
—Tienes razón. No quiero otro anillo de compromiso que este —lo acarició con su otra mano. Hizo luego que Damon se levantara y lo besó en los labios con pasión hambrienta.
—Ahora sí podemos regresar allá y decir que nos casaremos… el fin de semana que viene —esperó él su aprobación.
—La tía Judith pondrá el grito en el cielo.
—¿Y acaso importa? No puedo esperar a empezar nuestra nueva vida.
—De acuerdo. ¿Y dónde viviremos?
—Déjame eso a mí: será una sorpresa.
Regresaron al sofá donde Margaret seguía sentada, tranquilamente. Cuando Elena se sentó, la pequeña hizo un anuncio.
—Cuando Elena se case, iré a vivir con ellos. —Luego se acercó al oído de Elena—: Te ayudaré a cuidarlo, a tu hijo…
Elena miró a su hermanita, asombrada; evidentemente, ella tenía algunas habilidades que hasta entonces desconocía. ¿Qué tal si las guardianas también querían reclutarla a ella? No; no lo permitiría.
—Sí, tía Judith, ya tengo 18 años y puedo cuidar de Margaret, mucho más si estoy casada.
—No confío en él, Elena; no creo que ni tú ni Margaret estén bien a solas con él. ¿Y dónde vivirían, además?
—Tendrán una casa enorme para vivir; se lo aseguro —él se levantó; besó a Elena en los labios y a Margaret en la mano derecha con ceremoniosa educación—. Nuestra boda será el fin de semana. Nos vemos en un rato, ángel. Hasta luego, si me disculpan —miró a Judith y su novio Robert—, debo ir a resolver un asunto de suma importancia.
Se volvió a hacer un profundo silencio hasta que Damon cerró la puerta. Entonces fue otra vez Margaret quien lo rompió, alborozada.
—¿Me dejarás ser tu damita, Elena?
Ella la miró tiernamente.
—Por supuesto, hermanita, ¿quién lo sería si no?
