Capítulo 9.
Durante los siguientes días, Zoro y el rubio viajaron juntos. Había sido idea del alférez volver a Grand Line para comprobar los restos, quizá con la luz diurna y mucha suerte encontraran algo que les fuera de ayuda y les diera una pista sobre dónde continuar su búsqueda.
Cuando estuvieron frente a lo que fueron las puertas pudieron comprobar que finalmente las grandes llamaradas se habían extinguido. Si bien aún se elevaba un espeso humo negro procedente de los últimos rescoldos y la atmósfera conservaba una temperatura elevada no era nada comparado a la primera noche. Tanto mejor, pensó Sanji, no era un panorama agradable de presenciar. El peliverde veía por primera vez el fuerte que capitaneaba su compañero. Aunque estuviera casi todo chamuscado y convertido en escombros a excepción de algunos maderos afortunados que seguían casi intactos, se podía apreciar que en sus días fue una gran fortaleza, imponente y llena de vida. Le habría gustado visitarla sin quemar.
Inspeccionaron los alrededores descubriendo restos diversos, cadáveres carbonizados y otros no tanto con peor aspecto, haciendo imposible distinguir de quienes se trataban. Zoro se acercó al rubio, preocupado de cómo podría estar afectándole el panorama, entre los hallazgos seguro que se encontrarían muchos de sus antiguos compañeros. Al llegar a su altura posó la mano sana en su hombro, haciéndole ver que él estaba allí para apoyarle en lo que necesitara. Al sentir su contacto el rubio se giró, buscando la protección de sus brazos.
Cuando Sanji propuso regresar en pos de alguna pista que les ayudara a encontrar a Shanks y al joven indio en caso de que continuaran juntos creía que estaba preparado, pero las imágenes le estaban superando y no pudo evitar volver a dejar salir todas las emociones que llevaba dentro en forma de lágrimas. Quizá sí que tenía alma de monje después de todo y meterse a soldado fue un gran error. Entonces un brazo le rodeó protectoramente mientras le acariciaban el pelo, calmándole.
Venga, tranquilo, ya pasó…- susurró Zoro. Le había costado horrores hacer el esfuerzo de mover el hombro herido pero no podía verle sufrir así. El chico comenzó a serenarse - Mucho mejor así…
Ante aquel gesto, el rubio dejó de llorar. Ellos apenas se conocían y ese vaquero ya se había preocupado más de él que muchas otras personas en toda su vida. De verdad estar en sus brazos provocaba un efecto paliativo en él. Tanto que hasta la fecha ni siquiera se había acordado de decirle su nombre. Sonrió sin darse cuenta.
¿Ves alférez? Cuando sonríes estás más guapo.
Sanji- dijo muy bajito-
¿Hm?
Me llamo Sanji – repitió más alto, separándose de él.-
Bien, Sanji entonces, ¿seguimos mirando?
Sí, claro.
De mejores ánimos que antes continuaron buscando pistas por el fuerte. Era difícil, todo estaba tan igual que encontrar la más mínima diferencia que indicara si Shanks y el Lacota pudieron escapar o no suponía un gran esfuerzo.
Para su sorpresa encontraron el depósito exterior de agua general en bastantes buenas condiciones; tenía fugas, pero gran parte del líquido continuaba dentro. Era un alivio que no todo hubiera ardido.
Sanji, ¿qué es lo que buscamos exactamente?- preguntó Zoro- Creo que si lo supiera podría serte más útil.
Pues… algo. No es nada en concreto, sólo algo que nos ayude a saber por dónde se fueron o si siguen vivos.
Dijiste que estabas convencido de que consiguieron salir. Y yo te creo. Además con lo listo que es Shanks seguro que ya está bañándose en algún río al otro lado del continente siendo el líder espiritual de alguna tribu nueva.
El rubio dejó de examinar los restos de las cuadras justo cuando con las palabras del peliverde se le encendió la bombilla. ¡Claro, eso era! Se acercó a él con una expresión radiante en el rostro.
¡Eres el mejor, vaquero!- exclamó alegre con su hallazgo-
¿Por qué, qué has descubierto?
Tú mismo lo has dicho. No hay caballos en las cuadras, alguien les debió soltar y tampoco hay nada en la mini-cárcel salvo un ajedrez medio chamuscado. Shanks estaba continuamente con un indígena que capturamos allí, jugando con ese mismo ajedrez. Sé que por nada del mundo lo habría dejado allí tirado con las piezas montadas a media partida sino fuera por imperiosa necesidad. ¡Seguro que ellos sacaron a los caballos y se fueron al poblado de los Lacota!
¿Estás seguro?- preguntó Zoro. Si realmente estaba allí se alegraría tanto como él, pero si no era el caso, perderían un tiempo precioso en ir que podría significar la diferencia entre la vida y la muerte de su amigo. Además él también tenía que encontrar a cierto individuo y cuanto más tardaran en encontrar a Shanks, menos posibilidades habría de cruzarse con el bandido. Y eso no podía permitírselo, prometió ajustarle las cuentas y traer todo el dinero de vuelta-.
Completamente- dijo con total convencimiento-
¿Entonces a qué esperamos? Venga alférez, sube al caballo.
El primer día y la primera noche los pasó enteros a lomos de su caballo. No tenía intención de parar a descansar porque ello sólo le echaría en cara lo cobarde que había sido al huir cuando la situación lo superó. Recordaba el fuego, la manera en que las llamas devoraban todo cuanto le había sido familiar y consideró su hogar. También pensó en sus compañeros. Tanto en los que supuestamente perecieron entre las ardientes y despiadadas lenguas de fuego como en el que dejó a las puertas del antaño imponente fuerte. A su suerte, dedicándole como despedida palabras duras para camuflar lo asustado que estaba y el poco valor que realmente tenía a la hora de la verdad. Jugar a ser un soldado conquistador del Salvaje Oeste estaba muy bien hasta que llegaba el momento de dejar de actuar y empezar a asumir las responsabilidades y consecuencias en el campo de batalla. Pasar del rey de la partida a una simple pieza desechable a merced de un caprichoso dios podía bajarle los humos a cualquiera, pero no todos eran capaces de asumir su nuevo rol y hacían como él: escapar.
¿A dónde iba?
Le traía sin cuidado. Alejarse y huir era lo único que sabía hacer bien a parte de reventar cosas. Pensó en todos los lugares que conocía y en ninguno le recibirían con los brazos abiertos ni él se sentiría cómodo entre ellos. Sus propios pensamientos le entristecieron. No tener un lugar al que volver era muy triste. Su pasado era turbio, como el de muchos otros, sin embargo, seguro que esos otros no se dedicaron a estafar a cuanto bicho viviente se cruzaran. Si no hubiera sido por Sanji…
**Flashback**
Iba por la calle buscando una nueva víctima para sus engaños, acababa de llegar a la ciudad y sería bastante fácil encontrar alguna viejecita desvalida. Y entonces le vio. Estaba apoyado en el linde de la puerta de la taberna charlando con sus compañeros, supuso. Media melena rubia y ojos negros; por aquellas tierras en las que todos se parecían entre sí, él inevitablemente llamaba la atención. Destacaba como una rosa roja en un campo de margaritas blancas. Paró al otro lado de la calle para observarles con más atención. Lucía un inmaculado uniforme del ejército, seguro que era un novato y se lo acababan de entregar. A su alrededor veía a las jovencitas suspirar por el chico. "Penoso", pensó. "En fin, suerte chaval, no sabes dónde te has metido".
Siguió caminando sin fijarse muy bien en el camino hasta que chocó con algo. Alzó la vista y vio que era un hombre considerablemente más grande que él, corpulento y aspecto amenazante.
Perdone- dijo, siguiendo su camino-
Nada de "perdone". Tú eres Yuta, ¿verdad? Estafaste a mi hermano y he venido para ajustarte las cuentas.
El hombre sacó un revólver y le apuntó con él a la cabeza. Se oyeron gritos ahogados y las gentes de alrededor se apartaron asustadas.
Creo que me confunde con otro.
No, yo no lo creo. –cargó el mosquetón dispuesto a disparar-
¡Soldado ¿Dónde se había metido usted?! Llevo toda la mañana buscándole. ¿Qué es eso de desobedecer a su superior? Le dije que se cambiara que partíamos para el fuerte a medio día. ¿No me diga que iba usted a desertar?
Para su sorpresa era el chico rubio de antes. ¿Qué hacía ahí, por qué le ayudaba? Bueno, mejor seguirle la corriente y con suerte saldría airoso de la encrucijada.
Disculpe teniente, iba a hacerlo ahora mismo, pero sin querer me choqué con este señor.
No tiene remedio soldado. Venga, corra usted a cambiarse.- Ante la posibilidad de huir salió corriendo al grito de: "¡Por supuesto mi teniente!"
Oiga, ese chico no es soldado, estafó a mi hermano.- protestó el hombre-
No, no, eso no puede ser. Yo mismo apunté su nombre entre nuestras tropas. Debe de haberle confundido. Tome esto por las molestias- dejó una bolsita con monedas en la palma del hombre- Si me disculpa, tengo una escuadra que comandar.
En cuanto se vio libre, Yuta, quiso haberse marchado del todo, desaparecer de ese pueblo para no volver y pasar al siguiente, pero sintió muy a su pesar que le debía la vida al chico rubio. Poco después cuando volvió a localizar a su teniente se acercó a él, y le confesó que sí, que verdaderamente él había estafado al hermano de ese hombre a lo que el rubio contestó:
El pasado es el pasado, amigo. Y ahora es un soldado de mi tropa, así que póngase el uniforme, iba enserio lo de que marchamos a medio día.
**Fin Flashback**
A partir de ese día Yuta le estaría agradecido eternamente. Aunque nunca terminó de hacerle gracia eso de hacerse soldado al final resultó que se le daba bien y todo. Había encontrado su vocación.
Aquello pasó varios años atrás, desde entonces él mejoró en su tarea y le asignaron un puesto como oficial y encargado de las armas y a Sanji le ascendieron a alférez. ¡Como cambiaban las cosas! y pensar que ahora estaba él solo pululando por el desierto otra vez…
Al final de la segunda jornada de viaje por el árido páramo llegó a una casucha algo desvencijada, vieja, de un aparente aspecto poco estable y estructura cuestionable. Sin embargo ya era más de lo que cabía poder encontrarse en medio del desierto. Por si fuera poco, a la parte derecha de la casa había un pozo, el cual si tenías la paciencia suficiente como para achicar la palanca podías bombear desde los ríos subterráneos agua a la superficie; fresca y pura tras ser filtrada por las rocas. Sin duda un regalo de vida más valioso que el oro por aquellos parajes. Al frente y por detrás de la casa se extendía en pequeñas porciones de terreno cuidado, manchas verdes que algún día podrían haber sido hierba.
El interior de la vivienda tampoco era para lanzar cohetes, sin embargo aunque las habitaciones eran austeras y el mobiliario antiguo, contaba con un cuarto, baño y comedor y cocina compartían prácticamente el mismo espacio, además de una despensa con suficiente comida en conserva.
Todo demasiado bonito. Si había comida significaba que la casa estaba habitada y por la cantidad, un grupo de mínimo ocho personas. Hacía tiempo que no pasaban por ahí, quizá una o dos semanas, puede que más, el polvo acumulado en los muebles lo indicaba. "Hasta que vuelvan, será un buen sitio en el que quedarme" pensó él.
La primera noche la pasó en el suelo al lado de una ventana por si tenía que huir. La siguiente se agenció la única cama. Y por la mañana inspeccionó los armarios y cajones. Había mapas y muchos papeles. En un principio ninguno en especial llamó su atención hasta que, fijándose un poco, encontró planos de Grand Line. ¿Qué hacían esos planos en aquella casa? ¿Por qué los tenían?
Si sólo se hubiera quedado en eso podría haber sido casualidad pero rebuscando más también halló localizaciones exactas de todos los puestos avanzados del ejército de los que tenía constancia, tanto enemigos como compatriotas, e incluso alguno totalmente desconocido. Asimismo prácticamente todos los asentamientos indios y los pueblos tenían su lugar en los mapas; junto a todos ellos se indicaba los recursos naturales que tenían, las riquezas y protección de los mismos. Se asombró de ver como otros países ya habían avanzado tanto en el Nuevo Mundo y lo peligrosamente cerca que estaban de enfrentarse si sus caminos se cruzaban. Sin embargo ese no era su principal problema ahora.
Sus pulsaciones se aceleraron. Toda aquella información… parecía que alguien superior les hubiera estado vigilando, controlando cada uno de sus movimientos, averiguando cuanto necesitaba para trazar sus futuros planes.
Las preguntas se agolpaban en su cabeza, ¿podía ser que los inquilinos de la casa fueran quienes provocaran el incendio del fuerte? ¿Por qué lo habrían hecho? ¿Cuál sería su verdadero objetivo? Grand Line sólo era una reducida avanzadilla militar que controlaba vagamente el territorio y trataba de mejorar las relaciones con los Lacota; sólo un intermediario. Quien quiera que estuviera al mando de la operación si fue capaz de reunir aquellos datos también debía ser lo suficientemente inteligente como para saberlo, entonces ¿qué les interesaba realmente?
Vaya, vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?- dijo una voz a su espalda, sobresaltándole-
Los propietarios, estaban en casa.
