Claim: Stannis Baratheon, Renly Baratheon.
Notas: Pre-series.
Rating: T.
Género: Family.
Tabla de retos: Infancia.
Tema: 11. Superhéroes.


—¿Sí? —Stannis levanta la vista del libro entre sus manos, un grueso tratado sobre guerra y cómo realizar acuerdos pacíficos que le está costando terminar. En su voz se puede adivinar cierta molestia, cosa que se externaliza, para todo aquél que quiera verlo, en su ceño fruncido.

—Mi señor —se excusa el sirviente que ha osado molestarlo, un hombre que parece temeroso ante un chiquillo de 17 años que es su señor y debe estarlo, pues los ojos azules de Stannis son fríos, correspondientes a su papel como señor provisional de Bastión de Tormentas—. Su hermano está llorando en las almenas, mi señor. No podemos calmarlo, pide ver a su hermano, Robert.

Durante algunos instantes, las facciones de Stannis permanecen duras como la roca de la que está hecha el castillo, fría e imperecedera hasta en las peores tormentas, sin embargo, no tarda mucho en suavizarse al pensar en Renly, en todo lo que ha perdido y aún le falta, en los padres que le fueron arrebatados cuando aún estaba en la cuna, en los hermanos ausentes, dedicados únicamente al deber.

—Muy bien, iré a verlo, retírate —apenas nota cuando el sirviente hace una reverencia antes de cerrar la puerta tras de sí. Sus ojos están fijos en el mar que se adivina por la ventana, de un azul oscuro y sucio que le habla de pesadillas y pérdida. Una tumba en movimiento para Steffon y Cassana Baratheon.

Tras demorarse unos instantes en su contemplación del mar, Stannis deposita el libro sobre el escritorio, deseando poder encontrar la fórmula correcta entre sus páginas, una que le ayude a ser un buen hermano además de un buen sucesor. Robert lo ha dejado a cargo y se enorgullece de saber que no hay nada de lo que pueda quejarse en lo que se refiere a la administración de los recursos, pero cuando se trata de Renly no puede decir que las cosas anden del todo bien. La diferencia de edad entre ambos —13 años—, es demasiado grande para que puedan formar una conexión. Stannis se siente como un intruso en el dolor de su hermano, Renly sólo lo ve como un opresor. Y sin embargo, sólo se tienen el uno al otro en un castillo lleno de sirvientes y deberes que atender.

—¿Qué sucede, Renly? —pregunta cuando se aproxima a él, acurrucado en una de las almenas que tienen vista al mar. El viento amenaza con arrebatarle la capa y el cabello, así como el de su hermano menor, tan negro como la noche, vuela en todas direcciones impidiéndole ver con claridad.

Stannis no tiene ninguna esperanza de que Renly se abra con él, casi siempre responde con un berrinche o una pataleta, por eso le sorprende cuando su hermano menor alza sus ojos azules hacia él, ojos azul claro, pero tan tormentosos como el mar frente a ellos.

—Extraño a Robert —confiesa el pequeño, poniéndose de pie a su lado. Las lágrimas brillan en sus mejillas con el sol de la mañana, recordándole a Stannis la juventud del pequeño, los cuatro años que se pueden ver en la redondez de sus mejillas, los arañazos en las rodillas y la falta de disciplina de un niño de su edad—. ¿Cuándo volverá?

—No lo sé —responde con sinceridad el joven, un tanto enojado al recordar el libertinaje con el que vive Robert, totalmente olvidado de la familia y el castillo que le han sido heredados y que debe de cuidar. Sobretodo le molesta que Renly pida por él cuando sólo lo ha visto en contadas ocasiones, ninguna de las cuales fue con demasiado interés por parte del hermano mayor.

—¡Escuché que ganó un Torneo en un sólo asalto! —una prueba más de su juventud se encuentra en la manera en que sus facciones parecen brillar por la emoción, los puños cerrados sobre las almenas, el rostro expectante de quien espera una respuesta—. ¡Debe ser genial! Ojalá viniera pronto...

—Robert todavía tiene obligaciones que cumplir —trata de mentir Stannis, no sólo a Renly sino a sí mismo, pues de otro modo la rabia lo embargará, con la misma ferocidad con la que las olas chocan contra los muros del castillo—. Vendrá cuando le sea posible.

—¡Quiero que venga ahora! —grita el pequeño, en lo que a todas luces parece la antesala de otro berrinche—. ¡Ahora!

Stannis cierra los ojos, tratando de contenerse. Suspira y los labios se le llenan de agua salada, tan salada como las lágrimas que corren por las mejillas de su hermano nuevamente.

—Escucha, Renly —empieza a decir, tratando de imponerse sobre los gritos y el llanto—, Robert tardará en regresar. Pero puedes hacer algo por él mientras esperas.

—¿Qué? —el llanto ha terminado, tan súbitamente como empezó. De nuevo, los ojos de su hermano se dirigen hacia él con una mezcla de esperanza y expectación que espera no arruinar.

—¿Quieres aprender a usar la espada?

—¡Sí, sí quiero! ¡Sí quiero! Quiero ser un caballero como Robert y ganar muchos torneos. ¿Puedo hermano? ¿Me enseñarás?

Stannis asiente, contento ante su triunfo. Un triunfo que le parece importante, pero que a ojos de Renly es efímero años después. A pesar de su ausencia, a pesar de sus desplantes, de su descaro, de su frialdad, Robert sigue siendo el superhéroe de Renly hasta sus últimos años, Robert, siempre alejado, siempre distante. Robert y no él, quien le enseñó a usar una espada a su hermano y lo vio crecer como la marea, sólo para tratar de ahogarlo después.