Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.
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Esperanza
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Steve despertó lentamente, con la luz de la mañana dándole de lleno en la cara, y se removió entre las sábanas, perezoso, antes de abrir los ojos y sentarse en la cama, sintiéndose un poco mareado y desorientado, dándose cuenta de que estaba en un lugar extraño, y, aunque al principio se alteró ligeramente, no tardó mucho en recuperar la compostura, porque no era la primera vez que algo así le pasaba; durante sus días de soldado eran múltiples las ocasiones en que debía pasar la noche en lugares desconocidos y mucho peores que ése, así que no se sintió especialmente asustado o inquieto. Sin embargo, sí se sorprendió cuando se dio cuenta de que estaba desnudo y solo, en una cama deshecha, y con su ropa esparcida por toda la habitación. Y de pronto empezó a recordar; los besos de Natasha, sus suaves gemidos de placer, los temblores de su cuerpo, y el suave roce de su piel bajo sus labios... Entonces se le escapó una sonrisa boba y satisfecha mientras se dejaba caer sobre el colchón.
Y sus pensamientos se concentraron sólo en Natasha, el día que se habían conocido, cada sonrisa y abrazo que habían compartido; los momentos felices y los más tristes, las buenas y las malas. Cada recuerdo ahora parecía ser sólo un prólogo para ése preciso momento. Como si el universo los hubiera culminado a terminar uno siempre en brazos del otro.
Y eso se sentía tan bien.
No. Más bien se sentía como felicidad. Steve se sentía sumamente feliz, como nunca antes se había sentido. Pero ése sentimiento, sin que se lo propusiera, rápidamente abrió paso a uno mucho más perturbador: la duda.
Natasha y él habían sido amigos casi de toda la vida, ¿cómo se suponía que debían comportarse después de lo de la noche anterior? ¿Qué eran él y Natasha, amigos o su relación al fin había evolucionado a algo más? ¿Qué diría Bucky? ¿Se sentiría traicionado? Y, lo más importante, ¿dónde estaba Natasha?
Con eso en mente volvió a sentarse entre las sábanas, mirando alrededor de la habitación con el ceño fruncido.
—¿Natasha? —preguntó al aire, sin obtener respuesta.
Se levantó, algo avergonzado por estar desnudo en un lugar extraño, y buscó su ropa.
—¿Nat? —repitió, entrando al sanitario, pero allí tampoco había nadie.
Steve soltó un bufido, poniéndose los pantalones para salir al corredor, sin preocuparse por la camisa.
Buscó a Natasha entre las habitaciones de los invitados a la boda, en el restaurante del hotel y en la piscina, pero no la encontró en ningún lugar, y ella no respondía ni a sus llamadas ni a sus mensajes.
No obstante, eso no hizo que su alegría fuera a menos.
Tras dejarle el tercer mensaje decidió que lo mejor era regresar a casa a cambiarse, así que se vistió y registró su salida del hotel, cogiendo un taxi apenas salió del edificio.
La mañana era clara y brillante; los pájaros cantaban más fuerte que de costumbre, y Nueva York se veía resplandeciente, o eso le pareció mientras el taxi atravesaba el centro de camino a Brooklyn. El aire era cálido, los colores más vivos y hermosos que nunca. Era extraño, como si nada pudiera salir mal esa mañana; Steve sentía cientos de mariposas en el estómago anunciándole que ese sería un gran día.
—¿Steve?
—Hola, mamá —sonrió y corrió hacia su progenitora, que aún seguía desayunando en la cocina antes de tomar su turno en el hospital, para besarle la mejilla.
—¿Y eso? ¿Qué pasó en la boda de Virginia que vienes tan feliz, hijo? —preguntó su madre, sorprendida por tan buen ánimo. Steve, por su parte, esbozó una sonrisa pícara y subió las escaleras corriendo, quitándose la camisa en el camino.
—Solo cosas buenas —sonrió, asomándose desde el rellano desde donde gritó —¡Tomaré un ducha y saldré luego! ¡Que tengas un buen día! ¡Te quiero!
Como lo dijo, tomó una ducha rápida y se vistió con unos jeans sencillos, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero, luego tomó sus llaves y salió directamente a casa de Ivan. Golpeó la puerta por un buen rato, pero nadie salió, así que se sentó en el porche unos minutos a esperar. Nada podía disminuir su felicidad. Sin embargo, tras dar un vistazo rápido a la sala se dio cuenta de que Natasha no estaba allí, y su padre tampoco. En ese momento su celular comenzó a sonar, y, ansioso, Steve atendió, sin siquiera fijarse en la pantalla, levantándose de un salto.
—¡¿Natasha?! —exclamó a la bocina, entre nervioso, desesperado y feliz.
Del otro lado solo rieron.
—No. Soy Sam. ¿Te molesto?
—Ah, hola Sam. Lo siento. Creí que... No importa.
—¿Qué pasa?
—No es nada —el soldado de cabello rubio suspiró, sentándose en el pórtico de la casa de Ivan una vez más.
—Anda... Dime, Steve. Aún por teléfono es obvio que te pasa algo. ¿Estás bien?
—Sí, yo... —Steve suspiró, sin saber muy bien si debía hablar o no, pero Sam era su amigo, y ese era el tipo de cosas que los amigos se decían siempre, y también el tipo de cosas que no podría hablar con ninguno de sus otros amigos, pues todos conocían a Natasha, y le daba pena que supieran lo que ambos habían hecho en el hotel. Sam podía ser más imparcial y menos escandaloso al respecto —Es que...anoche...anoche Natasha y yo...nosotros —tomó una profunda bocanada de aire, sintiendo sus mejillas arder en el proceso —Natasha y yo lo hicimos anoche.
—¿Qué? ¿Tuviste sexo con Natasha? Y lo que es más importante, ¿perdiste la inocencia? —Sam estalló en carcajadas, pero no de forma cruel —¡Felicidades, amigo! ¿Y cómo fue? Quiero detalles sucios... No, espera. Mejor no quiero detalles.
—Estoy tan confundido, Sam —lo interrumpió Steve, sintiendo solo miedo y confusión de pronto —Creí que después de...nosotros... Pensé que después de pasar la noche juntos las cosas cambiarían para ambos, que Nat se daría cuenta de que me ama también y que podríamos estar juntos, porque, digo, no haces el amor con una persona si no sientes algo por ella...pero ahora creo que está evitándome.
—¿Evitándote?
—Cuando desperté en la mañana ya se había ido —admitió, pasándose una mano por el rostro —No sé dónde está, no me atiende las llamadas ni da señales de vida... Estoy tan confundido.
—Oh, viejo... Eso es rudo. Las mujeres están locas.
Steve suspiró.
—No, Nat no es así... ¿Y si lo arruiné y ella ya no quiere verme?
—¿Arruinarlo? ¿No la violaste, o sí?
—¡Claro que no! ¡¿Qué clase de pregunta es esa?!
—Bueno, bueno... Lo que quiero decir es que no debes preocuparte. No hiciste nada malo. Tal vez le surgió algo importante, y su teléfono se quedó sin batería. Cosas como esas pasan todo el tiempo. No significa que ella esté evitándote.
—No lo sé... Supongo que tiene sentido. Quizá tuvo que hacer algo. Nat tiene muchos amigos que... —Steve guardó silencio, teniendo una idea de pronto —Sam, te llamo luego —dijo, cortando la comunicación tras la despedida de su amigo, levantándose mientras regresaba a su casa por las llaves de la vieja Harley de su padre.
Sólo se le ocurría un lugar en todo Nueva York que Natasha amaba visitar en sus ratos libres.
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—¡Argh!
Natasha se cayó por décima vez y soltó un gemido de frustración, golpeando su propia imagen en el enorme espejo del salón de baile.
Volvió a levantarse y a pararse en puntas, alzando los brazos para formar un arco sobre su cabeza, repitiendo los mismos pasos una y otra vez con demencial ahínco, girando hasta que volvió a resbalar y caerse.
No había caso. Era claro que ése día no podría concentrarse.
—De nuevo —se forzó, levantándose con rabia para inspeccionar sus pies y ajustarse los zapatos, pero de nuevo fue inútil; no podía dejar de pensar en lo sucedido la noche anterior. En lo que había hecho. O, mejor dicho, lo que Steve y ella habían hecho es esa habitación de hotel.
Se había acostado con Steve, su amigo Steve; su mejor amigo. ¡¿Cómo había podido ser tan idiota?! Natasha odiaba que las cosas cotidianas cambiaran, y sabía que con Steve todo cambiaría también, tal vez por eso estaba tan molesta, no con él, sino con ella misma. Quería mucho a Steve Rogers, y lo último que quería hacer era lastimarlo, y estaba segura de que eso haría, porque ella era así, por algo todas sus relaciones pasadas habían terminado, e incluso había perdido a su esposo en aquel accidente mientras ambos peleaban una vez más.
A veces, era como si todo lo que tocaba se destruyera, y no quería eso para Steve, porque sabía que él merecía algo mejor que ella, porque lo quería como a pocas personas en su vida; porque, quizá, tal vez, ¿sería posible que Steve le gustara...más que como un amigo?
Ése pensamiento hizo que se detuviera abruptamente a mitad de un giro, cayendo sentada sobre el suelo, doblemente sorprendida cuando al levantar la vista de nuevo hacia el espejo se dio cuenta de que ya no estaba sola.
—Steve...—murmuró al ver el reflejo de su mejor amigo observándola desde la entrada antes de acercarse a ella para auxiliarla.
—¿Estás bien? —preguntó Steve mientras se inclinaba, tomándola delicadamente de los brazos, haciendo que, de forma inesperada, Natasha se sonrojara cuando sus ojos se cruzaron, haciendo que le costara unos momentos recuperar el control sobre sí misma.
—Sí —respondió, ahogando los deseos de darse un golpe en la cabeza cuando su pulso se aceleró ante la cercanía de Steve y el aroma de su colonia de Ralph Lauren. En lugar de eso, Natasha resistió impulso de soltar un gemido de exasperación, pero fingió que nada pasaba, como siempre hacía cada vez que quería huir de algo —¿Cómo entraste aquí?
—Tu antigua profesora me recuerda, y también es una gran admiradora, así que me dejó entrar —contestó Steve, con una sonrisa que Natasha no correspondió. Mala señal —Me asusté cuando no te encontré en el hotel, y entonces recordé lo mucho que te gusta éste lugar... —Natasha, que una vez más había comenzado a bailar sin música, dejó de lado sus movimientos por un momento para mirarlo a través del enorme espejo del estudio de baile, levantando una ceja para, a su manera, ordenarle que fuera al grano, y Steve entendió el mensaje de inmediato, así que, aclarándose la garganta, dio un par de nerviosos pasos dentro del estudio, metiendo las manos en los bolsillos traseros de sus jeans —Quiero hablar contigo.
Natasha lo miró, y quiso parecer enojada, pero no pudo. Steve no había hecho nada malo, después de todo.
—Tengo mucha hambre, ¿tú no? —murmuró, terminando su coreografía antes de girarse hacia Steve, dándose un golpe mental por su sutileza para cambiar de tema, sobre todo cuando escuchó a su amigo bufar, y pudo imaginárselo balanceándose de un pie al otro.
Steve bufó. Miles de pensamientos bullían en su cabeza, pero no se atrevía a decir nada por su eterno miedo al rechazo de Natasha, como si nuevamente hubieran vuelto al principio, cuando sus sentimientos por ella fueran todavía demasiado confusos.
Y volvió a suspirar, esbozando una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—¿Quieres ir a comer algo?
—Me leíste el pensamiento, grandote —respondió ella, golpeándole el hombro al pasar por su lado para cambiarse los zapatos y tomar sus cosas, creyendo que se había salvado, pero no podía estar más equivocada. Se notaba su estúpido nerviosismo mientras esperaban su comida en el puesto de pretzels, sobre todo mientras caminaban de regreso a casa. Natasha hablaba hasta por los codos, cosa que nunca hacía, lo que denotaba mucho más su ansiedad. Y Steve lo sabía, por eso se permitió relajarse un poco y sonreírle, sintiendo un poco menos de peso sobre sus hombros.
Sin embargo, dándose cuenta de que su descontrolada lengua sólo la hacía ver desesperada, de un momento para otro Natasha guardó silencio, y ninguno dijo nada por unos minutos que parecieron eternos, hasta que entraron en su vecindario. Y fue cuando estaban a una sola calle de sus casas que Steve reunió valor y al fin se decidió a hablar.
—Nat —la llamó, deteniéndose. Ella lo imitó y alzó la vista para verlo, haciendo reír a Steve cuando notó la mancha de mostaza que le había quedado en los labios. Eso hizo que se relajara un poco más, y se diera un poco más de valor mientras, con tanta delicadeza como pudo, alzaba una mano para limpiar el rostro de su amiga, sintiéndola temblar ante su tacto. ¿O había sido él quien había temblado? ¿O quizá ambos? Pensar en eso hizo que se sintiera ridículamente esperanzado.
—¿Qué pasa? —preguntó la chica, desviando el rostro para adoptar una expresión más relajada, cosa que no logró.
Ella estaba muy nerviosa. ¿Eso era bueno? Steve deseó que así fuera.
—Tenemos que hablar...de lo que pasó anoche.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, fingiendo amnesia por el bien de todos, pero la expresión de Steve le dijo claramente que esa vez no la dejaría salirse por la tangente, así que suspiró, resignada —Oh, te refieres a 'eso'. No te preocupes, no es como si ahora fuera a acosarte o algo así. Estaba tomando la píldora, así que no debes preocuparte por nada. Seguimos siendo amigos. No voy a perseguirte por todos los...—habló, tan rápido que ni ella misma se entendía, y hubiera seguido hablando si Steve, en un extraño ataque de valentía, no se hubiera aventado a capturar sus labios.
Fue un beso rápido, torpe y dulce, y terminó antes de que Natasha pudiera siquiera procesar que él la había besado, pero Steve se sentía muy envalentonado de pronto, y no quería perder esa confianza en sí mismo.
—Me gustas, Nat —confesó, separándose para unir sus frentes e impedir que ella se escapara —Y lo que pasó anoche... No quiero pensar que fue error.
—Steve... Tú nunca podrías ser un error en la vida de nadie, pero...—Natasha se salió de su plan original al decir eso, y luego no supo qué más decir.
—¿Es por Bucky? —preguntó el soldado con suavidad, pero miedo al mismo tiempo, separándose de ella ligeramente —¿Aún lo amas?
—No, no es por Bucky. Bueno, no solo por él. Los quiero mucho a ambos... Y yo solía ser su novia.
—Lo sé. Créeme que lo he respetado por años, pero sé que Buck entenderá. Si tan solo me dieras la oportunidad...—Steve sujetó sus manos con afecto —Prometo que daré todo de mí para que no te arrepientas.
La besó una vez más, pero esa vez sintió las manos suaves y pequeñas de Natasha acariciando su nuca, y la esperanza se encendió dentro de él más fuerte que nunca, haciendo que no pudiera reprimir una sonrisa de radiante felicidad.
—¿Eso es un sí? —preguntó, con cientos de mariposas revoloteando en su estómago. Y Natasha, sonriendo también aunque de forma tenue, separó los labios para hablar, pero entonces algo llamó su atencion.
—¿Ese es un coche del ejército? —preguntó, mirando tras él; y Steve se dio la vuelta, frunciendo el ceño con sorpresa.
—Está frente a la casa de Bucky —susurró, olvidándose de Natasha por un momento mientras corría hacia casa de su mejor amigo, seguido de cerca por ella —¿Señora Barnes? —llamó el soldado tras abrir la puerta de calle y precipitarse a la pequeña sala, capturando la atención de sus tres ocupantes, la señora Barnes, que estaba sentada en el sofá donde Bucky y él solían mirar televisión, y frente a ella dos hombres con uniformes del Ejército de pie, y uno era capellán.
Steve, sintiendo como su pulso se detenía, no necesitó pensar dos veces en lo que sucedía allí, pero Natasha, confundida, corrió a abrazar a la desconsolada madre de Bucky, mirando a los dos desconocidos sin entender.
—Señora Barnes, ¿qué pasa? —preguntó, con expresión muy seria. La señora Barnes, que parecía no poder dejar de llorar, le extendió una carta escrita en papelería del cuerpo de Marines, pero Steve se precipitó a tomarla primero, leyendo con febril interés cada palabra.
—¿Qué pasa? —volvió a preguntar la joven pelirroja, viendo como Steve fruncía el ceño, y de pronto, de forma inesperada, se desplomaba ante sus ojos, con la carta todavía entre sus manos, los ojos rojos y la mandíbula muy tensa. Entonces Natasha tuvo un mal presentimiento, el cual se acentuó cuando Steve arrugó el papel y, cubriéndose el rostro con una mano, empezó a llorar desconsoladamente sobre el suelo —¿Steve? —llamó en un susurro, dejando a la señora Barnes para arrodillarse junto a él mientras de pronto sentía la misma angustia envolverla.
Steve lloró con más fuerza, hundiendo el rostro en su pecho como un niño pequeño y roto, hipando, sollozando y luchando por respirar, con el rostro rojo y húmedo a causa de las lágrimas que corrían como ríos por sus mejillas.
—Steve, por favor...—pidió, abrazándolo con fuerza para tratar desesperadamente de calmarlo. Entonces lo tomó por el rostro para hacer que la mirara, y no quiso aceptarlo en ése momento, pero la presencia de esos hombres, y los ojos azules y llenos de dolor de Steve sólo podían deberse a una cosa...
—Bucky está muerto —le dijo éste, volviendo a llorar mientras la abrazaba con fuerza.
Pero Natasha ya no le devolvió el abrazo. Solo se quedó allí, muy quieta, con lágrimas purgando por salir de sus ojos; rota como nunca antes.
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Steve enderezó la espalda tanto como pudo, asintiendo con la cabeza al oír su nombre antes de levantarse y entrar en la oficina de donde la secretaria acaba de salir, saludando respetuosamente hombre que ya esperaba por él.
—Lamento mucho tu pérdida, Steve —dijo el general Coulson, tendiéndole una mano amistosa que a Steve le costó unos segundos aceptar.
Hacía solo una hora el servicio por Bucky había terminado, y Steve aún sentía sus ojos ardiendo a causa de las lágrimas. Todo era tan reciente que aún esperaba que se tratara solo de una cruel mentira.
—Por favor, toma asiento —indicó el general, y Steve asintió vagamente y se quitó la gorra, ocupando el asiento frente a él.
Coulson miró sus ojos acuosos con comprensión y le dio unos segundos para calmarse mientras Steve todavía sentía todo su cuerpo seguía temblando una forma incontrolable, pero en todo momento se mantuvo firme. Seguía siendo un soldado, después de todo.
Contuvo un pequeño suspiro y se preparó mentalmente para todo lo que seguiría a continuación, sobre todo para hacer la pregunta más importante de todas:
—¿Qué fue lo que pasó?
Casi se quedó sin aire tras esas simples palabras, y la lágrimas una vez más ardieron en sus ojos, pero las detuvo.
Coulson lo miró con comprensión y le ofreció una copa que él rechazó, pidiéndole ir directamente al grano. Así que el general suspiró, cerrando los ojos un momento.
—Un grupo talibán rastreó al escuadrón 107 hasta una entrega de armas y municiones, hace dos días. Abrieron fuego cruzado, hirieron a uno de nuestros pilotos e hicieron explotar el camión de transporte... El sargento Barnes iba en él, junto al resto de su tropa.
—¿Y no hay sobrevivientes?
—Me temo que solo quedaron restos irreconocibles del escuadrón y el armamento. Un equipo especial se encargó de reunir todos los restos humanos, pero las pruebas llevan tiempo... Y el desastre fue de tal magnitud que la política del Ejército de los Estados Unidos en estos casos es decretar que no hubo sobrevivientes. Lo siento —le dijo, cerrando los ojos con comprensión.
Steve también cerró los ojos un momento, y al abrirlos había un extraño brillo en ellos.
—¿Restos irreconocibles? —preguntó, esperanzado —¿Eso significa que Bucky podría seguir con vida?
Coulson lo miró una vez más, ahogando un suspiro.
—No para el Ejército. La explosión fue demasiado grande, y los restos hallados...
—¡Eso no significa nada! ¡Bucky podría estar vivo! Sólo deme un escuadrón. ¡Yo lideraré la misión de rescate!
—No habrá misión de rescate, Capitán —dijo el general, siendo más severo esa vez.
—¿Qué? —Steve parpadeó, contrariado.
Coulson suspiró.
—No pueden arriesgarse más vidas en un terreno tan peligroso como el sur de Irak. A estas alturas no podemos saber si Barnes y el resto del escuadrón siguen con vida... No nos llueven reclutas, Steve, y nadie en su sano juicio arriesgaría a otro equipo en una misión suicida —hubo una breve pausa que ninguno de los dos se atrevió a interrumpir. —Sé que es difícil. Pero el sargento Barnes era un buen hombre que dio la vida por su nación. Tanto tú como su familia deben sentirse orgullosos.
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Querida Nat...
Creí que esto sería más fácil, pero es como la décima carta que escribo, y todavía no sé bien cómo decirte todo lo que quiero decir, pero debo hacerlo rápido, porque el sol está a punto de ponerse, y por prevención no podemos encender ningún otro tipo de luz durante la noche. Pero eso no es lo peor.
¿Has tenido la sensación de que algo va terriblemente mal, y por eso debes tratar de poner todo en orden lo más rápido posible?
Desde que te dejé en Nueva York he tenido éste extraño presentimiento, y ahora sé que si no te escribo esta carta, pase lo que pase, ya no podré estar en paz conmigo mismo.
Quisiera que estuvieras aquí...no para que pelees con esos bastardos (aunque estoy seguro de que les patearías el trasero sin despeinarte), sino para que estuvieras conmigo, contemplando la inmensidad de éste enorme desierto, que hace que incluso los idiotas con más aire que cerebro en la cabeza como yo puedan detenerse a pensar en lo complejo de la vida.
Es curioso como las decisiones que tomamos pueden llevarnos por caminos tan diferentes, ¿no crees? Se siente raro pensar que en éste momento podría estar en alguna fiesta del campus, bebiendo hasta quedar inconsciente, o contigo, abrazándote tan fuerte como lo hice el día que hicimos el amor por primera vez... Extraño mucho tenerte así de cerca, tocarte y besarte hasta el cansancio.
Te extraño mucho. Más que a nada en el mundo. Lo he hecho desde siempre.
Todavía recuerdo la primera vez que te vi, toda presumida con ese vestido que te hacía ver como una muñeca. Creo que desde el primer momento me enamoré como un idiota de ti, aunque no me hacías caso. Tuve que crecer y volverme aún más guapo para que miraras jajajajaja.
No creo mucho en eso de las almas gemelas, pero, si existen, estoy seguro de que tú eres la mía; he pasado los días más horribles de mi vida, estoy cansado y tengo tanto miedo de morir que sólo puedo pensar en una cosa, y es que ya no quiero estar lejos de ti nunca más.
Y sé que esto no debería hacerse por medio de una carta, pero, Natasha, a riesgo de sonar como un idiota, quiero que sepas que te amo profundamente, más que a nadie. Y por eso, Natalia Alienovna Romanov, quiero pedirte, desde lo más profundo de mi corazón, y para que veas que también puedo ser muy romántico,
¿Quieres casarte conmigo?
La carta seguía, pero Natasha ya no pudo seguir leyendo, porque las lágrimas de sus ojos no dejaban que viera con claridad.
Ahogando un profundo gemido de dolor se cubrió el rostro con ambas manos, llevándose las rodillas al pecho mientras abrazaba la carta de Bucky, como había hecho desde que el amigo de Tony se la había hecho llegar por medio de él.
Quizá Bucky estaba agonizando en algún lugar en medio del desierto mientras ella se revolcaba con Steve, y pensar en eso hacía que sintiera asco de sí misma, una rabia que la ahogaba, y le hacía pensar que debió haber sido ella quien muriera. Bucky no merecía irse de forma, y no podía evitar pensar en lo arrepentida que estaba de no haberle dicho lo mucho que lo quería aquel día en el aeropuerto.
La última vez que lo había visto había sentido esa misma conexión que tenía con él cuando eran adolescentes, como si el tiempo no hubiera pasado, y sus sentimientos siguieran intactos, pero no dijo nada, prefirió quedarse callada, pensando como una tonta que tendría tiempo de hablar con él, y ahora Bucky se había ido.
Y luego estaba Steve. No podía negar que también sentía algo por él, pero Bucky... Lo que sentía por él no podía compararse. Natasha aún lo amaba, lo había hecho incluso al casarse con Alexei, y lo hacía aún después de que él había fallecido.
Ya habían pasado dos días desde que los soldados les habían dado la noticia, y uno desde el funeral simbólico que el Ejército había organizado, pues no había ningún cuerpo que enterrar, solo restos y jirones del que alguna vez había sido el amor de su vida. Dos días que se había pasado encerrada en su vieja habitación, entre todas las cosas que le recordaban a Bucky y lo felices que habían sido durante su tiempo juntos.
Natasha no quería olvidarlo. No podía hacerlo.
De pronto, tres suaves golpes en su puerta se escucharon, pero Natasha no respondió. Aún no tenía ganas de ver a nadie, y siquiera levantarse le parecía sumamente agotador.
—¿Nat? Hola...
—No quiero ver a nadie, Steve. Por favor, vete —pidió, sin siquiera levantar la mirada. No había pretendido ser grosera, aunque en verdad poco le importaba. Sin embargo, Steve no se marchó.
—Natasha, no puedes seguir así, por amor de Dios. Nos has comido ni bebido nada en dos días. Bucky era como mi hermano, y a mí también me duele, pero...
—¿Sabías que me propuso matrimonio? —le soltó, levantándose al fin, y Steve parpadeó, bajando la mirada con tristeza —Estaba en su última carta, la que escribió antes de que...antes de que él...—lloró, a pesar de que luchó por no hacerlo —Y yo le hubiera respondido que sí —dijo, y aunque esas palabras hirieron a Steve, era mucho más grande la pena que sentía por el dolor de Natasha.
—Oh, Nat... —suspiró, acercándose a ella para intentar consolarla con desesperación, pero ella se alejó, como si su tacto le produjera asco.
—Déjame —ordenó, haciéndose bolita a un lado de la cama, logrando que la culpa de Steve solo creciera.
—Por favor. Lo siento mucho...
—¿Lo sientes? —ella clavó sus ojos como dagas en él por primera vez, y se levantó de un salto, completamente histérica —¡¿Lo sientes?! ¡Es tu culpa! ¡Es tu maldita culpa! ¡Te odio! ¡Te odio! —le gritó, golpeándolo tan fuerte como pudo, pero Steve no hizo nada para defenderse, solo intentó abrazarla, tratando de consolarla, pero ella lo empujó lejos.
—No vuelvas a tocarme —le advirtió, roja de ira —Vete. Y no regreses, Steve. ¡No vuelvas nunca! ¡Nunca! —le gritó, sacándolo de su habitación y cerrándole la puerta en la cara.
Los siguientes días fueron como una sucesión de imágenes y recuerdos dolorosos, donde Bucky siempre bromeaba y sonreía. Steve sabía que no podría recordarlo de otra forma. Aún desde el Cielo Bucky debía estarle sonriendo, o eso era lo que todo el mundo le decía.
Pero, por más que todo el mundo insistiera y él intentara con todas sus fuerzas, no podía resignarse a la idea de no volver a verlo jamás. En algún lugar de su mente todavía creía que no tardaría en despertar de ése mal sueño, y que allí estaría Bucky, esperándolo con su radio de Mickey Mouse en la mano, listo para espiar a los vecinos.
Pero él ya nunca volvería. James Barnes, su mejor amigo, su hermano, se había quedado para siempre en aquel desierto de Medio Oriente y él debía aceptar eso.
Entonces los sentimientos de añoranza de pronto abrían paso a los de culpa.
Si él no se hubiera enlistado Bucky nunca lo hubiera seguido, y no estaría muerto. Todo había sido culpa suya, de su debilidad por no haber podido admitir sus sentimientos para después superarlos y seguir adelante. Pero había decidido huir, llevándose a Bucky con él, para siempre.
Natasha tenía razón. Todo era su culpa, se repetía una y otra vez en la oscuridad de su vieja habitación.
Desde el entierro ni siquiera había podido mirar a Natasha y la señora Barnes. Su madre, Sam y Pepper habían intentado hablar con él, pero Steve tampoco tenía ánimos para escucharlos decir que era inocente cuando sabía que eso no era cierto. Y Natasha no lo decía, pero sabía bien que también debía estarlo culpando.
La culpa estaba matándolo.
—¿Cariño?
—¿Sí, mamá?
—Un mensajero trajo esto para ti —anunció su madre, alcanzándole un sobre marrón con su nombre —¿Todo está bien?
—Sí. Es de Tony —musitó Steve, leyendo la nota que venía junto a una carta cerrada, donde Tony le decía que James Rodhes le había pedido entregarle esa misiva.
Sarah Rogers asintió con una mirada tranquila y después volvió a darle privacidad. Fue entonces que Steve, algo confundido, abrió el segundo sobre, paralizándose al encontrarse con la desordenada y puntiaguda caligrafía de Bucky. Y su pulso se detuvo mientras sus manos comenzaban a temblar, teniendo el doloroso impulso de tirar esa carta, pero no se atrevió a hacerlo.
Con el corazón todavía estremecido por la culpa y el dolor, Steve pensó que tal vez esas podrían ser las últimas palabras de su mejor amigo, y aunque aún no se sentía con las fuerzas para hacerle frente, desdobló el amarillento papel y suspiró, reuniendo todo el valor que pudo en ese instante.
Y empezó a leer.
Querido Steve:
Esta debe ser como la tercera carta que escribo en mi vida, y nunca creí que algún día le escribiría a otro hombre. Es extraño. Uno siempre piensa que los sentimientos son cosas de chicas, pero tú mejor que nadie sabes lo que es estar en un lugar como éste.
Todavía recuerdo el día que nos volvimos mejores amigos en el jardín de niños. Recuerdo a ese chico Hodge, que era enorme, golpéandote, y tú tan delgado como una varilla pero firme como un roble recibías sus golpes sin dejar de levantarte. En ese entonces pensé que debías ser estúpido o algo así, y por lástima decidí ayudarte, dándome cuenta enseguida de que no solo eras muy idiota, también eras el enclenque de diez kilos más valiente que había visto. Supe entonces que quería ser tu mejor amigo.
Después de eso no hay un momento importante en mi vida que recuerde en el que no estuviste conmigo, o en el que yo no haya estado contigo.
Nunca te dije esto, Steve, pero eres mi roca, mi hermano, la persona que siempre me da ánimos cuando todo parece ir mal. Eres mi mejor amigo, y por eso quiero que pase lo que pase busques tu camino y seas feliz. Y cuida de Natasha. Ella te necesita, incluso más que yo.
Los extraño a ambos, y espero poder volver a verlos, aunque sea solo una vez más.
Cuídate mucho, hermano. Te quiero.
Bucky.
Para cuando Steve terminó de leer sus ojos estaban bañados en lágrimas, y su espalda se agitaba irregularmente debido al llanto. El dolor entonces regresó más fuerte que nunca. Era como si Bucky supiera que iba a morir.
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Como una semana después del funeral se sorprendió de recibir un mensaje de texto de Tony Stark, la única persona que no había ido a verlo y con la que no había hablado desde la muerte de Bucky.
"Hey, Capipaleta. Tengo lo que buscas. Ven a verme a casa", decía el mensaje, y aunque Steve no entendió de lo que hablaba decidió que tal vez Tony y sus locuras podían hacer que dejara de pensar en cosas que solo le hacían daño.
Steve se levantó de la cama de un salto, con más energías de las que había sentido en semanas; se puso unos jeans y tomó una chaqueta y las llaves de la vieja Harley de su padre, deteniéndose unos segundos en la entrada de su casa para observar la de Natasha, con la esperanza de poder verla aunque solo fuera a través de la ventana, pero todo seguía tan en silencio como en los últimos días.
Desesperado pero tratando de no pensar en ello, Steve encendió su motocicleta y el rugido del motor, por un instante, hizo que volviera a sentirse vivo. Recorrer las calles de Brooklyn y sentir el viento en la cara fue una experiencia muy placentera después de días de no ver siquiera la luz del sol, pero al mismo tiempo hizo que la nostalgia lo invadiera más que nunca, pues cada rincón del vecindario le recordaba a Bucky, a toda su infancia, jugando juntos, creciendo juntos. Sin embargo, al cruzar el puente Steve pudo dejar los dolorosos recuerdos detrás y poner su mente en blanco, solo concentrándose en llegar al centro de Nueva York.
La casa (o mejor dicho torre) de Tony Stark se encontraba en el corazón mismo de la ciudad de Nueva York. Era una construcción enorme y lujosa, de más de cien pisos de altura y equipada con lo último en tecnología, donde Tony trabajaba y al mismo tiempo vivía, ocupando los dos últimos pisos para eso.
Steve se sintió un poco inseguro al entrar en el elevador con paredes de cristal y presionar el código que Tony le había enviado en otro mensaje. Nunca antes había estado en esa torre, pues cuando eran adolescentes Tony solía vivir en una mansión en Manhattan con su padre, pero según tenía entendido se trataba del primer y ambiciosos proyecto del nuevo director de Industrias Stark. Quizá por eso esperaba encontrarse con más paredes de cristal y robots mayordomos allí arriba, pero cuando las puertas del elevador se abrieron se vio frente a un elegante recibidor revestido en madera tallada, con pisos alfombrados y decorado con muebles antiguos, como una de esas casas de las familias ricas de antaño, casi todo hecho de madera y cristal pulido. Steve, al notar que nadie salía a recibirlo, levantó la vista con curiosidad y se dedicó por unos segundos a observar las fotografías familiares de los Stark, que brillaban en portarretratos digitales en las paredes. La mayoría eran de Tony y su padre, y cambiaban por otras imágenes cada cierto período de tiempo, a veces por más fotografías, otras por imágenes de cuadros que Steve nunca había visto en su vida.
—Hola.
Una voz femenina, con acento europeo y algo infantil, lo tomó por sorpresa. Steve pestañeó y de inmediato desvió la mirada del cuadro de una cabra y un violín que observaba, sorprendido al notar a la jovencita vestida de colegiala que lo miraba desde abajo, curiosa. Ella no debía tener más de unos trece o catorce, llevaba aparatos de ortodoncia y el cabello castaño-rojizo atado en una larga trenza.
—Hola —respondió, algo inseguro debido a la sorpresa, y al hecho de que no conocía a esa niña. Y ella también lo miró fijamente, frunciendo los labios con algo de duda.
—Yo te conozco —le dijo, entornando la mirada con suspicacia —¡Sí! Tú sales en la tele, ¿no? Eres ése capitán famoso... El amigo de Tony.
—Sí...—respondió Steve, pasándose una mano por la nuca con desconcierto —¿Está Tony en casa o...?
—Sí. Debe estar por ahí —respondió la adolescente, haciendo un gesto vago con la mano —Sígueme —pidió, guiándolo hacia una sala decorada también con muebles antiguos y pisos alfombrados; era un lugar espacioso e iluminado, cuyos enormes ventanales ofrecían una espectacular vista de toda la ciudad. El lugar era simplemente maravilloso —¡TONY! ¡TIENES VISITAS! —gritó la niña de repente, y acto seguido tomó asiento en un aullido sillón y sacó un libro —Puedes sentarte si quieres. Tal vez tarde —le dijo, ignorándolo para ponerse a leer.
Steve chasqueó la lengua, algo incómodo. No tenía idea de quien era la niña, pues Tony no tenía hermanos. Tal vez sería una posible novia, lo que lo hizo estremecerse por lo incorrecto que sonaba eso. No quería pensar que Tony, en otra de sus locuras, había sido tan insensato como para salir con una niña de secundaria.
—¿Eres familiar de él? —se atrevió a preguntar al fin.
La niña alzó la vista de su lectura al oírlo, y torció los labios con disgusto, negando con un rápido movimiento de cabeza.
—¡Dios, no! Qué horror. Soy...
—¡WANDAAAA! —Steve escuchó la chillona voz de Tony llegando desde las escaleras, y de inmediato levantó la mirada —¡MALDITA SEAS! ¡¿ESTUVISTE TOCANDO MIS COSAS DE NUEVO?!
La adolescente se levantó de un salto y rió, corriendo fuera de la sala antes de que un furibundo Tony Stark bajara por las escaleras, con un montón de planos arrugados en la mano, corriendo hacia la sala sin siquiera mirarlo.
—¡¿DÓNDE ESTÁS, MOCOSA DEL DEMONIO! ¡VOY A MATARTE ÉSTA VEZ, WANDA! ¡MÁS TE VALE CORRER Y ESCONDERTE, PEQUEÑA RATA! ¡PEPPER! ¡PEPPER, PEP...! Oh —a punto de entrar gritando a la cocina, Tony notó la presencia de Steve por primera vez y bajó el tono, sonriéndole como si nada mientras levantaba un dedo para pedir un momento —Hola, Capi. Ahora estoy contigo. Si me permites un segundo... ¡PEPPER!l
—¡¿QUÉ?! —le respondieron desde la otra habitación, de donde su blonda amiga salió, con una agenda electrónica entre las manos y el ceño muy fruncido, que de inmediato cambió al ver a Steve —¡Hola, Steve! Me da gusto verte de nuevo. El otro día no...
—¡Olvídate de eso, Potts, y tráeme a esa musaraña humanoide ahora mismo! —la interrumpió el dueño de casa con brusquedad. Pepper entonces se dio la vuelta y apuntó a Tony con su agenda, como si estuviera a punto de lanzársela por la cabeza.
—¡NO ME GRITES, TONY!
—¡TE GRITARÉ TODO LO QUE SE ME PEGUE LA GANA HASTA QUE ENCUENTRES A LA MALDITA MOCOSA Y LE ARRANQUES LA CABEZA! —gritó Tony, moviendo las manos con exageración —¡ARRUINÓ MIS PLANOS CON SU ESMALTE ROJO! ¡HARÉ QUE JARVIS LA META A ELLA Y A SU ENDEMONIADO HERMANO EN EL MALDITO PEOR INTERNADO QUE ENCUENTRE EN CHINA PARA QUE APRENDAN A NO TOCAR MIS COSAS!
—¡SOLO SON NIÑOS!
—¡NIÑOS DELINCUENTES!
La discusión siguió por varios minutos más, así que Steve bajó la mirada, más incómodo que antes mientras Tony y Pepper se seguían gritando.
De pronto se oyeron una risitas, y Tony alzó la cabeza como un sabueso en busca de su presa. Steve alzó la vista también, encontrando a la chica de la trenza, Wanda, junto a otro niño de su edad pero de cabello rubio mirándolos desde el rellano de las escaleras.
—¡Ya los vi! —gritó el dueño de casa, apuntando hacia ellos de forma acusadora —¡Quédense quietos o ya verán...! ¡No crean que me apena golpear a un par de mocosos frente a las visitas!
Los dos niños dejaron de reír y volvieron escaleras arriba; Tony salió corriendo tras ellos y tras otras risas y más gritos, desapareció.
—Hoy va a ser un largo día —bufó Virginia Potts, acercándose a Steve y poniendo una mano sobre su hombro, mirándolo con afecto —Siento que hayas visto eso... ¿Cómo estás, Steve? ¿Qué tal el trabajo?
Steve la miró, haciendo un gesto para desestimar la situación, luego volvió a bajar la mirada, suspirando pesadamente.
—No lo sé, yo...—trató de mentir, pero no pudo hacerlo —No me he sentido muy bien. Después de la muerte de Bucky...El Ejército me dio unos días...y eso. Pero yo...No he podido dejar de pensar...—murmuró, atragantándose con sus propias palabras, de nuevo presa de la angustia. Pepper entonces torció los labios y se estiró para darle un abrazo al que él se aferró de inmediato.
—Te entiendo. Sé que es muy difícil para ti, pero verás que todo mejorará —le dijo, reconfortándolo, y Steve se sintió muy agradecido por ello, pero no tenía deseos de volver a todos los viejos recuerdos.
—Lamento que hayas tenido que suspender tu Luna de Miel —dijo tras separarse, sorbiéndose la nariz con disimulo, igual que Pepper —¿Cómo está Happy?
—Oh, está bien; también estaba preocupado por ti, así que le alegrará saber que viniste... Y no te preocupes por mi Luna de Miel. Las Bahamas no irán a ninguna parte —le sonrió, llevando su mano hasta su mejilla.
—¿Y cómo está el bebé? —preguntó Steve, poniendo una mano sobre su vientre ligeramente abultado, recordando ese pequeño detalle de pronto. Pepper retiró su mano de su mejilla para ponerlas en su vientre y sonrió, con ojos brillantes.
—Bien. Ya son casi cuatro meses... No se nota mucho, ¿no crees? Creo que será una niña. Tengo un ultrasonido el próximo mes.
—Me da gusto por ti. De verdad. Ansiaba tener buenas noticias —expresó, sin poder evitar que la tristeza se apoderara de su voz.
Pepper lo miró fijo. Steve odiaba esa mirada de lástima, así que decidió una vez más cambiar el tema:
—¿Quiénes son esos niños?
—¿Hum? Oh, son los sobrinos-nietos de Jarvis. Vivían en Europa pero sus padres murieron, y ahora él los cuida.
—Y planeo enviarlos a uno de esos internados/prisiones a los que los ingleses mandan a sus hijos —anunció Tony, que una vez más bajaba las escaleras, arreglándose la camisa y el cabello —Pero olvídate de eso. Me alegra que vinieras. Ésta vez es en serio —le extendió una mano que Steve aceptó —Pep, dile a Jarvis que nos sirva unos tragos. Y avisale a Rodhey que llegaré un poco tarde al hospital.
—Por supuesto. ¿Whisky?
—No quiero nada, gracias —dijo Steve, moviendo la mano para declinar la oferta.
—Ya sabes la respuesta, Potts —sonrió el dueño de casa, dejándose caer con pesadez sobre uno de sus costosos sillones, igual que Steve. Jarvis apareció de inmediato con el whisky, saludando a Steve y disculpándose por el comportamiento de sus sobrinos; cuando él se fue el teléfono de Tony empezó a sonar, y el joven Stark se entretuvo con él por varios minutos, hasta que Steve, incómodo por el silencio, se aclaró la garganta para recordarle de su presencia.
—Lo siento. Era Rodhey —anunció Tony, guardando su teléfono —Quería saber porqué me retracé.
—¿Cómo está Rodhes?
—Vivirá. Es un bastardo con suerte —Tony rió, dándole un sorbo a su bebida —Pudieron haberlo matado.
Steve asintió, sintiéndose muy confundido de pronto. Feliz por James Rodhes, pero al mismo tiempo un poco molesto por el hecho de que él hubiera sobrevivido mientras Bucky no.
Quizá era egoísta, pero no pudo evitarlo.
—En fin —Tony se golpeó las rodillas con ansiedad, haciendo que Steve volviera a concentrarse en él —, me alegra que vinieras. Quise esperar unos días a que dejaras de llorar para invitarte. Hay algo que quiero que veas.
—¿Qué es?
—Sígueme —Tony Stark se levantó de un salto, y Steve no dudó en seguirlo. El dueño de casa lo guió hacia otra habitación, una llena de computadoras y aparatos electrónicos, cuya puerta solo se abrió con las huellas digitales y la voz del heredero Stark —Es aquí. Computadora, experimento 6-3-6, por favor —dijo, y una de las computadoras, la más grande de todas, se encendió sola mostrando algo que Steve conocía muy bien: un mapa de Medio Oriente con cientos de pequeñas luces rojas en distintas partes.
—¿Qué es esto? ¿Qué son esas luces?
—Son armas —Tony se cruzó de brazos, señalando la pantalla con el mentor —Las que Barnes y su equipo tenían que transportar. Las he estado siguiendo con el satélite de mi compañía.
—¿Qué? Pero... ¿Cómo? —sorprendido, Steve frunció el ceño, mirando a Tony en busca de una aclaración. Y el joven Stark se alejó de la pantalla y chasqueó la lengua, pasándose una mano por la nuca.
—Bueno... Ya hemos sufrido varios robos, por lo que las armas de Industrias Stark llevan rastreadores desde el 2007.
—¿Rastreadores?
—Sí, no lo repitas. No es lo que llamaríamos del todo "legal", ¿entiendes? —Steve frunció el ceño con reproche, pero solo se mordió la lengua y no dijo nada. Tony, sonriendo al haberse ahorrado el sermón, tomó asiento y deslizó su silla frente a la pantalla, presionando unas teclas y haciendo aparecer una imagen de un lugar que Steve también conocía muy bien en el monitor principal, una vista satelital del sur de Afganistán —Bien. Verás, según descubrí al meterme a los archivos de la Armada (sí, de manera ilegal, ahórrate tu discurso), Barnes explotó junto al camión y todas las armas, ¿no? —preguntó, señalando el mapa con una mano.
El capitán tensó la mandíbula.
—Sí. ¿Qué tiene eso que ver?
Tony se encogió de hombros.
—Si hubiera sido así la señal se hubiera dejado de transmitir, pero no.
—¿A qué te refieres?
—Días después de la noticia descubrí la señal a unos cuántos kilómetros del lugar en donde se supone que todas las armas fueron destruidas —indicó Tony, pasándose una mano por su barba de días —Lo que significa que en realidad no fueron destruidas...
Steve, que hasta ahora apenas si había entendido de lo que le hablaba, de pronto lo captó, abriendo los ojos con sobresalto ante lo que Tony estaba insinuando.
—¿Quieres decir que...?
—El Ejército te mintió al menos en una cosa: las armas no explotaron, alguien las tiene y las está moviendo. Y si te mintieron en eso, entonces tal vez pueda ser que...
—Bucky esté vivo —discurrió Steve, con el corazón latiéndole a mil pulsaciones por minuto. De pronto toda la tristeza se marchó, y una ola de alivio y felicidad lo invadió. Steve se llevó ambas manos a la cabeza, sin saber cómo reaccionar ante tanta dicha, pero Tony no parecía ser tan optimista:
—¿Sabes de lo que hablo, verdad? —le dijo con cautela, captando su atención otra vez —Si él estaba con vida cuando se llevaron las armas, pudo haber sido tomado prisionero, y si eso fue así, la posibilidad de que siga con vida después de una semana es...—Steve lo miró —Bueno, relativamente baja.
—Lo sé. Pero es Bucky de quien hablamos. Él no se rendiría con facilidad. Estoy seguro de que está con vida —aseguró, saliendo de la habitación a toda prisa.
—¿A dónde vas?
—A Washington. Coulson tiene que saber esto.
—¿Sí? ¿Y qué hará el ejército, además de arrestarme por los rastreadores? —se escandalizó Tony, siguiéndolo de cerca —Mira, ¡si te mostré esto no fue para que me eches de cabeza con ellos!
—¡No se trata de ti, Tony! —Steve se detuvo, dándose la vuelta y enfrentando al dueño de casa, con la cara roja —¡Bucky y muchos otros podrían seguir con vida!
—¡Sí, podrían! ¡Pero eso no es suficiente para Coulson ni para la Armada! —refutó Tony, y aunque Steve sabía que era cierto no quiso hacerle caso.
—Yo haré que sea suficiente. —respondió, retomando el camino hacia la salida, pero Tony se interpuso en su camino.
—Escucha. Hablaré con el presidente. Intentaré convencerlo de hacer una expedición de rescate. Solo quería que lo vieras para que dejes de culparte, pero debemos hacer esto de la forma correcta.
—No tenemos tiempo, y lo sabes. Bucky podría morir en un par de horas. ¡Tengo que hacer algo ahora! —Steve pasó de él, acelerando el paso con el corazón latiéndole a toda velocidad.
—¡Steve! —lo llamó Tony, pero él no se detuvo; subió al ascensor y al llegar al estacionamiento subió a su motocicleta.
Todavía perturbado por la nueva información que acababa de recibir condujo directamente hacia el aeropuerto, pero se detuvo a medio camino. Su mente era un torbellino de pensamientos, eclipsados en su mayoría por un miedo atroz que lo atacó de pronto. ¿Y si Coulson no aceptaba iniciar una misión de rescate? Steve sabía que podía apelar, pero eso podría tardar meses, como mínimo semanas, pero incluso un par de horas era demasiado. También pensó en hacerle caso a Tony y permitirle pedir la ayuda del presidente, que quizá podría agilizar las cosas, pero tampoco le gustó esa idea.
Si había una posibilidad, por más mínima que fuera, era su deber salvar a Bucky, pero eso no podía hacerlo con ayuda del Coulson o el Ejército, tampoco de Tony. Debía hacerlo por su cuenta.
Con eso en mente aceleró hasta estar de regreso a su viejo vecindario y entró en su casa.
—¿Steve? ¿Dónde estabas? ¿Por qué vas tan apurado, hijo?
—Lo siento, mamá. ¡Tengo poco tiempo! —gritó mientras subía las escaleras de dos en dos.
Llegó a su habitación y preparó su bolsa militar con todo lo que necesitaría, tomó un par de camisas del ejército y sus botas, así como algo de dinero, medicinas y sus armas. Desde la última vez que había estado en el campo no las había tocado, pero ahora las necesitaba.
—¿Qué haces? ¿Adónde vas? —preguntó su madre, viéndolo moverse por toda la habitación desde la entrada, curiosa —¿Steve...?
—Se me hace tarde. Lo siento. Te amo —respondió él, dándole un fuerte abrazo antes de salir por la puerta en dirección a la casa de Ivan, pero se detuvo antes de golpear. Quería ver a Natasha más que nada, pero todavía se sentía demasiado culpable, así que regresó sobre sus pasos, decidiendo marcharse cuanto antes.
El mejor regalo para Natasha sería volver con Bucky vivo.
oOo
—¿Steve?
Pepper se hizo a un lado, sorprendida, y Steve entró en el enorme penthouse por segunda vez en el día, con paso decidido.
—Buenas noches. Necesito ver a Tony —pidió, entrando directamente a la cocina apenas Pepper se la señaló, donde Tony estaba sentado en la mesa, jugando Monopoly con los sobrinos-nietos de Jarvis y Happy.
Steve no lo dudó. Se plantó frente a ellos y tras quitarse la gorra y saludar a los presentes con la cabeza, se giró hacia Tony, siendo amable, pero demandante a la vez:
—Tony —el heredero Stark dejó los dados y lo miró; Steve tomó aire antes de hablar —Necesito armas, granadas, un casco, un uniforme, y de preferencia un chaleco blindado. También necesito un avión que me lleve a territorio aéreo afgano y me deje en algún campamento militar. Y no, no tengo permiso del Ejército para hacerlo, ni puedo pagarte por ello.
—¡¿Qué?! —exclamó Pepper mientras entraba en la cocina tras él, completamente escandalizada. Los demás solo lo miraron como si se hubiera vuelto loco, pero Tony solo se levantó de su asiento y se pasó una mano por la barba de días que cubría su mentón, pensativo.
—¿Para cuándo?
—Una hora.
—Está bien.
—¡¿Qué?! —reaccionaron la asistente y su esposo al mismo tiempo, mirando a su jefe como si se hubiera vuelto loco.
—Tony, no puedes hablar en serio —dijo Happy mientras alternaba la mirada entre uno y otro —¡Tú tampoco, Steve! ¡Qué locura!
—Lo más cercano al lugar de la explosión es la Base Aérea de Bagram, en Afganistán. Desde ahí fácilmente puedes cruzar a Irak —siguió Tony, ignorando a sus asistentes mientras salía de la cocina con su teléfono en la mano —Tengo un par de amigos que te llevarán hasta dónde quieras en el desierto. Pero además de armas necesitarás mapas, GPS, y algunos otros equipos del Ejército... Tengo todo en mi laboratorio.
Tony no mentía. Su laboratorio tenía una especie de puerta secreta donde tenía todo un arsenal de guerra, desde cuchillos, cascos, chalecos y ballestas hasta rifles, granadas y lanza cohetes de última tecnología con la marca Stark impresa en cada rincón.
Steve tomó todo el equipo que sabía que necesitaría; solo lo necesario y no más de lo que podía cargar, a pesar de los consejos de Tony por llevarse uno de sus lanza cohetes.
—Bueno, si no quieres uno de mis lanzacohetes al menos llévate esto. Aburrido.
—¿Un escudo? —Steve frunció el ceño, tomando el cóncavo círculo de metal para analizarlo.
Tony bufó.
—No es sólo un escudo, muggle. Es un nuevo proyecto en el que he estado trabajando, y sólo estaba esperando a que alguien viniera a pedirme que lo llevara al lugar más conflictivo de la Tierra para probarlo. Más ligero que el aluminio pero más resistente que el acero. O eso veremos. Pruébalo. Ahora vamos; mi helicóptero nos espera —anunció Tony, cargando el escudo mientras Steve llevaba todo lo demás hacia la azotea.
—¡Tony, basta! ¡Steve no es tu muñeco de pruebas! ¡Y si insisten con eso voy a llamar a Washington, al Ejército, a la Marina, al presidente si es necesario! ¡Comerás con él mañana, Tony! —exclamó Pepper, furiosa, saliendo del ascensor tras ellos, pero ninguno le hizo caso —¡Ya! ¡Detengan esta locura, por Dios! —pidió antes de que el ruido del motor del helicóptero acallara su voz, llamando la atención de ambos, pero fue Steve el que habló:
—Pepper, si existe alguna posibilidad se que Bucky siga con vida, por más mínima que sea, necesito comprobarla...
—Y yo necesito probar mis nuevas armas.
—Por favor —pidió Steve, tomando las manos de su amiga entra las suyas en un ruego silencioso mientras el piloto de Tony subía las cosas a la aeronave. Pepper entonces lo miró a los ojos, y aunque era claro que quería protestar se guardó lo que pensaba y le dio un abrazo con tanta fuerza como le fue posible, dejándolos marchar sin decir nada más.
—¡Debo estar loca! —exclamó al aire, observando cómo el helicóptero se alejaba cada vez más de la Torre Stark, perdiéndose en la oscuridad.
oOo
El teniente Morita se pasó una mano por el rostro antes de seguir golpeándose la nuca contra la a pared de roca. A su lado, el cabo Jones abrazaba sus rodillas mientras se balanceaba de atrás hacia adelante con impaciencia, igual que un niño asustado, pero a nadie en esa cueva pareció importarle.
El frío les calaba hasta los huesos, y el hambre empezaba a hacer mella en sus cuerpos. Hacía casi tres días que estaban encerrados, sin probar bocado, sólo consumiendo agua de lluvia, y sin saber cuál sería su destino.
De pronto las maderas que servían como 'puerta' fueron removidas, y otro soldado fue arrojado por el hoyo.
—¡Hey, despacio, Osama! —se quejó uno, mientras el otro, levantándose, fue a acomodarse en un rincón, callado —Oye, señor Miyagi —lo llamó el primero, y Morita lo miró, con cara de pocos amigos.
—Soy de Fresno, idiota —dijo, enseñándole el dedo medio mientras le mostraba la cadena con sus placas, haciendo reír al otro.
—Sí, lo que sea, Jackie Chan. Yo soy el teniente Dugan. ¿Qué demonios es éste lugar?
—Es una bonita tienda departamental. Por allá tenemos las ofertas.
El otro hombre rió.
—Eres divertido, Kung fu panda. ¿Cómo llegaron aquí?
—Nos tendieron una trampa en las montañas —explicó el hombre de facciones orientales —Sólo nosotros tres sobrevivimos.
—Esos malditos barbudos —gruñó Jones, el único soldado afroamericano allí, para sí mismo, volviendo a moverse de atrás hacia adelante —Ni siquiera pudimos defendernos... Los mataron a todos en un parpadeo.
—¿Alguien pudo ver algo?
—No sé dónde estamos. Pero vi por lo menos tres agujeros más. Y conté siete guardias armados.
—¿Y quién es él?
—Déjalo, Dugan. Todavía está en shock —gruñó Morita, pero el otro hombre no hizo caso, y con su pie pateó la bota del deconocido, tratando de llamar su atención, aunque sin mucho éxito, pues éste seguía balancéandose insistentemente de atrás hacia adelante, igual que un loco, haciendo que Dugan frunciera el ceño.
—¡Oye! ¡Reacciona! ¿Cuál es tu nombre, soldado?
El chico dejó de murmurar y lo miró. Tenía el rostro cubierto de sangre y hollín, pero aun así se veía muy joven; joven y aterrado.
—Soy Barnes —dijo, en un hilo de voz, y la mirada perdida mientras sus labios seguían moviéndose sin producir sonido; hasta que volvió a hacerse escuchar, clavando sus ojos oscuros y brillantes en Dugan —. Sargento James Buchanan Barnes.
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.
Continuará...
.
.
N del A:
Hola!
Pasaron siglos desde que actualicé esta historia, por eso quería que todos quienes la siguen sepan que aunque tarde no voy a abandonarla.
Saludos!
H.S.
