1. algunos de los personajes usados en esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi (digo algunos personajes porque otros preferí mantenerlos del original)

2. la historia no me pertenece ni es de mi autoría, la historia se llama "Intriga y Seducción" y pertenece a Jennifer Blake

Hola, antes que nada les comento que este capitulo es un poco grotesco, les aseguro que nada aterrador, pero bueno, quería advertirlo…


Capitulo 9

Serena esperaba que Darien durmiera hasta bien entrado el día, pero no fue así. Menos de cuatro horas después de haberse vuelto a acostar, estaba en pie, afeitado, vestido y de nuevo con total dominio de si. Lo único que parecía haber quedado afectado era su carácter. Se mostró seco con Sarus, al que halló durmiendo ante la puerta del dormitorio, hosco con Serena cuando esta no fue lo bastante rápida en preguntarle que deseaba desayunar, y cortante con Artemis cuando este le ofreció algo para el dolor de cabeza que a buen seguro padecía. Darien descendió a la sala y ordeno que todos los miembros de su escolta se reunieran con el allí, vestidos de uniforme, al cabo de media hora.

Cuando los hombres llegaron, disimulando los bostezos y estirándose subrepticiamente las guerreras, para formar una especie de corte marcial, Darien envió a buscar a las mujeres de una en una para interrogarlas. Tan devastador resultó el interrogatorio, que aquellas mujeres frívolas y endurecidas salieron de e con los labios blancos y silenciosas, o bañadas en lágrimas. Jedite tuvo que ayudar a la joven acadiana, que ahogaba los sollozos con ambas manos. Cuando llego el momento de marcharse, no se dejo convencer para quedarse en el pabellón de caza, a pesar de los ruegos que Serena oyó pronunciar a Jedite. La chica se fue con las otras antes del mediodía en la calesa que les había proporcionado el señor de la Chaise. No miró hacia atrás cuando el vehículo se alejó.

Esa tarde se celebró una asamblea de la que Serena quedó excluida. Antes de que empezara la acompañaron cortésmente al dormitorio que compartía con Darien, donde pasó el tiempo ayudando a Sarus a poner un poco de orden. Frotaron las paredes, limpiaron los muebles, pulieron la estructura de madera de la cama y sustituyeron el colchón y la ropa de cama. Persistió, no obstante, el olor a madera quemada, unido, cuando terminaron, al aroma del jabón y del aceite de limón para pulir. Tras haber conseguido hacer de nuevo habitable el dormitorio, Sarus se fue con una inclinación a ocuparse de la cena, dejándola sola.

Durante la tarde, Serena oyó varias veces el sonido de cascos en el sendero. Los hombres del príncipe iban y venían con encargos cuya naturaleza ella sólo podía conjeturar. Al parecer Darien se había cansado de su juego e intentaba una vez más descubrir el paradero de Mina. La causa no era difícil de adivinar; sin duda el incidente de la noche anterior le había impresionado por su similitud con la muerte de su hermano. Hubiera sido excesivo que un segundo heredero al trono de Rutenia muriera en su lecho por causas no naturales.

Aunque Serena intentó no pensar en ello, el incendio no se alejó de sus pensamientos en todo el día. A pesar de la sugerencia de Ziocite, no había sido un accidente, de eso estaba segura. Ella misma había apagado la vela que había sobre la mesita, junto a la cama, antes de retirarse al vestidor. La idea de que un extraño se hubiera introducido en la casa era verosímil, dadas las circunstancias, pero para aprovecharse de esas mismas circunstancias esa persona habría necesitado información procedente de alguien de dentro, o bien haber mantenido una estrecha vigilancia. Aun así, era extremadamente arriesgado. La explicación mas lógica, como había insinuado Artemis, era que la persona que deseaba ver muerto a Darien era uno de los miembros de su garde de corps.

¿Por qué se inquietaba ella por todo eso? Únicamente debería preocuparse por ella misma y por la insostenible posición en que la había colocado el príncipe. Debería pensar en lo que le aguardaba y lo que había si la amenaza de retenerla junto a él pasaba a ser una realidad. Tenía que conseguir escapar de algún modo. No tenía la menor idea de como hacerlo, pero no podía quedarse cruzada de brazos. Por ese camino su vida acabaría siendo como la de las mujeres de la noche anterior, la vida de una cualquiera sin honor ni dignidad, en la que todos los hombres serían amos, y no pertenecería a nadie, ni siquiera a si misma.

Oscureció pronto, pues el cielo se cubrió de nubes y la niebla amortajó los árboles, amenazando con convertirse en lluvia. Serena se bañó antes de la cena y se lavó el pelo para librarse del olor a humo. Desenredó luego los húmedos y sedosos cabellos y volvió a ponerse su vestido de muselina y el blusón que le había llevado Sarus por la mañana, recién lavado y planchado. Estaba sentada frente al fuego, secándose los largos bucles, frotándolos suavemente, cuando entró Darien.

El príncipe se detuvo un instante para mirarla; luego cerró la puerta y se acercó a ella pausadamente. Habló entonces como si su mente estuviera en realidad ocupada en otros asuntos.

-Tal vez como recompensa por lo de anoche le gustaría un vestido nuevo.

-No, gracias.

-No hace mucho se quejaba de la falta de variedad en su guardarropa.

Serena le echó una breve mirada y replicó:

-Tengo un guardarropa más que adecuado en casa de mi tía.

-Al que no tiene acceso. Si esos harapos que lleva encima son un ejemplo, no creo que sienta mucho su perdida.

-¿Qué tiene de malo este vestido?

-Dejando a un lado el hecho de que es de la muselina mas barata, susceptible de romperse como el papel de seda -respondió él, con ojos brillantes que la desafiaban a comentar su responsabilidad en el estado harapiento del vestido-, hace cinco años por lo menos que dejó de estar de moda. Además, no le sienta nada bien, aunque probablemente le quedaba perfectamente a Mina cuando era una jeune fille.

Las palabras del príncipe eran mordaces, y pronunciadas con el tono de burla más ofensivo que ella recordaba desde que conociera a Darien. Serena lo miró con ojos velados por la rabia y algo más que no quería admitir.

-Es todo lo que tengo -dijo.

-Le proponía precisamente remediarlo.

-¡No es su deber ni tampoco su derecho!

-Esta en un error -la contradijo él con tono amable-. Si deseo cubrirla de diamantes y perlas, lo haré. Si me place verla adornada con guirnaldas de flores, los pies embutidos en piel y un rubí en el ombligo, se satisfarán mis deseos. Todo lo que quiero de usted es...

-¡Ya lo sé! Mi obediencia. Habrá de perdonarme si el estado de mis ropas no conviene a su posición social. No venía preparada para una larga estancia... y no sabía que posición estaba destinada a ocupar. ¡Tendrá que conformarse conmigo tal como estoy!

El príncipe se acercó a ella con aire amenazador. Sus ojos desprendían oscuras chispas de zafiro.

-Estoy pensando en volver a considerar la idea de restringir sus movimientos mediante la desnudez. No sólo sería más conveniente, sino que evitaría una relación demasiado estrecha con mi guardia. Así dejaría de convertirlos en sus campeones y jugar con sus simpatías para conseguir que la dejen ir adonde quiera.

-Está... está exagerando.

-¿En lo de mantenerla desnuda, o en la posible reacción de mis hombres? Le aseguro que en ambos casos no digo sino la verdad. -Darien apoyó una rodilla en el suelo, junto a la silla en la que estaba sentada, extendió un brazo y recorrió con los dedos la mejilla de Serena hasta la mandíbula, luego su garganta y más abajo, hacia la línea de separación entre sus pechos - Es una pena que hayamos tenido que conocernos de este modo, pero no soy de los que desprecian un regalo de los dioses por el modo en que viene envuelto. Estoy dispuesto a disfrutar de usted mientras pueda, y a procurar que usted no salga perdiendo.

Estas palabras, con su promesa de retribución, cayeron como ácido en la mente de Serena. No habían hecho más que confirmar lo que ella ya sospechaba, pero aun así se apoderó de ella la ira. Aparto la mano de Darien y se puso en pie.

-Que amable de su parte -dijo con tono desabrido.

Un suave golpe en la puerta la interrumpió. Darien se había levantado al mismo tiempo que ella. Dio un paso hacia la puerta y se detuvo, vacilante. Miró a Serena y a esta le pareció ver en las profundidades de sus ojos una chispa de algo que podía ser arrepentimiento. De repente Darien llegó a la puerta con unas cuantas zancadas y la abrió.

Era Sarus. Mantuvieron una conversación en voz baja luego el criado se fue. Con una mano en el pomo de la puerta, Darien miró a Serena.

-Sarus dice que la cena esta servida, pero primero hay un asunto que requiere mi atención. Me reuniré con usted abajo dentro de un momento. -Se alejaba ya cuando volvió una vez más la mirada hacia Serena-. Por cierto, hemos descubierto el escondite de Mina. Caerá en nuestro poder antes de que amanezca.

Serena se quedo mirando fijamente la puerta largo rato después de que el príncipe la hubiera cerrado. Respiró profundamente con las manos contra el pecho para tranquilizarse. Ya nada podía hacer ella. Le hubiera gustado estar sola, renunciar a la cena. Sin embargo, si no se presentaba, Darien podría muy bien volver y cumplir con su amenaza; le creía capaz de eso y de mucho más. Por el momento tendría que hacer lo que le ordenara, pero no siempre sería así.

Sus cabellos estaban casi secos. Se los cepilló una vez mas, los echó hacia atrás y se dirigió a la escalera.

Fruncía un poco el entrecejo mientras descendía, con los pensamientos puestos en lo que le había dicho Darien y la vista fija en los peldaños de roble y en el zócalo de faux bois pintado artísticamente para que pareciera mármol. Al llegar a la pilastra de la escalinata, alzó la vista. La puerta principal estaba abierta, como si acabara de entrar alguien a toda prisa, y la fría humedad del exterior se filtraba en la casa por la abertura. Casi sin pensarlo, Serena se acercó para cerrarla. Puso la mano en el pomo, pero se detuvo y se asomó a la noche envuelta en un sudario de niebla.

Había un caballo ensillado y atado al poste de hierro forjado delante de los escalones de entrada. La bestia, inquieta, pateaba el suelo. Serena la miró con ojos ardientes. Sentía el impulso de lanzarse escaleras abajo, montar y alejarse al galope como un intenso dolor. Volvió la cabeza cautelosamente hacia la gran sala; en la mesa relucía la porcelana, el cristal y la cubertería. No había nadie allí, ni tampoco en los sillones egipcios ante el fuego. Los hombres debían de haberse reunido conDarien para el asunto que había mencionado, e indudablemente Sarus se hallaba en la despensa preparando el primer plato. Aguzó el oído y percibió un murmullo de voces arriba y el débil sonido de platos más allá de la puerta de la sala donde iban a cenar. Por increíble que pareciera, estaba sola.

Salió sigilosamente y cerró la puerta con cuidado. Luego caminó de puntillas por el porche y bajó las escaleras. Le temblaban los dedos, de modo que tardó un rato en deshacer el nudo que sujetaba las riendas al poste. Era un caballo castrado de sedoso pelaje blanco y grandes ojos inteligentes. Serena le palmeó el pescuezo, susurrándole palabras tranquilizadoras, haciéndole retroceder hasta el montador. Rezando para que el caballo tuviera experiencia con las faldas de las mujeres, puso el pie en el estribo y montó. La bestia resopló y volvió la cabeza como interrogándola cortésmente, pero no hizo movimiento alguno para desmontarla. Serena hizo chascar levemente la lengua, hundió los estribos en sus flancos y le hizo enfilar el sendero a paso tranquilo.

Estuvo a punto de sucumbir a la tentación de lanzarlo al galope. Cuanto más tiempo tardaran en dar la alarma, más posibilidades tendría ella de escapar. Se hallaba fuera de la casa y a caballo, pero no se hacía demasiadas ilusiones, aún podían cogerla. Miró hacia atrás por encima del hombro. Las ventanas del pabellón de caza estaban iluminadas por la luz de las velas, dándole al conjunto un aire de vigilancia, pero no vio moverse a nadie en los rectángulos tenuemente iluminados. Con los dientes apretados, volvió la cabeza hacia el sendero, manteniendo el paso lento y regular de su montura.

Fue grande su alivio cuando pudo azuzar al caballo e iniciar un medio galope. Sus posibilidades de éxito aumentaban a medida que avanzaba, poniendo tierra de por medio. Los del pabellón tendrían que ensillar los caballos para perseguirla. Aunque fueran mejores jinetes y mas osados, cada vez tenían menos posibilidades de cogerla. El caballo podía mantener el medio galope durante muchos kilómetros, y muchos eran los que debía recorrer.

Cuando se aproximó a la plantación de la Chaise sintió la tentación de desviarse en esa dirección. Cuanto antes pudiera ponerse en contacto con otras personas, con alguien a quien pudiera contarle su historia y que la ayudara, mejor sería. Pensó en Mina, tal vez disponiéndose ya a acostarse en el convento, creyéndose segura. Debía avisarla. Serena olvidó la mansión de la Chaise y continuó hacia la carretera principal.

Una vez en ella y en la dirección correcta, puso al galope su caballo. En la oscuridad de la noche, aumentada por la niebla procedente del río, era difícil ver bien el camino y seguir los surcos abiertos por las ruedas de los carruajes; el espléndido caballo blanco lo hizo por instinto. Las sombras de los árboles pasaban cada vez más deprisa, bien porque el caballo notara su inquietud, bien porque ella apretara sus flancos con fuerza. Serena dejó volar sus pensamientos hacia el pabellón de caza, preguntándose si habrían notado su ausencia, si el mismo Darien cabalgaría tras ella, o si se limitaría a enviar a sus hombres.

Instantes después creyó oír el sonido de cascos a su espalda, pero no podía determinarlo con seguridad, ya que sus propios latidos desacompasados retumbaban en sus oídos, junto con el viento y el ruido de los cascos de su caballo. Dado que no volvió a oírlos, dedujo que había sido el eco de su propio galope en el denso bosque.

Estaba libre, libre de Darien, libre de volver a casa de su tía y reanudar el tranquilo curso de su vida. Había huido, dejando en ridículo a la preciosa escolta y al hombre que la dirigía, escabulléndose en sus narices con una facilidad pasmosa. Serena experimentó una gozosa sensación de triunfo. Los había engañado con su docilidad, su calma, su conversación cortés. Tal vez habían llegado incluso a creer que estaba contenta de ser la cautiva de Darien. Eso era precisamente lo que debían haber pensado la noche anterior, cuando ella lo había salvado del fuego, y por eso no les parecía necesario estar alertas. Se habían relajado y ahora ella cosechaba el resultado.

Sin embargo, cuando emprendía una curva, Serena sintió un súbito temor. Darien no creía que ella se hubiera resignado; las pullas que le había lanzado, su actitud y el modo en que la había estudiado cuando la creía desprevenida apuntaban a todo lo contrario. Tal vez sus hombres se hubieran descuidado, pero no Darien. Un jefe no podía permitirse semejantes errores. Aun así, la había enviado abajo sola, sabiendo que en la sala no había nadie y que Sarus estaba ocupado con la cena.

Serena tenía razón. Su huida había sido ridículamente fácil. La sala vacía, la puerta abierta y el caballo ensillado; todo era demasiado sencillo. Serena lo comprendió todo súbitamente, con amargura. Había escapado porque Darien quería que escapara y, de hecho, con sus frases sarcásticas y sus amenazas veladas había acicateado a Serena para que lo intentara. Para darle aun otro motivo le había hablado del descubrimiento del refugio de Mina, confiado en que ella, si la ocasión se le presentaba, intentaría poner sobre aviso a su prima.

Con la excitación de la libertad y el placer de montar, Serena no había notado el frío a través de su fino vestido de muselina. Ahora se estremeció envuelta por la niebla. Advirtió la humedad de sus cabellos y sus ropas, que se le pegaban al cuerpo con punzadas de hielo.

¿Por que? ¿Por que le habían permitido que abandonara la casa? No le costó mucho imaginar la respuesta. Darien y sus hombres no sabían donde estaba Mina. ¡El propósito de su reunión, cuidadosamente urdido aquella tarde, había sido disponer que Serena los condujera hasta ella!

Tan absorta estaba en sus pensamientos y tan bien oculto estaba el sendero que llevaba hasta el convento que estuvo a punto de pasar de largo. Serena tiró de las riendas y mantuvo quieto al caballo mientras se sumía en rápidas reflexiones. Si tenía razón, Darien y los otros la perseguían, incluso era posible que hubieran enviado a un explorador avanzado para que la siguiera más de cerca, un hombre que, por tanto, la estaba observando en ese preciso instante. Lo último que ella quería era conducirlos al escondite de Mina. Su única alternativa era volver a casa de su tía.

Tomada su decisión, Serena espoleó el caballo y salió al galope para tomar el sendero que atravesaba el bosque y apenas se veía entre los árboles. Su espléndida montura acometió el terraplén de un salto y enfiló el sendero, con las ramas de los árboles golpeándole los flancos.

Serena sabía que era una locura. En el sendero había enredaderas y raíces en las que podía tropezar el caballo, y ramas altas que podían derribarla de la silla. Tendría suerte si su montura no se rompía una pata o ella el cuello, o ambas cosas. Aun así, era consciente de que había caído alegremente en la trampa de Darien, que estaba haciendo exactamente lo que el había planeado, que la había manipulado una vez más mientras ella creía que había conseguido escapar. Este pensamiento le resultaba insoportable. Apenas consideró la posibilidad de que hubiera interpretado mal los últimos acontecimientos. Los designios que atribuía al príncipe se correspondían tan bien con su carácter que Serena no dudó ni por un momento de su certeza. Pero si necesitaba una confirmación, la tuvo enseguida, pues oyó a su espalda los cascos de unos caballos que cabalgaban velozmente, golpeando con ruido sordo la blanda tierra del camino que ella iba dejando atrás. Se aproximaban claramente, no era un eco.

Serena se inclinó sobre el pescuezo de su caballo y aferrando las crines con fuerza lo azuzó. Le habló, sin saber apenas que decía, mirando temerosa las formas oscuras de los árboles que se acercaban a ella con rapidez. Conocía bien el camino, lo hubiera podido seguir con los ojos vendados; esa era su ventaja sobre los hombres que la perseguían. Ellos habrían de avanzar con mayores precauciones; además, no podían separarse para alcanzarla, sino que tenían que cabalgar en fila. Si conseguía llegar a la casa antes que ellos, podría despertar a su tía o a los sirvientes, y conseguir así que el príncipe cejara en su persecución. A Serena le hubiera gustado volver sigilosamente, sin que los criados se dieran cuenta. Dado que no era posible, tendría que hacer cuanto estuviera en su mano para desbaratar los planes del hombre que había osado hacerla su prisionera.

Las ramas le azotaban las piernas al pasar. El pelo se le enredo en una rama y estuvo a punto de caer de la silla; casi le arrancó de cuajo un pequeño mechón antes de que este se llevara la punta de la rama enganchada. El caballo resollaba y echaba hilos de espuma por la boca que volaban hacia atrás y le caían sobre la falda. Serena le habló en voz baja y el caballo avanzó más deprisa aún, con los ollares dilatados.

A través de los árboles, Serena vislumbró una luz. Procedía de la casa de su tía, que apareció rodeada por el jardín. A la entrada había un ligero faetón, cuya pintura azul relucía bajo la luz de las ventanas del salón, pero Serena no se fijó en el. Paró en seco, provocando una lluvia de trozos de aquellas conchas que cubrían el sendero de la entrada principal. Serena pasó la pierna por encima de la silla y salto al suelo. De los bosques surgieron unos jinetes, torvamente silenciosos y resueltos.

Con los labios fuertemente apretados, Serena les lanzó una mirada fugaz antes de recogerse las faldas y correr hacia las escaleras del porche y la gran puerta iluminada.

No era costumbre en la casa cerrar la puerta antes de que la familia se retirara a sus dormitorios. El picaporte de bronce giró bajo su mano y la alta puerta de madera se abrió. En el salón, a su izquierda, se oían voces, y en esa dirección volvió la cabeza. En el sendero de entrada resonaban ya los cascos de los caballos y una orden de Darien. El mayordomo negro de la casa, alto y con los cabellos blancos, apareció arrastrando los pies desde la parte posterior de la casa. Serena vio el asombro pintado en su cara al reconocerla, y luego el horror escandalizado que provocaban su vestido harapiento, el gran blusón de hombre y sus cabellos sueltos y enmarañados.

-¡Señorita Serena!

-¿Dónde esta mi tía?

-En el salón, señorita, pero no puede entrar de esa manera. Esta acompañada...

Serena no espero a oír mas. Se volvió rápidamente hacia la puerta que conducía al salón, la abrió y entró.

La sala, diseñada especialmente para recibir visitas, tenia un aire levemente suntuoso con sus muebles franceses, la tapicería de terciopelo y los cortinajes de brocado. Había también espejos con marcos dorados coronados por flores estilizadas de yeso pintado de oro, biombos y cuadros con escenas pastoriles al estilo de Fragonard, además de figuritas de porcelana. La plata pulida y los ornamentos de cristal lanzaban sus destellos sobre las relucientes superficies de pequeñas mesitas.

Su tía estaba sentada en un sofá, vestida para la cena. Llevaba un vestido de lustrina crudo y un turbante con franjas negras en la cabeza. Sostenía una animada conversación con Andrew Furuhata, que apuesto como siempre, con su tez morena y su traje de etiqueta, y el bigote curvado hacia arriba a causa de su sonrisa cortés, se hallaba junto a la chimenea con un brazo apoyado en la repisa de mármol y una copa de borgoña en la mano.

La irritación disimulada por las buenas maneras se dibujaba en los rasgos de la señora Aino ante aquella descortés intrusión cuando alzó la cabeza. Al ver a su sobrina, una palidez fantasmal cubrió su rostro.

-Serena... -dijo débilmente.

-¡Serena! -Andrew se irguió tan rápidamente que derramó el vino, dejando una mancha del color de la sangre sobre el mármol.

No hubo tiempo para más. El príncipe y sus hombres se hallaban ya en la casa. Oyeron las protestas del anciano mayordomo, y luego Darien, a la cabeza de sus hombres, irrumpió en la estancia. Cada hombre empuñaba una pistola amartillada. Darien examinó la escena con una sola mirada y luego se acercó a Serena para rodear su cintura con un despreocupado gesto de propietario. La forma en que la cogía podía parecer suave, pero tenia la fuerza de una garra de acero.

-Registrad la casa -ordenó Darien, y Neflyte y Ziocite se aprestaron a cumplirla. Entonces volvió su atención hacia la dueña de la casa y realizó una reverencia negligente que carecía de todo respeto-. Señora Aino, supongo. Le deseo buenas noches.

-¿Que... que significa esto? -preguntó la mujer, mientras se levantaba lentamente.

-Una pequeña molestia, que pronto habrá pasado. No se preocupe.

-¡No...! -La madre de Mina se escudó en un tono altanero-. Exijo saber a que debo el honor de esta visita.

-Sin duda ya lo habrá adivinado, sobre todo después del tiempo que ha pasado su sobrina en mi compañía.

Andrew no había apartado sus ojos oscuros de Serena. Ahora se volvió hacia la tía con expresión incrédula.

-¿No decía que Serena estaba enferma? Cada vez que venía a preguntar por ella, usted me decía que...

-Un subterfugio, por su propio bien, para proteger su buen nombre; pero al parecer es ya inútil.

-¿Quiere decir? -exclamó Andrew, con el rostro enrojecido al volverse hacia Darien- ¿que ha estado con este hombre todo este tiempo?

Darien sonrió. Sus palabras, mordaces e irónicas, se dirigieron a Andrew, aunque miraba a la tía de Serena.

-Oh, en contra de su voluntad, se lo aseguro.

Andrew giró la cabeza en redondo para interrogar a la señora Aino.

-¿Y no ha hecho nada?

-Usted no lo comprende -protestó ella.

-Acláreselo -sugirió Darien-. Cuéntele como ha abandonado a una joven inexperta, dejando que fuera ella quien me convenciera de su inocencia o intentara escapar, lo cual ha conseguido esta noche, de ahí esta inesperada visita - Serena inició un movimiento con la mano libre, abortado por Darien, que cerró los dedos sobre su muñeca y se la apretó fuertemente contra el costado.

La señora Aino guardó silencio; su respiración era agitada y sus ojos negros estaban llenos de odio. Sobre sus cabezas se oía el golpetear de las botas de los hombres que registraban las habitaciones superiores. Andrew avanzó hacia el príncipe.

-Debo pedirle que suelte a Serena.

-Aunque quisiera hacerlo, que no quiero, me vería obligado a negarme -fue la respuesta de Darien.

-¡Insisto!

Darien lo miró directamente a los ojos.

-Es usted un hombre inteligente, Furuhata, y agradable. Comprendo su necesidad de salvar a la hermosa doncella, pero no sabe en lo que se va a meter. Le aconsejo que procure ejercer la virtud de la autodisciplina.

En sus melosas palabras, con un acento de sarcasmo, había una nota de sensatez. Andrew miró la pistola que empuñaba el príncipe. Su expresión se endureció como si se hubiera resuelto a actuar, pero entonces oyeron unos pasos que bajaban rápidamente las escaleras y Neflyte entró en el salón.

-Nada -informó-. No hay nadie en la casa excepto ellos dos, el mayordomo y una camarera que hemos encontrado arriba.

-¿Dónde tenéis a los sirvientes? -preguntó Darien por encima del hombro.

-En el vestíbulo. Ziocite los vigila.

Darien asintió.

-Atadlos.

-¿Cómo se atreve? -chilló la señora Aino-. ¡Esta es mi casa y son mis criados! ¡No puede...!

-Puedo. -El príncipe de Rutenia se volvió hacia Andrew-. Perdóneme, señor Furuhata, pero debo pedirle que se someta también a las ataduras. Lamento que sea necesario, pero es esencial que permanezca inmóvil en las próximas horas.

Antes de que terminara de hablar, Artemis se había acercado a la ventana e indiferente a los gritos de la señora Aino había arrancado los cordones adornados con borlas. El y Malachite se abalanzaron después sobre el joven caballero. Se produjo una breve y feroz pelea, pero el resultado previsto no se hizo esperar. Al cabo de unos instantes, Andrew tenía los brazos atados a la espalda.

-¡Esto es monstruoso, es una barbarie! -gritó la señora Aino con tono cada vez más agudo, agitando los puños y golpeando el suelo con los pies-. ¡Es usted un animal, príncipe de pacotilla, un cerdo, un ave de rapiña!

-Señora -replicó Darien-, para acallar a la cerda que chilla se le corta la garganta. La gallina que cloquea más alto encuentra más rápido el hacha sobre su cuello. ¿Me ha comprendido?

La mujer calló de repente. No emitió un solo sonido ni siquiera cuando, a una inclinación de cabeza de Darien, Artemis la cogió por un codo y la arrastró al vestíbulo.

El primer piso de la mansión, como la mayoría de los de la zona, servía como planta baja elevada, y las principales habitaciones de la casa se hallaban en el segundo piso. De este modo se protegían contra las inundaciones. La parte inferior se utilizaba para almacenar alimentos y otros suministros, y una de sus secciones servía para confinar a los esclavos recién llegados de África o del Caribe, o para los criados que aguardaban su castigo por infracciones menores. Fue el mayordomo quien, azuzado por el cañón de una pistola, sacó las llaves de esa cárcel y los llevó hasta ella. Parecía preferir aquel sitio oscuro y húmedo a quedarse fuera en compañía de los hombres del Príncipe. No podía esperarse que Marie, la camarera de la señora Aino, Y Andrew lo vieran de la misma manera. Atados y amordazados, los empujaron al interior, cerraron la puerta y la atrancaron.

Se discutió luego si debían utilizar el faetón de Andrew, pero la idea fue desechada. A la luz del farol que colgaba de la entrada, Darien hizo un gesto a la señora Aino para que permitiera que la subieran al caballo que había montado Serena.

-¿Que? ¡No pretenderá llevarme con usted! -gritó la mujer, con los ojos saliéndose de las órbitas.

-¿Tanto terror le causa esa idea?

-¡Pero yo no puedo ayudarle en nada!

-Eso todavía está por demostrar. Monte por propia voluntad o la colocaremos atada sobre la silla como un saco de patatas que se lleva al mercado.

Al final le permitieron que se sentara en la silla, pero atada. La cuerda que sujetaba sus muñecas se pasó bajo el vientre del animal y Artemis se hizo cargo de las riendas. Serena fue entregada a Darien, que la sentó cruzada sobre la silla. La rodeó entonces con los brazos, apretándola contra su cuerpo. Al notar que Serena se estremecía, Darien lanzó una imprecación en voz baja, se quitó la guerrera y se la puso alrededor de los hombros, haciendo caso omiso de sus protestas así como de sus intentos por rechazarla.

Cabalgando tranquilamente, como si la invasión de los hogares y el rapto de las mujeres no fuera más que un ejercicio de rutina, los hombres enfilaron de nuevo el sendero que atravesaba el bosque, de regreso al pabellón de caza.

El turbante de Berthe Aino se había torcido y le caía sobre los ojos cuando fue introducida en la gran sala del pabellón. Se lo echó hacia atrás con un gesto altanero cuando le soltaron las manos. La dejaron con Serena en el centro de la estancia, frente a la mesa servida para la cena. Darien y los demás se sentaron tras la larga tabla de madera, una muestra de descortesía deliberada que indicaba la suspensión de las normas comunes de comportamiento civilizado.

Chirriaron las sillas y las voces masculinas se elevaron en un débil murmullo. Sarus apareció y se inclinó sobre el alto respaldo de la silla de Darien para un breve coloquio.

La señora Aino lanzó a Serena una mirada avinagrada.

-Tú tienes la culpa de todo esto, miserable desagradecida. Los has conducido directamente a mi casa.

-Había conseguido huir de ellos por fin. ¿Adonde si no iba a ir... a menos que fuera al convento? -Serena habló en voz baja, mirando fijamente a su tía.

La mujer lanzó una mirada de soslayo a Darien, y siseó:

-¡Silencio, grisette! Atrévete a hablar de ese lugar, a insinuarlo siquiera, y no volverás a atravesar las puertas de mi casa!

-He mantenido el secreto durante todos esos días.

-Oui; cuando pienso que has estado aquí con todos estos hombres, me escandalizo. ¡Es una suerte que no te prometieras con Andrew Furuhata, pues es evidente que no eres digna de sus atenciones!

-¿Me permiten las señoras que les ofrezca una copa de vino para calmar sus nervios? -Las palabras de Darien cortaron la disputa privada con la efectividad de un cuchillo bien afilado-. -¿No? Entonces no les importara que nosotros bebamos y nos tomemos la sopa. Me parece que cabalgar de noche abre el apetito. -Sin detenerse, prosiguió, señalando una silla a su derecha-: Serena, querida mía, su sitio es este.

Darien se levantó para acercarle la silla cuando Serena se dispuso a sentarse, con cierta rigidez. Sólo cuando se dejó caer en la silla, Serena se dió cuenta de que le temblaban las piernas, efecto, se dijo valientemente, de la larga galopada.

Cuando volvió a tomar asiento a la cabeza de la mesa, Darien rodeó la mano de Serena, que descansaba sobre el mantel, con sus dedos cálidos, y frunció levemente el entrecejo al notar los temblores que la sacudían. Sarus entró entonces con los platos de sopa. Con un brusco movimiento, Darien le indicó que sirviera primero a Serena, y no se movió ni habló hasta que la vió tomar una cucharada del caldo revitalizante.

Serena se dijo que le sentaba bien, aunque le costaba tragar la sopa a causa del nudo que tenía en la garganta. Si bien Darien había podido percibir su fragilidad con aquel breve roce de sus manos, también ella había notado la tensión que lo atenazaba a él. Serena no sabía que pretendía hacer, pero sentía una aprensión que le encogía el estomago. El príncipe era capaz de cualquier cosa y, ahora que se conocía ya el secuestro de ella y su tía, disponía de poco tiempo para actuar.

La señora Aino se irguió exasperada.

-Exijo saber que significa este ultraje, por que se me ha sacado brutalmente de mi casa y se me ha traído aquí.

Darien tomó una cucharada de sopa y un sorbo de vino antes de contestar.

-Creo, señora, que sabe usted perfectamente por qué esta aquí. Aun así la complaceré. Nosotros, mis hombres y yo, queremos saber el paradero de su hija, Mina Aino.

-Eso tiene fácil respuesta, alteza -dijo la señora Aino, pronunciando con desprecio el respetuoso tratamiento-. Actualmente se halla de visita en casa de unos parientes, en Francia.

-No. Inténtelo de nuevo.

-Le aseguro...

-¡Basta! Su deseo de proteger a su hija es natural, pero innecesario. Yo no quiero de ella más que unos minutos de conversación. No consigo comprender por qué esto es causa de tanto terror, pero así son las cosas. La he seguido desde Europa hasta la puerta de su casa con ese propósito, señora, y no he de tolerar mas obstáculos.

-Tiene toda mi simpatía, alteza, pero no puedo traérsela de Francia para que usted hable con ella -replicó la señora Aino, intentando emular la fuerza cáustica del tono del príncipe.

Darien se inclinó hacia adelante.

-Puede usted tomarme por un canalla, pero no cometa el error de creerme estúpido. Usted sabe tan bien como, yo que Mina no esta en Francia. Usted sabe donde se encuentra en este momento. Si valora en algo su dignidad y una existencia sin dolor, será mejor que hable ahora.

Berthe lo miró con desasosiego.

-No se atreverá a hacerme daño. Andrew Furuhata sabe que me ha secuestrado y que ha mantenido prisionera a mi sobrina durante varios días. ¡Dará la alarma y vendrán todos a rescatarnos!

-¿Esta segura? En cualquier caso, primero tendrá que rescatarse a si mismo, lo que le llevara tiempo, un tiempo más que suficiente para mi.

Serena, que no era ya el centro de atención de Darien, dejó la cuchara. Sabía que Darien estaba en lo cierto. Pasarían horas hasta que la cocinera y la criada empezaran a preguntarse por qué el mayordomo no se presentaba para decirles que empezaran a servir la cena. Aún pasaría más tiempo hasta que hallaran a Andrew, a Maria y al mayordomo. Al final el resultado sería sin duda el que pronosticaba tía Berthe, pero la anciana no podía confiar en su seguridad durante tan largo lapso.

Serena intentó captar la mirada de su tía para indicarle cautela, pero la mujer no le prestaba la menor atención. Sus ojos negros lanzaban chispas por la fuerza de su convicción cuando dijo:

-Andrew vendrá y usted lo lamentará profundamente. Esto no es Rutenia, ni es Europa, donde los nobles obran a su antojo. Descubrirá que aquí, en Luisiana, uno no puede poner las manos sobre una mujer impunemente. ¡Aunque no tenga marido ni parientes varones, sus amigos y vecinos vengarán el insulto y su rango no le servirá de nada!

-Posiblemente, pero mucho antes a usted la desnudaran, señora, y tendrán que desfilar ante nosotros con sus carnes y pliegues colgando. Azuzándola con una espada conseguiremos una danza que nos divierta, macabra, pero que provocara cierta excitación obscena. ¿Se sentirá defraudada si solo excita risas en lugar de pasión?

-No... no será capaz de cumplir semejante amenaza. Serena ha estado con usted varios días y no parece que haya sido maltratada.

-No se deje engañar por las apariencias -dijo Darien con tono tranquilo y los ojos entornados-. Ha sufrido un daño irreparable, lo peor que le puede ocurrir a una doncella, y lo ha soportado durante horas interminables con entereza y sin la esperanza de ser rescatada, mientras que usted, señora, no hacía el menor intento por socorrerla, ni siquiera por verla, aunque debió adivinar bien pronto donde se hallaba. Desde luego no vino a suplicar que se la devolvieran sin macula. La abandono a mi clemencia y se quedó sentada en casa vestida de sedas y encajes perfumados, recibiendo visitas y fingiendo que estaba a salvo en su cama, cuando lo cierto es que corría peligro en la mía.

La gruesa capa de polvos que cubría el rostro de la señora Aino tenía un tinte amarillento sobre su piel grisácea. Alzó un hombro regordete y replicó:

-Si ha sufrido esos abusos de los que habla, lo disimula muy bien.

Los hombres emitieron un gruñido al oír este sarcástico comentario, pero la voz de Darien se impuso sin esfuerzo.

-Porque tiene un corazón mas leal de lo que usted puede comprender, y mas obstinado de lo que pueda comprender yo.

-Aun así, no parece que la hayan ultrajado -insistió la señora Aino, mirando a su sobrina.

-¿Se siente con eso a salvo su conciencia? Las huellas están en su alma, un lugar que, en mi ignorancia, creí mas apropiado. Un lamentable error. ¿Quiere que lo enmiende ahora y la desfigure para que usted se quede tranquila? ¿Es eso lo que desea?

Serena sintió un intenso sofoco. A lo largo de la mesa se hizo un silencio sepulcral mientras los hombres miraban con inquietud a Darien y a la señora Aino alternativamente. Sarus recogía los platos de sopa y depositaba el asado. Artemis cogió el tenedor, pero se quedo inmóvil con la boca torcida, mirando a Darien. Jedite frunció el entrecejo; tenía la muñeca rota apoyada en el borde de la mesa.

-¡Esta loco! Yo... yo no deseo verla herida, pero no puedo evitarlo como no hubiera podido evitar lo que ocurrió de haber venido antes.

-Así como nadie podrá evitar lo que le va a ocurrir a usted en los próximos minutos. Piénselo bien. Serena, por su juventud y su belleza, y por su irresistible e inocente atractivo, requería un tratamiento diferente al de usted, señora, que no puede presumir de ninguna de esas virtudes.

La tía de Serena sacudió la cabeza mientras se retorcía las manos.

-No esperara que traicione a mi propia hija. Haga lo que le parezca. No puedo decirle nada.

-Con sus palabras acaba de admitir que sabe dónde está -le dijo Darien.

-No admito nada. ¡No le diré nada! Contemplando a su tía, Serena se sintió conmovida por su valor. La anciana estaba asustada, pero luchaba por ocultarlo. Tan evidente como la despreocupación por su sobrina era su amor por Mina y su necesidad de protegerla. Serena miró a Darien de reojo y descubrió que el la estaba mirando con expresión indescifrable sobre los labios apretados.

Lentamente, Darien levantó su copa de vino y bebió antes de volver a mirar a la señora Aino.

-Tiene toda la razón, señora. Me había equivocado al esperar que me revelaría el paradero de su hija. Me temo que le había concedido más importancia de la que tiene. Por lo tanto, no es ya mas que un peón, una pieza que ha de ser movida de aquí para allá, con poco valor y de la que fácilmente se puede uno deshacer. A partir de este momento no podrá evitar lo que le hare mos, diga lo que diga y por mucho que suplique. No le prestaré la menor atención, aunque me ruegue que la escuche, aunque me jure en nombre de la Virgen y del alma de su difunto marido que me dirá la verdad.

-¿Quiere... quiere decir que puedo marcharme? -La tía de Serena dió un paso vacilante hacia la mesa.

-¿Es eso lo que he dicho? No, la información que busco me la dará otra persona, la que se quedará sentada viendo su humillación y su dolor y sabiendo que sólo ella puede detenerlo.

Serena, que estaba mirando a Darien, lo había imaginado desde el momento en que el había empezado a hablar. Se puso en pie de un salto con tal precipitación que golpeó el borde de la mesa e hizo vacilar las copas.

-¡No!

-Sí. -La veloz mano de Darien se apoderó de la muñeca de Serena y la obligó a sentarse.

-No debe hacer esto, no de esta manera.

Darien se limitó a mirarla. Sus ojos zafiro tenían el brillo opaco de una voluntad decidida.

-Serena no le dirá lo que desea saber. ¡No lo hará! -afirmó Berthe, explorando el rostro de su sobrina ansiosamente-. Lo que a mi me ocurra no tiene importancia.

-¿Lo comprobamos?

La pregunta se había hecho con tono agradable; sin embargo, dejaba traslucir una amenaza que hizo estremecer a Serena. Se lamió los labios resecos mientras intentaba asimilar la terrible alternativa que se le presentaba. Podía salvar a su tía o a su prima, pero no a ambas.

-Darien, por favor, no lo haga-dijo con un hilo de voz.

-Déme una alternativa y le besaré los pies mientras la garde de corps canta aleluyas. -Darien aguardó mientras el tic-tac del reloj señalaba el lento transcurrir de los segundos.

Serena no tenía respuesta. Su mente era un caos de pensamientos, se debatía entre dos deberes contrapuestos, abrumada por el pesar. Miraba al hombre que tenía a su lado y en sus ojos había acusación ydolor, sumados al miedo.

Darien soltó su muñeca bruscamente, como si se apartara de ella para retirarse a la seguridad de su posición como jefe. Hizo a un lado su plato sin tocar y ordenó:

-Ziocite, Neflyte, Malachite, vosotros sois los elegidos.

Los hombres citados se miraron; luego se pusieron en pie lentamente. Rodearon la mesa y se colocaron a ambos lados de la mujer que había en el centro de la habitación. La señora Aino los miró mientras se acercaban, examinando sus rostros impávidos sin hallar el menor rastro de compasión. Se humedeció los labios, miró a Serena y se encogió un poco cuando los hombres se situaron a su lado. Entre ellos parecía mucho menos imponente, autoritaria y segura de sí.

Darien hizo chascar los dedos y Ziocite alzó la mano hacia el turbante que cubría los cabellos canosos de Berthe Aino, con una sonrisa tensa que parecía disimular la repugnancia. La señora Aino lo abofeteó en un acto reflejo. Inmediatamente los hombres que tenía a ambos lados la cogieron por los brazos. Ziocite le quitó el largo alfiler que sostenía los pliegues de la tela y el turbante cayó descuidadamente al suelo. Le quitó luego las pulseras de los gordos brazos y le sacó los anillos con dificultad. Con una rodilla en tierra, Neflyte le quitó los zapatos de tacones curvados y las medias con liga de sus recias pantorrillas. Después se levantó, miró a Darien, que asintió, y se colocó detrás de la mujer para desabrochar la larga hilera de pequeños botones de su vestido.

La señora Aino emitió un jadeo ahogado, como si hasta ese momento hubiera estado conteniendo la respiración, como si sólo entonces creyera en lo que estaba sucediendo. El fuego crepitó en el hogar, lanzando una lluvia de chispas anaranjadas. Artemis dejó el cuchillo y el tenedor como si hubiera perdido súbitamente el apetito. Jedite mordisqueaba un trozo de pan con la mirada fija en el plato.

Serena pensó en Mina tal como la había visto la ultima vez, hermosa en su orgullo herido, desdeñando las disposiciones tomadas en beneficio suyo, pero aceptándolas por miedo, por un terror que la consumía y que apenas podía ocultar hacia Darien de Rutenia. Razón tenía en temerlo. ¿No eran prueba suficiente los abusos que había sufrido Serena en sus manos y lo que estaba ocurriendo en aquel preciso momento?

Serena se volvió hacia Darien.

-¿Cómo... como espera que lo conduzca hasta Mina cuando todo lo que ha hecho, todo lo que esta haciendo, sólo sirve para demostrar lo que le espera a ella?

Berthe se debatía en manos de los hombres que la sujetaban con respiración agitada.

-No, chere, no debes flaquear.

Darien le lanzó una brevísima mirada.

-¿Quiere que se lo jure? ¿Pero sobre qué? ¿Que podría satisfacerla?

El corpiño de la señora Aino se estaba aflojando y caía hacia delante a medida que Ziocite iba desabrochando botones. Un momento después le bajaban las mangas bufadas del vestido para sacárselas, y luego el vestido caía en un confuso montón a los pies de la tía de Serena. Apareció entonces la camisola, que le llegaba hasta las rodillas, con el corsé oprimiéndole la cintura como si fuera un embutido, haciendo que sus pechos se elevaran y sus caderas abundaran hacia abajo. El temblor de sus pechos blancuzcos desvelados por el bajo escote de la camisola delataba el furioso latir de su corazón.

-Podría... podría jurarlo sobre la Biblia -dijo Serena precipitadamente-, pero creo que hay algo que reverencia por igual, sino más. Jure por el honor de su garde de corps que no hará ningún daño a mi prima, que se limitará a interrogarla sobre su hermano, tal como ha asegurado antes.

-¡No! -gritó su tía, intentando avanzar hacia ella-. ¡Estúpida, no juegues con la seguridad de Mina! ¡No puedes hacerle esto, no puedes!

Serena vaciló. Darien extendió entonces la mano sobre la mesa, cogió el cuchillo de trinchar que yacía sobre la bandeja del asado y lo arrojó sobre la señora Aino. El cuchillo salió dando volteretas por el aire, pues su pesado mango de marfil lo desequilibraba. Su hoja trazó un arco centelleante en dirección a la garganta de la mujer. Serena emitió un chillido convencida de que acabaría hundiéndose en la blanda carne de su tía.

Ziocite se inclinó hacia delante y extendió un brazo frente a la mujer para recoger el cuchillo en el aire. Lo sostuvo un instante ante los ojos aterrados de Berthe y luego, poniéndose una vez más a su espalda, cortó lentamente los cordones de su corsé, que se separaron con un chasquido, como el sonido del maíz estallando sobre el fuego. La señora Aino soltó un grito y cayó de rodillas; las carnes abundantes y liberadas le colgaban como pellejos. Cuando la obligaron a ponerse en pie una vez más, tenia el rostro ceniciento y le temblaban los labios.

Serena aferró el borde de la mesa con ambas ma nos y con tanta fuerza que perdió la sensibilidad en los dedos. Se quedó mirando con fascinación horrorizada mientras Ziocite se colocaba frente a su tía con movimientos bruscos y cogió la camisola por el cuello y rasgaba la blanca batista semitransparente y bordada. La tela se rompió con un fuerte sonido, dejando al descubierto la piel basta y rojiza de su tía.

-Espere -susurró Serena-. Espere -repitió con más fuerza en la voz.

Darien se volvió hacia ella.

-Declaro que Mina Aino -dijo- no sufrirá daño alguno en mis manos, que olvidando la provocación y el impulso de venganza, permanecerá vestida, envuelta en su castidad dañada y su pretencioso fingimiento. Estará a salvo, siempre que no intente defenderse mediante engaños. Esto lo juro por mi honor, que es también el de mi guardia.

-¿Y lo mantendrá -preguntó Serena, atreviéndose a hacerlo porque, de lo contrario, tal vez tuviera que pagar un alto precio-, aunque no le complazca lo que le diga?

-Si.

¿Que otra opción le quedaba más que creerle, confiar en el brillo hipnótico y firme de su mirada? Serena respiró profundamente.

-Está en el convento de Nuestras Hermanas.


Como les decía no me agradó como trataron a la tía de Serena, fue algo humillante no?, aun cuando esa señora me desagrada por como trata a Serena, y porque aunque no lo dice, asumo que toda la vida la trato mal, en fin, Darien a pesar de todo trata muy bien a la Sere, jeje, bueno, ahora van tras Mina… cumplirá su promesa de no "lastimarla"?, creo que Sere teme que la castigue del mismo modo que a ella, serán celos?