Twilight pertenece a Stephenie Meyer y The Decision a Windchymes, quien me ha dado el permiso de traducir su historia.
Capítulo beteado por FungysCullen13.
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Verano
Creta – una isla de la costa Griega
Desde el otro lado de la estrecha y polvorienta carretera, Edward observaba la multitud de estudiantes que se reunían junto al bus que tenía impreso Universidad de Atenas en un costado. Estaban cansados pero reían, con las mochilas al hombro. Algunas chicas levantaron la vista y lo vieron, y se preguntaron sobre el extraño sentado a horcajadas sobre la elegante moto Ducati plateada. Sentían curiosidad por cómo sería el rostro detrás del casco completo con víscera oscura. Admiraban los hombros cubiertos en chaqueta de cuero y los muslos que rodeaban el cuerpo de la moto, con un pie embotado en el suelo para mantener el equilibrio. Pensaban que debería sentir mucho calor, estando tan cubierto al sol de la tarde.
Pero los pensamientos apenas hicieron mella en la conciencia de Edward – él estaba demasiado enfocado en observar y escuchar a Bella.
Edward había llegado antes. Era sólo jueves y Bella no lo esperaba hasta la noche del viernes, cuando se suponía que debía encontrarse con él en el aeropuerto de Atenas, con las maletas de ella y se irían a tomar un taxi hasta la casa que él había alquilado para ambos por ocho semanas.
Desde luego, ella no esperaba que él estuviera allí, en la pequeña isla griega de Creta, en el sitio de excavación cercado de la Universidad, donde ella había estado estudiando civilizaciones antiguas desde hace dos semanas.
Pero la temprana llegada era sólo parte de su sorpresa.
Los estudiantes comenzaron a subir al autobús. El supervisor los apresuró – si no se iban en diez minutos perderían el ferry nocturno de regreso al continente. Es como arrear gatos, pensaba el nervioso supervisor.
La línea de estudiantes que serpenteaba por detrás del autobús comenzó a avanzar poco a poco El supervisor controló a cada persona en la lista y preguntó si habían regresado su equipo a la oficina de la obra antes de dejarlos subir al bus.
Edward comenzó a prestar más atención a los pensamientos de los alumnos, tratando de encontrar a Bella en algún lugar… dormir… comer… tarea… sexo… nostalgia… ferry… quemaduras de sol…, pero entonces la vio. Ella apareció por el extremo del bus, al final de la fila.
Debajo de la visera, Edward sonrió.
Debajo del cuero su cuerpo se agitó.
Habían pasado dos semanas desde que la había visto, pero se sentía como dos años. Dos siglos.
Quería correr y envolverla con sus brazos. Quería sentirla en sus manos y con sus labios.
Quería enterrarse dentro de ella y permanecer allí hasta que el mundo dejara de girar.
Dolía por sólo tomarle la mano.
Sabía que tenía que conformarse con un hola.
Sus ojos hicieron un rápido inventario y con excepción de un pequeño rasguño superficial en el tobillo, ella estaba en una sola pieza perfecta.
El sol había besado su piel y en su camiseta sin mangas y pantalones cortos de mezclilla, Edward notó que nunca había visto gran parte de su cuerpo fuera de la intimidad de su casa, o de la de ella.
Ella se veía bien.
Muy, muy bien.
Aún no podía creer que ella fuera suya.
A veces, por la noche, mientras ella dormía y él velaba por ella, se pregunta sobre el milagro en que se había convertido su vida. A veces, en los rincones más oscuros de su mente, se preguntaba si era demasiado bueno para ser verdad.
Bella estaba hablando con otra chica, charlando sobre lo que harían cuando llegaran a Atenas. El cabello de Bella estaba recogido en una coleta, algunos mechones se habían soltado, y ella los acomodó detrás de su oreja. El anillo de compromiso en su dedo brillaba bajo la luz del sol. Edward sonrió. De pronto Bella alzó la mirada, en línea recta hacia él – era casi como si él la hubiera llamado por su nombre.
Ella frunció el ceño.
La otra chica seguía hablando, deseando que las camas en los dormitorios de la universidad fueran cómodos, y Bella asentía cortésmente pero su atención había cambiado al mirar al otro lado de la calle. Débilmente, a través del casco, Edward podía oír el latido de su corazón.
Edward levantó la mano – no era suficiente para un hola. Bella comenzó a morderse el labio mientras lo observaba. Se excusó de su amiga y comenzó a caminar lentamente, vacilante, hacia él. Él sonrió para sus adentros al mirarla y ladeó la cabeza hacia el hombro. Y de pronto, el gesto era oh-tan-familiar, incluso con el casco, que Bella estaba corriendo.
Y Edward estaba sonriendo.
Se bajó de la moto, atravesó la calle hacia ella y la atrapó mientras ella reía y se lanzaba a sus brazos.
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Edward sonreía. Y estaba feliz. Muy feliz.
Los muslos de Bella se presionaban contra él, abrazándolo. Ella tenía los brazos alrededor de su cintura y su cuerpo se apretaba contra su espalda mientras la moto volva sobre las estrechas y sinuosas carreteras de la costa. Con la velocidad y el viento él se sentía poderoso y libre. Con Bella enroscada a su alrededor se sentía amado.
El sol de la tarde resplandecía en el agua zafiro y rebotaba en las playas de piedritas blancas. Ella usaba el casco y la chaqueta que él le había guardado en el maletero del asiento de la moto. De vez en cuando oía su risa, la sentía vibrar contra él… y él también reía.
—¿A dónde vamos? —gritó ella por encima del rugido de la moto, sabiendo que él escucharía. Pero no respondió, porque sabía que ella no sería capaz de oírlo a él adecuadamente. Así que señaló adelante a los acantilados que sobresalían de la playa.
—¿Nos quedaremos aquí? ¿En la isla? —gritó ella.
Asintió, el casco negro se movió arriba y abajo.
Él sintió que le apretaba fuertemente con las piernas. Edward flexionó los músculos de los muslos en respuesta. Ella se echó a reír y gritó que lo amaba.
Edward flexionó de nuevo en respuesta.
Después de unas cuantos kilómetros aminoró la velocidad y salió de la carretera. Maniobró con cuidado por un camino de tierra que bajaba en pendiente, en medio de manchones densos de arboles y matorrales. Más cerca de la playa, el suelo comenzó a aplanarse y una atractiva villa blanca apareció.
Edward apagó el motor y la moto se quedó inmóvil. Estaban solos, con nadie en kilómetros, y se quitó el casco. Se volteó en el asiento para sonreírle a Bella, con una sonrisa amplia y llena, pero ella no le sonreía de vuelta.
Ella estaba más ocupada luchando con su propio casco.
Sus dedos luchaban y tironeaban, y en un momento más se estaría quitando la cabeza. Edward trató de no reírse cuando le levantó la visera.
—¿Necesitas ayuda?
Ella gruñó. Él rió, pero bajó de la moto, le ayudó a bajar también, y alejó suavemente sus manos para poder quitar cuidadosamente el casco por sobre su cara y apartarlo. Su cabello era un desastre y dio un exagerado resoplido, soplando los mechones lejos de su cara. Luego ella sonrió.
—Hola —dijo y de pronto parecía muy tímida.
—Hola —Edward susurró, devorándola de nuevo con los ojos.
Bajo la débil sombra de los arboles, el sol se reflejaba en su piel. Se quitó los guantes con rapidez y los dejó caer al suelo con prisa para poder tocarle la piel a Bella. Con más suavidad, también le quitó los guantes a Bella, le tomó las manos, tocó su cara, apretó los labios con los suyos.
Felicidad.
Luego la besó como el hombre hambriento que era.
Ella lo envolvió con sus brazos, sus dedos se enredaron en su cabello. Él suspiró y gimió, y no podía acercarse lo suficiente, sus manos estaban por todas partes… en su espalda, en sus caderas, en su cabello…
—Te extrañé —jadeó ella.
—También te extrañé —él susurró mientras sus labios hacían un camino ardiente por su garganta hasta la mandíbula.
Pero Edward se apartó un poco, tomó una tranquilizante respiración o dos, luego de meter a Bella bajo su barbilla.
—Entonces, ¿cuál es la historia? —preguntó Bella, aún sin aliento tras la bienvenida—. No esperaba verte hasta mañana en la noche. En Atenas.
—¿Estás decepcionada?
Ella soltó un bufido.
—Extremadamente.
Edward rió y la abrazó con más fuerza.
—Creí que podría darte una sorpresa —dijo él.
—¿Con la moto?
—Dijiste que querías montar una. Me lo dijiste en el garaje, en Vermont, ¿recuerdas?
—Me acuerdo —sonrió—. Gracias.
—Entonces, ¿qué te pareció? —le sonrió a ella.
—¿Qué creo? Edward… —ella pareció quedarse sin habla momentáneamente. Luego las palabras salieron de golpe—. ¡Ha sido fantástico, increíble! El mundo se ve muy diferente, muy cerca o algo así, fue… fue fantástico.
Edward rió.
—Me alegro de que te haya gustado.
Ella también rió al mirar la moto y luego a la construcción color blanco cal que daba hacia el mar. Y luego a Edward.
—Pero, ¿quieres decirme qué está pasado exactamente? ¿Recuerdas que comienzo mis clases en Atenas el lunes en la mañana?
Edward llevó su mano a los labios y besó sus nudillos y luego la palma.
—He alquilado el departamento en Atenas —dijo él—. Está listo para nosotros, la llave está en mi bolsillo… pero el que estuvieras en Creta me dio una idea.
Ella parpadeó hacia él.
—Espera, ¿cuándo has llegado aquí, y cómo lo hiciste?
—Aquí, ¿Creta? O aquí, ¿Grecia? —sonrió. Sabía que a Bella siempre le gustaba tener las cosas claras y en orden.
—Las dos cosas.
—Llegué a Atenas ayer por la noche. Luego tomé un vuelo chárter a Creta temprano esta mañana. Me quedé en el aeropuerto, a la sombra, esperando hasta que supiera que habías terminado aquí.
—¿La moto?
—Organizado y entregada antes de tiempo. Me estaba esperando en el aeropuerto.
—¿Evitaste el sol? ¿Cómo lo hiciste?
—Con cuidado —se encogió de hombros. Había sido un proceso difícil, pero valió la pena—. He pasado de un edificio a otro, ya sea en la noche o bajo los toldos de día. Y, finalmente, con el casco.
—Está bien… —dijo ella asintiendo, ya el asunto aclarado—. Está bien. Ahora… ¿cuál es la idea?
Edward sonrió.
—Esto —dijo e hizo un movimiento de barrido hacia la casa y la vista más allá—. Creo que podríamos pasar algo de tiempo juntos… al sol.
—¡Oh! ¿En serio?
Bella parecía confundida, pero sus ojos se habían iluminado y Edward podía ver el inicio de excitación allí, y alentado por eso, continuó.
—Esta parte de la isla es bastante remota. La posición de la villa permite que no pueda ser vista desde todo el camino. La playa es bastante pequeña y muy privada, los acantilados a ambos lados protegen la vista, y si alguien se acerca, lo sabré —sonrió y se tocó la sien.
Bella también estaba sonriendo.
—¿Puedes salir al sol?
—Sí.
Rió y lo abrazó fuerte.
—¿Y nos quedaremos aquí todo el fin de semana?
—Y cada fin de semana, si quieres. He arrendado la casa por las próximas ocho semanas.
Bella parecía algo aturdida.
—¿Así como el departamento en Atenas?
—Sí.
Ella dio un paso alejándose y Edward podía sentir como sus hombros comenzaban a tensarse.
—¿Alquilaste esto por ocho semanas, cuando solo podemos usarlo los fines de semana? —aclaró ella, mirándolo fijamente. Él asintió y la acercó otra vez, apretando los brazos alrededor de su cintura; ella había estado muy lejos por demasiado tiempo—. ¿Además de un departamento en Atenas?
—Apartamento durante la semana. Mientras estás estudiando. Como habíamos acordado.
—Pero Edward… —su voz era de incredulidad—. Eso sería…
—Sería fantástico… —susurró él, terminando la frase por ella, deteniendo su protesta sobre los costos y la extravagancia, que él estaba seguro iba a venir.
Ella se le quedó mirando.
—Iba a decir que costaría una fortuna.
—Entonces es algo bueno que tenga una fortuna —respondió él.
Se hizo silencio. Ella estaba apoyada contra sus brazos, con las manos en sus bíceps y los ojos muy abiertos mientras lo estudiaba. Y de pronto sonrió. Y la sonrisa se convirtió en una risita.
—Tienes razón, es fantástico —dijo—. Gracias, muchas gracias —Y le echó los brazos por el cuello, besándole la mejilla y la mandíbula—. Me estás consintiendo. ¿Qué voy a hacer contigo?
—Podría pensar en algunas cosas —dijo él y volvió la cara para capturar sus labios.
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Le sostuvo la mano mientras la llevaba a través de la villa. Él había pasado horas en internet buscando la propiedad perfecta.
La casa era abierta y espaciosa, con suelos de baldosas y grandes ventanales que capturaban la luz y la llevaban dentro. El mobiliario era mínimo, pero con estilo y cómodo.
La cocina estaba bien equipada y Edward había pagado a los corredores para que abastecieran los armarios y la nevera. En estilo abierto y fluido, la sala de estar daba a una gran terraza pavimentada que se asomaba sobre el mar. Desde allí, un sendero conducía a su propia playa privada.
Bella se quedó afuera en el sol, mirando el baile de la luz en el agua. Se pasó la mano por el cabello y el sol le dio a su nuevo anillo. Edward sonrió otra vez – él no lo había visto desde Chicago. Sonrió algo más y mientras Bella observaba el mar, viendo la danza de la luz en el agua, él recordó la noche en que se lo propuso.
Después de que Bella le había dicho a Edward que ella quería ponerlo por escrito y firmar con su nombre, él había pensado en hacer traer desde Vermont el anillo de su madre. Había guardado el anillo, junto con otras cosas preciadas de su vida humana – un prendedor de corbatas de su padre, gemelos a juego y un broche de diamantes de su madre. Pero cuando se preparaba para llamar a Carlisle para pedirle que por favor le enviara el anillo, dudó. El anillo era especial para él, había pertenecido a su madre, pero esta vida con Bella era un nuevo comienzo… ella debía tener su propio anillo, decidió. Encontraría otra ocasión para darle el anillo de su madre.
Aún así hizo la llamada a Carlisle, pero le pidió el broche en vez. Luego, esa noche mientras Bella estaba leyendo y Edward escribía una tarea, él le preguntó de manera casual, sin siquiera levantar la vista de su laptop, cuál era es piedra preciosa favorita.
Por el rabillo del ojo la vio levantar la mirada, sorprendida, y luego una lenta sonrisa comenzó a deslizarse por sus labios.
—Granate —dijo ella y su respuesta fue tan informal como la pregunta. Volvió la vista a su libro, pero Edward estaba confundido. La miró por encima de la computadora.
—¿En serio? ¿No los diamantes, rubíes o esmeraldas?
Bella negó, con los ojos fijos en su libro. Bien podría estar preguntándole si creía que iba a llover.
—Me gusta el color de los granates —dijo pasando la página—. Es cálido, rico y profundo —luego volteó un poco la cabeza y encontró su mirada, con los ojos brillantes—. ¿Por qué me lo preguntas, Edward?
Sus ojos brillaron de regreso.
—Sólo me lo preguntaba, Bella.
—Oh.
Después, ambos continuaron con lo que ambos estaban haciendo, con sonrisas secretas en sus rostros.
Así que al sábado siguiente, mientras ella estaba en el trabajo, él visitó un joyero, eligió un granate cuadrado de un color que era cálido, rico y profundo, y le encargó que lo dispusiera en un delicado circulo de filigrana de oro rosado con los pequeños diamantes del broche de su madre adornando la banda.
El resultado fue impresionante.
El siguiente sábado, cuando Edward recogió el anillo de la joyería, decidió que no podía esperar para dárselo a Bella. Todos sus planes de veladas románticas, velas, fuegos crujientes, bosques de flores, se fueron por la ventana. El anillo estaba quemando un agujero en su bolsillo. Su rostro casi dolía debido a su sonrisa.
Recogió a Bella del trabajo y en lugar de conducir a casa, fue hasta el Parque Garfield, donde habían tomado un tímido paseo en su primera cita. La luz suave del atardecer estaba alrededor de ellos mientras él la había llevado, casi corriendo ante la emoción, a un rincón apartado de árboles que adornaban el lago ornamental.
Cuando Edward se detuvo en el nicho, Bella estaba curiosa, pero risueña, preguntando qué estaban haciendo allí y por qué él estaba sonriendo como el Gato de Chesire, y por qué había corrido.
—No puedo esperar —le dijo él.
—¿No puedes esperar para qué?
Y luego su sonrisa, su expresión, se desvanecieron ante la emoción de algo más. Algo intenso y puro. Él comenzó a hundirse lentamente en una rodilla a la vez que observaba por entre las pestañas los ojos de Bella profundamente, haciéndole ver su corazón, su alma. Bella abrió la boca, se la tapó con la mano y sus ojos se aguaron.
Pero a medida que Edward sacaba el anillo de su bolsillo, todas las palabras le abandonaron. Su discurso preparado se había ido. En su lugar, sólo había sentimiento estrellándose contra él, y de pronto se vio superado por ese increíble momento que nunca había pensado sería para él.
Él sintió el ardor en sus ojos. Sus dedos comenzaron a tiritar cuando tomó la mano temblorosa de Bella. Su lujoso discurso desapareció, habló de lo que había en su corazón y su voz se engrosó y volvió ronca cuando le dijo simplemente que él la amaba más que a su propia vida y le preguntó si ella le haría el gran honro de casarse con él.
Por supuesto que Bella dijo que sí.
Y Edward deslizó el anillo en su dedo.
Ajustaba perfecto.
Ella le echó los brazos alrededor del cuello, él la levanto, la hizo girar y luego la besó hasta que el cielo se oscureció y las estrellas aparecieron, brillantes como los diamantes en su anillo, e iluminaron el cielo nocturno.
—Es un anillo hermoso —ella le había susurrado más tarde mientras estaba tendida en su cama, en sus brazos, sonrosada y sonriendo a causa de hacer el amor.
—Los diamantes eran de mi madre —le explicó, tocándolo suavemente con el dedo cuando ella extendió la mano—. Del broche que mi padre le dio el día que nací.
Bella se había quedado muda. Jadeó suavemente y miró de él al anillo, pero no tenía palabras y Edward quitó con un beso una única lágrima que caía por su mejilla y le dijo que estaba en su corazón.
—Es perfecto —susurró ella cuando encontró la voz de nuevo, mirando del anillo a él—. Perfecto.
Ahora, dos meses más tarde y miles de kilómetros de distancia, Edward la observaba mientras Bella hacía su juicio, tendiéndole la mano para unírsele a ella.
—¿Estás seguro de que está bien aquí? ¿Nadie verá?
—Nadie verá —dijo él—. Y si alguien viene explorando lo sabré —se tocó la sien, entró en el sol e iluminó toda la terraza. Los ojos de Bella estaban anchos como platos.
—Nunca me acostumbraré a esto —susurró y luego lo miró a los ojos—. Nunca me acostumbraré a ti.
Por un segundo, mientras tomaba su mano, Edward estaba inseguro.
—¿Es algo bueno?
—Es algo muy bueno —dijo ella y lo besó en la mejilla—. Es fantástico estar aquí, gracias.
—Es un placer —la besó en la mejilla con dulzura y castamente, aunque él sintiera todo menos castidad.
Ella observó los prismas de luz, mientras estos hacían bailar arcoíris sobre su piel. Ella volteó su mano hacia arriba. Le besó la palma. Lo besó a él.
—¿Hay algo más de ver en la casa? —susurró ella.
—Está la habitación.
—¿Me muestras?
Él creía que ella nunca lo preguntaría.
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La habitación era grande y blanca con una gran cama con dosel y un edredón de plumas blanco. Tenía puertas francesas que captaban la vista antes de pasar a otra pequeña terraza privada.
—Esto es hermoso —susurró Bella, de pie en las puertas francesas—. Muy hermoso.
Edward se acercó por detrás, envolvió los brazos alrededor de su cintura y le acarició el cuello. Ella inclinó la cabeza, suspiró, y él se deleitó con la dicha de estar con ella otra vez, el estar en el mismo país, en el mismo espacio, sintiéndola entre sus brazos.
Sus manos comenzaron a vagar.
También las de ella.
Él le quitó la ropa, y la suya, y cayeron en la enorme cama, con la suave colcha ondeando a su alrededor. La acarició y besó, le susurró su amor mientras ella suspiraba, gemía y también susurraba. También lo tocó a él. Su cuerpo cubrió el de ella, ella lo acogió, y trató de ir lento, él quería que fuera un dulce encuentro hasta el final, quería que ella sintiera… y él mismo saborear… pero habían pasado dos semanas.
Y ella gemía por más.
Así que él le dio más, brindándole a ambos rápidamente el alivio hasta que se desplomó a su lado, y acercó su tembloroso cuerpo para apretarlo entre sus brazos.
—Wow —sonrió ella, sin aliento y brillante, su piel resplandecía contra la de él. Edward también sonrió – le gustaban los "wow"—. Me extrañabas —murmuró ella y lo encerró entre sus piernas.
—Puede ser. Sólo un poco —bromeó, y se dejó atrapar—. Te extrañaba tanto que no hay palabras para explicarlo —susurró, sonriendo, en su oído.
—Pienso lo mismo. Quisiera encontrar tus palabras —susurró ella de vuelta y lo besó, lentamente ahora, y Edward se fundió con ella, con el alma y el corazón cantando, suspirando.
Él estaba en casa.
Podría estar en una isla de la costa griega, pero en los brazos de Bella, él estaba en casa.
—Entonces ─dijo un poco más tarde, pasando perezosamente los dedos sobre su pecho, bajando hacia su estómago, rodeando su ombligo─. Cuéntame de estas dos semanas. ¿Qué hiciste desde que te dejé en el aeropuerto?
Ella rió.
─¿De verdad necesitas saber?
Edward también rió. Ellos habían estado en contacto todos los días. Textos, email, llamadas telefónicas. Ella le había enviado fotos de la excavación, de su tienda de campaña y de la pequeña pieza de cerámica que había encontrado. Justo la noche anterior había recibido una foto de ella y algunos otros estudiantes rompiendo platos en un restaurante – la última noche, el mensaje que la acompañaba decía – celebración al estilo griego.
Él le había enviado fotos de su planta casera. Para demostrar que la estaba cuidando adecuadamente y que todavía estaba viva. La había dejado en el departamento de Mandy el día en que voló. Y hubo otra foto de él en un partido de beisbol con Rex, para demostrar que no se estaba convirtiendo en un ermitaño sin ella allí. Y una que se había sacado a sí mismo, sentado contra un árbol, después de cazar. Un poco despeinado, con los ojos en su dorado más brillante, casi iridiscente, gracias a la primera ola de sangre en su sistema. Era lo más cerca que ella lo vería en su estado de caza, mientras fuera humana. Era lo máximo que podía compartir. Y hubo otra foto, una imagen de su mano izquierda, moviéndose sobre las teclas del piano… tocando tu canción... decía su mensaje. La respuesta de ella llegó casi al instante… la estoy escuchando :)
Su dedo hizo más círculos alrededor de su ombligo. Inclinó la cabeza y sus labios siguieron el camino de la yema.
─¿Así que te gustó la excavación? ─murmuró contra su piel, la suave voz de ella soltó risitas. Levantó la cabeza y se unió a ella nuevamente sobre las almohadas.
─Fue genial ─respondió ella─. He conocido a gente muy agradable, pero no creo que se lo mío.
─¿No?
Ella negó con la cabeza y levantó la mano, pasando los dedos adelante y a tras entre los de él. Edward la observó mientras ella observaba sus manos.
─Sé que mucha parte de la antropología es en el campo ─dijo─. Visitar comunidades, estudiar a las personas, desenterrar el pasado para conseguir lograr comprender cómo la gente solía vivir… pero creo yo que podría estar más interesada en los estudios más modernos… ver cómo la gente está dándole forma al mundo ahora.
─¿Sí?
─Sí ─soltó su mano y acercó su cabeza sobre su pecho y lo abrazó allí, acunándolo. Metió los dedos en su cabello y Edward estaba prácticamente ronroneando─. Me gusta la teoría detrás de la antropología ─dijo en voz baja, a la vez que los ojos de Edward se cerraban lentamente y su respiración se profundizaba─. Me gusta armar rompecabezas. Y fundamentalmente creo que yo sería feliz de hacer cosas más tranquilas, investigación, unir piezas… no siento la necesidad de estar en el campo en busca de tribus perdidas.
—¿Quedan tribus perdidas?
─Si las conociéramos, no serían tribus perdidas, Edward ─rodó los ojos y él rió suavemente desde el paraíso entre sus pechos─. Estaba pensando que el trabajo que quiero hacer lo podría hacer fuera de un museo o de una universidad ─sus manos tiraban suavemente de su cabello y miró hacia ella, con ojos casi somnolientos, estaba tan relajado─. Y eso funcionaría más tarde, ¿no? ¿Cuándo sea como tú?
Él le dio una perezosa sonrisa adormilada.
—Podría funcionar, sí —dijo. Pero si su sonrisa era perezosa su corazón se hinchaba… llenándose con alegría por la forma en que ella estaba planeando su futuro.
Bella asintió, como si eso lo arreglara todo, y Edward se acomodó de vuelta en su lugar.
Se quedaron así durante un rato, hablando en voz baja, tocándose, volviendo a familiarizarse, pero cuando el estómago de Bella gruñó, Edward se desenredó de ella, la besó dulcemente, y salió de la cama.
—¿Almorzaste? —le pregunto.
—Sí, pero se siente como hace años —se acomodó sobre sus codos y podía sentir sus ojos en él mientras se ponía sólo los jeans.
Edward nunca había pensado mucho en su cuerpo, en su buena apariencia – que era sólo parte de su atractivo vampírico, una tentación para las víctimas humanas – pero se sentía diferente en estos días. Se estiró, apretó los puños y estiró los brazos hacia arriba, dejando que su cuerpo se alargara y definiera sus músculos. Él escuchó el corazón de Bella acelerarse – y descubrió que le alegraba que ella lo encontrara físicamente hermoso. Le alegraba que su cuerpo le gustara.
—¿Estás presumiendo? —ella rodó los ojos a la vez que sus mejillas se coloreaban.
—¿Te estás quejando?
—No, en absoluto —ella se quitó la sábana y se estiró de forma sorprendentemente elegante— ¿Y tú?
Si el corazón de Edward pudiera latir, habría atravesado su tórax. Verla a ella… y le encantaba que se sintiera tan abierta con él, tan segura, nada tímida.
Sin duda ya no tiene diecisiete.
—Touché —susurró él, sonriendo, y luego se fue a hacer algo de comer.
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Mientras Edward cocinaba, Bella desarmó su bolsa para poner a trabajar la pequeña lavadora. Se sentó en el suelo de baldosas a separar la ropa blanca de la oscura, y de pronto levantó la mirada y vio a su alrededor.
—¿Dónde están nuestras cosas?
Edward había sugerido en Chicago que ella sólo empacara para las dos semanas sin él y que él traería el resto de sus cosas cuando él viajara.
—Ya están en Atenas —respondió mientras cortaba cebollas tan rápido que el cuchillo era sólo un borrón—. Pasé por el departamento antes de venir aquí y dejé el equipaje. Sólo traje algunas cosas para el fin de semana… están en una mochila en el compartimento de la moto.
Bella asintió.
—¿Trajiste mi vestido para la Cena de Celebración?
—Lo hice. Y mi esmoquin —él sonrió y ella frunció el ceño—. O vamos —dijo él—. No va a ser tan malo.
Cuando Bella había enviado su aceptación al programa de becas de verano, ella había recibido de vuelta un paquete con toda la información que necesitaba – incluyendo los detalles de la Cena de Celebración, que tenía lugar la última noche del curso. La cena contaba con la presencia de los miembros de la facultad de la Universidad y estudiantes de los diferentes programas que se impartían durante el verano. No era obligatorio asistir, pero el código de vestimenta era formal, si se iba. Esto se llevaría a cabo en el Gran Salón de la Universidad, y después de la cena había un baile y sin ella decirlo mucho, Edward sabía que esta era su principal preocupación. El ceño fruncido aún estaba en su rostro.
—Bailas bien —le alentó—. Ahora haces unos movimientos muy buenos y si estas nerviosa sólo finge que estamos en casa y hemos quitado la alfombra —ella sonrió ante eso y eso le alegró – él realmente quería llevarla al baile.
Edward sabía que iba a parecer una tontería en estos días, pero en su vida humana, llevar a una chica a un baile formal era una gran cosa. Y él y Bella nunca fueron al baile de graduación, aunque sospechaba que si él se hubiera quedado en Forks y se lo hubiera pedido, ella le habría dicho que no. O le habría dicho que sí y luego sería miserable. Así que tenía ganas de llevarla a la Cena de Celebración, para hacerla girar alrededor de la pista de baile, él vistiendo un esmoquin y ella en el vestido de seda azul que había comprado especialmente.
Y había algo más que él estaba deseado.
En el bolsillo interno de su mochila estaba una pequeña caja de terciopelo desvanecido. En esa caja estaba el anillo de su madre. Él quería que Bella lo tuviera y se había estado preguntando por un tiempo sobre cuándo y cómo dárselo. ¿Un regalo de un futuro aniversario? ¿Un regalo para la próxima Navidad? ¿Sólo un día por nada en especial? Pero cuando supo de la Cena de Celebración fue cuando se decidió. Se lo daría con motivo de su primer baile formal. Se vería hermoso en ella.
Sonrió para sí mismo y pensó que a veces él era en gran medida un producto de 1918.
—No dejarás que me caiga, ¿cierto? —Bella preguntó de pronto sobre la pequeña pila de ropa sucia.
—Nunca.
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Ella se sentó en la terraza, en una de las reposeras, a comer la ensalada que él le hizo. Él estaba en la reposera a su lado, brillando.
Sus ojos se posaron en la venda de su tobillo.
—¿Cómo te hiciste daño en el tobillo?
—Me caí en un hoyo. No llevaba las botas.
Edward frunció el ceño. Extendió una mano y tomó el pie, presionando suavemente el pulgar sobre la piel raspada. La gaza estaba limpia, la nueva piel estaba rosa.
—¿Cuándo pasó?
Ella ladeó la cabeza e hizo una mueca, pensando.
—¿Hace tres días?
Le rotó el tobillo a un lado y al otro, y luego asintió y bajó le pie.
—Está curando bien. No está hinchado ni enrojecido.
Ella rodó los ojos.
—Si, Dr Cullen —movió los dedos de los pies.
Él sonrió y se recostó con el brazo casualmente sobre el rostro, disfrutando del sol, absorbiendo el calor como un lagarto sobre una roca.
—Tienes dos títulos de medicina —Bella murmuró sobre su lechuga.
—Sí.
—¿Has pensado alguna vez en practicarlo, igual que Carlisle?
—No.
—¿Por qué?
Se asomó por debajo de su brazo.
—Es el asunto de la sangre, Bella. Carlisle es mucho mayor que yo, ha tenido más tiempo para desarrollar el control.
—Eres muy controlado.
—No tanto como él.
—¿No?
Negó.
—¿En serio? Te sentaste conmigo en el hospital, mientras ellos me sacaban sangre del brazo.
—Eso fue diferente.
Ella lo estudió con cuidado, podía sentir sus ojos al esconderse nuevamente bajo el brazo.
—¿Fue difícil para ti? —le preguntó en voz baja, casi con timidez. La mandíbula de Edward se tensó ante el recuerdo que quería olvidar.
—Fue difícil, pero no por la razón que piensas —movió el brazo y la miró de nuevo—. Estabas asustada e incómoda, eso era lo que me preocupaba.
Ella parpadeó.
—¿No el olor de mi sangre? Porqué eso fue antes de que comenzara a tomar la píldora así que debió haber estado con toda su fuerza.
Él resopló.
—Toda su fuerza —sonrió—. Me gusta eso. Haces que suene como alcohol —aunque tal vez no era una mala analogía – ella era embriagadora, después de todo. Se sentó y la miró—. Estaba con toda su fuerza, y estabas asustada así que la adrenalina estaba pulsando en todo tu cuerpo, y eso intensificaba el olor. Tu corazón latía con fuerza, tus ojos se veían con pánico. Contuve la respiración y sostuve tu mano… pero no era tu olor… era tu miedo, no quería que tuvieras miedo.
Bella tenía los ojos aguados.
—Gracias —murmuró.
Edward sonrió.
—De nada —dijo y se tendió de nuevo al sol—. Pero no sé si podría hacer eso por alguien más. Por un desconocido.
Bella llevó un tomate cherry a su boca.
—Yo creo que podrías —murmuró—. Porque mi sangre tiene un fuerte efecto en ti, y si puedes resistir eso, entonces…
Él se encogió de hombros.
—No vale la pena el riesgo.
—Fuiste muy bueno con Renee y su tobillo —Bella dijo casualmente. Edward miró de nuevo la gaza en el tobillo de Bella y se preguntó qué tanto la genética participaba allí—. Fuiste muy bueno con ella.
—No había sangre. Y ella es tu madre. A penas puede hacer algo después de que cayera de las escaleras.
Renee los había visitado poco después de que Bella y Edward anunciaran su compromiso. Ella había estado encantada de conocer a Edward por fin, después de haber oído hablar de él a Charlie y un poco de Bella, y cuando ella le dio la mano sus pensamientos habían estado curiosos y perplejos, pero en general impresionados. A lo largo de esos cuatro días en Chicago, Renee había estudiado a Edward de cerca y descubrió la manera en que trataba a su hija, la forma en que la mirada, era como si nunca la hubiera visto.
—Es definitivamente un protector —le había susurrado a Bella más de una vez—. Él te ama. Puedo verlo, está en esto para largo plazo.
—Muy, muy a largo plazo —Bella sonrió para sus adentros y murmuró en voz demasiado baja como para que su madre lo oyera. Pero Edward había escuchado y le guiñó un ojo.
—Estuviste increíble —Bella le recordó—. Ella se cayó de las escaleras, se dislocó el tobillo que no había estado mucho tiempo fuera del yeso, estaba absolutamente fuera de sí, y yo no sabía qué hacer, pero te sentaste con ella, la calmaste, le… —sacudió la cabeza como si no pudiera explicarlo—. Hiciste esa cosa con tus manos que lo acomodó de nuevo —ella retorció las manos hacia delante en direcciones opuesta, como si estuviera intentando abrir un frasco.
—Realineé su conjunto talocrural.
—Exactamente —declaró Bella, como si eso fuera lo que iba a decir todo el tiempo—. Lo hiciste y apuesto a que ella ni siquiera sintió algo de lo que hiciste.
—No lo notó.
A Renee le dolía, lloraba, segura de que se había quebrado el tobillo otra vez, y luego se sorprendió por completo cuando el dolor de repente había desaparecido bajo los dedos expertos de Edward.
—Y la cargaste al piso de arriba y la vendaste. Y fuiste tan suave, diciéndole que iba a estar bien, tu voz la calmó, incluso bromeaste con ella diciéndole que sería capaz de hacer una audición para You Think You Can Dance.
Edward suspiró.
—¿Qué es todo esto, Bella? —le sonrió—. ¿Estás sugiriendo que debería ser médico? Estoy a medio camino de convertirme en ingeniero.
—En esta ocasión —ella sonrió y luego se encogió de hombros—. Creo que con esos grados, tus capacidades aumentadas y tu compasión…—hizo hincapié en esa palabra y él rió entre dientes—. Creo que serías genial como médico… como Carlisle. Tal vez no estás listo en este momento, pero quizás en el futuro —ella se encogió de hombros—. Eso es todo.
Bella volvió a comer.
Edward comenzó a pensar.
Edward admiraba a Carlisle enormemente. Admiraba su control, su compasión y su camino elegido, la idea de seguir sus pasos era algo que Edward siempre había considerado como inalcanzable. Algo que ni siquiera podía considerar. Algo para lo que no era suficientemente bueno… hasta las palabras de Bella ahora.
Y la idea era intrigante.
Tal vez era lo suficientemente bueno.
Se quedó mirando el mar, pensando en la compasión que había crecido y había suplantado su fría indiferencia. Pensando en cómo su actitud hacia los seres humanos había cambiado desde que había decidido ser un hombre mejor para Bella.
Pensando en cómo él había confrontado la atracción de la sangre más poderosa que conocía.
—¿Hiciste rondas en hospitales cuando estabas estudiando? —la pregunta de Bella irrumpió sus pensamientos—. ¿Te hicieron practicar cosas en pacientes? ¿Vendar heridas, tomar sangre?
—Siempre faltaba esos días —contestó Edward—. Y después arreglaba el papeleo más tarde.
Bella jadeó, sorprendida. Se sentó y lo miró fijamente. Algunos de sus tomates cherry salieron de su plato.
—¿Qué? —Edward la miró, sentándose también y tratando de conseguir algo de su expresión.
—¿Faltabas a las practicas y después arreglabas la documentación? ¿Hiciste trampa?
Edward parpadeó, luego comenzó a reír.
—Después de todo lo que sabes sobre mí, Bella, ¿eso te sorprende?
Ella asintió en silencio, aún con la boca abierta, el tomate seguía rodando por la terraza.
—Oh, Bella… —Edward se acercó y enterró una mano en su cabello—. Me sorprendes en todo momento.
Ella intentó mirarlo con desaprobación.
—No me vas a esquivar tan fácilmente. Hiciste trampa.
—Sí. En 1947 y en 1973 —bajó de su reposera, se agachó a su lado y la besó dulcemente—. ¿Quieres ir a nadar?
—¿Cambiando de tema? —ella arqueó una ceja y Edward sonrió un poco.
—Tal vez.
—¿Y no me vas a decir que debería esperar una hora después de comer?
Él negó con la cabeza.
—Nope. Si te hundes, te daré respiración boca a boca —le guiñó un ojo—. Como acabas de señalar, tengo dos títulos médicos, después de todo.
—Sí, pero no hiciste la práctica.
Él la besó de nuevo.
—La práctica del boca a boca, la tengo.
—Touché —sonrió ella y fue a ponerse su traje de baño.
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Ellos nunca antes habían estado juntos en el agua, a excepción de los baños, por supuesto.
Edward la lanzaba al aire, con cuidado, y reía cuando ella golpeaba el agua y ascendía farfullando, también riendo, y le decía que ahora lo iba a atrapar. Ella lo perseguía y las piernas de él cortaban el agua como si fuera aire, mientras ella tropezaba y avanzaba como si estuviera atravesando a través de melaza… pero aun así se dejó atrapar.
Jugaron a andar a caballito, con ella tratando de aferrase mientras él intentaba de quitársela de encima. Por supuesto, él no se sacudía muy fuerte y nunca quiso quitársela de encima de todos modos, así que ella siempre ganaba.
Nadaron un poco, en sencillos braceadas, disfrutando del sol y del agua tibia.
Él mostró sus habilidades, haciendo piruetas y zambullidas mientras ella rodaba los ojos y se echaba a reír y a veces le aplaudía. Y a menudo lo salpicaba.
Él la molestaba con algas, persiguiéndola con ellas a lo largo de la arena y la piedrecilla. Pero ella se lo regresó más tarde, frotando un conjunto de gomosas hojas verdes sobre su cabeza tan pronto como salió a la superficie después de una de sus zambullidas.
Él se tendió de espalda, flotando, sonriendo al cielo. Ella se puso en su pecho, a lo largo de su cuerpo, con las piernas colgando entre las de él en el agua, usándolo como su propio colchón flotante con los ojos cerrados y la mejilla apoyada contra su corazón. Las manos de él se posaban con ternura sobre su espalda. Juntos movían los pies lentamente, haciendo círculos en el mar, manteniéndose en la superficie – manteniéndolos flotando.
Cuando la brisa aumentó y la piel de Bella se erizó, Edward inmediatamente nadó hasta la orilla. El día estaba llegando a su fin, y después de las duchas y la cena se acurrucaron juntos en una de las tumbonas de la terraza, viendo el cielo pasar del dorado al purpura, luego al índigo y finalmente a negro y plateado.
Bajo las estrellas, Bella se durmió en los brazos de Edward.
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En la mañana, Edward estaba exprimiendo naranjas a mano en la cocina, mientras Bella estaba sentada en el sofá, repasando algunos de sus apuntes de las últimas dos semanas. Tenía que presentar un resumen de la excavación el lunes en la mañana.
Él sonrió al mirarla. Quería quitar con un beso ese gesto de preocupación mientras ella estudiaba las páginas en sus manos y tomaba notas ocasionales en una hoja parte. En la mesita de café delante de ella estaba el teléfono de él y él vio la pantalla brillar una milésima de segundo antes de que comenzara vibrar.
—¡Argh! —Bella se asustó, luego rió, y entonces Edward le preguntó si podía contestar porque él estaba hasta los codos con cascaras de naranja.
—Gracias —dijo, suponiendo que era uno de su familia. Pero el cabello en su nuca comenzó a picarle cuando Bella se quedó mirando la pantalla con expresión en blanco en su rostro.
—¿Bella?
—Edward, ¿quién es Tanya?
De pronto, Edward se quedó clavado en el suelo, con la mitad de la naranja en su mano manchada con pulpa mientras su puño apretaba. Cayó jugo sobre el mostrador y le goteó sobre el pie. Bella lo miraba ahora, con los ojos muy abiertos y curiosos, esperando que respondiera mientras él evaluaba su expresión y consideraba que tan malo y engañoso era el doble sentido del mensaje de Tanya. O, dios mío no, ¿había enviado una foto? ¿Lo había hecho? Lo hizo algunas veces, para atraerlo, o escandalizarlo quizás… él nunca respondía, siempre las eliminaba. Ahora tomó aire lentamente.
—¿Recuerdas que te conté sobre el clan de los Denali en Alaska? —él los había mencionado en términos generales, pero no había detallado la persecución de Tanya hacia él.
—Lo recuerdo. Son cinco, ¿no es cierto? ¿Vegetarianos como tú?
—Así es. Tanya es uno de ellos.
Tiró la arruinada naranja en uno de los basureros, abrió la llave, se lavó las manos y se las secó lentamente con el paño de cocina. Bella parecía tranquila, quizás perpleja, y Edward se preguntó si eso era bueno.
—¿Qué decía? —De pronto pensó que su reacción pudo haber sido peor que el mensaje.
—No mucho —Bella volvió a ver la pantalla y a leer—… "He escuchado las noticias de Esme, todos enviamos nuestras felicitaciones… estamos muy felices por ti. ¿Y una moto también? ¿En Grecia? Te divertirás… ¿Recuerdas Eagle? ¿Por el Yukon?" —
Bella levantó la mirada.
—Me dijiste que tenías una moto en los años cincuenta. ¿Anduviste con Tanya?
—Sólo una vez. Tenía la moto, ellos nos visitaron, ella nunca había andado en una y quería ver lo que era, así que la llevé a dar una vuelta una noche. También a sus hermanas. Vivíamos cerca de un pueblo llamado Eagle. En el río Yukon.
—¿Así que no soy la primera chica a la que has llevado en la parte posterior de la moto, entonces? —Bella dijo, pero estaba sonriendo, y sus ojos eran cariñosos. Edward respiró hondo.
—No —respondió en voz baja y se pasó la mano por la nuca.
Bella dio un asentimiento. Otra sonrisa. Otra mirada al teléfono.
Edward estaba completamente perdido, sin saber qué hacer. Quería sentarse junto a ella, tomarla en sus brazos y decirle que ella era la única mujer a la quería en la parte trasera de su moto…
Pero Bella parecía estar bien, y él no quería que pensara que Tanya, o andar en moto por Alaska, era algo más grande de lo que ya era, porque la verdad es que no era gran cosa, no era nada… así que volvió a exprimir jugo de naranjas.
Y comenzó a hablar.
—Hemos conocido a Tanya y a su familia durante mucho tiempo —comenzó al cortar otra fruta.
Le dijo a Bella sus nombres, un poco de sus historias.
—Revisa las fotos del teléfono, allí debe haber una de la boda de Rose y Emmett, una foto de grupo. Ya la verás.
Bella comenzó a revisarlas.
Edward tenía un doble propósito al sugerir eso. Uno, no quería que ella pensara que le estaba escondiendo algo, y dos, vería las diecisiete fotos que guardaba de ella allí antes de que llegara a la única foto de los Denali… sólo para recordarle, en caso de que se sintiera, bueno, como él se había sentido cuando había sabido de Hamish y Atticus. Excepto que Tanya nunca había sido su novia, por lo que no sería lo mismo. ¿Cierto?
Edward frunció el ceño – se había confundido a sí mismo y en este momento se sentía profundamente consciente de su limitada experiencia en relaciones.
Pero Bella estaba sonriendo mientras se desplazaba por el álbum y eso le hacía feliz.
—Me gusta esa mía en el piano; no pensarías que estoy tocando Palillos Chinos. ¡Oh! ¿Cuándo me tomaste esta? ¡Estoy durmiendo!
—Cuando estabas dormida, obviamente —sonrió y lleno un poco más la jarra.
Ella rió un poco al seguir mirando.
—El mercado de los domingos —murmuró—. Oh, y por supuesto que guardaste la foto en que tengo algodón de azúcar en la cara —rodó los ojos.
—Es linda —dijo él—. Mira la que sigue.
Rió.
—Oh, estás besando el algodón de azúcar de mi cara. ¿Cómo sacaste esa foto? Recuerdo los besos, no recuerdo la foto…
—Fui muy rápido —él sonrió de nuevo—. Y tú estabas ocupada con los besos.
Ella rió, entonces…
—Edward, ¡no puedes tener ésta aquí! ¡Creí que la habías eliminado!
—¿Ésa tuya en toalla? —su rubor respondió por ella—. Posaste para ella, ¿recuerdas?
—Lo sé, pero… no pensé que la guardarías.
—¿Por qué no?
Él podía verla ahora, sentada en medio de la cama, con las piernas dobladas bajo ella, con una toalla envuelta provocativamente a su alrededor, la cabeza inclinada, con una mano en el pelo, y una coqueta sonrisa de ven aquí en los labios.
—¿Y si alguien se roba tu teléfono? —Bella estaba horrorizada.
—Bella, ¿cómo alguien se va a robar mi teléfono? —levantó una ceja—. Pero si no te sientes cómoda con la foto, por supuesto que la borraré. Puedo hacerlo ahora mismo, si quieres —la había guardado en su perfecta memoria de vampiro de todos modos, Pero Bella se detuvo, ahora parecía incierta.
—No, guárdala —dijo con timidez—. Es una buena imagen mía, en realidad.
—Eso pensé —Edward murmuró en voz baja, sonriendo, con los ojos en las naranjas. Podía sentir el sonrojo de Bella desde el otro de la habitación.
—Está bien, ya la tengo —dijo después de un momento. Y entonces se hizo silencio—. Wow, son hermosos —ella frunció el ceño al mirar la pantalla—. Realmente hermosos. Bueno, ¿cuál es Tanya?
—Vestido rojo, cabello rubio fresa.
—Por supuesto —murmuró Bella y Edward se preguntó qué quería decir con eso—. Entonces, ¿ellas no tienen esposos? ¿Parejas?
—Er, no. No exactamente.
Bella jadeó cuando Edward le explicó que Tanya, Kate e Irina, eran de hecho, súcubos.
—Así es como sabías —dijo ella—. Cuando hablamos lo de que los vampiros y las vampiresas no se reproducían…
—Sí.
Ella estaba comprendiendo todo, podía ver su mente ir a través de la información. Volvió a mirar el teléfono en su mano, y levantó una ceja a la vez que levantaba la mirada.
—Entonces, ¿están interesadas sólo en humanos o en cualquier hombre?
La pregunta tenía malicia, pero Edward la había estado esperando.
—Hombres —apretó otra naranja sobre la jarra. Con una pequeña flexión de la muñeca la dejó seca, esperando la siguiente pregunta.
—¿Alguna de ellas alguna vez, ya sabes, te quería a ti?
Él asintió y botó la cascara a la basura, para después tomar otra naranja.
—Tanya expresó cierto interés —dijo—. Yo le dije que no devolvía ese interés.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace mucho tiempo. Poco después de que los conociéramos.
Bella se quedó callada por un rato. Edward se preguntó qué estaba pensando ella, pero siguió exprimiendo naranjas.
La jarra era grande, estaba casi llena y un distraído pensamiento pasó por su cabeza… Bella nunca podía beberlo de una sola vez… ¿se podía refrigerar? ¿Estaría mala para la tarde? ¿Mañana? No lo sabía.
—¿Ella dejó las cosas así? —Bella preguntó en voz baja y Edward regresó a las naranjas considerando la respuesta.
—Ella sabía cuál era mi idea al respecto, no había duda alguna de eso —dijo él—. Pero hizo la oferta en más de una ocasión, sí.
—¿Incluso cuando dijiste que no? —ahora había un tono de tensión en la voz de Bella—. ¿Incluso cuando lo habías dejado claro? Ella ralamente debió sentir, um, algo por ti.
Edward negó.
—No con sentimientos en la forma en que tú piensas —dijo. Se apoyó contra el mostrador, con las palmas contra la superficie fría—. Era un desafío para Tanya.
—¿Un desafío?
Asintió.
—En casi mil años ningún hombre jamás se le había negado, excepto yo —la miró directamente a los ojos, con la esperanza de que fuera a ver el significado de sus palabras. Al parecer lo entendió. Ella abrió la boca, con ojos enormes.
—¿Fuiste el único? El único de… ¿no puedo ni imaginar cuántos?
—El único —repitió Edward.
Bella quedó en silencio otra vez. Miró otra vez la imagen en el teléfono. Edward se quedó muy quieto, sólo sus dedos arañaban un poco el mostrador mientras se preguntaba de nuevo qué era lo que ella estaba pensando.
—¿Y ni siquiera lo pensaste? —ella levantó los ojos hacia él—. ¿Nunca pensaste sobre…? —dejó de hablar, agitando la mano para explicar el resto de su idea.
Edward podía haber dicho que no, que ni siquiera había pensando en ello, pero estaría mintiendo. Y no quería mentirle a Bella. Especialmente en algo como esto.
—Lo consideré —dijo—. Una vez —levantó un dedo para enfatizar. No apartó los ojos de ella.
—Oh… —las mejillas de Bella palidecieron.
—Fue hace mucho tiempo —Edward continuó—. Había estado rodeado de parejas felices por tanto tiempo y un día por unos minutos, lo consideré —se encogió de hombros —. A eso fue lo más lejos que llegó.
—¿Entonces estabas atraído por ella? —Bella susurró.
—No, no lo estaba. Me peguntaba si haría desaparecer la soledad.
La boca de Bella se abrió en un silencioso oh.
—Decidí que lo haría peor.
Bella parpadeó.
—¿Peor?
Él se encogió de hombros.
—Hubiera sido una experiencia hueca.
La expresión de Bella volvió a cambiar y miró de nuevo la foto, ahora con el ceño fruncido.
—Vacía… —murmuró ella mientras los dedos de Edward se clavaban en el mostrador—. Pero ella es tan hermosa… y tú podrías haber…
Edward no quería que Bella se sintiera celosa. No quería que ella dudara o comparara y analizara. No había comparación. Él quería ser claro en eso. Absolutamente claro. Y aunque las palabras las dijera en voz baja, salieron de sus labios antes de que incluso lo hubiera pensando.
—Hubiera sido sólo follar, Bella. Y yo no follo. Hago el amor. A ti.
La mandíbula de Bella cayó casi hasta el suelo. Edward sintió pánico por un momento… mierda, la había ofendido. Se pasó la mano por el cabello, a punto de pedir disculpas profusamente por su lenguaje, debería reemplazado con hueco o vacío, pero entonces vio sus ojos dilatarse y oscurecerse. Su corazón se aceleró y se lamió los labios.
El teléfono cayó de entre sus dedos en el sofá junto a ella.
Edward tomó algunos lentos pasos desde detrás del mostrador.
—Lo siento —murmuró. Movía sus pies desnudos lentamente, con suavidad, sobre las baldosas.
—No, está bien… —susurró ella rápidamente. Podía ver su palpitante corazón bajo el fino algodón de su camiseta mientras con sus ojos lo veían acercarse.
—Quería ser claro.
—Lo fuiste.
Él se arrodilló al lado de ella y le tomó la cara entre las manos.
—Te amo —dijo él—. Tú eres mi primer amor —la besó en la mejilla—. Y yo te esperé —siguió besándola, quemando un sendero hasta su boca, sus besos puntualizaban sus palabras—. El primer amor… la primera cita… el primer beso… la primera vez…
Su boca encontró la de ella y ella se envolvió alrededor de él, tirándolo hacia abajo en el sofá junto a ella. Deslizó las manos bajo su blusa, la escuchó gemir y luego se detuvo cuando ella rió.
—¿Qué te divierte? —jadeó al sonreírle.
—Dijiste follar.
Él parpadeó. Era su turno para estar sorprendido. Luego sonrió.
—Lo hice. Lo siento. No es una palabra que use a menudo y cuando lo hago, normalmente la uso para Emmett.
Ella negó la cabeza.
—Está bien. He escuchado esa palabra antes.
Él le acarició el cuello y la garganta. Su pecho.
—Había quitado el filtro —murmuró contra su piel—. Y estaba preocupado porque te fueras a sentir celosa, insegura o…
Bella se echó a reír y Edward levantó la cabeza.
—Me alegró de que estés feliz —sonrió, ahora riendo también—. Pero, ¿te gustaría hacerme saber de qué te estás riendo?
Bella se movió para medio sentarse.
—No estaba celosa —dijo—. Me sentía presumida.
—¿Presumida?
Él aún estaba de rodillas a su lado, mirando fijamente su cara, confundido.
—Me hace triste el pensar que estabas tan solo… —comenzó ella y le tocó la cara—. Y luego, cuando dijiste que tener sexo con Tanya hubiera sido una experiencia hueca… y vi la foto de nuevo, estaba pensando que ella era tan hermosa, y tú pasando de ella porque estabas esperando por más… y yo era ese más.
—Tú lo eres. Sin duda eres el más.
Ella le sonrió de nuevo.
—Así que me sentí presumida de que Miss Universo no pudo hacer eso por ti, y yo sí.
—Oh.
—¿Creías que estaba celosa?
—Sí.
Bella sacudió la cabeza.
—No, siento que pensaras eso —entonces ella rió—. Pero valió la pena por escucharte decir follar.
Él rodó los ojos.
—Disfrútalo, Bella. No se convertirá en un hábito.
—Hey, ¿Edward?
—¿Mmm?
—¿Quieres ir a andar en moto?
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Ellos volaron por los caminos estrechos, ella curvaba su cuerpo contra el de él, sosteniéndose con fuerza. Se detuvieron aquí y allá, explorando partes de la costa… las playas más solitarias y bahías, más acantilados, más miradores. Edward mantuvo puesto el casco y la chaqueta.
Bella había empacado su cámara y en todas las partes en que se detenían ella tomaba fotos – sus favoritas eran las tomadas desde la cima de un árbol. Edward había subido con ella en la espalda para que pudiera disfrutar de una vista aun más espectacular desde lo alto de los acantilados. Había algunas desde esa vista, otras de Edward, sin casco y en las sombras, sonriendo y recostado contra el tronco del árbol, rodeado de hojas y atisbos de la vista detrás de él, los acantilados y el mar que se veía a escondidas detrás de la vegetación. La foto no le mostraba las piernas, las que estaban muy apretadas alrededor de Bella, haciendo imposible que cayera.
Al medio día se detuvieron para que ella pudiera comer y él le hico un picnic en la gruesa hierba debajo de uno de los arboles. Él recostó la cabeza en su regazo, mientras ella comía fruta y queso e iniciaban una rutina que Edward había llamado cariñosamente ¿Cuál fue?... ¿estuviste alguna vez?
Él había vivido por mucho tiempo y Bella imaginaba que había mucho que saber sobre él, mucho que aprender, así que ella a veces le hacía una pregunta y después una pregunta tras otra, y él respondía. A veces, ella dejaba que él también le preguntara.
¿Cuál fue el primer concierto al que fuiste?... ¿estuviste alguna vez en una protesta?... ¿cuál era tu alimento humano favorito?... ¿conociste alguna vez a un famoso?... ¿dónde estabas durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Kennedy recibió el disparo, cuando el hombre pisó la luna, cuando cayó el muro de Berlín?... ¿cuál fue el titular de periódico más importante que jamás hayas visto?...
Hoy Bella estaba de humor tonto.
—Bueno, ¿alguna vez, eh…? —se mordió los labios y frunció el ceño tratando de pensar.
—¿Intentas llegar a algo escandaloso?
Ella asintió.
—Sí, como, um, ooh, ya sé, ¿montaste alguna vez un camello?
Ella se echó a reír y luego se detuvo cuando él dijo…
—Sí.
Ella parpadeó.
—¿En serio?
Asintió.
—En 1915. Feria Mundial de San Francisco. Era un negocio familiar muy grande y mis padres me llevaron. Tenían paseos a camello por veinticinco centavos.
Una enorme sonrisa se extendió por toda su cara. Y la de Bella.
—Parece ser un buen recuerdo —dijo ella.
—Lo es. Un recuerdo muy bueno —levanto la mirada y la besó—. Casi tan bueno como éste.
Ella sonrió.
—¿Qué fue lo más travieso que hiciste cuando eras niño?
Edward arrugó la nariz al pensar, hurgando en recuerdos descoloridos, tratando de encontrar algo adecuadamente malo y terrible. Le contó de la honda y de la cara y lujosa vidriera de la Sra Morley.
Bella estuvo satisfactoria y adecuadamente impresionada.
—¿Te metiste en problemas?
—Mucho.
—¡Claro que sí!
—Tuve que cenar de pie —se frotó el trasero e hizo una mueca.
Ella rió y él sonrió.
—No fue divertido en el momento —murmuró.
—No, estoy segura que no. Bueno próxima pregunta… —Bella claramente estaba en una buena racha hoy. Se rió—. Um, ¿has estado alguna vez en un bar topless?
Ella ya se estaba riendo de lo ridículo que era la pregunta antes de que hubiera terminado la oración, pero la vacilación de Edward la detuvo.
—Oh, ¿en serio?
—No es lo que estás pensando —respondió en voz baja y su sonrisa de desvaneció por completo. Él deseaba poder cambiar de tema, pero había visto su reacción y ahora ella estaba curiosa—. Fue en 1929 —dijo él enfáticamente y vio que el significado de la fecha se registró de inmediato.
—¿Cuándo estabas viviendo un estilo de vida de vampiro más tradicional?
Edward asintió.
—Había un club. No era necesariamente un bar topless, lo habrían llamado un Speak Easy*; alcohol ilegal, juegos, mujeres que bailaban con casi nada. Uno de los clientes tenía… bueno, él tenía planes para una de las bailarinas.
Bella se estremeció ligeramente, pero su agarre en la mano de Edward se tensó, apoyándolo.
—No entré —dijo Edward—. Sabía que la llevaría al exterior. Estaba en el callejón esperando.
Al levantar la mirada del regazo de ella, Edward vio la garganta de Bella moverse al pasar saliva, pero sus ojos eran claros y encontró los suyos sin pestañar. Y como siempre, él estaba emocionado y conmovido por la aceptación que vio allí, en sus ojos, en cada línea de su rostro, en su tacto.
—¿La salvaste? —le preguntó ella en voz baja.
—Sí. La salvé.
Ella asintió.
—Bien.
Ella le pasó los dedos por el cabello, le acarició la sien y él cerró los ojos, saboreando su contacto así como el pasado se desvanecía.
Hubo un momento de silencio antes de que Bella tuviera una nueva pregunta.
—¿Qué crees que habría pasado con nosotros si te hubieras quedado en Forks?
Edward abrió los ojos y dejó escapar un suspiró con rapidez.
—No tengo idea —sacudió la cabeza—. Me pregunto lo mismo, a menudo. Yo… no creo que hubiera podido estar alejado de ti. Me habría acercado a ti pero me hubiera odiado por hacerlo.
—¿Crees que estaríamos donde estamos ahora?
—No lo sé. No creo. No sería quien soy ahora —extendió la mano y le tocó la mejilla—. Creo que mi partida probablemente fue algo bueno.
Ella le besó la palma de la mano y luego la siguiente pregunta dio un giro completamente diferente y lo hizo reír con sorpresa.
—Um, ¿alguna vez te has bañado desnudo? Ya sabes, ¿nadar desnudo?
—¡No! —abrió los ojos de golpe ante la sorpresa—. No, no lo he hecho. ¡Eso sería escandaloso, Bella! —sonriendo, entrecerró los ojos—. Pero ahora estoy curioso, ¿tú alguna vez te bañaste desnuda?
—¡No! —ella rió—. Nunca.
Edward se preguntó si eso era algo que debería rectificar mientras estaban en la isla.
—¿Cuál es la peor broma que has escuchado?
—¿La peor broma? —Edward resopló cuando se dispuso a contestar—. Es realmente terrible, ¿estás lista?
—Lo estoy.
—¿Estás segura?
—Sí, sí estoy segura.
—Está bien, ¿cómo se llama un vampiro cubierto de plumas?
—¿Cómo?
—Conde Pátula.
Bella gimió fuerte, a la vez que Edward se echaba a reír.
—¿Era de Emmett?
—Sí.
—¡Es terrible!
—Te lo dije.
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Hacía calor, así que después de su día de campo volvieron a la casa para nadar de nuevo.
Bella se apresuró por el camino hacia la playa, con el pelo volando detrás de ella, agitando la toalla en la mano. Resbaló y tropezó con las rocas, nunca perdiendo el equilibrio, pero cerca de hacerlo con Edward gritándole que tuviera cuidado. Él negó mientras ella no le hacía caso. Sin embargo se mantuvo sólo un paso detrás de ella, con los brazos listos y a su disposición si caía.
Escuchó su teléfono desde la terraza justo cuando ella llegaba a la pequeña playa. Se debatió el responder, entonces corrió de regreso a la villa, tomó el teléfono y regresó con Bella antes de que ella se hubiera dado cuenta de que él había desaparecido.
—¿Vienes? —ella sonrió al dejar caer la toalla y quitarse el vestido de verano por las caderas. Levantó el teléfono y ella asintió, siguiendo sin él. Sonrió al verla caer en el agua, riendo.
El teléfono seguía vibrando y por un momento contempló solo desviar la llamada después de todo ir directo detrás de ella… hasta que vio el identificador.
—¿Carlisle?
—Edward, ¿cómo está Grecia?
Edward miró hacia el agua, donde Bella estaba jugando, con el traje de baño mojado y pegándosele, transparente contra su curvas.
Rió ligeramente.
—Grecia es genial.
Carlisle dijo que se alegraba, pero ahora Edward podía oír sonidos desconocidos al fondo de la llamada.
—Carlisle, ¿dónde estás?
Esperó un momento.
—América del Sur.
Cada musculo, cada nervio del cuerpo de Edward se tensó.
—¿Hay noticias? —preguntó.
—¿Bella está ahí contigo, Edward?
—Está en el agua, nadando.
—¿Quieres que ella también escuche contigo?
—No lo sé. ¿Qué es ahora?
Se produjo una pausa.
—No es bueno, Edward. Lo siento.
Edward se sentó en una roca. Saludó a Bella cuando ella lo saludó con la mano y le dijo a Carlisle que continuara. Su cuerpo se puso cada vez más y más tenso a medida que la conversación continuaba. Bella seguía buceando y chapoteando en el agua calma y Edward mantuvo una estrecha vigilancia sobre ella mientras escuchaba. Cuando Carlisle terminó, le preguntó a Edward si es que había algo que pudiera hacer. Edward le dijo que no, que no lo había, pero lo agradecía.
—He dado mi clara opinión —dijo Carlisle—. Pero voy a apoyar cualquier decisión que tú y Bella tomen, hijo.
Edward le agradeció de nuevo y terminó la llamada. Dejó el teléfono en la roca y se pasó las manos por el cabello. En lo que le correspondía a él no había ninguna decisión que tomar, no había nada que pensar. Pero no estaba seguro de cuál sería la reacción de Bella. Sólo podía esperar y rezar que fuera la misma que la suya.
Ella hizo un gesto hacia el agua, pero él negó con la cabeza. Ella quedó inmóvil, indecisa, y luego salió del mar viéndose gloriosa y Edward deseó poder disfrutar de la imagen un poco más, pero las noticias de Carlisle estaban haciendo estragos con él. Deseaba que la noticia hubiera llegado más tarde, no ahora ni durante estos días en el paraíso.
—¿Qué pasa? —Bella recogió la toalla y comenzó a secarse, flotándola sobre su cabello—. ¿Quién llamaba?
—Carlisle.
Ella dejó secarse. Lentamente bajó las manos y la toalla colgaba de sus dedos.
—¿Tiene noticias?
Edward asintió. Él extendió el brazo para tomar su mano, pasando los dedos adelante y atrás entre los suyos. Ella cayó de rodillas, él se levantó desde la roca y se sentó a su lado.
Desde aquél día en Vermont cuando Edward habló con Carlisle de su preocupación por las leyendas íncubos, Carlisle había estado investigando. Y todos estuvieron sorprendidos cuando él había descubierto rumores en América del Sur que los mitos podían ser verdad… y tal vez no tanto como las conocidas historias de terror. En los últimos meses, Carlisle había estado siguiendo esos rumores, tratando de encontrar la realidad en la fábula, porque Edward y Bella querían saber si había alguna posibilidad de conseguir un resultado exitoso.
—Entonces, dime… —Bella lo miraba, ansiosa de respuestas.
—Los mitos son ciertos —dijo él rotundamente—. Igual que en los libros —oyó el bajo suspiro de Bella, mientras seguía mirando el suelo. Escuchó su corazón acelerarse.
—¿Exactamente como en los libros?
Asintió.
—Bueno, casi. Los niños no son monstruos, al parecer, son hermosos en todos los sentidos… e inteligentes, con corazones que laten.
—Ah, ¿sí?
—Pero el resto… —se estremeció un poco—. Es exactamente igual que en los libros. Las madres mueren.
—Oh.
Le dio los detalles que Carlisle le había dado – dos humanas; los embarazos de cuatro semanas que deterioraban y destruían sus cuerpos; los niños hacen su camino desgarrando el vientre con los dientes; las madres sufren una agonizante muerte en el parto.
La mano de Bella apretó la suya con fuerza. Él observó su rostro pálido y vacío.
—Hubo un tercer caso —Edward continuó—. El vampiro trató de salvar a la madre, intentó convertirla inmediatamente después del parto.
—¿Y?
Edward negó. Pasó los dedos sobre los de ella.
—El desgaste del embarazo había debilitado tanto su corazón que no podía bombear el veneno en su cuerpo lo suficientemente rápido. Demoró un día en morir, en un dolor incluso peor que los otros.
Bella miró su mano entre las de él. Ella guardó silencio durante largo tiempo.
Edward la miró, demasiado asustado para preguntarle qué estaba pensando, porque si ella pensaba que quería intentar… no, ni siquiera podía dejar ir la idea. Tragó y le dijo el resto. Sus dedos siguieron acariciando los suyos. Todavía estaban sentados lado a lado, tocándose las rodillas, tocándose los hombros.
—Carlisle me dijo que incluso con la tecnología y las técnicas modernas solo había una remota posibilidad de tener un mejor resultado, un resultado exitoso. Nos dijo que podíamos contar con instrumentos por encargo para realizar una cesárea, conocemos el periodo de gestación por lo que podemos prepararnos y adelantar el parto para evitar… —se detuvo, ni siquiera podía decirlo—. Pero no hay nada que podamos hacer sobre el corazón. Incluso con la mejor atención, no hay garantías de que tu corazón pueda resistir el embarazo, el parto, y aun así ser capaz de empujar mi veneno alrededor de su cuerpo… no importa dónde o cómo sea administrado el veneno —Edward hizo una pausa, miró la cara de Bella, pero no podía descifrar qué estaba pensando ella. Sus ojos seguían viendo su pulgar moviéndose sobre el dorso de su mano—. Carlisle dijo que apoyaría lo que decidiéramos, pero en su opinión médica profesional no podía aconsejar con demasiada fuerza ir en contra de eso. Como vampiro, dijo que sería una locura intentarlo.
Hubo un silencio, el cuerpo de Edward estaba duro y tenso como una piedra mientras observaba a Bella. Rezó para que ella no le pidiera intentarla. Ella levantó la vista desde su mano y lo miró profundamente a los ojos, buscando. Le tocó la mejilla.
—Dime qué estás pensando —susurró ella.
No había esperado que ella le pidiera eso y no estaba seguro de qué decir.
—¿Por favor, Edward?
Edward exhaló bruscamente. Necesitaba poner en orden sus pensamientos, pasó un tiempo antes de hablar.
—Te dejé ir una vez —dijo él finalmente, mirando hacia el horizonte—. Te dejé porque pensaba que te estaba salvando, pero entonces te encontré de nuevo y luego supe que nuca podría dejarte ir. Pero después estaba ese conductor borracho, y casi te vas —inclinó la cabeza y pasó el pie sobre las piedrecillas, hundiendo los dedos en la arena debajo—. Sé lo que se siente amarte y vivir sin ti, y sé que el miedo de pensar que podría perderte… —su voz bajó a un susurro. Tenía los hombros encorvados, mirando sus pies—. Esos fueron los tiempos más oscuros, más negros de mi existencia.
Oyó la respiración de Bella acelerarse. Sintió su cabeza asentir en su hombro. Pasó el brazo alrededor de ella y la vio. Ella lo miraba y se sintió caer profundamente en el calor de sus ojos.
—No creo que tenga las palabras —susurró él—. No sé si puedo decirle lo importante que eres para mí. Podría describir mi amor como ilimitado o infinito. Tú y yo, nuestro matrimonio, nuestra vida juntos, eso es todo lo que necesito… esa es mi vida… no necesito nada más… pero no puedo existir con menos —hizo una pausa y tragó. Sus pulgares acariciaron las mejillas de ella. Sus ojos brillaban con lágrimas. Se inclinó y la besó en los labios, tan dulce, que apenas era un susurro—. ¿Me preguntas qué pienso? —susurró al hacerse hacia atrás. Apoyó la frente contra la de ella—. Entonces te lo diré. No quiero probar. Porque no puedo perderte, Bella, ni siquiera por esto—se le quebró la voz y sus ojos se fundieron con los de ella—. Y eso no es lo que pienso, es lo que sé.
Una lágrima cayó por la mejilla de Bella, y Edward la quitó con un beso. Su pulgar capturó la nueva lágrima que se derramó por la otra mejilla. Luego, la acercó a él, metiéndola debajo de su barbilla, y se quedaron allí, envueltos en los brazos del otro en la playa.
—Dijiste que no podrías encontrar las palabras —susurró Bella después de unos minutos de silencio, sólo con el sonido del agua rompiendo en las rocas. —Pero yo creo que has encontrado las palabras muy bien —ella levantó la cabeza y le sonrió.
Edward la llevó a su regazo, instalándola allí con suavidad. Acarició suavemente su cuello con su cara.
—Ya sabes lo que pienso —dijo en voz baja—. ¿Me dirás que piensas tú?
Bella pasaba lentamente la mano a lo largo del antebrazo de él, viendo sus dedos moverse adelante y atrás sobre su piel. Edward esperó, su cuerpo seguía tenso, su vida seguía a la espera hasta que supiera exactamente lo que Bella quería.
Ella respiró hondo y comenzó.
—Creo que… tan únicos como somos, no somos la primera pareja en el mundo que han tenido que sopesar los riesgos de un embarazo peligroso. Y no somos la primera en el mundo que no puede tener hijos.
Edward soltó un suspiro tembloroso.
—Bella, me gustaría poder darte… deseo poder ser diferente para ti —susurró él.
—No, ssh —Bella puso un dedo sobre sus labios—. No vuelvas a desear eso, porque yo no lo deseo.
Él sonrió suavemente, ojos ámbar líquido en las oscuras profundidades de ella.
—Edward, tampoco quiero poner en riesgo lo que tenemos. También te necesito. Y te lo dije una vez, no voy a ir a ningún lado si eso significa dejarte atrás. Te amo, Edward. Te amo, y eso no está condicionado a si podemos tener hijos —tomó el rosto de él entre sus manos—. Toda relación comienza con dos personas… nuestra relación comenzó con nosotros, uno con el otro, y sólo tendremos que seguir como empezamos, y eso suena bastante bien para mí —le dio un beso en la sien, la frente y los labios.
Edward sintió el ardor en sus ojos. Se tragó el nudo en la garganta mientras Bella se acurrucaba contra su pecho y cerró los ojos mientras dejaba que sus palabras, su toque, su paz, su amor, lo recorrieran y acogieran.
Después de un tiempo Bella habló. Su voz era suave, tranquila y contenida al sonreír al mar.
—Creo que mi vida contigo será hermosa, Edward —dijo ella. Él la atrajo hacia sí y hundió la cara en su cuello, sus labios susurraron sobre su piel…
—Me aseguraré de ello.
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Hicieron el amor esa noche, con las puertas francesas abiertas y las estrellas brillando sobre ellos. Edward vertió su corazón y su alma en Bella, dándole todo de él. Era una afirmación de su profundo amor, de su devoción… era un promesa.
Una promesa de que esto era sólo el comienzo.
Cuando amaneció, Bella despertó, estirándose con una sonrisa. Edward estaba apoyado en un codo, sonriéndole.
Ella abrió la boca para hablar, justo cuando su teléfono sonaba desde la cocina. Ella rodó los ojos y Edward rió entre dientes.
—Creo que deberíamos ignorarlo, ¿no crees?
Bella asintió y tiró la sabana sobre su cabeza. Edward se unió a ella en la improvisada carpa, donde rieron, él le hizo cosquillas y pasó su lengua sobre la piel de ella y piezas de luz de la mañana cayeron sobre el algodón egipcio que le daba un suave resplandor dorado al pequeño mundo que habían creado.
Cuando su estomago gruñó, Bella frunció el ceño. Edward detuvo sus besos y apartó la sabana.
—Hora del desayuno para la humana —declaró él.
—Un beso más —Bella hizo un mohín.
Él cumplió. Pero un beso se convirtió en dos, dos se convirtieron en ocho, ocho fueron…
Su estomago rugió de nuevo y Edward finalmente se levantó de la cama, se puso unos pantalones cortos color caqui y fue a la cocina.
Él decidió que le haría un omelette y mentalmente recorrió la receta al tomar los huevos del refrigerador. Rompió, batió y vertió.
Se sentía increíblemente ligero. Y feliz.
Bella apareció unos minutos más tarde.
—Estás preciosa —sonrió Edward.
Ella levaba un vestido blanco, suave y vaporoso, que llegaba hasta los tobillos y se balanceaba alrededor de las piernas.
Las mejillas de Bella se colorearon.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Ella se sentó en la barra, mirando y sonriendo.
—¿Qué? —preguntó él, devolviéndole la sonrisa.
—Nada.
Pero él sabía. Porque él también lo sintió.
Ellos se complementan.
Las débiles e insignificantes dudas que Edward mantenía sobre lo que Bella podría "perderse" por estar con él se habían ido.
Bella tomó el teléfono para ver los mensajes mientras él hacía un elaborado triple salto con su omelette.
—Era Alice —frunció el ceño viendo la pantalla—. Ella no es sutil —su sonrisa era cariñosa, aunque su tono era exasperado. Levantó el teléfono para que Edward viera.
—¿Un vestido de novia? —dijo él, mirando la foto escaneada de una revista.
—Apuesto a que no te envía fotos de esmoquin, ¿cierto?
—No —sacudió la cabeza, sonriendo—. ¿Lo hace mucho?
Bella asintió, mientras su pulgar se movía sobre las teclas por un momento.
—No siempre son vestidos, sin embargo. Ayer fue ésta —levantó el teléfono otra vez.
—¿Zapatos?
—No son sólo zapatos, Edward —ella frunció el ceño en fingida seriedad—. Son unos tacones Louboutin cubiertos de cristales Aurora Boreal.
Edward le echó un vistazo a la foto, luego a Bella.
—No sé qué significa eso.
—Eso significa que por tres mil dólares mis pies pueden brillar más que tú al sol de medio día.
—Oh.
—Y me envió este la semana pasada —era otro vestido de novia, grande y elaborado—. Mira esa cola. Probablemente me tropezaría con ella y me rompería el cuello antes de llegar al pasillo.
Edward frunció el ceño ante la idea.
—Sin cola —murmuró, realizando un elaborado vuelo de la tortilla a su plato para después deslizarlo por el mostrador hasta ella.
—Creo que está tratando de apurarnos.
—Bueno, ella puede apurarnos todo lo que quiera —dijo Edward y caminó al otro lado de la isla. Se puso de pie detrás de Bella, pasando los brazos alrededor de su cintura y besando su hombro mientras ella comenzaba su desayuno—. Lo haremos a nuestra manera.
Bella sonrió y tomó un bocado.
—Mm… esto está bueno.
Edward también sonrió.
—¿La tortilla o los besos? —preguntó.
—Las dos cosas. Pero si sigues con los besos nunca terminaré la tortilla.
Edward apretó los labios contra su piel una última vez y se fue a dejar el sartén en el lavavajillas.
—¿Quieres caminar por la paya después del desayuno? —preguntó él—. Podríamos caminar a la próxima ensenada, está tan protegida como ésta. Y hay piscinas con rocas.
Los ojos de Bella se iluminaron.
—Me encantaría —dijo sonriendo y miró hacia las puertas de cristal por la terraza hacia el mar, donde el sol brillaba como diamantes en el agua color zafiro.
—Me gustaría poder casarnos aquí —dijo en voz baja—. Abajo en la playa, con el sol y el agua. Se siente especial aquí.
Edward se paró detrás de ella de nuevo, dejando los brazos en su cintura una vez más.
—Es especial —murmuró él mientras que apretaban tiernamente los labios en su hombro.
Él comenzó a pensar en los desafío de una boda en la playa. En esta playa. No sería un problemas que la familia de Bella y amigos volaran aquí, y la familia de él podría arreglar sus llegadas como él lo había hecho… quizás podrían tener una ceremonia al atardecer, pero si Bella quería sol…
Sus ojos siguieron los de ella, a través de la terraza y más allá.
—No estoy seguro —dijo él—. El sol…
—Está bien —respondió ella rápidamente, viendo alrededor y sonriendo—. La logística, lo sé…
—Podríamos fugarnos —bromeó Edward y Bella sacudió la cabeza.
—Alice te mataría y Renee me mataría a mí.
—¿Y Charlie?
—Charlie lo entendería —ella se bajó de su taburete y dejó el plato en el fregadero.
Charlie y Sue estaban comprometidos, con planes muy simples para una boda muy sencilla en agosto. Y parecía que Bella y Edward habían encontrado un aliado en Sue, porque ella había insistido en que la boda fuera e Forks y no en La Push, lo que significaba que Bella sería capaz de llevar a su prometido.
—¿Crees que Charlie se enterará de que eres un vampiro?
—Creo que es inevitable —Edward respondió. Se pasó la mano por el cabello—. Va a ser prácticamente imposible que los Quileutes oculten la cosa del lobo a él si se va a casar con alguien de la tribu, y cuando eso se sepa… —dejó la frase sin terminar.
—¿Sabes qué? —dijo Bella acercándose de nuevo a él, deslizando los brazos por su cuello—. Creo que él estaría bien con eso.
—Ah, ¿sí? —deslizó los brazos alrededor de su cintura, moviéndolo hasta su espalda baja.
—Uh huh. Le gustas mucho. Me dijo que te tiene un gran respeto… y no creo que sólo sea porque pagaste por mi habitación en el hospital —lo besó en la mejilla—. ¿Te he agradecido por eso?
—Alrededor de un millón de veces —la besó de regreso, recordando cuando su dada de alta había llegado con un detalle de los gastos pagados por el seguro y los pagados por E. Cullen. Él esperaba una pelea, se había preparado para eso, había apretado la mandíbula y esperado su ataque, y quedó completamente desarmado cuando Bella le dio un bajito y serio gracias – después pasó los brazos por el cuello y lo abrazó con fuerza. Por supuesto que le ofreció pagarle, y él la había besado, abrazado y pedido que no lo insultase. Ella rió y le dijo que si quería insultarlo ella podría hacer algo mucho mejor que eso. Así que simplemente le había dado las gracias una vez más.
El teléfono de Bella sonó de nuevo, otro mensaje de Alice y Edward observó como Bella descartaba la llamada. Parte de la luz de la mañana cayó sobre su anillo mientas pulsaba las teclas, iluminando las piedras y enviando gotas de luz que iluminaban espectacularmente la habitación.
—Edward… —Bella dijo lentamente mientras observaba los patrones el arcoíris en las paredes.
—¿Mm?
Cuando ella volteó y levantó los ojos él pudo ver su emoción.
—¿Qué hay del Garfierd Park? Donde me lo propusiste. Hacen bodas allí en el jardín hundido, o en el invernadero. Podríamos tener una ceremonia al atardecer… sería perfecto.
Edward sonrió con calidez y la besó profundamente.
—Tienes razón, sería perfecto.
Pero él también tenía una idea propia.
Y la idea se le había ocurrido cuando Bella había llegado a la suya – cuando su anillo de compromiso había proyectado la luz por toda la habitación. Y cuanto Edward más pensaba en la idea, más perfecto le parecía, y mejor encajaba con el deseo de Bella.
—¿Esperas aquí? —dijo él de pronto, sonriendo, y desapareció en la habitación.
Sacó una camisa de lino blanca de su mochila y se la puso. Luego encontró la pequeña caja de terciopelo que contenía el anillo de su madre, la abrió, pulió el anillo en su camisa y lo metió en el bolsillo. Después se apresuró en regresar con Bella.
Había estado fuera sólo siete segundos.
—¿Qué está pasando? —Bella rió cuando él volvió a la sala de estar.
—¿Confías en mí?
—Por supuesto.
—Bien.
Él la tomó en sus brazos y salió a la terraza, hacia el camino que conducía a la playa. En el camino se detuvo y tomó una flor silvestre que crecía en el camino y la metió en el cabello de Bella detrás de su oreja.
—¿Edward?
Pero él no respondió, sólo sonrió.
Cuando llegaron a la playa, la dejó en el suelo de pie a la orilla del mar, con el agua rompiendo suavemente en sus pies.
Bella lo estaba observando, esperando y expectante.
Edward sacó en anillo de su bolsillo y lo sostuvo en alto.
—Era de mi madre —dijo en voz baja. Bella abrió los ojos, entreabrió los labios en un suave oh, Edward y Edward sabía que ella entendía lo que estaba haciendo.
Le tomó la mano derecha entre las de él.
—Aquí es especial —dijo él—. Y somos sólo nosotros, en la playa, con el agua y el sol… —respiró hondo al comenzar.
—Yo, Edward, te tomo a ti Isabella, como mi esposa. Te doy mi mano y mi corazón. Prometo amarte, honrarte, serte fiel, darte comodidad y atención, cada momento de cada día de nuestras vidas —la alegría se hinchaba en el pecho de Edward en el momento en que deslizaba el anillo, como en una tradicional boda griega, en la mano derecha de Bella—. Con este anillo me uno a ti.
Los ojos de Bella estaban aguados, su labio temblaba al mirar el anillo, y luego a Edward.
—No tengo un anillo para ti —susurró ella, él sonrió y negó, quitándole la preocupación. Así qeu Bella tomó su mano y la sostuvo entre las suyas—. Yo Isabella, te tomo a ti Edward, como mi esposo. Te doy mi mano y mi corazón. Prometo amarte, honrarte, serte fiel, darte comodidad y atención, cada momento de cada día de nuestras vidas —levantó a mano derecha de él y apretó los labios en su dedo anular.
Ahora, ella estaba radiante y él también. Reían. Su alegaría los llenaba y resplandecía desde ellos más que los anillos de Bella, más brillante que el sol. La levantó en sus brazos, la hizo girar, rieron y se besaron y se besaron y se besaron un poco más.
La dejó de nuevo en el suelo, el agua lamía sus pies desnudos, tocando el dobladillo de su vaporoso vestido blanco.
Edward le tomó la cara entre sus manos.
—Aún tendremos Garfield Park —dijo—. Con nuestra familia y amigos, lo pondremos por escrito y firmaremos con nuestros nombres y no puedo esperar por eso… pero también vamos a tener esto, sólo para nosotros.
La besó de nuevo y sintió su cuerpo fundiéndose contra el de él a la vez que ella se enrollaba alrededor de él. Cuando se separaron ella miraba su nuevo anillo de matrimonio, brillante en su mano derecha. Luego miró su anillo de compromiso en su mano izquierda y sonrió.
—¿Lo tenías todo planeado?
—No —sacudió la cabeza, riendo—. Iba a darte el anillo la noche de la Cena de Celebración, pero…
—Es hermoso —Bella sonrió. Luego sonrió hacia el anillo. —Hermoso.
Después se acercó y tocó la flor que él había dejado en su cabello y luego lo tocó a él. Pasó los dedos por su mejilla, por su mandíbula, hasta su pecho. Luego se acomodó entre sus brazos y él la envolvió acercándola y susurrándole su amor en su oído.
—Me vas a hacer llorar —susurró ella y él podía oír el temblor de su voz.
—No llores —susurró de vuelta.
Comenzaron a caminar por la playa, con los brazos alrededor del otro, con el sol brillando sobre ellos. Hablaron, rieron y se detuvieron cada pocos pasos para besar y acariciar. Él le dijo que ella era hermosa. Ella le dijo que lo amaba. Él decidió que eso necesitaba otro beso.
Siguieron caminando. Él pateó el agua felizmente, el sol estaba en su espalda, su esposa estaba en sus brazos.
Y esto era sólo el comienzo.
—Tendremos que tomar una foto —dijo Bella.
—Lo haremos. Muchas.
Edward besó la parte superior de la cabeza de Bella, la flor en el pelo le hacía cosquillas en la barbilla y sonrió. Pensó en todas las muchas y diversas opciones y decisiones que lo habían traído a esta vida, a este lugar, a este momento… comenzando con la petición en el lecho de muerte de su madre al Dr. Carlisle Cullen. Pensó en el laboratorio de biología, en cuevas, becas de Antropología en Chicago, en casas de inquilinos, en paredes color naranja quemada que eran necesarias volver a pintar, en salas de espera en urgencias, en documentales del monstruo del Lago Ness, en la verdad, en pianos, proposiciones…
Pero la mejor decisión, la más importante de todas ellas, Edward pensaba, fue cuando se decidió a cruzar la calle una ventosa tarde de Chicago, tenderle la mano a la bonita chica delante de él y decirle hola.
Ahora él abrazaba a la chica bonita entre sus brazos, y la hizo girar de nuevo, riendo mientras ella también reía. La miró a los ojos, los más cálidos, profundos y felices ojos que jamás había visto.
Edward sonrió.
La mejor decisión de todas.
Fin
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*Speak Easy: Establecimiento de venta ilegal de alcohol durante la época de prohibición en Estados Unidos.
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Hola!
Finalmente, después de meses, ha llegado el epílogo, y como siempre, en un contraste de emociones: romance, felicidad, tristeza y felicidad de nuevo.
Ha sido genial acercarles este fic, además de poder contar con una Beta en todo el proceso. Muchas gracias Fungys!
Muchas, muchas, gracias por los comentarios, los favoritos y follow.
Les invito a ver las otras traducciones en mi perfil y a tenerme en alerta ya que en un futuro (espero cercano, jejeje) viene una nueva traducción.
Muuuuchos cariños, Blueskys.
