En tus manos está, el evitar sucumbir ante las tentaciones. No deberás aceptar ofrecimientos impuros ni ofrecimientos; que vayan en contra de los principios y creencias de nuestro señor. No deberás aceptar algún pensamiento impuro que te incluya. Todo ello, es pecado. Es alta traición.
Pero nuestro nuevo señor, entiende que de esos deseos, vivimos. Que esos deseos, nos satisfacen y complementan. ¿Cuál de sus súbditos no ha tenido deseos impuros, que ha deseado hacer realidad?
Así lo cree Severus, cuando la hermosa y elegante Narcisa sucumbe ante él. Cuando lo desea, cuando desgarra sus vestiduras en su imperiosa necesidad; de hacerse uno con él. La recibe en su hogar, acaricia sus finos labios. Hace de su cuerpo, sus deseos más profundos. Una sonrisa suave está en la mujer, cuando exhausta ha terminado a su lado. Era su deseo y Severus se lo ha consentido. Los nuevos credos, los nuevos textos. Ellos lo permiten.
Alabado sea el señor, por este acto impuro. Por el placer, que se siente cuando tienes algo que está prohibido y que sabes, que medianamente es tuyo.
