Las piezas del Ajedrez

Como me habían asegurado, en mi buzón a la mañana siguiente encontré un pequeño dispositivo electrónico semejante a un mando de garaje, con una nota.

"Mantenga apagado todos los aparatos electrónicos cuando lo encienda.

Mantenga durante más de veinte minutos activado.

Luego desconecte, deshágase de él en cuanto pueda en un lugar donde no lo puedan relacionar con usted lo antes posible.

L.I.M"

Eran las iniciales del anagrama que Eunice se había puesto como tapadera, nadie conocía ese nombre a excepción de los implicados, y tampoco esas iniciales llevarían a ninguna lado de caer la nota en malas manos, pero cumplían en objetivo de informarme a mi de quién era el emisario. Todo perfectamente calculado. Tenía tanto que aprender... pero pensándolo fríamente tampoco se trataba de que aquello se fuera a convertir en mi vida, era sólo algo puntual. Eso me obligaba a pensar.

Llegué a la prisión, con la rutina diaria de saludos. Los guardias me registraron como cada día y evidentemente no sospecharon del artilugio, aunque sí repararon en él.

—¿Ha conseguido un garaje, doctora? —preguntó Toni, un guardia con sobrepeso y problemas para respirar en silencio.

—Sí, después del intento de robo prefiero prevenir —mentí, tomando nota mental de que debía conseguir un mando de garaje similar, pero el guardia me tendió la excusa en bandeja.

—Debería dejarlo en el coche, así evitará perderlo —me aconsejó con tono afable.

—Claro, mira que ni se me había ocurrido... —mi sorpresa no era fingida en absoluto —. Supongo que será la manía de guardar todo en el bolso, y para no encontrar nada luego.

—A mi mujer le ocurre igual, y mira que se lo digo; Evangeline que lo guardes ahí es como perderlo —comenzó a explicar —, pues ella nada, todo lo deja en ese pozo sin fondo.

—A la mía le pasa igual...

Los guardias comenzaron una charla de queja sobre sus respectivas esposas, la cual aproveché para alejarme tras una sonrisa cordial, dirección a mi despacho.

Como me indicaba la nota, la cual ya había roto y tirado en tres papeleras diferentes, porque prefería parecer paranoica a volver a equivocarme, encendí el dispositivo y miré el reloj sobre el escritorio. El tiempo pasó, pero no en el reloj, porque el dispositivo se lo había cargado... maldecía para mis adentros por imbécil, y deje pasar más tiempo.

Un rato después un guardia se asomó por la ventanilla de la puerta, pidiendo pasar, intenté dar al interruptor, pero no funcionó, aquel aparatejo era increíblemente eficaz. Le abrí la puerta desde el interior usando la llave.

—Buenos días, queríamos informarle que por orden del fiscal las visitas de sus pacientes se realizarán de manera alterna.

—¿Cómo? —pregunté incrédula —¿Por qué no se me ha informado antes?

—Bueno, Julia estaba en el baño cuando llegó y su teléfono parece que no funciona, hemos avisado a los técnicos...

—¿Y el Sr. Smith no ha dejado ninguna explicación? —inquirí, pagando con el pobre hombre mi malestar.

—Sólo dijo que como usted tiene que pasar aquí la mitad de la jornada, las horas de reunión son irrelevantes o algo así — me explicó amablemente, intentando que no arremetiera contra él.

—Bueno, está bien, cuando me arregléis el teléfono le llamaré... —me di por vencida —¿Entonces quien será mi primer paciente y cuando estará aquí?

—Connor MacManus vendrá en un cuarto de hora, y... —miró su reloj de muñeca y agitó la mano bruscamente —.Vaya... se ha quedado sin pila. Una hora después le seguirá el otro hermano.

—Y ¿el teléfono? Lo necesito, espero noticias del hospital —pregunté, fingiendo malestar por que estuviera sin funcionar.

—Veremos... parece que están fallando varias cosas... —explicó —la tendremos informada... de algún modo.

—De acuerdo.

Cuando trajeron a Connor y nos dejaron a solas fue cuando apagué el dispositivo. Con el

tiempo que había pasado era imposible que ningún micrófono hubiera seguido funcionando a esas alturas.

—¿Has hablado con tu hermano? —pregunté sin demora.

—No —Negó con la cabeza abatido —. No se que coño ha pasado pero nos han atado en corto, estamos más controlados que al principio.

—Creo que eso es culpa mía... —confesé —. He cometido un error y los del FBI sospechan.

—Vaya mierda...

—Lo siento

—¿Eh? No, no... la metieron en esto a la fuerza, los cabrones de los Italianos, con perdón —se disculpó al darse cuenta que yo era de origen italiano —le dieron una paliza... Así que ni se disculpe.

Me sentí reconfortada sabiendo que no me culpaban o me recriminaban mí metedura de pata. Pero intenté no centrarme en aquello, como había dicho Smecker, eso sólo nos haría perder el tiempo.

—Has dicho que han modificado las cosas con vosotros, ¿en qué? —pregunté, pues Smecker necesitaba conocer sus rutinas y horarios para trazar la fuga.

—En todo... Al parecer es orden del fiscal por seguridad.

—Pues cuéntame todo lo nuevo —dije sacando mi bolígrafo y el bloc y la grabadora, que ya podía encender.

—De momento no hay mucho que le pueda decir, pero tenemos el doble de guardias en nuestro pabellón, y nos han movido de celda, cada uno esta en un extremo, así que no podemos decirnos nada a no ser que sea a gritos —comenzó a explicar —. Los libros que nos prestan, ahora nos dan una lista para que marquemos el que nos interesa y nos lo da en mano un guardia en lugar de un voluntario con el carro directamente...

Connor continuó relatando todos los cambios que se habían producido en el trato que tanto él, su hermano y Romeo recibían.

—Es de vital importancia que me expliques como se producen los cacheos —le pedí —. Mañana Romeo saldrá de aquí... o al menos intentaremos que salga.

—Mañana él estará fuera —afirmó el —. Tenga fe, doctora y confié.

—Bien, pero... ¿Que revisan cuando os cachean?

—Cuando salimos de aquí no nos miran mucho, sólo una comprobación de la ropa y los bolsillos...

—¿Los zapatos?

—No, no normalmente...

—Está bien, eso creo que es bueno —dije apuntando todo en la libreta.

Unos golpes en la puerta nos alertaron que el tiempo se nos había acabado, y como aún nada funcionaba tuve que levantarme para abrir. Esperé a la llegada de Murphy pensando en como sería el día siguiente, pues era la fuga de Romeo.

Al igual que su hermano, Murphy entró y tras quedarnos a solas le informé de que habíamos resuelto el tema de las escuchas y podíamos hablar con normalidad. Entonces comenzó a decirme todos los cambios que le habían hecho tomar, estaba algo alterado, cabreado e impotente. Por lo que dejé que se desahogara todo lo que quisiera, pues al fin y al cabo era su psicóloga, y eso era parte de mi cometido, al menos técnicamente. Después de escucharle maldecir y jurar un número demasiado elevado de veces, para un católico practicante y devoto como él, le expliqué que pese a los cambios, Smecker confiaba en poder llevar el plan a termino. Y que no todo estaba tan mal.

Pareció tranquilizarse un poco, y en seguida cambió el tema.

—Ni siquiera le he preguntado... ¿cómo se encuentra tu abuela? —dijo inclinándose hacía el escritorio y apoyándose en él con ambos brazos.

—Mucho mejor —contesté con una sonrisa, pues no podía ocultar que estaba contenta de su mejora —, ha despertado y no parece tener secuelas ni nada malo por el momento.

—Dios, de verdad que me alegro por ella, y por ti.

—Gracias... pero deberías llamarme de usted o de una manera más formal —comenté, lo que le sorprendió, como mostró su cara —. Lo digo por... no es que quiera dármelas de nada, pero... El otro día me llamaste Cat, y sueles tutearme, no me importa de forma personal, pero si lo escuchan otros pueden pensar cosas Murphy y...

—Claro —dijo echándose hacía atrás en la silla.

—Lo digo porque yo ya he cometido un fallo y...

—Tampoco nadie escucha —algo en su tono delataba que aquello no le gustaba —, que más da como te llame o trate cuando estamos solos. Pero... si eso piensa, mejor guardar distancia

—Es mejor prevenir... si alguien te escuchase sin querer, podría pensar cosas... —expliqué, ante lo cual él asintió sin mirarme.

Para poder olvidar ese asunto cambié de tema, y le pregunté si pensaba que algún guardia sospechaba de la fuga o algo así, era un pregunta estúpida, claramente, pero tenía que distraerlo con otra cosa.

—Todos y ninguno —contestó —. Siempre te miran con recelo pero la mayoría están de nuestra parte y son bastante agradables, los presos son otra cosa. Sólo los delincuentes de poca monta o los que aseguran ser inocentes no quieren matarnos. El resto acabarían con nosotros en un minutos si no estuviéramos en aislamiento.

Me di cuenta que pese a su fachada de dureza y despreocupación si estaba preocupado por pasarse la vida allí. Y en especial por que su hermano también lo estuviera. En las pocas sesiones reales que mantuvimos quedó claro que lo más importante para cada uno de ellos era el otro.

Aún no se había solucionado el problema de la puerta y demás, por lo que volví a abrirla manualmente para dejar llevarse a Murphy. Mientras salían al pasillo, con Murphy esposado, salí del despacho para preguntar por el arreglo del teléfono. Los guardias se frenaron para contestarme.

En esos momentos de otro de los despachos salió otro guardia con un recluso esposado. De ese tipo de hombres que imponen y da pavor verlos de cerca, no sólo por sus tatuajes, en zonas claramente dolorosas, cicatrices, sino también por su actitud física que trasmite inquietud. Cuando el recluso reparó en Murphy, que en esos momentos miraba al techo distraído mientras yo hablaba con los guardias, se zafó de su vigilante y se abalanzó hasta él.

—¡Maldito cabrón! —gritó mientras levantaba los brazos esposados para golpearle —, te mataré...

Los dos guardias que se encontraban a cada lado de Murphy se giraron sorprendidos e intentaron parar el envite del recluso pero por su tamaño se vieron sobrepasados. Murphy en lugar de intentar esquivar la agresión o contraatacar, se lanzó contra mi, apartándome de la linea de ataque del delincuente y evitando que uno de golpes me alcanzara. En menos de un segundo me encontré entre la pared y el cuerpo de Murphy, sin saber que era lo que había pasado.

Cuando reaccioné un poco, los tres guardias estaban reduciendo al preso contra el suelo, el cual seguía gritando y forcejeando. Y Murphy delante mía, y a pocos centímetros de mi cara. Siendo conscientes de la situación y la presencia de los guardias, Murphy se apartó , mostrando una expresión de dolor. El golpe que evitó que me alcanzará a mi, había acabado en su espalda.

—¿Qué te pasa? —pregunté, sin ocultar la preocupación en mi voz y gesto.

—No es nada —negó con la cabeza, pero entrecerraba los ojos a causa del malestar —. Por eso no podemos jugar con otros amigos en el patio —bromeó.

—¿Doctora, está bien? —me preguntó uno de los guardias, a lo que asentí, mirando a Murphy aún preocupada.

—Murphy, pónnoslo fácil y vuelve al despacho con la Doctora mientras nos ocupamos de éste —pidió otro de los guardias desde el suelo, donde se encontraba aún intentando que el otro recluso se estuviera quieto.

—Claro —asintió y se encaminó al interior del despacho donde le seguí.

Cerré la puerta tras entrar, y me acerqué hasta él.

—Gracias por ponerte delante, pero... —dije acercándome a él, me sentía en deuda y culpable porque le hubieran herido por protegerme.

—No es nada... ya le dije que no dejaríamos que nada le pasase —me recordó él, a lo que sonreí asintiendo.

—¿Te duele mucho?

—No, ha sido sólo un puñetazo en un sitio jodido... en dos minutos estaré bien.

Unos nudillos llamaron a la puerta, y me encaminé a abrir.

.


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Con lo ocurrido con ese preso y además teniendo que revisar y arreglar mi puerta, el teléfono y otra serie de cosas, a nadie le sorprendió que decidiera salir de la prisión hasta unas horas después, que fuera la sesión de Romeo.

No me apetecía conducir pero en las cercanías de Hoag no había nada a donde ir, así que me subí en Miss Daisy y conduje hasta el barrio urbano más cercano. Sencillamente quería tomar una tila en una cafetería, tirar el cachivache que había estropeado todo los aparatos de mi despacho y estar tranquila y alejada de todo para poner mi cabeza en orden.

Pasé dos horas sentada en la mesa de una cálida cafetería, intenté leer el periódico, pero fue inútil, así que desistí y pase a la sección de crucigramas donde me fijé en al ajedrez, no era un juego que me gustase realmente, pero una idea cruzó mi cabeza, como una epifanía, donde todos nosotros eramos las piezas, y yo era sólo un peón.

En un principio podría parecer que los hermanos eran los reyes, pero enseguida comprendí que ese papel lo tenía quien manejaba los hilos, y no, no era Smecker, el sin lugar a dudas era la Reina, lo cual si paraba a pensarlo tenía cierta gracia; el rey era el vaticano, los hermanos eran las torres, Eunice era un alfil, entonces... entonces yo no era un peón. Podía pensar que lo era, por como me habían metido en todo esto sin consultar y usándome sin contemplación, pero mi papel no era el de peón, era el caballo. Yo también era una pieza importante, y no lo podía negar.

Me levanté, y regresé a la prisión. Aquella revelación produjo algo en mi interior, un sentimiento de valor o de pertenencia a algo. No necesitaba pensar, no había tiempo para pensar.

Cuando volví a mi despacho todo estaba solucionado, y esperé a Romeo el cual se mostró nervioso al principio, y se aproximó a la mesa para escribir en una nota.

—No es necesario... ya podemos hablar —le aseguré.

—¿Está segura? —preguntó con recelo.

—Todo lo que puedo estarlo —contesté.

—Y bien, fueron a hablar con mi tio Cesar, ¿que les contó? —preguntó Romeo.

—No sé si Smecker ha ido a hablar con él hoy, pero supongo que sí, pero no le he visto —dije negando con la cabeza levemente.

—Él lo sabe todo, así que esté tranquila Doctora, que esos mafiosos no la van a poder pillar desprevenida.

Le escuchaba hablar, pero le notaba intranquilo, ansioso y nervioso.

—Romeo, será mejor que hablemos de mañana ¿sabes que día es? —pregunté mirándole seria.

—Sí, sí... llevó pensando en eso dos días —confesó.

—Mañana cuando nos veamos te entregaré lo que necesitas para montar tu fuga —comencé a relatar —Deberás hacer las cosas como yo te explique y preguntarme todas las dudas que tengas, todas, te irás solo, todo depende de ti.

—Claro, todo de mi —repitió.

—Debes mostrarte con normalidad, y no alterarte, es de vital importancia que los guardias no sospechen y te hagan algún registro más severo o por sorpresa —él asintió al escucharme, serio y tragando con fuerza —. Debes hacer que te lleven a la enfermería, pero como algo rutinario, no formes un escándalo, los síntomas que tendrás debes fingirlos, pero deben parecer reales. El buen comportamiento y la calma son fundamentales, pues es necesario que solo te acompañe un guardia, si son dos no podrás salir...—volvió a asentir y a tragar, mientras yo le expliqué todo el resto del plan —... Allí te estarán esperando y te llevarán a un lugar donde esconderte. Sé que ahora es confuso, pero mañana con todo te lo explicaré mejor —pregunté — Si quieres lo repasamos.

—No, no... lo tengo claro —aseguró —. Sé que voy a estar solo, y que tendré que hacerlo bien.

—Lo harás bien.

Aunque había dicho que lo entendía, volví a repetirle todo, tal y como Smecker me lo había explicado, cada paso, cada momento. Él asentía, pero se le notaba cada vez más nervioso. Así terminó su hora de consulta y le llevaron de regreso a la celda.

Cuando le vi marcharse pedí en silencio que consiguiera tranquilizarse.

.


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Como cada día, me dirigí al Hospital para visitar a mi abuela y estar con ella. Aunque pareciera raro y también me volviera loca preguntándome por ese novio al que quería conocer, era mi momento favorito del día.

Erik había entablado una amistad con mi abuela, y en esa ocasión vino a hacerle la revisión diaria mientras me encontraba allí.

—¿Como se encuentra hoy? —preguntó animadamente.

—Estupendamente, para estar retenida sin poder moverme de esta habitación depresiva y comiendo plástico tres veces al día.

—Y ¿Qué ha comido? —preguntó.

Mi abuela le contestó, añadiendo la opinión que le generaba esa comida de nuevo, Erik siguió preguntando, no por interés, sino por saber si tenía daños que afectasen a la memoria y demás.

—¿Y si pudiera ir a cenar a algún sitio, dónde iría? —preguntó divertido.

—Pues a mi casa, que es donde mejor se come —aseguró mi abuela.

—Pero, y si quisiera llevar a su nieta a cenar, ¿dónde le gustaría que la llevase?

Aquella pregunta hizo que me sintiera tremendamente sofocada y avergonzada.

—No puede llevarla a cenar, mi nieta esta saliendo con un joven de ojos azules muy agradable y bueno —sentenció ella, lo que dejó a Erik avergonzado.

—Oh... vaya... —me miró confuso — No sabía que estaba ya comprometida.

—No estoy comprometida... ¡Nona por Dios! —la miré con reprobación.

—No uses el nombre de Nuestro Señor en vano, es una falta —dijo mi abuela.

Tras aquel momento incómodo, salí de la habitación de mi abuela con el doctor, y me disculpé con él.

—Me disculpo, cómo no me dijiste que estabas saliendo con alguien supuse que...

—Oh no, no... Bueno es algo que le dije a mi abuela y ella le ha dado demasiada importancia —expliqué —. Tiene ganas de tener bisnietos y bueno... pensar esas cosas la anima.

—Típico de las abuelas —comentó él —. ¿Entonces la cena?

—Pues verás... sé que mi abuela ya está mejor pero lo cierto es que...

El teléfono de mi bolso comenzó a sonar, y haciéndole un gesto con la mano para que me disculpase atendí la llamada.

—Doctora, soy Maximiliam —dijo la voz de Smecker al aparato sin darme tiempo a decir nada —. En cuanto acabe de visitar a su abuela baje al vestíbulo, la espero en la entrada, tenemos cosas que hacer. No se retrase demasiado.

—Sí... —dije desconcertada.

Entré en la habitación de mi abuela y me despedí de ella, la hora de visitas estaba apunto de terminar, y la reprendí por su suelta lengua delante del doctor.

—Bueno un doctor es un doctor, si lo prefieres a tu caballero misterioso que no quieres presentarme, podría entenderlo.

—Eres incorregible —dije poniendo los ojos en blanco.

—A mi edad no te lo voy a negar...

Me dirigí al ascensor, y antes de que las puertas se cerrasen Erik entró con una enfermera, con la estuvo hablando hasta llegar a la ultima planta.

—¿Ya te vas? —preguntó dirigiéndose a mi al salir del ascensor.

—Sí, me están esperando —y señalé al vestíbulo.

—Bueno... sobre la cena...

—Podemos hablarlo mañana, ahora tengo un poco de prisa, me esta esperando... ehh... —intentaba inventarme algo cuando vi a Smecker o mejor dicho le reconocí en el vestíbulo, sentado en uno de los sillones de espera —... La reina.

—¿Perdón? —preguntó confuso.

Pero no le hice caso, mis ojos no podían apartarse de la visión de Smecker vestido de mujer con medias de cristal y tacones de aguja... Cuando me vio, mirándole incrédula se puso en pie, y con un dominio increíble de los zapatos de tacón caminó hasta el exterior, tras hacerme un gesto rápido y lleno de gracia con la cabeza.

—Lo siento, Erik, de verdad... pero tengo cita con mi psicoanalista... tengo que verle inmediatamente.

Evidentemente él se quedo desconcertado, y yo me felicité por perder la oportunidad de comenzar una relación con un doctor en medicina interesado en mi, y con seguridad una de mis ultimas oportunidades de casarme antes de los treinta... pero no podía hacer otra cosa. Smecker estaba vestido de mujer.


.~Continuará~.


Sé que he tardado en subir, más de lo que tenía pensado, me disculpo. He tenido un poco de lio en está semana.

Gracias a todas las que seguís la historia y la comentáis por aquí o las redes sociales. Significa mucho para mi y me motiva increiblemente, Muchísimas gracias de verdad. Recordar que el Hashtag de este fic es #terapiadefuga y que en mi profile tenéis los enlaces a mis perfiles de Twitter y Facebook de Hotarubi86.