Ya saben, nada es mio: Los personajes son de Stephenie Meyer; la trama es de Nina Coombs.
Love So Fearful
.
Oscurecía cuando Bella y la yegua regresaron al patio del establo. Si tenía suerte, Edward ya se habría ido, y sin duda pasaría aquella noche con Tanya, en caso de que ella hubiera vuelto con él.
Desmontó penosamente, sintiéndose como si tuviera cien años. Frotó con gesto distraído el suave morro de la yegua. En esta ocasión, cuando Edward se marchara, tendría que reflexionar en serio, pues parecía imposible continuar de aquel modo. Pero abandonar el rancho y no volver a ver jamás a Edward parecía peor. Dudaba de que tuviera el valor de hacerlo.
Condujo a la yegua a su casilla, fue a guardar la silla de montar y regresó con la almohaza y el cepillo. Como siempre, acicalar a un caballo la consolaría. Infinidad de veces, en su juventud, se había retirado al corral, con su olor caballuno, para tratar de resolver allí los problemas que le parecían insuperables. De algún modo había sobrevivido a todas las dificultades que se le habían presentado en la vida. Y, mientras cepillaba a la yegua, se dijo que también sobreviviría ahora. Debía hacerlo.
Trabajó sosegadamente bajo la luz tenue del establo, sin más sonido que el agradable ruido de los caballos al pisar la paja y masticar el heno. Finalmente, la paz empezó a abrirse paso en su corazón. Se dijo con firmeza que existía alguna salida a su situación, y que la encontraría.
Devolvió la almohaza y el cepillo al cuarto de los arreos y fue a hacer su habitual ronda nocturna. En las dos últimas semanas se había convertido en una especie de hábito examinar a la yegua y a la potranca antes de retirarse a descansar. También revisaba a cualquier otro animal que tuviera algún problema. Ahora, naturalmente, añadiría al semental a la lista. Se palpó el bolsillo para asegurarse de que le quedaba algún terrón de azúcar y cruzó el establo.
Arabica se había convertido en una madre modélica, como pudo comprobar Bella al apoyarse en la barandilla y observar como se alimentaba la potranca. La maternidad no había supuesto ninguna dificultad para la yegua. Y una voz en lo más profundo de su corazón le dijo que tampoco sería difícil para ella, sólo con que el niño fuera de Edward. Meneó la cabeza, tratando de ahuyentar la dolorosa imagen, pero fue inútil. Quería tener un hijo de Edward Masen, lo deseaba con todas sus fuerzas. Pero lo quería como una señal de amor…, amor mutuo, no sólo el amor que ella sentía…., y aquello nunca podría ser.
Se irguió lentamente y fue a la casilla del semental. Este observó cómo se acercaba, pero no pareció desconfiar lo más mínimo. Incluso asomó la cabeza por encima de la valla y la saludó con un relincho. Bella sonrió. No podía estar totalmente desanimada cuando pensaba en su éxito con Diablo. Él le había restaurado la fe en sí misma… o en lo que fuera, pues no estaba del todo segura. Y entonces percibió claramente la verdad.
Diablo le había devuelto la fe en el amor, pues amor era lo que ella le había ofrecido allá en la pradera. Un amor basado en la confianza y el respeto. Y el animal lo había aceptado. Ojalá los humanos… Dejó de lado aquel pensamiento. Era preciso que no pensara más en tales cosas. Estaba allí para examinar las heridas del semental y comprobar si todo estaba en orden.
Frotó el suave cuello extendido ante ella y le habló afectuosamente.
–Primero tienes que dejarme examinarte, como un buen chico.
Haciendo caso omiso de las órdenes de Edward, se agachó y procuró colocarse en una posición que le permitiera abarcar el ancho pecho del caballo desde loa tablones de la casilla. Pero el semental estaba ansioso de recibir el azúcar y se apretaba contra las tablas, tratando de llegar al sombrero que con tanta frecuencia contenía una golosina para él.
Bella se enderezó y ladeó la cabeza.
–Todavía no, tonto. Tienes que dejar que te vea.
Echó una rápida mirada a su alrededor, y su labio se curvó en un gesto irritado. Edward empezaba a ser insoportable. No había modo de examinar las heridas sin entrar en la casilla. Y, si la encontraba allí, se pondría muy furioso. Pero Bella sabía que no corría peligro y que el gran caballo nunca le haría daño. Además, era la hora de cenar. Con un poco de suerte, si Edward se encontraba en el rancho, estaría cenando.
Enderezó los hombros y decidió arriesgarse. Pocos minutos bastarían para ver lo que necesitaba. Luego saldría y Edward no se enteraría de lo que había hecho. Descorrió el cerrojo, abrió la puerta y entró en la casilla. Diablo se acercó a ella ansioso, resollando de expectación. Bella le acarició el gran cuello.
–Espera, muchacho. Sólo déjame ver.
El caballo permaneció inmóvil, obediente, mientras ella se agachaba para examinarle el pecho. Todo parecía bien. El animal bajó la cabeza y le tocó el hombro con sus labios aterciopelados.
Bella se enderezó y exhaló un suspiro.
–También yo te quiero –le dijo–. Pero me temo que será mejor que nos mantengamos a cierta dis…
El chirrido de la puerta al abrirse la alertó, y rápidamente miró a su alrededor en busca de algún lugar donde ocultarse, aunque sabia que tal esfuerzo sería inútil.
–¿Bella? ¿Estás allí?
Era Edward, como ella había supuesto, y le respondió con voz baja y clara, sabiendo instintivamente que él no iría hasta allí sin examinar las casillas.
–Estaré aquí cuando llegues –le replicó, impidiendo a su voz una jovialidad que estaba lejos de sentir.
Oyó la ruda respiración de Edward y supo que había descubierto su paradero. Bella le dio otra palmada al semental y se volvió para abrir la puerta. Pensaba salir tranquilamente de la casilla y mostrarle así a Edward que el caballo se había portado del modo más apacible. Probablemente, él no seguiría molesto porque hubiera domado al bruto.
Pero apenas había puesto la mano en el cerrojo, cuando la puerta se abrió y un largo brazo penetró en la casilla y la arrancó literalmente de allí. El grito de Bella alertó al semental, el cual avanzó hacia el intruso enseñando los dientes. Edward le cerró la puerta en los morros, arrojó a Bella a un lado, sobre la paja, y se echó al suelo tras ella.
Bella permaneció tendida un momento pasmada por el rápido giro de los acontecimientos. Luego recobró el dominio de sí misma y trató de incorporarse. Pero Edward no se lo permitió. Cogiéndola por un tobillo enfundado en la bota, la hizo caer de nuevo y se colocó encima de ella. Megan le golpeó inútilmente la espalda con sus pequeños puños.
–¡Deja que me levante y me vaya!
–¡No! –exclamó el en un tono abrupto y definitivo, reforzado por el peso de su cuerpo. Bella notó que la presionaba, sintió los duros músculos contra los suyos y la hebilla del cinturón que le oprimía el estomago–. No vas a ninguna parte hasta que yo lo diga.
Bella se detuvo entonces, viendo con toda claridad que era inútil presentar resistencia.
–¿Qué quieres de mí? –le preguntó con voz entrecortada, al borde del sollozo.
–Un poco de sentido común –gruñó Edward. Estaba de espaldas a la luz y tenía el rostro ensombrecido, pero ella pudo ver la mueca cruel de sus labios–. Te dije que no te acercaras a la casilla del semental. ¡Podría haberte matado!
Bella sintió que las lágrimas brotaban incontrolables de sus ojos.
–¡Eso es una descarada mentira! –le espetó–. Jamás me haría daño. Iba a atacarte a ti, porque me hacías daño. Deja que me levante y te lo demostraré.
Se agitó, tratando de liberarse, pero los dedos de Edward se hundían cruelmente en sus hombros.
–No harás semejante cosa.
Bella se sintió súbitamente exhausta. Anhelaba el consuelo que él pudiera proporcionarle. El duro cuerpo masculino que ahora la inmovilizaba contra la paja podía cubrirla de ternura y cariño. Oyó el jadeo de Edward, notó la erección de su miembro, que le presionaba un muslo, y el pánico se apoderó de ella. Si cedía ahora, allí, sobre la paja, como cualquier vulgar… jamás se lo perdonaría. No podía recurrir a ninguna arma física, por lo que tendría que utilizar las verbales.
–Siento haber herido el orgullo del gran hombre –le dijo sarcásticamente–. Pero la verdad es que he domado a ese malvado semental. Claro que cualquiera podría haberlo hecho. –Vio que la ira enrojecía el rostro de Edward, y siguió diciendo–: Cualquiera con un poco de sentido común. Pero tú, naturalmente…
–Ya basta –gritó él, cubriéndole los labios con su boca.
Bella notó un sabor de sangre: se había desgarrado un labio con los dientes. Edward aplastó salvajemente su boca contra la de ella, haciendo inútiles todos sus esfuerzos por resistirse. Tenía los puños inmovilizados por encima de la cabeza, y el cuerpo tan oprimido por el de Edward que creyó que moriría cuando sus pulmones se quedaran sin aire. El vaquero le devastó la boca, y ella supo que a continuación saquearía su cuerpo. La cólera que había provocado en él, con la intensión de distraerle de su propósito, no había servido de nada. Antes al contrario, le había sumido aun más en su vengativa pasión sexual.
Una mano de Edward bajó hasta su camisa. Ella se resistió con todas sus fuerzas. En cualquier momento le desgarraría la ropa. El semental, que percibía su situación, relinchaba nervioso y daba coces contra las paredes de la casilla, mientras la mano de Edward se cerraba toscamente sobre un seno de Bella. Sí, lo haría en cualquier momento. Cerró los ojos y esperó.
Y entonces se escuchó el crujido de la puerta y la voz de Seth, como la de un salvador, flotó en la atmosfera.
–Edward, te llaman al teléfono. Es conferencia.
Bella sintió que el cuerpo que inmovilizaba el suyo se relajaba.
–Ve enseguida, Seth. Diles que esperen un momento.
–De acuerdo.
Bella permanecía inmóvil, con los ojos cerrados, temerosa de moverse por si Edward reanudaba su ataque. Pero la voz de Seth había roto el hechizo. Cuando le habló, su tono era neutro.
–Abre los ojos –le dijo.
Ella no pensó en desobedecer. La mirada de los ojos esmeraldas la sondeaba.
–Óyeme bien, Bella Swan. Lo digo en serio. Mantente alejada de ese semental. Si no lo haces… –su expresión se volvió amenazadora–. Lo lamentarás ¿Comprendido?
Bella asintió. Bajo aquellas circunstancias sería absurdo hacer otra cosa.
–Bien. –Edward se incorporó y permaneció en pie ante ella, con las manos en las caderas–. Has tenido un día agitado. Creo que deberías acostarte pronto. Ahora mismo.
Entonces se alejó. Las luces del establo lanzaban su sombra por delante de él.
Bella aguardó hasta que la puerta se cerró tras él antes de moverse. Que desfachatez tenía aquel hombre… tratarla de aquel modo, ordenarle que fuera a acostarse, como si se tratara de una criatura. ¡Y además sin cenar!
Se levantó, rígida, y cruzó el cuarto de los arreos para entrar en la pequeña habitación que había dignificado con el nombre de consultorio. Se observó lentamente en el espejo cuarteado que colgaba de una pared. El sol había tostado su piel, pero el bronceado no ocultaba las sombras bajo los ojos ni el dolor que parecía anidar en sus profundidades.
El amor era, ciertamente, algo temible. Pensó en ello mientras buscaba un pañuelo de papel y se enjuagaba la sangre del labio. Aquel era un amor tan temible que estremecía sus entrañas. No era el amor, desde luego, lo que impulsaba a Edward a comportarse como lo hacía, sino su orgullo viril herido. Pero el amor era lo que la mantenía a ella allí…, encadenada a aquel lugar por el amor de un hombre que no sentía nada salvo furor hacia ella.
Examinó su rostro detenidamente, se pasó un peine por el cabello castaño rojizo y se dirigió a la cocina. Se iría a la cama, de acuerdo, contenta de evitar la compañía de Edward. Pero no tenía la intensión de acostarse con el estómago vacío. Si la señora Weber no estaba por allí, abriría el refrigerador y correría sus riesgos.
Pero la señora Weber estaba todavía en la cocina, agitando el contenido de un puchero que, a juzgar por su olor, era algo delicioso para la comida del día siguiente. La mujer saludó a Bella con una ancha sonrisa, y si su aguda mirada percibió el corte en el labio, no hizo ningún comentario.
–Así que aquí estás, muchacha. Has decidido de dejar de perderte las comidas –la regañó con buen humor–. Eso no es nada bueno para el cuerpo.
–Lo se, señora Weber. –Bella estaba demasiado cansada para discutir–. Es que hoy el semental se hizo daño… Luego salí a cabalgar y… Bueno –hizo un vago gesto con las manos–, ya sabe como son las cosas.
–Sí, lo sé. Y también estoy enterada de lo de ese semental, esa bestia terrible. El señor Edward se subía por las paredes, a causa de los peligros que corrías. Nunca le había visto tan enfurecido.
Bella pensó si debería exponerle a la señora Weber los hechos verdaderos, que no era el peligro que corría lo que había puesto a Edward de tan mal humor, sino el menoscabo de su orgullo masculino. Pero le pareció que la señora Weber no creería nada de lo que le dijera acerca de Edward, si se trataba de algo malo. Siempre que hablaba de él, lo hacía con un tono y unos ademanes claramente anunciadores de que consideraba a aquel hombre como una maravilla.
Bella se sentó ante la pesada mesa.
–Sé que es tarde –dijo, sonriendo tristemente al ama de llaves–, pero, ¿tiene algo para comer?
La señora Weber soltó un bufido.
–En ningún momento ha faltado un bocado en mi cocina para quien quiere comer. Siéntate y toma esta taza de café.
Y colocó un tazón humeante ante Bella.
–Gracias, señora Weber.
Bella rodeó la taza con las manos. La noche de agosto no era fría, pero se sentía un poco destemplada. Su encuentro con Edward le había producido una conmoción. Pensó en lo enfadado que debía de estar para castigarla de aquella manera tan tosca. Se estremeció levemente, mientras pensaba en aquello de lo que afortunadamente se había librado.
–Aquí tienes –dijo la señora Weber, colocando un gran cuenco de sopa de verdura y un plato de galletas de masa fermentada ante ella.
Bella husmeó apreciativamente.
–Que olor tan rico –dijo, cogiendo la cuchara–. Se nota que está hecha en casa. –Miró a la mujer, agradecida–. ¡Y galletas caseras con mantequilla! No podía pedir una cena mejor.
–Todo ha salido bien –dijo el ama de llaves, complacida–, pero tengo un don de Dios para hacer estas cosas, así que difícilmente puedo envanecerme.
Bella sonrió. La agradable y consoladora compañía de la señora Weber empezaba a devolverle la sensación de normalidad. El lado sombrío de Edward que había vislumbrado empezaba a desvanecerse. Naturalmente, había estado muy encolerizado, y quizá no había pretendido hacer lo que ella pensaba. Tal vez habría recobrado el dominio de sí mismo sin aquella providencial interrupción de Seth.
Mientras terminaba la sopa, sintió que la inundaba una gran oleada de fatiga. Solo deseaba irse a la cama, abandonarse de un buen grado al olvido del sueño y la liberación, por temporal que fuera, que le proporcionaría.
Rehusó con un gesto de la cabeza el trozo de pastel de manzana que le ofrecía el ama de llaves.
–Esta noche, no. Estoy segura de que es delicioso, pero me siento plenamente satisfecha.
Un surco de preocupación se dibujó en la frente de la señora Weber.
–Espero que no te sientas mal. Últimamente estás bastante demacrada. Comes menos que un pajarito.
Bella sonrió débilmente al oír estas últimas palabras.
–Le prometo que voy a volver una página en mi vida. A partir de ahora comeré como un caballo. Como dos caballos.
El ama de llaves hizo una mueca, pero devolvió la sonrisa a Bella.
–Sería más exacto decir que comerás como dos pajaritos.
Bella se unió a su risa, y luego se levantó fatigosamente.
–Si Edward pregunta por mí, dígale que me he acostado.
–Si le veo. Ha ido a casa de los Denali, por lo que supongo que no regresará hasta tarde.
Bella asintió. Así que Edward había corrido a ver a Tanya después de su pelea. Sin duda le daría alguna versión distorsionada de lo sucedido.
Bella suspiró y subió la escalera. Sentía el cansancio en los pies y en el corazón. Ahora Edward estaba enfadado con ella. Y no había modo de redimirse a sus ojos.
Sorry! Lamento mucho haber tardado tanto cuando les prometí actualizar pronto! De verdad lo siento, no pude actualizar por: estoy en época de examenes finales, lo cual conlleva a estudiar mucho; John Cena se´'retiró' de la WWE, :( mis lunes ya no tienen sentido; creo que he reprobado dos materias -física y probabilidad- lo cual es lastimoso ya que soy pésima en números... De verdad lo siento, pero he aquí el cap.
