Noche de boda

Después de dejar a Toby en Fleet Street, le pidieron al cochero que los llevara a las afueras cerca del río Támesis.

Estaba todo tranquilo, y los árboles se extendían un poco más lejos. La luna y las estrellas iluminaban tenuemente el paisaje.

El Sr. Todd la tomó de la mano incitándola a caminar. Casi se le saltó el corazón a sentirle tan cerca. Descansó la cabeza en su hombro y comenzó a andar. Pronto se perdieron entre los árboles.

La Sra. Lovett volvió la cabeza atrás y no pudo distinguir al cochero que debía estar esperándolos. El terror se apoderó de ella. Había escuchado historias horribles sobre personas que morían en el bosque, o jóvenes que eran asesinadas allí por habitantes de los árboles.

-Sr. Todd –dijo parándose en seco-, nos vamos a perder.

El negó con la cabeza y le señaló el árbol junto a ellos. Entonces se dio cuenta de que llevaba la navaja en la mano. Miró el árbol y vio una señal claramente distinguible.

Posó la vista en el anterior, que estaba igualmente señalado, y el otro también. Ni si quiera se había percatado de que había estado haciendo eso durante todo el camino.

Le sonrió apretando su mano y sintiendo como su miedo desaparecía.

-Piensa en todo, querido –murmuró.

Él asintió reanudando la marcha.

Esta vez se fue fijando como hacía las muescas. Con un solo golpe de muñeca, hacía que fuese suficiente visible. Debía admitir que era todo un experto con las navajas, algo que ella nunca había dudado. Se preguntó quien le habría enseñado. Quizá fue su padre, y heredaba la profesión de familia; o tal vez fue el aprendiz de algún barbero como lo fue el tal Pirelli ese de él. Trató de imaginarse al frío hombre de niño realizando su primer intento y haciendo un corte en la piel. En ese momento seguro que no se le ocurriría que se dedicaría a hacer sangrar a sus desafortunados clientes.

Rió por lo bajo. ¡Menuda vocación!

-¿Qué le hace tanta gracia?

Su voz la sobresaltó un poco.

-Nada, tesoro –le sonrió- ¿Dónde vamos? –preguntó.

Nunca había estado allí y le resultaba muy hermoso, pero no quería pasarse toda su noche de bodas paseando por un bosque en medio de la nada. Y, además, le estaban empezando a doler los pies por culpa de los zapatos.

-No queda mucho, estoy seguro de que le gustará –contestó ayudándola a pasar por encima de un árbol que parecía no haberse caído hacía mucho al camino.

-Yo también lo creo.

Siguieron andando hasta llegar a un claro con un pequeño lago quizá obra de un desbordamiento del Támesis o a una fuerte lluvia.

El Sr. Todd se paró en la entrada y se guardó la navaja después de hacer la última mella. Ella se soltó de su brazo y caminó hacia delante.

La luz de la luna caía directamente sobre el claro, iluminándolo por completo con un bonito resplandor plateado.

Se volvió a mirar al Sr. Todd, que aún quedaba a la sombra de los árboles, con una sonrisa.

-¡Qué maravilla, querido! Es… tan romántico.

Avanzó hacia el lago y pudo ver su reflejo en él. Se veía tan bien, tan feliz que apenas se pudo reconocer a sí misma.

Se quitó los zapatos que le estaban destrozando los pies y los dejé a un lado junto a su ramo, que todavía conservaba.

Le notó pararse a varios metros de ella, pero no se volvió a mirarlo. Quería que fuese él quien la buscase.

Caminó hasta la orilla sintiendo cosquillas al pisar la hierba. Volvió a asomarse y no reconocerse. Más allá de si misma podía distinguir el fondo de tierra húmeda.

Se quitó una media que tiró junto al resto de sus cosas y tocó la superficie con los dedos del pie, creando ondas que borraron la imagen. Estaba fría debido a los escasos rayos de sol que caían en Londres.

Cerró los ojos revolviendo un poco el agua.

La tierra que la sostenía al suelo se hundió hacía abajo, haciéndola perder el equilibrio. Antes de poder abrir los ojos, cayó al agua con un grito.

Menos mal que la profundidad del lago le llegaba por las rodillas a una persona adulta de estatura normal, pero la Sra. Lovett no estaba de pie, por lo que quedó totalmente sumergida.

Unos fuertes brazos la sacaron, dejándola a varios metros del peligro, y comenzaron a quitarle rápidamente el vestido.

-¡Ayúdeme, mujer! ¡No se quede quieta! Debe deshacerse de eso antes de que coja una neumonía. ¡O algo peor! –exclamó el Sr. Todd mientras le bajaba el vestido por los hombros.

Deslizó su tembloroso cuerpo fuera, notando como la brisa nocturna le helaba los huesos. Observó su precioso vestido que tanto se había esmerado en rediseñar manchado de barro y completamente empapado. Igual que ella. Al menos había conseguido lo que quería, estar en ropa interior delante de él, pero prefería otro tipo de situación.

Algo caliente le cayó por los hombros. Miró atrás y vio como el Sr. Todd la arropaba con su propia chaqueta.

-Gracias –murmuró con una sonrisa- Supongo que solo yo soy lo bastante tonta como para caerme en un charquito –dijo con amargura.

-Solo usted se caería en un lago de agua fría en plana noche sin ropa para cambiarse –respondió sacándole en pelo por fuera-. Es distinto.

-No sé que es peor –suspiró.

Él no contestó. Se limitó a quedarse de rodillas a las espaldas a ella.

Se acurrucó aún mas en la chaqueta, tratando de cubrirse entera, pero siempre había una parte que se quedaba fuera.

Suspiró otra vez.

No le importaba coger frío si a cambio se había casado con Sweeney Todd. Al menos, moriría feliz, e incluso alguien lloraría su pérdida.

Apretó fuerte las piernas tratando de contener el tembleque.

El Sr. Todd la observaba desde detrás. Era una situación muy tonta. No debió llevarla allí, habría sido un mejor un lugar menos peligroso. Quizá al parque. Al fin y al cabo, era lo mismo y estaba más cerca de Fleet Street. Pero eso le pareció más adecuado. Bueno, ya estaba hecho.

Y ahora ella estaba allí, mojada y en ropa interior, envuelta en su chaqueta y temblando de frío. Ni siquiera podía creerse que estuviese pensando eso, pero lo había. ¿Cuánto tiempo llevaba sin tocar a una mujer? Muchos, quizá demasiados, años. Todos las noches en prisión había soñado que volvía con Lucy y la amaba como nunca lo había hecho. Pero Lucy nunca volvería, ella estaba muerta al igual que el bastardo que la hizo sufrir. No podía seguir anclándose en el pasado, por eso había hecho todo eso. Y lo más importante de todo: era un hombre, y tenía necesidades como cualquier otro. Él nunca haría lo que Turpin le hizo a su mujer, pero ahora estaba casado y estaba en su pleno derecho. A parte de que era su noche de bodas…

La Sra. Lovett no podía dejar de culparse por haberlo arruinado todo. Podría haber sido bonito y romántico, pero en esas condiciones seguramente él optaría por volver a casa par que no se constipase.

¡Tonta! ¿Es que nunca has visto agua? Tenias que meter la pata, como siempre.

Encogió más las piernas para que los pies no estuviesen tan descubiertos, pero entonces fueron las rodillas las que quedaron fuera.

Suspiró con resignación.

Entonces, empezó a sentir suaves besos en el cuello, y unas manos rodeando su cintura. Sus labios subían y podía sentir su cálido aliento contra su helada piel.

Gimió, notando que ya no temblaba de frío, y se pegó a él, buscando más. Mientras, las traviesas manos de él jugueteaban con los broches de su mojada ropa interior.