Capítulo 9: Fascinación

Se había tomado otra larga siesta. Desde que estaba embarazada, no hacía más que comer, dormir y hacer el amor con Inuyasha. Lo primero lo hacía por su bebé, lo segundo era por ella misma, lo tercero era inevitable. Inuyasha la buscaba todas las noches y a veces incluso de día y entre los sentimientos que albergaba hacia él y su deseo sexual incrementado por el embarazo, era imposible negarse. Él sonreía encantado porque ella se mostrara tan abiertamente descarada y ella se sentía avergonzada cuando terminaban.

Dejó caer su diminuto camisón de seda (regalo de su marido) sobre una butaca y se dirigió hacia el armario para vestirse. Escogió unos vaqueros cuyo botón no le ataba por el embarazo y un fino jersey rosa palo; la misma ropa que llevó puesta el día en que Inuyasha apreció en el centro de acogida. Habían pasado dos largos meses desde el día de su boda y estaba a punto de cumplir los cuatro meses de embarazo. Su busto aumentaba casi a diario, su cintura se ensanchaba y en su vientre se notaba un pequeño bulto. Según el doctor, en un mes empezaría a engordar sin parar. Su marido se mostraba encantado con todos y cada uno de los cambios. A veces ponía la cabeza contra su vientre como si esperase que el bebé fuera a moverse tan pronto, otras veces le pasaba los brazos alrededor de la cintura y mantenía las palmas abiertas de sus manos contra su vientre. Lo que más le gustaba sin duda alguna era su pecho. Lo miraba cuando pensaba que ella no se daba cuenta, intentaba tocarlo cada vez que se cruzaban, hundía la cabeza en él todas las mañanas, al despertarse.

Se subió el jersey hasta la cintura y se miró el vientre mientras lo acariciaba. Se notaba muy poquito todavía, pero si usaba ropa ajustada todo el mundo lo sabría. Animada, se puso de lado y se miró de perfil. De esa forma sí que se notaba su embarazo y ella imaginó cómo sería en unos pocos meses. ¿Le seguiría gustando a Inuyasha cuando no pudiera rodearla con sus brazos?

La puerta del dormitorio se abrió e Inuyasha asomó la cabeza. Él sabía que todas las tardes se echaba una siesta y estaba segura de que no era la primera vez que entraba. Intentaba ser lo más sigiloso posible, pero en cuanto la vio de pies frente al espejo, volvió a andar sobre sus pies planos y se dirigió hacia ella. Él se fijó en que tenía el jersey levantando y se acariciaba el vientre. Pidió permiso con la mirada y cuando ella apartó sus manos, él las sustituyó por las suyas propias, dibujando círculos sobre la tersa piel.

- ¿Por qué estás levantada? ¿Te duele algo?- preguntó- Normalmente, duermes más tiempo.

Claro que había entrado antes. De no ser así, él no tendría modo de saber cuánto tiempo dormía.

- Hoy no me apetecía dormir más,- le aseguró- estoy bien.

Él asintió con la cabeza sin estar seguro del todo y observó su atuendo, que tan buenos recuerdos le traía, y el armario abierto. Todos los meses ingresaba cerca de medio millón de dólares en la cuenta de Kagome y ella no salía a comprar. ¿Por qué no se compraba ropa nueva? Su pantalón ya no le ataba, estaba claro que iba a necesitar ropa nueva, pero se negaba a gastarse el dinero en nada. ¿Por qué? Sería tan fácil odiarla si le demostrara que era una caza fortunas gastándose cada dólar y pidiéndole más aún, pero no lo hacía. No tocaba su dinero, no le pedía más dinero. De hecho, no le pedía nada de nada y eso empezaba a enervarlo. No lo necesitaba.

- Tu ropa ya no te cabe…

- Sí que me cabe,- frunció el ceño- pero ya no me ata nada…

- Mañana tengo libre, te llevaré al centro a comprar ropa nueva.- decidió.

- No me hace falta,- sacudió la cabeza- sólo necesito mi caja de costura y arreglaré la ropa.

- ¿Y si yo quiero que mi esposa tenga ropa nueva y de marca?- le puso las manos sobre los hombros- ¿Y si quiero que ella vista de acuerdo con su estatus social?

- Pues te dirá que te has equivocado de mujer…

Lo había vuelto a hacer. Había vuelto a dejarlo sin palabras. Se inclinó sobre ella y la besó. Ella no se resistió a su beso y lo correspondió con el ímpetu a el que estaba acostumbrado. No se pudo resistir, como ocurría siempre que estaba con ella. La alzó contra él y la llevó hasta la cama deshecha. En menos de un minuto los dos estaban desnudos entre las sábanas de seda. Kagome gemía su nombre y le exigía entre besos que no se detuviera. Él no pensaba detenerse ni aunque el mundo se estuviera acabando alrededor de esa habitación. Besó, acarició y disfrutó de todo lo que ella le ofrecía y él mismo se vio atrapado en esa nube de sensualidad cuando fue ella la que utilizó las manos y la lengua para su placer.

Los dos estaban sudorosos y hambrientos del otro cuando por fin decidió terminar con los juegos e ir a por lo serio. La penetró de una sola y potente embestida, pero necesitó unos minutos para reponerse de tanto placer antes de empezar a moverse. Ella se mostró exigente y apasionada, él correspondió a cada beso y a cada caricia y se movió contra su cuerpo en un movimiento tan antiguo como el tiempo. Sólo cuando sintió que ella alcanzaba la cima, se dejó llevar y buscó su propio placer. Kagome lo llevaba siempre al cielo y más allá.

Al terminar, se tumbó de espaladas a su lado y la rodeó con su brazo para apoyarla contra su pecho. No podía evitar ser tierno con ella, no podía evitar hacerle el amor, no podía evitar seguir sintiendo cosas tan profundas hacia ella… ¿Por qué la había perdonado? Si hubiera sido otra persona, nunca la hubiera perdonado lo que ella hizo, pero ella… Ella estaba perdonada desde el mismo día en que descubrió la verdad. ¡Maldito corazón! Le gustaría poder vengarse un poquito por lo que le hizo, pero no quería causarle el menor daño y menos estando embarazada. Kagome ya estaba demasiado débil como para que encima él se dedicara a torturarla. Sin embargo, se conformó con no admitir ante ella que estaba perdonada. Algún día, cuando su ego se cansara de esa situación, la liberaría de ese sentimiento de culpa.

De repente, recordó la pequeña discusión que estaban teniendo antes de que ella se desmayara y se incorporó apoyando un codo sobre el colchón y la cabeza sobre su mano. Ella tenía los ojos, cerrados pero al sentirlo moverse, los abrió y lo miró.

- ¿No vas a comprarte nada nunca? Algún día necesitarás ropa nueva aunque sea porque ésa te quede pequeña, se te rompa…

- Pero ahora no la necesito.- se encogió de hombros- ¿Tan importante es para ti que yo parezca una niña rica?

Para él no era nada importante. Prefería mil veces a esa Kagome vestida a su manera y que se comportaba con toda la naturalidad del mundo a la Kagome vestida de marca y tímida con la que salió meses antes. Kagome ya le gustaba cuando simulaba ser rica, pero siendo como en verdad era, le gustaba más aún.

- No, no es tan importante pero me gustaría que disfrutaras un poco del dinero que gano.

- No necesito dinero para ser feliz…

- ¿Y qué necesitas para ser feliz?

La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera evitarlo.

- Necesito saber que mi marido me quiere y me perdona…

Kagome lo observó expectante después de haberse atrevido a decir esas palabras. Él apartó la mirada de ella enfadado y se movió para salir de la cama por el otro lado. Lo vio sentarse en el borde de la cama pero no se movió de ahí, se quedó sentado con los músculos de la espalda tensos. Ella se sintió decepcionada por obtener como respuesta ese gesto de reproche y abandono e hizo todo lo que pudo para contener las lágrimas. Ya se había mostrado bastante vulnerable al decirle eso, no iba a ponérselo en bandeja para pisotearla.

¿Por qué tuvo que contestarle eso? Podría haberle pedido cualquier cosa que su dinero pudiera pagar pero eso no. Eso no podría pagarlo con nada, eso lo dejaría vulnerable ante ella. No podía perdonarla tan fácilmente porque sí lo hacía, entonces ella cometería otra falta semejante contra él, se aprovecharía de que era débil con ella. Si la perdonaba tan fácilmente, ella se creería capaz de volver a engañarlo. ¿Qué se encontraría la próxima vez? ¿Grandes sumas de dinero que desaparecían? ¿Personas extrañas metidas en su casa? ¿Kikio Tama intentando convencerla para alguna de sus locuras? O peor aún, un hombre dentro de su cama con ella. ¡No, eso no! Kagome lo deseaba a él y sólo a él y mientras se ocupara de que siguiera siendo así, no ocurriría nada semejante. Su mujer estaba activa sexualmente las veinticuatro horas del día por el embarazo, pero no recurriría a otro hombre que no fuera él, por su bien.

Su salvación a esa respuesta que ella esperaba llegó cuando alguien tocó a la puerta. Odiaría tener que darle a Kagome una respuesta que no fuera la que ella tanto ansiaba porque significaría tener que hacerle mucho daño.

- ¿Quién es?

- Señor,- contestó el mayordomo- han llegado los vestidos que encargó.

- ¡Mierda!- exclamó- ¡No entre!

Se levantó de la cama y se puso la ropa interior de un tirón. Kagome, tapada hasta la barbilla con la sábana, lo miraba desde la cama sin entender lo que estaba sucediendo.

- Han traído unos vestidos para ti.- le informó.

- Te dije que no…

- ¡Es para la fiesta!- la interrumpió mientras se ataba el botón de los pantalones- Tienes que escoger uno.

- ¿La fiesta?- se incorporó- ¿Qué fiesta?

¿Era posible que se hubiera olvidado de la fiesta que había organizado para celebrar su último buen negocio? Llevaba un mes entero organizándola, en el salón principal no se podía entrar, todos los días venían los organizadores. Pero claro, su esposa sólo habitaba el dormitorio y el jardín. No se fijaba en nada más y no molestaba nunca a nadie. Sólo la había visto hablar con su familia, con Kikio y con su hermano.

- Esta noche damos una fiesta, ¿recuerdas?- la instó a hacer memoria- Para celebrar la compra de empresas Harvey.

Ella pareció recordar en ese momento ya que salió a cenar con él y con los Harvey el día en que consiguió la compra. Odiaba admitirlo pero fue el encanto de su esposa y no su don para los negocios lo que consiguió la compra. El viejo y viudo Harvey, abuelo y cabeza de familia, se quedó embobado con su esposa y ligó con ella como si fuera un muchacho de veinte años. Él se contuvo por el negocio y porque era un abuelo. Sabía que Kagome nunca lo dejaría por él y ella se divertía mucho con sus coqueteos. Los hijos tanto casados como solteros siguieron el camino del padre, pero tampoco eran rivales y decidió permitir que su esposa continuara desplegando todo su encanto. Los nietos fueron otro asunto. Los nietos rondaban la edad de Kagome, tenían un trabajo próspero y eran guapos por más que odiara admitirlo. A ellos sí que los apartó de su esposa.

- Lo siento, se me olvidó totalmente…

Kagome se levantó de la cama y empezó a vestirse. Él sabía que su mayordomo, quien era amigo de la familia y lo había perseguido cuando era niño, entraría en cualquier momento. Su paciencia era casi nula y estaría encantado de pillarlo en una situación "incómoda" para echárselo en cara. Se apresuró a ayudar a su esposa con la ropa. Mientras ella se abrochaba el sujetador, él le subía los vaqueros y se los abrochaba. También le puso las zapatillas mientras que ella se colocaba el jersey. Justo cuando ella terminaba de cubrirse con el jersey, su mayordomo abrió la puerta. Tal y como pensó, se libró por los pelos.

- Aquí tiene los vestidos, señor.

El mayordomo se acercó y dejó las tres fundas con los vestidos sobre la cama deshecha. No dijo nada respecto al detalle de la cama deshecha y su cabello desaliñado y se marchó con una sonrisa en la cara. El viejo todavía lo trataba como a un niño. Ojala se hubiera ido con Sesshomaru y no con él. ¿Por qué sus padres decidieron cargarlo con ese mayordomo?

Kagome rodeó la cama y se acercó a las fundas. Las abrió todas con mucho cuidado y gimió de placer al ver los bonitos vestidos, pero no se animó a escoger uno. Tenía mala cara.

- ¿Qué ocurre? Sé que te gustan, se te nota en la cara.- se acercó a ella- ¿Cuál es el problema?

- Estoy embarazada…

- Eso ya lo sé.

- No puedo ponerme esto, pareceré una ballena…

¿Kagome una ballena? Eso era imposible. Kagome no hacía ejercicio, no estaba a dieta, no tomaba píldoras para adelgazar, no se hacía mesoterapia, ni ningún otro tipo de tratamiento. Tenía una figura impresionante y le venía de serie.

- Kagome, estarás estupenda.- la rebatió- Escoge uno y prepárate.

- Pero… Estos vestidos no están hechos para mujeres embarazadas… Yo…

- ¿Cómo que no?- gruñó- ¿Crees que soy idiota? Pedí expresamente que fueran diseñados para una mujer de cuatro meses de embarazo. No desconfíes tanto de mí.

- Pues ayúdame a escogerlo.

Inuyasha suspiró y se acercó a ver los vestidos. Los tres eran preciosos y estaba seguro de que los tres le sentarían de maravilla. Agarró el negro. Era un vestido muy elegante, sofisticado y sexi. La espalda quedaba al descubierto, dos triángulos de seda cubrían sus senos y una abertura a cada costado le permitiría observar sus piernas a cada paso. Sólo de pensar en lo favorecida que se vería su figura con él…

- Ese vestido es demasiado atrevido,- se quejó- todos me mirarán.

Eso también era cierto. Su atención no sería la única que se concentraría en ella si se ponía aquel vestido. Todos los hombres la mirarían y de repente no le pareció tan bonito. Lo guardaría para usarlo en privado, pero nunca le permitiría presentarse en público con semejante atuendo. El siguiente que escogió fue el rojo. El corpiño de palabra de honor con adornos florales era exquisito y la falda caía ajustada hasta las rodillas y después se iba abriendo hasta los tobillos. Venía con un chal.

- El corpiño es muy ajustado.- se lo señaló para demostrárselo- Me ha crecido mucho el pecho, lo desbordaré…

Ésa era otra muy buena razón para descartar aquel atrevido vestido rojo. Finalmente, se dirigió hacia el último vestido, un vestido que había encargado que fuera color rosa porque sabía que era el color favorito de su esposa. El tejido resbalaba por sus manos mientras lo iba alzando. El vestido era simple pero muy elegante y lo bastante recatado para recibir la aprobación de ambos. Era largo hasta el suelo y de palabra de honor. El único adorno se encontraba en el pecho donde se fruncía para dibujar la silueta de los senos femeninos.

- Me gusta mucho, pero… ¿No me veré gorda?- se llevó las manos al vientre- La gente…

- ¡Que le den a la gente! Si alguien te dice algo, me buscas y yo le haré tragarse cada una de sus palabras.

Kagome no tuvo ni la menor duda de que lo haría y con ese pensamiento agarró el vestido y se fue al cuarto de baño para prepararse.

….

La fiesta era un éxito aunque eso ya lo sabía cuando hizo acto de presencia con su esposa. Kagome lo dejó sin aliento, pero a él no era el único. El vestido moldeaba toda su figura y dejaba evidente que estaba embarazada, pero sin hacerla parecer gorda o una ballena como ella dijo anteriormente. Se puso los diamantes que él le había regalado y el cabello lo llevaba suelto con un poco de espuma para darle volumen. Ella no se había preparado con premeditación, no había pasado largas horas frente a un espejo maquillándose, ni buscaba a impresionar a nadie. De hecho, se dio una ducha de quince minutos, se puso el vestido y las joyas y se secó el pelo. No hizo más esfuerzos y con eso la verdad era que sobraba. Kagome deslumbraba en su fiesta y todos los invitados querían hablar con ella y también con su hermano. Se sorprendió al descubrir que Souta era tan buen contable como juró serlo y todos los trabajadores de su empresa ya salían de copas con él y lo invitaban a todas las fiestas. Las mujeres continuaban persiguiéndolo y aunque hacía caso a todas, ninguna le llamaba especialmente la atención.

Divisó a Kagome a la distancia, hablando con su mejor amiga y con su hermana pequeña. Rin y Kikio sostenían copas de champan mientras que Kagome se bebía una copa llena de zumo sin sentir el menor ápice de vergüenza. Los médicos no recomendaban beber nada con alcohol durante el embarazado y ella a diferencia de otras muchas mujeres a las que había visto antes, estaba decidida a obedecer hasta su última recomendación. De repente, Kagome levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Él alzó la copa para saludarla y ella le sonrió antes de volver a la conversación.

Todavía se sonrojaba cada vez que Inuyasha la miraba y Kikio también se daba cuenta de eso porque le lanzó una mirada burlona cuando dejó de mirar a Inuyasha. Odiaba ser tan evidente para todo el mundo, pero estaba enamorada de Inuyasha y cada gesto afectuoso de él era mucho más que bien recibido. Él seguía enfadado por lo que le hizo y tenía razones para estarlo. Sin embargo, ella aún tenía la esperanza de que algún día supiera perdonarla y fuera el Inuyasha de antes. No es que se portara mal con ella, pero lo notaba distante, frío y retraído. Era como si se estuviera conteniendo a propósito para no mostrar sus sentimientos.

- Estás muy enamorada de mi hermano, ¿verdad?

Salió de sus pensamientos al escuchar la inocente voz de su cuñada menor y no pudo menos que asentir con la cabeza.

- Estoy segura de que Inuyasha te perdonará.- le aseguró- No puede pasar toda la vida enfadado.

- Pero, ¿cuándo?- se preguntó en voz alta.

- Hmm…- Rin meditó.

- ¡No te hagas mala sangre!- intervino Kikio en un claro intento de animarla- Estás casada con el hombre del que estás enamorada, esperas un hijo con ansias, tienes a tu hermano contigo y estás forrada. Yo no le veo inconveniente…

- ¿Cómo te sentirías si Naraku se comportara como lo está haciendo Inuyasha?

Kikio frunció el ceño al imaginarlo.

- Probablemente, me sentiría como tú.- admitió- Pero no me quedaría de brazos cruzados y le haría sufrir. Si yo sufro, él también.- se cruzó de brazos- El matrimonio es un acuerdo bilateral.

Empezó a reírse a carcajadas sin poder evitarlo. Era tan típico de Kikio escucharle decir algo por el estilo. Envidiaba la fuerza natural de Kikio y su coraje. Se llevó una mano a los labios para reprimir su risa cuando se fijó en que muchas cabezas se volvían para mirarla. No pretendía ser grosera, ni mal educada, pero los viejos tiempos con su amiga, la nostalgia, le habían hecho comportarse así.

- Espero que Inuyasha no se moleste conmigo…- musitó.

- ¡No seas tonta!

- Yo creo que a mi hermano le hace feliz verte reír.- Rin le dio un sorbo a su copa y señaló discretamente a Inuyasha con ella- Está sonriendo.

Kagome lo contempló disimuladamente y descubrió que Rin tenía razón. Inuyasha sonreía y miraba en su dirección. Se volvió a sonrojar intensamente y se bebió de un trago su copa de zumo de macedonia. Le hizo un gesto a un camarero para que le trajera otra y se percató de que su otra cuñada se acercaba a ellas. Las tres mujeres procuraron tener buen aspecto para la ex modelo y la recibieron con una sonrisa.

- Te ves encantadora, Kagome.

- Gracias, Kagura.- sonrió- Tú sí que estás espectacular.

- Lo sé, pero hoy me he visto superada por la anfitriona.- sonrió y se volvió hacia las otras mujeres- Es importante que una mujer sepa utilizar su belleza.

- Totalmente de acuerdo.- coincidió Kikio.

En ese momento llegó el camarero con su copa de zumo y las cuatro mujeres brindaron por la belleza como herramienta. Bebieron de un trago sus copas y se rieron entre ellas por sus ocurrencias.

- Se me acaba de ocurrir una idea.- Kagura y Rin miraron muy interesadas a Kikio, pero ella se temió lo peor- Ya sé como devolvérsela a Inuyasha. Después de esto te suplicará por una mirada tuya.

- Kikio no sé si…

- ¡Confía en mí!- le rogó- ¡Mis planes son perfectos!- las tres mujeres la miraron con una ceja alzada- Bueno, casi todos…

Agarró su mano y tiró de ella entre los invitados. Kagura y Rin se miraron entre ellas y con una sonrisa en la cara las siguieron entre el gentío. Algunas personas se giraban para ver por qué tenían tanta prisa, pero al cabo de unos segundos perdían el interés y continuaban con sus respectivas conversaciones. Kikio la arrastró hasta el escenario donde una orquesta tocaba suave música clásica y le hizo subir los escalones. Kagome empezó a temerse lo peor y quiso echarse atrás, pero no se lo permitió.

- Vamos a demostrarle a tu marido de lo que eres capaz.

- Kikio, ¿qué planeas?

Kikio ignoró su pregunta y agarró el micrófono como si estuviera acostumbrada a hacerlo. Kagome, mientras tanto, se seguía temiendo lo peor. Los invitados se volvieron hacia ellas y tembló cuando vio la mirada que Inuyasha le dirigía a Kikio y luego a ella. ¡Iba a matarlas! Seguro que con eso acababan de estropear toda la fiesta.

- En esta noche tan especial en la que por supuesto hay que brindar por el señor Taisho,- muchas copas se alzaron en ese momento- su humilde y preciosa esposa le ha preparado una deliciosa sorpresa para felicitarle.

Kagome tembló de puro miedo a medida que el discurso de Kikio iba avanzando.

- Supongo que la mayoría de ustedes no lo sabrá pero la señorita Higurashi es muy inteligente.- adivinó lo que iba a decir en ese momento- En bachiller sacó matrícula de honor, fue la primera. En selectividad, sacó la nota más alta del país y le regalaron un viaje a Europa que desgraciadamente tuvo que rechazar por motivos personales. Después fue a la universidad y estudió música, graduándose como la primera de la promoción.

Se escucharon varias exclamaciones entre el público y Kagome buscó la mirada de Inuyasha. Él parecía confundido y muy sorprendido a medida que las palabras de Kikio iban captando la atención de la gente. Kikio tenía pinta de que fuera a continuar un rato más y ella temió lo que seguiría.

- Además, toca el piano y el violín muy bien. La aceptaron en el conservatorio con la edad de ocho años.- sonrió- Por si eso fuera poco, habla francés, italiano y español con total soltura. ¿Verdad que es una maravilla?

Se escucharon algunos aplausos mientras que ella iba adquiriendo un tono color burdeos en la piel por la vergüenza. Kikio aún no terminaba e iba a seguir contando todo lo que había hecho en la vida.

- En el instituto también era miembro del club de natación sincronizada e incluso la llamaron para dedicarse a ello profesionalmente.- se escucharon muchos cuchicheos- También era editora del periódico y el anuario,- citó-y tiene unos cuantos diplomas homologados por el estado de informática y tecnología.

Desde luego, Kikio se sabía su curriculum de memoria.

- Pero hoy no estamos aquí para hablar de su inteligencia por muy interesante que sea;- continuó- hoy estamos para hablar de su voz. ¿Sabían que la señora Taisho tiene la voz más hermosa de todos los Estados Unidos?

¡No! ¡Cualquier cosa menos eso! No deseaba que la gente supiera que había sido rechazado en todos los sitios. Se negaban a escucharla cantar, en los castings se ponía nerviosa y desentonaba, las discográficas no contestaban cuando enviaba las maquetas. Kikio no podía estar haciéndole eso delante de toda esa gente falsa e hipócrita que no dudaría de reírse de ella en cuanto se tropezara. Todos los ojos se posaban en ella e iban a notar que temblaba.

- La señora Taisho va a regalarle a su marido una canción,- anunció Kikio- no es su letra, por supuesto. Hoy quiere regalarnos su voz, otro día nos regalará algo original.

Kikio se volvió hacia ella ignorando al público que esperaba con ansias.

- No puedes hacerme esto…- se quejó con los nervios a flor de piel.

- Sí que puedo, lo acabo de hacer.- sonrió- Inuyasha no podrá apartarse de ti en cuanto te oiga cantar.

- Pero me pondré nerviosa y desentonaré y…

- Shhhhhhhh.- la calló- Tienes una voz maravillosa y cantas realmente bien. Tú no pienses en toda esa gente, no dejes que te pongan nerviosa. Piensa que cantas para Inuyasha, para impresionarlo a él y que ésta puede ser la llave de su corazón.

Con ese pensamiento tan bonito en mente dejó que Kikio se marchara y se acercó al jefe de la orquesta para pedirle una canción. No le apetecía cantar en otro idioma puesto que llevaba mucho sin practicar así que le pidió una de sus canciones favoritas: "Creep" de Radiohead. El jefe de la orquesta asintió para indicarle que conocía la canción y le pidió que le hiciera una señal cuando estuviera lista. Kagome se acercó al micrófono y respiró hondo.

- La verdad es que llevo mucho tiempo sin cantar. Espero que sepan disculparme si cometo algún fallo.

Hizo un ademán de cabeza al jefe de la orquesta para indicarle que podía comenzar e intentó relajarse durante las primeras notas para cantar. El pensamiento de que Inuyasha la perdonara y volviera a ser el de siempre fue suficiente para inspirarla.

When you were here before
couldn't look you in the eye
you're just like an angel
your skin makes me cry
you float like a feather
in a beautiful world
I wish I was special
you're so fuckin' special

Inuyasha estuvo a punto de dejar caer la copa al suelo cuando escuchó la voz angelical de su esposa. Kikio no había mentido ni un poquito en sus palabras y apostaría lo que fuera a que también era cierto lo de todos sus estudios. Su esposa era una caja de sorpresas y todas ellas lo sorprendían muy gratamente. Ahora bien, en ese momento no quería pensar en nada y disfrutar de aquel maravilloso espectáculo, disfrutar de esa voz que lo atravesaba por dentro.

But I'm a creep, I'm a weirdo.
What the hell am I doing here?
I don't belong here.

Parecía un auténtico ángel allí de pies cantando mientras todos los invitados la observaban con la boca abierta. Su voz flotaba alrededor de ella y de todos los invitados y muchos cerraban los ojos para disfrutar mejor del placer de escucharla. Transmitía tanto, era una letra tan certera y tan bien interpretada por ella que sintió en el alma que él era el responsable de que se sintiera de esa forma.

I don't care if it hurts
I want to have control
I want a perfect body
I want a perfect soul
I want you to notice
when I'm not around
you're so fuckin' special
I wish I was special

But I'm a creep, I'm a weirdo.
What the hell am I doing here?
I don't belong here.

She's running out again,
she's running out
she's run run run running out...

Whatever makes you happy
whatever you want
you're so fuckin' special
I wish I was special...

But I'm a creep, I'm a weirdo,
what the hell am i doing here?
I don't belong here.
I don't belong here.

Cuando terminó de cantar el hechizo desapareció y todo el salón se quedó en silencio durante unos tortuosos segundos. Después, los aplausos resonaron en toda la mansión Taisho. Él mismo aplaudía como el que más e iba empujando a la gente mientras se dirigía hacia el escenario para ayudar a bajar a su esposa. Nunca se había sentido tan complacido escuchando una canción, nunca se había sentido tan lleno por dentro, nunca se sintió tan orgulloso de amar a una mujer. Al mismo tiempo, nunca se había sentido tan enfadado consigo mismo. Tal vez, fuera momento de dejar atrás las rencillas.

En vez de permitir que bajara las escaleras, le hizo señas para que se acercara a él y la tomó con delicadeza por la cintura para bajarla del escenario. Antes de que tuviera tiempo de decirle nada, se inclinó y la besó apasionadamente delante de todos los invitados, para que todos supieran lo mucho que amaba a esa mujer.

Continuará…

La música, tal y como se indica en el escrito, es Creep de Radiohead.