Hola c: Al final no viajo :'c Pero miren, aunque lo iba a hacer, les iba a dejar este cap como sorpresa... Pasan muchas cosas acá, y tenemos dos invitados especiales :'D
La música para este capítulo es: Try, de Pink, si hablamos del punto de vista de Orihime. Para Ulquiorra, tienen Shattered, de Trading Yesterday (ese era el nombre del grupo en esa época).
CAPÍTULO IX: COR UNUM
Sus pies tocaron con ligereza el suelo. En sus brazos, ella no parecía desear apartarse.
— ¿Llegamos? —su voz era suave, ni la más mínima pizca de indecisión o temor presente.
— ¿«Llegar», mujer? —Ulquiorra replicó, soltándola de golpe; ella únicamente se mantuvo erguida—. No hay tal cosa como «llegar» para quien no tiene origen ni destino.
Y sobrepasándola con facilidad, se dirigió hacia la casucha que siglos atrás fuese su hogar.
Oyó los pasos de la mujer siguiéndolo en silencio. Ulquiorra estaba complacido de que así fuese, aunque no se creía capaz de encontrar dentro de sí la estabilidad y desenvoltura necesarias para no soltar comentarios afilados como el anterior.
Sabía que los humanos solían suavizar las cosas a la hora de comunicarse unos con otros, mentir incluso…
Pero él no podía. Menos estando tan asustado como lo estaba: de la mujer, de lo efímero de su existencia, de aquellas palabras que su sola imagen mental de ella parecía susurrarle en la oscuridad de ideas que no podía albergar al ser una carcasa viviente.
De todo lo que pudiese llevársela lejos de él.
Un inesperado gruñido detuvo sus pensamientos. Girándose, se percató de que la mujer se hallaba en una posición extraña: la cabeza algo gacha, y ambas manos sobre su estómago.
—Creo… que tengo algo de hambre, ja.
Ulquiorra enarcó una ceja, sin comprender su expresión apenada. ¿Qué había de raro en ello? Era humana, necesitaba alimentarse.
— ¡No te preocupes, vi un pueblo al otro lado de la colina! —señaló al sauce—. ¡Apuesto a que me darán algo de comer!
El demonio sopesó sus opciones. ¿La dejaría ir sola, cuando tanto temía lo que pudiese ocurrirle…? Aunque dejarla morir de hambre tampoco estaba entre sus opciones…
Ella, sin embargo, no había esperado por su respuesta: había corrido hacia el árbol, sin haber siquiera ingresado al único cuarto de la que antaño fuese la morada de Ulquiorra.
Agitando la mano, volteó un instante:
— ¡Volveré pronto, Ulquiorra, espera por m…!
No pudo terminar la frase porque cayó de bruces al suelo. Ulquiorra sintió al instante aquel miedo resurgir dentro de sí, y estuvo a su lado apenas un segundo luego.
La mujer se enderezó lentamente, y le sonrió algo avergonzada.
—Una… piedra. No la había notado…
Sin darse cuenta de que había estado reteniendo el aliento, Ulquiorra exhaló de forma algo ruidosa mientras que dejaba caer los párpados durante un fugaz instante.
—No te preocupes, ¡no te preocupes! —tranquilizándolo, ella colocó una de sus manos sobre su hombro; un segundo después, estuvo de pie—. ¡Estoy bien, solo me tropecé! ¡Nos vemos!
Y se marchó.
Ulquiorra permaneció en cuclillas en aquel mismo sitio.
Los ojos verdes se resistieron a despedir a la mujer y la acompañaron hasta que su espalda se perdió de vista.
— ¿Qué… eres?
La interrogación surgió de su sorpresa, no midió sus palabras. No previó que el rostro femenino se mostraría herido.
—Ah… No sabía que fuese tan notorio…
A Ichigo le parecía demasiado notorio. Excesivamente notorio.
Sus ojos no podían despegarse de ella, de su cuerpo… La mujer era hermosa, e iba semidesnuda, a excepción de una prenda hecha de un material parecido al lino que cubría sus redondeados senos. Su cabello era de un color más que extraño, uno que no lograba distinguir con tan poca luz.
Así como tampoco lograba distinguir el color de sus iris.
Mas todo, incluso la belleza de la mujer, quedaba opacado por su cuerpo.
En donde terminase la cintura y debiesen seguir las piernas, había… un cuerpo distinto.
El cuerpo de un caballo, para ser exactos.
Toda su envergadura era de un color marrón oscuro —¿o tal vez esa impresión daba ya acaecida la noche?—, a excepción de la cola, cuya tonalidad era similar a la de su cabello.
No sé cómo podría dejar de ser notorio.
—Sí, después de todo su lanza me golpeó con mucha fuerza… —la recién llegada hablaba sola, y acariciaba con suavidad un punto en su frente, cubierto por largos flecos—. Y yo que pensé que podría ocultarla… Ah, ¡bueno, supongo que es el precio a pagar por hacer lo correcto! —declaró, aunque a Ichigo le parecía que intentaba convencerse más a sí misma que a él con aquella forzada risa.
Iba a preguntar a qué se refería cuando el repentino giro de su rostro permitió que un rayo de luna iluminase el largo trazo blancuzco que iba desde su frente hasta el costado de la nariz.
¿Estaba hablando de aquella cicatriz?
—N-no —tartamudeó el heredero Kurosaki, quien hallaba la situación más que ridícula—. No me refiero a tu… eh… cicatriz, sino a… bueno… —sus ojos lo delataron mediante que apuntaban al cuerpo ajeno.
Ella lo miró boquiabierta por unos instantes y finalmente sonrió.
— ¡Ah, mi cuerpo! —dio una rápida vuelta en el lugar donde se encontraba, como exhibiéndose—. Claro, claro, los humanos no suelen ver a muchos centauros en su vida… —asintió—. ¿Fue eso lo que te sorprendió? Ah, ¡pero mira nada más! —añadió mientras observaba su mano manchada con algo indescifrable—. Me toqué la cara y arruiné mi camuflaje de caza, buh…
El pelirrojo no encontraba las palabras. ¿No estaba en peligro, acaso…? No podía negar que la mujer parecía amigable, mas tampoco se hallaba a sí mismo capaz de ignorar lo hábil que era con el arco que traía en sus manos, ni su aljaba llena de flechas a la espalda.
— ¿Por qué no me respondes? —cuestionó la mujer a la par que ladeaba la cabeza de una manera bastante cómica, al parecer ya sin preocuparle el asunto de las manchas disueltas en sus dedos—. ¿Dije algo que te molestó, o te ofendió?
Ichigo no tardó en negar con la cabeza.
—Uh, no, para nada… Y no, nunca he visto a una centauro…
—Centáuride —le corrigió ella con paciencia y su sonrisa de vuelta—. Las hembras somos centáurides, humano —y entonces, reparó en que no sabía su nombre—. ¿Cómo te llamas?
El aludido dudó. ¿Estaba bien que le respondiese? Empero, tras advertir su indecisión, la mujer avanzó hacia él —Ichigo tuvo que esforzarse para permanecer en su lugar—, y, tras extenderle la mano, se presentó:
—Mi nombre es Nelliel Tu Odelschwanck. Pero me dicen «Nel».
Ichigo no estaba seguro de las formalidades con criaturas míticas, ¡ni hablar de criaturas míticas amigables!
—A-ah, yo soy Ichigo Kurosaki —se presentó entonces, acercándole la mano.
El apretón fue firme, mas no rudo. Eso tranquilizó al Futuro: su padre solía decirle que en los saludos de aquel tipo uno veía las verdaderas intenciones de la persona; en el caso de Nel, su mano denotaba sincera alegría de hacerse con un nuevo conocido, y cordialidad.
—Un placer… Uh… Nel.
Ella ensanchó la sonrisa, y dejó libre la mano de Ichigo.
—El placer es todo mío…
Y sin preámbulo, le dio la espalda.
—Bueno, nos veremos algún día si Orión así lo quiere; tengo un conejo que cazar.
—Oh. Ah, ¡sí, el conejo…! —su mente vagó a Rukia, a quien sabía amante de aquellas criaturas—. No sé por dónde fue…
No mentía. En la oscuridad, no sabía ni dónde se encontraba.
Nel reparó en ello.
—Disculpa, Ichigo… —mirándolo por encima del hombro, le preguntó—: ¿estás perdido?
El color subió a las mejillas del muchacho. Era humillante, horrible tener que admitirlo…
—Yo… Bueno, eh…
No pudo decirlo.
Y sin embargo, la centáuride no necesitó de sus palabras.
Se acercó a él nuevamente, y, tras pegarle un fuerte pisotón al suelo con una de sus patas delanteras, exclamó con entusiasmo:
— ¡Yo te guiaré! Te diriges al pueblo humano más cercano, ¿verdad? Sé por dónde es.
—No es necesario, en serio…
Pero ella meneó la cabeza y empezó a trotar frente a él. El joven la siguió maquinalmente, aunque debía esforzarse bastante para mantener el paso ligero de la mujer.
— ¡Vamos, Ichigo, una carrera…!
Está loca, pensó.
Y no obstante, aceleró sus pasos.
Comida.
Orihime no sabía cómo se las arreglaría… No llevaba nada de valor consigo como para obtener algo comestible a cambio.
De todas formas, se esmeró en lograr su objetivo.
—Disculpe, señor —se dirigía a un mercader—. No tengo dinero, y no como desde esta mañana… ¿Podría darme alguna de sus naranjas? Prometo que le pagaré en cuanto pueda…
Pero el hombre había negado con la cabeza desde que ella se declarase insolvente.
— ¿Pagarme cuando pueda? ¡Ja! No podrá usted, señorita; todos estamos mal; después de todo, la reina no es más que una sanguijuela que vive de la sangre de plebeyos como nosotros.
Aquel hombre había dicho algo más que hiriente. ¿Vivir de ellos? ¡Falacias! ¡Orihime había reinado justamente, había prestado atención a cada pequeña queja de los pueblos gobernados por los nobles!
Y no solo él pensaba aquello, para colmo.
El panadero local, el repostero, ¡hasta el sastre al que había acudido desesperada…!
Y cada vez se hacía más tarde: ¡los negocios cerrarían, y ella no habría obtenido nada para llevarse a la boca!
¿Acaso alguien se apiadaría de su situación…? Al parecer, nadie se había apiadado nunca de la de aquellos pobladores, así que era de esperarse que no ocurriera lo contrario ahora.
Empero, el solo pensamiento de Ulquiorra esperando por ella parecía infundirle nuevos ánimos; no lamentaba ni por un instante el haber abandonado todo para emprender aquel viaje con él.
Así que siguió caminando, con lo que más y más puertas se cerraron ante sus narices.
De improviso, un hombre apareció frente a ella. Era la primera vez que lo veía, estaba segura, mas su apariencia le hacía pensar en Urahara.
Algo raro considerando el nulo parecido físico e incluso respecto a la vestimenta. Yendo más allá, Orihime comprendió que no era imposible que se tratase del misterioso aire que el pianista y este hombre parecían tener en común.
—Vaya, vaya, ¿está perdida, señorita?
Ella negó con la cabeza.
—No, solo… estoy hambrienta.
El hombre cabeceó una vez en señal de comprensión, y luego preguntó:
— ¿No es extraño para una reina sufrir el hambre de su pueblo?
Orihime sintió que el alma se escapaba de su cuerpo. ¿Cómo… cómo sabía?
— ¿Cómo…?
Él levantó la mano en un ademán que buscaba indicarle que no la lastimaría.
—Es importante, Su Majestad, que usted me oiga… ¿Ha considerado lo que le estoy diciendo?
—Pues… esta es la jurisdicción de la séptima familia.
Con aquella simple afirmación, Orihime buscó explicarse. No había necesidad, estaba al tanto de ello, mas no podía evitarlo: su corazón piadoso le impedía permanecer impávida ante el sufrimiento de su pueblo, por lo que la culpa roía las paredes del mismo.
Aun cuando esto se debiese a la mala administración de una de las familias reales.
—Sí, sí, ya veo —la sonrisa del hombre parecía una burla—. La séptima familia de seguro siempre envió buenos reportes, después de todo… ¿Quién querría causar más problemas luego de aquel demonio?
La soberana sintió su sangre arder, y sus mejillas tomar color en represalia.
—Por supuesto, ¿qué será que ocurre con esta familia, Su Alteza? —persistió el extraño—. Nunca se presentan a las reuniones reales, y ahora esto… ¿qué ocurre, Su Alteza, con ellos? ¿Podría usted respondernos?
La pelirroja comprendía que ella había permitido todo esto. Ella, y el círculo de nobles del que formaba parte; nunca nadie había cuestionado a la séptima familia. No escaba a sus consideraciones el temor que debían sentir hacia el río demoníaco que fluía en las venas de aquella casta, mas para todo había un límite; un límite incluso para ellos.
—Yo buscaría la causa de todo, si usted permite a su servidor hacer una recomendación, señora mía —el hombre llevó a cabo una pequeña inclinación de cabeza a modo de reverencia.
Orihime escuchó en silencio. Aquel intrigante hombre señaló con la cabeza en dirección al castillo que se apreciaba a lo lejos, apartado del pueblo.
—Yo, mi señora, le pediría explicaciones…
Los ojos plateados examinaron los cabellos ajenos; la tonalidad la misma en ambos.
—… explicaciones a los Cifer.
Abrió los ojos y siseó. O tal vez siseó y abrió los ojos. Ciertamente, siseó.
Imposible no hacerlo cuando la nieve quemaba su piel.
— ¿Eres un niño humano?
Demasiadas cosas raras. Aquel hombre de antaño, y su caída… Y… ¿no estaba muerto, acaso? Debió haber muerto.
Toushiro luchó por enderezarse y enfocar la vista; la niebla era espesa, y apenas podía ver a quien tenía enfrente. Para colmo, el ruido del agua rompiendo contra las piedras del río contiguo disfrazaba los pasos o cualquier otro sonido que le diese la posibilidad de fijarse en algún detalle que revelase a su acompañante.
— ¿Cuál es tu nombre?
La voz se escuchaba más cerca, pero de un lugar por completo diferente del que había provenido en un principio.
Toushiro empezaba a alterarse.
—Tu nombre, ¡tu nombre, apresúrate!
Se mordió la lengua para no responder por instinto.
— ¡Pequeño desconsiderado, ¿no ves que no tengo todo el día?! ¡Tu nombre! ¿Quieres bañarte en las aguas de mi río? ¡Dime tu nombre!
El chico tragó saliva, y asintió.
—Toushiro… y… sí, me dijeron que… —sus ojos escrutaban la neblina en todas direcciones, sin distinguir nada—… que podría hallar una solución aquí.
—Interesante. ¡Oh, interesante!
Toushiro dudó. ¿Qué era interesante?
—Un niño, ¡un niño aquí! ¡Aquí, en el Tiempo! Pero ¡hay algo incluso más interesante que eso!
Él no entendía de qué hablaba. Entornó los ojos, e hizo la pregunta:
— ¿Qué… sería lo más interesante?
De pronto, un rostro se halló a centímetros del suyo. Toushiro inspiró hondamente, y dejó escapar un gruñido ante el repentino dolor que sintió en el brazo derecho.
— ¡Que esperas una respuesta, sin hacer la pregunta, por supuesto!
Toushiro sintió muchas cosas. Miedo, entre ellas.
Pero más que nada, repugnancia respecto a aquel ser, y a su mirada ocre y su rostro que parecía pintado de negro y blanco.
Y todo quedó atrás cuando la boca se movió, aquellos dientes dorados alineándose en una mueca que pretendía asimilarse a una sonrisa.
—Mira, chico, estás un paso más cerca de tu respuesta.
Oh, él sabía de qué respuesta hablaba… Estaba seguro de que lo hacía.
Recorrió con la vista el afilado acero que se tornaba carmesí en tanto llegaba a la altura de su brazo.
Volteando levemente el rostro, observó el resto de la espada…
… y al hilo de sangre que la recorría para ir a caer a las aguas rabiosas.
La muchacha caminaba lentamente. Su cuerpo temblaba, y sabía que era debido al encuentro anterior con aquel incomprensible hombre.
¿Ir al castillo de los Cifer? No lo había pensado antes… ¿A quiénes encontraría allí? ¿A… demonios, como Ulquiorra? No, no podía ser… El libro había sido suficientemente claro respecto a que solo una persona habría de sufrir la maldición a la vez.
Apretó los puños.
¿Encontraría, entonces, a un montón de ricachones disfrutando de banquetes robados al pueblo? ¿Aquellos familiares de Ulquiorra que no sabían sobre él, o bien, lo consideraban una aberración?
Orihime tenía muy en claro la fuerza implacable del amor familiar. Sora la había amado, y ella a él; incluso aquel monstruo en el que se había convertido la había adorado.
Bajó la cabeza. No sabía aún qué le había ocurrido a Sora, mas estaba segura de que había alguna relación entre el horrible destino de su hermano y la maldición de los Cifer.
Debía haberla.
Solo que a su parecer, Ulquiorra era inocente. Inocente de todo aquello. Él había actuado por instinto anteriormente, y había segado la vida de muchas personas; no obstante, la joven tenía la certeza de que se trataba de algo distinto a la intrincada pero tangible telaraña que se tejía detrás de todo esto.
Orihime no sabía qué ocurría, mas percibía algo malévolo cercándolos a sus amigos y a ella.
E iba a averiguar qué…
Sin previo aviso, un sonoro gruñido rompió el silencio. La pelirroja bufó; finalmente, no había obtenido nada para comer.
Y ya llevaba más de un día sin alimentarse, ¿cuánto podría resistir así…? A lo mejor si buscaba algunas frutas silvestres, o algo por el estilo…
Miró en derredor, y no vio nada. Era de esperarse, pues la noche había expulsado a la luz hacía un buen tiempo.
Resignada, la soberana siguió hasta que llegó a las ruinas en las que sabía que Ulquiorra se había refugiado. Ingresó sin temor alguno —¿cómo temerle, en serio?— y habló antes de siquiera verlo:
—Ah, no tuve éxito, no encontré nada para co… mer.
Orihime no podía creer lo que estaba atestiguando. Ulquiorra la miró igual de frío que siempre, sin moverse del montón de paja sobre el que estaba aovillado.
Frente a ella, depositadas sobre un improvisado colchoncito de hojas verdes, se encontraban las peras más amarillas que había visto jamás.
—Oh.
Se arrodilló frente al montón, y tomó una de las frutas entre sus manos; efectivamente, eran silvestres y de una textura impecable.
Su mirada se posó sobre Ulquiorra, quien la observaba por el rabillo del ojo.
Una sonrisa.
—Gracias.
Y le dio un mordisco a la jugosa fruta.
Byakuya nunca había pensado que algo así ocurriría.
Rukia encarándolo con un conejo entre sus brazos.
Rukia suplicándole que regresasen ya a su hogar.
Rukia echando por la borda todo intento de reprimenda de su parte apenas llegaron.
«Luego podrás reprenderme, hermano».
Rukia escapando del palacio de los Kuchiki con aquella pequeña criatura blanca.
Y él, ¡él tras ella!
Correr tras Rukia.
Seguirla, sin que ella lo notase.
Ir al pueblo, falto de aliento, disfrazado.
Preguntar por direcciones como un vulgar plebeyo, y llegar a una cabaña a las afueras del pueblo.
Espiar por la ventana, como un insulso ladrón.
Y encontrarse a Rukia llorando en brazos de un hombre de larga cabellera blanca sentado sobre un colchón de paja con nada más que una manta cubriendo sus piernas.
—Rukia… —su voz la arrullaba, sus brazos envolviéndola en un abrazo—. Lamento tanto esto…
Byakuya sintió deseos de matar a aquel hombre: dejando de lado que se atreviese a tocar a su hermana —nada más y nada menos que una Kuchiki—, ¿la había hecho llorar?
Pero entonces, la chica levantó la cabeza, y miró al hombre largamente.
—Fue… cumpliendo su deber, ¿verdad? —sus manitos se aferraban a la haraposa camisa blanca—. Por favor, señor Ukitake, dígame que fue cumpliendo su deber…
El hombre acarició su cabeza, una expresión de tranquila tristeza en sus facciones.
—Así es, Rukia…
Su voz era apenas audible, mas Byakuya había sido entrenado para oír piezas de caza en la lejanía por su abuelo; además, el silencio circundante ayudaba bastante.
El hombre habló una vez más.
—Kaien murió cumpliendo su deber…
—Es aquí.
Ichigo se curvó, sus manos apoyadas sobre sus rodillas: no podía hablar debido a que estaba muy ocupado recuperando el aire.
Al notarlo, Nel se echó a reír.
— ¡Ichigo, eres un debilucho! ¿Cómo una carrera tan breve te tiene así? —y se recostó en el suelo para ponerse a una altura similar a la del Futuro—. ¿Son todos los humanos así de lentos, además?
El pelirrojo empezaba a irritarse. Miró a la mujer de reojo, y masculló:
—Cá… llate… Me tomaste… desprevenido, eso es… ah… todo.
Nel solo sonrió, y dirigió la mirada hacia adelante: allí se apreciaba la ciudad más cercana al palacio de los Inoue.
—El pueblo que buscabas está allí —anunció ella con un tono calmado; después, se levantó—. Creo que aquí nos despedimos.
Ichigo miró sus ojos en la oscuridad; aún ni siquiera sabía de qué color eran… Quería responderle algo, algo para indicarle que le había gustado conocerla, y que desearía mantener el contacto con ella al menos hasta que pudiese distinguir la tonalidad de sus iris.
Empero, alguien se le adelantó.
— ¿Despidiéndose ya?
Nel se tensó al instante. El muchacho miró por encima del hombro.
No podía creer lo que contemplaban sus ojos.
La centáuride se apresuró a posicionarse enfrente de él, su expresión gentil —según atisbó Ichigo— completamente cambiada a una seria.
—Déjanos en paz —la seriedad era evidente; la amenaza, latente.
El recién llegado, un centauro de cabellos color ónice y retorcida sonrisa, ladeó la cabeza.
— ¿Y por qué debería hacer eso, Nelliel? ¿Para que salves a otro humano? O quizás… ¿debería dejarte una cicatriz similar a la que ya tienes, para hacer más simétrico tu horrible rostro?
Ichigo no podía creer lo que oía. ¿En verdad era capaz de tratarla así, con tanta agresividad pese a ser de la misma especie?
— ¡EY, no trates a Nel así, tú, caballo desbocado!
El centauro lo miró con un flamígero desdén.
—Por otro lado, debería empalar a este humano para que te sirva de recordatorio de lo que ocurre cuando traicionas a los tuyos, Nelliel…
Apenas intentó hacer un movimiento, una flecha estuvo a los pies de la criatura.
—Sobre mi cadáver, Nnoitra.
Aquello era una locura. Lo sabía, y sin embargo, no podía librarse así como así de sus caprichos propios de la realeza.
Y más que un capricho, este era una necesidad; necesitaba un baño.
Así que había fingido haberse quedado dormida hasta que Ulquiorra lo hiciese, y ahora aprovechaba esto para acudir al lago y asearse.
Era una noche verdaderamente hermosa… La luna se reflejaba sobre la ondulante agua, y la cálida noche veraniega estaba perfecta para nadar.
Orihime sonrió. Pudo haberle pedido a Ulquiorra que simplemente la dejase sola, y estaba segura de que él lo habría hecho… No obstante, era ella quien deseaba darse un chapuzón en aquella completa paz, a sabiendas de que nadie la esperaba, de que no debía apresurarse a causa de nadie.
Dejó caer la capa, y se retiró el camisón con agilidad; las prendas apenas si causaron un suave murmullo al encontrarse con la hierba. Lo siguiente fue deshacerse de los vendajes: con cuidado, las gasas dieron paso a la piel desnuda.
Y tras removerse con cuidado la ropa interior, se encontró descubierta en el silencio de la noche.
La soberana volvió a sonreír mientras se acercaba al agua; miles de veces le habían prohibido tomar baños en lagunas así, ¡ni hablar de hacerlo al encontrarse con heridas propensas a infectarse!
A pesar de todo esto, la pelirroja estaba segura de que nada le ocurriría. Después de todo, la naturaleza tenía su propia manera de arreglar las cosas.
Su cuerpo hallaría la manera de mantenerla a salvo.
Al fin avanzó, y sus pies se hundieron en el agua tibia. Sus tobillos. Pantorrillas. Rodillas. Muslos. Cintura…
Se detuvo. No podía dejar de mirar la luna, ¡era demasiado bella…! Bajó la mirada al agua y tras hacer de sus manos un improvisado cuenco, tomó una moderada cantidad y la dejó caer sobre su pecho. Las gotas formaron hilillos que fueron recorriendo su piel hasta caer de sus pezones.
Un resoplido escapó de sus labios antes de que pudiese evitarlo. Qué reconfortante noche tras un día más que «emocionante» por denominarlo de alguna manera…
Sí, ¡hasta podría saltar de lo feliz que se encontraba! Giró emocionada, dispuesta a dar más y más vueltas en el agua, y al instante se detuvo.
Cubrió sus pechos desnudos instintivamente, y se sumergió hasta la nariz en el agua, no sin antes dejar escapar un chillido que murió en el transparente líquido.
Su mirada plateada se encontró con la de su silencioso observador; acostado boca abajo sobre el muelle cercano, agazapado como un depredador asechando a su presa, sus alas plegadas, se encontraba Ulquiorra.
Ante el repentino despliegue de nerviosismo por parte de ella, él se enderezó, sin dejar nunca de estar sentado sobre la madera.
—Mujer —su voz era inexpresiva, como siempre—, ¿por qué huiste de mí?
La muchacha sacó la boca del agua para hablar:
—N-no huí… Solo vine a darme un baño; c-creí que estabas… dormido.
Ulquiorra se mantuvo inalterable, tras todas aquellas barreras de puro hielo que la obligaban a permanecer fuera de su mundo.
Las barreras que tanto entristecían a Orihime.
—Si no huiste de mí, ¿por qué te escondes de mi vista?
¡¿«POR QUÉ»?!, Orihime no pudo menos que gritar en su fuero interno.
¿En serio? Estaba convencida de que Ulquiorra había sido humano alguna vez, ¡¿qué acaso escapaba a su comprensión el peso de sus acciones?!
Al no obtener respuesta, Ulquiorra ladeó la cabeza. Posteriormente, frunció el ceño.
—No te gustaron las peras.
— ¡¿Qué…?! N-no, ¡l-las peras me encantaron, en serio…!
Solo que aún estoy demasiado preocupada por si viste o no algo que no debías…
El aludido consideró sus palabras un instante. Terminó por asentir tras suavizarse su expresión —o mejor dicho, volver a su usual expresión glacial—.
—Entonces, ¿por qué…?
— ¡Ulquiorra, ¿qué no comprendes?!
Orihime sentía que podría ponerse a chillar de la frustración. Él solo la miraba como si sus conceptos realmente le fuesen indescifrables.
— ¿Comprender qué, mujer?
—U-un hombre… no debe ver a una mujer desnuda a menos que esta sea su esposa, ¡y aun así, hay casos y casos y…! ¡No sé, situaciones!
Se sentía humillada. Y estaba segura de que su rostro habría adoptado un color adecuado para reflejar sus emociones, lo que solo empeoraba su sentir general al estar al tanto de que Ulquiorra era capaz de verla en la más absoluta oscuridad.
Tras lo que le pareció una eternidad, él finalmente dio una respuesta:
—Me parece una estupidez humana más.
Ella mandó la cabeza hacia atrás en su frustración; él claramente no había comprendido el significado de…
—Te desnudaste de tantas formas ante mí, ¿y mostrarme esta carcasa te avergüenza?
Aquello fue inesperado. Ella volvió a mirarlo. Sus ojos esmeraldas se veían majestuosos gracias a la iluminación del blanco satélite.
—Solo a los humanos se les ocurre pensar que su desnudez deba ser ocultada de la vista… ¿No cuentas, acaso, con los mismos atributos que otras mil mujeres?
—S-sí, pero…
—Si desnudase a otras mujeres, te vería a ti de todas maneras —ante esto, Orihime no tenía palabras—. Vería en el contorno de sus pechos el de los tuyos; en su delicada esbeltez, la tuya; en su tersa piel, sentiría la tuya, mujer.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la pelirroja al pensarlo.
«En su tersa piel, sentiría la tuya, mujer».
—Y —prosiguió él, sin saber las reacciones que provocaba en ella— ¿no me has enseñado acaso tus pensamientos y sentimientos, mujer? ¿Es, acaso, de mayor importancia el mero cuerpo que la mente para ustedes, humanos? ¿De mayor importancia, repito, que el corazón del que tanto hablas?
La joven se sintió débil. Vulnerable. Y a la vez, tan, tan cálida…
—El… corazón.
Nuevamente, estuvo segura de que nada le ocurriría.
No mientras se acercaba a él.
No mientras su mano se extendía en respuesta a un gesto que él mismo no parecía haber advertido.
—Ulquiorra…, ven conmigo.
Después de todo, la naturaleza tenía su propia manera de arreglar las cosas.
No disimularía.
No, no lo haría cuando deseaba conocer cada rincón de su ser.
No cuando deseaba que ella pudiese leerle la mente, romper esa barrera que los separaba.
Recorrió cada parte de su desnudez con sus ojos, y recordó cada detalle con precisión; quizás, incluso, recordó hasta las gotas que se deslizaban por aquella blancura inmaculada.
Únicamente podía hablarse de imperfección en el cuerpo ajeno cuando sus ojos encontraron las heridas que su hermano le había infligido.
Y Ulquiorra no estaba seguro de que siquiera aquellos rasguños pudiesen provocar algo imperfecto en la mujer.
Sus rodillas, sus muslos.
Sus caderas y su cintura, los marcos para el sexo que se escondía tras una suave manta de vellos rojos.
Su estómago plano y su ombligo.
Sus torneados pechos que culminaban en dos pezones algo erectos por el cambio de temperatura en su cuerpo.
Su clavícula.
Su cara y su mirada compasiva enmarcadas por las facciones que se sabía ya de memoria y que, sin embargo, no era capaz de dejar de mirar.
Que no era capaz de dejar de mirar desde el día en que la había conocido.
Y no obstante, era tan bella, tan hermosa…
Sabía que ella esperaba que actuase, su mano aún frente a él.
Pero no estaba a la altura de aquella manito, así que su vista terminó por encaminarse al agua.
En el reflejo de aquella laguna olvidada por todos, él vio las cosas como eran.
Era su mano la que se había extendido primero.
Desde el primer instante, había sido su mano la que se había extendido primero…
Habían hablado de la mente humana, del corazón humano y su valor por encima del cuerpo también humano.
Empero, aquella aberración de garras negras, de miembros tan masacrados por el tiempo y las maldiciones que era imposible que fuesen considerados propios de un simple hombre…
Ulquiorra se sumió en una desesperación mayor que nunca: la certeza de que él jamás sería lo que ella necesitaba, lo que ella quería.
Lo que era bueno para ella.
—Mujer —se dirigió a ella antes incluso de mirarla—, ¿me tienes miedo?
La mirada de ella varió por un segundo, o eso alcanzó a ver él. Ah, ahora se lo diría, ¿verdad? Ahora la perdería.
Así era su vida: el perder al ser amado en el momento crucial y de la forma más dolorosa…
Nunca se había imaginado que perdería a Orihime por sus propias palabras: palabras de rechazo, de lástima —pues no la creía capaz de ofrendarle palabras de odio—.
Y aquí venían.
Los labios se movieron, a la par que los ojos de Ulquiorra se abrieron en desmedido asombro. Esmeraldas que buscaron la plata líquida únicamente porque las palabras no calzaban, no podía haber oído bien…
—No te tengo miedo.
Y sintió como cada uno de los finos deditos encontraba su lugar entre sus garras.
—Ya veo…
Así que es esto…
Ella tiró de él con suavidad. Ulquiorra supo que no sería capaz de moverlo si él no avanzaba por cuenta propia, por lo que se aproximó a ella en respuesta tras dejar la seguridad del muelle.
Sus pies se sumergieron en el lago.
Ella siguió tirando de él, y en un instante, sus frentes estuvieron apoyadas la una contra la otra, ambas cinturas bajo el agua.
Esto, aquí en mi mano…
Los dedos de Ulquiorra hicieron más fuerte aquel enlace.
Tan simple, y al mismo tiempo tan… significativo.
Tan significativo como su nariz rozando la de la mujer.
Tan significativo como la mano libre de ella en su hombro, y la de él, sobre su espalda desnuda.
Tan significativo como el suspiro que la mujer dio por él.
Como los delicados labios que acariciaban los suyos y lo obligaban a cerrar los ojos.
A entregarse a la oscuridad, porque esta vez, ella transitaba por el mismo sendero que el suyo.
… ¿es el corazón?
¿Qué les pareció? c: ¿Les compensé el sufrimiento de capítulos pasados? (?) Bueno, esperen al siguiente :D Y déjenme reviews porque estoy triste por no haber viajado (?) ANÍMENME :c
Saludos, queridos c:
-Pequeña.
PD: Algunos ya lo saben, pero yo AÚN NO VI EN EL ANIME LA PARTE EN LA QUE MUERE ULQUIORRA. Así que aún no tengo toda la historia de esta pareja detalle tras detalle en mi cabecita, por lo que pido comprensión.
